Estilo y Narración II

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La crónica policial de principios de siglo XX

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Por Paulina Brunetti*

*doctora en Letras Modernas, especialista en lingüística y docente de las escuelas de Ciencias de la Información (Facultad de Derecho y Ciencias Sociales) y Letras, obtuvo en diciembre de 2005 el primer premio en el concurso de Investigación en Periódicos Argentinos “Jorge Rivera”, otorgado por la Biblioteca Nacional de la República Argentina. El jurado estuvo integrado por Aníbal Ford, Eduardo Romano y Jorge Lafforgue.

El trabajo con el que ganó el certamen sólo contiene una parte de la investigación que realizó para su tesis del Doctorado en Letras Modernas, que ahora se publica con el nombre “Relatos de prensa: la crónica policial en los diarios cordobeses de comienzos del siglo XX (1900-1914)”. Este libro, de más de 350 páginas, se inscribe en la historia de la prensa diaria de la ciudad de Córdoba y el centro de su reflexión lo constituye un género periodístico: la crónica policial de comienzos del siglo XX.

En la presentación, Brunetti resaltó que muchas personas tienen “atracción por la crónica policial, pero les da vergüenza decir que la leen”. Con respecto al género escogido para su investigación, puede considerarse como el paradigma de un nuevo periodismo de información a fines del siglo XIX y comienzos del XX, porque allí se encuentran las trazas de innovaciones quizá insospechadas en una prensa cuyo formato todavía no alcanzaba cambios demasiado evidentes y allí se anudan las problemáticas más interesantes de una sociedad que asistía a uno de los fenómenos más significativos de la Argentina moderna: el nacimiento de sus ciudades burguesas.

“La crónica policial -dice Brunetti en el libro- es un relato vinculado a hechos considerados anómicos, desviantes o prohibidos en una sociedad y el discurso de la información policial no es ‘éticamente neutro’ cuando los relata; de allí que resulta posible inferir de éste una suerte de patrón de comportamientos, relativamente visibles en la superficie textual, respecto del cual los sucesos ameritan su publicación y serán evaluados como negativos, inaceptables o prohibidos”.

Según Ravanelli, productor de Sdrech en los primeros tiempos, “tenía una forma de cubrir los casos policiales al estilo clásico: volver al lugar, la entrevista en el piso a los testigos, las víctimas y los victimarios”. Para Ravanelli, cubrir el espacio dejado será muy difícil. “Tenía una forma de crónica y de capacidad de denuncia única. Tanto, que construyó en la tele un personaje de ficción”. Como sea, será complicado volver al policial negro después que la tele probó otros géneros (y le quedaron bien).

SENSACIONALISMO

En este contexto, no se puede omitir tampoco el sensacionalismo, ya que es un discurso bien elaborado para capturar a la audiencia a través de la magnificación, distorsión y exagerado protagonismo de hechos vagos, sin contenido y de dudosa investigación. Para algunos medios y comunicadores, la nota exclusiva no es otra cosa que brindar imágenes inescrupulosas en donde el dolor, la muerte, la intriga y el maltrato a la honra ajena son los principales condimentos. Sal y pimienta de un terremoto informativo. Esta actitud circense ha ganado adeptos y ha llegado a instalarse en miles de hogares por falta de otro tipo de programación. Súmele a ello la dosis de violencia de muchos programas.

El sensacionalismo se legitima por el abordaje hiperbólico de los hechos. El eje central del reportaje, crónica o pastilla está en el cómo se dicen las cosas. Y esto no tiene que ver solamente con las imágenes que se vomitan desde la televisión y la prensa, sino en la manera de hablar de los reporteros, en las palabras que utilizan, en la forma cómo se mueven, en los lugares desde donde se presentan, en los tonos funestos con que pronuncian cada frase, en la música de fondo, en la «presentación estelar» del otro lado de la nada. El sonido de las ambulancias, patrullas, bomberos, etc., es una carta de presentación de las famosas notas policiales. Entre sensacionalismo y crónica roja hay un romance de años. Un secreto a voces.

DEFENSORES DE LA CRÓNICA ROJA

Resulta inadmisible escuchar a los defensores de la crónica roja, pues su criterio no responde nada. Para estos actores, la realidad debe presentarse en la más mínima expresión, porque según ellos es una estrategia de denuncia social. También opinan que nada debe estar oculto, que nada es invisible y que la pasión humana requiere ser mostrada en todas sus facetas. En definitiva, no hay carácter privado para estos sujetos, pues lo público engrandece el espectáculo y atiborra las arcas. Tampoco hay buenas noticias, pues «la buena noticia, no es noticia». Entonces, la vida mediatizada es una especie de ruleta rusa. Retazos de blanco y negro cubren las coberturas periodísticas.

Lo más curioso de este asunto es que se pretende educar a través de la televisión y la prensa sensacionalista con este tipo de periodismo. ¿De qué criterio podrán gozar los miles de estudiantes escolares, colegiales y universitarios que miran estos productos? Es muy probable que la mayoría piense que la realidad se reduce al conflicto y al caos, que la convivencia es un cúmulo de actos violentos, que la matanza, el asesinato, el atropello y el tráfico son tan normales porque se miran a diario y en el horario más estelar: triple A. Es decir, en la transmisión de noticieros. Por otro lado, esto promueve la creación de juegos infantiles, donde lo lúdico gira en torno de la confrontación. Sin perder de vista el Nintendo.

De otra parte, la crónica roja no viene acompañada solo de sangre, sino de pornografía, novedad y casos judiciales. Se confunde, mezcla y entreteje el sexo, la corrupción, la farándula y el manejo policial en un solo bloque como si todas estas concreciones tuviesen una misma madre. Lamentablemente, las páginas rojas son las más leídas, porque producen un gran impacto visual. Lo extraordinario y aparentemente no visto hasta ese momento sale a flote, aun cuando se narre una tragedia. En el imaginario colectivo se ha creado una idea errónea del disfrute: «el lector es todavía inmune a las violencias urbana y ajena». Rojos y amarillos son los colores más usados por los ilustradores de la crónica roja, ya que atraen a la retina por su fuerza. Desnudos, cuerpos mutilados y fotografías de alguna banda de delincuentes llenan los espacios de las últimas páginas de muchos periódicos y se presentan con gran cobertura en los noticieros.

FUENTES Y LUGARES

Las casas de salud, cárceles, recintos policiales, zonas rojas, morgues, entre otras, son los epicentros informativos de la crónica roja. Desde ahí, se producen los reportajes, se hilvanan las historias, se reconstruyen las muertes, agresiones, tragedias, intoxicaciones y grescas… Los guiones se reiteran diariamente. Parece que solo cambian los nombres de los protagonistas. Incluso se designa al mismo reportero para cubrir estos eventos. Ni qué hablar de las fuentes, pues no varían con el tiempo. Los responsables de trasladar estas noticias son encargados de algún recinto, hospital, etc., quienes utilizan una jerga desconocida para la población.

Otra de las características de la crónica roja es el manejo de los titulares. Pocas palabras, pero muy contundentes para activar la imaginación dirigida al desconcierto. De esa forma, se genera un voyerismo solapado o disfrute por medio de la vista. Vale señalar que el tratamiento de la narración toma cuerpo en la descripción de los personajes y los ambientes. Es posible que en este tipo de información, el reportero juegue más con su fantasía. Uno de los detalles más importantes es el uso de cifras, pues el número de heridos, muertos, acusados, víctimas, puñaladas, gramos, kilos, está en primer sitial. Amén.

VARIACIONES

«Hay múltiples formas de abordar la realidad, en donde el espectáculo, la exageración y la «teatralización» son constantes».

«Para el sensacionalismo y la crónica roja nada es oculto, pues han vulnerado el carácter de lo público».
«La crónica roja no viene acompañada solo de sangre, sino de pornografía y novedad».

Con lo del suicidio, las distinciones de clase hacen también su notable diferencia, esta vez en cuanto a las medidas de compromiso sentimental o de fórmulas de duelo con los dolientes del insuceso. Mientras para los cadáveres ilustres se resalta esta última condición en los titulares y se remata la noticia con un “lamentamos este fatal acontecimiento y presentamos nuestro pésame a los deudos del finado” o “lamentamos este desgraciado acontecimiento”, para los de abajo se emplea un pragmatismo informativo al estilo de “el revólver, que era un Smith y Wesson, se lo había prestado un amigo” o “se cree que fue ella quien suministró el arma a su novio, para el caso de que se quisiera impedir la celebración del matrimonio por la fuerza”.

Otra de las asociaciones desfavorecedoras de la imagen social construida en torno a los sectores populares durante esta época, es la de su afición por la chicha y su correspondiente proclividad al delito. La chicha, una bebida de origen indígena, se arraigó entre los pobres del altiplano al punto de convertirse en la mayor, si no la única, forma de socialización y diversión del pueblo. En las chicherías, además de la bebida, se vendían artículos para el hogar, alimentos preparados y, en algunas, podían ofrecerse juegos como el tejo, el boliche o los bolos. Para el caso de Bogotá, aunque podían encontrarse en muchos lugares de la ciudad, se concentraban en los barrios tradicionales como Belén, Egipto, Las Aguas, Germania, y en los barrios populares surgidos a principios del siglo XX: San Cristóbal, Las Cruces, y las casas de El Paseo Bolívar [22]. Los argumentos individuales e institucionales contra las chicherías fueron de diferente índole: urbanísticos, morales, higiénicos y sociales. Desde lo urbanístico, se criticaba su localización y el estorbo de los consumidores al invadir los pasos peatonales de las calles; desde lo moral, se denunciaban los actos contra la decencia: gente orinando, palabras soeces, gritos e improperios contra los transeúntes. Desde lo higiénico, se repudiaba sus condiciones de desaseo que propiciaban el contagio de las enfermedades y la propagación de eventuales epidemias. Como conclusión,

“… las chicherías producían no solo abandono de hogares y desintegración familiar sino que eran consideradas los principales centros de criminalidad a tal punto que los días que las autoridades lograban cerrarlas, la prensa anunciaba jubilosamente la disminución y en algunos la total desaparición de delitos de sangre, riñas, hurtos y anunciaban una calma total en la ciudad” [23].

Los crónicas policiales reflejaban muchas de las características objetivas de las chicherías pero amplificaban, también, los prejuicios sobre el carácter causal de estas últimas respecto del deterioro de la calidad de vida en sus entornos geográficos y .sociales. El crimen de Eva Pinzón, una humilde mujer “apuñaleada, destripada, descuartizada, cuyo cadáver es golpeado contra las piedras”, según el destacado titular del periódico el 23 de abril de 1922 y que siguió ocupando titulares durante tres semanas, no era sólo la denuncia de un acto repudiable sino también la criminalización de una zona de la ciudad donde tales actos parecían ser habituales. Así lo indica el titular del 13 de mayo del mismo año, sobre “Otro crimen en el tenebroso Paseo Bolívar”, que contrapone de modo efectista la “iglesita” de la cual salen de rezar el rosario los esposos Manuel Vicente y Ernestina y el ataque a puñal de que son víctimas al pasar, de camino a la casa, por una cercana chichería. En la “Sangrienta reyerta en el Paseo de Bolívar”, del 22 de mayo de 1923, se hace hincapié en las innumerables chicherías que existen en esa parte de la ciudad, de una de las cuales sale una sangrienta reyerta en la que participan tres mujeres y dos hombres sobre los cuales se extreman las descripciones de las heridas. Pero lo que representaba este sector era, sobretodo, la territorialización de la ciudad según insuperables diferencias sociales, ya que pese a su vecindad del centro de la ciudad (ocupaba las primeras estribaciones de la cordillera oriental) y a su numerosa y densa población, no aparecía en los mapas oficiales:

La Crónica Roja es, pese a su aparente concreción como género periodístico, un asunto polémico y ambivalente. El término, que en el mismo español tiene dos variantes -Crónica Roja y Sucesos- si bien alcanza en algunos idiomas nociones más o menos equivalentes (cronaca en italiano, chronicle en inglés, Tagesneuigkeiten en alemán) en otros como el ruso (proischetsvie) y el francés (faits divers) resulta difícilmente traducible sin recurrir a una dispendiosa perífrasis.

Ha sido la cultura francesa la que con su habitual refinamiento conceptual ha logrado darle al tema un tratamiento cercano al de los grandes géneros literarios. Ya en la primera mitad del siglo XIX, los faits-Paris o canards que representaban los rumores, las “bolas” que se ponían a circular entre las gentes con su ambigua mezcla de verdad y fantasía, llamaron la atención de Balzac. Pero es en el último tercio del siglo XIX, cuando los faits divers hacen su entrada ilustre en la lengua francesa con Mallarmé, quien publica, bajo el título de Grands faits divers, “textos que al lado de alusiones sobre el escándalo de Panamá nos hablan de hechos tan diversos como la Magia del Verbo y la confrontación del Poeta con el Trabajador manual”[1]. No será sino mucho después, en 1954, cuando gracias a unas breves notas de Merleau-Ponty se tendrá una nueva semblanza de los faits divers al calificar como tales tanto el hecho testimonial de él mismo haber presenciado el suicidio de un hombre en una estación de tren en Italia, como el drama leído en un periódico o los petits faits vrais de Stendhal [2]. Diez años después, en 1964, Roland Barthes tratará de definir la estructura de los faits divers como unidades dotadas de una información total, inmanente, que al contener en sí todo su saber no remiten a ningún otro conocimiento externo para explicarse a sí mismos y ser lo que son: estructuras cerradas que le dan al consumidor, mediante su lectura, todo lo que es posible darle. Para Barthes es la inmanencia de tal estructura cerrada lo que define a los faits divers. Pero ¿qué pasa dentro de ésta? Un ejemplo, el más sencillo posible, nos lo dirá, según Barthes: “acaban de hacerle la limpieza al Palacio de Justicia. Esto no tiene mayor importancia. No lo habían hecho desde hace cien años. Esto es un fait divers”[3].

No obstante los imaginativos esfuerzos por definir este tipo de acontecimientos sobre los cuales la prensa escrita reivindica una celosa maternidad, habría que reconocer con algunos franceses que a sus faits divers se les puede encontrar en cualquier momento de la historia humana. Es lo que muestra Romi en su antología de sucesos extraordinarios recogidos desde la Edad Media hasta la época contemporánea, selección de encantamientos, crímenes, impresionantes incidentes y monstruosidades, o la de Pierre Seguin sobre el siglo XIX, poblada de grandes catástrofes, de animales fantásticos, de crímenes de pasión, de sueños y pesadillas populares [4]. Y no podría ser de otra manera, pues como lo dijo con gracia Pierre Viansson-Ponté, dado que la historia de la humanidad comenzó por la sustracción fraudulenta de una manzana, continuó con un fratricidio y casi llega a su fin por una catástrofe meteorológica como la del diluvio, no tiene nada de extraño que los faits divers puedan reflejar la vida y la imagen de las sociedades [5].

Aunque no todos, la mayoría de mis personajes cumple el doble rol de perseguidor y peseguido, de abusador y abusado. Todos crecieron en una sociedad profundamente injusta que no sabe muy bien qué hacer con ellos. Pero, cuidado: “Pendejos” no tiene afán moralizante. Sólo sentí la necesidad de contar estas historias. Lo demás corre por cuenta de ustedes, los lectores. Pendejos es mi caja china. En principio, sólo pretendo entretenerlos, obligarlos a seguir a estos chicos tristes y desesperados hasta el final de sus recorridos de sangre.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:21 pm

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Sangre sabia

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De la mano de un escritor (Juan Sasturain) y dos periodistas expertos (Marta Ferro y Enrique Sdrech), Juan Ignacio Boido se interna en las fauces de lo policial, ese séptimo círculo donde criminales, víctimas y detectives —de carne y hueso, de leyenda o de ficción— escriben con sangre la historia argentina de todos los días.

Por Juan Ignacio Boido.

El policial
“Es bastante improbable que ningún escritor viviente pueda producir una mejor novela histórica que Henry Esmond, un mejor relato sobre niños que The Golden Age, una viñeta social más aguda que Madame Bovary, una evocación más graciosa y elegante que The Spoils of Poinron, un cuadro más amplio y rico que La guerra y la paz o Los hermanos Karamazov. Pero no debe resultar difícil idear un misterio más plausible que El sabueso de los Baskerville o La carta robada. Y hoy sería más bien difícil no hacerlo. No hay ‘clásicos’ del crimen y la detección. Ni uno. Dentro de sus marcos de referencia, que es la única forma en que se lo puede juzgar, un clásico es una obra que agota las posibilidades de su forma y jamás puede ser superado. Ninguna narración o novela de misterio ha logrado tal cosa hasta ahora. Pocas se acercaron a ello. Y ése es uno de los principales motivos de que gente que en otros sentidos es razonable continúe atacando la ciudadela.” Raymond Chandler

El detective
“Los héroes-detectives pueden ser brutales, sin escrúpulos sexuales, pueden pegar patadas a las mujeres, y seguir siendo héroes populares, porque se supone que andan persiguiendo algo peor que ellos mismos.” Patricia Highsmith “Cada ser humano tiene una parte de sombra de la que tiene más o menos vergüenza, de la que trata de deshacerse o de huir. Si encuentra un personaje que se le parece, que tiene las mismas vergüenzas, las mismas luchas interiores, se dice: entonces no soy el único, no soy un monstruo.” Georges Simenon

Los asesinos
“Al público en general no le gustan los delincuentes que se salen con la suya al final, aunque son más aceptables en los libros que en las adaptaciones televisivas y cinematográficas. Si bien la censura es menos severa que antes, en general un libro tendrá más probabilidades de ser adaptado a la televisión y al cine si el héroe criminal resulta atrapado y castigado al final. Es casi preferible matarlo durante el relato; si no, es la ley la que se va a ocupar de ello. A mí esto me repugna, ya que más bien simpatizo con los delincuentes y los encuentro interesantísimos, a menos que sean monótona y estúpidamente brutales.” Patricia Highsmith Las víctimas “La víctima debe tratar de satisfacer dos requisitos contradictorios. Debe convertir a todos en sospechosos, lo que requiere que sea un personaje malo; y hacer que todos se sientan culpables, lo que requiere que sea un personaje bueno. No puede ser un criminal, ya que en ese caso se hubiese encargado de ella la justicia y el asesinato habría sido innecesario. (La extorsión es la única excepción.) Cuanto más general sea la tentación de asesinar que provoque, mucho mejor; por ejemplo, el deseo de libertad es un motivo mejor que el dinero o el sexo a secas. En realidad, la mejor víctima es la imagen negativa del Padre o la Madre.” W. H. Auden

1
1:1 ¿Con quién debuta el policial en la Argentina? ¿Cuándo desembarca? ¿Por qué deja el dandismo cerebral de Conan Doyle y el ímpetu religioso de Chesterton para transformarse en los detectives salvajes que Cain hace trabajar a puro oficio para la compañía de seguros? En 1896, Eduardo Holmberg —hijo dilecto de la generación del ‘80, darwinista empedernido y fuente de combustible para la difusión del cientificismo de la época, al que aportó más de doscientos artículos, libros y monografías sobre ciencia, arqueología, medicina, física, mineralogía, geología, botánica y zoología— publicó los que para casi todos son los primeros cuentos policiales argentinos: “Nelly”, “La bolsa de huesos” y “La casa endiablada”. En los tres cuentos, Holmberg atraviesa tres de los grandes recursos de lo que después sería conocido como “policial”: los fenómenos extraños —cuasiparanormales— finalmente resueltos a través de una explicación lógica y científica; los problemas para edificar una historia que sostenga a la vez el enigma y la atención del lector —lo que después sería el suspense—, y el despliegue de conocimientos y técnicas modernas como prueba incontestable de la superioridad del detective. Ese es, para muchos el principio del policial argentino. Juan Sasturain se ofrece como guía de lo que vino después: un recorrido por los puntos altos del mapa de la literatura negra argentina: “Los cuentos de Holmberg se publican dos años después de que Carlos Olivera publicara sus primeras traducciones de Poe. Y los tipos que beben el policial de Poe no beben el policial, sino que beben todo Poe. Quiroga es un caso ejemplar: escribe cuentos policiales, de terror, de ciencia ficción. Holmberg es más torpe que él, pero sus fuentes son las mismas. En ese origen del policial argentino también es muy importante la herencia francesa de Gaston Leroux. Y el peso de Chesterton es muy fuerte: para empezar, es la única figura literaria dentro del género que produce el catolicismo; además, es un inventor de tramas extraordinario; y, en última instancia, al Padre Brown lo único que le importa es el otro: ¿por qué el criminal ese peca? Lo importante no es salvarlo sino salvar el alma. Esa es muy linda idea para un policial”.

1:2 ¿Cuánto enseñan los policiales? ¿Qué se puede aprender de Conan Doyle o de Agatha Christie? ¿Acaso no matan a los caballos? Enrique Sdrech, dedicado al periodismo policial durante más de cincuenta años, después de una infancia alimentada a fuerza de novelitas policiales, repasa y superpone los casos de novela y los del diario: “Cuando yo era chico, como no tenía televisión, leía a los clásicos policiales. De ahí se aprende mucho. No todo, pero se aprende. Elmore Lockard, el padre de la criminalística moderna, que fue jefe de policía en Lyons, tiene una frase que me impactó siempre: El tiempo que pasa es la verdad que huye. Así como suena, eso ya es un axioma. No hay que comprobarlo. Si un caso no se resuelve en las primeras 72 horas, chau. Cuando se pierde la prueba de inmediatez, el caso fue. La teología del crimen la da el lugar del hecho, no la autopsia. La escena del crimen es un templo. Una idea que, por supuesto, no tuvieron durante el caso Cabezas o Cattáneo. Por eso mirar es fundamental. ¿Y quién era el mejor? Conan Doyle. Te pongo un ejemplo: hace cuatro años, en la localidad de Guernica, una chica de 24 años murió atropellada por un tren. El sumario policial se caratuló Accidente. Pero uno de los detectives de La Plata, un sabueso al mejor estilo Conan Doyle, que hasta llevaba una lupa en el bolsillo, notó que en el lugar del accidente la cantidad de sangre no llegaba al medio litro. Entonces empezó a mirar y encontró un reguero de sangre cada vez más caudaloso que nacía en un charco detrás de una casilla a una cuadra y media de la vía. Así se descubrió que la chica primero había sido acuchillada y que el recorrido se debía a que estaba intentando llegar a la casa de un familiar que vivía al otro lado de la vía. A partir de eso se encontró a los culpables. Todo por el detective que se tomó el trabajo de mirar con lupa. Y eso es Conan Doyle para mí: saber mirar: la lupa. Y acá cada vez se mira menos”.

1:3 Si queda un lugar donde se mira, se escucha y se resuelve algo es en Crónica: identikits, casos con carátulas provisionales como “La virgencita de los trenes” o “El crimen del perrito”, confesiones espontáneas en el medio de la redacción, pruebas incontestables obviadas en los juzgados. En medio de todo eso, Marta Ferro —quizá la cara más reconocible y célebre del planeta amarillo— prepara un racconto personal de cómo fue todo: denunciar al verdulero, quebrarse con el caso Giubileo, pasar por Nueva York y hacerse amiga de Allen Ginsberg e irrumpir en la casa de Kerouac. Y, de paso, explicar cómo se fue complicando lo que alguna vez fue el simple arte de matar: “El tema policial me empezó a interesar porque cuando yo era pendeja la quiniela era clandestina y mi vieja levantaba quiniela. Ese alerta permanente que había en la casa —tener la puerta bien cerrada, mirar antes de abrir— ya a los cinco años me hizo pensar en esa cosa terrible que es la policía: tipos que, porque mi vieja levantaba quiniela y sacaba dos mangos, la podían mandar en cana. Así que ese juego de gato y ratón me gustaba. Escribí mi primera crónica policial contra el almacenero del barrio. El tipo siempre te afanaba unos gramos de cualquier cosa que compraras, así que escribí una denuncia, hice unas copias y las repartí por el barrio. Esa fue mi primera empresa periodística. Por supuesto, mi vieja me cagó a palos, porque el tipo le fiaba. Entonces aprendí lo que después vi que pasaba en las empresas: el almacenero era el publicista de la olla de mi casa”. Con los años, la cosa sólo se agudizó: “Las hipótesis que aventuraba mi vieja sobre los crímenes que leía en Crítica y las radionovelas policiales me fueron dando el lenguaje y me ayudaron a descubrir que me interesa el policial popular. Creo que la sociedad es delictiva y que esto sólo lo puede barrer una revolución que no deje nada en pie. Por eso no me interesan las investigaciones o hipótesis sobre grandes robos o atentados como el de la AMIA: sigo los casos para sumar información, pero ya sabemos que todos esos crímenes parten del Estado, una manga de políticos irrecuperables. ¿Qué investigación van a emprender, si son ellos los culpables? Me interesan las historias cotidianas. Por ejemplo: voy a un barrio donde un tipo le sacó a una madre cinco fotos color con todos sus hijos. Le dice que son diez pesos, cinco por adelantado, para el revelado y el marco. Los cobra y no vuelve más. Si los políticos no se calientan por estas cosas, el descontento va a seguir siendo cada vez mayor, y en algún momento van a saltar el Riachuelo, van a atravesar La Matanza y se van a cargar a los charlatanes. Mientras, yo me encargo de los casos en los que se matan con un cuchillo de cocina. Lo que llamo el policial tramontina”.

2
2:1 Después de Holmberg y la herencia de Poe, “muchos fechan el origen del policial en la Argentina en los ‘40, y eso es bastante cierto. Entre el ‘41 y el ‘42 salen los primeros cuentos de Castellani sobre el padre Demetri, donde se ve la influencia del padre Brown de Chesterton; sale el Isidro Parodi y una novela de Abel Mateo con su Inspector Verano. También por esos años se popularizan los policiales de bolsillo modernos, que aparecen en librerías y quioscos. Por un lado, aparece la tendencia a la inglesa, tanto en el objeto libro como en la temática: El séptimo círculo, dirigida por Borges y Bioy, que titula con un guiño culto, aludiendo al infierno de los violentos. Esa colección forma parte de un proyecto editorial de Emecé, que reparte las colecciones entre los intelectuales capos que tenía: de El séptimo círculo y La puerta de marfil con Borges y Bioy a Cuadernos de la Quimera con Mallea (donde sale toda la novela tradicional inglesa del siglo XIX y parte de la norteamericana). Al mismo tiempo aparece Rastros, que en la práctica carece de mentores. Si el primer libro de El séptimo círculo es La bestia debe morir, de Nicholas Blake, con una tapa muy abstracta, casi puramente geométrica, el primero de Rastros es Scarface, firmado con seudónimo y con un gángster en la tapa, muy quiosquero y popular. Y es en Rastros donde está mucho más presente el escritor argentino. De hecho, ni Bioy ni Borges publican en sus colecciones. Después está ACME, con pockets que se hacen bosta y tapas con mucho color. Consideremos que tanto en ACME como en Rastros el autor casi no existe, es un tipo que firma arriba chiquitito. En cambio, en Emecé el autor es un escritor que tiene una ficha biográfica. Y ahí, casi al final, aparece la Serie Naranja, de Hachette, para la que trabaja Rodolfo Walsh, y que se convierte en un bicho raro, porque publica Cornell Woolrich pero también Ellery Queen, que tendría que haber sido de cabeza de Emecé”.

2:2 ¿Qué se aprende después de Conan Doyle, después de aprender a estar del lado de la pipa? “Agatha Christie. Los diez indiecitos es el exponente más grande de un misterio que parece insondable: diez invitados en una isla que van muriendo hasta que queda uno solo, que no es el asesino. Agatha Christie es saber esperar: ese caso no se puede resolver ni un muerto antes ni de la manera más lógica. Se espera y se junta información. Eso lo aprendí sobre todo de un detective que ya casi nadie recuerda: Philo Vance. El tipo en sus libros hacía un planito: dónde estaba el cuerpo, a cuántos pasos de la puerta, si había o no ventana; todo como para que el lector sacara sus conclusiones. Y eso te enseña a pensar.”

2:3 Marta Ferro separa las aguas y las redacciones: “A Sdrech le gusta Agatha Christie y a mí me gusta Roberto Arlt. Me gustan algunos del policial norteamericano, pero sobre todo Roberto Arlt. Los yanquis tienen asesinos seriales porque son casos que se dan en sociedades superindustrializadas. Son tipos para los que matar se convierte en una forma de fordismo: en vez de montar piezas en serie, matan, matan, matan. Me interesa ver cómo se transforman en máquinas de matar. Pero acá la serie es distinta. Se da en los militares y los policías: zurdo, cabecita, paragua, yoruga. Por eso Arlt me parece el mejor cronista de la sociedad policial en la que vivimos. Yo soy titiritera, y siempre me gustó hacer obras de ladrones donde se descubre quién es el chorro”.

3
3:1 La oleada siguiente, la que da un nuevo viraje y reabastece el stock, es una colección de editorial Fabril: El club del misterio. “Dura por lo menos cinco años y es la que introduce sistemáticamente a Chandler, del que Borges y Bioy habían apenas publicado unos cuentitos de Asesino en la lluvia. Rastros sólo había metido Cinco asesinos, aunque había publicado mucho de Hammett. Y con esa colección entra Ross MacDonald.”

3:2 “Me voy a ir un poco atrás, pero queda Poe, del que se aprende que hasta lo más inverosímil puede pasar.” Y, como ya es casi un acto reflejo en Sdrech, el ejemplo: “La calle Melo al 2300 de Florida, el 16 de abril de 1988. El caso: dos primas que aparecen muertas en la bañera. Las descubren cuando los vecinos se quejaron del olor. El juez ordena entrar y las encuentran dentro de la bañera, en un grado de descomposición tal que los forenses dictaminan que la muerte databa de por lo menos un mes atrás. Pero una vecina declara que la noche anterior una de las primas le había pedido prestado el teléfono para llamar a un médico porque la otra volaba de fiebre. Ubican al ambulanciero, un tal Bresiani, que dice haber estado con las chicas y recetado Multin comprimidos cada ocho horas, pero también dice que como hacía mucho frío las chicas decidieron comprarlo al día siguiente. Acá aparece el primer problema: la policía encuentra una caja de Multin en la que faltaban dos pastillas, cuando las chicas, según la autopsia, no habían tomado ningún comprimido. Eso era un desafío. Un comisario decía que un cable había electrificado el agua. Se consultó a Canadá y a Estados Unidos. Rastrillaron a los mejores forenses. Hasta que apareció algo que calzaba: el veneno de la víbora mamba sudafricana produce esa descomposición en el cuerpo de manera casi inmediata. Empezaron a investigar por ese lado y encontraron una veterinaria cerca, donde había una pequeña mamba. Uno de los empleados había tenido una relación amorosa con una de las primas. Se lo citó a declarar dos veces. La primera fue. Desde la segunda que está prófugo. Los corazones de las chicas estaban guardados en formol, en La Plata, pero se los robaron. Pero volviendo al principio, si en un caso así mandan a un cronista que no leyó mucho o que le da lo mismo hacer policiales que deportes, va a comprar enseguida la teoría de la electrocución. Y, casos así, Poe”.

3:3 Terminados el secundario y los asuntos pendientes con el almacenero, Marta Ferro partió rumbo a la tierra de los asesinos seriales en busca del santo grial generacional: “Me fui a Nueva York, buscando a Allen Ginsberg. Me hice hippie y estuve cuatro años buscándolo: yo vivía en la 11 entre la B y la C. Tres años después, cuando ya casi me había resignado, me lo encontré en el correo. Resultó que él vivía en la 10 entre la C y la D, a tres cuadras de mi casa. Fue en el ‘69. Durante siete años viví vendiendo los pescaditos de espinaca que hacía mi vieja acá en un restaurante de comida macrobiótica. Pero conocí a Ginsberg y ese mismo año casi conocí a Kerouac. Un día estábamos on the road con Héctor Libertella, cuando vimos un cartel con el nombre del pueblo donde vivía Kerouac. Nos mandamos. Caímos cinco latinos en la casa donde había vivido el tipo. Nos recibió el cuñado. Era a principios de noviembre y Kerouac había muerto el 21 de octubre. Le mentimos: le dijimos que llegábamos especialmente desde la Argentina. Nos hizo pasar. Nos consideró adorables. Charlamos un rato. Yo me quería afanar uno de los dibujos de Kerouac, pero la moral de Héctor Libertella y otros no me lo permitieron”.

4
4:1 Mientras, las librerías empezaban a recibir por la puerta grande lo que antes se apilaba en los quioscos: “A mediados de los ‘60 aparece la serie Piragua de Sudamericana y Los libros del mirasol de Fabril, que, mientras publican cosas como Sobre héroes y tumbas, meten mano en las viejas colecciones baratas y publican por primera vez en primera La ventana siniestra, El largo adiós y El halcón maltés, ya con elogios de Cernuda y de Gide en la solapa. O sea: el primer rescate editorial del policial negro norteamericano desde una mirada cultural, con la excepción de los libros de James Cain, lo hace Fabril. Simultáneamente, en su colección de Muchnik Editores, largan la segunda tanda, la de posguerra norteamericana, la de Mickey Spillane: sangre, violencia y sexo. Con eso nacen Pandora y Cobalto, colecciones que tienen las famosas tapas con minas que muestran media teta y tipos con el faso caído y el revólver en la mano. Con esas tapas aparece mucho Chase y todo Goodis”.

4:2 Como en las novelas, las secciones de policiales empezaron a absorber cada vez más casos donde los charcos de sangre crecían hasta ahogar a los heridos: “El asesinato tiene sus encantos, también. Sobre todo acá, porque en general siempre encierran una complicación digna de los mejores peritos. Aunque hay que reconocer que en los últimos años la cosa se fue poniendo cada vez más burda. Tomemos el caso de Juan Carlos Coleman/Goldman, acusado de la muerte de la modelo Blackie, una chica que salía de un hotel alojamiento en la calle Azcuénaga. A ella la matan y hieren al capitán de corbeta que la acompañaba. Coleman es el sospechoso. Declarado casi abiertamente culpable por la policía. Pero, ¿qué pasa? Ahora va a haber otro juicio, porque esa noche Coleman empuñaba un viejo Doberman .32 y la chica tiene una bala de Winchester en la cabeza. Yo siento fascinación por esas cosas, no por la muerte. La muerte es la mala parte de una buena investigación”.

4:3 Sin los dibujos de Kerouac, Marta Ferro volvió a Nueva York, donde la invitaron a ver La hora de los hornos. “Después de ver eso, dije chau, yo me voy para Argentina a hacer la revolución. Caí en el ‘74. Empecé a militar en el PST y laburaba de lo que podía, sobre todo vendiendo helados. Después de Malvinas entré a La voz, un diario de Olavarría, después en La Gaceta de la tarde, y después recalé en la revista Esto, que dirigía Pancho Loiácono. Eso estaba bueno. A Pancho le gustaba tener gente de izquierda y de derecha para que fuera un quilombo. La propuesta de la revista me gustó. Teníamos a Juan Carlos Pérez, nuestro corresponsal en la cárcel. En Esto terminé de pulir el lenguaje policial; hasta teníamos permitido crear palabras. Como hienario. O la expresión un ajuste de amor. Lo mismo que desde el ‘86 hago en Crónica. Ese lenguaje riquísimo, que no reflejan las crónicas policiales ni las novelas, aparecía en Esto, y ahora aparece en Crónica.”

5
5:1 “El último viraje potente en el mercado editorial argentino se da a fines de los ‘60. Con un gesto equivalente al de Borges y Bioy en El séptimo círculo, Ricardo Piglia lanza la Serie Negra de la Editorial Tiempo Contemporáneo. Toma un género, realza ciertas virtudes, lo justifica ideológicamente desde un lugar opuesto al corriente y rescata ciertos autores. Y mete a Horace McCoy, el de ¿Acaso no matan a los caballos?, que era poco conocido. Pero mientras Borges y Bioy defendían este tipo de literatura como una forma de elogio de la trama, de la relojería y de la historia bien contada, contra la deformidad de la novela moderna, Piglia rescata la literatura norteamericana de los años ‘30, que El séptimo círculo había descartado. Entonces Piglia se vale de la colección para mostrar la vitalidad de esa literatura, que dio cuenta como ninguna otra de un mundo regido por las relaciones de producción, la violencia, el dinero. Básicamente lo mismo que encontró en Arlt, al que rescata con el mismo gesto.”

5:2 Después de centenares de novelas policiales y legajos judiciales, la pregunta Sdrech del millón es: “¿Aprendí algo investigando durante cincuenta años policiales? Sé lo que no aprendí. No sé qué pasa por la cabeza de un tipo que vacía el cargador sobre un cadáver. No sé qué le pudo haber pasado a la brigada de Lanús por la cabeza cuando, en la masacre de Wilde, dispararon 217 tiros sobre cuatro víctimas que ni siquiera disparaban. No entiendo a los camaristas de Lomas de Zamora que en ese mismo caso cambiaron la carátula de Homicidio simple a Homicidio en riña. Yo conocí y entendí a los verdaderos enemigos públicos, tipos que tenían un código de honor que hoy ya no existe. Tipos que si tenían que perder, perdían. Nada de matanzas. Por eso, en Villa Atuel (Mendoza), donde murió Juan Bautista Bairoletto, el Robin Hood pampeano, hay un templete al que todos los noviembre llegan cien mil personas. Mate Cosido, que tenía una costura de 32 centímetros en la cabeza y al que perseguía Gendarmería porque la policía le tenía miedo, es nombrado en canciones populares. Y eso es una diferencia: hoy ya no hay chorros que entren en las canciones”.

5:3Desde Esto y Crónica, Marta Ferro se dedicó a eso que no entra en las canciones: eso que bautiza como el policial tramontina. “¿Por qué me gusta este tipo de policial? Porque no me va eso de que una Fundación te dé diez lucas para investigar y después publicar un libro sobre un caso en el que ya sabemos quiénes son los culpables. En los casos simples está todo. Vos llegás, te enterás de que el tipo volvía de laburar y que los chorros de ese barrio están entongados con la comisaría tal; los vivos estos le quieren cobrar peaje y como el tipo se niega, un jefe, que vive en la casilla tal, dice sonaste viejo y lo ejecuta. En ese tipo de casos, llegás y, si sabés laburar, el barrio te cuenta quién fue y por qué. Ahí está todo. Cuando el barrio bate algo, no se equivoca. Por eso, si la policía no descubre es porque no quiere. Mirá, el caso más truculento del que me acuerdo lo resolvieron los chicos de la calle. Fue así: una nena vendía estampitas en el tren. La madre denuncia que la nena desaparece. A los pocos días empiezan a aparecer en el barrio restos de una criatura. Los forenses dictaminan que probablemente sean restos de la nena y que había comido pollo. Los chicos que vendían con ella estampitas de la estación Ramos Mejía a la de Moreno ven el identikit de la nena que había salido en Crónica. Van a la policía. Siempre tan amable, la policía los caga a palos pensando que habían sido ellos. Pero por los datos que dan sale que la madre es una prostituta, que la nena tenía que llevar por lo menos diez pesos, y que el día que la mataron la madre y el tipo con el que estaba habían comido pollo. Y por el identikit que publicamos y los pibes de la calle, se descubrió que la madre la había descuartizado. Al caso le pusimos La virgencita de los trenes.”

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6:1 La vida después de la Serie Negra se tradujo, fundamentalmente, en una resurrección de la novela policial en versión vernácula: “El mismo gesto de Piglia es el del Gordo Soriano desde los diarios. Que se da también en España, aunque con un poco más de retraso. La fecha clave en España es el ‘74, cuando Vázquez Montalbán publica Tatuaje, coincidiendo con la novela de Soriano, Triste, solitario y final. Eso a su vez coincide con un fenómeno más grande que es el género negro en español. Ahí se empieza a producir, como respuesta a Piglia y al Gordo, novela negra en castellano. En España, Seix Barral y Bruguera publican mucho que se trae para acá. Eso tapa las ediciones locales, que eran colecciones chicas y no aguantaban tamaña importación. Durante ese período se da el auge de Ross MacDonald como sucesor de Chandler. Pero mientras acá el asunto fue diluyéndose, en España seguían prendados. Por eso, cuando más adelante nos llegan Ellroy, Richard Stark o Elmore Leonard, ya los leemos en las traducciones de los gallegos”.

6:2 Después de cincuenta años en el asunto, a Sdrech no le tiembla el pulso al disparar sobre la complicación más notable que vienen padeciendo los casos en los últimos años: “Hay cada vez más personas que se desvanecen en el aire. Te doy un caso clásico de la policía salteña, del año ‘83: Khune y Edwards, dos chicas solteras, una alemana y otra inglesa, una veterinaria y otra profesora de inglés, que vivían juntas y andaban con una tremenda mishiadura. Un día cargan dos litros de nafta en el auto para dar una vuelta. Desaparecen. El auto aparece tres días después, en la misma ciudad de Salta, acribillado a itacazos, empapelado burdamente con boletas del PJ salteño y con el tanque lleno. De las dos chicas y el perro manto negro, nada más que sangre. Lo único que pude averiguar fue que, en la Casa de Gobierno de Salta, a la profesora de inglés le dieron un sobre equivocado por el que se enteró de algo gravísimo. Pero hasta hoy no se sabe dónde están”. Y, en una suerte de escalada y actualización, Sdrech agrega: “No es una fantasía eso de que en este país los muertos no están muertos. Cuando fue el caso Yabrán, la jueza dijo que no sabía por qué hay una crisis de descreimiento en el país. ¡Había sido ella la que la fomentó! Anunció que Yabrán se había suicidado con una escopeta High Standard 12.70 de 88 centímetros de largo. Yo fui a una armería, pedí una igual, me puse el caño en la boca y traté de apretar el gatillo. No llegaba. Lo mostré por televisión. Me dijeron que Yabrán era un gigante. Llevé a un gigante y tampoco llegaba. Después llegó la versión de que había apoyado la culata en la tapa del inodoro. Pero la 12.70 es un cañón, así que hubiese volado el baño entero. Un día la jueza cambia y dice que era una escopeta rusa. Pregunté qué cartucho había usado. El 7, me dijeron. En el que entran 300 perdigones. A Yabrán le encontraron 30 perdigones en la cabeza. ¿Dónde están los 270 que faltan? Yabrán deja dos cartas antes de matarse, escritas, según la jueza, con una lapicera que apareció cerca del cuerpo. La tinta de esa lapicera no coincide con la de las cartas. El ministro de Gobierno de Entre Ríos dijo: Es cierto, pero es una pequeña diferencia. Encima la jueza jura haber visto en el cuerpo de Yabrán su inconfundible mirada celeste. Con 30 perdigones en la cabeza, no queda nada: ni ojos, ni dientes, ni cabeza. Cómo no voy a estar seguro de que Yabrán está vivo. En la Argentina no es nada difícil hacerse pasar por muerto”.

6:3 ¿Cuánto trabajo se lleva Marta Ferro a casa? ¿Cuánto recorta y acumula en el cuartito del fondo? ¿Cuál es el límite? “El caso de la doctora Giubileo me emocionó mucho. Para empezar, y esto lo dijo la policía, porque la tiraron en un pantano que no podían rastrillar por la cantidad de desaparecidos que iban a encontrar. Y, además, por su personalidad: en el momento en que la mataron, era una persona que tenía cinco amantes. Yo no puedo mantener ni una relación y ella tenía cinco. Entonces me puse a pensar en el caso, hasta que sentí cómo se transmitía la mente de la tipa dentro de mis lucubraciones. Y ahí dije: mejor paramos. Porque si me voy a involucrar de tal manera en la mente de una tipa, me dedico a ser psicóloga. Nada de trabajo a casa.”

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7:1De las primeras traducciones locales de Poe a las traducciones gallegas de Elmore Leonard, el policial autóctono parece haber avanzado contra un sostenido viento adverso: “En rasgos generales, no hay muchos detectives ni muchas novelas policiales. Ni mucho menos sagas de detectives. Los detectives en la Argentina tienden a ser comisarios, tipos bonachones, policías comprensivos, confidentes. Pero cuál es el problema: ese tipo de detectives tiene que ser de zonas rurales —como esos pueblos en los que los pone a veces Walsh— o no sobrevive al cambio de los tiempos: cuando a partir del ‘70 la policía se convierte uniformemente en Maldita Policía, esa figura policíaca no sirve más. O está obligada a permanecer fuera de la institución, en ambientes chicos donde se manejan cosas chicas, cosa cada vez menos probable. En mi caso —y creo que es algo más bien generacional—, escribir policial en la Argentina es como lo de Oesterheld en los ‘50: trasladar la aventura; que las cosas que leíamos pudieran pasar acá. Eso era todo un gesto de descolonización. Esa es la lectura política. Aunque en la práctica tengo que decir que cuando descubrí a Hammett y a Chandler me gustaron. Me gustaba cómo escribían. Y en la práctica, empecé a escribir policial como ejercicio de estilo, a la manera de…, como un molde en el que calzarme, una forma de entrar en la literatura. Pero lo más inverosímil era hacer un detective. Ahora todos te salen que con Yabrán se puede hacer un flor de policial. No tiene nada que ver. Lo que uno quiere hacer es un tipo que se dedica a ser detective”.

7:2 Después de cincuenta años en el asunto, las cosas vienen cada vez peor, ya nadie se toma el trabajo de idear una trama más o menos propia y articulada, y a los 68 años Sdrech planea el retiro: “Una dueña de un auto aparece baleada en el asiento del acompañante y dudan si fue homicidio o suicidio. Un hombre que venía de restaurar pinturas sacras en Venecia llegó a La Plata y apareció con cinco puñaladas en el pecho. El caso se caratuló ‘suicidio’… El médico policial que fue a la cava de Madariaga el 25 de enero a la madrugada, cuando apareció el cadáver incinerado de Cabezas, copió palabra por palabra el comienzo del libro La muerte súbita, del año ‘74, que comienza con un cadáver carbonizado. Cuando publiqué Cabezas: mafia y poder, se lo di al doctor Macchi. No sé si lo leyó o no, pero a ese médico no lo llamaron nunca a declarar. El crimen cambió. Pasamos del crimen de laboratorio al crimen de callejón. El pibe que te mata en Ingeniero Budge por un par de zapatillas no va a preocuparse por cómo te entra la bala o por si te hiere en vez de matarte. Ya nada me cae simpático. Porque tampoco me cae simpático Fabián Tablado, que le metió 113 puñaladas a su novia”.

7:3 A los 57, Marta Ferro no tiene planes de retirarse ni de dejar el policial tramontina. Ni de ceder en la relación que por estos tiempos involucra a periodistas y chorros: “Es mentira que los medios son el amparo de los chorros. Es mentira que llaman a Crónica TV porque con las cámaras prendidas no los van a liquidar. En Ramallo los liquidaron adelante de todas las cámaras. Los chorros quieren ser famosos y punto. Por eso no tengo ni nunca tuve particular simpatía por el chorro. No me interesa. Yo no soy una reventada. Ponele los boqueteros: te sorprenden un segundo, pero enseguida te das cuenta de que no son chorros con bandita como hace cuarenta años, que entraban pistola en mano y todos quietos. Ahora se necesitan planos de túneles y cañerías. ¿Y eso quién lo consigue? La policía. Y con respecto a los otros, no me vengan a festejar a alguien que le afana el sueldo a otro. Yo tengo las ideas bien puestas. No tengo las valores cambiados. Estoy siempre a favor de la víctima, no del que te revienta la cabeza. Yo quiero un mundo mejor, y en un mundo mejor nadie le afana a nadie”.

8
8:1 Sasturain está del lado del detective.

(8:2) Sdrech está del lado del chorro.

(8:3) Ferro está del lado de la víctima.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:19 pm

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¿quién es el muerto?

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La crónica policial, ese género “casi literario” del periodismo escrito, recolecta día a día la realidad más cruda, y también —quizás por eso de reflejar la vida misma— situaciones macabras, pero grotescas a la vez. Un verdadero maestro de la especialidad, Enrique Sdrech, recuerda algunos casos tan absurdos como olvidados por el vértigo informativo.

Por Enrique Sdrech

En el mundo entero se registran infinidad de historias policiales-judiciales donde a una persona se la da por desaparecida durante un tiempo para luego, transcurrido un lapso prudencial, presumir su muerte.

Y también suele ser frecuente que, dadas ambas circunstancias, es decir la desaparición y la presunción de muerte, a posteriori se tengan noticias de que el presunto fallecido se encuentra gozando de perfecta salud en algún lugar de la Tierra muy distante al lugar donde algún día, por razones variadas, decidió “evaporarse”.

Nuestro país no es una excepción a esa regla, pero a diferencia de todos esos ejemplos que abundan somos el único país donde, producido el fenómeno, cabe preguntarse: entonces, ¿a quién enterraron?

Y esto es así porque un simple vistazo a la crónica policial diaria nos permite saber que son plurales los casos de “resucitación”, que nada tienen que ver con milagros religiosos o de la ciencia médica.

Nos referimos no solo a las estafas que se cometen contra compañías aseguradoras sino a las inaceptables “fisuras” de ciertas normativas municipales y legales por donde suele filtrarse papelerío apócrifo (léase certificados de defunción “truchos” donde siempre se lee “paro cardiorrespiratorio no traumático”) que finalmente permite que muchos que figuran como finados sigan disfrutando de los placeres de los vivos.

Y pruebas al canto. Un buen día un reducido grupo de personas se presentó en el sector Crematorio del Cementerio de Mar del Plata solicitando la incineración de los restos de Daniel Julio Scandinaro.

¿Quién era Scandinaro? Un oficial de la Policía de treinta y cuatro años, muerto a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio no traumático, según rezaba el correspondiente certificado de defunción que presentaron los acongojados acompañantes, junto con el pedido de cremación avalado por un escribano.

Todo estaba en regla. Inclusive el cadáver dentro del ataúd.

El trámite se cumplió sin inconvenientes y una hora después el reducido cortejo volvía a partir, con una viuda cuyos sollozos apenas le permitían tener entre sus temblorosas manos la pequeña urnita con las cenizas de Daniel Julio Scandinaro.

Pero algo falló. Scandinaro se había asegurado la vida meses antes por una cifra varias veces millonaria en cuatro compañías distintas. Hubo una investigación que permitió descubrir que llevaba una ostentosa vida en una residencial casa-quinta de la zona de Castelar. Se llevó a cabo un operativo policial, de madrugada, sonaron algunos tiros y finalmente Scandinaro cayó abatido de dos balazos.

“Sólo se muere una vez”, filosofó un investigador de seguros.

“Está bien, pero entonces ¿a quién cremaron en Mar del Plata? respondió el juez de la causa. No hubo respuesta…

Otro caso notorio que despertó las mismas sorpresas e idéntico interrogante ocurrió no hace mucho en una humilde barriada de la localidad de Ingeniero Budge, en el partido de Lomas de Zamora.

En la calle Labardén 2602 vivía Carlos Rodríguez, un correntino de cuarenta y nueve años, nacido en la localidad de San Luis del Palmar.

Muy cerca de su domicilio, casas por medio, vivían sus hijos.

El 26 de febrero de 1993, Carlos Rodríguez salió de su casa muy temprano, como lo hacía habitualmente, rumbo al trabajo.

En vano su familia aguardó el regreso. Pasó la noche y buena parte de la mañana siguiente y sus hijos, temiendo lo peor, se dirigieron a la comisaría de Ingeniero Budge para radicar la denuncia.

Desde el punto de vista policial, se hizo todo lo que tenía que hacerse en un caso de esas características. Búsqueda de paradero, radiograma a todas las dependencias policiales para saber si alguien de la edad y características del desaparecido se encontraba detenido, consultas a hospitales, clínicas y morgues. Todo con resultado negativo.

Era como si al correntino Carlos Rodríguez se lo hubiese tragado la tierra.

El tiempo siguió su marcha inexorable y casi un mes después un agente de policía se presentó en el domicilio de los Rodríguez. Les informó que en las mugrientas aguas del arroyo San Juan, tributario del no menos mugriento Riachuelo, había aparecido flotando un cadáver masculino. Los médicos forenses habían dictaminado que el cuerpo llevaba en el agua por lo menos veinte días.

Todo encajaba. “Prepárense para lo peor porque todo indica que se trata de su padre”, le dijo un oficial de la policía a los hijos, antes de partir hacia la morgue para que los muchachos cumplieran con la triste y dolorosa tarea del reconocimiento.

A pesar del avanzado estado de descomposición, aquellos restos fueron reconocidos como pertenecientes a Carlos Rodríguez. La altura, la vestimenta, ciertos detalles físicos, todo indicaba que aquel cadáver, que no presentaba ningún tipo de heridas, era realmente el correntino que aquella mañana del 26 de febrero había partido hacia su trabajo.

Ya poco importaba saber si se estaba frente a un accidente, un suicido o un homicidio. Lo único cierto era que don Rodríguez, el simpático “correntino”, estaba muerto y ahora había que velarlo y sepultarlo.

Todo el vecindario se movilizó para que esos trámites se llevaran a cabo como correspondía. Hubo que hacer rifas para obtener el dinero correspondiente que exigía la empresa funeraria. Así fue como todo un humilde barrio, cabizbajo y dolorido, desfiló aquella noche por la pieza velatoria y, al día siguiente, acompañó en silencioso cortejo los restos hasta el cementerio local.

Tres semanas después, cuando el “correntino” era un recuerdo, unos pibes que jugaban en la calle conocida como “costanera”, que bordea el Riachuelo, vieron venir al “muerto”. Caminaba por el mismo camino que hacía habitualmente cuando retornaba de su trabajo.

Aquella “aparición” pasó muy cerca de ellos, los saludó de la manera acostumbrada y enfiló para la modesta casita de Lavardén al 2600.

Lo increíble de esta historia es que don Carlos Rodríguez, (o su espíritu) entró en la vivienda como si tal cosa.

Eso ocurría en el mismo momento en que uno de los pibes que lo había visto llegar, con esa inocencia propia de los chicos de su edad, que nada saben de resurrecciones, retornos del más allá o especulaciones esotéricas, le decía a su madre: “Volvió el correntino y parece que echó buena porque tiene puestas unas ‘pilchas’ pitucas”.

Y era cierto. Las ropas de aquella “aparición” nada tenían que ver con las que solía utilizar el “finado”. No hace falta explicar el revuelo que se armó en el barrio. Los familiares, la policía, la justicia y los mismos forenses que habían suscripto el certificado de defunción no salían de su asombro y confusión.

“Sólo recuerdo que desperté en un lugar donde hacía mucho frío y que me llevaron a un hospital donde me atendieron muy bien y me regalaron esta ropa; después me dieron la plata para el colectivo”, repitió una y mil veces don Carlos Rodríguez.

Y surgió otra vez el punzante interrogante: entonces, ¿a quién enterraron?

RECUADRO

No lloren por mi

El caso más increíble, en el tema que nos ocupa, se registró en la ciudad de Rosario, donde un hombre sordomudo, que se había ausentado unas horas de su casa para hacer ciertas diligencias, al regresar se encontró asistiendo a su propio velatorio.

Veamos cómo ocurrió este hecho inédito, sin antecedentes en el mundo entero. Carlos Alberto Salguero salió de su domicilio para llevar a cabo unos trámites que le tomaron mucho más tiempo del pensado.

Al regresar, vio con sorpresa que de su casa se retiraban los empleados de una conocida empresa funeraria. Con no menos asombro, de un solo vistazo comprobó que se había instalado una capilla ardiente y que había portacoronas, hasta el momento vacíos. No faltaba el correspondiente ataúd —ocupado desde luego por un hombre que había pasado a mejor vida— rodeado por un grupo de personas llorosas que incluía a su esposa, quien al verlo parado en medio de ese escenario, rompió en gritos de histeria. Y no faltaron los desmayos.

¿Qué había pasado? Horas antes, en un paso a nivel del Ferrocarril General Belgrano, a la altura de la calle Avellaneda, un tren había arrollado a un hombre joven. El accidente ocurrió a cien metros de la casa de Salguero y cuando los vecinos corrieron hasta el lugar comprobaron que el convoy había mutilado el cuerpo de la infortunada víctima, pero debido a esas cosas inexplicables de la vida el rostro estaba intacto. Y ese rostro no era otro que el del sordo-mudo amigo y conocido de todos: Carlos Alberto Salguero.

Se hicieron los trámites, se cumplieron todas las formalidades del reconocimiento y se contrató al servicio fúnebre. Nadie imaginó que estaban velando a un sosías de Salguero, a un desdichado que era idéntico al sordo-mudo. Se avisó a la policía, al juez de turno y a todo el barrio. Del horror y la sorpresa se pasó a la alegría.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:18 pm

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Cuando la crónica roja manda

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Por Beatriz Sarlo / 12.11.2006 | Clarin | Sociedad

Vinculados con la inseguridad urbana y rural, que es una especie de río noticioso continuo, cuya repetición reflejaría las preocupaciones de la gente, reforzándolas al mismo tiempo, los medios de comunicación escritos y audiovisuales tienen algunos temas de moda que van circulando, pasando de la portada a las páginas interiores, para volver a primer plano, en una especie de repetición que indica a veces el vacío de noticias consideradas interesantes y otras veces el vacío de ideas sobre lo que es una noticia.

Los temas de moda se alternan en una especie de calesita, sin que esta descripción de una mecánica de aparición y alternancia signifique disminuir su gravedad. Simplemente están a la moda; antes, otros temas, igualmente importantes, ocuparon ese lugar. Hace mucho tiempo, a principios de los noventa, el tema de moda era la prostitución femenina, las organizaciones por los derechos de las prostitutas, la persecución de la que eran víctimas por una policía que recaudaba de modo implacable; luego el tema fueron las travestis y las zonas que ocupaban en barrios coquetos como Palermo (pocos hablaban de barrios deteriorados como Constitución). El tema de la prostitución infantil no llegó a la categoría de “tema de moda” probablemente por su carácter perturbador y poco pintoresco. Así como las travestis en televisión son divertidas, una niña prostituida es de un patetismo insostenible y mostrarla, una inmoralidad a la que no se animan ni los programas más bajamente sensacionalistas porque, además, estarían infringiendo los derechos de una menor.

La violencia de la prostitución infantil tiene su otra medida en la violencia sexual doméstica que, cuando es incestuosa, ofrece a los medios la intensidad escalofriante de una situación donde se ha traspasado un límite que hace posible la vida en sociedad. El embarazo producto de un hecho de violencia sexual incestuosa sobre una mujer debilitada en sus facultades es probablemente el caso más extremo de ese límite, porque afecta no sólo a una mujer. Como en la Argentina la interrupción de ese embarazo requiere de intervenciones jurídicas complicadísimas, afecta también la identidad futura de un niño a quien, en determinado momento, o se le esconderá su pasado o se le dirá: “Tu tío, que es también tu papá, violó a tu mamá que es o era débil mental”. En un país donde, a partir de los hijos de desaparecidos, ha pasado a ser sagrado el derecho a la identidad, me gustaría que me explicaran cómo se encara el caso. Quizá por ser tan difícil, se convierte en noticia sólo cuando llega a los estrados judiciales y luego vuelve a un rincón donde se amontonan los hechos que desquician las certezas, los actos intratables.

Una vuelta más del noticiero y llegan los locos tira tiros: un chico en una escuela de Patagones, un joven en una esquina de Belgrano. Todo el mundo habla de seguridad, como si la policía del país más organizado e incorruptible del mundo pudiera prever un acto de locura. Claro, lo que sucede es que hay armas desparramadas por todos los cajones, con permisos y sin permisos; gente que se entrena al tiro al blanco sin concebir eso como deporte. El lado inorgánico de la sociedad argentina, el desorden administrativo y el delito ponen revólveres donde no debiera haberlos. Pero, aun así, ¿es un problema de seguridad liso y llano el loco tira tiros? Esa insanía, que no es excepcional en Estados Unidos, tiene más del azar que de la necesidad. Cuando aparece como tema de seguridad policial, algo parece desplazado. ¿Y qué pasa con los crímenes perpetrados contra vecinos, amigos y familiares, que los expertos designan como una de las causas relevantes de muerte violenta?

El periodismo popular nació como literatura de crímenes y el cronista moderno, tal como lo conocemos hoy, fue hace mucho cronista de policiales. Antes de la prensa escrita, los grabados populares, que se vendían por centavos en muchos países de América Latina, representaban escenas de sangre, cuerpos acuchillados, hombres que arrastraban de los pelos a mujeres, asaltantes que se agazapaban en el claroscuro de una ochava con un cuchillo entre los dientes.

Los llamados bajo fondos, donde se confundían las viviendas obreras con los refugios de criminales, fueron tema de la literatura y de las noticias que se consumían también en esos lugares que los llamados ciudadanos respetables consideraban los nidos de la inseguridad.

Las clases laboriosas (es decir los obreros) fueron muchas veces confundidas con las clases peligrosas (es decir los delincuentes), sobre todo si los laboriosos salían a la calle y se hacían visibles para reclamar sus derechos. En todo esto, la televisión sigue tradiciones centenarias.

Los extranjeros, a menudo anarquistas, muchas veces fueron considerados peligrosos y a comienzos del siglo XX se promulgó una ley que permitía deportarlos. Hasta hace poco, leímos sobre la nueva mafia china y sobre la violencia entre peruanos. No estamos libres del prejuicio que implica juzgar antes de saber y conocer menos de lo necesario para juzgar.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:16 pm

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