Estilo y Narración II

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apuntes sobre el oficio de cronista

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Por Julio Villanueva Chang / Agosto 2005 / revista Letras Libres (México)


Este ensayo establece las características deseables en una buena crónica, al tiempo que analiza las relaciones entre literatura y periodismo y el injusto lugar que la crónica ocupa en nuestra tradición.

1.
Se venden crónicas. Pero, sobre todo, se venden nuevas máquinas para que un cronista sea más veloz: nuevas grabadoras, nuevos ordenadores portátiles, nuevas cámaras fotográficas, nuevos micrófonos en miniatura. La novedad es la tecnología, y no una nueva visión del mundo. Cada vez hay menos diferencias entre un periodista y un espía. Sin embargo, uno de los problemas de la prensa diaria sigue pareciendo un asunto metafísico: el tiempo. El trabajo del reportero de un diario suele ser un tour sin tanta sorpresa: páginas programadas, entrevistados programados, respuestas programadas, escenarios programados, tiempo programado. Se suele ver a un entrevistado en los lugares de siempre: la oficina, un restaurante, la sala de su casa. La entrevista como género siempre ha sido un acto teatral, y en la mayoría de las ocasiones no llega a ser una situación de conocimiento. Sólo una colección de declaraciones. Hay tiempo para actuar, pero no hay tiempo para entender qué significa lo que sucede.

Italo Calvino contaba que ya en su juventud había elegido como lema la antigua máxima latina Festina lente: apresúrate despacio. A diferencia del drama del reportero de un solo acto, un cronista suele disfrutar del lujo del tiempo, pero tampoco puede escapar de él: “Una crónica lograda es literatura bajo presión”, dice Juan Villoro. Festina lente. Cuando trabaja por su cuenta y vive de escribir historias, el tiempo a su disposición no es siempre el mismo: a veces tres días, otras, dos semanas, o, con insólita suerte, cinco meses. No hay sólo una tecnología de la escritura; también hay una precariedad de la lectura: “Soñamos con un lector que no existe”, recuerda Alma Guillermoprieto. A diferencia de los diarios, algunas revistas se dan el lujo de dar más tiempo a sus autores para entregar una historia. Es decir: se dan el lujo de haber sido hechas para leer y sorprender. Sólo en esos casos, un cronista tiene más oportunidades de buscar una cosa y encontrar otra, inesperada: lo más emocionante para un cronista es descubrir cosas que no está buscando. Hay una palabra en inglés para nombrarlo: serendipity. ¿No es acaso una paradoja buscar el azar? Pero esta búsqueda del azar cuesta también tiempo y trabajo. Cuesta preguntarse qué es digno de contarse y qué es digno callar. Y cuesta aprender a esperar a que suceda algo digno de contarse. Para escribir una historia, hay que aprender a sorprenderse. A veces la única condición para escribir una historia de verdad es aprender a esperar.

2.
Los secretos están sobreestimados. Todo-el-mundo-tiene-más-de-un-secreto. A la gente, en tanto ciudadanos, le interesa el periodismo de investigación. Pero a la gente, sin estadísticas ni etiquetas, le seduce que le cuenten historias. Hay ciertas sociedades y épocas en que lo real es más aburrido que la ficción, y en donde escribir crónicas acaba siendo un asunto funerario. Pero en general es al revés: suceden tantos hechos extraordinarios en el mundo que se ha vuelto un desafío escribir una novela que te persuada de abandonar la seducción por lo real. Cada día buscamos esa abundancia de lo extraordinario por habernos aburrido de leer tan malas novelas (y de ver tan malas noticias). Cada día buscamos literatura, pero en los hechos reales, a veces domésticos, y en la voz de la gente detrás de estos hechos: más que leer, la gente busca experiencias. Una literatura de todos los días. Y la gente se cuenta historias para dar sentido a su experiencia. La vida, en el acto del recuerdo, no es más que una colección de experiencias. Desde niños hemos conjugado más el verbo contar que informar: cuéntame, te cuento, qué me cuentas, no se lo cuentes a nadie. Desde niños hemos conjugado más el verbo descubrir que denunciar: lo descubrí, nos descubrieron, descubrí que, nunca me vas a descubrir. Para descubrir, basta una curiosidad vagabunda e inteligente. Es lo que suele animar a un cronista. Y empezar a preguntar, porque no es tan retórico repetir que las mayores certezas están siempre en las preguntas.

Ryszard Kapuscinski recuerda que los dueños y editores de los periódicos valoran ahora su información por el interés que ésta puede despertar y no por la verdad que se hayan propuesto encontrar. Pero hay una minoría de publicaciones que evitan tratar a los lectores como clientes. No publican siempre lo que les piden, sino también lo que creen que deberían leer: historias de vida pública y privada para ayudar a derribar prejuicios e ignorancias. La crónica es en ese sentido el género más libertino y democrático: ofrece la oportunidad de buscar no sólo a personajes y fuentes oficiales —autoridades, celebridades, especialistas—, sino también a gente ordinaria, esa especie de extras de cine mudo a los que nadie les ha pedido la palabra. Los cronistas tienen el privilegio de contar no sólo lo que sucede, sino lo que parece que no sucede. Una parte de las historias más memorables en diarios y revistas es aquella en la que sus autores han hallado un modo singular de contagiar esa fascinación que sintieron por lo descubierto. Ese modo en que un autor tiene de buscar ser sorprendido es lo que Carlo Ginzburg llama la “euforia de la ignorancia”. La última tecnología sigue siendo la curiosidad.

3.
Un cronista no tiene escapatoria del pasado: trabaja siempre con recuerdos. Son recuerdos ajenos de la gente que le cuenta los hechos. Son recuerdos propios cuando tuvo la suerte de ser testigo y reconstruye lo que le contaron. Ya que en estos tiempos un reportero rara vez es testigo de los hechos, la entrevista se ha consagrado no sólo como una técnica para obtener información, sino como un género que facilita la producción y el consumo de noticias como comida rápida. La entrevista, más que un modo de conocer algo o a alguien, se ha convertido en una forma frecuente de la autobiografía. ¿Cómo confiar en un relato si, al margen de su propia voluntad, un testigo suele olvidar, distorsionar y mentir? “Todos tenemos un novelista en la cabeza”, advierte Timothy Garton Ash. Recordar, más que reconstruir los acontecimientos, es reconstruir una memoria de los acontecimientos.

Gordon Thomas recordaba que los periodistas y los espías se parecen en que tratan desesperadamente de confiar en alguien. Es cierto: muchas veces entrevistar a alguien no es más que un acto de buena fe. Citar entre comillas ha terminado por convertirse en un modo de lavarse las manos: no tuve tiempo de verificar si sucedió, pero X lo dijo así en la entrevista. Pero a veces confiar en un cronista es también un acto de buena fe. Un reportero de ayer puede convertirse mañana en un sospechoso común. Algunos diarios y revistas de los Estados Unidos, entre ellos The New Yorker y The New York Times Magazine, y sólo uno de Hispanoamérica, como Etiqueta Negra, además de la figura del editor como un colaborador secreto, tienen verificadores de datos, quienes, más que ser fiscales de los autores, son guardaespaldas de los lectores y de la reputación del propio escritor. Algunos autores —por urgencia, pereza o autosuficiencia— suelen citar de memoria, dar por hecho declaraciones de un testigo, confundir datos históricos. “Los verificadores de datos no existen para que no nos hagan demandas, sino para respetar la ignorancia de la gente”, recuerda Alma Guillermoprieto. “En periodismo, la labor de comprobación equivale al amor”, escribió Norman Mailer. Y no de un retórico amor al prójimo, sino del más egocéntrico amor propio.

4.
La objetividad es más para un Premio Nobel de Física que para un cronista. En esta época ya no es posible transmitir conocimiento con sólo dictar información: lo que descubra un autor por sí mismo tiene la ventaja de fijarse más en su memoria y en la de sus lectores. Para ello, un cronista responsable tiene un pacto tácito con un lector: le cuenta una historia construida desde un punto de vista múltiple, incluyendo en mayor o en menor medida el suyo, y el lector supone que va a leer una historia que no es objetiva pero que intenta ser honesta. Si se toma libertades, el lector espera —tácitamente— que el cronista se lo advierta. Un cronista busca convivir más tiempo con la gente y estar presente en situaciones en que puede ser un testigo de cómo cambia alguien ante sus ojos. Busca otros escenarios de entrevista y observación social tratando de reducir un tanto la inevitable teatralidad de cualquier entrevista. Un cronista recuerda también lo que en la práctica diaria del periodismo no es tan obvio: que una persona no es la misma de noche que de día, que no es la misma sola que acompañada, que no es la misma en su ciudad que cuando está de viaje, que tiene épocas de mal humor o de euforia, y, más allá de los hechos, intenta averiguar si fue un accidente o es un patrón de conducta. En suma, un cronista trata a la gente sólo por horas, y suele cuidarse de la tentación de emitir sentencias. Un cronista usa la entrevista como técnica para obtener información, y privilegia la observación social de los fenómenos, y cómo éstos afectan la vida de cierta gente, desde un acontecimiento de masas hasta la intimidad de una subcultura. Un cronista, además, ensaya ideas y explicaciones sobre el mundo retratado en sus textos. Pero más que su oficio de reportero-ensayista-escritor, un cronista es ante todo un lector, y no sólo de sí mismo: para escribir la aparente historia inofensiva de un chimpancé, puede leer docenas de libros y no sólo de primatólogos ni de etología, sino también sobre la risa, y hasta buscar pistas en un archivo judicial.

Las noticias de corrupción conviven sin celos con las crónicas sobre animales: las revistas y los diarios tienen páginas para sumergir a sus autores bajo una retórica de la objetividad, pero también para hacerlos respirar con su voz propia. Hay quienes confunden tener una voz propia con el uso de la primera persona gramatical. En los medios periodísticos de Hispanoamérica, se suele satanizar el uso de la primera persona, excepto si cuentas con la licencia de columnista: “Se trata de fabricar la ilusión de que alguien o algo ajeno al yo del sujeto, y en consecuencia, a sus intereses y opiniones, narra los hechos —explica Arcadi Espada—. Es desde este punto de vista que se proscribe, en la estilística periodística, el uso de la primera persona del singular (excepto cuando esta persona ha alcanzado un estatus divino y entonces ya puede equipararse al Dios objetivo, mayestático y sin alma, que es el narrador habitual del periodismo)”. Y añade: “Así es como cada yo queda en su casa y Dios en la de todos”. Más allá de dogmas e ironías, Walt Harrington hace una pregunta justa: “¿Es posible que escribir sobre ti mismo siga siendo todavía periodismo?”. Alguien dijo que una de las paradojas del gusto de las masas es su amor por lo individual.

5.
Siempre hubo una relación incestuosa entre el periodismo y la literatura, pero nunca se trató de llevar la información a un salón de belleza. Hay quienes todavía creen que el periodismo es más prestigioso cuando se parece a la literatura, y que un libro de reportajes sólo maravilla cuando se lee como una novela. Para estos lectores miopes, la crónica, igual que los chistes, es sólo un pariente pobre del cuento. A pesar de la obra de reporteros emblemáticos como Gay Talese y Ryszard Kapuscinski, el periodismo narrativo en Hispanoamérica sigue siendo un malentendido: “periodismo” es el adjetivo, y “literario” es el sustantivo. El triunfo de la estética sobre la ética. Pero es obvio que no todas las noticias merecen ser narradas ni todos los reporteros pueden ser buenos narradores.

Hay además un abismo invisible entre una “historia bien escrita”, y una “buena historia”. La primera puede serlo por haber sido escrita con claridad, gracia y sensualidad. La segunda, en cambio, debe tener el mérito de descubrir todo un mundo ignorado y ni siquiera necesita estar tan bien escrita para ser digna. Es el poder literario de selección, del que escribe Timothy Garton Ash. El vigor de una historia está también en esa tensión entre lo que se sabe y se ignora, entre lo que se cuenta y lo que no se cuenta, y en cómo un autor selecciona y usa esta información para construir una metáfora de su época. Se trata de convertir el dato en conocimiento. Más que un relato entretenido y bien escrito, un cronista ensaya una visión de su época a través de la experiencia extraordinaria de un individuo. “La noticia ha dejado de ser objetiva para volverse individual. O mejor dicho: las noticias mejor contadas son aquellas que revelan, a través de la experiencia de una sola persona, todo lo que hace falta saber. Eso no siempre se puede hacer, por supuesto”, escribe Tomás Eloy Martínez. Así una crónica puede llegar a ser personal, universal y atemporal. O como dice Juan Villoro: un modo de improvisar la eternidad.

6.
Lo que se cree verdad puede ser también una forma de la ignorancia. Hay una suprema ignorancia y cierto desdén por la última historia del periodismo narrativo en diarios y revistas de los Estados Unidos (y viceversa), de ahí que en Hispanoamérica se insista aún en citar las veteranas novedades de Truman Capote y Tom Wolfe, y en creer a ciegas que A sangre fría es el paradigma de la non fiction sin advertir que es sobre todo una novela. También, sin advertirlo, toda esta ignorancia y menosprecio por lo publicado en los Estados Unidos en las últimas tres décadas ha hecho que el periodismo narrativo en Hispanoamérica siga siendo, más que un modo de reportar y entender una subcultura, un eslogan. Algunos tardíos escépticos del New Journalism lo recuerdan más como un experimento de escritura —escenas, diálogos, perspectiva, estatus de personajes— en que el autor parecería, casi como sus personajes, el centro del universo. Pero, desde Capote y Wolfe hasta estos días, existe una abundante narrativa documental dispuesta a ser examinada. “Contrario a los Nuevos Periodistas, la nueva generación experimenta más con el modo en que consigue una historia”, escribe Robert S. Boynton en The New New Journalism, un libro de conversaciones con diecinueve periodistas estadounidenses sobre su oficio. “Sus innovaciones más significativas han sido experimentos con el reporteo, más que con el lenguaje que usan en sus historias”, sentencia Boynton. Sería genial que los nuevos escépticos puedan decir que los experimentos con técnicas de reporteo suponen también experimentos con la verdad.

¿Qué sucede mientras tanto en Hispanoamérica? A pesar de esta tradición estadounidense, y del trabajo de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano —con García Márquez a la cabeza—, la discusión en las escuelas y los diarios insiste en arrestar al género bajo sospecha. Es un debate que empieza declamatoriamente en la ética y acaba siempre en las finanzas, una desconfianza no tanto de los lectores sino más propia del gremio de la prensa y sus gerentes. Se gasta tiempo en convencerlos de que vale la pena conceder a los cronistas un mayor espacio en los periódicos. Pero el máximo argumento no va más allá de que, así como un libro de reportajes no vende tanto como una novela, tampoco una crónica venderá más periódicos. No es un profesional debate literario; es una vocación comercial. “La máquina de escribir es siempre una máquina registradora, y la literatura, una economía, un sistema de circulación”, recuerda Villoro.

Si el periodismo es el arte de envolver pescado, habría que empezar por respetar más a los pescados. Uno de los anzuelos para pescar más lectores de crónicas es apostar por publicar con frecuencia historias más poderosas, inteligentes y conmovedoras que estén más cerca de la gente común y corriente, y a la vez demanden un nuevo tipo de imaginación, compromiso y tiempo de trabajo de editores y cronistas. No sólo hay más nombres a quienes recordar —más allá de los históricos José Martí, Josep Pla, Abraham Valdelomar, Salvador Novo, Rodolfo Walsh, Joaquín Edwards Bello, o el propio García Márquez—, sino que también hay más revistas, páginas de diarios y editoriales independientes, que, a pesar de no poder evadir la bulla de las máquinas registradoras, han apostado por fundar una tradición de literatura documental que no se agota en las estereotipadas y recurrentes historias de guerra, corrupción, celebridades y miseria. Quedan unas cuantas preguntas urgentes para los cronistas: ¿saben en qué formas narrativas y de reporteo se producen los libros de narrativa documental? Y más que deslumbrar por su modo de contar: ¿hasta dónde puede conseguir una crónica iluminar el mundo que retrata? En Hispanoamérica, los cronistas aún no tienen tiempo de explicarlo. –

2005 © Todos los Derechos Reservados por Editorial Vuelta, SA de CV

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:36 pm

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