Estilo y Narración II

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El tema choroyes

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Por Leonardo Sanhueza / Las Últimas Noticias

El uso de la palabra “tema” es algo que poco a poco se está volviendo invivible. Hasta hace no mucho el vocablo significaba para todos lo que significó desde siempre, pero de un momento a otro se derramó como un comodín lingüístico. No sé cuántas veces he escuchado expresiones del tipo “es que el tema no es ése” o “eso ya no es tema para mí”: frases en que “tema” puede estar significando “cosa”, “problema”, “asunto”, “objetivo”, “clave”, “punto”, “meollo”, “clímax”, “ítem”, etcétera: todo, salvo “tema”.

El otro día un modisto señalaba la importancia del “tema corbata” y un locutor de radio contaba un chiste picante acerca de un hombre al cual el “tema” ya no le funcionaba como en la juventud. El último y más extravagante significado que se le ha asignado a la palabra es “matrimonio”: el sujeto televisivo al que apodan el Peluche, tras un quiebre conyugal que ha tenido más fanfarrias que un casamiento, declaró haber pensado que “el tema iba para toda la vida”.

De cuando en cuando surgen modas, torceduras de la lengua o francas aberraciones que terminan afirmándose o diluyéndose, pues así funcionan y se mantienen vivos los idiomas, pero la metamorfosis de “tema” tiene una peculiaridad extralingüística, casi sociológica: mientras más seria se pretende la conversación, más veces se la usa. Para darse cuenta de ello basta escuchar unos minutos, o unos segundos, o el lapso que dé la paciencia, a Fernando Paulsen. Dice “tema” con la misma frecuencia con que un grillo dice “crí-crí”. Un grillo puede sonar hasta bonito en la noche de los solitarios con su monocorde (y monotemático) lamento, pero un periodista serio, que habla del acuerdo de Kioto o de los vericuetos de Fondo Monetario Internacional como quien se refiere a una partida de cacho entre sus amigos, hace esperar de él un repertorio más amplio y adecuado a las necesidades de expresión.

La palabra “tema” solía ser sólida, de acero etimológico, pero se ha vuelto siútica y vulgar, tanto como el spanglish. Para decir “tema” se usa el mismo aire, el mismo impulso sicológico, que para decir “más menos”. Son remilgos arribistas del lenguaje, papas calientes en el habla, imposturas rascas, fuleras, pretenciosas. Son una marca de quienes sienten indiferencia por los mecanismos de la lengua y son despectivos hacia las palabras porque creen tener ideas u opiniones o vivencias tan contundentes que están por sobre todo lo demás.

Antes se decía “cada loco con su tema” para significar la diversidad de discursos humanos y para ponderar las excentricidades en un todo abigarrado. Esa diversidad ya no existe o es mal vista. No se celebra la identidad individual, sino la monodia colectiva o, a lo sumo, un canon de choroyes con el disco rayado. Lo que se lleva es ser parecidos, iguales, uniformes en la choreza, como los adolescentes que, en la exacerbación de su jerga o de sus rebeldías en la indumentaria, tratan de ser distintos pero sólo consiguen ser una masa compacta, grisácea y onomatopéyica.

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 8:23 pm

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divinas palabras

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Por Álex Rovira / El País – 11/03/2007

Con ellas nos relacionamos con los demás e incluso con nosotros mismos. A través de sus combinaciones podemos encontrar lo que nos une a otras personas o todo lo que nos separa de ellas. Elegir la palabra adecuada en cada momento constituye una decisión mucho más importante de lo que puede parecer a simple vista.

Aquello que decimos o escribimos es mucho más que sonido o impresión: es construcción de nuestro universo. Las palabras son el vehículo de contacto de nuestra alma con la realidad y gracias a ellas tomamos conciencia y simbolizamos lo vivido. Ellas brindan además la posibilidad de significar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: nos ayudan a dar un sentido a la vida.

Gracias a las palabras percibimos las diferencias, los contrastes. Y nos acercamos al mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios. Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad, y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos. Paradójicamente, también nos ayudan a tomar distancia, a ganar perspectiva, a desahogarnos. Nos permiten acercarnos y alejarnos, gestionar distancias, entregarnos o partir.

La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, dejó escrito Michel de Montaigne. Nos pertenecen a ambas partes en diálogo cuando éste es sincero, cuando la escucha es atenta, cuando hay voluntad de encuentro. En ellas nos encontramos y por eso nos unen, nos llevan al intercambio, a la relación, al encuentro. Y así es como nos hacen ver, sentir y crecer.

Algunas condensan experiencias, sentimientos, anhelos e incluso una vida: el nombre del lugar amado, la canción que evoca el recuerdo, la poesía que siempre nos acompaña, la voz de nuestros afectos. Al escuchar palabras como hijo, amigo, padre, madre o especialmente el nombre propio del ser amado, se evoca y recrea un universo de recuerdos y emociones a veces más rico e intenso que la propia realidad cotidiana.

Expresado desde la espontaneidad, un “adiós”, un “gracias”, un “por favor” o un “te quiero” pueden iluminar un momento. Y en según qué circunstancias, constituir el recuerdo que da sentido a una vida.

A menudo una voz amable y sincera es más terapéutica que cualquier medicamento. Puede llevarnos a la alegría y a la ternura desde lo más inesperado. Hace poco escuché la respuesta de un niño de cinco años al revelarle un amigo suyo la identidad de los Reyes Magos. El pequeño, sin inmutarse, respondió: “No puede ser que los reyes sean los padres”. “¿Por qué?”, inquirió su amigo. “Pues porque los reyes son tres, y mis padres, ¡dos!”, concluyó convencido.

La palabra sorprende y emociona. Con ella podemos hacer alquimia interior: aliviar dolores, lidiar con las dudas, rabias y culpas, concluir duelos, sanar heridas, convencer miedos, soltar yugos, terminar quizá con esclavitudes interiores y exteriores: liberar y liberarnos.

Curiosamente, a quien más teme el dictador es al poeta. Por ello, el ser humano que pone voz a lo esencial, desde la desnudez, acostumbra a ser el primero en morir fusilado en el paredón o con un tiro por la espalda. Nada peor para el cínico, el perverso o el ególatra que el niño del cuento que proclama sin miedo y con la libertad que nace de la inocencia: “¡El Rey está desnudo!”. Pero ni las balas al alma ni el fuego a los libros pueden con la conciencia que se despierta gracias a la palabra nombrada. Porque “la palabra es el arma más poderosa”, tal y como dijo el filósofo Raimundo Lulio, ya que tiene el enorme poder de denunciar, revelar, desnudar, informar, conmover y convencer.

Y no menos importante es aquel que acoge las palabras: el silencio, construido mediante la calidad de las palabras que en él hemos ido sembrando durante el tiempo en la relación con el otro.

Precisamente porque es sumamente obvio, el siguiente principio acaba a menudo siendo obviado: podemos elegir en cada instante nuestras palabras para relacionarnos con los demás, incluso para relacionarnos con nosotros mismos. Elegir las palabras adecuadas en cada momento es un ejercicio de conciencia y responsabilidad. Y puede marcar la diferencia entre el encuentro o la distancia y la destrucción que nacen de la inconsciencia. Éste es su gran poder. Palabras humanas: divinas palabras.

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:32 pm

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eufemismos

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¿Qué necesidad tenemos de recurrir a eufemismos con tanta frecuencia y en todo tipo de asuntos?

Por Edison Otero Bello

“Eufemismo” es una palabra algo rebuscada que se refiere a la maniobra deliberada de disfrazar, camuflar, esconder o simular con expresiones verbales o escritas un hecho de otro modo chocante o condenable. Dicho así, la expresión “eufemismo” es ella misma un eufemismo. De modo que si alguien, o una organización, desea “desdramatizar” un evento, o “bajarle el perfil”, lo que tiene que hacer es usar eufemismos.

Por estos días, y desde la invasión estadounidense a Irak, los eufemismos bélicos han estado a la orden del día. El más famoso de todos es el concepto de “efectos colaterales”, expresión técnica casi elegante que se refiere a la muerte de población civil como resultado de acciones militares. Aquí el eufemismo cumple con precisión la función que se espera de él, consistente en generar una cortina de humo -para seguir con metáforas militares- que oculte el hecho lato de que hay muertos y no tienen uniforme, que hay víctimas menores de edad y que hay víctimas que exceden largamente de la edad que se exige para el enrolamiento en un conflicto. Así, en vez de decir que las operaciones que uno lleva adelante han tenido un costo en población civil, lo apropiado es hablar de “efectos colaterales”. El truco es claro: sabemos categóricamente y sin asomo de duda que va a haber víctimas civiles, pero argumentamos que no ha sido nuestro objetivo y que ha resultado por casualidad. O sea, no tenemos responsabilidad. De modo que, en un giro pérfido, los únicos responsables últimos de los efectos colaterales son los civiles mismos, por haber estado allí cuando el fuego se inició. No le demos más vueltas: el eufemismo es una maniobra retórica de camuflaje. Así como el verbo más utilizado es el de “neutralizar” -expresión que encubre el hecho de matar, liquidar o destrozar- el más reciente de los eufemismos en la jerga militar es la expresión “fuego amigo” y se refiere a la causa que ha tenido como efecto la muerte de civiles del propio bando. Es risible, por decir lo menos, que se hable de fuego “amigo” en una jerga cuyo centro es considerar “enemigo” a todo lo que no se parece a uno mismo.

Otro aspecto interesante del tema es que los eufemismos son de uso habitual y no sólo en la guerra. En el ámbito organizacional se puso de moda usar un eufemismo para referirse a la iniciativa de desemplear funcionarios. Así, ya no se echa a nadie (que es lo concreto) sino que se le “desvincula” (que es el eufemismo). Y la acción misma es encerrada en la expresión “necesidades de la empresa”. ¿Y qué decir de la jerga eufemística de los economistas? Por ejemplo: “crecimiento negativo”, un crecimiento que no crece sino que se encoge, lo que en la más simple y elemental versión de la lógica es, a la vista, una contradicción flagrante.

Ahora bien, ¿qué necesidad tenemos de recurrir a eufemismos con tanta frecuencia y en todo tipo de asuntos? Esta pregunta ha movilizado energías reflexivas de muchos pensadores a lo largo de la historia, y la respuesta resulta difícil de formular. Hay quienes consideran que tememos a la verdad y que preferimos ocultarla mediante todo tipo de estrategias, o que tememos al menos a las consecuencias que se derivarían de revelarla, se trate de cuestiones personales o públicas. En consecuencia, nos convertimos en simuladores expertos, nos movemos en el plano de las apariencias. Simular es, por consiguiente, mentir. Constatar estas realidades de las relaciones humanas llevó a Erasmo a escribir su magnífico “Elogio de la necedad” (o de la “locura”, según otros traductores), a Rabelais su descojonante “Gargantúa y Pantagruel” y, por cierto, a Molière su “Médico a palos”. Y la lista podría resultar interminable. La literatura está plagada (en el mejor sentido de la expresión) de testimonios sobre el tema, y qué decir del cine. Las buenas tramas y los mejores guiones consisten, con mucha frecuencia, en develar o revelar cuestiones que se desea mantener en secreto, reserva o -para usar otro eufemismo- “clasificadas”.

Un filósofo de fina reflexión, el británico Bernard Williams (1929-2003), sostuvo que, en consecuencia, el viejo y sustantivo problema de la verdad debía asociarse al problema de la sinceridad. Ésta supone la disposición a decir la verdad cuando se la conoce y, por tanto, no nos enfrentamos a un problema sólo relativo al conocimiento sino a una cuestión decididamente ética. Y en tal caso, no hay eufemismo que valga.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:06 pm

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imitar e inventar

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Por Carla Cordua / El Mercurio (Domingo 30 de octubre de 2005)

Es impresionante la confusión que reina en la lengua ordinaria sobre la creación y la invención, por un lado, y la copia y la imitación, por el otro. Se las trata como contrarios excluyentes, debido a la connotación valorativa que se les asigna: honorífica para la invención y peyorativa para la imitación. Sin embargo, la reflexión muestra que imitar e inventar están estrechamente relacionadas y son complementarias al punto de que casi no hay ejemplos de instancias puras de ninguna de las dos.

Al atribuirnos invenciones originales olvidamos que casi todas nuestras genialidades proceden de lo que hemos aprendido antes. Si no quisiésemos halagarnos veríamos que todo lo que se aprende coincide con lo que se imita. El conjunto de lo que alguien ha aprendido es la imitación de los imitadores que se lo enseñaron. Aprendemos no sólo los patrones de nuestra conducta sino además las estimaciones y desdenes que nos abren el acceso a los grupos a los que perteneceremos. Tanto los actos como las maneras de pensar son eminentemente trasmisibles, esto es, imitables. Aprender resulta ser, pues, frecuentemente, repetir, imitar. Nuestra creatividad ocurre, como un caso especial, dentro de este contexto de lo así adquirido. Hay otros asuntos, sin embargo, que son más complejos. Por ejemplo, el aprendizaje del idioma materno tiene aspectos importantes que exigen sobrepasar la tremenda capacidad repetitiva y mímica que nos caracteriza más que ninguna otra.

Aprender a jugar póker o a mezclar los ingredientes del pan puede ser, sin inconvenientes, algo pura y limpiamente imitativo. Pero aprender a hablar una lengua, aunque presupone la imitación de sonidos y palabras, implica también haber llegado a ser capaz de usar los signos aprendidos más allá de la esfera de la imitación. Pues conocer el sentido de “perro” y ser capaz de pronunciarlo como se hace en castellano no es hablar todavía. Hablar es saber usar un idioma discursivamente. Esta actividad implica combinar de manera inventiva los signos conocidos, haciendo que las oraciones concuerden con un estado de cosas comprendido, que bien puede ser nuevo, y que vayan dirigidas a otro hispanoparlante con el que se comparte tácitamente el conocimiento de los ingredientes imitativos que el discurso presupone. Es como aprender a tocar el piano, o las operaciones elementales de la aritmética, que tienen, al comienzo, más de repetitivo que de oportunidad de interpretar originalmente una pieza de Chopin o inventar una operación numérica inédita. Pero es haberlo aprendido imitando lo que abre el acceso a la libertad de inventar.

Es verdad que repetimos palabras, pero rara vez varias oraciones combinadas entre sí, debido a la complejidad del intercambio lingüístico y, también, a que todo cambia constantemente: las cosas, las situaciones, los interlocutores, nosotros mismos. Las novedades originales que pueblan el discurso, las ocurrencias que lo animan, son normalmente bien recibidas porque resultan en una comprensión clara de lo dicho; pero pocas veces son reconocidas como creaciones debido a que emergen en el contexto de la lengua familiar, de la que no esperamos sorpresas. El lenguaje humano bien usado desaparece detrás de lo que consigue hacer manifiesto y comprensible. No se hace presente más que cuando se degrada en pura repetición de lo consabido o cuando, tratando de independizarse de su base en la imitación, se convierte en pura y arbitraria invención.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:01 pm

The Devil’s Lexicon

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Unspeak exposes the language twisters.

By Jack Shafer / Slate – Jan. 22, 2007.

Unspeak, writer Steven Poole‘s term for a phrase or word that contains a whole unspoken political argument, deserves a place in every journalist’s daily vocabulary. Such gems of unspeak, such as pro-choice and pro-life, writes Poole in the opening pages in his book Unspeak: How Words Become Weapons, How Weapons Become a Message, and How That Message Becomes Reality, represent

an attempt to say something without saying it, without getting into an argument and so having to justify itself. At the same time, it tries to unspeak—in the sense of erasing, or silencing—any possible opposing point of view, by laying a claim right at the start to only one choice of looking at a problem.

Pro-life supposes that a fetus is a person and that those who are anti-pro-life are against life, he writes. Pro-choice distances its speakers from actually advocating abortion, while casting “adversaries as ‘anti-choice’; as interfering, patriarchal dictators.”

Poole’s list of suspicious phrases rolls on for more than 200 pages. Tax relief and tax burden, which covertly argue that lowered taxes automatically relieve and unburden everybody. Friends of the Earth casts its opponents as enemies of the earth and implies that the Earth is befriendable, a big, huggable Gaia.

Poole cautions readers not to confuse unspeak with doublespeak, a word that grew out of the concepts of Newspeak and doublethink that George Orwell introduced in Nineteen Eighty-Four. Poole writes, “But Unspeak does not say one thing while meaning another. It says one thing while really meaning that one thing,” and the confusion unspeak generates is almost always calculated and deliberate.

Poole calls community one of the most perfect political words in English because it

can mean several things at once, or nothing at all. It can conjure things that don’t exist, and deny the existence of those that do. It can be used in celebration, or in passive-aggressive attack. Its use in public language is almost always evidence of an Unspeak strategy at work.

The plasticity of community allows it to encompass geography, ethnicity, profession, hobby, or religion, and in the mouths of diplomats and journalists can expand to include everybody, as in the international community, a concept that Justice Antonin Scalia once described—rightly—as “fictional.”

We’re drawn to the “semantically promiscuous” word, Poole writes, because it allows us to simultaneously express our tolerance for a group and our discomfort. For example: the homosexual community and the black community. People rarely refer to the heterosexual community, the white community, or even the Christian community, because in the United States and Britain, they are the “default” positions and carry the “privilege of not having to be defined by a limiting ‘identity.’ ” Likewise, a group defined by the majority as transgressive, say, the Ku Klux Klan, would never qualify as a “community” even though it organizes itself with the same conscious effort as the “anti-war community.”

Unspeak concurs with my position that journalists everywhere reject the word reform because it’s become meaningless. He assails the Tories in England who spoke of “bogus asylum seekers” because the phrase destroys any presumption of sincerity, and served as code for “simple racism.” When governments speak of a tragedy, they imply that the bloody results of their work were unforeseen—as if visited upon man by the gods—and nobody can be blamed. Surgical strike conveys the benevolent practice of medicine, ridding a target of its disease. Collateral damage redefines the death of innocents as injury. Smart weapons posit the opposite of dumb weapons that kill indiscriminately. Daisy cutter sanitizes the killing power of the daisy-cutter bomb. Weapons of mass destruction, which earlier referred to the horrific mechanized tools of warfare being stockpiled in the 1930s, now applies to biological, chemical, and nuclear weapons when possessed by nonstate actors or regimes in disfavor.

Unspeak usually flows from the lips of politicians, but news organizations are equally inventive. Poole quotes a Fox News Channel executive who instructed reporters to refer to U.S. “sharpshooters” in Iraq instead of U.S. “snipers,” because snipers was negative. The same Fox News sought to substitute “homicide bombers” for “suicide bombers” because “suicide” gave too much prominence to the attacker.

Poole asks how the war on terror can exist when it’s almost impossible to wage war on a technique; he recoils at the euphemism of detainee abuse, which minimizes physical and psychological violence; and punctures those who dress their acts in the cloths of democracy, freedom, and liberty.

Other suspect phrases and words that Poole takes his cane to: intelligent design. Sound science. Security fence. Regime change. Extremism. Moderate. Coalition forces.

Unlike George Lakoff, who lectures the Democratic Party about the importance of “framing” political debates in order to win them, Poole dismisses this tactic as fighting unspeak with unspeak, as the “pro-choice” and “pro-life” schools demonstrate. Quoting linguist Ranko Bugarski, Poole maintains that what’s needed is “judicious use of normal language, allowing for fine-grained selection and discrimination, for urbanity and finesse,” even though “normal language” is already subject to unending political debate.

As the channel through which politicians, activists, and corporations market their words, reporters are usually the first recipients of new examples of unspeak. Monitoring how they say what they say is as important as reporting precisely what they say. As Poole notes, resisting unspeak isn’t quibbling about semantics. It’s attacking the “chain of reasoning at its base.” Making sense of nonsense is 90 percent of what being a journalist is about. To forewarn readers about unspeak, Poole advises, is to forearm them.

******

As I read Poole’s book, a couple of examples of unspeak came to me: Accept responsibility. Gridlock. Loopholes. Islamofacism. Send your favorite original examples to slate.pressbox@gmail.com. I’ll publish the best of them and credit the senders.

Addendum, Jan. 23: No more submissions, please. See the Tuesday “Press Box” column for the readers’ unspeak nominations.

(E-mail may be quoted by name unless the writer stipulates otherwise. Permanent disclosure: Slate is owned by the Washington Post Co.)

Jack Shafer is Slate‘s editor at large.

Unspeak From the Readers
They find it everywhere.
By Jack Shafer
Posted Tuesday, Jan. 23, 2007, at 5:34 PM ET

At the bottom of Monday’s column, I invited Slate readers to submit the best examples of unspeak they’ve encountered and promised to publish the best of the lot. If you didn’t read the column and have no intention of doing so, let me bring you up to speed.

Unspeak is Steven Poole‘s wicked term for words or phrases that attempt to smuggle a political argument into conversations. Poole’s classic unspeak examples are the phrases pro-life and pro-choice. If a journalist describes an anti-abortion figure as pro-life, he creates a semantic space in which all the pro-lifer’s opponents are necessarily anti-life. If he describes a pro-abortion figure as pro-choice, he similarly reduces the debate to a stick-figure battle between those who make decisions for themselves and those who want to boss others around.

Poole has collected scores of examples and amplified them in his recent book, Unspeak: How Words Become Weapons, How Weapons Become a Message, and How That Message Becomes Reality, which should be required reading for reporters and editors everywhere. Other examples of unspeak: community, reform, smart weapons, intelligent design, and collateral damage. (Want to know why they qualify as unspeak? Read Poole’s book, or better yet read my piece from yesterday.)

At this writing, about 260 readers (and counting) have taken the unspeak challenge and submitted their nominations. Many thanks to all who participated, and if you don’t see your name below, it’s because I ran out of time and energy, and not necessarily because your nomination didn’t pass muster.

Even author Poole wrote in, informing me that Islamofascism, which I nominated for unspeak status in my column, had made the postscript of the paperback edition of his book, due at bookstores in April. I asked for a sample of the postscript, and Poole obliged with this:

Islamic fascism suggested that fascism was somehow inherent to Islam, just as with the associated notion of Islamic terrorism. (Few spoke of Christian terrorism when the perpetrators were Christians.) Third, and most excitingly, Islamic fascism allowed the use of dramatic historical analogies. In one speech, [President George W.] Bush inventively compared “the terrorists” to some other “evil and ambitious men,” namely Lenin and Hitler, taking care to remind his audience of the trouble those two had caused. …

[Defense Secretary Donald Rumsfeld] … prowled the stage muttering darkly about the ‘vicious extremists’ who constituted “the rising threat of a new type of fascism.”

At least the phrase “a new type of fascism” was subtler than his boss’s Islamic fascism. The rider “a new type of,” it seemed, was designed to acknowledge the obvious fact that what was under consideration was not “fascism” as hitherto understood, while allowing oneself to say the scary word “fascism” anyway. It was ridiculous to think, Rumsfeld said, that these fascists could be “appeased,” even though no one was actually recommending such a historically disreputable course of action. (It did not take long for some commentators to suggest that the celebrated photograph of a beaming Rumsfeld shaking hands with Saddam Hussein in 1983 evoked “appeasement” more than anything that serious critics of the “war on terror” were suggesting.)

Criminal defense lawyer Elizabeth Simpson writes in to note the unspeakery of public grousing about defendants getting off on a technicality. “Many times, this ‘technicality’ is the U.S. Constitution. Prosecutors charge people on technicalities all the time, but this word would never be used to describe their tactics.”

Dennis Harrington finds both affirmative action and equal opportunity as code phrases for discrimination and “we’ll take anyone, however useless, as long as they have our preferred gender or skin color,” respectively. Rick Kaempfer, Nick Stern, and John Bisges offer surge. Writes Bisges:

Rather than “troop increase,” which implies an open-ended commitment of more troops to a failing war, a “surge” goes along with the idea of a power surge—a brief burst of energy that overwhelms a circuit’s resistance. Using it in the context of the Iraqi conflict makes it much more palatable: everyone is against a troop “increase,” but a troop “surge” invokes the idea that this is a very temporary burst of soldiers that will quickly overwhelm the insurgency. Perfect because the administration reaps the benefits of the phrase while bearing no responsibility for its misleading characterization of troop redeployment; after all, it’s just a word.

Not everybody played the nomination game as directed. In his e-mail, Jay Heinrichs claims that “Poole’s book title employs the same device he denounces: Using our belief in unfettered speech, he applies a shocking label to the practice of labeling,” adding that Aristotle called what Poole calls unspeak a “commonplace,” the philosopher’s “term or phrase based on the audience’s own beliefs, values and naked self-interest.”

Paul W. Westermeyer diagnoses anti-war as unspeak because it declares “that everyone else is ‘pro-war,’ implying no distinction between supporting a war of defense and a war of aggression.” Progressive also deserves our attention, he writes, because it “implies improvement.”

“The term not incorrect is almost always favored over ‘correct’ because it, while acknowledging undisputed facts, still casts doubt on whatever the opposition is trying to get across, and implies that the fact is a technicality,” writes Robin Snyder.

Terrorist surveillance program is “the preferred term of the Bush administration towards their illegal, warrantless, unsupervised spying of American citizens. It was also the phrase used by Fox News, right wing pundits, and right wing blogs,” writes Joshua Fletcher, calling it a “safe, innocent, sanitized phrase which implied no wrongdoing.”

Linda McIntyre recalls an article from long ago in the New Republic “about the Children’s Defense Fund,” which casts “those not in agreement with CDF’s policy prescriptions as anti-child, a strategy that worked well for the group in terms of politics and fundraising.”

Mass casualty event really describes mass slaughter, writes Michael Billips. “Heritage has become a code word for race,” writes Jeremy Voas. “Since the ’80′s being against deficits means being for something that cannot be said: taxes,” offers Robert Cunningham. Joe Keohane and Tom Stephens find unspeak in the vague phrase support the troops, Ashley Masset nominates smart growth, and Alec Mcausland wants to know where the eggheads get off calling themselves the Union of Concerned Scientists.

Interrogation techniques sanitizes torture, writes Donald DiPaula, and anything that contains the word agenda (homosexual agenda, left-wing agenda, and right-wing agenda) qualifies because it implies the homosexuals, lefties, and righties are “homogenous and in complete internal agreement.” Similarly, about a dozen readers drew their unspeak revolvers whenever encountering the word family anywhere near values, oriented, pro-, or -friendly. Beth Prather brings up the rear with one of my hobbyhorses, the war on drugs, and Carol Kania with the cringe-making stakeholders.

Many readers nominated such unspeak as unlawful combatants and climate change, which are analyzed in Poole’s book. To my great disappointment, nobody finds the phrase net neutrality an example of unspeakableness. Can I get a second out there?

Finally, Keith Benoit suggests that readers listen to the State of the Union address tonight and e-mail me examples of Bush’s unspeak. Excellent idea. If you have the stomach to listen, send your examples to slate.pressbox@gmail.com and I’ll post the best of the lot.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 4:54 pm

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sexismo en el español

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Los cambios que, a partir de las reivindicaciones de las mujeres, se están produciendo en los papeles sociales de ambos sexos, exigen una adecuación de la lengua para liberarla de los estereotipos discriminatorios.

En este sentido, con la edición de las siguientes propuestas, se invita al conjunto de la sociedad a reflexionar sobre algunos de los múltiples rasgos sexistas que persisten en la lengua.

REFLEXIONES SOBRE FORMAS LINGÜÍSTICAS SEXISTAS QUE SE DEBEN EVITAR Y EJEMPLOS DE PROPUESTAS ALTERNATIVAS

Sobre el masculino utilizado como genérico
1) Tradicionalmente se han utilizado las palabras hombre y hombres con un sentido universal, ocultando o desdibujando la presencia, las aportaciones y el protagonismo de las mujeres.Se propone la sustitución de hombre y hombres en estos casos por persona o personas, ser humano o seres humanos, humanidad, hombres y mujeres o mujeres y hombres, sin dar preferencia en el orden al masculino o al femenino.

No
El hombre Los hombres y las mujeres
La humanidad
Los derechos del hombre Los derechos humanos
Los derechos de las personas
El cuerpo del hombre El cuerpo humano
La inteligencia del hombre La inteligencia humana
El trabajo del hombre El trabajo humano
El trabajo de mujeres y hombres
El hombre de la calle La gente de la calle
A la medida del hombre A la medida humana/de la humanidad/del ser humano

2) Cuando se utiliza el masculino plural para ambos géneros, se introduce ambigüedad en el mensaje en perjuicio de las mujeres. Se debe evitar el uso del masculino plural como si fuera omnicomprensivo cuando se habla de pueblos, categorías, grupos, etc., empleando en estos casos ambos géneros y otras formas que representen mejor la idea de conjunto.

No
Los romanos, los franceses, los hispanoamericanos, etc. Las romanas y los romanos, las francesas y los franceses, las hispanoamericanas y los hispanoamericanos. El pueblo romano, español, hispanoamericano…
Niños Niños y niñas
Infancia
Chicos Chicos y chicas
Adolescencia
Juventud, mocedad
Ancianos Ancianos y ancianas
Personas de edad
Personas mayores
Hermanos Hermanas y hermanos
Hermanos y hermanas
Profesores Profesoras y profesores
Profesorado
Alumnos Alumnas y alumnos
Alumnado

3) En ocasiones, se cita a las mujeres como categoría aparte, después de utilizar el masculino plural como omnicomprensivo o representando a los hombres como grupo principal y añadiendo a las mujeres como grupo dependiente o propiedad del anterior.
Esta forma de expresión ofrece una imagen de subordinación de un grupo respecto de otro.

No
Los nómadas se trasladaban con sus enseres, mujeres, ancianos y niños de un lugar a otro. Los grupos nómadas se trasladaban con sus enseres de un lugar a otro.

Sobre el uso asimétrico de nombres, apellidos y tratamientos
1) La designación asimétrica de mujeres y hombres en el campo político, social y cultural, responde a una tradición discriminatoria para las mujeres y por ello debe ser corregida.

No
La Thatcher… Mitterrand

La Sra. Thatcher y Mitterand

Thatcher… Mitterrand

La Sra. Thatcher y el Sr. Mitterrand

2) Modificación de los tratamientos.
El tratamiento de señorita se utiliza para hacer referencia al estado civil de soltera de una mujer y en contraposición a la expresión señora o señora de para denominar a una mujer casada, no utilizándose de un modo simétrico los términos señorito o señor. En una sociedad en la que no se define a las mujeres por su relación de dependencia con los hombres, esta distinción debe ser eliminada. Por ello, se debe utilizar señora y señor para hacer referencia a una mujer o a un hombre independientemente de su estado civil.

No
Asistió el señor Prado acompañado de la señora Aparicio y la señorita Llopis. Asistieron las señoras Aparicio y Llopis y el señor Prado.
Sra. de Fernández (M.ª Luisa Alonso) Sra. Alonso

Sobre las carreras, profesiones, oficios y titulaciones
El femenino es frecuentemente usado tan sólo para trabajos tradicionalmente unidos al rol femenino, sin embargo, se utiliza el masculino para las profesiones, oficios y titulaciones consideradas de mayor prestigio social y reservadas exclusivamente a los hombres hata hace poco tiempo. Esta diferencia presupone un status subordinado de las mujeres con independencia de su situación personal y, por ello, debe ser eliminada.

No
Juana Gómez: médico, Secretario de Estado, director de orquesta, Embajador, gobernador, concejal, alcalde. Juana Gómez: médica, Secretaria de Estado, directora de orquesta, Embajadora, gobernadora, concejala, alcaldesa.
Las limpiadoras El personal de limpieza
Los médicos y las enfermeras Los médicos y médicas, los enfermeros y enfermeras
María Ruiz, Ingeniero de Minas María Ruiz, Ingeniera de Minas

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 4:48 pm

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las comparaciones en sus repertorios [1]

Por José Antonio Millán (Versión corregida y aumentada del estudio publicado originalmente en Lengua y diccionarios, Estudios ofrecidos a Manuel Seco, reunidos por Pedro Álvarez de Miranda y José Polo. Madrid, Arco/Libros, 2002, 354 págs.).

“De eso no se puede saber más, o sólo se podrá saber después de mucho tiempo. Aquí tenemos un dicho que quizás conozcas: ‘Las decisiones oficiales son tímidas como doncellas’”. “Es una observación acertada”, dijo K., que tomaba el asunto más seriamente aún que Olga, “una observación acertada, y es posible que las decisiones tengan otras cosas en común con las doncellas”.

Franz Kafka, El Castillo


“E
l hombre”, empieza acertadamente Sbarbi su Florilegio o Ramillete alfabético de refranes y modismos comparativos y ponderativos de la lengua castellana, definidos razonadamente y en estilo ameno (1873), “tiene una propension innata á expresar sus ideas por medio de comparaciones, á fin de ser más pronta y gráficamente comprendido de sus semejantes”. Y prosigue:

Todos los terrenos los recorre para llevar á cabo su propósito, dado que en todos halla con facilidad materia abundante para su objeto. ¿Quiere ponderar la agilidad y presteza de una persona? La ardilla le servirá de término de comparacion. ¿Pretende ensalzar la hermosura de una joven? Pues la constituirá en émula de la rosa de los jardines. ¿Propónese decantar la riqueza y opulencia de algun comerciante? Ahí están el Potosí y el Perú, que le prestarán su nombre, con más facilidad por cierto que sus tesoros, para poner en parangon los que guarda el sujeto aludido con los que encierran las minas de aquellos reinos.

Para concluir:

Y no es esto todo: el cielo, y el mar, y los elementos, y la historia, y el mundo entero le saldrá al encuentro cuando lo evoque, á fin de que pueda hallar con profusion cuantos símiles se proponga para traer á un punto dado objetos que á primera vista parecen hallarse algunas veces tan opuestos y distantes entre si.

Interesante tema este que trató el bueno de Sbarbi (quien habría merecido pasar a la historia sólo por su papel de editor de El Averiguador Universal, del que hablamos en otra parte).

En este trabajo nos centraremos en las comparaciones como género expresivo con características propias [2]. Nos interesarán las comparaciones propiamente dichas: las que presentan un término precedido por como, o cláusulas con tan … como, más… que, menos… que; es decir: las que tienen codas prototípicas (Sáez del Álamo, 1999)[3]. Vamos a explorar a lo largo de siglo y medio de recopilaciones algunos de sus mecanismos, para acabar centrándonos en su creación actual [4].

Las estructuras de la comparación

Una primera observación es que en el caso de las comparaciones más estables el término de la comparación se puede encontrar en muy distintas estructuras sintácticas, y no sólo comparativas [5]:

Juan es astuto COMO un zorro

Juan es MÁS astuto QUE un zorro

Juan es TAN astuto COMO un zorro

Juan se hace el zorro [6]

Juan es un zorro

Prueba del estado cristalizado en que se encuentran algunas de estas comparaciones es que normalmente figuran en los diccionarios (Casares, 1950); así, en el DRAE: “Zorro: fig. y fam. Hombre muy taimado y astuto”. En muchos casos se registran formas alternativas:

limpio como una patena, o más limpio que una patena [DRAE]

El origen de los términos

Sin duda la cuestión más sorprendente en la comparación tradicional —es decir, aquella que se emite porque ya se utiliza— es que se hace uso de unos determinados elementos de comparación , y no de otros. ¿Por qué “ligero como una ardilla” y no “como una gaviota” —animal más veloz, sin duda? Está claro que la asignación de cualidades prototípicas a un elemento no responde a un trabajo empírico sobre los entes que las portan, sino que son atribuciones cristalizadas, en muchos casos deformadas además por confusiones o etimologías populares (Romera, 1993). De ahí que los intentos por justificarlas bordeen normalmente el ridículo:

Oscuro como boca de lobo.
Aplícase comunmente á la noche cerrada y á la habitacion lóbrega, con alusion al color sumamente oscuro que tiene por dentro la boca de aquel cuadrúpedo [S]

Muchas comparaciones tradicionales se pueden rastrear hasta los clásicos greco-latinos: el zorro, en Esopo, Horacio o Plinio. Por ejemplo, Horacio hablaba en el Ars poetica de “Animi sub vulpe latentes”, ‘sentimientos que se ocultan bajo la piel de zorro’.

Pero estas cristalizaciones tampoco son estables: hemos visto la pervivencia del zorro, pero hay casos movedizos. Por ejemplo, el cocodrilo ya está recogido en Covarrubias (Tesoro) como representación de la hipocresía o perfidia (“significa la ramera, que con lágrimas fingidas engaña el que atrae a sí para consumirle”), y del mismo modo aparece en los libros de emblemas coetáneos, como el de Alonso Remón (1627):

Diversas lagrimas son,
Pedro, las del Cocodrilo
Hijo del margen del Nilo
Y las de vuestra pasión.
Vos lloráis de compasión
Del pobre por remediallo.
Opuestos los fines hallo
Vos lloráis para que os den
Con qué al hombre hagáis bien
y él llora para tragallo

[...] el Crocodilo, que es una bestia terrestre, y aquatil [...] que llora en viendo al hombre, pero luego se lo come, traga y consume

En este ejemplo de Lope de Vega ya aparece plenamente lexicalizado:

LOP. Dorot. Fol 16. Esa tirana, essa tigre que me engendró, esse Cocodrilo gitano que llora y mata [apud Autoridades, s.v. “cocodrilo”]

Y así lo reconoce Autoridades:

Metaphoricamente se llama à qualquiera persóna engañosa, infiel y falsa.

Sbarbi atestigua también una frase hecha:

Cocodrilo. -Se parece al cocodrilo, que siempre llora por lo que queda.

Aplícase á aquellas personas naturalmente exigentes que nunca quedan satisfechas con lo que se les da.

Viene este símil de que, segun refieren algunos naturalistas, cuando desea el cocodrilo devorar su presa, forma una especie de quejido, que, excitando la compasion ó curiosidad de los viajeros ó de algunos otros animales, los atrae al paraje donde se halla escondido para lograr así más fácilmente su intento.

Posteriormente, sin embargo, se va reduciendo su productividad, hasta el extremo de que su uso está hoy prácticamente reducido a una sola expresión:

lágrimas de cocodrilo.
1. fig. Las que vierte una persona aparentando un dolor que no siente [DRAE].

Y sería extraño oír o leer frases como:

Juan es como un cocodrilo *

Juan llora como un cocodrilo *

Por cierto, en francés, alemán e italiano ocurre lo mismo (lo cual nos plantea además la cuestión de la pervivencia translingüística de estas comparaciones):

Larmes de crocodile

Krokodilstränen

Lacrime di coccodrillo [GI]

Sin embargo en inglés parece pervivir en forma más libre:

Crocodile tears [GI]

Falser than a weeping crocodile [S&S]

En resumen: los términos de comparación tienen una vida fluida: surgen, extienden el rango de estructuras sintácticas en las que aparecen, quizás lo reduzcan luego hasta terminar encadenados a una expresión fija, y tal vez acaben por desaparecer. En algún momento de estos avatares pueden pasar de una lengua a otra e iniciar una nueva vida.

Tipos de términos

¿Qué elementos sirven de término de las comparaciones tradicionales (es decir, aquellas que se usan precisamente porque son usadas por todos)? Recapitulemos:

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I Animales, plantas u objetos a los que se atribuyó una cualidad en la antigüedad clásica, mantenida o matizada en el Renacimiento: el león, el águila, el ruiseñor, el roble, la rosa, la flecha [7].

II Entes del universo religioso o bíblico: el demonio, el ángel, el Ecce Homo, la Magdalena, las ánimas del purgatorio, Jeremías, Matusalén: “más vieja que Metusalén” [Minsheu, 1599] [8].

III Personajes ligados a historias reales, o a chascarrillos, pero cuya memoria en todo caso ya ha desaparecido. Pueden tener nombre propio: “más feo que Picio” [S], “más tonto que Perico el de los Palotes” [I]; o no: “el chico” o “el perro del afilador” [LPM].

IV Elementos de la vida cotidiana o de la experiencia común: “entiendo yo de eso como puerca de freno” (es decir: como una cerda entiende del freno de las caballerías) [Minsheu, 1599],“tener la cara como un rallo”, o rallador: es decir, llena de granos (hoy desusado, compárese con la utilización en francés de moule a gaufres) [S], “ser derecho como un huso” [DRAE], “más largo que un día sin pan” [S].

Observemos que los tipos I y II extraen sus términos del acervo cultural, y por tanto no es extraño encontrarlos a lo largo de una serie de lenguas que lo comparten. Los III y IV son más específicos de un universo de referencias local.

¿Cuántas comparaciones de tipo tradicional hay? Casares (1950:182) afirma que el Diccionario de modismos (Caballero, 1942) “cataloga más de 3.500 de estas fórmulas que comienzan por la palabra ‘como’”. Más X que Y (Le Vieux Coq, 2003), ha reunido más de 1.700, aunque muchas son del tipo innovador que luego veremos. Girard (1989) recopila, sólo de animales, unas 300 (sobre todo del francés). ¿Pero cuántas son realmente activas? El diccionario de María Moliner (1966) sólo reúne una cincuentena con como, cuatro con más y ninguna con menos [9]. El DRAE contiene 218 con como, 51 con más, dos con tan y ninguna con menos [10]. En cualquier caso, no todas las que aparecen en el DRAE están activas en la actualidad: “Más galán que Mingo”; y faltan muchas habituales: “Como gallina en corral ajeno”.

La comparación literaria

Pero la comparación tiene sin duda dos tipos, como reconoce Sbarbi: el acuerdo o tradición y la innovación.

El conjunto de las locuciones propias y exclusivas de cada escritor, de las cuales tengo recogidas tiempo há una razonable cantidad, debe ser tratado, en mi humilde concepto, aparte, y formar una serie especial: que las flores del campo nacidas espontáneamente ocupan distinto puesto, y reclaman diverso estudio por parte del naturalista, que las flores cultivadas en el pensil á beneficio del arte, por más que el enlace de las únas con las ótras produzca á la vista y al olfato resultados los más agradables y lisonjeros.

En efecto (desbrozando mínimamente la hojarasca de tropos del presbítero Sbarbi): el estilo de un escritor le permite incurrir en comparaciones que no utilizaría el común de los mortales:

Obvio, como un cartel de diez metros de alto (J.B. Priestley) [S&S]

Mientras que ésta puede aparecer en labios de cualquiera:

Fuerte como un roble [S]

Las comparaciones literarias responden en su mayoría al tipo IV, es decir: utilizan objetos o circunstancias cotidianos o de experiencia común.

Veamos dos selecciones —entre muchas posibles— tomadas de Sommer y Sommer (1991) [11]:

Relativas al cabello

Cabello como piel apolillada (Ellen Galsgow)

Cabello como púas de erizo (Elizabeth Tallent)

Cabello como la rafia que tenías que mojar antes de poder tejer con ella en clase de cestería (Saul Bellow)

Cabello suave como el de un gato (Jayne Anne Phillips)

Su fino cabello oscuro parecía más una sombra que cabello real (Katherine Mansfield)..

Relativas al movimiento de las manos

Plegando ambas manos en el regazo como una colegiala a la que se ha regañado (Ed McBain

Su mano ondeaba como una bandera (Mary Hedin)

Sus manos delicadas aleteaban como pájaros (Phyllis McGinley)

Levantó su mano como un guardia de tráfico dando el alto (Ross Thomas)

En seguida salta a la vista que estas comparaciones oscilan entre la apropiación de frases comunes (“Cabello suave como el de un gato”); la amplificación (“Cabello como la rafia que tenías que mojar…”), o la creación de imágenes nuevas. En su forma sintáctica son idénticas a las comparaciones tradicionales, con la excepción que para el español señala María Moliner (1966, “Desarrollos gramaticales: comparación”):

En expresiones literarias de sabor anticuado en que por lo menos uno de los términos comparados es un nombre o un pronombre, se substituye «como» por «cual»: ‘HUYE CUAL VELOZ GAMO.’

Sommer y Sommer reúnen 9.000 de estas comparaciones, pero, como se puede imaginar, su número podría ser mucho más grande [12]. La comparación es un recurso constante de los textos literarios, para caracterizar o amplificar determinadas notas descriptivas, y su estudio (como bien veía Sbarbi) es materia aparte.

La innovación popular

Además de estos dos tipos de comparación (la tradicional y la literaria) hay un tercero, que comparte rasgos de ambos, y que llamaremos innovación popular.

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Más simple que el salpicadero del Papamóvil [G]

Trabajas menos que el fotógrafo del BOE [L]

La creación y la transmisión verbal no parece haberse detenido en esta era de medios de comunicación [13]. Los refranes están en franco retroceso, pero ocurre lo contrario con los insultos [14], y también está muy viva la transmisión de chistes antiguos, a veces aggiornados, así como la creación de nuevos [15]. También han surgido nuevos géneros, como el juramento jocoso [16] y se ha reavivado el de los piropos [17]. Y las comparaciones —como vamos a ver—, están francamente vivas [18].

¿Cuáles serán nuestras fuentes para el estudio de la comparación popular actual? La creación verbal —que, como decíamos, está lejos de haberse detenido—, ha saltado a las pantallas de televisión, con lo que el efecto de realimentación con los hablantes ha sido muy grande. Por fortuna —y a falta de investigadores que registren (que nosotros sepamos) la lengua popular en los medios—, uno de los programas que más acogió el juego con las comparaciones (“Esta noche cruzamos el Mississippi”) las recopiló en una publicación (Grijánder, 1997).

En segundo lugar, la World Wide Web o Malla Mundial está sirviendo de almacén de todo tipo de creaciones populares, a través de páginas, privadas o corporativas, que se dedican a recopilar chistes, insultos… o comparaciones. Normalmente son simples almacenes de facecias, a los que cualquiera puede hacer su aportación, dentro de ciertas categorías (por ejemplo, “chistes de maridos”, “exageraciones”, etc., en Lo peor, 2001). En otros casos están al servicio de alguna idea, por ejemplo, emular el estilo —zafio— del protagonista de la película Torrente (Torrente 2, 2001).

Uno de los aspectos curiosos de estas webs de recopilaciones abiertas a cualquiera es que funcionan realmente para todo el ámbito hispanohablante. Lo peor, por ejemplo, está creado en Hispanoamérica (y así lo reflejan algunos de sus usos lingüísticos: “chatiar”, “dale click a este banner”…) Sin embargo, las aportaciones a sus secciones de chistes o comparaciones provienen tanto de España como de América. Muy probablemente algunos de ellos sean ininteligibles para personas de fuera de su comunidad lingüística de origen, pero hay que recordar que muchos de los elementos que les sirven de referencia, difundidos por los medios de comunicación (series televisivas, personajes deportivos), son realmente globales.

Por último, el correo electrónico da a conocer la existencia de estos sitios, difunde directamente sus hallazgos, o sirve para esparcir facecias de cualquier procedencia. Es rara la semana que mi correo electrónico no contiene uno o dos chistes, en distintas lenguas, enviados por personas de cualquier parte del mundo. Confesaré que a veces son tan buenos que los reenvío a otras personas…

El mundo entero…

“Esta noche cruzamos el Mississippi” fue el programa más famoso en la España de los años 1996-1999. Su mezcla de irreverencia, franqueza sexual y escándalo sintonizaron bien con los deseos del público.

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Auténtico cajón de sastre de cuantos personajes famosos o simplemente extravagantes circularan por los medios, “Esta noche…” recogió la antorcha de Chiquito de la Calzada, humorista de fulminante éxito televisivo, cuyas máximas bazas eran la creatividad verbal y el neologismo chusco (fistro), y entre cuyo repertorio abundaban las comparaciones. El territorio (verbal) de las acuñaciones a la manera de Chiquito se llamó Chiquitistán, cuya capital, por cierto, es Barbate. Chiquitistán invadió “Esta noche…”, y con él las comparaciones:

El éxito de Chiquitistán se debe a LAS COMPARACIONES, por la gloria de Famóbil.

Según ese peazo de diccionario de la Real Arcanemia de la Lengua Estofada de Barbate, “comparar es fijar la atención en a peich o más objetos asexuales para descubir sus diferencias o semejanzas, te lo juro por mi Scalextric”. Sin embargo, esto que parece más simple que el salpicadero del Papa Móvil, es en realidad todo un arte. Por eso, un buen comparador no se hace, se nace, que lo se-pas [19]

¿Cuáles son los términos de las comparaciones de Chiquitistán, y en general de las innovaciones populares?

Elementos de anuncios televisivos: “Más agarrado que la paellera de Villabajo” (que aparece en la publicidad de un limpiavajillas) [G]; “Está más desteñido que el payaso de Micolor” (del anuncio de un detergente) [L].

Personajes de televisión: “Es más peligroso que Espinete vendiendo preservativos” (personaje de un programa infantil) [G].

Deportes: “Este Telepeich tiene más peligro que Valdano entrenando a un equipo de fútbol de chapas” (entrenador de fútbol) [G], “Me importas menos que la final de petanca individual femenina de Malabo” [L].

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Personajes de películas: “un físico más defectuoso que el afeitado de Chebwacca” (personaje de La guerra de las Galaxias) [G].

Cómic y dibujos animados: “Con ese tanguita está mas macizo que los asientos del Troncomóvil” (el coche de los personajes de dibujos animados Los Picapiedra, hecho de un tronco de árbol) [G]; “Gasta menos que el horno de Carpanta” (personaje con hambre constante) [L], “Más breve que el vocabulario del correcaminos” (i.e.: beep beep) [VC].

Objetos de consumo (identificados sobre todo por sus marcas): “Sois más lentos que la vuelta ciclista a España en Ciclostatic” (marca de una bicicleta fija, para hacer ejercicio) [G].

Elementos de la vida cotidiana o de la experiencia común, “Un torero con mas paquete que la camioneta de Seur” [G], “estás más apretá que los tornillos de un submarino” [T]. En este sentido, es curioso cómo van floreciendo comparaciones ligadas a nuevas experiencias técnicas: “Más inútil que teclado sin ENTER” [VC] o “Más paréntesis que en un programa Lisp” [VC].

En resumen, da la impresión de que el mundo de las codas prototípicas de creación popular proviene básicamente de la televisión, pues ésta suministra, además de información sobre personajes del mundo del espectáculo, publicidad de productos, películas, deportes… Como diría Sbarbi, “el mundo entero”.

Recurriendo a la clasificación de los términos de las comparaciones tradicionales (véase más arriba), las innovaciones populares pertenecen básicamente a los tipos III (personajes) y IV (objetos cotidianos).

El conjunto de personajes y objetos en común —es decir, conocidos por todos, y por tanto candidatos a convertirse en prototipos— ha aumentado mucho en relación con épocas anteriores. En lo que respecta a los personajes, porque quizás ahora no tengamos familiaridad con la historia (que dejó en otras épocas al “Tostado” o a “Don Rodrigo en la horca”), pero contamos con un gran número de personajes de presencia constante en los medios de comunicación, y que por tanto forman parte de la referencia común. Lo mismo ocurre con los objetos, porque al reducido número de los enseres domésticos y cotidianos de antaño (que, si bien nos damos cuenta, dejaron casi todos su huella en dichos y comparaciones) hemos añadido ahora infinidad de artículos de consumo y artefactos que, aun si no se poseen, se conocen gracias también a los medios.

El destino de la comparación

En cualquier recopilación actual se detectan referencias que se remontan a treinta, cuarenta o más años atrás:

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Estás más quemado que el mapa de Bonanza [L]

Está más desordenado que los juguetes de la niña del Exorcista [L]

Tienes menos vista que el ángel de la guarda de los Kennedy [L]

Lo tienes más negro que la habitación de Drácula [L]

Más perdido que el hijo de Lindbergh [VC]

Más zumbado que las maracas de Machín [G]

Podríamos intentar el ejercicio de descubrir qué términos de comparación están sobreviviendo a la estricta actualidad, y serían así buenos candidatos para cristalizar en un futuro de la lengua. ¿Quedará alguna de las innovaciones actuales, cristalizada y tal vez olvidado su origen, en el habla de dentro de cien años? Por plantearlo de otra manera: ¿será Machín el nuevo Picio? (si es cierta la existencia histórica de este último personaje, como suele repetirse):

A principios de siglo nació en un pueblo granadino (Lanjarón o Alhendén) un personaje llamado Picio cuya característica principal y única, desde su más tierna infancia, fue su fealdad casi sobrenatural [VC]

Es posible, aunque resulta obviamente aventurado hacer apuestas concretas. Lo que sí se puede detectar es la tendencia a la permanencia de determinados elementos, frente a la volatilidad de otros. Si —como hemos visto— la autonomía sintáctica y la presencia en estructuras no específicamente comparativas es un signo de cristalización léxica de un término, podríamos advertir indicios en casos como éste:

más mala que la señorita Rothermeyer [antipática ama de llaves, personaje de la novela y serie televisiva de dibujos animados Heidi] [LPM]

Pues bien, he podido oír recientemente cómo una amiga, hablando de la canguro de una familia comentaba:

—Esa chica, ¿no es un poco señorita Rothermeyer?

El funcionamiento de una comparación

¿Cómo operan estas comparaciones populares (y, ciertamente, muchas de las tradicionales)?

Un elemento curioso de las expresiones con codas prototípicas es que funcionan aunque el receptor no conozca el término de la comparación. Supongamos que oímos las siguientes expresiones (inventadas):

más agudo que un flastrón *

más pesado que el Duque de Vega *

¿Qué contenido semántico transmiten estas expresiones? Creo que simplemente la intensificación: “muy agudo” y “muy pesado”. El fenómeno puede llegar al extremo de que existe un término especializado —(el) Carracuca— especializado en figurar en codas prototípicas de cualidades no definidas, si bien mayoritariamente despectivas. Para Seco, Andrés y Ramos (1999), “se usa como término de comparaciones con que se pondera una cualidad o una situación negativas”[20]. He aquí una serie de ejemplos de su uso ordenados cronológicamente:

CARRACUCA (MAS PERDIDO QUE):
fras. fam. prov.: la persona que está perdida y sin remedio ni esperanza de ningún género [Gaspar, 1853]].

más feo que Carracuca [1914, Felipe Trigo en CORDE]

más muerto que Carracuca [1925, Anónimo en CORDE]

peor que Carracuca [1927, Eugenio Noel en CORDE]

con más hambre que Carracuca [1959, Cela apud Seco, Andrés y Ramos, 1999]

más visto que Carracuca [1971, Max Aub en CORDE]

es más feo que el Carracuca [V]

más viejo que Carracuca [Moliner, y cuatro apariciones en CREA]

más listo que Carracuca [Moliner]

está más perdío que Carracuca [Glosario Aguileño]

Tiene más hambre (o miedo) que Carracuca [Sitiuco de Cantabria]

Ya en Autoridades figuraba “CARRACO, CA. adj. Viejo, achacoso, e impedido, que por la pesadez de la edad, o los achaques se mueve con dificultad”, con lo que creo que está claro el origen de la expresión y el sentido inicial.

Decíamos que el desconocimiento del término de la comparación no obsta para que el oyente extraiga el sentido básico. Sin embargo, para el que está sobre aviso, la frase

se ha quedado todo más tranquilo que la cafetería de Fama el día del examen [G]

une al contenido ponderativo una imagen humorística: Fama era una serie televisiva sobre una escuela de danza, que transcurría en gran parte en una cafetería abarrotada de gente.

Igual ocurría con las comparaciones tradicionales: no hace falta saber nada del personaje para entender:

más orgulloso que Don Rodrigo en la horca [S]

que equivale a un “muy orgulloso” acompañado de un rasgo expresivo.

Hay casos en los que al nombre del personaje se añade una coda explicativa, pero casi siempre su única función es la intensificación del efecto humorístico:

más guarra que la Tani, que se compró una casa redonda para no barrer las esquinas [LPM]

Por último, no se puede descartar la utilización de la estructura de coda prototípica para el fin contrario: no usar un término para asignar alguna de las cualidades de que es portador a otro, sino al revés. Véanse estas frases (inventadas):

Sobrio como un notario *

Preciso como un taxidermista *

El propósito de estas frases es, por una parte, intensificar el adjetivo (señalado en negrita), pero por otra puede ser asignar al término (en azul) las cualidades que aquél expresa.

Tipos de términos

El término de la comparación puede ser simple o complejo: un término puede ser simple aunque conste de varias palabras

Tiene menos curvas que una pista de aterrizaje [G]

Sin embargo, cuando aparecen modificadores o circunstancias hablaremos de término complejo:

Eres más inutil que una moto con puertas [L].

eres más difícil que hacerle un jersey a un pulpo [G]

Los términos complejos son básicamente de tres tipos, por una parte el que llamaremos intersección Ø:

perros clip_image001.gif (1546 bytes) objetos verdes

Más raro que un perro verde [L]

En este tipo el recurso es presentar una cualidad o circunstancia del término de la comparación que contradice alguna de sus constituyentes semánticos. Otros ejemplos: “más despistado que un pulpo en un garaje” [LPM], “te estiras menos que una goma de madera” [G]. Se encuentra también en otras lenguas, como en el siguiente ejemplo francés, más raro que un:

mouton à cinq pattes [D]

El segundo tipo es la inclusión: la cualidad o circunstancia del término refuerza el constituyente que se quiere resaltar:

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Más bajito que el Fary de rodillas [LPM]

En este caso, el artista el Fary, prototipo de baja estatura, se refuerza con otra circunstancia disminutoria. Otro caso:

Ójala te quedes más calvo que Mister Propper [sic] tras un holocausto nuclear [L].

El tercer tipo es la selección: para la comparación se señala una parte o una circunstancia concreta del término:

Más arrugado que sobaco de elefante [VC]

No, que no soy tan delicado como judío en viernes [Minsheu, 1599]

Recursos

En las comparaciones populares innovadoras se observa el recurso a la intensificación. Al extendido

Es más feo que pegar a un padre

se puede añadir otro elemento:

Es más feo que pegar a un padre con un calcetín sudao [LPM]

y aun otro:

Es más feo que pegar al padre con un calcetín sudao y pedirle la paga [L]

Un ejemplo del español de América:

Más malo que pegarle a su mamá (Venezolano) [VC]

Más malo que pegarle a la mamá y a la abuelita en la iglesia el Día de la Madre (Chileno) [VC]

Es muy frecuente ver utilizado otro recurso: la dilogía del término que se compara (acabamos de ver “feo” en sentido físico y en el moral). El juego con la dilogía es muy frecuente en las comparaciones populares:

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un bar con una camarera más maciza que las lentillas de la Dama de Elche [G]

Tiene usted la cara más dura que una pila de Duracel [G] [la cual, según su publicidad, “dura y dura...”]

mas simple que el mecanismo de un botijo [aplicado a una persona, LPM]

Este es un recurso que vemos activo desde hace mucho tiempo. Valga como ejemplo esta composición de Quevedo que está entre los límites de la creación literaria y la popular (aportada por Sbarbi, 1887):

Los diez años de mi vida
Los he vivido hacia atrás,
Con más grillos que el verano,
Cadenas que el Escurial [...]

Y, evidentemente, como podemos ver por este último ejemplo, el encadenamiento de comparaciones produce un peculiar efecto estilístico. He aquí otro ejemplo:

Ella es más vieja que Metusalén, más arrugada que una pasa, más sucia que una mosca, más seca que un palo; diente y muela como por la mano; la boca, sumida como ojo de culo [Minsheu, 1599]

Los repertorios

Para concluir, diremos dos palabras sobre la organización de los repertorios de comparaciones. A falta de una edición digital, que dé acceso a todos los elementos [21], los repertorios impresos deben hacer uso de una ordenación principal e índices complementarios. Y en el caso de las comparaciones, ¿por qué ordenar?: ¿por la cualidad comparada, o por el término?

Sommer & Sommer (1991) es uno de los casos mejor resueltos. Las comparaciones están ordenadas por categorías temáticas (que se exponen en un tesauro inicial de 22 páginas), de cuyo cuidado pueden dar fe los siguientes ejemplos [22]:

ABANDONO

Véase también RECHAZO

ADULTERIO

Ver: MATRIMONIO

CARA(S)

Véase también: MEJILLAS, COLOR FACIAL, DETALLES FACIALES; EXPRESIONES FACIALES; [...]

Dentro de cada categoría, las citas están ordenadas alfabéticamente por la primera letra de la frase. Hay que señalar que al estar agrupados temática (y no léxicamente), el elemento comparado no siempre aparece por la palabra que da nombre al tema; por ejemplo, bajo BRILLO está tanto:

Ojos brillantes como el fuego (Nadine Gordimer)

como

El rostro iluminado como una hoguera de alegría (Carl Sandburg)

Las citas llevan adjunto el nombre del autor, y no marcan de ningún modo ni lo comparado ni el término (las negritas de los ejemplos son nuestras).

Por último, la obra incluye casi 50 páginas de índice de autores que permiten rastrear las citas que pertenecen a cada escritor.

El Pedazo de diccionario… (Grijánder, 1997) opta por ordenar alfabéticamente por la cualidad o el objeto comparado, que además aparece subrayado:

Tienes peor carácter que el Pitufo Gruñón

Este ejemplo está alfabetizado, por tanto, en la C.

Una ventaja de esta obra es que en todos los casos la expresión lleva aneja la descripción del contexto (televisivo) en el que surgió la comparación:
“Era más larga que la infancia de Heidi” Lucas presenta el Telepeich. El Reportero Torpedo describe la limousine que traslada a Isabel Pantoja.

Varela y Kubarth (1994) (que es una recopilación de muchos tipos de unidades fraseológicas) ordenan acertadamente según palabras clave, con la siguiente jerarquía: nombres propios, sustantivos, adjetivos, participios concertados, etc. (:XII-XIII).

Por extraño que pueda parecer, lo más frecuente en recopilaciones de frases hechas (como la de Candón y Bonnet, 2000, que tiene también todo tipo de expresiones) es organizarlas sencillamente por la primera letra de la frase, artículos incluidos, aunque en este caso un índice final permite recuperar elementos del interior de las expresiones. Le Vieux Coq (2003) ordena también alfabéticamente, aunque el hecho de que esté en una página web permite buscar directamente cualquier palabra de nuestro interés; marca en color el término y a veces lo comparado; además, asigna a cada ejemplo el origen en una determinada área geográfica. Mezcladas con las comparaciones estrictas hay frecuentes refranes y frases hechas: “Más es el ruido que las nueces”.

Iribarren (1955), por último, no ordena de ninguna manera clara (aunque los útiles índices de Romera, 1993 eviten que el consultante de la obra se encuentre más perdido que “el arca de Indiana Jones” [G]).

Bibliografía
Fuentes
Autoridades (1739) [2001], Real Academia Española, Diccionario de la lengua castellana (edición facsímil en Real Academia Española, 2001)
Bernat Vistarini, Antonio y Cull, John T. (1999), Enciclopedia de emblemas españoles ilustrados, Madrid, Akal [reseña]
Caballero y Rubio, Ramón (1942) [1947]. Diccionario de modismos de la lengua castellana. Buenos Aires, Librería El Ateneo. 2d ed.
Candón, Margarita y Elena Bonnet (2000), A buen entendedor…Diccionario de frases hechas de la lengua castellana, Madrid, Del Taller de Mario Muchnik.
Con el pie derecho (2001), “Tantanes” [por línea] < http://www.conelpiederecho.com.do/tantanes.htm > [consulta 01.05.01]
CORDE (2001), Real Academia, Corpus diacrónico del español [por línea], en < http://www.rae.es > [consulta 15.05.01]
CREA (2001), Real Academia, Corpus del español actual [por línea], en < http://www.rae.es > [consulta 15.05.01]
DRAE (1992) [1995] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, vigésima primera edición (edición electrónica en Millán y Millán, 1995)
[D] Duneton, Claude y Claval, Sylvie (1990), Le bouquet des expressions imaginées, París, Editions du Seuil
Gaspar (1853) [2001], Suplemento al tomo primero (post 1969). en Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig. Diccionario enciclopédico de la lengua española [...], Madrid, imprenta y librería de Gaspar y Roig, editores (edición facsímil en Real Academia Española, 2001)
Glosario Aguileño (2003) [por línea] < http://www.aguilascostacalida.com/glosario/leer.asp?nombre=Carracuca > [consulta 11.11.03]
[GI] Girard, Sylvie (1989), Le zoo des mots, Dictionnaire des expressions animalières. Français-anglais espagnol-allemand-italien, Kent, Harrap Books
[G] [Grijánder, Lucas] (1997), Pedazo de diccionario oficial y caballero de comparaciones de Chiquitistán / tiene más comparaciones que… / pensado sexual y amatomáticamente por LUCAS GRIJANDER (que lo se-pas), prólogo de Krispin Klander, Madrid, CEDIPE-Telecinco, Colección “Esta noche cruzamos el Mississippi”
[I] Iribarren, José María (1955) [1994], El porqué de los dichos. Sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades, Pamplona, Gobierno de Navarra, Departamento de Educación y Cultura (6ª edición)
[VC] Le Vieux Coq (2003), Más X que Y [por línea] < http://www.levieuxcoq.org/Mas_X_que_Y.html > [consulta 11.11.03]
[L] Lo peor de Internet (1999, 2001), “Exageraciones” [por línea] < http://www.lopeor.com/exagera.htm > [consulta 27.12.99] y < http://www.lopeor.com/imostrar.asp?icat=30&isize=58 > [consulta 01.05.01]
[LPM] Luque, Juan de Dios; Antonio Pamies y Francisco José Manjón (2000), Diccionario del insulto, Barcelona, Península [reseña]
Millán, José Antonio y Millán, Rafael (1995), edición electrónica de Real Academia, Diccionario de la lengua española, vigésima primera edición, en CD-ROM para PC, Versión 1.0, Madrid, Espasa Calpe
Minsheu, John (1599) [2003], Pleasant And Delightfull Dialogves In Spanish and English, profitable to the learner, and not unpleasant to any other Reader, By John Minsheu, Imprinted at London, by Edm.Bollifant 1599, edición de Jesús Antonio Cid, Madrid, Instituto Cervantes < http://cvc.cervantes.es/obref/dialogos_minsheu/ > [consulta 21.11.03]
Moliner (1966) [1999], , María Moliner, Diccionario de uso del español. Edición en CD-ROM, Madrid, Gredos, 1ª edición. Nueva versión 1.1 [recoge la primera edición de la obra (1966) corregida]
Moliner (1998), María Moliner, Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 2ª edición [reseña]
Real Academia Española (2001), Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española, Madrid, Real Academia Española / Espasa Calpe. Edición electrónica en 2 DVDs [reseña].
Rodríguez Navas (1918) [2001], Manuel Rodríguez Navas y Carrasco, Diccionario general y técnico hispano-americano, Madrid, Cultura Hispanoamericana, 1918 (edición facsímil en Real Academia Española, 2001).
Remón, Alonso (1627) [1999], Discursos elógicos y apologéticos. Empresas y divisas sobre las triunfantes vida y muerte del glorioso Patiarca San Pedro de Nolasco, Madrid, Viuda de Luis Sánchez, apud Bernat Vistarini y Cull (1999)
[S] Sbarbi y Osuna, José María (1873) [1999], Florilegio o Ramillete alfabético de refranes y modismos comparativos y ponderativos de la lengua castellana, definidos razonadamente y en estilo ameno, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Edición digital basada en la edición de Madrid, Imprenta de A. Gómez Fuentenebro, 1873 [por línea] < http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/703592372073899605348868/ > [consulta 27.12.99]
Seco, Manuel, Andrés, Olimpia y Ramos, Gabino (1999), Diccionario del español actual, Madrid, Aguilar [reseña]
Sitiuco de Cantabria, El, Diccionario [por línea] < http://personales.mundivia.es/llera/diccion1.htm > [consulta 02.11.03]
[S&S] Sommer, Elyse y Mike Sommer (1991), Falser than a weeping crocodile and other similes, Detroit, Visible Ink Press
Tesoro (1611) [2001], Sebastián de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española (edición facsímil en Real Academia Española, 2001).
Torrente 2 (2001), “Jamona, concurso de piropos machos” [por línea] < http://www.torrente-2.com/ > [consulta 02.05.01]
[V] Varela, Fernando y Kubarth, Hugo (1994), Diccionario fraseológico del español moderno, Madrid, Gredos [reseña]
Bibliografía complementaria
Casares, Julio (1950), Introducción a la lexicografía moderna, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas
Millán, José Antonio (1999) “¡Y yo en la tuya! El insulto y el genio de las lenguas”, Revista de libros (Madrid), enero de 1999, y versión muy ampliada [por línea] .
Romera, José María (1993) [1994] “Estudio introductorio” e índices de Iribarren (1955).
Sáez del Álamo, Luis Ángel (1999), “Los cuantificadores: las construcciones comparativas y superlativas”, en Bosque y Demonte (dirs.), Gramática descriptiva de la lengua española, Madrid, Espasa Calpe [reseña], Vol 1, cap. 7.
[1] En 1990-1992 publiqué en el madrileño Diario 16 una serie de artículos de divulgación lingüística, llamada “Humeda cavidad” (he aquí dos de los artículos que aparecieron en ella: uno y otro). Tuve suerte de poder llevarla a cabo, porque la prensa española —a diferencia de la norteamericana, inglesa, francesa o italiana— no suele acoger secciones sobre cuestiones de lengua. La serie apareció recopilada en Húmeda cavidad, seguido de Rosas y puerros, Salamanca, Ediciones de la Universidad de Salamanca, 1996.
Una de las pocas personas que me manifestó su pesar porque la serie desapareciera fue precisamente D. Manuel Seco. Para él va este intento de recuperar el espíritu y el placer de esa época.
[2] Como reconocen Sbarbi (1887), al dedicarles un estudio aparte; Iribarren (1955), asignándoles una sección independiente en su obra (tras la primera parte de “Dichos proverbiales y modismos de uso corriente” viene la segunda: “Comparaciones populares”), e incluso Lo peor de Internet (1999, 2001), reservándoles el apartado “Exageraciones” [sic]. Sin embargo, lo más normal es incluirlas sin distinción en repertorios generales de fraseología (así, Candón y Bonnet, 2000, o Varela y Kubarth, 1994).
[3] Dejaremos de lado las ponderativas con tan… que, aunque han generado los populares tantanes: “Era un niño tan, tan, tan feo que la madre en vez de darle el pecho le daba la espalda” (Con el pie derecho, 2001).
[4] Usaremos las siguientes siglas para aligerar la referencia a la fuente de las comparaciones: D: Duneton y Claval; G: Grijánder; GI: Girard; I: Iribarren; L: Lopeor; LPM: Luque, Pamies y Manjón; S: Sbarbi; S&S: Sommer & Sommer; V: Varela y Kubarth; VC: Le Vieux Coq. Los diccionarios se recogen por su abreviación habitual: DRAE, Moliner….
[5] Marcamos de negrita la cualidad comparada, de cursiva el término de la comparación y de VERSALITAS las partículas comparativas.
[6] “Hacerse el zorro. Aparentar ignorancia ó distraccion” [S].
[7] De ellos los más abundantes son los animales (Girard, 1989).
[8] Algunos animales proceden también de las Escrituras: “Como cordero al matadero” [GI].
[9] Las hemos espigado a través de la edición en CD-ROM (Moliner, 1999], buscando las respectivas palabras de mayúscula y activando en los filtros “distinción de mayúsculas” (las frases hechas o modismos aparecen marcadas tipográficamente con versal y versalita en esta obra). Sin embargo, y por error del programa, no se detectan los COMO, MÁS, … con inicial versal, que sin duda elevarían algo la cuenta (por ejemplo, no se detecta MÁS BLANDO QUE UNA BREVA, s.v. breva). Tampoco se puede hacer la búsqueda con comodines ?ÁS, que produce erróneamente el mensaje: “Palabra o expresión no encontrada”.
[10] Según la edición electrónica (Millán y Millán, 1995), buscando las respectivas palabras con la “Búsqueda de formas complejas” y luego seleccionándolas manualmente.
[11] Traducción nuestra.
[12] De hecho, su libro es la continuación de otra recopilación (que no he podido consultar): As One Mad With Wine.
[13] Tal vez habría llegado el momento de retomar el estudio de la creación verbal popular, liberándolos de los intereses de los folkloristas y paremiólogos de antaño, de muchos recopiladores vacuos de hoy, y relacionándolos con el estudio de la llamada “cultura popular”.
[14] Véase sobre el tema Millán (1999). Para una recopilación (aunque de confección muy descuidada), Luque, Pamies y Manjón (2000).
[15] Un ejemplo de recopilación temática en Lo peor (2001).
[16] Tienen la forma de un juramento religioso, pero su segundo elemento es no sólo laico, sino trivial: un personaje de cómic, un programa de televisión o una marca comercial: “Te lo juro por Los mundos de Yupi” [G].
[17] Unos 700 recoge Torrente 2 (2001)
[18] Más de un centenar (entre tradicionales y nuevas) reúne Luque (2000); unas 800 recoge Grijánder (1977) y más de 1.100 Lo peor (2001).
[19] Prólogo a Grijánder, 1997, pág. 6, o más bien: “Peazo de Prólogo (por la gloria de Pit Sampras)”.
[20] La primera caracterización lexicográfica es de 1918: “Personaje ideológico del vulgo, y al que se aplican varias frases despectivas para parangonarlo con alguna persona” [Rodríguez Navas]. Creo que yerran Varela y Kubarth (1994) al no indicar el carácter despectivo (su único ejemplo, feo, lo es): “Que posee en grado superlativo la cualidad expresada por el adjetivo”. Aunque ausente de la primera edición del Moliner, sí está en la segunda (1998): “Se usa en expresiones comparativas informales que ponderan el alto grado en que es aplicable a alguien una calificación despectiva”. Sin embargo el último de sus ejemplos no lo es: más listo…
[21] … Al menos teóricamente: hay muchas ediciones digitales que por alguna razón incomprensible niegan el acceso a elementos que sin embargo están técnicamente disponibles.
[22] Todos en traducción nuestra.
Creada el 7 de marzo del 2003

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:18 pm

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la palabra más bonita del español

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Los cibernautas eligen durante las próximas tres semanas la voz más bella en sí misma, más por su fonética que por su significado. Quince personalidades de la cultura de América y España se unen a este juego lúdico-lingüístico

Por WINSTON MANRIQUE / El País-Cultura – 01-04-2006

Un mito desempolvado cuenta que primero fueron las palabras, y fueron ellas quienes crearon las ideas, los objetos, los seres y los sentimientos. Y que la vida sólo es su molde, su parte visible; aunque sólo las palabras más bonitas en sí mismas, por su sonido y estética, pertenecen a esa estirpe.

Ahora, desde el ciberespacio, se intenta descubrir cuáles son las palabras que descienden de ese génesis poblado de letras. La Escuela de Escritores de Madrid lanzó ayer en su web (www.escueladeescritores.com) una convocatoria para elegir “La palabra más bonita del castellano”, cuyo resultado divulgará el 23 de abril, Día del Libro. Cada cibernauta pondrá su palabra preferida y argumentará su elección relacionada con su fonética, etimología, ritmo, armonía, gracia y demás resonancias estéticas, antes que con su significado, aunque no importa que en ella confluyan las dos valoraciones. EL PAÍS se ha unido a este juego lúdico-lingüístico-literario y ha preguntado a personas de la cultura de España y América Latina por su palabra más bonita.

Incertidumbre despierta esta convocatoria. E incertidumbre es una de las palabras elegidas por Javier Marías. Para el autor de novelas como Corazón tan blanco y la trilogía Tu rostro mañana, esa palabra no sólo es bonita y sonora, sino que además es portadora de un significado que le llama la atención. Aunque para su primera elegida hay que abstraerse de su significado: nauseabundo “es muy sonora y rotunda, además de tener suficiente longitud. Es una palabra que se amolda y acopla muy bien a lo que denomina”.

Goza de la misma suerte de jarro, la preferida por María Victoria Atencia. La creadora de los poemarios De pérdidas y adioses y Las contemplaciones considera que jarro “es palabra breve, llana y tiene dos consonantes muy españolas: la jota y la erre, y dos vocales sin repetición. Su concepto representa una cavidad o recipiente que admite agua, flores, vino y, si se quiere, amistad, tristeza, soledad, etcétera”. Pero la poetisa tiene especial debilidad por paz por su concepto. Y afirma que le gustaría “ese mismo concepto aunque se llamara de otra manera”.

No ocurre así con antiflogístico, elegida por Juan José Millás, que desconocidos zurriburris cambiaron por un simple antiinflamatorio. Por eso, el narrador de El orden alfabético se queda con antiflogístico, su favorita desde que la descubrió en la universidad: “Suena bien y estaba en los prospectos de medicina en que me inicié, y desde entonces me gusta mucho aunque ya no se usa”.

Pero no es la única en desuso. De ultramarino se otea igual destino. La historiadora Isabel Burdiel lo sabe. “Es una palabra que fonéticamente me encanta porque reúne dos palabras que me gustan, marino y ultra, que mezclan dos consonantes que me encantan: la ele y la eme. Además de ser polisémica, me transporta a mi infancia en Galicia, donde estas tiendas me daban la idea de un mundo de aventura más allá del mar y estaban llenas de olores de especias que venían de otros lados”.

Reminiscencias en deuda con alguna caravana. La de “cuatro sílabas sonoras, cada una en a, aes en fila como una fila de camellos o de camiones”, dice Darío Jaramillo, poeta y narrador colombiano autor de Aunque es de noche y Novela con fantasma. Porque, agrega, “la caravana evoca la aventura -¡otra palabra que escogería!-, el cambio, el camino”. Entonces el escritor da más pistas de por qué es infiel a las palabras cortas, sus preferidas: “La pronunciación de caravana admite decirla en voz alta y mejora en el susurro”.

Una voz baja también es buena triquiñuela para alguna persona mórbida. “Una palabra que involucra muchas cosas. Es algo sensual, aterciopelado, delicado o tierno que da una sensación de bienestar”, revela Fanny Mickey, actriz y directora del Festival Iberoamericano de Teatro que cada dos años por estos días zarandea con su algarabía las calles de Bogotá.

Hasta convertir la ciudad en una zambra, la palabra preferida de Manuel Borrás, editor de Pre-Textos. “Esa fiesta bulliciosa de origen morisco que se emplea para saraos gitanos me parece que fonéticamente es preciosa. Es una palabra muy neta; con baile, como una jarana, un fiestorro”.

Una guachafita ajena al desasosiego, que al autor peruano Jorge Eduardo Benavides le encanta por su sonido: “Es como un viejo tren que inicia su marcha”. Resonancias a las que se suman, dice, el ser una palabra inquietante y turbadora “que nos coloca al borde mismo de la angustia y al mismo tiempo nos obliga a no ceder a la desesperanza. Es como una pequeña extravagancia del castellano”.

Y si esa excentricidad lingüística se combina con misterio, fantasía y gracia resulta clepsidra. “Que aunque suena como un insecto mágico, es un reloj de agua. Era el tiempo que tardaba en caer el agua de un cántaro a otro”, recuerda la artista Ouka Leele, premio Nacional de Fotografía 2005. Una palabra que llegó a su vida como un galante truhán. “Un día empecé a escribir un poema y su sonido me venía solo, sin avisar”. Al final escribió un poema, aún inédito, titulado Clepsidra: “¡Cuántas noches! / Redonda y misteriosa / sinuosa y profunda / me acompañas / esférica amiga…”.

Momentos y situaciones extrañas que luego se echan a extrañar, la palabra de Malika Embarek López. Sobre todo por la eñe. A esta traductora de árabe, francés e inglés le gusta la eñe por su destacada identidad en el universo globalizado de hoy. “Esa eñe asociada a España, a los mapas estudiados en mi niñez tetuaní, en las escuelas franquistas del norte de Marruecos colonial. Y la equis, pero que no suene, casi muda; sólo verla escrita, como una cruz. Y la te y la erre seguidas, armando mucho ruido -una algarabía bélica o festiva, de tambores marciales o de circo- y pocas nueces, pues ellas se sienten impotentes sin las vocales”. Aunque más allá de la estética, lo que a Malika Embarek le interesa es “la capacidad que tiene una palabra de llevarme a otras, como las caricias”.

Igual que un camino y sus recovecos. “Porque es donde siempre he andado y me hace pensar en tomarlo sin tener que imaginar dónde me lleve, y es mi guía para el presente”, cuenta Lila Downs, la cantante mexicana que recibió el Grammy Latino 2005 al mejor álbum folclórico por One blood. De gira por España y Europa, Lila Downs divulga las músicas del mundo sin ser ninguna farallulera.

Incluso al amor y a sus dotes de titiritero le canta a veces, la palabra preferida de otra mexicana, Elena Poniatowska. Una que siempre ha acompañado y acompañará a la escritora de El tren pasa primero y La piel del cielo porque es su apellido materno, “es bonita, corta, sonora y además con un gran significado”.

En cambio, Jorge Wagensberg se queda con California. Para el físico y director del Área de Ciencia y Medio Ambiente de la Fundación La Caixa, se trata de “una palabra crujiente y suave a la vez. Primero porque todas las consonantes son diferentes y las vocales son simétricas respecto de la o que está en el centro. Además, tiene una etimología que viene del catalán o del latín, que es calor de horno, calor de forn”, opina el autor de La rebelión de las formas.

Precisamente, California está emparentada con califa, la elegida por el novelista argentino Gonzalo Garcés. “Es uno de esos términos anticuados que, sin significar nada peyorativo, suenan un poco feroces. Diciendo cálifa o pérgola uno puede darse aires de duro o bajo precio, lo que para enclenques como yo es muy importante”, confiesa el autor de El futuro y Los impacientes.

Y tras este inventario de sinfonías verbales, para Manuel Seco, académico y filólogo de gran prestigio, la búsqueda de la palabra más bonita del castellano es un embeleco. Aunque elige una. Una sencilla, común, cotidiana y desprovista de zarcillos. “Es una palabra breve y sonora formada por una vocal central, la vocal más clara, y dos consonantes muy elementales: la pe bilabial y la ene nasal por excelencia. Tres sonidos representantes de lo más claro del alfabeto, del conjunto fonológico del español”. Y esa palabra es pan.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:01 pm

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