Estilo y Narración II

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riesgo (I)

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Por Álvaro Bisama (El Mercurio / Viernes 10 de febrero de 2006)

Desde hace un tiempo, en dos columnas publicadas en este mismo medio, Alberto Fuguet ha narrado el proceso mediante el cual se ha convertido cuasi religiosa y paulatinamente a la no ficción. Es un relato inquietante, el de un lector asombrado que confiesa que “cada vez me atraen más aquellos libros donde no se miente (o se miente poco o se altera muy poco la verdad)” mientras cita a Ellroy o Fitzgerald, y asume el hecho – terrible para un novelista- de que la ficción puede ser un camino transitado o agotado.

La verdad es que por momentos tiene razón. Basta darse cuenta de que Puño y letra, el ejercicio de montaje que hizo Diamela Eltit del juicio del caso Prats es su mejor obra en una década. O que Tejas Verdes, de Hernán Valdés, es un relato político mejor – o más conmovedor- que Casa de campo de Donoso. En ambos, las relaciones entre autor y narrador, vida y obra, texto e ideología hacen equilibrios precarios y radicales, imposibles para cualquier ficción.

Es comprensible la opción de Fuguet dado que para cierto público lector nacional, la ficción, desde hace algún tiempo, carece del riesgo y del vértigo que la no ficción puede entregar, aquella sensación de dejarlo todo en la página, carne y sangre incluidas. Que yo sepa, no hay ningún novelista chileno – incluso como documentación o investigación- que haya viajado a Argentina en una micro llena de miembros de Los de Abajo armados hasta con granadas, por poner de ejemplo un texto de Juan Pablo Meneses.

Pero tal vez no se trata de que la novela esté agotada como género, sino más bien cierta novela chilena que puede ser – a lo mejor y tensando la cuerda- aquella novela de la década de los 90, la de quienes se formaron en talleres y luego dictaron talleres, esa narrativa realista santiaguina correctora de clase, pegada en sí misma, concentrada en ambientes interiores, lineal, solipsista o culterana, algo miedosa y rengueante. Esa clase de literatura que fue un boom hace diez o quince años, quedando por estos días – y a pesar de los autores y con la venia de una academia indolente- congelada como un artefacto de época.

En síntesis, se trata de ficciones – ahora sin riesgo- que alguna vez necesitamos para construirnos una imagen de país emergente, por lo menos literariamente hablando. Obras que, leídas ahora, se ofrecen a medio camino de la nada, sin aspirar a la totalidad pero tampoco a escribir desde lo menor. Relatos que creían merecer todo, pero que en realidad no apostaban nada: esperaban ser best sellers pero con algo de respeto crítico, unos textos incapaces de ser frívolos o cáusticos mientras se lamentaban por un orden perdido al no poder soportar el presente, asustados por cualquier cosa que sonara – o se leyera- de manera opaca o vanguardista.

Así y desde hace algún tiempo, frente a esa narrativa complaciente, al lector no le queda otra que leer libros de no ficción. Porque, a lo mejor o por supuesto, vistas desde el presente, Horas perdidas en las calles de Santiago o El empampado Riquelme dicen más del paisaje de la identidad local que Santiago Cero y el El nadador. Y no es que Merino y Mouat sean mejores escritores que Franz y Contreras, sino que el modelo de trabajo en el que fueron educados los segundos hace tiempo que hace agua. O sea, no es que la no ficción le gane por paliza a la ficción, sino que la novela nacional con la que nos formamos ya no tiene demasiado que decirnos: la leemos con piloto automático, como el show de un mago al que le conocemos cada pequeño truco.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 11:08 pm

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