Estilo y Narración II

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normal con alas: Los Eguiguren reloaded

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Por Jorge Letelier / Mabuse – 22/11/2007

Una de las tantas consecuencias de ser un país que se mira y se explica a sí mismo a partir de estructuras (de clase, de apariencia), es que en el arte –el supuesto encargado de reflejar y subjetivar las imágenes simbólicas de una sociedad- esta idea sea casi una máxima. Y en el cine chileno esta noción ha sido una permanente prisión, ya que desde siempre se ha inclinado a mostrar o describir ambientes rigurosamente identificados según la clase, el segmento social. Si durante décadas el lugar común indicaba que las clases populares y su círculo de marginalidad, pobreza y delincuencia (como variables intrínsecamente relacionadas) ha sido casi un género per se, hoy se intenta deliberadamente justificar o compensar tal inclinación poniendo el ojo en su opuesto, la “clase alta”.

Bajo este improbable esquema, hemos visto familias fracturadas por la incomunicación y el vacío afectivo (Se arrienda), el crimen y la locura tras el mantenimiento de las apariencias (Fuga), o el conservadurismo patológico e histérico (Fiestapatria), todos reduccionismos que intentan situar desde un punto de vista falsamente progresista, las supuestas abyecciones de las clases adineradas o con poder. Dicho en otras palabras, el segmento ABC1 en el cine chileno corresponde a una galería de miserias humanas: personas frías, que viven en un permanente desprecio hacia los demás, de una humanidad empequeñecida por las ambiciones materiales y un patológico conservadurismo moral.

Se trata de experiencias torpes, poco atentas y menos sensibilizadas con los pliegues y complejidades de personas bajo este “esquema” social, que no es más que la reproducción de un imaginario social y cultural profundamente arraigado pero que lamentablemente responde a una práctica idiosincrática que todos, en mayor o menor medida, practicamos cotidianamente. Bajo esta mirada, Normal con alas no sólo supone la penosa continuidad de estos falsos preceptos, sino que su simplismo y falta de sutileza bien puede ser el peor ejemplo de esta lamentable tendencia. En la cinta, un colegio de mujeres ultracatólico y producto de una tradición familiar (el líder de la familia entregó la casa para que sus descendientes lo administraran) es conmocionado por la existencia de tráfico de marihuana, realizado por un par de alumnas (Macarena Teke y Paulina de la Paz) quienes embarcan en el negocio a la “tía” encargada del baño (Teresita Reyes), quien vende las toallas higiénicas que contienen los pitos en su interior. El primer gran problema surge porque el “hecho” (el tráfico) corresponde al pasado y lo podemos ver por varios testimonios a la manera de un reportaje televisivo, que nos narran los hechos, mientras se dramatizan algunas situaciones. Si ya desde un punto estético esta puesta en escena nos aleja radicalmente de una concepción plenamente cinematográfica, aún es peor que esta opción termine por reducir a caricaturas a los personajes que intervienen. Así, la “entrevista” en cámara obliga a que los personajes dejen claro que tipología representan sólo por su impostación, ni siquiera en los hechos dramatizados que pudieran darle algo de matices. Los personajes de Paz Bascuñán, la alumna cuica y chupamedias que destapa el escándalo, las hermanas de la directora del colegio (Katyna Huberman y Francisca Merino) y una que otra ex alumna (Jenny Cavallo), se definen en base a lo que “dicen” sus dichos y no a cómo actúan, reduciéndose a meras maquetas trabajadas con el rigor de una mala teleserie de cartón.

La estructura de falso documental (televisivo, habría que agregar) que intercala testimonios a la ficción, es un recurso muy usado en comedia. Ya lo hizo en Chile Marco Enríquez en su cortometraje 10.7, y ha sido trabajado por directores reconocidos como Woody Allen o Rob Reiner en Cuando Harry conoció a Sally. Pero han sido pequeños recursos narrativos para aligerar la narración, no la estructura en sí. Por ello es que la opción de la directora Coca Gómez (guionista de teleseries como Machos) es extraña, en la medida en que parece no confiar en su propia capacidad narrativa y deja todo en manos del discurso y no de la acción. El ejemplo más claro es el de Luis Tosar, el actor español que interpreta a un cura rockero que tiene una cruzada contra las drogas y que fue llamado luego que se destapara el escándalo, el que jamás sale de su confortable casa y es apenas un entrevistado que dice que conoció el caso, pero al que jamás vemos en la ficción interactuando con las protagonistas, desnudando además de una rústica y pobre variante de la coproducción.

Normal con alas cumple religiosamente con todos los lugares comunes del tema en cuestión: prefiere reírse de cómo (creemos) son los cuicos antes de comprender porqué son así; los pocos exponentes de “otra” clase social son morenos y feos (el encargado del aseo y los profesores de filosofía y gimnasia), para que no queden dudas de que son distintos, y su humor se basa en oponer desde un punto de vista moral las diferentes opciones (las rebeldes son tan rebeldes que se acuestan con su profesor, las cartuchas son tan mojigatas que en su testimonio aparecen con su esposo). La opción fracasa estrepitosamente porque no hay un verdadero antagonismo: el personaje de Bascuñán no persigue objetivo alguno, sólo denuncia a las “libertinas” espantada por su opción moral. Si acusa el comportamiento de las otras por venir de familias mal constituidas, le opone alusiones a la misa y a chistes para reafirmar lo conservador que se puede ser. Por ello, más que componer personajes medianamente creíbles, estos tienen el espesor y verosimilitud de algún tardío sketch de los Eguiguren del antiguo Sábados Gigantes.

Es cierto, personajes así pertenecen a nuestro imaginario y caricaturizarlos en nuestra forma de afirmar lo opuesto que somos (o que queremos ser). Pero una operación artística, del aliento que sea, requiere un rigor por escarbar en algo más que un retrato de cartón piedra que ya hemos visto innumerables veces en malos programas de televisión. Si a nivel de contenido la torpeza del filme es evidente, su puesta en escena es sencillamente una involución: mal iluminada, con planos poco trabajados y sin una cabal dirección de arte, el filme parece un entusiasta divertimento de la directora junto a sus amigos actores, hecha sin reflexión ni recursos. Un dato revela esta falta de pulcritud: la falta de “ambiente” colegial. Salvo las 7 u 8 alumnas del curso en cuestión, no hay más colegiales deambulando por pasillos y patios. Lo que puede parecer un simple detalle, le resta cualquier atisbo de verosimilitud al relato al no poder instalar un microcosmos concreto, un colegio de clase alta fracturado por una tensión que atraviesa todos sus estamentos.

Según contó la directora Coca Gómez, el origen surgió de un episodio que ella misma vivió en sus tiempos colegiales, por lo que el retrato tendría el peso de haber sido “real”. ¿Basta eso para darle espesor a un tema que inevitablemente nos empuja hacia la sátira, la crítica social o por último la hipocresía de clase? Lamentablemente el filme no lo entendió así y pese a los intentos de hacer una comedia aguda, el resultado camina en dirección opuesta. Por ello el ver en su desenlace a la mujer del baño como único culpable (y llevada esposada a la cárcel), cierra el círculo y deja claro que el statu quo es el de siempre. Porque nos podremos reír de la clase alta y sus miserias, pero al final los que pagan y sufren son los pobres. Qué curioso progresismo.

Normal con alas
Chile, 2007
Dirección y guión: Coca Gómez
Producción: Coca Gómez, Nicolás López, Miguel Asensio Llamas
Fotografía: Caco Correa
Música: Manuel Riveiro
Montaje: Diego Macho, Juan Andrés Condón
Elenco: Macarena Teke, Paulina de la Paz, Paz Bascuñán, Gonzalo Valenzuela, Teresita Reyes, Will Edgar, Manuel Peña, Luis Tosar.
85 minutos

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 8:15 pm

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