Estilo y Narración II

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buscando carne que morder

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Si bien la crítica literaria posdictadura traspasó las barreras de la elite, adjuntando cultura pop y desgajando el conjunto social, su evolución supone un nuevo sesgo: “la aparición de críticos-promotores, otros que apelan a cuestiones bastante dudosas y los más, que se aferraron a la rebeldía”, explica uno de ellos, Alejandro Zambra. Para Álvaro Bisama, otro de sus representantes, el problema reside en la totalidad de la producción literaria vigente. Camilo Marks en cambio, no habla de estos temas.

Por Ximena Ramos Wettling / La Nación, Miércoles 28 de Septiembre de 2005

Hace algún tiempo Nicanor Parra dijo que Chile es un país de columnistas, metiéndose al bolsillo el “Chile, tierra de poetas”. Parra, atento a su entorno, mencionó una serie de nombres que estaban, y otros que están, dedicados a la opinión: Roberto Bolaño, Rafael Gumucio, Mauricio Electorat, Alejandro Zambra. Este último, autor de la sección “Escribieron en Chile un día” de “The Clinic”, no se sorprende: “Parra es un columnista, basta leer ‘La sonrisa del Papa nos preocupa’, uno de los mejores poemas de los años ochenta y, también, una inesperada columna de opinión; ladeada, como todas las buenas columnas, necesaria, puntuda”, dice. Y aunque la columna de opinión se manifestaba inesperadamente en los silenciados años ochenta, por ejemplo, a través de la antipoesía de Parra, no fue hasta fines de la dictadura misma cuando cobró fuerza por medio de voces que comenzaron a discutir más libremente. En Chile existió la necesidad de opinar. Y esto puede llevarse directamente a lo que experimentó la crítica literaria, que dejó de ser simple reseña de juicio estético para transformarse en columna, en opinión contingente. Pero hay que sumarle algo más: los críticos, a su vez, comenzaron a practicar un ejercicio retórico al escribir, generando un cuasi género literario con ello. Y también se agregó una amenaza: “La aparición de críticos-promotores que leen como alguien les ha dicho que tienen que leer, otros que apelan a cuestiones bastante dudosas y algunos, los más, que se aferraron a la rebeldía”, completa el mismo Zambra. En tanto Álvaro Bisama, crítico literario que se ha desempeñado en “La Tercera” y actualmente en la “Revista de Libros”, también apela a que existe una carencia que raya en el fondo de todo esto: “una literatura que dé pie para más y mejores críticas”. Pero, ¿cómo se llegó a lo que actualmente conocemos como crítica literaria?

EL CURA Y LA ESCUELA DE AGUIRRE
Alone y Valente fueron los críticos literarios por excelencia durante el régimen militar. Sobre todo este último, considerando que Alone murió en 1984. Valente (nombre “artístico” del sacerdote José Miguel Ibáñez Langlois) efectuaba sus reseñas de libros con su sesgada y elitista columna dominical en el diario “El Mercurio”. “El gran problema de los ochenta es que no habían voces públicas que mediaran los textos, salvo la de Valente”, declara Bisama, agregando que el sacerdote “era una figura que ataba el pasado dictatorial y presuponía la idea de una petrificación del arte en las manos de las elites que tienen horror a la cultura pop, a la historia y a la misma escritura”.

El recambio vino cuando la dictadura firmaba su finitud: con la llegada de la “nueva narrativa” hubo un escenario de más textos y posibilidades de ejercer la crítica literaria y derrocar al imaginario que había apelado por tantos años Valente. Ya se estaban retirando las medallas y cartas perfumadas de Margaret Thatcher de La Moneda cuando el actual crítico literario de “El Mercurio”, Camilo Marks -casi al unísono con la entrada de la “nueva narrativa”- hace su aparición. Es Mariano Aguirre quien lo lleva desde la revista “Apsi” a criticar al suplemento del que era editor en el desaparecido diario “La Época”, llamado “Literatura & Libros” y que dio cabida al surgimiento de nuevas letras enjuiciadoras. El suplemento también contaba entre sus líneas con Javier Edwards, Bernardo Subercaseaux, Naín Nómez, Federico Schopf, Raquel Olea, Diamela Eltit, Jorge Guzmán y Rodrigo Cánovas. Casi se puede hablar del legado de Mariano Aguirre, añadiendo el hecho de que después de su muerte se formó en la Universidad de Chile el mítico taller que llevó su nombre, comandado por Patricia Espinoza y el profesor Bernardo Subercaseaux, actual vicedecano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile. Esta suerte de escuela crítica funcionó durante cinco años, pasando por ella Rafael Gumucio, Álvaro Bisama, Roberto Contreras y Alejandro Zambra, todos activos en el campo de los comentarios literarios. Ellos, a juicio del propio Subercaseaux, “muestran un cambio generacional en que se cultiva la crítica con mayor libertad y como un ejercicio en que se asume una postura, no haciéndola gelatinosa, y dándole al mismo tiempo algún relieve estético a la propia escritura”.

En ese sentido, el académico apunta a que los críticos comenzaron a imprimir una mirada con una apuesta que va de la mano con aferrase a la contingencia, jugar con ella, con los referentes académicos, con los culturales, creando miradas ácidas que atraviesan la realidad. “Usar libros, cultura pop, paranoia, una que otra referencia cinematográfica, comics, sospecha conspirativa, epifanías y muchos libros. Una coctelera extraña con líquidos radiactivos”, explica Bisama, sobre su otra ocupación -también es profesor de castellano-, agregando que “me gusta la idea de un país de columnistas y no sorprende que la idea venga de Parra, que es como Primal Scream: siempre va dos o tres estilos más adelante que el resto. Me agrada ver un país del disenso, de la impostura, de la ficción como herramienta para intervenir o comentar la realidad y de los críticos como comentaristas de un presente que se les escapa”.

“Me pagan por rebelde”
Pese a que la crítica literaria fue transformándose en columna de opinión evidente, con múltiples referentes, y no olvidándose, según Bisama, que “es un espacio de resistencia en el que se sugieren políticas de lectura diferentes a la voz monofónica de los ochenta, pero igualmente haciendo un guiño a los lectores”, su evolución es paradójica hoy en día. Camilo Marks, aunque está inmerso en el campo de la crítica con su columna en la “Revista de Libros” es reacio a referirse al tema. El más antiguo de los críticos en acción prefiere marginarse ante el panorama actual y futuro, aseverando que carece de opinión sobre este cuasi género: “quizá se debe a que la estoy ejerciendo semanalmente hace 18 años. Estoy seguro que si le preguntaran a Marcelo Salas qué opina sobre el fútbol chileno del momento, diría, en sus propias palabras, lo mismo que yo”.

Otros, en cambio, sí se atreven a formular predicciones y, paradójicamente, evaluar su estado. Zambra asegura que el momento actual de la crítica chilena “me parece de parcial a nublado y siempre va a ser así, incluso es deseable que sea así, pues, como diría algún pomposo profesor, la crítica siempre está en crisis”. Y aunque es considerable el cambio post dictadura pues existen “más posibilidad de divergencia y más lugares donde escribir, la realidad es que los medios siguen siendo muy pocos”, dice.

Siguiendo la misma línea, Subercaseaux opina derechamente que “los espacios culturales en los medios están cada vez más restringidos, la literatura y los libros han perdido legitimidad en el espacio público”. Además, los lugares mediáticos que albergan las críticas literarias efectúan, de una u otra manera, sus propias exigencias, no sólo de auspiciar a críticos-promotores, sino también y en ascenso, la moda de ser irreverente. Zambra hace mención a ello en cuanto a que “no es un medio en particular, sino una tendencia generalizada, es como escuchar la canción de Los Prisioneros, ‘Me pagan por rebelde’. Y si bien, no resulta fácil leer sin miedo y sin auspicios, lo más difícil es leer de verdad”. Bisama, ve la falla en otro factor: la misma producción literaria actual, pues la crítica es sólo un costado de un problema mayor y no irá a ninguna parte si el medio general tampoco avanza. “Falta que la literatura chilena explote tal como lo hizo años atrás con nuevos géneros, nuevas ideas y más riesgo. Más carne que morder”, completa.

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 8:52 pm

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