Estilo y Narración II

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Derecha: lo oligárquico, lo popular y lo grosero

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Por Antonio Cortés Terzi

“Antes teníamos presidentes soberbios, pero que golpeaban la mesa. Esta Presidenta se quedó debajo de la mesa”. Estas palabras fueron perpetradas por el diputado UDI Marcelo Forni en conferencia de prensa el domingo 23 de julio. En la misma conferencia el diputado Iván Moreira calificó de “eje del mal” el constituido por una supuesta alianza entre los gobiernos de Venezuela, Cuba, Bolivia y Argentina.

El lenguaje ofensivo, soez, simplón, descalificador, de mal gusto, etc., no es inusual en política. Tampoco en sí mismo tendría que reflejar cuestiones más profundas y dignas de análisis. Pero la mención de estas dos frases de parlamentarios derechistas –inmersas en ese tipo de lenguaje- acepta que se llamé la atención sobre algunos fenómenos que ocurren en la derecha actual y que están ligados al asunto del lenguaje.

En la antigua derecha –como también en la antigua izquierda y centroizquierda- hubo personajes célebres por lo “malhablados”. Pero esos estilos, en lo general, no tenían una intencionalidad ofensiva de por sí. Su impronta era más bien “folclórica”, ladina, empática con lo popular nacional. Por cierto que podían llegar a ser ofensivos, pero también podían ser excusados porque no era la ofensa el ánimo predominante. Por otra parte, el mal hablar, el garabato, la frase un tanto coprolálica, normalmente, estaban inscritas en contextos de polémicas inteligentes y en muchos casos servían de recurso “metafórico” o “hiperbólico” para sintetizar disputas.

En el peor de los casos, en la antigua derecha, la grosería verbal resultaba de una impaciencia y prepotencia oligárquico-culta que, a la postre, sonaba “natural” a una cultura nacional.

La grosería derechista actual –representada arquetípicamente por personeros de la UDI- es de orígenes y de una “sociología” distinta. Sus raíces no están exactamente en la vieja cultura oligárquica, sino en la mixtura del desenfreno conservador con la prepotencia clasista física, “militarizada”, que dominó en el período de la dictadura. Los dirigentes UDI se culturizaron bajo la dictadura, ergo, en el desenfreno conservador, en la intolerancia, en el sentido de casta privilegiada y mesiánica y en la peor de las prepotencias: aquella que puede plasmarse hasta en el castigo físico del intolerado.

Por eso es que el verbo ofensivo del udista de hoy tiene una connotación tan agresiva y despreciativa. En la ofensa verbal expresan ocultamente su frustración por no poder atemorizar a su rival o al intolerable.

Cuando los “tiempos del desprecio” se han vivido como despreciador es muy difícil superar esa actitud y se tiende a seguir cultivando sus ecos. Por ejemplo, ecos de esos tiempos, de los tiempos del desprecio, de los humanoides estaban presentes en los dichos de Jacqueline Van Rysselberghe cuando, en enero de 2005, refiriéndose a la entonces candidata Michelle Bachelet, espetó: “Ser inteligente no significa ser gordita y fea”.

La grosería verbal udista, por otra parte, está lejos de tener una conexión con reflexiones y debates intelectuales profundos. Por el contrario: la grosería ya no es metáfora, es contenido.

“Eje del mal”, dice el diputado Moreira, no para sintetizar un diagnóstico y una idea. La poco original frase que emplea no trasunta, obviamente, un esfuerzo intelectual veraz para tratar de entender lo que está ocurriendo en esos países.

Injusto sería negar que la UDI tiene personeros con valor y densidad intelectual. Y, sin duda, que su Presidente, el senador Hernán Larraín, es uno de ellos. Pero no ha pasado desapercibido que hay un abismo entre Hernán Larraín Presidente del Senado y Hernán Larraín Presidente de la UDI. Aunque sin improperios también se ha puesto grosero en sus argumentaciones opositoras. Patético, por ejemplo, fue el ultimátum que le dio al gobierno en sus tratativas con Argentina.

El drama para Hernán Larraín y para la derecha culta es que tienen en su seno un amplio contingente culturizado “groseramente” y que le va configurando a la derecha una imagen de precarización intelectual. Drama agravado, porque en el afán de ser “popular”, dirigentes como Hernán Larraín –ignorantes de lo cultural-popular- se sienten un tanto forzados a imitar a quienes suponen representativos de un hipotético estilo popular.

En suma, a la derecha se le empieza a develar otra conflictividad interna, inédita en su historia: de tanto juguetear con la manipulación de una masa culturalmente precarizada, se le ha ido configurando en su seno una “alianza” entre fracciones de esas masas y una dirigencia intelectualmente subalterna, pero que sintoniza con las primeras.

Al respecto cabe un sólo consejo para las derechas cultas: defiendan Versalles.

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:26 am

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