Estilo y Narración II

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literatura y periodismo

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Por Jorge Edwards / La Segunda, 2007.

Me llegan noticias de un congreso sobre literatura y periodismo que tendrá lugar a mediados de octubre en la ciudad de Jerez de la Frontera. ¡Qué buena ciudad, me digo de antemano, qué buen escenario! Tres días de reflexiones y discusiones sobre literatura y periodismo en el Museo de la Atalaya, en la calle Lealas, bajo el alero de la Fundación Caballero Bonald. Soy un viejo amigo de Pepe Caballero Bonald y ya estuve en la ciudad suya, bajo el alero de su Fundación, hablando de un tema afín, el de las relaciones entre la historia y la ficción literaria. No faltaron, desde luego, las visitas a las bodegas jerezanas y las degustaciones de finos, de amontillados, de otras variedades de esos vinos de la tierra, con sus infaltables acompañamientos de “pescaíto frito”.

El congreso de ahora será inaugurado con la conferencia de un filósofo, Emilio Lledó, El lenguaje de la identidad, y clausurado por un periodista y académico, Juan Luis Cebrián. Y se discutirá sobre la crítica literaria, sobre los escritores en el periodismo, sobre la realidad como ficción, sobre los suplementos literarios, entre muchas otras cuestiones. El solo hecho de leer este programa me ha dejado pensativo, lleno de recuerdos, de conjeturas, de suposiciones diversas. En mi adolescencia, casi por accidente, antes de convertirme en lector de escritores ingleses y franceses, o rusos y alemanes en traducciones, me encontré con la obra de españoles de la generación del 98 y de más adelante. Leí con voracidad a Miguel de Unamuno, a Pío Baroja y Azorín, y algo después a José Ortega y Gasset y a Ramón Pérez de Ayala. Todos ellos publicaban en la prensa diaria y habían convertido el artículo en literatura o en ensayo breve. Azorín, por ejemplo, escribía con frecuencia sobre el hecho de escribir, sobre la página en blanco, sobre sentarse en la madrugada, en la compañía de una marraqueta de pan, frente a un amanecer en la sierra, a un aire que describía con un adjetivo recurrente, un aire “prístino”, y ponerse a llenar cuartillas. La prosa de Unamuno, en cambio, apasionada, caprichosa, llena de digresiones, tendía a romper los cauces, a desbordar por todos lados. En tanto que la escritura de Ortega y Gasset era elaborada, trabajada con cincel, pero a la vez precisa: incisiva, por un lado, y por el otro, barroca. Un contemporáneo suyo me dijo que don José, cuando escribía sus artículos, que le daban un trabajo enorme, sufría de dolores de cabeza “de miedo”. Admiro a Ortega, sobre todo en La rebelión de las masas y en La deshumanización del arte, dos anticipaciones proféticas del mundo moderno, pero esos dolores de cabeza no me entusiasman tanto. Me sumerjo en la prosa de Ortega, en la Meditación del Quijote, para citar un ejemplo, y siento que esos dolores que acompañaron a la escritura se me empiezan a contagiar. En cambio, la respiración clásica, pausada, sonriente, con atisbos de ironía, del lenguaje de Azorín, hacía las veces, al menos para mí, de un extraordinario sedante. Y la incorrección, el ritmo atropellado, incluso atolondrado, siempre divertido, sorprendente, de la lengua de Pío Baroja, nunca dejó de gustarme, y hasta hoy, a veces con un movimiento de rechazo, con un franco desacuerdo, me hace sonreír en cada página. Un sobrino nieto suyo a quien me tocó frecuentar en una época en Madrid, me contó que en la España de las primeras décadas del siglo XX había un permanente intento de linchamiento literario de don Pío, un esfuerzo encaminado a su demolición pública, pero el autor de El árbol de la ciencia sobrevivía con una exclamación malhumorada y graciosa, con un par de insolencias, con alguna salida imprevista. Después de una charla cargada de su conocido escepticismo, unos jóvenes le preguntaron que en qué creía, si es que creía en algo. Respuesta de Baroja: ¿saben ustedes?, creo en la aspirina. ¿Por qué? Porque me tomo una aspirina y los dolores se me calman. Los dolores de don José Ortega, dirán ustedes, que en cambio no se calmaban con nada.

A la vuelta de los años, cuando todavía pensaba que el periodismo no era lo mío, llegué a conocer a cronistas notables. Recuerdo antes que nada la figura del brasileño Rubem Braga, que durante dos o tres años estuvo en Chile, por allá por 1954 o 1955, en calidad de jefe comercial de la embajada del Brasil. Supe tarde, porque Rubem era una persona reservada, que hablaba poco de sí misma, que había conocido en persona a uno de los grandes cronistas de aquella época en lengua portuguesa. Hice un viaje a Brasil a comienzos de 1957, invitado a su departamento del barrio de Ipanema en Río de Janeiro, y me encontré sumergido en pocas horas en el mundo de los escritores, los arquitectos, los poetas, los periodistas cariocas. Había en el aire una discusión apasionada, encarnizada, provocada por la resolución del jurado en el concurso para elegir el plano urbanístico de Brasilia, ciudad que todavía sólo estaba en la mente de unas pocas personas. El plano ganador, obra de Lucio Costa, era el más sencillo de todos los presentados al concurso: una especie de cruz no del todo simétrica y acompañada de algunas explicaciones manuscritas. Me acuerdo de intensos alegatos en casa de Oscar Niemeyer, en el departamento de Rubem, en un cabaret muy frecuentado entonces y que después se incendió y pasó a ser legendario: Sacha’s. Parecía que todo ocurría y que todo se decidía entre botellones de whisky que llevaban el nombre de alguno de los contertulios, en las mesas de ese lugar, entre melodías de sambas y de una música más nueva que se empezaba a conocer como bossa nova. Uno se encontraba en el Sacha con ministros de Estado, con parlamentarios, con actrices de cine, con poetas del más diverso pelaje. Pues bien, Rubem bebía whisky como un cosaco, y al amanecer, entre las islas que empezaban a adquirir tonalidades rojas, después de beber un “chopiño” helado en un puesto ambulante, regresábamos a la calle Prudente de Morais, a la esquina precisa donde transcurre la canción que acababa de inventar Vinicius de Moraes, Garota de Ipanema. Al mediodía siguiente, Rubem se zambullía un rato en las olas del Océano Atlántico para despejarse; después se instalaba en su pequeña terraza frente a una vieja Underwood. A veces se desperezaba y lanzaba verdaderos gritos de angustia. Y otras veces el tecleo de la Underwood adquiría un ritmo intenso. Rubem Braga escribía una crónica al día, que se publicaba en Río y en una veintena de diarios federales, y con eso, más el agregado de una que otra deuda, lograba llevar la vida más libre y envidiable del planeta. En esos días había escrito dos crónicas que se hicieron célebres y que dieron el título a dos de sus libros: A borboleta amarela (La mariposa amarilla) y Ay de ti, Copacabana. La forma de trabajar de Rubem, a pesar de sus momentos de angustia, me hizo pensar que la vida de un cronista tenía un lado envidiable. El había convertido la página diaria en literatura y hasta en poesía. Las páginas sobre una mariposa amarilla extraviada en el centro de Río de Janeiro, entre el tráfico, el bullicio, la gente que corría detrás de algo, eran poesía pura. Y el otro texto, el de la exclamación bíblica, era un fragmento onírico en el que Copacabana, como castigo divino de sus vicios, había sido inundada por un maremoto, de manera que Sacha, el pianista, tocaba en el cabaret que llevaba su nombre como un capitán Nemo en su Nautilus.

En buenas cuentas, la crónica es un pequeño artefacto verbal en el que cabe todo. Después de Braga, conocí a cronistas en lengua portuguesa, española, italiana. Retratarlos daría para un libro entero, pero no hay ninguna necesidad de que las cosas, y las cosas de la mente, en especial, terminen convertidas en libros. Ni la menor necesidad.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:02 pm

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