Estilo y Narración II

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pederastas y periodistas

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Por Arcadi Espada / Rolling Stone número 12, Octubre 2000

El periodismo no es una superficie. No es un lugar, sino un punto de vista. Una mediación. Una mediación deseable. El periodista es un tipo del que te fías. El periodismo no es un vertedero. Hay allí mucha basura, por supuesto, pero sólo la que el periodista quiere. Si todo el mundo pudiera echar la basura, sin control, la basura acabaría devorándonos. El periodista es un basurero especializado: procesa y recicla. Una tarde se la pasa con sujetos indeseables. Huelen mal y aún huelen peor sus intenciones. Pero al anochecer el periodista se levanta del café y lleva una verdad en el bolsillo, un milagro hecho de mierda reciclada, como el papel y la tinta.
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Quiero decir que el periódico, a pesar de las apariencias, no es un tablón de anuncios. La publicación británica News of the World publicó hace algunas semanas una lista de pederastas ingleses. Supuestos. La lista la ha hecho la policía. Ningún periodista de News of the World ha ido detrás de cada uno de los mencionados, oliéndolos, como es fama que deban hacer los huelebraguetas. No ha habido mediación. Sólo anuncio. Internet es el inmenso tablón de anuncios de nuestra época, De alguna manera cumple el sueño de políticos y otros productores de realidad que querían un mundo sin mediación, un mundo sin la incómoda presencia de un árbrito que decide lo que es interesante y lo que merece por tanto publicarse. Internet: imaginad un loco en las calles de Madrid que vocea: “¡El Rey de España es un asesino! Tengo las pruebas!” Ahora lo grita en la red. Está loco, igualmente loco. La red amplifica, tal vez, su capacidad de influencia. Pero no su crédito. Su crédito es el de un loco que vocea por las calles. El periodismo nació con la pretensión de ahorrar a los ciudadanos el trabajo de escuchar a ese loco para saber si lo que dice es cierto o puede serlo. Todo periodista es un loquero. Por supuesto que los loqueros corren el riesgo de encerrar a gente sana y honorable. Pero mientras se equivocan con uno encierran a cientos muy peligrosos. Imaginad un periódico en el que entrara cualquiera y gritara sobre los características del rey y, en vez de echarlo a puntapiés, apareciera en portada al día siguiente.
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Los periódicos se han convertido en manicomios de donde han huido los loqueros. Observad el llamado periodismo de declaraciones. Uno dice negro y el otro blanco. Arzalluz dice blanco. Nada que objetar al legítimo contraste de pareceres. El problema es que la técnica del periodismo de declaraciones se aplica a los hechos. Es decir, no al uno (adjetivo) que opina que esto es bueno y otro dice que malo, sino al caso (sustantivo) siguiente: uno dice que uno robó y este uno dice que no robó. Los periódicos publican lo que llaman, tan ceremoniosos, las dos versiones. Y lo más sorprendente es que a veces lo hacen sabiendo con exactitud quien miente. Ahí empezó a pudrirse todo: cuando el periódico dejó de ser un relato para convertirse en una hoja en blanco (de agenda) donde todo el mundo parece autorizado a vencer su pánico. El pánico a la hoja en blanco, quiero decir.
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De pequeños estábamos muy interesados por el dazibao, palabra que ya no sé si escribo bien. Era el Diario del Pueblo de la Gran Revolución China. Se colgaba en las calle y todo el mundo apuntaba allí lo que le parecía. Listas de pederastas, por ejemplo.
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En una ciudad inglesa atacaron a un hombre porque en la placa de su lugar de trabajo ponía Pediatra. El pueblo no se explica cómo un suceso de semejante analfabetismo pudo suceder; pero yo entiendo muy bien a los agresores: están acostumbrados a leer en las listas y al pasar por la placa pensaron en un error de transcripción. Y en cualquier caso: el pediatra también toca a los niños.
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¿Un periódico no puede alertar a los vecinos de un lugar que entre ellos se ha instalado un hombre peligroso, un delincuente sexual? ¿No está acaso entre sus competencias el advertir a la comunidad, como ante un escape de gas o el peligro de derrumbamiento de un edificio? Veamos eso. ¿Qué es un delincuente sexual que se instala en un lugar? Por encima de cualquier otra característica, un hombre que fue un delincuente sexual. Si ha llegado a un lugar es porque ha salido de la cárcel y si ha salido de la cárcel es porque cumplió su pena. Una de las vértebras del Derecho es que cuando la punición concluye, el hombre regresa a la misma vida de los otros, de los no castigados. Que robara o matara no exige que vuelva a hacerlo. Aunque lo hace más probable (por eso se conservan los antecedentes penales), no lo exige. Los periódicos no alertan del momento en que un antiguo asesino, un simple asesino, sin sexo, abandona San Quintín y se instala en el pueblo. Si lo hacen con los delincuentes sexuales es porque se opina que un delincuente sexual lo será siempre. Yo no estoy en condiciones de tener una opinión sobre este asunto. No sé si el gen de la delincuencia sexual existe y si, en consecuencia, tienen razón los que proponen la castración de este tipo de delincuentes, esa punición radical. Pero supongamos ahora que científicamente es así, que ese tipo de delincuentes no dejarán fácilmente de serlo: ¿tú no agradecerías a un periódico, a tu periódico, que te informara, que te ayudara a poner a salvo tus niños, igual que te protege de otros desastres de la cultura y de la naturaleza? ¿Para que sirve, si no, un periódico? ¿No dice un periódico dónde hay peligro de un alud o qué vertedero almacena residuos tóxicos. ¿Cómo, si un periódico te señala los libros, los discos, los restaurantes buenos, no va a hacer lo mismo con los hombres? ¿Al fin y al cabo no es, profundamente, un periódico el instrumento de crítica de los hombres, de sus actos y de sus opiniones, más consolidado y masivo?
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Dije que un periódico era, debería ser, un relato y no un agenda. Los nombres, solos, no son nada en un periódico. Es más, fácilmente pueden ser un crimen. ¿Recordáis el periodismo de denuncia típico de la transición política española? Aquel chabacano ¡Tenemos los nombres! Nombre, nombres, caza.
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Por lo tanto, si quieres hacer un servicio a tu comunidad, si sabes que en la esquina se ha instalado un hombre condenado por abusar de una niña, ve a verle.
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¡Sí, claro, se trata del mal! ¡El condenado es el mal! Pero no dramatices. Una de las condiciones del contrato que firma la comunidad con los periodistas es que ellos, sí, mi vida, tú, se ocuparán del mal. Lo frecuentarán y lo explicarán con detalle para librar a la comunidad del (mal) trago y de sus indeseables consecuencias. Pero hemos criado periodistas que sólo saben tratar con el bien. Por eso se llevan de maravilla con la poli y creen a la poli a pies juntillas y le publican a la poli, casi sin retoques, sus trabajos literarios, listas de pederastas, atestados, declaraciones, informes. Por eso cualquiera puede ser periodista y hace bien la sociedad juvenil en reclamar su puesto en las facultades de periodismo: es un trabajo brillante, cómodo, y bien pagado. Lástima que, respecto al contrato social del periodista, sea además un trabajo inútil. Pero eso se ve luego, si se ve.
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Si deberías ir a ver al peligroso condenado es porque el resto de vecinos no va a hacerlo, aunque seguramente quiere saber sobre ese hombre. O al menos la mayoría de vecinos: una minoría, es cierto, se conformaría con su nombre y su dirección, y con eso tendría bastante para acuchillarle y rematarlo con una barra en la cabeza. Pero a los demás no les importaría saber, no, no, más bien los tranquilizaría, con quién vive el condenado, a qué se dedica, cuáles son sus horarios, su estatura, el color de sus ojos y hasta lo que piensa sobre la vida. Creo que con esos datos las personas civilizadas se sentirían algo más tranquilas. Mucho más tranquilas que si su periódico les dijera, con sobriedad criminal, John Hamilton, delincuente pederasta.
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El periodismo contemporáneo tiene muchos problemas. El éxito siempre da problemas. Yo veo dos muy graves en los nombres y en los porqués.
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Los periodistas manejan los nombres con desparpajo. Excepto el suyo: no hay sobresalto comparable al de un periodista que lee su nombre en un periódico sin haberlo escrito él. Conforme el nombre tiene menos posibilidades de influir negativamente en la carrera del periodista, el desparpajo crece. Esto es tanto por razones geográficas como morales. Imaginad a un periodista de Teruel escribiendo sobre el primer ministro indio o sobre la concejala de Relaciones Ciudadanas del Ayuntamiento de Teruel y entenderéis el desparpajo. Y ahora imaginad, despacio, a un periodista indio escribiendo sobre la concejala de Teruel. ¿Ya pasó? Recrear ahora a cualquier periodista escribiendo sobre un pederasta. El pederasta es el último eslabón humano del siglo. ¡Humano, digo: qué locura! Sobre cualquier animal escribiría un periodista con menos desparpajo. Ya no digamos sobre los animales mínimamente evolucionados como los terroristas, que disponen incluso de periódicos para trazar la indispensable épica de sus gestas. ¿Imagináis un periódico de, por y para pederastas, que defendiera técnicamente las inalienables razones de la minoría? Me perdí.
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Quiero decir que con el pederasta basta el nombre y sobra todo lo demás. Por eso News of the world publica concisas listas de nombres. El molde de esos nombres, que va vacío de cualquier otra referencia vital, social, se puede rellenar con porquería.
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Aunque no sólo los periodistas especulan con los nombres y actúan en función de la graduación de esos nombres. Os contaré una historia instructiva sobre nombres y adjetivos. La protagonizaron periodistas y jueces, en Barcelona. Un periodista escribió un libro sobre el caso Boadella. El caso Boadella, muy resumidamente, es el curioso caso de un hombre que escapó de la cárcel contrariando la opinión de otros que querían mantenerle allí. Entre los que querían mantenerle estaban los militares franquistas y la oposición antifranquista. El se largó y el asunto aún colea como si fuera la sábana que utilizó para fugarse. El dicho libro no gustó nada al crítico teatral Joan de Sagarra, y se comprende, porque el autor lo trataba de cobarde. Sagarra se querelló. Fin de la primera parte. Casi coincidente en el tiempo, dos periodistas escribieron un libro sobre el 23 de febrero en Cataluña. No insultaban a nadie. Sin embargo, afirmaban que la noche del 23 de febrero el capitán de la polícía autónoma, un franquista, digamos, llamado Gómez Alba había tranquilizado a una alta autoridad militar diciéndole que de Jordi Pujol y de los otros líderes políticos se ocupaba él. Lo que significaba que iba a pasarlos a cuchillo. En el libro, la frase no se atribuía a nadie en concreto. Sólo es que estaba en el ambiente. Gómez Alba se querelló. Las sentencias de dieron a conocer con un día de diferencia. Al autor de El cas Boadella lo condenaron por insultar a un hombre; a los autores de El 23-F a Catalunya los absolvieron. En la explicación de esta última sentencia, el juez informaba al pueblo que en un libro de esas características ya se sabe que los autores no están obligados a decir siempre la verdad. Lo digo en passant porque no me interesa hablar de la verdad. Lo que quiero decir ahora es que ni con pederastas ni con franquistas viene de un palmo. No les viene de un palmo a periodistas ni a jueces. Detrás de Gómez Alba no había más que un nombre. El hombre pasó, como el franquismo. ¡Tenemos los nombres!, gritábamos.
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Ve a ver al delincuente que ha llegado a tu ciudad, conviértelo en algo más que un nombre para poder publicar honradamente que ha llegado, pero limítate a los hechos.
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El por qué no es una pregunta periodística. Mucho menos va a ser una respuesta. Sólo un error de perspectiva o de ambición permitió su inclusión entre las cinco W (What, Who, When, Where, Why) que vertebran el mensaje periodístico. Carl N. Warren, en su canónico Géneros periodísticos informativos pone, entre otros, el siguiente ejemplo de legitimación del porqué. Tiene especial interés el que se trate de un porqué inicial, es decir que abre un lead sobreponiéndose a otras W —qué, quién— más comunes: Humillada por su madre, que la abofeteó en presencia de su novio, Anne Pearsons, de 16 años, se arrojó esta mañana por la ventana de su casa, en el tercer piso del número 16 de la Avenida Hayes. Entre la caída de Anne Pearsons y la escritura de la noticia han pasado unas horas. No más de doce, seguramente. Al periodista le ha bastado ese tiempo para determinar el porqué del suicidio de Anne Pearsons y para condenar a su madre, para siempre, ante el pueblo. Y, en la verdad de las cosas, la atribución de la relación causa-efecto al binomio humillación-suicidio tiene menos fundamento que si se estableciera como causa de suicidio el que la ventana del tercer piso del número 16 de la avenida Hayes estuviera abierta. Anne Pearsons pudo morir por qué le faltó litio esa mañana, o le bajó la tensión, o porque su novio le había asegurado, taxativamente, que si algún día veía a su madre pegarla, la abandonaría. O por todo eso, más la humillación de Warren. Una característica de los porqués es que son inacabables, metafísicamente inacabables, y que siempre se remontan más allá del principio de los tiempos. Lo que no sucede con ninguna otra de las W. Que el periodismo se atreva con los porqués no significa que su punto de vista haya alcanzado cumbres inaccesibles. Sino más bien que la banalización del conocimiento parece vertiginosa y que el público, respecto a la verdad, opta por el fast true.
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Cuando dos adolescentes mataron a una compañera, en Cádiz, los periódicos del país tardaron un par de días en dar con la clave del crimen: “La mataron porque querían ser famosas”. El problema del fast true no es sólo el embrutecimiento del público. Es que permite que las fantasías de los ideólogos se hagan reales. Quiero decir que, a partir de ahora, es más probable que alguien mate a alguien por razón de la fama. En cuanto a las chicas de Cádiz es probable que aún no sepan por qué la mataron. No son periodistas, y tardan más.
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Quiero decir con esto que si vas a verle, al pederasta, elimina de tu reportaje toda pretensión de explicar el por qué de su pederastia. Ni familia indiferente, ni abuso sexual previo, ni aquella inolvidable humillación de la primera novia, ni siquiera el gen pederasta. El porqué no es asunto tuyo. No sabes bien de quién es asunto. Pero seguro que no te compete.
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Hay pocos pederastas en el mundo. Quien no esté dispuesto a suscribir esta afirmación tajante deberá pasar al extremo opuesto: casi todo el mundo es pederasta. Pero como estas bienintencionadas generalizaciones son del tipo de aquéllas que suplen, que creen suplir, la razón con la solidaridad, me ocuparé de la primera. Tipos enamorados de niños hay pocos. Entre estos pocos, hay poquísimos que sean, además, delincuentes.
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Una portada de periódico también se hace con la anormalidad. Es ridículo seguir sosteniendo, ciertamente, que noticia es que un hombre muerda a un perro. Noticia, la que nos interesa, y la que interesará al futuro, es que el perro muerda al hombre, todas las veces en que eso pase. Si esta regla se hubiera cumplido, el pueblo español no habría asistido, atónito, a la repentina y masiva aparición de maridos que matan a sus mujeres. Pero es que les habían enseñado en las escuelas que no consideraran noticia el que el perro las mordiera. A pesar de ello, el hecho insólito debe tener su lugar en el periódico. Por insólito, en términos absolutos (un perro de cinco patas), o porque puede ser el comienzo de una serie de hechos que se convertirán en corrientes (insólita fue, en este sentido, la primera muerte conocida de un enfermo del sida). Ahora bien: uno de los peores crímenes periodísticos es dar a lo insólito el tratamiento de un hecho corriente. Entre otras cosas, vuelvo tangencialmente a Cádiz, porque ésa es una de las primeras condiciones para que un hecho insólito se convierta en hecho corriente.
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Cuando empecé a escribir el libro sobre el caso del Raval el primer hecho periodístico que me deslumbró fue el siguiente titular: Una pareja alquilaba a su hijo de 10 años a un pederasta por 30.000 el fin de semana. En mi modo de ver las cosas, esa noticia habría debido ocupar parte de la portada del periódico, porque aquel día en la portada había sitio para ella. No salió en portada y en el interior su tratamiento fue muy austero. En los días siguientes, la noticia no generó un solo comentario periodístico y las radios y televisiones se ocuparon del asunto discretamente. ¿Queréis volver a leerlo? Dice alquilaba, hijo y pederasta. ¿Eso sucede cada día, en vuestro barrio? Tan insólito era que era mentira.
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En el año 1980, murieron en el País Vasco más de cien personas a causa de la violencia de los terrorismos. Alguno de estos muertos ocupó sólo un breve. Los periódicos tienen su parte de culpa en que el terrorismo haya enraizado. No hay que acostumbrarse jamás a los asesinos.
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He hablado antes de maridos que matan a sus mujeres. Siempre lo han hecho y ahora esas muertes se publican. Los periódicos explican, implícitamente, el porqué de tanta muerte doméstica: se trata de la violencia sexista. Algunos de esos crímenes los cometen personas sometidas a la violencia del alcohol. El porqué no es tu sustantivo, maestro.
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Periodistas y pederastas tienen algo en común (dejando los periodistas pederastas al margen): no creen en la eternidad. Deberían entenderse mejor.

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:42 pm

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