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blair: periodismo y vida pública

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Blair acusa a los medios de comunicación de “destrozar la reputación de las personas como bestias salvajes”

El primer ministro británico acusa a los medios en Internet de poner más énfasis en en el “impacto” que en el “equilibrio”

AGENCIAS – Londres

El primer ministro británico, el laborista Tony Blair, ha aprovechado uno de sus últimos discursos antes de abandonar el cargo dentro de dos semanas para lanzar un ataque furibundo a los medios de comunicación, a los que ha acusado de actuar como “bestias salvajes para reducir a pedazos la reputación de las personas”. En un encuentro con periodistas en la sede de la agencia Reuters en Londres, Blair, que dimitirá de su cargo el 27 de junio y será reemplazado por su ministro de Hacienda Gordon Brown, ha lanzado un feroz ataque a la política informativa que siguen los medios de comunicación en los últimos tiempos, con tendencia al sensacionalismo y a ataques a personalidades expuestas al escrutinio del público.

El premier británico ha admitido a continuación que la relación entre los políticos y la prensa ha sido siempre tensa, si bien esa tensión se ha intensificado en los últimos años, algo en lo que ha asumido su porción de responsabilidad al “contribuir” a ese deterioro.

Según Blair, esta difícil relación tiene sus consecuencias directas en la capacidad de los políticos para tomar las decisiones correctas para el país. “El daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas”, ha explicado. “Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”, ha añadido.

Sed de imparcialidad

Blair también ha cargado contra los nuevos canales de información, como Internet, donde las noticias se divulgan las veinticuatro horas del día y existe, en su opinión, una tendencia a poner más énfasis en el “impacto” en vez del “equilibrio”, de manera que se perjudica la perspectiva que la gente tiene de la vida pública.

El político británico también ha reconocido que “en los primeros años del nuevo laborismo prestamos una atención desmedida a cortejar, saciar y convencer a los medios” y a tratar de influir en la cobertura que la prensa le daba al Gobierno. “Después de dieciocho años en la oposición y, a veces, la feroz hostilidad de una parte de los medios, fue difícil ver otra alternativa”, ha reconocido.

Si bien ha dicho que no se quejaba de la cobertura que ha recibido como primer ministro, Blair ha juzgado que hay menos equilibrio en el periodismo actual que en el que se hacía hace diez años. Ese desajuste choca con el deseo de la sociedad de recibir noticias con imparcialidad. “La forma en que las recibe puede estar cambiando, pero no la sed por las auténticas noticias”, ha advertido.

Tony Blair cree que los medios actúan como “fieras salvajes”
EFE

El primer ministro británico, Tony Blair, afirmó este martes que los medios de comunicación pueden actuar como “fieras salvajes”, pero reconoció que su Gobierno dedicó mucho tiempo a tratar de influir en la cobertura que le daba la prensa.

En un discurso sobre la vida pública pronunciado hoy en la sede de la agencia de noticias Reuters, en Londres, Blair admitió que la relación entre los políticos y la prensa ha sido siempre tensa, subrayó que esa tensión se ha intensificado en los últimos años y admitió que él también ha “contribuido” al deterioro de ese vínculo.

Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada

Según Blair, esta difícil relación amenaza la capacidad de los políticos para tomar las decisiones correctas para el país.

Explicó que, debido a que las noticias se divulgan ahora las veinticuatro horas del día, hay una tendencia a poner más énfasis en el “impacto” en vez del equilibrio, de manera que se perjudica la perspectiva que la gente tiene de la vida pública.

Blair reconoció que “en los primeros años del nuevo laborismo prestamos una atención desmedida a cortejar, saciar y convencer a los medios” y a tratar de influir en la cobertura que la prensa le daba al Gobierno.

“Después de dieciocho años en la oposición y, a veces, la feroz hostilidad de una parte de los medios, fue difícil ver otra alternativa”, añadió.

Si bien subrayó en que no se quejaba de la cobertura que ha recibido como primer ministro, Blair subrayó que hay menos equilibrio en el periodismo de ahora que hace diez años.

Insistió en que hay un auténtico deseo de la gente por la cobertura de las noticias con imparcialidad y que “la forma en que las recibe puede estar cambiando, pero no la sed por las auténticas noticias”.

“Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”, dijo.

“El daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas”.

Por estos motivos, Blair cree que deberían regularse mejor las nuevas formas de comunicación, sobre todo internet, a la que habría que imponer más restricciones.

El primer ministro, que llevó a su formación al poder tras dieciocho años en la oposición, dejará el poder el próximo día 27 y será sustituido por el titular de Hacienda, Gordon Brown.

sábado, junio 16, 2007
Blair: Periodismo y vida pública

Tony Blair ha querido reservar uno de sus últimos discursos como Primer Ministro británico a los medios de comunicación y al periodismo. El pasado 12 de junio, en la sede de la agencia Reuters en Londres, Blair cargaba contra los medios, a los que llamaba “salvajes” y acusaba de primar el impacto sobre la verdad. Su crítica al periodismo contemporáneo combinaba viejos tópicos con dos observaciones interesantes: 1) El comentario sobre las noticias ocupa mucho más espacio y tiempo que la narración de los propios hechos a los que se alude; 2) A menudo se confunde la opinión y la información, a veces de una manera deliberada, como a su juicio ocurre con el periódico The Independent, al que considera el epítome del declive del periodismo moderno.

Entre los viejos argumentos, su referencia a la escasa contribución de los medios a un debate ilustrado debido a su culto a la inmediatez. Las deliberaciones parlamentarias, llenas de matices y difícilmente atractivas, escapan a las redes de captura del periodista. Además, la fragmentación de canales y audiencias ha desmasificado a los medios, impidiendo un debate verdaderamente “nacional.” Internet vendría a radicalizar esta tendencia, dada la facilidad del usuario para construir su propio menú informativo. Por si fuera poco, el gusto por el rumor y la falta de exactitud que aquejan según Blair al periodismo convencional, se elevan exponencialmente en la red de redes.

El discurso del premier británico no sorprende, pero sí pone sobre el tapete temas de debate que son recurrentes entre los propios estudiosos de la comunicación política. Afrontémolos:

* Cualquier tiempo pasado (no) fue mejor. Blair echa en falta una BBC que llegaba y era vista por todos. Aún cuando este servicio público de televisión es el más perfeccionado de cuantos se han creado en el mundo, la competencia y la libertad de opción compensan con creces la supuesta fragmentación de la experiencia colectiva. Digo “supuesta” porque, aún a través de diferentes canales, el ciudadano medio conoce los grandes temas de debate político. Se comparte una mínima agenda común que garantiza la persistencia de la comunidad política, pero se accede a ella desde diferentes plataformas y, consiguientemente, diferentes puntos de vista. Esto no es una limitación. Todo lo contrario. Investigaciones recientes de la Fundación Pew han demostrado que los consumidores de información política en Internet están más al tanto de los argumentos de los partidos rivales que los consumidores de información política en medios convencionales.

* El reto de comunicar los procesos deliberativos (persiste). En este aspecto, Blair tiene parte razón. Es difícil hacer llegar a los representados los debates en los que se enzarzan sus representantes. Pero el desafío no es nuevo, sino consitutivo de la profesión periodística: hacer interesante lo importante. Los teóricos de la democracia deliberativa priman el consenso frente al conflicto, mientras que los demócratas liberales defienden que el conflicto es bueno para marcar claramente las posiciones y facilitar así la elección de los ciudadanos. Los liberales argumentan que es preferible la guerra partidista a la paz del cementerio deliberativo.

* Los nuevos medios (no) son malos. Internet es terreno abonado para las teorías conspirativas, como la que defiende que las torres gemelas de Nueva York no fueron derribadas por dos aviones suicidas, sino por cargas de dinamita. Pero por cada teoría peregrina, las nuevas tecnologías nos permiten conocer lo que los grandes gestores de la comunicación nos ocultan. Las torturas de Abu Ghraib o las interminables filas de ataúdes con soldados norteamericanos muertos en la Guerra de Irak seguirían ocultas de no ser por la natureleza escurridiza de la imagen digital. Blair apela a la ética, y defiende la revisión del marco legal para que OFCOM, alta autoridad británica para la regulación de las comunicaciones, extienda sus competencias a Internet. La sugerencia pone los pelos de punta a todos los que sostienen que la mejor ley de prensa es la que no existe. En un contexto en el que la Unión Europea ya obliga a todos sus estados miembros a dotarse de una autoridad audiovisual, resulta políticamente incorrecto recordar que los mejores vigilantes de la veracidad de las informaciones han sido los bloggers. Partidistas o independientes, ellos han sido quienes nos revelan las inexactitudes de los grandes medios, mejor que cualquier observatorio o entidad reguladora de la comunicación.

* Opinión e información (son diferenciables). La clara separación entre hechos y opinión es un eterno debate filosófico. Objetivistas (defienden que es posible contar la realidad sin prejuicios) e interpretivistas (sostienen que la “realidad” no es independiente de quien la percibe, sino construida por su perceptor) han definido las posiciones clásicas respecto al tema. Como adecuadamente apunta Blair, el periodismo se ha ido decantando por el bando constructivista, con la interpretación ganando terreno a la información. A mi modo de ver, la presentación de los hechos y su interpretación siguen siendo diferenciables, como lo son en los informes científicos, aunque es cierto que la dirección de la mirada condiciona de alguna manera el fenómeno observado. El creciente éxito de revistas como el semanario The Economist, cuya difusión ha aumentado imparablemente durante los últimos tiempos, demuestran que cada vez son más los consumidores que reclaman información con interpretación cualificada.

Lo más llamativo del discurso de Blair es su olvido de los grandes grupos de comunicación, que escapan a su crítica. Tal vez la propiedad de los medios, y la relación de estos propietarios con la clase política, también tengan algo que ver con los males denunciados por el todavía inquilino de Downing Street. Quizá convendría preguntar a Blair qué hacía en 1995 en la Isla Hayman durante un retiro de la News Corporation, y si su cortejo a Rupert Murdoch tuvo algo que ver en el apoyo de los diarios del magnate australiano a la candidatura laborista en 1997, 2001 y 2005. Para más información sobre este tema, léase el artículo “Murdoch’s Game”, firmado por John Cassidy y publicado en la revista The New Yorker el 16 de octubre de 2006 (páginas 68 a 85).

14 junio 2007
Blair y lo que significa la prensa libre

En un encuentro con periodistas el pasado 12 de junio, Tony Blair, en vísperas de su retirada del poder, lanzó un duro ataque contra los medios de comunicación (incluidos los digitales) por su tendencia al sensacionalismo y su énfasis en el impacto por encima del equilibrio. Actúan, dijo, como “bestias salvajes para reducir a pedazos la reputación de las personas”. “Nadie quiere dejar pasar una noticia, la pugna por cuotas de un mercado cada vez más reducido ha hecho que el motor de las noticias sea el impacto que tienen sobre el público. El impacto es lo que importa. La exactitud es importante, pero es secundaria. Los diarios de calidad afrontan las mismas presiones que los tabloides; las televisiones, las mismas que los diarios. Hay que conseguir audiencia, mantenerla y atrapar sus emociones. Algo interesante es menos poderoso que algo que conmociona”, añadió Blair en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, en la sede de la agencia británica en Canary Wharf de Londres.

Esta dinámica ha tenido graves consecuencias: el escándalo y la controversia derrotan al periodismo moderado, los errores se convierten en engaños, “el miedo a perderse algo hace que los medios de hoy, más que nunca, cacen en manada: son como bestias salvajes, haciendo añicos a la gente y su reputación”, los mensajes que recibe el público son parciales y desequilibrados porque se mezcla información y opinión: “ya no hay grises, sólo blanco o negro”.

La lucha feroz por la audiencia y la tirada está teniendo efectos nocivos en la comunicación política ya que los políticos y otros actores sociales adaptan su actuación a esa necesidad de impacto: “Voy a decir algo que poca gente en instituciones públicas admitirá, aunque sea cierto: gran parte de nuestro trabajo, más allá de las grandes decisiones, es aguantar a los medios, su enorme peso y su constante hiperactividad. Todo personaje de la vida pública, pertenezca al mundo de la política, las fuerzas armadas o el deporte, se pasa buena cantidad del día respondiendo a la prensa o preparando una estrategia mediática sin poder concentrarse en su trabajo. Por momentos, el peso de esto es verdaderamente abrumador”. Según el primer ministro británico, los cambios que vive el mundo de la información han agravado además el antagonismo entre la prensa y los políticos. Los medios, dijo Blair, distorsionan la perspectiva que la gente tiene de la vida pública. “Ese daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas. Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”. Aunque admitió que “las relaciones entre los medios de comunicación y los políticos son, necesariamente, difíciles y así tiene que ser”, Blair reclamó responsabilidad a los periodistas y una reflexión sobre cómo satisfacer las demandas del público de una información imparcial, seria y equilibrada.

“Sermón acertado, predicador equivocado”, tituló The Guardian. Blair señaló algunas de las causas de la crisis del periodismo actual. El problema es que quien las señala es alguien que ha destacado por intentar manipular a la prensa. “¿Diría lo mismo si hubiéramos apoyado su guerra, Señor Blair?”, escribió el diario The Independet, que se defendió junto al resto de periódicos de la acusación de que la agresividad de los medios haya debilitado a las instituciones. Muchos recordaron que el líder laborista introdujo en la política británica el concepto de ‘spin’, la distorsión de la información con fines políticos. Él mismo lo dijo en su intervención en Reuters cuando admitió que el hecho de que el Partido Laborista, tras su llegada al poder, en 1997, se esforzara en influir en la cobertura de los medios de comunicación contribuyó al deterioro de las relaciones entre el poder y los medios resultasen lesionadas: “Pusimos una atención fuera de lo común en los primeros días del nuevo laborismo en cortejar, suavizar y persuadir a los medios de comunicación”, afirmó.

Como recuerda Marcelo Justo en el ABC, “la conflictiva relación del Nuevo Laborismo y los medios viene de lejos. Uno de los juramentos que Tony Blair y su sucesor Gordon Brown se hicieron después de la derrota de Neil Kinnock en 1992, fue que nunca más los medios volverían a destrozar al partido laborista. Mediante una concertada estrategia de seducción, consiguieron el apoyo del grupo Murdoch -dueño del tabloide The Sun, de The Times y de la cadena televisiva Sky- en 1997 y elecciones subsiguientes, pero también se fueron ganando una reputación de brutal manipulación mediática”.

El enfrentamiento alcanzó su clímax en 2003 cuando la BBC acusó al gobierno de engañar deliberadamente al público sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak.

Todo este debate es, en definitiva, una muestra de la vitalidad del debate público en el Reino Unido. Aunque las críticas de una y otra parte sean razonables, lo importante es que cada cual desempeñe su papel. Es mejor que un periódico se equivoque por exceso de agresividad que lo haga por su sumisión. Por eso las conclusiones de los diarios británicos demuestran una vez más su cultura democrática:

DESAFÍO. “Las críticas de Blair son un motivo de orgullo. La información es la base de nuestras críticas, pero creemos que nuestros lectores quieren más: diferentes tipos de comentarios, primeras páginas provocativas y, sí, opiniones detrás de las noticias. Es difícil imaginar qué tipo de periodismo quiere Blair, pero seguro que no es éste” (The Independet).

CRÍTICA E INDEPENDENCIA. “Intentar someter a la prensa a un tipo de regulación estatuaria, sólo podría, en contra de los argumentos de Blair, deteriorar la libertad de expresión y de las personas. Encontramos su discurso profundamente molesto, basado en premisas falsas y merecedor de la refutación más intensa” (Daily Telegraph).

LIBERTAD. “La prensa británica es todas las cosas que Blair ha dicho que es, pero debe seguir siendo libre para ser ambas cosas, horrible o magnífica” (The Guardian).

RESPONSABILIDAD. “Los periodistas tienen el derecho de pedir explicaciones a los políticos y a las organizaciones, pero tampoco deben tener miedo de dar explicaciones ellos mismos. Los lectores son inteligentes y reflexivos, nos les engaña un artículo o un politico” (The Times).

Los periodistas, «bestias salvajes»
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS / Director de ABC (España)

TONY Blair, sobre un esqueleto político muy meritorio, fue también una gran -extraordinaria, diría yo- creación mediática. El premier británico llegó a fascinar a los periodistas y a los editores porque reunía todo un conjunto de atributos personales y profesionales que encajaban como anillo al dedo en lo que los profesionales de la información venimos en denominar «una buena historia». El desgaste que produce el ejercicio del poder -muy corrosivo en el caso de Blair por su implicación en decisiones muy impopulares como la invasión de Irak y episodios de corrupción en el Partido Laborista- ha dejado al personaje situado en una perspectiva distinta, despojada del cortejo de circunstancias que le aureolaban como una apuesta mediática segura.

Blair y los medios se han utilizado de modo recíproco. Uno y otros han entrado en ese juego a menudo peligroso del compadreo, la empatía coyuntural y el achicamiento de las distancias sanitarias, siempre aconsejables entre esos ámbitos, lo que irremediablemente ha conducido a la hostilidad y, por parte del jefe del Gobierno británico, a un análisis del sector de la comunicación excesivo en su expresión aunque no desacertado en cuanto al fondo de la cuestión. Su intervención en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, que se produjo en la sede de la agencia británica en Canary Wharf de Londres el pasado martes, ha provocado un debate que era el que buscaba el primer ministro británico al sostener que los periodistas son -somos- «como bestias salvajes, haciendo añicos a la gente y a su reputación».

Extraída esta expresión de su contexto, resulta infamante; pero adquiere cierto sentido -siempre que se considere una metáfora en cualquier caso hiriente-si se inserta en otras consideraciones atinadas de Blair tales como que «el escándalo y la controversia derrotan al periodismo ordinario» o que «todo es triunfo o derrota, ya no hay grises, sólo blanco y negro». Esto último es cierto porque lo que ha sobrevenido es una competencia feroz compatible -por desgracia- con una alarmante desprofesionalización en los medios -que afecta tanto a periodistas como a editores-, de suerte que esta liza sin cuartel, sin reglas de compromiso, ha reducido, en palabras del dirigente laborista, «la capacidad de los medios para tomar las decisiones correctas». Esta es la clave de la cuestión: el turbión mediático se ha llevado por delante -o amenaza hacerlo- el acervo de intangibles que connotan la información y la opinión publicada, es decir, la ecuanimidad, el rigor y la solvencia. De manera que -siguiendo a Tony Blair- «la relación entre la vida pública y los medios está dañada de manera que exige una reparación», afirmación que apostilló con otra, incómoda para la profesión pero también cierta, según la cual «la confianza en los periodistas no es mucho mayor que la que hay en los políticos», para sostener después que «existe un deseo de imparcialidad, un mercado para informar de forma seria y equilibrada». ¿Cómo podría resolverse esta distorsionada situación? Blair contesta: «el cambio no puede ser impulsado por los políticos, sino por los propios medios».

Blair ha denunciado lo que el maestro Kapuscinski escribió y describió con una sinceridad arrolladora hace sólo unos años -en 2004- en Oviedo con ocasión de la entrega del premio Príncipe de Asturias. El reportero polaco dijo entonces que «junto a la palabra journalist funciona la expresión media worker. Y viceversa. Un media worker puede ser hoy presentador de telediario, mañana portavoz del gobierno, pasado mañana corredor de Bolsa y al cabo de dos días convertirse en director de una fábrica o de una multinacional petrolera. Para él -seguía el ya fallecido periodista- este trabajo no tiene nada que ver con conceptos como deber social u obligación ética. Lo suyo es vender un producto, como cualquier otro trabajador de servicios, que constituye la parte de león -y cada vez más numerosa- de las profesiones existentes en el mundo desarrollado».

La lucidez de Kapuscinski le ha hecho merecedor de la admiración de la profesión periodística, pero no ha provocado corrientes internas -nacionales e internacionales- que reparen el desastre en el que podría incurrir el universo de valores cívicos si los periódicos de calidad no enderezan el rumbo. Volver a tomar el norte consiste, básicamente, en considerar que el destinatario de la obra intelectual -así puede definirse un diario de calidad- no es el mercado, sino la sociedad. Somos los periodistas -con editores profesionales y no con «businessmen a los que nos les importa que la noticia sea verdadera, importante o valiosa sino que sea atractiva», según el ya citado Kapuscinski- los que debemos negarnos a transformar la naturaleza de nuestra función. El mercado se está sobreponiendo a la sociedad. El mercado reclama audiencias altas y rentabilidad publicitaria; la sociedad, referencias solventes y debates de principios, criterios y valores. El mercado desea divertimiento, morbo y escabrosidades -eso que se llama atractibilidad informativa-, pero la sociedad exige el respeto a los procesos de reflexión, la preservación de las libertades colectivas e individuales y la reivindicación de un sistema de convivencia con derecho, si el caso fuere, al aburrimiento, a la rutina democrática, tan saludable, por otra parte, para la estabilidad general. La espectacularización de la noticia -que es lo que requiere el mercado, pero no la sociedad- sugiere machaconamente una mentira con el propósito de convertirla en una verdad: que los periodistas formamos parte de una especie de farándula de la que se esperan emociones y sensaciones fuertes y un permanente servicio a las visceralidades ciudadanas, pero no rigor, ni ecuanimidad, ni responsabilidad.

La lógica del mercado no es la lógica de la sociedad. Las «bestias salvajes» -los periodistas en metáfora hiperbólica de Tony Blair-responden a la primera, pero no a la segunda que es en la que debe anclarse el periodismo de calidad, consciente de su propia misión en la que no siempre, sino todo lo contrario, se superpone lo mercantil sobre lo cívico. Cada medio -y me refiero de forma especial a los periódicos y los espacios informativos de los audiovisuales, así como al periodismo digital- se va a enfrentar a un dilema: el de retratarse en su verdadera naturaleza: sensacionalista o rigurosa; arbitraria o solvente; frívola o irresponsable. Y esta opción no es una cuestión sólo británica planteada en términos rotundos por el dimisionario Blair. Comienza a ser un debate occidental que encuentra en España un escenario en el que esa «reparación» que merecería la sociedad dispuesta a consumir seriedad y equilibrio es más necesaria que en otros lugares. Porque la prensa española sí se preguntaba hace treinta años -durante esa Transición reivindicada por el Rey el pasado jueves en el Congreso de los Diputados-sobre la verdad y la mentira; sí se cuestionaba acerca de sus responsabilidades y obligaciones; sí se atenía a unas reglas de compromiso que ahora se han volatilizado contribuyendo a la banalización general que padece la convivencia española que se materializa en graves imposturas, enormes mentiras y simulaciones. Lo denuncia -vuelvo a él- Kapuscinski al sostener que «el peligro consiste enque los medios -convertidos en un auténtico poder- han dejado de dedicarse exclusivamente a la información para fijarse un objetivo mucho más ambicioso: crear la realidad». Y es verdad que algunas realidades virtuales hacen más daño que las auténticas. Por eso, Tony Blair no se ha confundido sino en el empleo de los términos. Desde luego, no en el diagnóstico.

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:36 am

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