Estilo y Narración II

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defensa de la ficción

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La oposición secreta entre la mentira y la ficción es una de las mayores conquistas de Occidente. Revivir esa batalla y salir de ella con bien es lo que esperamos al leer una novela. cada fracaso en la gran batalla de la novela me ha servido de campo de experimentación para emprender la guerrilla de la crónica.

Por Rafael Gumucio (publicado en “Revista Libros”, de El Mercurio / febrero del 2006).

Oprah Winfrey transformó los límites de la ficción y la realidad en un tema de controversia mediática de la que todo el mundo habla en Estados Unidos. La diosa de los talk show, invitó a James Frey, autor de una autobiografía altamente sentimental, a su programa. La presencia del escritor y el halagador comentario de la presentadora de televisión lograron que el libro de Frey A million little pieces vendiera dos millones de copias. Luego los periodistas investigaron, y descubrieron que la mayor parte de lo que cuenta Frey en su autobiografía es mentira. Oprah, ni corta ni perezosa, volvió a invitar a Frey y lo regañó en directo, dejando el ego y la fama – pero no la billetera- del escritor a nivel del suelo.

A Oprah, como a la mayor parte de los lectores, le gustan o los libros en que todo es verdad, o los libros en que todo es mentira. Sobre todo le gusta que le avisen en qué terreno pisa. Sería para ella perturbador saber que la mayor parte de los libros que importan pertenecen al género híbrido, donde los hechos verdaderos se disfrazan de ficción, y donde la ficción suele enmascararse de pequeñas verdades. Pero más preocupante que la obsesión por separar del todo el terreno de la ficción y el de la no ficción es el hecho de que para Oprah – como para los millones de lectores que siguen cada semana sus recomendaciones- la verdad viene desde fuera del libro, desde los hechos, verificables, chequeables por dos pares de periodistas, y no desde el libro mismo, su coherencia, su verosimilitud, su belleza o su profundidad.

Quizás la sobredosis de ficciones políticas, históricas o patrióticas nos han dejado agotados de tantas leyendas. Quizás la riqueza misma de este mundo intercomunicado en que la realidad tiene tantas formas y colores, nos hace descubrir demasiado luego la pobreza de nuestra imaginación. O quizás estemos, gracias al cine y la televisión, tan expuestos a la ficción que nos hemos vuelto refinados jueces de ésta, gourmets que no aceptan cualquier plato, menos si está aderezado con la prepotencia de los escritores todopoderosos que bombardearon con sus egos el siglo XX. El hecho es que cada día leemos más para saber cómo funcionan las cosas, las personas, los motores o las películas, y nos gusta cada vez menos perder el tiempo imaginando cómo podrían no funcionar.

Así, muchos de los best seller actuales cuentan historias inverosímiles, imposibles, banalmente imaginativas, que ocurrieron realmente. Su verdad, certificada por el diario, les permite no preocuparse de ser verdaderos. Olvidan que el seleccionar los hechos, entrecortar los acontecimientos, encadenarlos, es ya desviarlos, falsearlos, es ya hacer ficción. La beatería de la verdad nos permite respetar los documentales más que los dibujos animados, aunque éstos suelen manipular los hechos menos que los primeros. Por cierto, a los dibujos animados, donde no hay carne ni sangre, les permitimos más libertades narrativa, más sátira y más sutilezas que a las películas de ficción.

Crear personajes y una trama es, después de todo, un acto de decencia. Como los científicos que experimentan sobre ratones para no hacer sufrir seres humanos. Dejar que una mujer sufra de amor, y otro mate o se mate, sin que nadie muera y nadie sufra. Hablar mal de tus vecinos, padres y amigos, sin que se ofendan.

Escribir ficción es declarar ante la aduana del lector, que éste es un intento y no la vida. Aunque la vida también sea un intento, compuesto, como tu novela, de un sinfín de ficciones. Escribir ficción es desnudarse y permitir que los niños te griten mentiroso, pero también intentar, desde esa desnudez, sorprender y conmover sin trucos bajo la manga, sin el silencio respetuoso del público ante las confesiones y las noticias.

Escribir ficción es poner en discusión cómo se hace la verdad. De que está hecha, cómo se mueve, hacia dónde se mueve… Es obligar a preguntarse cosas del tipo: ¿Cómo decir “se despertó a la seis”, y que sea creíble? ¿Cómo hacer que esa frase vieja parezca nueva? ¿Cómo hacer que ese despertar a las seis realmente parezca ocurrir? ¿Por qué se despertó? ¿Para qué se despertó? ¿Por qué a las seis?

La mayor parte de las respuestas que los escritores encontramos a estas preguntas son convencionales y aburridas, pero el camino para encontrarlas sigue siendo una de las aventuras humanas más apasionantes que puedan existir. Discutir, como suele ocurrirle a los guionistas de cine, largas horas sobre lo que puede o no hacer un personaje del todo inventado es, en definitiva, explorar los límites del arte, primero, y del comportamiento humano, después. Más extraño aun es darse cuenta que los gestos, palabras y actos de ese señor creado por ti no dependen de ti. Que una verdad anterior a tu imaginación lo mueve y te quita los plenos poderes.

Da lo mismo que, como en el caso de Proust, de Céline o Henry Miller, lo que se cuenta haya ocurrido realmente. Al llamar “novelas” al recuento de sus aventuras y experiencias, estos tres autores han renunciado a ser juzgados por otra verdad que la de sus personajes dentro del libro. Rotas las amarras, navegan solos, sin apoyo documental, sin escapatorias verídicas.

Al llamar sus libros “novelas”, Proust, Céline y Miller adquieren el permiso para inventar, pero pierden la libertad de mentir. La sutil diferencia entre esos dos conceptos, la mentira y la ficción, la oposición secreta de estas dos ideas aparentemente sinónimas, es una de las mayores conquistas de Occidente. Revivir esa batalla y salir de ella con bien es lo que esperamos al leer una novela. Por eso la mayor parte de ellas nos aburren, por eso las que no nos aburren nos fascinan, nos recuerdan que algo sagrado ha ocurrido en ella. Que han logrado de nuevo poner en juego y en cuestión qué se puede contar, cómo se debe contar.

Quien escribe este artículo ha fracasado una y otra vez en el terreno de la ficción pura, y no le ha ido del todo mal cuando los nombres de sus personajes son reales, y sus biografías un hecho de antemano dado. Sin embargo, todo lo que he aprendido sobre la crónica, la historia o la biografía lo he aprendido escribiendo ficción. Es en la vasta tradición de la ficción en que aprendo qué contar y qué no contar, es en ella en que aprendo dónde están las articulaciones del lenguaje, los acentos, las trampas.

Cada fracaso en la gran batalla de la novela me ha servido de campo de experimentación para emprender la guerrilla de la crónica. Creo en esa guerrilla, sigo alimentándola, aunque sepa, como Mao o Ho Chi Minh, que la única manera de ganar la guerra de una buena vez es en una batalla a campo traviesa, abierta y sangrienta. Para esta batalla, escondiéndome en los arbustos de la realidad, sin cesar me preparo.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:07 pm

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