Estilo y Narración II

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Gabo: periodismo y literatura

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Por Jaime de la Hoz Simanca*

La unanimidad existente respecto a la estrecha relación entre periodismo y literatura se rompió hace meses a raíz de las declaraciones del escritor cartagenero Germán Espinosa (1), quien niega la misma y agrega que la novela y el cuento marchan por un atajo distinto, y de espaldas a los caminos que transitan la crónica y el reportaje, géneros estrellas del periodismo moderno.

En realidad, hasta los textos más recientes de periodismo han incorporado en su contenido el aspecto literario como fuente del periodismo. Uno de los últimos ejemplos lo constituye “El estilo del periodista”, (2) un texto académico de más de cuatrocientas páginas escrito por el subeditor del diario El País de Madrid, Alex Grijelmo. “El estilo…” no sólo retoma frases y transcribe pasajes garciamarquianos, sino que recurre a ejemplos de escritores universales, verbigracia, Pío Baroja, Ortega y Gasset, etc.

No obstante, las afirmaciones del autor de “La tejedora de coronas” constituye, a mi juicio, un argumento más para apuntalar con mayor contundencia conceptos a favor de la relación periodismo-literatura, un binomio que ha facilitado la aparición de libros analíticos y reflexivos con la debida incorporación de extensas referencias históricas y menciones perfectamente contextualizadas de escritores-periodistas tales como Honoré de Balzac, Fiodor Dostoievsky, James Joyce, George Sand, Stendhal, entre otros.

Ese mismo binomio, unido como a través de un cordón umbilical, ha sido también el “caballito de batalla” de García Márquez, forjado al calor de los linotipos, las máquinas de escribir Remington y el ambiente cargado y gris –humo de cigarrillos- de las salas de redacción de los periódicos. Acompañado, claro está, por la labor solitaria, nocturna y frenética de la escritura de ficción que en días lejanos, a comienzos de los sesenta, provocó el parto de Cien Años de Soledad, novela portentosa que, en el fondo, no es más que la gran crónica, desmesurada y cabalística, de un pueblo mágico llamado Macondo.

De tal forma que nuestro Premio Nobel encarna el argumento de mayor solidez para demostrar la necesidad de una formación literaria en el ejercicio del periodismo moderno. El recorrido –fugaz, veloz, intermitente- a través de su vida y obra es la mejor evidencia que, a su vez, permite incorporar al léxico de las comunicaciones -y de una vez por todas- el término de Periodismo Literario o Nuevo Periodismo. Sobre todo a partir de sus consideraciones, mil veces repetidas y reiteradas hace algunos meses en el seminario de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano realizado en Cartagena en medio de excelsos participantes: Javier Darío Restrepo, Alma Guillermoprieto, Enrique Santos Calderón, Alex Martínez Roig y Katherine Viner.

Dijo Gabo en La Heroica: “Yo creo que el género estrella al cual trataríamos de volver, es el género del reportaje. He escrito y repetido que el reportaje es un género literario. Lo he discutido con los miembros de la Academia de la Lengua, donde ha ingresado ya Juan Luis Cebrián, el primer periodista que entra como tal a la Academia, lo cual hace sospechar que efectivamente el periodismo es un género literario. ¿Por qué se olvidó el reportaje? El hecho es que empezaron a llenarlo de análisis y así ha llegado a otro género que son los reportajes analíticos, pero ya no son el reportaje crudo. Por la escueta narración se llega más al corazón de los lectores que por los análisis o por las metáforas”.

Y seguidamente, García Márquez relata su experiencia alrededor de “Relato de un Náufrago”, enfatizando que en su elaboración para el diario El Espectador no hizo más que contar el cuento en 14 episodios. “Como era un periódico vespertino, la gente que trabajaba en el Centro que se iba hacia los barrios, en la tarde se demoraban a esperar que el periódico saliera para comprarlo y leerlo en el tranvía. Y me fui a París, pero me llevé lo que sería la esencia de mi vida y era contar historias, porque no sólo me sirvió para el reportaje sino también para las novelas”. (3)

DE LOS COMIENZOS…

Es imposible dividir esquemáticamente la vida de García Márquez entre el periodista y el escritor. Ni primero, ni segundo. Fue una formación simultánea, de ida y vuelta, y con los avatares propios de lecturas que correspondían a los dos géneros. Sí hubo, por supuesto, una mayor zambullida en el río de la literatura, tal como lo demuestran sus críticos al hacer mención de sus primeras lecturas –Las Mil y una Noches- cuando sólo había recién cumplido los nueve años de edad. Pero en su bachillerato, cursado parcialmente en el Colegio San José de Barranquilla, incursionó tímidamente en el género de la crónica a través de pinceladas de adolescente que revelaban ya su inclinación por el periodismo. (4)

En el plano de las publicaciones, los escritos literarios abundaron más que los periodísticos, por las circunstancias y las condiciones que fueron rodeándolo. Por lo menos, hasta la primera etapa del período de Cartagena, donde hubo una desaforada actividad periodística que, podríamos decir, constituye su prehistoria en “el oficio más hermoso del mundo”.

La literatura, ciertamente, estuvo presente en su paso por Zipaquirá. Aquel internado le facilitó lecturas de novelas, cuentos y poesías que habrían de ir sentando las bases para el nacimiento del mago e ilusionista que deslumbraría al mundo, muchos años después. Algo similar podría señalarse de su estadía en Bogotá, meses antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. En la Capital de la República, García Márquez profundizó aún más su vocación literaria, acompañada por sus admiraciones y diálogos alternados con escritores de la talla de Jorge Zalamea, León de Greiff, Eduardo Carranza, Rafael Maya, Jorge Rojas, Manuel Zapata Olivella, Héctor Rojas Herazo, Andrés Holguín, y otra pléyade de jóvenes en torno a los cuales giraba, en gran medida, la vida literaria de Bogotá.

Bogotá, más que la génesis literaria de García Márquez, constituye la prolongación de esa vida prolífica en materia de ficción, pues fue en los diarios más representativos de allí donde aparecieron sus primeras colaboraciones –cuentos y poesías- que estimularon su pasión y permitieron que el genio de Aracataca asumiera con irreversible convicción su destino de reportero errante y prestidigitador sin fronteras.

El novelista también asomó sus fauces. A partir de su actitud devoradora de las obras de mayor significación en la literatura universal, y de la estructuración en ciernes en materia de escritura, Gabo comenzó a cocinar historias de largo aliento, alimentadas con el sueño de un mundo mágico e inverosímil, marcado -en medio del frío bogotano y la inminencia de la tragedia gaitanista- con la fábula de Gregorio Samsa, el legendario personaje de La Metamorfosis, de Franz Kafka.

Así, las semillas de La Hojarasca fueron sembradas en Bogotá, y más tarde germinadas en Cartagena, importante etapa en la vida del fabulador cataqueño, en tanto que confluirían allí sus dos pasiones: una, el periodismo, mediante su labor cotidiana y voraz en el diario El Universal que dirigía el periodista Clemente Manuel Zabala; y otra, la literatura, a través de la elaboración de cuentos e intentos de novela como “La Casa”, un proyecto pantagruélico que nació en La Heroica y el que, según Mario Vargas Llosa (5), se constituye en el antecedente más inmediato de Cien Años de Soledad, la novela que habría de totalizar y universalizar su vida y su prosa hasta el punto de haberle dado la proyección que hoy ostenta resumida en una frase: “El escritor vivo más importante del mundo”.

CARTAGENA, BARRANQUILLA, BOGOTA…
“El 26 de octubre de 1949 no fue un día de grandes noticias. El maestro Clemente Manuel Zabala, jefe de redacción del diario donde hacía mis primeras letras de reportero, terminó la reunión de la mañana con dos o tres sugerencias de rutina. No encomendó una tarea concreta a ningún redactor. Minutos después se enteró por teléfono de que estaban vaciando las criptas funerarias del antiguo convento de Santa Clara, y me ordenó sin ilusiones:

“Date una vuelta por allá a ver qué se te ocurre.” (6)

Así inició García Márquez el homenaje que rindió a Clemente Manuel Zabala en la introducción de su novela “Del amor y otros demonios”. En verdad, Zabala es el principal artífice del desarrollo formativo, a nivel periodístico, del Nobel de literatura. Fue el contacto con un grupo destacado de Cartagena y su inmersión en El Universal lo que facilitó su consolidación y abrió paso al gran cronista y extraordinario reportero que aparecería como un relámpago, años después, en las páginas de El Espectador, y más tarde en la revista Cromos hasta llegar a las revistas venezolanas, entre ellas Momento.

En cuanto al período de Cartagena –hasta hace poco, un espacio semi colonizado por los críticos y especialistas- el escritor Jorge García Usta ha escrito dos textos aleccionadores que, además de desmitificar el Grupo de Barranquilla, revela situaciones que ayudan a desentrañar el misterio de la formación periodístico-literaria de Gabo. (7)

“En el caso concreto de la producción periodística de García Márquez, los dos primeros años de trabajo en Cartagena, que conforman la esencia del escritor y del periodista, le prestan figuras, temas y hasta párrafos completos para su trabajo en Barranquilla”, sostiene García Usta en “Cómo aprendió…”, para luego comprobar los innumerables préstamos que, según él, habrían de ser definitivos para la labor creadora que Gabo desarrollaría en Barranquilla.

En realidad, las vivencias de García Márquez en Barranquilla tiene una gran significación desde el punto de vista de su formación literaria. Su presencia en esta ciudad caribeña, al lado de intelectuales, empresarios, creadores, pintores y artistas en general, tales como Ramón Vinyes, José Félix Fuenmayor, Germán Vargas, Alvaro Cepeda Samudio, Julio Mario Santodomingo, Alfonso Carbonell, Juan B. Fernández Renowitzky, Bernardo Restrepo Maya, Alejandro Obregón, Meira Delmar y Orlando Rivera, Figurita, entre otros, contribuyeron más a solidificar al fabulador de Cien Años de Soledad que al cronista de Relato de un Náufrago.

En Barranquilla, la vida giraba alrededor de la ficción, del diálogo en torno a los novelistas clásicos y a los escritores del momento. Y el ejercicio periodístico de Gabo se circunscribía a sus colaboraciones editoriales en El Heraldo, diario orientado por Juan B. Fernández Ortega, y en el que el naciente escritor escribió por largos meses la columna La Jirafa, firmada con el pseudónimo de Séptimus. Mención aparte merece el descubrimiento de Dasso Saldívar en el texto referenciado y en el que menciona las colaboraciones de Gabo en la revista Crónica, a través de un género aún incipiente en la ciudad, en particular el reportaje “El deportista mejor vestido”, una especie de perfil del jugador Berascoechea, quien jugó en Junior.

El regreso de García Márquez a Bogotá, luego de su periplo por Barranquilla y Cartagena, es la puesta en escena del auténtico periodista y escritor. Digamos, el salto a las grandes ligas de los dos géneros. Sus colaboraciones en el diario El Espectador culminaron con un trabajo que habría de revolucionar el mundillo editorial de la época. Fueron crónicas en serie, durante varias semanas, que no sólo hizo brillar al reportero agazapado y vivaz, sino que obligó a su partida de Colombia a raiz del cierre del periódico por parte de la dictadura de Rojas Pinilla.

El “exilio” en Europa facilita trabajos extraordinarios de reportería publicados en la revista Cromos –recogidos posteriormente en el libro “Mi viaje por los países socialistas”- y una desenfrenada actividad literaria en la que se destaca la creación de esa invaluable joya de la literatura latinoamericana que se llama “El Coronel no tiene quien le escriba”.

El otro período, que podríamos llamar Venezuela, es también importante en la labor periodística de García Márquez en tanto que allí aparecen innumerables reportajes y crónicas que hoy forman parte de libros antológicos y sirven como base de análisis en las Facultades de Periodismo y Comunicación Social de las universidades de América Latina. Basta mencionar “Caracas sin agua”, un reportaje edificado con base en técnicas propias de la literatura que ha alcanzado infinitas reproducciones hasta el punto de formar parte de la Antología de Grandes Reportajes Colombianos, realizada por Daniel Samper Pizano.

Todo lo anterior, simultáneo a una desaforada actividad literaria que iría dando a luz novelas y libros de cuentos con la mezcla extraña de columnas de opinión que, en el fondo, no eran más que crónicas editorializadas estructuradas a partir de su peculiar e inimitable estilo.

Hoy, siguen confluyendo el escritor y el periodista con la misma ardorosidad de tiempos idos. No sólo por Noticia de un Secuestro, obra periodística; o Del Amor y otros demonios, novela; o el libro de cuentos Doce Cuentos Peregrinos… sino por su fino cultivo de la reportería, una de cuyas últimas muestras lo es “Náufrago en Tierra firme”, reportaje sobre el llamado balserito cubano, aparecido recientemente en las revistas Cambio, Newsweek y reproducido por el diario El País de Madrid.

Mención aparte merece también su “empresa” Fundación para el Periodismo Iberoamericano, ente creado con el propósito de rescatar la reportería y la crónica, géneros vanguardia del periodismo moderno, cuya supervivencia peligra ante el acecho del periodismo light y el avance impetuoso de la frivolidad en los medios electrónicos de comunicación.

_____

CITAS
(1) A raíz de la publicación de su nueva novela, Germán Espinosa en declaraciones al diario El Tiempo, se mostró en desacuerdo con la opinión que siempre ha tenido García Márquez acerca del reportaje como género literario.
(2) Grijelmo Alex. El estilo del periodista. Ed. Taurus, Madrid, 1997.
(3) Cuadernos del Taller de Periodismo, Volumen I, Ed. La Patria, Manizales, 1994. El cuaderno incluye: La ética periodística, Javier Darío Restrepo; el reportaje, Alma Guillermoprieto; y Ediciones dominicales, Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Alex Martínez Roig y Katherine Viner.
(4) Saldívar Dasso. García Márquez. Viaje a la semilla. La biografía. Ed. Alfaguara, 1997. La referencia está enmarcada en el amplio estudio del escritor antioqueño acerca de la vida, obra y milagros del Premio Nobel. El paso por Barranquilla constituye una de las alusiones más detalladas respecto a la presencia del escritor cataqueño en esta ciudad.
(5) Vargas Llosa Mario. García Márquez: Historia de un deicidio. Monte Avila Editores, C.A. Impresiones Barcelona-Caracas, 1971. Afirma Vargas Llosa: “Fue allí en Barranquilla, en su cueva del último piso de ‘El Rascacielos’ donde intentó por primera vez escribir una novela con todos los demonios de su infancia y de Aracataca. La novela, que se iba a llamar La Casa, se titularía finalmente La Hojarasca cuando apareció, varios años después”.
(6) García Márquez Gabriel. Del Amor y otros demonios. Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1994.
(7) García Usta Jorge. García Márquez, el período Cartagena: Desmitificación de una génesis periodística y literaria. Revista Historia y Cultura No. 1, Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena, 1993; y García Usta Jorge. Cómo aprendió a escribir García Márquez. Editorial Lealón, Medellín, 1995.
* Jaime de la Hoz Simanca es periodista, profesor, escritor colombiano y colaborador de SdP. Este artículo fue publicado en la Revista Uniautónoma de la Universidad Autónoma del Caribe de Barranquilla, Colombia, y se reproduce en Sala de Prensa con la autorización expresa de su director.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:04 pm

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