Estilo y Narración II

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opinar

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Por Pedro Gandolfo / El Mercurio – Marzo 25, 2006

A pesar de que esta columna pertenece a una sección que se denomina, precisamente, “Opinión”, lo cual daría una suerte de patente de corso para opinar y una especie de categoría profesional de “opinador”, percibo en mí —y no es, en absoluto, por humildad— una resistencia a dar mis opiniones (acaso me he acostumbrado a disimularlas, acaso me doy cuenta de que son muy poco originales, o francamente necias, o poco útiles).

Me sorprende, en cambio, la facilidad con que la gente opina. Si usted en una conversación hace el esfuerzo de guardar silencio, observará que sus contertulios hablan mucho y, de lo tanto que hablan, la mayor parte corresponde a opiniones. Pocos se aguantan ante la tentación de opinar.

Yo, por ejemplo, a veces no he leído un libro o visto una película, pero sí una reseña o un comentario de ellos, y sobre la base de ese poco y de lo que los demás opinan (quizás tan ignorantes como yo), opino también. Siento que vivimos en un permanente estado de delirio por opinar, de echar encima del otro, a como dé lugar, nuestra subjetividad sobre el tema que venga. Una persona que requerida en una discusión o conversación, responde “no sé”, es vista como un pájaro raro, acaso extravagante.

Y opinar es asunto no banal. Los griegos distinguían la opinión (doxa) del conocimiento verdadero y cierto (episteme), que después los latinos llamarían “scientia”. Si bien el opinar no podía, por su objeto, alcanzar el grado de verdad y certeza que la “ciencia”, ello no implicó dejarlo en el desamparo de la arbitrariedad, sino que su discurrir también quedó sujeto a un método racional.

El mundo de las cosas opinables —algunas de las más hermosas e importantes para nosotros— es gigantesco. En esa comarca, las posibilidades del conocimiento son menores, porque la materia por conocer pudo bien haber sido de un modo distinto del que fue. Un verso, por ejemplo, ¡cuán frágilmente está instalado en su ser! Tanto, que a veces el propio poeta nos ha legado tres o cuatro versiones del mismo, dando cuenta de una obra, en definitiva, inacabable. Opinar es, por eso mismo, una mezcla de observación, sutileza y rigor difícil de lograr.

Henry James, en una de sus novelas, emite un juicio lapidario respecto de uno de sus personajes: “Tiene demasiadas opiniones y pocas ideas”. Se está refiriendo, por cierto, a ese opinar desordenado, caprichoso y veleidoso: he visto (y también me he sorprendido a mí mismo) opinar cosas distintas, según cuál sea el auditorio.

Quizás deberíamos hacer un esfuerzo por dirigir el discurso hacia el análisis, la exposición de ideas, la descripción esmerada de los contextos históricos y culturales, antes de emitir tanta opinión.

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 8:11 pm

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