Estilo y Narración II

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La solución Pincheira

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La tozudez no tiene límites. De creerle a un sector, todo lo malo es culpa del Gobierno, todo lo regular (que escasea) pudo salir mejor si no lo hiciera el Gobierno, y lo nada que anda bien, anda así muy a pesar del Gobierno.

Por Guillermo Blanco / La Nación, Miércoles 31 de Enero de 2007

Un rasgo chileno que llama la atención es la incapacidad para discutir sin salirse del tema. El fenómeno se ha vuelto habitual. Ya no extraña. Por ejemplo, si A es partidario de la píldora del día después y B está en contra, el intercambio de argumentos tendrá poco que ver con las ganas de convencerse mutuamente. ¿La píldora es contraceptiva o no? Da igual. Sea cual fuere la posición que se salió a defender, se la defiende.

Las razones que éste o aquel esgrime, rara vez buscan persuadir. El objeto, parece, es repetir que A opina lo que opina y B lo que le opone: ambos se emperran en lo que partieron afirmando. En la frase típica “Yo estimo que sí es porque…” o “que no es porque…”, los puntos suspensivos equivalen a un mero sí. ¿Por qué? Porque sí. Según los pro, la píldora es “inocente porque es inocente” y la eximen, y los antis la acusan de “ser abortiva porque es abortiva”, luego condenan su uso, o a los usuarios o usuarias o cualquiera que los absuelva.

Se supone que todos creemos en la libertad de expresión (restringida, según muchos, a expresar lo que ellos aceptan o aprueban). Una norma implícita en esto es “donde nosotros mandamos, que nos obedezcan; donde ellos mandan, que nos respeten”. Botón de muestra: el “Diccionario de Teología Moral”, de Pietro Palazzini, estipula que en un hospital regido por monjas, ellas “no pueden llamar a un ministro no católico para asistir a un moribundo no católico”.

Existen materias que siempre fueron resbaladizas.

Pío XI advirtió en 1929 sobre los acechos de la educación sexual. Recalcaba la necesidad de que un padre que toca el tema con su hijo “esté bien prevenido y no descienda a detalles, ni haga referencia a las varias maneras en que esta hidra infernal destruye con su veneno una porción tan grande del mundo”.

¿Hablar de lo que no se habla o no hablar de lo que se está hablando?

Aun algunos santos extreman el rigor. San Francisco de Sales juzga “marca infalible de un espíritu holgazán, bajo, infame y abyecto, pensar en alimentos y en comer antes de la hora de comida.” Después habrá tiempo para arrepentir-se en señal de pía continencia. Dentro del tema (o apenas al lado afuera), Santo Tomás de Aquino anota que, según algunos, “un hombre en estado de inocencia no comería sino lo necesario; luego no caería en defecación excrementicia; pero sería ilógico que el alimento ingerido contuviese algo inepto para nutrir al cuerpo. Por ende, habría necesitado expulsar lo superfluo, y Dios habría dispuesto que nada indigno pudiera derivar de ahí”.

Servir a la verdad agobia. El deber de acertar siempre es sobrehumano. Pero miles lo asumen. El proceso a Galileo es emblemático: en 1633, los inquisidores de la Santa Sede lo declararon “fuertemente sospechoso de herejía; a saber: de haber creído y sostenido la doctrina, falsa y contraria a las sagradas y divinas escrituras, de que el Sol es el centro del mundo; y que puede defenderse una opinión declarada y definida como contraria a los Textos Sacros”.

¿Cosas del siglo diecisiete? En 1947, el jesuita Martín Scott escribió en “Science helps the Church” (“La ciencia ayuda a la Iglesia”) que el caso de Galileo proporciona excelente evidencia de una actitud y proceder genuinamente científicos”. Otro santo, el Papa Gregorio VII, dictaminó en 1075 que “la Iglesia jamás ha errado y, de acuerdo con las Escrituras, jamás errará”.

Sería injusto cargar a la cuenta de la Iglesia Católica el monopolio de es-tos traspiés. Nosotros vivimos en Occidente y sabemos más de esa que de otras religiones. Un ejemplo distinto, que estremece a la gente culta, es el desastre que generó la orden del califa Omar de destruir por el fuego la Biblioteca de Alejandría. Historia o leyenda, su argumento es célebre en los anales de la estupidez:

-O los libros de la Biblioteca dicen lo mismo que el Corán, y entonces basta el Corán, o dicen cosas distintas, y en tal caso se han puesto contra él.

La tozudez no tiene límites. De creerle a un sector, todo lo malo es culpa del Gobierno, todo lo regular (que escasea) pudo salir mejor si no lo hiciera el Gobierno, y lo nada que anda bien, anda así muy a pesar del Gobierno.

Lo último en la materia es cierto personaje que, hablando de un temporal, reprochó a las autoridades que “desde mucho antes estaban al tanto de que podía pasar esto”.

¿Y en consecuencia qué? ¿Debieron atajar el temporal?

La obsesión por aquello que uno profesa, acepta o prefiere, venga o no venga al caso, tiene un ejemplo claro en un viejísimo chiste, que no por los años que lleva ha logrado convencer bastante sobre su palpable moraleja: un grupo de compinches sale de una fiesta y alguno de ellos invita a los demás a seguirla en su casa. Allá van, pero al llegar el huésped se da cuenta de que ha olvidado las llaves: están dentro y no hay nadie a quien pedírselas. Después de buscarse y rebuscarse los bolsillos en vano, se vuelve a los demás, a ver si de ellos sale una solución. Tras mucho deliberar, uno de los amigos, el hoy célebre Pincheira, propone al resto lo que él vive soñando:

-¡Vamos a putas!

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 9:08 pm

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