Estilo y Narración II

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los cruces entre ficción y realidad

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Carlos Monsiváis es uno de los intelectuales mexicanos más lúcidos y reconocidos en el mundo de habla hispana. De paso por Buenos Aires, habló con Ñ de periodismo y literatura, y analizó las diferentes maneras en que la ficción circula por la realidad.

Por OSVALDO TCHERKASKI / 28.04.2007 | Clarin.com | Revista Ñ

«El relato de los hechos, el marco a través del cual los sucesos del mundo real pasan al conocimiento público, tiene en el periodismo la forma más tradicional y al mismo tiempo la más debatida en la cultura contemporánea. La coexistencia de medios de información tradicionales y sus versiones online con la explosión de los blogs y la proliferación de comunidades de interés y grupos de afinidad, ha transformado a Internet en el lugar donde transcurre la contemporaneidad. Sin embargo, el arte de narrar, como el deseo de atender a una historia, no parecen haber sido devorados por esa vorágine. El lenguaje sigue siendo el lugar de la interacción social y cultural.

Desde ese lugar, Carlos Monsiváis, 68 años, uno de los intelectuales mexicanos más reconocidos en el mundo de habla hispana, ha transformado la crónica periodística en instrumento esclarecedor de esa interacción. Sus crónicas suelen ser cruces de información, análisis crítico, erudición, y han construido un itinerario que va de la canción popular y el melodrama, al cine, la militancia de izquierda, la política y el sindicalismo, que han sido recopiladas en libros como Días de guardar y Amor perdido. Entre otros premios, recibió en el 2000 el Anagrama de Ensayo por su obra Aires de familia: cultura y sociedad en América Latina.

Fue una de las figuras de la Feria del Libro de este año. En el hotel donde se alojó durante su estadía en Buenos Aires, dialogó con Ñ sobre las relaciones entre literatura y periodismo. La cobertura noticiosa al día siguiente de la masacre de la Universidad Politécnica de Virginia impregnó la conversación y dio lugar a discutir cruces entre ficción y realidad, la ficción que circula en la realidad, las posibilidades y límites del periodismo.

—¿Es más difícil narrar sucesos reales que inventarlos?

—No, es igualmente difícil. El problema de los sucesos reales es que su publicación genera de inmediato tal alud de comentarios, que el escritor llega a ellos circundado por los prejuicios. Por eso me parece magnífica la tarea por ejemplo de Robert Fisk, desde el punto de vista estrictamente periodístico, al abordar el tema de Irak. Porque todos tenemos un punto de vista y de lo que se trata es de abordarlo literariamente; y la literatura, como el buen periodismo, exigen corroer el lugar común. Mucho depende de la sagacidad de cada uno para resolver cómo se hace, porque son temas que vienen con el lugar común incluido.

—¿Cómo piensa la relación entre literatura y periodismo?

—Si me atengo a los ejemplos más clásicos o a punto de serlo, pienso en Gabriel García Márquez. Sus artículos y sus crónicas son literatura, Relato de un náufrago es un ejemplo extraordinario. Pienso en un clásico indudable, John Reed, con su México Insurgente y Diez días que conmovieron al mundo. La mezcla de crónica y excelente literatura está en Operación Masacre, de Rodolfo Walsh. También son gran literatura los reportajes de Ryszard Kapuscinsky.

—Si el periodismo se entiende como el compromiso de no inventar, atenerse con la mayor precisión al relato de los hechos, la literatura parece designar otro campo, el de la ficción.

—Sí, pero qué más ficción que un disparate humano como el perpetrado por George W. Bush. Estoy pensando específicamente en un presidente que por su cuenta decide “erradicar el mal”, y que para “erradicar el mal” lleva a la catástrofe a un país entero, a dos países, porque no hay que olvidarse de Afganistán, y desata una catástrofe inconmensurable. Hoy, justamente, todos estamos horrorizados, dolidos por lo que pasó en Virginia. Pero se están produciendo masacres en Irak, donde mueren casi a diario 60 o 70 personas. Entonces, cómo se transmite literaria y periodísticamente el horror. Literariamente tenemos el ejemplo perfecto en El Corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. Pero cómo transmitir el horror cotidiano.

—¿Cómo transmitirlo? Hay quienes consideran hoy al periodismo como una forma particular de la ficción.

—Porque está la televisión.

—Pero la televisión también tiene formatos periodísticos.

—Como transmisión de imágenes de la idea que buscan difundir sobre lo real social. Ahora, eso está manipulado desde luego, pero el periodismo en general está manipulado. Las líneas ideológicas de los periódicos, tanto como el partidarismo, son inerradicables. Y lo cierto es que el escritor que hace periodismo o el periodista que hace literatura, en ciertos casos se vuelven indistinguibles, tienen que trabajar contra el tiempo y tienen también que tomar el tiempo a su favor. De otro modo, la rapidez mata a la literatura. A menos que se trate de periodistas muy talentosos, vuelvo al ejemplo de John Reed. Pero Kapuscinsky mismo trabajaba con mucha lentitud.

—La rapidez, la velocidad cada vez más vertiginosa que permite la tecnología, tal vez también amenazan al periodismo.

—Lo exigen. Sin rapidez no hay periodismo, pero solamente con rapidez el periodismo naufraga. Por eso es muy importante la formación de los periodistas. Un periodista que no tiene su punto de vista construido, va a su tema con una gran desventaja. Hay que saber cómo decir lo que uno va viendo. Aún antes de Internet, el periodista era su propio y considerable archivo.

—Actualmente parece más importante interesar que dar información relevante, se diría un desplazamiento de la relevancia hacia el impacto emocional.

—Porque cuando se habla de interesar, en la prensa gráfica se habla de tres fotos, cuatro fotos que acompañan al reportaje o a la crónica. Cuando se habla de interesar se está diciendo que lo visual es ya, de modo categórico, lo primordial. Lo diría de esta manera: ya no se cree que las palabras por sí mismas interesan. Se requiere la validación y la legibilidad de las imágenes. Al irse acortando en los diarios el espacio destinado a crónica y reportaje, al exigir prodigios de síntesis, se desvía el esfuerzo literario y periodístico a ciertas revistas.

—Pero aún al texto mismo, aún breve, se le puede exigir que apele más a la emoción que a la información.

—A la emoción y a la reiteración. Porque la síntesis viene en el lead, y también en la síntesis y al final. Y por supuesto esto ocurre no sólo en el periodismo latinoamericano. Cuando uno recorre, por manía y por obligación, las páginas de diarios prestigiosos como The New York Times, El País, The Independent, de hecho la mayoría de las veces uno lee tres veces la misma información en el mismo artículo. Esta desconfianza hacia las posibilidades críticas, la retención en la memoria de los lectores, me parece el elemento nuevo. Se desconfía de los lectores. Todo tiende a repetirse para que se fije.

—En esos grandes diarios que usted menciona, ¿encuentra sensacionalismo y espectacularización de la información?

—Bueno, es el único modo de competir con las imágenes televisivas, convertir a los lectores en adictos de la posibilidad de estremecerse.

—Al mismo tiempo, uno puede suponer que una historia periodística bien narrada puede informar, puede entretener. Usted acaba de mencionar, entre otros ejemplos notables, “Relato de un náufrago” y “Operación Masacre”. Este tipo de relatos, me refiero al concepto y modos de abordaje más allá de las restricciones de espacio y tiempo en la prensa diaria, ¿se encuentran actualmente en los medios?

—Yo diría que no. La idea de que el ámbito de la literatura está en los libros ha relegado las crónicas y reportajes con intención literaria a una excentricidad. Lo que ahora se valora más en los diarios y en las revistas es el espacio entendido como rentabilidad de la información. Y ahí se requiere ya una lucha del escritor, del reportero, con los directores, los jefes de redacción, para que entiendan que el valor de la noticia también tiene que ver con la forma como se presenta, no con los espasmos de terror o alegría que pueda causar su lectura.

—Se habla de una crisis del periodismo precisamente por estas cosas que usted señala. Y al mismo tiempo, los medios tienen un lugar central en la cultura contemporánea.

—Lo acepte o no, el periodismo tiende a amoldarse a lo que se considera un analfabetismo funcional de los lectores. Es cada vez más raro el periodismo que se entregue plenamente a la creencia de que sus lectores son inteligentes, críticos, racionales, y que además saben gozar de la forma literaria. Se supone que puesto que el periodismo es prisa, los lectores viven la noción de la prisa como el despojo o la anulación de la forma. Y esta es una tendencia prevaleciente. Parte de la crisis del periodismo es que no se cree que haya lectores sino hojeadores de páginas.

—También desde el punto de vista de la propiedad de los medios ha habido grandes modificaciones. Sobre todo en EE.UU. y Europa, donde grandes corporaciones ajenas a la industria informativa han tomado el lugar de los antiguos propietarios, que aún siendo déspotas y antes que nada hombres de negocios, tenían un cierto compromiso personal con sus públicos.

—Desde luego que sí. Pero por ahora no veo ese fenómeno en América latina. En nuestra región predomina una mezcla de capitalismo tardío y feudalismo.

—¿Y eso es bueno?

—A mí me parece horrible. Tenemos dueños de periódicos que suelen ser profundamente ignorantes y llevan inscripta esa ignorancia en su árbol genealógico.

—Los medios de comunicación son considerados como el principal espacio de producción y circulación de la cultura de masas. ¿Qué piensa de la relación con la alta cultura?

—Está el abismo digital. Es la nueva división tajante de clases entre los que pueden informarse y los que no tienen acceso, por su condición económica, a la información, a las prácticas y las posibilidades de Internet. La situación actual es ni mucho menos democrática. Lo que ahora ocurre es que aquellos con posibilidades de informarse están también sujetos a su formación. Es necesario saber elegir. Hay que seleccionar qué es lo que efectivamente le sirve a uno. Sin formación previa, Internet, los blogs, etc., son condenas inexorables a la vida errática. Actualmente, si uno no está asido de la tecnología lo que vive le parece incompleto. Pero también, esa dependencia de la tecnología, que es igualmente inexorable, requiere de un antídoto, que es el criterio. Para buscar y seleccionar.

—Muchas veces ocurre que en una telenovela o en un talk show, uno encuentra más información que en los formatos periodísticos.

—La telenovela no sé. La telenovela suele ser una suerte de imposición de la moda. Es un compromiso que circula entre los vecinos, la familia, los compañeros de trabajo, para tener temas de conversación. En cambio en los talks shows uno puede encontrar información pasmosa sobre el mundo real. En cierto modo han reemplazado al confesionario y trasladado la figura del confesor a los televidentes. Si el participante en esos programas no sintiera que al confesar su adulterio, la frigidez de ella o de él, o la lealtad al hombre que tanto la ha engañado y ya se murió, si no hubiera ahí el deseo de protagonismo, tendríamos el vacío, no habría nada. El talk show es uno de los grandes remedios contra la anomia, contra el anonimato. Y lo que advierto es que esta manía se ha transmitido de la rutina televisiva a la sociedad.

—¿Cómo es eso?

—Uno tiene que esforzarse ahora por no saber de la vida privada, desde el vecino a los políticos, al contrario de lo que sucedía antes. Ahora uno tiene que hacer esfuerzos para no saber. Es mejor no enterarse.

—Una paradoja con lo que usted señala es que está de moda negar la realidad o, por lo menos, relativizar la posibilidad de acceder a ella. ¿Hay una relación entre crónica periodística, realidad y verdad?

—En el relato periodístico tiene que haber algún elemento de verdad, por lo menos el nombre del reportero, ¿no? Siempre hay elementos de verdad. Pero por ejemplo, ese episodio espantoso, la masacre en la Universidad Politécnica de Virginia, yo estaba ansioso por enterarme de lo que había sucedido y seguí la información por CNN. En ningún momento vi una condena explícita a esa locura de la posesión de armas en EE.UU. No vi ninguna referencia a la película de Michael Moore, Bowling for Columbine. No vi tampoco que se considerara la influencia posible, ya no digamos de la violencia televisiva que es un punto a debatir, sino de Irak. Era una noticia que se daba aislada, sin antecedentes ni contexto. Y eso me pareció que daba una idea perfecta de un periodismo que si se vuelve mínimamente analítico, cree que está defraudando a los lectores, en este caso a los televidentes. Suponen preferencias en los públicos cuando en realidad las imponen: por ejemplo, que el horror suceda solo, sin antes ni después.

—La pura inmediatez.

—Sí, pero tanto Columbine como Irak están en la mente del espectador aunque no lo advierta. Lo que yo veía era toda la denuncia sobre la posesión de armas, y a Charlton Heston defendiendo…

—Pero eso lo veía usted, no lo que emitía CNN.

—Es que nadie ve imágenes sin tener imágenes, uno tiene su propia televisión. Yo estaba viendo eso, no digo que necesariamente mi biblioteca mental sea la de todos, pero es la de muchísimos, y es también desde luego la de quienes estaban a cargo de la trasmisión en CNN. Y yo veía que recordaban, sí, el hecho de Columbine, sin ninguna alusión al filme, como si fuera un registro de historias criminales y no una historia de violencia propiciada entre otras cosas por la arrogancia de la National Rifle Association, que se obstina en impedir cualquier control o prohibición sobre la libre venta de armas. Lo que yo veía era la imposición del criterio de mercado sobre la seguridad de la sociedad, las familias y los estudiantes.

—¿Cómo sería, según usted, narrar bien un hecho como la masacre de Virginia?

—Que el tema no anule la forma.

—¿Quiere decir que las rutinas periodísticas interfieren una buena narración?

—Tienden a la uniformidad. Todos los medios cuentan lo mismo, como si se dirigieran a un lector único, igualmente uniformizado. Fíjese que en los diarios del día siguiente a la tragedia en la Universidad de Virginia había abundancia de datos hasta donde era posible, porque no se tenía todavía conocimiento, por ejemplo, sobre la identidad del joven de aspecto asiático que decidió matar a 32 personas para no morir solo. Había una información detallada de reacciones, en México estaban muy preocupados por saber si había estudiantes mexicanos entre las víctimas, en Venezuela y aquí, en la Argentina, lo mismo. Para que la noticia tuviera pleno despliegue había que llevarla, por lo visto, al terreno nacional, o establecer el récord, verificar si la tragedia superaba o no en número de víctimas a las perpetradas por el último tirador solitario. Luego, el desconcierto de la policía; a continuación, testimonios de gente que había estado allí y por último, el horror de un país tan poderosamente armado que necesariamente prohíja un sentimiento de la violencia como derecho casero.

-¿De qué depende que se pueda ir más allá?

—Es muy difícil. Por momentos pienso que en los diarios es imposible. En todo caso no hay recetas, es necesario contar con disposición, tiempo y sagacidad literaria. La pregunta es quién será el Truman Capote de esta nueva A Sangre Fría.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:12 pm

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