Estilo y Narración II

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eufemismos

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¿Qué necesidad tenemos de recurrir a eufemismos con tanta frecuencia y en todo tipo de asuntos?

Por Edison Otero Bello

“Eufemismo” es una palabra algo rebuscada que se refiere a la maniobra deliberada de disfrazar, camuflar, esconder o simular con expresiones verbales o escritas un hecho de otro modo chocante o condenable. Dicho así, la expresión “eufemismo” es ella misma un eufemismo. De modo que si alguien, o una organización, desea “desdramatizar” un evento, o “bajarle el perfil”, lo que tiene que hacer es usar eufemismos.

Por estos días, y desde la invasión estadounidense a Irak, los eufemismos bélicos han estado a la orden del día. El más famoso de todos es el concepto de “efectos colaterales”, expresión técnica casi elegante que se refiere a la muerte de población civil como resultado de acciones militares. Aquí el eufemismo cumple con precisión la función que se espera de él, consistente en generar una cortina de humo -para seguir con metáforas militares- que oculte el hecho lato de que hay muertos y no tienen uniforme, que hay víctimas menores de edad y que hay víctimas que exceden largamente de la edad que se exige para el enrolamiento en un conflicto. Así, en vez de decir que las operaciones que uno lleva adelante han tenido un costo en población civil, lo apropiado es hablar de “efectos colaterales”. El truco es claro: sabemos categóricamente y sin asomo de duda que va a haber víctimas civiles, pero argumentamos que no ha sido nuestro objetivo y que ha resultado por casualidad. O sea, no tenemos responsabilidad. De modo que, en un giro pérfido, los únicos responsables últimos de los efectos colaterales son los civiles mismos, por haber estado allí cuando el fuego se inició. No le demos más vueltas: el eufemismo es una maniobra retórica de camuflaje. Así como el verbo más utilizado es el de “neutralizar” -expresión que encubre el hecho de matar, liquidar o destrozar- el más reciente de los eufemismos en la jerga militar es la expresión “fuego amigo” y se refiere a la causa que ha tenido como efecto la muerte de civiles del propio bando. Es risible, por decir lo menos, que se hable de fuego “amigo” en una jerga cuyo centro es considerar “enemigo” a todo lo que no se parece a uno mismo.

Otro aspecto interesante del tema es que los eufemismos son de uso habitual y no sólo en la guerra. En el ámbito organizacional se puso de moda usar un eufemismo para referirse a la iniciativa de desemplear funcionarios. Así, ya no se echa a nadie (que es lo concreto) sino que se le “desvincula” (que es el eufemismo). Y la acción misma es encerrada en la expresión “necesidades de la empresa”. ¿Y qué decir de la jerga eufemística de los economistas? Por ejemplo: “crecimiento negativo”, un crecimiento que no crece sino que se encoge, lo que en la más simple y elemental versión de la lógica es, a la vista, una contradicción flagrante.

Ahora bien, ¿qué necesidad tenemos de recurrir a eufemismos con tanta frecuencia y en todo tipo de asuntos? Esta pregunta ha movilizado energías reflexivas de muchos pensadores a lo largo de la historia, y la respuesta resulta difícil de formular. Hay quienes consideran que tememos a la verdad y que preferimos ocultarla mediante todo tipo de estrategias, o que tememos al menos a las consecuencias que se derivarían de revelarla, se trate de cuestiones personales o públicas. En consecuencia, nos convertimos en simuladores expertos, nos movemos en el plano de las apariencias. Simular es, por consiguiente, mentir. Constatar estas realidades de las relaciones humanas llevó a Erasmo a escribir su magnífico “Elogio de la necedad” (o de la “locura”, según otros traductores), a Rabelais su descojonante “Gargantúa y Pantagruel” y, por cierto, a Molière su “Médico a palos”. Y la lista podría resultar interminable. La literatura está plagada (en el mejor sentido de la expresión) de testimonios sobre el tema, y qué decir del cine. Las buenas tramas y los mejores guiones consisten, con mucha frecuencia, en develar o revelar cuestiones que se desea mantener en secreto, reserva o -para usar otro eufemismo- “clasificadas”.

Un filósofo de fina reflexión, el británico Bernard Williams (1929-2003), sostuvo que, en consecuencia, el viejo y sustantivo problema de la verdad debía asociarse al problema de la sinceridad. Ésta supone la disposición a decir la verdad cuando se la conoce y, por tanto, no nos enfrentamos a un problema sólo relativo al conocimiento sino a una cuestión decididamente ética. Y en tal caso, no hay eufemismo que valga.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:06 pm

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