Estilo y Narración II

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la conjura de los necios

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Mabuse recogió el guante de los ataques de la producción de Gente decente a la crítica nacional, con la intención de tratar de entender la pataleta y con la ingenua ambición de por fin sentarse a conversar de cine y no de números o de rostros con los realizadores. Aunque la historia dice que se trata de un diálogo de sordos, no perdemos la esperanza.

Por Jorge Letelier / MABUSE / 28/01/2005

I.

Por momentos (más de los que uno quisiera), resulta indescifrable entender lo que pasa por la cabeza de un cineasta. No al momento de crear una obra, historia, guión o cómo se le llame, sino que al final del proceso, al momento de ver el producto terminado y proyectado en una pantalla. Se puede inferir, y con razón, que la cercanía con ese material durante largos meses y años, contamina la percepción y la pretendida lucidez para descubrir defectos, pifias, alguna escena con un plano de más o ese pequeño error de la cámara, por lo que este ejercicio resulta ser simplemente inabordable.

Pero si este acto de lucidez se demuestra como insalvable la mayor parte de las veces, peor resulta cuando todo o casi todo falla lastimosamente y la mirada fría y distanciada del crítico -y peor aún, del espectador- recoge inmisericordemente un producto que no da con la tecla pese a las buenas intenciones o explicaciones del cineasta. El tema puede sonar simple, y la falta de talento sin más asoma como la lógica explicación, aún a costa de presenciar la consabida pataleta y la defenestración del crítico. Pero hay casos en que no hay dos opiniones en torno a lo fallido o bochornoso de una obra, pero que es capaz de levantar airados reclamos y explicaciones que bordean el absurdo.

Gente decente
El episodio de hace algunos meses en torno a Gente decente, las críticas negativas y los furibundo ataques en contra de los críticos por parte de la producción del filme, trae a la memoria otras guerrillas similares que por desgracia ocurren en el cine chileno con la regularidad de las crisis económicas: cada cierto tiempo hay alguna cinta que las emprende contra los que critican mal la obra y luego del barullo se pasa a estadios más confortables de crecimiento. El único consenso en estos casos, ha sido la discutible idoneidad del filme en cuestión: Cómo aman los chilenos en los ochenta, Entrega total en los noventa, y Gente decente en los venturosos tiempos actuales.

II.

El ejercicio de la crítica parece ser la única actividad que se asemeja al fútbol y como esta, siempre ha estado flanqueada por una constatación tan sinuosa como peligrosa: así como cualquier ciudadano es un potencial entrenador y tiene la solución para los males de la selección, cualquier espectador de cine tiene una opinión sobre las películas según una lógica implacable: “me gustó o no me gustó”. Y eso, en la mayoría de las veces, deja el trabajo de los críticos en un terreno de nadie, en una zona en que bien se puede pensar que es una actividad plenamente descartable.

Este conocimiento estandarizado del lenguaje audiovisual y la penetración transversal del cine en la cultura popular, transformaron su naturaleza en un saber público, a diferencia de la literatura o las artes plásticas. Y por ello, la desconfianza ante los críticos y la relativización que se hacen de sus juicios es parte de la vida diaria con la que debemos convivir. Y en esta constatación se ha basado también gran parte de las querellas contra la crítica nacional, este permanente ninguneo de las capacidades del crítico para analizar la obra en cuestión, y en el caso de los cuestionados, los cineastas, una defenestración lisa y llana contra los que escriben y -en algunos casos piensan- los filmes.

Seamos sinceros. La crítica de cine en nuestro país poco ha aportado al devenir de la actividad. Así como los cineastas poco se han prodigado en inteligencia, rigor o pasión en construir un corpus de cintas que logren decir algo del país y captar la atención del espectador. El ejercicio de la actividad se ha focalizado mayormente según la lógica cortoplacista, en la crítica impresionista de corto alcance que es incapaz de poner los filmes en alguna perspectiva (histórica, artística, social), y eso ha sido en parte responsabilidad de la muy curiosa situación editorial, que con su estructura duopólica no permite en su voracidad libre mercadista la existencia de medios más amables con la reflexión, no sólo la cinematográfica. Pero también ha sido miopía del resto de los involucrados, los cineastas, por su negativa a polemizar y a debatir según criterios artísticos, y los lectores y/o espectadores, por mantener con su indiferencia la actividad en terrenos eternamente marginales.

III.

Hace diez años atrás, un inserto publicado en el diario El Mercurio por Leonardo Kocking luego del estreno de su filme Entrega total, pedía al público ignorar las críticas y asistir a las exhibiciones de su cinta para apoyar al cine chileno.

Resulta que la cinta protagonizada por María Erica Ramos y Axel Jodorowsky fue vapuleada por la crítica con ferocidad inusitada (con razón, porque la película era impresentable bajo todo punto de vista, y sin, porque los comentarios llegaron a límites mucho más allá de lo estrictamente cinematográfico, transformándose en muchos casos en denostaciones personales), pero el tema de fondo es que con esta curiosa experiencia, parecía cerrarse un ciclo dentro del cinema chilensis: el del viejo y querido paternalismo indulgente con los filmes nacionales por el sólo hecho de existir, asumiendo que su difícil gestación era suficiente para mirarlas de una forma más complaciente.

Posterior a este hecho se siguieron estrenando malas películas, algunas igualmente indefendibles (Mi último hombre, Angel negro), pero la polémica en torno a la “crítica” no había llegado a cauces tan bananeros, a pesar de que la respuesta de los directores ante las malas críticas siempre ha estado bajo el tamiz de la sobrerreacción (fue el caso de Miguel Littin luego de Tierra del Fuego o Alex Bowen por Campo minado). Hasta ahora, que los fantasmas de épocas pre-chacoteras aparecen amenazantes en el horizonte.

Y la razón de todo es un mail que circuló en algunas redacciones firmado por Claudia Demaría, Productora Ejecutiva de Gente decente. Bajo el título de “Necesito crítico extranjero para película chilena”, el texto acusa a la crítica nacional de envidiosa, débil e incapaz, detallando con profusión los errores que algunos críticos tuvieron en el análisis a la cinta de Edgardo Viereck.

“¿Un intento por destacar entre la fauna periodística? ¿Oscuras intenciones por destrozar el impulso que ha dado el cine chileno en los últimos años? ¿Envidia? ¿Competencia por lograr notoriedad a través de irónicos comentarios? ¿Incapacidad de hacer una buena crítica? ¿Ignorancia? ¿Mala leche?. No lo sé”.

Claudia Demaria

El tono de la señorita Demaría es demoledor, y entre las muchas y delirantes acusaciones, queda una flotando en el aire: “Oscuras intenciones por destrozar el impulso que ha dado el cine chileno en los últimos años”. La afirmación, que huele a tiempos de guerra fría, es rotunda y parte de una aparente constatación: mientras el cine chileno se esfuerza por crecer, la crítica busca torpedear sus bases, como si fuera una condición sine qua non del ejercicio. Craso error. Si la actividad ha dado un impulso en los últimos años, lo debe primordialmente al apoyo del público, reconciliado de la seguidilla de despistes con que se le solía castigar. Y porque los filmes nacionales han ganado en madurez narrativa, simpleza y son capaces de entenderse mínimamente fuera del país, y van a festivales y ganan premios. ¿Y cómo se logra todo esto?. No precisamente por tener a la prensa de enemigo, sino porque por sí mismos estos elementos son objetos de atención periodística.

Se sabe. En estos tiempos importa más que se hable de algo o alguien a que se hable bien o mal. El discurso convertido en mensaje. Este fenómeno, que ha influido las recientes teorías sobre los mass media, se vuelve clarificador en nuestro punto: el cine chileno ha crecido a espaldas de la calidad de sus películas. Hoy por hoy, toda cinta con pretensiones de comercialidad tiene a una agencia de comunicaciones tras suyo, la prensa está ávida de hablar con los actores, se cubren los rodajes y las premieres son objetos de atención farandulera. En una frase, el cine chileno antes, durante y después, es noticia. Y la crítica es sólo el apéndice final de ella.

Veamos las cintas estrenadas el 2004. B-Happy, Mala leche y Azul y blanco tuvieron discretas taquillas, pero las tres se pueden ufanar de haber tenido una gran cobertura de prensa y en dos de ellas (las de Gonzalo Justiniano y León Errázuriz), críticas más que positivas y premios internacionales relevantes. ¿Por qué no funcionaron?. Mala elección de fechas, demasiadas copias y en el caso de Mala leche y Azul y blanco, haber cometido el disparate de estrenar con una semana de diferencia cuando la temática era similar.

Pero luego el suceso de Machuca condicionó lo que vino después, y eso afectó positivamente a Cachimba, Promedio rojo, Mujeres infieles y en menor medida hasta Gente decente. Todas ellas lograron más cobertura de la que tuvo en su tiempo El chacotero sentimental, y lograron taquillas de medianas hacia arriba (sobre los cien mil espectadores las tres primeras, y cerca de cuarenta mil la de Viereck).

Curiosamente las “oscuras intenciones por destrozar el impulso que ha dado el cine chileno en los últimos años” no se condice con este panorama. Las críticas que recibieron Mujeres infieles y Promedio rojo fueron bastantes tibias en general (y hay que reconocer que se trataba de cintas mediocres), y no por ello dejaron de ser aceptables experiencias comerciales. Y eso no es por lo que diga o no diga la crítica, sino por hacer eficientes campañas de marketing, lograr una adecuada difusión comunicacional, dimensionar la cantidad de copias realmente necesarias y quizás, en la medida de lo posible, hacer buenas películas.

IV.

Pero volvamos a Gente decente. La indignación que recorre la carta en cuestión es sintomática de este diálogo de sordos. El enojo epidérmico y la defenestración con quien opina distinto no debería asombrar a nadie. La ignorancia y la falta de distancia con la cinta se suple bastante bien con la ofensa, que no es más que la incapacidad de poder observarla con otros ojos, o siquiera observarla.

Gente decente es una cinta mediocre. Mediocrísima. Que se tropieza en su ansiedad casi infantil de ser un producto comercial acorde a los tiempos, con sexo, crímenes y una cierta adscripción al género policial que de por sí nos transportaría a códigos reconocibles, pero que se aprovecha de la profusión de actores en cutis que ha poblado nuestro cine reciente para sacar su tajadita de la torta. Pero lo hace con una torpeza inexcusable que sólo nos lleva a la incredulidad y el rechazo por lo desafortunado de sus elecciones estéticas y narrativas. Si hasta la mención a Hitchcock que se deslizó en notas previas al estreno, hablan de un absoluto alejamiento de la realidad.

Resulta revelador además de que no se trata de torpezas propias de un debutante. Viereck había realizado el 2000 la comedia Mi famosa desconocida, una muy ingenua historia sobre una empleada doméstica que también había sido vapuleada por la crítica e ignorada por el público. Pero quizás no era el momento para atacar a la crítica. Un debutante despreciando a quienes no le gustó su filme suena a acto de soberbia descontrolada. Ahora, cuatro años más tarde, hay algo más que dinero en juego.

Prosigue Demaría: “La verdad es que me asombra la incapacidad de una buena parte del medio periodístico, que dice ser crítico de cine u opinólogo (vaya a usted a saber con qué propósito), la mayoría de los cuales no saben ni de qué están hablando, ocupando una tribuna preferente con total impunidad para hacer de juez frente a una industria que, a todas luces, desconocen”.

Seguramente la señorita Demaría apela al viejo y trasnochado lugar común que supone que los críticos de cine son envidiosos de los cineastas, o dicho de otro modo, cineastas frustrados. Si es así, asume que el propio Viereck lo fue, ya que laboró como crítico en los folletos que entregaba el Cine Arte Normandie antes de dedicarse a dirigir. Quizás este cultivó una sana envidia que finalmente logró trasladarlo tras las cámaras. Pero queda una duda en el aire: ¿Viereck sólo criticó buenas películas? ¿Nunca se enfrentó a la “disyuntiva” de escribir sobre un mal filme?. ¿Y cuando lo hizo, se sintió una escoria humana? Como decía Truffaut, “lo ideal sería escribir tan sólo sobre cineastas que nos gustan”. Pero como eso no es posible, el propio director francés (y “envidioso” crítico) aclaraba que “conviene denunciar la vulgaridad, necedad y bajeza de inspiración de todos los films poco sinceros”.

Más allá de sus múltiples aristas como obra, y de la “inspiración” o no de la crítica para leerlas, la experiencia de Gente decente es sintomática de un posible estado que la crítica debería avizorar, explicar y reflexionar en torno al facilismo de cierto cine, sus naturales entrecruzamientos con la sociedad de hoy y cómo eso puede explicar épocas pasadas y puede prefigurar un cierto futuro. Y aunque Gente decente no sea necesariamente la tendencia dominante, es un peligro latente.

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Written by Marisol García

July 28, 2009 at 9:00 pm

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