Estilo y Narración II

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El periodismo, clave del siglo XX

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Por MANUEL VICENT / EL PAÍS – Sociedad – 05-05-2006

Cuando dentro de 100 años los habitantes del futuro, que tal vez nacerán ya con las orejas puntiagudas, quieran saber cuáles fueron nuestros sueños y pasiones, por qué moríamos y matábamos, qué rostro tenían nuestros héroes y villanos, deberán conocer los nombres de los grandes testigos de esta época, que han sido y siguen siendo algunos periodistas. Como en el siglo de oro fueron los dramaturgos, en el XVIII los enciclopedistas y en el XIX los novelistas burgueses, el periodismo es el género literario que define nuestro tiempo.

Si yo fuera profesor de Historia, recomendaría a mis alumnos que dejaran de lado los viejos archivos, donde la única verdad irrefutable la constituyen el polvo y la polilla o, tal vez, la basura electrónica llena de virus, si estos archivos están ya informatizados. Para que pudieran llegar al fondo del siglo XVII les mandaría leer primero el teatro de Shakespeare, de Lope y de Calderón; del mismo modo que sólo leyendo a Rousseau, a Voltaire y Diderot podrían captar el espíritu del siglo XVIII, y que no entenderían nada del siglo XIX si no estudiaran como una asignatura las novelas Dickens, Balzac y Galdós. A mis alumnos les diría que la verdadera Historia es ésa, no los datos de las batallas ni las fechas de los tratados, sino el vuelo de los sueños que la sociedad, en un momento determinado, se dio a sí misma.

Ya en el siglo XX, bajo el presagio inminente de una lluvia de acero sobre Europa, Joyce, Proust y Kafka llevaron la estética literaria de la burguesía a su destrucción final. Joyce bajó de la mano de Freud hasta las mucosas más íntimas del subconsciente; Proust expresó la melancolía y el oro podrido con que la aristocracia coronaba su propia ruina evanescente hasta desaparecer, y Kafka convirtió ese mundo desgarrado, que se iba por el sumidero, en un triunfo del absurdo y la locura.

Si yo fuera profesor de Historia o de Literatura diría a mis alumnos que, una vez digeridos Joyce, Proust y Kafka, leyeran todos los días el periódico donde a partir de la Primera Guerra Mundial se refugió el alma del siglo XX. En medio de las ciudades calcinadas por los bombardeos o entre los escombros que deja la naturaleza convulsa cuando se expresa diabólicamente con seísmos e inundaciones, hay unos tipos que están presentes, disparan sus cámaras o toman apuntes directamente de esas tragedias en un bloc sudado que luego guardan en el bolsillo de atrás del pantalón. Son unos tipos audaces, fríos y, a veces, desesperados. En efecto, unos periodistas se mueven a sus anchas en medio de las hecatombes, pero otros de su misma raza también dan lo mejor de su talento abriéndose paso en la selva de los políticos, en el secreto de los tiburones financieros, en las cloacas del Estado, en el tejido cotidiano de las horas y los días donde los crímenes ordinarios se mezclan con el latido de las pequeñas pasiones y la lucha por la vida de la gente tributable. Como dijo Dylan Thomas, un buen periodista debe procurar ante todo ser bien recibido en el depósito de cadáveres. Aunque sólo sea, como en la película Primera plana, de Billy Wilder, para conseguir de madrugada un poco de hielo para el whisky.

Cuando pase el tiempo y el detritus de esta sociedad se eleve como un polvo sucio o dorado en el espacio de la memoria colectiva, ese polvo flotará acompañado sustancialmente de las palabras que fueron escritas en los periódicos, de las crónicas, los reportajes, los artículos y las fotos amarillas, que entonces ya no serán noticias, opiniones, pensamientos e imágenes concretas de la actualidad, sino la ficción de la vida que vivimos. Y ésa será nuestra verdadera historia literaria que hará soñar a los habitantes del futuro.

Pero, aun hoy mismo, el periodismo puede considerarse un género literario, porque la sobrecarga de información a la que estamos sometidos desde la mañana a la noche, e incluso durante el insomnio, hace que la realidad se rompa en mil pedazos cada día y se convierta en una ficción: cada esquirla de ese vidrio nos devuelve un fragmento quebrado de lo que creemos que es la actualidad que estamos viviendo. Las noticias de la radio, las imágenes de la televisión, la lectura del periódico en el metro o en el autobús se inmiscuyen en nuestras vidas hasta constituir una sola amalgama con nuestros sentimientos, con nuestra ideología, con cada uno de nuestros deseos, y al final ya no podemos distinguir lo que oímos, lo que vemos y lo que leemos de lo que soñamos.

En el periodismo ya no se lleva la bohemia. Aunque todavía queden algunos ejemplares de esta clase, en general ya no se puede decir del periodista que es ese tipo que escribe a toda velocidad sobre un tema que generalmente ignora, y lo hace de noche, y la mayoría de las veces cansado o bebido, y que no teniendo talento para ser escritor ni coraje para ser policía, se queda sólo en chismoso o en confidente. “No digáis a mis padres que soy periodista’, pidió alguien una vez. ‘Prefiero que sigan creyendo que toco el piano en un burdel”. Han pasado los tiempos, que algunos consideran felices, en que las querellas entre periodistas se revolvían en duelos al amanecer en los descampados o en bastonazos en los cafés.

Hoy, los males de este oficio son de otra índole. Algunos periodistas confunden su gastritis con los males de la patria; otros se han convertido en consejeros áulicos de políticos y banqueros, o se creen intérpretes de los designios de la historia y conductores de la opinión pública, o sueñan todavía con derribar al gobierno con un artículo, parodiando El error Berenguer, el famoso artículo de Ortega en El Sol, que terminaba con la expresión “delenda est monarchía”, o se disfrazan de periodistas del The Washington Post en busca de un Watergate aunque sea bajo las piedras. En este oficio se rompe muchas veces el principio de Arquímedes: muchos periodistas desplazan mucho más de lo que pesan. Tal vez esto se deba a que en periodismo rige un principio maldito según el cual el éxito de un periodista sólo consiste en ser leído y todo vale con tal de llevar al lector embebido hasta el párrafo final de la noticia.

Pero hay otro principio fundamental que se debe a Bogart: en esta vida, las personas se dividen en dos, en profesionales y en no profesionales. Y este principio rige tanto para asesinos como para poetas, pasando por los panaderos. He aquí otro aspecto de la fortaleza del periodismo. Al levantarse de la cama, uno espera que haya agua caliente en la ducha, que el cruasán del desayuno sea tierno y perfumado, que la calle haya sido barrida, que el conductor del autobús no dé bruscos frenazos, que el despacho esté ordenado, que el primer cliente acuda a la cita con puntualidad. Para que la vida transcurra con rigor y suavidad a cualquier hora del día, se necesita que unas personas hayan cumplido simplemente con su deber. No son héroes, sino ciudadanos corrientes que trabajan dentro de la normalidad. Detrás del café y el cruasán que uno toma mientras lee el periódico hay un mundo de perfección. Del mismo modo que el conductor del autobús, el panadero o el cartero son buenos profesionales, también las páginas de un periódico solvente han sido trabajadas por periodistas oscuros que no equivocan nunca los datos, que contrastan los hechos, que no buscan el escándalo por sí mismo, que no quieren derribar a ningún gobierno, que sólo sienten pasión por la información rigurosa, caiga quien caiga; que aman la libertad de expresión hasta allí donde empieza la vida privada intocable de cada individuo. Los héroes de este oficio son aquellos periodistas que dan noticias fidedignas, emiten comentarios inteligentes y ponderados, conscientes de que la moderación es la conquista más ardua del espíritu y a la vez el arma más certera. Llegar a la cima de esta fortaleza exige cada día una mayor preparación técnica, científica y cultural, acorde con la complejidad del mundo. El éxito de un periodista no consiste en ser leído, sino en ser creído. La credibilidad es su único patrimonio.

Se cumple hoy el trigésimo aniversario de la salida de EL PAÍS a la calle, un periódico que sintetizó todo el espíritu del regeneracionismo que había quedado en suspensión en el aire en medio de la destrucción de la Guerra Civil. Nació felizmente sin ninguna servidumbre con el franquismo. Con el ejemplo del gran filósofo y periodista Ortega y Gasset, que da nombre a estos premios de periodismo, que hoy han sido concedidos con toda justicia a unos excelentes profesionales, el desafío consiste en continuar trabajando para que éste siga siendo un periódico solvente, que dirija su información al córtex de sus lectores donde reside la inteligencia, no al cerebro límbico, asiento de las emociones primarias, del fanatismo, de los deseos ciegos y de las creencias; ni mucho menos al cerebro del reptil que todavía subyace en el fondo del cráneo humano y que nos gobierna los instintos básicos, el hambre, la sed y el sexo. El córtex, el córtex debe ser nuestro objetivo, donde reside el análisis y la elegancia del matiz o del regate.

Son 30 años, dos generaciones, según el módulo de Ortega, las que han convivido ya con este periódico, desde aquella España color ala de mosca hasta ésta de hoy más compleja, optimista y abierta, en la frontera de la libertad, de la democracia y de la tolerancia. Debemos felicitarnos por ello.

Aparte de todos los males de este mundo y sin saber sobre qué soporte leerán las noticias los habitantes del futuro, hoy todavía resulta un placer acercarse cada mañana al quiosco y al coger EL PAÍS, no como quien agarra airado una navaja, sino como quien escoge un alimento intelectual e informativo bien horneado, sentir que el latido real de la vida vibra en tu pulso, junto con la sangre y la tinta, y luego leer la historia universal, que nace y muere cada día, en el metro, en el autobús, en el despacho, sentado en la terraza de un café, mientras alrededor de sus páginas fluye el agua de la gente.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 4:52 pm

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