Estilo y Narración II

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la revista esta en crisis de ideas, no de audiencia

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Por La Petite Claudine / Septiembre 11, 2006

Nos hemos convertido en publicaciones prescindibles, sólo necesarias para pasar el rato mientras se espera turno para el médico -me decía hace poco el máximo responsable de un mensual-. Quizás porque en Internet se pueden encontrar gratis miles de cosas de cualquiera de los campos que nosotros ofrecemos de pago, quizás porque cada día se lee menos, quizás porque las promociones cada vez funcionan peor…

Lo publicaba hace unos días Arsenio Escolar junto con la noticia del cierre de la revista Gala y los datos penosos del OJD. Venía a decir que la crisis de las revistas de pago es peor que la de la prensa diaria. De la segunda hemos hablado hasta hartarnos. Aquí va mi opinión estrictamente personal sobre la primera.

Queridos editores de revistas: dejen de competir con las publicaciones online. ¡Llegan dos meses tarde! No me ofrezcan las primeras fotos del hijo de Angelina Jolie, hace dos meses que las he visto en Just Jared y en Go Fug yourself. En su lugar, ¿qué tal un repaso de su vida, obra y milagros o un divertido reportaje comparativo con Jennifer Aniston, desde el número de películas que ha hecho hasta el número de pie? No me vendan un reportaje fotográfico de las pasarelas de Paris y Londres porque hace dos meses que las he visto, en tiempo real, por streamming. Cojan esos trapos y contextualicen, comparen, dividan, asocien. Denme todo eso que yo no tengo y que no me da ningún blog: treinta años de experiencia trabajando en el sector, un grupo de profesionales trabajando a tiempo completo y dos meses de ventaja para meditar, construir y desplegar sus mejores armas. Algo que yo pueda recortar y guardar para más adelante. Algo valioso de verdad.

Confesiones de una adicta al papel satinado. Cuando yo era pequeña, en mi casa se compraban revistas, principalmente Marie Claire y Telva (mi madre) y publicaciones de la federación de ajedrez (mi padre). Mi vecina compraba el Vale y la Superpop y su padre, Penthouse y Playboy (por los artículos de política😉. Menos las de ajedrez, yo me las leía todas de la mancheta al horóscopo: de Superpop me gustaba hacer tests con mi vecina y saber qué miembro de Duran Duran se hacía rayas en el camerino con las grupis de la fila uno. Del Vale, seguíamos con interés las desventuras a plazos de una aspirante a modelo cuya belleza la arrastraba de abuso en abuso, del padrastro al profesor de gimnasia, del conductor que la recoge en la carretera mientras escapa hasta el fotógrafo profesional que la convertirá en una estrella. El Vale, con su Justine de tercera fila y sus reportajes “de investigación” era porno duro comparado con el Penthouse, un paraiso de papel satinado con las criaturas más bellas, sofisticadas y glamourosas que nadie hubiera soñado. Yo adoraba a aquellas mujeres de miles de maneras que no voy a describir aquí. Mi favorita, sin embargo, era Marie Claire.

La Marie Claire de entonces también era una revista de moda. Pero había más cosas que recuerdo muy bien: reportajes sobre pioneras de la fotografía, relatos de ciudades de escritoras interesantes, biografías de grandes actrices, escritoras, escultoras, políticas; monográficos de los grandes fotógrafos, diseñadores, arquitectos. Había actualidad, literatura, política y cultura y no comprimido en una agenda de dos páginas mostrando exposiciones gastadas en ciudades a las que no podía ir. Y era divertida: recuerdo artículos tan desternillantes como aquel en el que se explicaba el SPM en clave de crisis de armario cuando yo ni sabía lo que era el SPM. Me reí tanto que aún me acuerdo. Era una revista para mirar, bonita y bien maquetada, pero sobre todo era una revista para tener y releer. Yo me pasaba semanas con cada número y guardaba mis artículos favoritos para leerlos una y otra vez.

A lo largo de mi adolescencia he estado enganchada a muchas revistas de música, de cine, de diseño, de arquitectura. En algún momento las cambié por fanzines, mucho más divertidos, interesantes y locales. Después, dejé de comprar. Y no porque mi conexión ADSL cubriera todas mis necesidades.

¿Y si les regalamos unas zapatillas de playa? Hace unos años colaboré brevemente para una revista del ramo que, ni era Marie Claire, ni era de la misma casa. La experiencia fue bochornosa: aunque estaba dirigida a un público más joven que Marie Claire, el sentido del humor y la actualidad cultural estaban completamente fuera de lugar porque lo divertido no es serio, como todo el mundo sabe. Como un manual de autoayuda al revés, la revista era -y sigue siendo- un insulto a la inteligencia y una biblia del self-hate: manuales para encontrarse defectos que sólo existen en contraste con supermodelos fotochopeadas, psicólogas que hablan de la pareja a través del sacrificio -¡a los catorce años!-, interminables propuestas comerciales sólo asequibles a una audiencia que no compraría dicha revista ni para tenderla en un charco antes de bajar del coche. Por aquel entonces el espacio de reportajes estaba estrictamente dedicado a las andanzas de la familia Beckam y las “guapas del mes”. Hace dos años les ofrecí un artículo práctico sobre los blogs (qué eran, como empezar uno, los mejores blogs españoles, etc) y ni la redactora jefe ni la directora sabían lo que era un blog. De nada sirvió que les diera cifras, que les hablara de Blogger o que les explicara que todo el mundo, de Avril Lavigne a las gemelas Olsen, tenía uno. 20 millones de personas Sí pueden estar equivocadas. No sé si en dos años han cambiado de opinión porque aquella fué nuestra última conversación, pero me imagino que no. La última vez que la vi en el kiosco regalaba unas gafas de sol de plástico y un camisón.

Hubo un tiempo en que el lector no era gilipollas. Revistas como Rolling Stone, Vogue o Vanity Fair publicaban a los mejores escritores, fotógrafos y diseñadores de su tiempo. Lo sabemos porque aún se reeditan libros como “Lo mejor de Rolling Stone” y esos libros, a pesar del anacronismo, son mucho más interesantes que la revista misma, que en el mejor de los casos es un catálogo comercial caro que compite con la explosión de creatividad, ingenio, diversión, talento e independencia de la Red. Internautas desagradecidos.Sin embargo, hay quien sobrevive: hace unos días The Guardian publicaba un artículo- entrevista al director del New Yorker, David Remnick, en el que se trataba de resolver el misterio que mantiene viva una publicación seria en blanco y negro. Con beneficios. La respuesta, por supuesto, es de sentido común: respetando la inteligencia de tus lectores y cuidando el talento de tus colaboradores.

Leí en la página de Malcolm Gladwell que su contrato con el New Yorker establece una determinada cantidad de palabras al año. Siempre y cuando las cumpla, puede escribir sobre cultura, medicina, leyes, sociedad, carreras, entrevistar a domadores de pulgas o al ministro de asuntos exteriores. El New Yorker entiende que su curiosidad, su inteligencia y su talento están por encima de las secciones de una revista y le premian con completa libertad de acción. Sus colaboradores agradecen la confianza escribiendo artículos asombrosos y sus lectores, comprando más de un millón de ejemplares a la semana. Para una revista en blanco y negro no está nada mal.

Queridos editores de revistas: ustedes no pueden competir con la Red en inmediatez ni en variedad de recursos audiovisuales, pero tienen dos meses para pensar y una ventaja fundamental: papel. Habrá quien no esté de acuerdo pero, como lectora habitual en ambos formatos, van a tener que darme algo mejor que una pantalla TFT para que empiece a tomarme la Red en serio como alternativa al papel. Yo pago por contenidos que llegan antes a la Red que a mis manos porque es la diferencia entre un hotel de cinco estrellas y un hostal. He estado suscrita al New Yorker y lo volveré a estar el mes que viene, aunque pueda leerlo en la Red y me cueste tres veces más por vivir en Europa. Hasta hace unos años compraba Wired con regularidad hasta que se convirtió en el catálogo de gente cool y cacharros cool que es ahora. Y me estoy planteando suscribirme al VirginiaQR, al McSweeney’s Quarterly Concern. Y puteada, porque no son suficientes y porque me gustaría leer más en español.

Ustedes, editores de revistas, están aburridos. No confían, ni en sus colaboradores, ni en sus lectores.Es algo que tienen en común con los blogs que llevan tanto tiempo en el ajo que publican de manera mecánica, como quien dispensa coca-colas en el mueble bar. Esos también pierden visitas. Y, mientras tanto, yo y otros tantos como yo nos compramos revistas extranjeras de contenido semimediocre porque queremos una buena excusa para alejarnos del ordenador. Nos duele la cabeza. Nos duelen los ojos. Denos algo que podamos mirar, leer, recortar y guardar para más adelante. Algo valioso de verdad. Y lo compraremos.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:12 pm

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