Estilo y Narración II

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preguntas que sobran

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Por Francisco Mouat (Revista “El Sabado”, El Mercurio / junio 2005)

Nunca se me ocurriría obligar a alguien a que me dé una entrevista. Si lo hice alguna vez, ahora me arrepiento. Somos libres y soberanos para hablar con quien nos parezca. Sé que decir algo así, tratándose en mi caso de un periodista, es renunciar a parte del decálogo no escrito de nuestra profesión. No me importa nada. Del mismo modo, comulgo con Roberto Merino cuando en una de sus magníficas crónicas cuenta cómo se niega a importunar al dramaturgo Jorge Díaz, que está sentado al lado suyo en una mesa del Tavelli un domingo en la mañana, y que bien podría ser su entrevistado por la cantidad de evocaciones y recuerdos escolares que le provoca su presencia: ¿Cómo puede interrumpírsele a un ser humano ese momento de entusiasmo inexplicable que constituye el domingo en la mañana? ¿Cómo acercarse a alguien so pretexto de familiaridad visual con una grabadora oculta bajo la manga y ningún asunto concreto en el temario?. Merino dejó pasar esa virtual entrevista, como seguramente ha dejado pasar muchísimos otros momentos por timidez o, como él mismo dice, porque un exagerado sentido de la pertinencia lo congela.

Algo parecido le ha sucedido al polaco Ryszard Kapuscinski en su andar mundano: ser periodista, y de los mejores del planeta, no le da patente para importunar a los demás ni lo obliga a hacer preguntas allí donde la realidad se exhibe con una ferocidad evidente. Una vez, estando él en la mina Komsomólskaia, en la vieja Unión Soviética, le ofrecieron la oportunidad de hablar con mujeres mineras: “Paredes cubiertas de hielo, torres cubiertas de hielo, haces de luz casi imperceptibles y, debajo de los pies, un barrizal negro. Mujeres distribuyendo vagonetas, levantando y bajando palancas, traviesas y postes. ¿Quieres hablar con ellas?, me pregunta Guennadi Nikoláievich. ¿Pero de qué? En derredor no hay más que frío, oscuridad y tristeza. Y ellas, que se mueven trabajosamente, están ocupadas, cansadas […]. Más vale que les muestre mi respeto, que les proporcione un pequeño alivio que, simplemente, consistirá en que no querré nada de ellas, ningún esfuerzo adicional, aunque sea tan insignificante como contestarme a una pregunta de rutina”.

Torpemente, a los periodistas nos enseñan muchas veces a desconfiar de nuestras propias percepciones. A no creer en lo que dice nuestra propia mirada. A no darle importancia. El gran argumento esgrimido es que nosotros no somos los protagonistas de la historia que contamos. Somos, se supone, apenas sus narradores. Ignoramos de este modo una de las fuentes básicas de información: la que nos revelan nuestros sentidos y nuestra mente. Kapuscinski lo expresa con claridad, siempre a propósito de los mineros: No hay ninguna necesidad de hacer preguntas cuando todo está claro nada más verlo. Nos damos perfecta cuenta de lo durísimo que es el trabajo del minero, una vida plagada de dificultades y en la que la gente pasa medio año sin ver la luz del día. Ya sé que cobran sueldos de miseria. ¿Qué más da que me digan dieciséis rublos o dieciocho? Es un dato sin ninguna importancia; lo importante es que son pobres, muy pobres.

Recibo de rebote un e-mail de una doctora joven, ginecóloga, llamada Francisca Valdivieso, ex estudiante de la Universidad de los Andes que está desde hace algunas semanas trabajando en Liberia. Lo que cuenta a sus amigos revela un abismo de distancia entre nuestras comodidades, a las que nos acostumbramos con brutal inconciencia, y el mundo despiadado en que les toca vivir a las mujeres liberianas que atiende día a día. Se trata de un rincón de África que hoy está sin luz eléctrica, sin agua potable, sin alcantarillado, sin teléfono, sin correo, sin gobierno, sin anestesia, con los escasos hospitales colapsados y donde el primer afán de Francisca es impedir que las guaguas mueran al nacer y lograr que las madres que estén en parto puedan sobrevivir a la experiencia. No hay demasiado que preguntar, en verdad. Sólo comprobar en silencio, una vez más, que nuestro mundo ordenado es un privilegio que convive con otros mundos acerados por el filo de la pobreza, donde se ríe y se baila para no llorar.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:09 pm

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