Estilo y Narración II

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imitar e inventar

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Por Carla Cordua / El Mercurio (Domingo 30 de octubre de 2005)

Es impresionante la confusión que reina en la lengua ordinaria sobre la creación y la invención, por un lado, y la copia y la imitación, por el otro. Se las trata como contrarios excluyentes, debido a la connotación valorativa que se les asigna: honorífica para la invención y peyorativa para la imitación. Sin embargo, la reflexión muestra que imitar e inventar están estrechamente relacionadas y son complementarias al punto de que casi no hay ejemplos de instancias puras de ninguna de las dos.

Al atribuirnos invenciones originales olvidamos que casi todas nuestras genialidades proceden de lo que hemos aprendido antes. Si no quisiésemos halagarnos veríamos que todo lo que se aprende coincide con lo que se imita. El conjunto de lo que alguien ha aprendido es la imitación de los imitadores que se lo enseñaron. Aprendemos no sólo los patrones de nuestra conducta sino además las estimaciones y desdenes que nos abren el acceso a los grupos a los que perteneceremos. Tanto los actos como las maneras de pensar son eminentemente trasmisibles, esto es, imitables. Aprender resulta ser, pues, frecuentemente, repetir, imitar. Nuestra creatividad ocurre, como un caso especial, dentro de este contexto de lo así adquirido. Hay otros asuntos, sin embargo, que son más complejos. Por ejemplo, el aprendizaje del idioma materno tiene aspectos importantes que exigen sobrepasar la tremenda capacidad repetitiva y mímica que nos caracteriza más que ninguna otra.

Aprender a jugar póker o a mezclar los ingredientes del pan puede ser, sin inconvenientes, algo pura y limpiamente imitativo. Pero aprender a hablar una lengua, aunque presupone la imitación de sonidos y palabras, implica también haber llegado a ser capaz de usar los signos aprendidos más allá de la esfera de la imitación. Pues conocer el sentido de “perro” y ser capaz de pronunciarlo como se hace en castellano no es hablar todavía. Hablar es saber usar un idioma discursivamente. Esta actividad implica combinar de manera inventiva los signos conocidos, haciendo que las oraciones concuerden con un estado de cosas comprendido, que bien puede ser nuevo, y que vayan dirigidas a otro hispanoparlante con el que se comparte tácitamente el conocimiento de los ingredientes imitativos que el discurso presupone. Es como aprender a tocar el piano, o las operaciones elementales de la aritmética, que tienen, al comienzo, más de repetitivo que de oportunidad de interpretar originalmente una pieza de Chopin o inventar una operación numérica inédita. Pero es haberlo aprendido imitando lo que abre el acceso a la libertad de inventar.

Es verdad que repetimos palabras, pero rara vez varias oraciones combinadas entre sí, debido a la complejidad del intercambio lingüístico y, también, a que todo cambia constantemente: las cosas, las situaciones, los interlocutores, nosotros mismos. Las novedades originales que pueblan el discurso, las ocurrencias que lo animan, son normalmente bien recibidas porque resultan en una comprensión clara de lo dicho; pero pocas veces son reconocidas como creaciones debido a que emergen en el contexto de la lengua familiar, de la que no esperamos sorpresas. El lenguaje humano bien usado desaparece detrás de lo que consigue hacer manifiesto y comprensible. No se hace presente más que cuando se degrada en pura repetición de lo consabido o cuando, tratando de independizarse de su base en la imitación, se convierte en pura y arbitraria invención.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:01 pm

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