Estilo y Narración II

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al final se muere

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El escritor y periodista Alfredo Sepúlveda acaba de publicar “Bernardo”, una extensa y actualizada biografía de Bernardo O’Higgins que mezcla periodismo e historia. En este ensayo exclusivo para “Cultura” cuenta por qué y cómo un periodista se metió en el terreno de la Historia y vivió para contarla.

Por Alfredo Sepúlveda / La Tercera

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Voy a contar el final de mi biografía: Bernardo O’Higgins muere. La última vez que supe de él, llevaba así más de 160 años. Todos quienes lo rodearon, lo amaron, lo odiaron, andaban en las mismas: polvo sobre polvo sobre huesos. Vaya paradoja: Bernardo formó parte del club que enamoraba mujeres a la luz de las velas de sebo, de los que se emborrachaban con aguardiente, destripaban fulanos con lanzas de coligües y al día siguiente redactaban constituciones. Y está así.

¿Qué tanto están con nosotros hoy estos muchachotes de antaño? ¿Son algo más que los billetes, los nombres de las calles? ¿Están cómodos en sus roles de estatuas ante las que los embajadores ponen arreglos florales?

Durante la mayor parte de los dos años en que pasé escribiendo e investigando “Bernardo”, me costó mucho decir por qué estaba en algo así. Bernardo está –estaba, después de este libro… espero, por mi bien– pasado de moda. De alguna manera estos búfalos del proceso de independencia dejaron de ser material atractivo para los historiadores, y en buena hora: estos intelectuales están más abocados a iluminar lugares aún oscuros de nuestro pasado: la vida privada, la de la ciudad, la de los pueblos indígenas.

Engominado con los aceites sacramentales que han usado para transformarlo en mito fundacional, Bernardo O’Higgins Riquelme pertenece a los regimientos y a los escolares. No podía ser de otra manera: desde hace más de ciento cincuenta años que la sociedad chilena recurre a él como el héroe portátil que sirve para aprender o recordar que estamos juntos y que no debemos separarnos.

2

Antes de partir este proyecto tenía en la cabeza dos biografías que me parecen periodísticamente notables en su doble juego periodístico y literario: la de Norman Mailer sobre el joven Picasso y la de David Remnick sobre un chico llamado Cassius Clay que se transforma en otro llamado Mohammed Alí. Pero en el camino tuve que enfrentar un detalle. Si iba a encargarme de un tal Bernardo Riquelme que se transforma en Bernardo O’Higgins, si quería bajarlo del pedestal no para destruirlo, sino para entenderlo, si quería ver la versión moral de esa foto que el anciano y flaco Bernardo no se alcanzó a tomar con el primer daguerrotipista que llegó a Lima en 1842 (porque se murió antes), iba a tener que entrevistar a los muertos.

Janet Malcolm dijo una vez –estoy parafraseando– que la biografía es una suerte de venganza contra los muertos. Indefensos, solo pueden contemplar cómo el biógrafo, impune, les arrebata sus secretos y los ofrece a la vista del mundo.

Bernardo O’Higgins es un cadáver con secretos, pero esos secretos también han fallecido. Ha sido tan usado y reusado, ha sido tan monumentalizado, que sus episodios privados, su complejo de Edipo, sus vacilaciones como padre, su vida sexual, sus búsqueda de figuras paternas, sus rabietas y berrinches se han ido a la tumba con él. Quedan en la forma de rumores o tradición oral: que mató a Manuel Rodríguez por un lío de faldas que tuvo en Mendoza, que era gay, que lo raptaron unos piratas. Como dijo Pinochet en Londres: “embustes”. O, si se mira con algo más de escepticismo y distancia, simples y algo inocentes ficciones que se han construido casi espontáneamente para llenar los espacios que la historia oficial borró porque había que tener un héroe que fundara un país, aún si esa tarea fue en realidad acometida por muchas personas con mucha menos prensa.

Todo lo que se sabe de O’Higgins está escrito ya. Está en muchas y variadas biografías, papers, ensayos. Yo ocupé todo esto y agradezco de todo corazón a mis antecesores. Además, gracias a Internet, soy un biógrafo con contactos globales y muchas bibliotecas al alcance del computador. La gracia fue que la tecnología me permitió juntar lo disperso: hacerme de los libros que respiran a duras penas en librerías de viejo o en bibliotecas, y leer lo que hace tiempo nadie lee. Los libros fueron los “muertos” que entrevisté, y no es algo metafórico: los viejos y polvorientos testimonios que los historiadores consideran para sus pies de página, para mí fueron fuentes.

Yo no sé si periodismo e historia van de la mano. Creo que son vecinos, y que alguna veces el pasto en el jardín del lado es más verde y otras más amarillo. Lo único que quise al hacer esta mezcla fue tratar de que las cosas fueran más normales, que el viejo Bernardo, emergiera también como el tipo que tocaba piano y pintaba acuarelas, que pudiéramos experimentar los desgarros, pasiones y bonanzas de su vida sin el filtro del gran hombre del que somos tributarios. Del gran hombre que, en todo caso, realmente fue. A su manera, tuvo bienes que hoy escasean: valor, cojones, locura. Que se equivocó y cayó en los pozos negros, por supuesto, quién no. Tan distinto a nosotros no es: al final, como todos los que estuvieron antes y después de él, también se muere.

Autor de nueva biografía de Bernardo O’Higgins:
“Lo del ‘Padre de la Patria’ es insostenible”

Jueves 20 de Septiembre de 2007
Sebastián Cerda, El Mercurio Online

SANTIAGO.- El 30 de noviembre de 2005, el periodista y escritor Alfredo Sepúlveda anunciaba al mundo su próximo proyecto, a través de su blog. “Hoy me lanzo a trabajar en un proyecto que me tendrá ocupado al menos gran parte de 2006. Una biografía de Bernardo O’Higgins”, decía entonces.

La particular idea tenía una doble explicación: por una parte “se viene el Bicentenario y quiero vender libros” (algo dicho “un poco en serio y un poco en broma”, dice hoy el autor) y porque consideraba que no se habían escrito biografías por fuera de los mitos (“todos nuestros héroes son héroes sin manchas”, se quejaba entonces).

El trabajo de casi dos años ya se encuentra finalizado y hoy se puede acceder a él a través de “Bernardo”, el libro que Sepúlveda acaba de publicar a través de Ediciones B ($15 mil) y que anuncia como “la verdadera biografía” del llamado “padre de la Patria”.

Sepúlveda reconoce que la frase “es algo marketero de mi parte, pero me refiero a que traté de hacer una biografía no desde el partisanismo, sino desde el sentido común. Lo que se ha hecho desde la historiografía clásica sobre O’Higgins es partisano, siempre a favor o en contra, según el autor sea o’higginista o carrerista”.

-¿Qué te interesó del personaje como para decidir hacer algo tan absorbente como una biografía?
-Son razones más bien inconscientes. Yo creo que fue esta especie de tradición oral sobre que era huacho, que sufrió mucho. Me llamaba la atención que podía ser una persona que tenía algún rollo con su padre, y lo que yo pensaba era que el odio a su padre que lo abandonó lo llevó a encabezar la revolución. Ése fue mi punto de partida, pero después vi que todo era más complejo.

-¿Y el eslogan de “padre de la Patria” te interesó también?
-Desde la sospecha. Periodísticamente me pareció bastante insostenible que haya solo un padre de la Patria. Vi que la figura de Bernardo estaba dando botes de una manera muy básica, muy ramplona, con este eslogan de “padre de la Patria”, que es insostenible. Nadie puede echarse tamaño proceso en los hombros y reclamar ser el único. Por ahí sospeché que la historia era más compleja que como uno la recordaba.

-Cuando empezaste a escribir dijiste que estabas convencido de que O’Higgins era más que lo que enseñaban en el colegio, ¿comprobaste esa tesis?
-Sí. Lo que te enseñan en el colegio es la tradición que uno maneja inconcientemente sobre O’Higgins, parte de una operación de mitificación, que es una misión que la historiografía clásica asumió, porque en algún momento la sociedad chilena estuvo a punto de disgregarse y necesitaba una figura que la congregara. Esa figura fue O’Higgins. Porque, ¿cómo puede ser que alguien que durante 40 años fue un “paria de la Patria”, desde su exilio hasta su reivindicación, de la noche a la mañana sea un “padre de la Patria”? Lo que intentan hacer en el colegio es una operación para tu identidad como chileno.

-En el cauce de información, mitos y rumores que te encontraste, ¿qué valor otorgaste a la interpretación y la especulación?
-Alto, pero siempre advirtiendo que estoy especulando o interpretando. Y hay cosas que simplemente no consideré. Por ejemplo, en el caso de Ambrosio O’Higgins, hay un historiador colonial que se llama Vicente Carvallo Goyeneche que lo odiaba y que da a entender que pudo haber tenido una tendencia homosexual. Pero yo en el libro digo que hay que tomar esto de donde viene, y que la evidencia dice lo contrario, que era un tipo bueno para las mujeres, que tenía sus aventuras amorosas. También hay harta tradición oral, pero poca en que uno diga que valga la pena investigar. Uno de esos rumores dice que Bernardo O’Higgins pudo ser homosexual. Yo lo consideré, busqué al respecto y no encontré nada, ni sus peores enemigos llegaron a deslizar esa idea, por lo tanto la dejé fuera. Hay rumores que tienen algo de peso documental, y otros que tienen cero.

-Otro rumor histórico que mencionas en tu libro es lo libertina que pudo haber sido Isabel, la madre de Bernardo.
-Eso de que Isabel era media díscola son unos comentarios que los historiadores de la primera mitad del siglo XX siempre se encargaron de decir. La tratan de ardiente, irreflexiva, describen su escote, están medio obsesionados con el tema, que no tiene ningún asidero. Ella pudo haber sido una cabra chica que un viejo violó. Pero me encontré con un texto sobre amor y sexualidad en la América Hispana, que uno tiende a ver como un tiempo en que todo el mundo iba a misa, pero era igual que ahora nomás, la gente estaba viva. No era la primera adolescente que se embarazaba y la élite tenía ciertos mecanismos para tapar estas vergüenzas y legitimarlas después. Incluso es probable que la familia de Isabel haya aplaudido la relación con Ambrosio, porque la subía socialmente.

-¿En qué se nota que este trabajo no fue escrito por un historiador?
-Yo no puedo interpretar las cosas como lo hacen los historiadores. Tampoco tengo capacidad para ir a lo que se llama “fuente primaria”, como partes de guerra o cartas manuscritas. Yo tomé lo que había, traté de verlo con distancia, con escepticismo periodístico, cruzar datos y reescribirlo. Yo fui mucho tiempo editor, y tengo una obsesión con el “esto no calza”.

-Sin embargo el libro no está escrito de forma desapasionada.
-No, pero yo pongo mi pasión en el estilo, en la forma de narrar. Traté de escribir una novela sin escribir una novela. Que sea algo entretenido de leer. Una cosa que me pasó mucho cuando contaba lo que estaba haciendo, era que lo primero que me decían es “por qué te metes en algo tan aburrido”. Y cuando empezaba a contar, me iba transformando en el centro de la sobremesa, me empezaban a preguntar cosas y siempre me respondían con un “no sabía”. Me soprendió que siendo O’higgins alguien tan popular hubiera tan poco conocimiento de los datos. A mí me interesa llegar a la gente que no tiene idea de O’Higgins.

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 9:36 pm

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