Estilo y Narración II

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“Mándeme al plomero, que se descompuso la tina”

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Académicos latinoamericanos hablan de las palabras que viajan.

Por JUAN CRUZ / EL PAÍS –  Cultura – 11-11-2005

“Mándeme al plomero que se descompuso la tina y no me funciona la regadera”. Al otro lado del teléfono era imposible entonces que el conserje del Hotel Suecia, de Madrid, entendiera exactamente que el poeta mexicano José Emilio Pacheco -con esas palabras sobre las que no hay ninguna duda en México- le estaba pidiendo que acudiera un fontanero a arreglar la bañera y la ducha de su cuarto.

Es posible que en ese hotel español y en su equivalente en México, o en cualquiera del mundo donde se hable español, ya haya conserjes que, sin necesidad de ser mexicanos, sepan a qué se refería el poeta.

¿Y les ha sacado de dudas el panhispánico a los académicos? A Pedro Luis Barcia, presidente de la Academia Argentina de la Lengua, catedrático de la Universidad de La Plata, especialista en literatura argentina, le ha resultado “salutífero” reunirse con sus colegas porque “es higiénico haber hallado consenso sobre dudas que parecían insalvables”. Ahora sigue teniendo dudas, pero se han asumido “criterios generales para cuestiones comunes”. Ya sabe, por ejemplo, que no está solo cuando llama beige a lo que los españoles decimos beis; con ponerlo en bastardilla -“no en cursiva: en bastardilla; son palabras bastardas”- le basta para que el lector sepa que es una palabra extranjera: es decir, bastarda.

Gonzalo Celorio, novelista, profesor en la Universidad Autónoma de México y presidente de la Comisión de Consultas de la Academia Mexicana de la Lengua, cree que ahora ese comité consultivo “tendrá mucho menos trabajo”. Se lo ahorrará el diccionario. “Se han dado respuestas”, dice, “a las consultas más frecuentes, y a las dudas de quien escribe y habla”.

Y se ha llegado a esto, dicen, por consenso. Cada región de América Latina y España tiene respuestas distintas para el origen y la identidad de muchas palabras, “pero ahora están todas reconocidas: ninguna de las que se habla dentro de la norma culta queda en fuera de juego”.

El diccionario les dice a los españoles que hablan español en España que develar (por develar un monumento) es desvelar en México, y está muy bien dicho; el diccionario advierte también de que lo que ya no es legal es que se diga desvelizar, y lo advierte tajantemente.

Las palabras conviven y dejan de estar proscritas en virtud de su procedencia; los que no dicen la zeta, desde Andalucía a la Tierra del Fuego, pasando por las islas Canarias, no tienen por qué sentir que están hablando un español disminuido. “¡Si estamos en mayoría!”, comenta el director de la Academia Chilena, Alfredo Matus. Matus es también catedrático de Lingüística Hispánica de la Universidad de Chile y miembro del Instituto Andrés Bello de lingüística. “Simplemente”, añade Matus sobre la famosa zeta, “nosotros tenemos un fonema menos en el inventario de las consonantes, somos miembros del español atlántico, que se caracteriza por el seseo”. Pero ni ese dato ni las diferencias que el diccionario subraya “impiden que el nuestro sea el idioma más cohesionado del mundo: por su sintaxis y por su sistema fonológico. Todo el mundo hispánico tiene las mismas cinco vocales”. ¿Qué otro idioma lo puede decir? Matus interroga, triunfante.

Los tacos (garabatos en Chile) son muy suculentos. Matus nos llama la atención sobre algunas expresiones cotidianas en unas y otras áreas. En Chile no puedes decir, sin causar ciertos sonrojos, que algo se acabó, porque acabarse es como allí se dice, cotidianamente, llegar al orgasmo, y ya es sabido que cuando uno ve en las estanterías de los quioscos que “se corre la polla del presidente”, simplemente se alude a que una lotería, la del presidente, está a punto de sortearse. Son tabúes, dice el académico chileno, “pero no son tabúes panhispánicos, sino locales; polla es asumido como la cría de la gallina; sus otros significados ya tienen identidades locales, aunque a veces muy desparramadas”. Como coger.

A veces son conceptos y a veces son acentos. Barcia recuerda que los argentinos dicen básquet cuando los españoles dicen baloncesto y los mexicanos dicen basketball… La lengua culta y la lengua vulgar. Celorio señala que entre Jorge Luis Borges, argentino, y Alfonso Reyes, mexicano, no habría diferencia alguna porque ambos manejan un idioma culto en el que apenas se desatan palabras que tengan sentidos contrarios o diferentes en cada una de las zonas. “La norma culta”, dice el académico mexicano, “es mucho más uniforme de lo que pensamos, y ahí estriba la unidad panhispánica de la lengua”.

Eso no significa “que no haya diferencias en las regiones que configuran el vastísimo territorio de la lengua”. Lo que hace el diccionario “es consolidarlas y respetarlas”. A los españoles no hay que reprocharles que digan “Hoy he llegado”, pero no tienen derecho a reprochar que muchísimos latinoamericanos digan “Hoy llegué”.

A Celorio le alegra como una victoria deportiva que después de 21 ediciones el Diccionario de la Real Academia Española acepte que hay españolismos, del mismo modo que en las anteriores se señalaban los americanismos. “Cualquier palabra que se aceptaba en la Península ya valía. Pero ahora se puede afirmar que lo que se dice aquí no es canónico, no tiene por qué ser la palabra que valga igual para cualquier parte”.

A Barcia, como es natural, se le sugiere la ambivalencia de la palabra coger, que en otros lugares de América, y no sólo en Argentina, significa un modo vulgar de decir hacer el amor. “¡Pero ya todo el mundo sabe qué significa! Y si uno es medianamente culto se adecúa (¡o se adecua, que también se puede decir!) y no pasa nada”.

A los medios escritos, dicen, les vendrá muy bien el diccionario; el año próximo, cuando haya una edición electrónica, un clic permitirá que cualquier periodista que escriba para otros países sepa cómo debe entendérsele en el lugar de destino. Y viceversa.

Barcia quiere destacar la importancia que ha tenido para los académicos que han hecho este diccionario de consenso la existencia de los manuales de estilo de periódicos (incluido el Libro de estilo de EL PAÍS), así como otros diccionarios de dudas, muy destacadamente el del español Manuel Seco, y el trabajo que está llevando a cabo Fundeu, la fundación para el español creada por la agencia Efe. Ahora espera que muchas de esas dudas, despejadas ya, ingresen en el diccionario de la Lengua, cuando éste deje de ser De la Real Academia Española y pase a ser, muy pronto, De la Lengua Española.

No unificará, “dará fe”. Aunque lo cierto que es que las telenovelas, los noticiarios (o los noticieros) y el trabajo de académicos, profesores y escritores “hacen que la lengua camine hacia una cierta globalización, hacia una creciente unidad”. Las telenovelas, dice Matus, “han contribuido a difundir formas léxicas, como chévere; antes era difícil que le dijeras chévere y te entendiera sin ser venezolano, pero las telenovelas de ese origen ya han hecho universal el término… La industria de la telenovela, por otra parte, sabe que ha de procurar una cierta unificación; hallarás un 2% de localismos. ¡Las tienen que vender en todas partes! Y lo mismo pasa con el contenido de los grandes periódicos, o de los más importantes noticieros. Están hechos para que los entienda el que habla un español más bien culto, sin localismos innecesarios”. Que no van a desaparecer, señala Celorio… El poeta Pacheco seguirá llamando al plomero en Madrid. Le van a entender.

Barcia lo ve claro: seguirán los localismos, están identificados, figuran con todos los honores en el diccionario de dudas, y no van a desaparecer “porque no es por ahí por donde se va a enriquecer la lengua. La pobreza se combate avanzando en riqueza, matices y decoro, y no hay matices si la unificación se hace por decreto. ¡Imagínese qué pasa con ese inglés que se quiere concentrar en 300 palabras!”.

La variedad, insiste Barcia, “es una garantía para la democracia. Si se reducen las palabras, se reduce la posibilidad de pensar, y por tanto se inutiliza el pensamiento crítico”. “En 1984 Orwell dibuja la dominación del pueblo después de haberle eliminado las palabras”.

Barcia no deja que cerremos el cuaderno: “Ponga usted que lo que tiene la lengua española es una unidad básica muy fuerte y su fonética tiene una rotundez y sencillez que no tiene ninguna otra lengua”. ¿Rotundez? “Sí, así decimos”.

Written by Marisol García

August 2, 2009 at 12:09 am

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