Estilo y Narración II

Just another WordPress.com weblog

escribir sobre fútbol

leave a comment »

Es difícil aficionarse a un deporte sin querer practicarlo alguna vez. Jugué numerosos partidos y milité en las fuerzas inferiores de los Pumas. A los 16 años, ante la decisiva categoría Juvenil AA, supe que no podría llegar a primera división y sólo anotaría en Maracaná cuando estuviera dormido.

Por Juan Villoro / Fragmentos de Dios es redondo, publicado recientemente por Planeta. Agradecemos a Juan Villoro su autorización para reproducirlos.

Escribir de futbol es una de las muchas reparaciones que permite la literatura. Cada cierto tiempo, algún crítico se pregunta por qué no hay grandes novelas de futbol en un planeta que contiene el aliento para ver un Mundial. La respuesta me parece bastante simple. El sistema de referencias del futbol está tan codificado e involucra de manera tan eficaz las emociones que contiene en sí mismo su propia épica, su propia tragedia y su propia comedia. No necesita tramas paralelas y deja poco espacio a la inventiva de autor. ésta es una de las razones por las que hay mejores cuentos que novelas de futbol. Como el balompié llega ya narrado, sus misterios inéditos suelen ser breves. El novelista que no se conforma con ser un espejo, prefiere mirar en otras direcciones. En cambio, el cronista (interesado en volver a contar lo ya sucedido) encuentra ahí inagotable estímulo.

Y es que el futbol es, en sí mismo, asunto de la palabra. Pocas actividades dependen tanto de lo que ya se sabe como el arte de reiterar las hazañas de la cancha. Las leyendas que cuentan los aficionados prolongan las gestas con una pasión non-stop que suplanta al futbol, ese Dios con prestaciones que nunca ocurre en lunes.

En los partidos de mi infancia, el hecho fundamental fue que los narró el gran cronista televisivo ángel Fernández, capaz de transformar un juego sin gloria en la caída de Cartago.

Las crónicas comprometen tanto a la imaginación que algunos de los grandes rapsodas han contado partidos que no vieron. Casi ciego, Cristino Lorenzo fabulaba desde el Café Tupinamba de la ciudad de México; el Mago Septién y otros locutores de embrujo lograron inventar gestas de beisbol, box o futbol con todos sus detalles a partir de escuetos datos que llegaban por telegrama a la estación de radio.

Por desgracia, no siempre es posible que Homero tenga gafete de acreditación en el Mundial y muchas narraciones carecen de interés. Pero nada frena a pregoneros, teóricos y evangelistas. El futbol exige palabras, no sólo las profesionales sino las de cualquier aficionado provisto del atributo suficiente y dramático de tener boca. ¿Por qué no nos callamos de una vez? Porque el futbol está lleno de cosas que francamente no se entienden. De repente, un genio curtido en mil batallas roza con el calcetín la pelota que incluso el cronista hubiera empujado a las redes; un portero que había mostrado nervios de cableado de cobre sale a jugar con guantes de mantequilla; el equipo forjado a fuego lento pierde la química o la actitud o como se le quiera llamar a la misteriosa energía que reúne a once soledades.

Los periodistas de la fuente deben ofrecer respuestas que hagan verosímil lo que ocurre por rareza y muchas veces dan como causas francamente esotéricas: el abductor frotado con ungüento erróneo, la camiseta sustituta del equipo (es horrible y provoca que fallen penaltis), el osito de peluche que el portero usa de mascota y fue pateado por un fotógrafo de otro periódico.

Cuando desear es útil
Las multitudes llenan estadios ilusionadas por algo que no sólo pasa en la cancha. Gracias al graderío, un partido se carga de supersticiones, anhelos, deseos de venganza, complejos mayúsculos, intrincadas leyendas. El futbol ocurre en la hierba y en la agitada conciencia de los espectadores. La crónica vincula ambos territorios.

El arte de patear puede caer en la esfera de los placeres inofensivos o desembocar en el fanatismo del hooligan, la prepotencia del directivo, la mentira prefabricada de la televisión. Espejo del mundo que comienza más allá de los estadios, el juego de las patadas no es ajeno a la violencia, el racismo o la comercialización. La aporía del aficionado es la de una pasión pura, incontaminada, refractaria del efecto de la cerveza, las burlas de los enemigos y la manipulación de los medios. Eso, que rara vez existe, es el motor rescatable y esencial del futbol. Lejos de los fichajes multimillonarios, en una playa sin nombre alguien patea una pelota o algo que la representa (un bulto de trapo, una lata, una bolsa llena de papeles). Ese gesto transmite un placer inexpresable, el de jugar por jugar.

Walter Benjamin recordaba que los niños no definen a los adultos por su poder, sino “por su incapacidad para la magia”; han perdido el contacto con la región primera de los prodigios posibles. Al respecto, conviene recordar el lema de los hermanos Grimm: “Entonces, cuando desear todavía era útil…”. Los cuentos infantiles son instrumentos del regreso, hacia la época de los deseos que pueden concederse.

En perpetuo estado de infancia, el aficionado al futbol busca capacidad para la magia. Aunque contemple un encuentro lastrado por el dopaje, el mercadeo y las impresentables bajezas de los ultras, puede encontrar ahí la playa desconocida donde alguien domina un balón por el gusto de hacerlo.

De acuerdo con Giorgio Agamben, la gracia del mago deriva de que no es necesario hacer méritos para contemplarla: sus dones llegan con la arbitrariedad de la fortuna. Los grandes intercesores Pelé, Didí, Maradona, Di Stefano, Zidane, Ronaldo, Ronaldinho no han anotado para premiar la buena conducta de sus seguidores. Con ellos la magia llegó porque sí, el regalo que culmina la fábula.

La inclinación a dirimir emociones a puntapiés suscita toda clase de recelos. No sólo se desanda la biografía personal hacia la primera infancia, sino la de la especie, hacia la etapa anterior al predominio de las manos. ¿Qué tan necesaria es esta energía del retorno? ¿Podemos prescindir de la niñez y la tribu del origen? La cultura moderna privilegia la infancia pero desconfía de las hordas del comienzo. El futbol pone en contacto con la inocencia del buscador de héroes, pero también enciende hogueras. Los salvajes de la sociedad postindustrial se pintan la cara, se tatúan el cuerpo, lanzan extrañas consignas. Este ruidoso aspecto tribal me parece tan importante como la preservación de la mirada infantil. Uno de los grandes misterios del futbol es que ritualiza la pasión y la contiene. Pudiendo desbordarse en tantas ocasiones, sólo se desborda en las peores.

En su estupendo reportaje sobre los hooligans, Entre los vándalos, Bill Buford comete un decisivo error de apreciación. Atribuye una legendaria reyerta al hecho de que el partido terminó 0-0. De acuerdo con Buford, la tribu necesitaba un vencedor; la tensión contenida debía liberarse de otro modo y dio lugar a la violencia.

No hay testigos puros y Buford revela en estas consideraciones que pertenece a la cultura de Estados Unidos, donde los deportes vernáculos no pueden terminar en un empate sin anotaciones. En un ámbito determinado por la competitividad (los fans alzan el índice que señala su condición aspiracional: number one), tener un ganador certificado (incluso cuando se trate del contrario) es preferible a repartir los méritos. La incertidumbre no se ajusta al triunfalismo.

Y sin embargo, todo aficionado al futbol recuerda partidos maravillosos que terminaron en empate. En su libro All played out, sobre el Mundial de Italia 90, Pete Davies dedica un capítulo al partido Inglaterra-Alemania, que terminó 1-1, y que tuvo que decidirse en penales. El capítulo se llama “El partido hermoso” y se refiere a lo que pasó antes de llegar a los fusilamientos a once metros del portero (Alemania pasó a la siguiente ronda). Para un aficionado al futbol, el resultado se puede dividir entre los contrincantes sin que esto sea un desdoro.

El hincha puede pertenecer al género de los ardientes, los melancólicos, los cardiacos o los nostálgicos, pero ante todo y en forma sorprendente es alguien que se resigna. El hervidero de voces y luces de bengala en que se convierte un estadio no parece convocar al estoicismo, y sin embargo fomenta el temple ante la adversidad. El árbitro se equivoca mucho, el pasto se pone resbaloso, el genio más preciso pierde la puntería. Catálogo de lo imponderable, el futbol está abierto a sorpresas que perjudican nuestro ánimo. Nadie busca ahí resultados seguros. Por más que se queje de los contrarios y en ocasiones de los suyos, el espectador acepta en forma tácita que verá lo inimaginale y que eso le va a gustar muy poco. La situación sería equivalente a la de ir a un concierto donde la orquesta armara trifulcas, los violinistas desafinaran y sólo a veces se produjera el raro milagro de la música. Así es el futbol, algo que no sucede o sucede a medias o sucede mal, pero insinúa en todo momento que puede componerse.

Hay públicos que cumplen mejor que otros su solidaria condición de comparsas. En una ocasión asistí al clásico Boca-River en Buenos Aires. Un hombre reconoció mi acento mexicano y quiso comprobar un dato del que le habían hablado varios amigos argentinos: “¿Es cierto que en México un hincha de un equipo como Boca puede ver el juego al lado de un hincha de un equipo como River?”. Le dije que sí. “¿Y no se matan?”, precisó. Acepté que al menos en cosas de futbol éramos bastante pacíficos. “Uh, ¡pero qué degenerados!”, fue su inolvidable respuesta.

La mayoría de las veces, un estadio de futbol consta de miles de personas sumamente decepcionadas de lo que vieron que se limitan a rumiar su desconsuelo.

Una de las leyendas más afortunadas del futbol es que el público representa al “jugador número 12”. En su biografía del Boca Juniors, Martín Caparrós comenta que la idea se le ocurrió en los años veinte del siglo pasado al cronista Pablo Rojas Paz. Su jefe, Natalio Botana, director de Crítica, le pidió que embelleciera el juego. En aquel tiempo, si alguien no iba al estadio sólo conocía lo goles de oídas o por escrito: “El futbol era sobre todo un relato”, escribe Caparrós. Un relato que no acababa de convencer y se encontraba en la fase de lo que quizá no será creído o pasará a la desmemoria. Rojas Paz tenía soltura de palabra y un jefe con el sonoro nombre de un dictador de isla tropical. ¿Cómo no obedecer a Natalio Botana, que anticipaba un jugoso negocio en las páginas dedicadas al futbol? Como tantos redactores desesperados, Rojas Paz se autoexcitó para excitar a los demás. Habló del jugador número 12 en tiempos en que las canchas eran llanos sin más testigos que los familiares o los que esperaban junto a la línea de cal para cobrar una cuenta pendiente. Pero la metáfora estaba destinada a volverse cierta y explicar lo que en el futuro significaría jugar “en casa”.

Sí, el público ha contribuido a decidir marcadores. Pero sigue sin chutar al arco. Por eso, su enjundiosa actividad es un péndulo que va de la entrega a la aquiescencia. Ser del Betis “manque pierda” o someterse a la ruinosa ilusión de apreciar el toque antes que el resultado y apoyar al Atlas “aunque gane”.

Siempre me ha llamado la atención un logro relativo del futbol, el de “campeón de invierno”. Una conquista que no sirve de nada, o que todavía no sirve. Las ligas del mundo hacen una pausa para la Navidad. Ahí termina su primera vuelta. Esto se ha perdido en México y otros países donde la codicia ha llevado a los minitorneos que proclaman cada año dos campeones.

En las temporadas largas que debe tener el futbol, el campeón de invierno es un líder que no ha llegado a la meta. Como no se trata de una conquista franca, ser puntero puede implicar más una presión que un logro. Se espera mucho de ese equipo en cuanto se renueve la justa. Pocas figuras expresan mejor las esperanzas y las inquietudes del futbol que la de ese falso palmarés.

En la literatura sólo hay campeones de invierno. La descripción puntual de las jugadas y el computable universo de las estadísticas pueden hallarse en el periodismo deportivo. Adentrarse en la pasión por vía de la crónica obliga tomar en cuenta los hechos, pero sólo como referencia. El campeón de invierno está ahí por méritos concretos, pero aún no es lo que podría ser. Está constituido de futuro y anhelo de mera posibilidad. Un trofeo virtual cuya condición vacía encandila a los seguidores: desear es útil para ellos.

Cada quien a su manera, en cualquier época del año, tiene su campeón de invierno. El hecho menor y circunstancial de que esa ilusión decaiga más tarde ayuda a constatar la fuerza del destino: Dios es redondo pero casi nunca le va al Necaxa.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:08 pm

Posted in Uncategorized

Tagged with ,

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: