Estilo y Narración II

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Nueva Profecía para el Nuevo Periodismo

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Por Daniel Titinger / Etiqueta Negra 2008

Me gustan las profecías que no se cumplen tanto como leer profecías. Lo que me gusta, en verdad, es el azar: el del futuro (que siga siendo secreto) y el de la adivinación (aunque siga pareciendo real). Hace unos meses, Andrés Azocar, un gran tipo que además es director de la carrera de Periodismo en la Universidad Diego Portales, en Santiago de Chile, me pidió para el anuario de su universidad una suerte de predicción sobre qué creo yo que pasará con la crónica en la era de internet. Acepté su propuesta, saqué del cajón mi bola de cristal, descifré el código Maya, me encomendé a los 22 arcanos mayores y ensayé una Nueva Profecía para el Nuevo Periodismo. “Veo todo negro”, escribí. Y luego lo borré para teclear lo que sigue.

El periodismo literario se vuelve cada vez más literario y menos periodismo. En un exceso de retórica para envolver pescado los diarios y revistas presentan como crónica cualquier texto soporífero que empieza así: «Era una noche fría…», y la noche, sin querer, le hace sombra a la crónica. Llenar de adjetivos una frase y decir yo, me, mi, conmigo, parece la fórmula secreta del nuevo periodismo que enseñan las universidades, y más sabe el alumno que más barroco se pone.

En la prehistoria del periodismo narrativo los dinosaurios poblaban la Tierra y las técnicas literarias se usaban como fuegos artificiales en una página en blanco. La moda –aquí también– es cíclica y como planta venenosa ataca las raíces. Y lo hace mal. Porque el viejo nuevo periodismo se lee y se relee con placer y el nuevo nuevo periodismo –apodado boom en América Latina– no sé en verdad ni qué es. Un muchacho de veintitrés años quiere ser Tom Wolfe elevado al cubo. Pero nunca leyó a Rodolfo Walsh. Y yo preferiría que fuera la cuarta parte de Walsh. Nuestra razón de ser, la información, parece un asunto de tercera fila. Si los colmillos de la modernidad nos cogen en ese estado, ay del periodismo literario.

* * *

El mundo de ahora se mide en pulgadas y se accede a él a través una wiki. Creemos que el tiempo avanza más rápido, pero los minutos de mi abuelo también duraban sesenta segundos: lo que avanza más rápido es la información. El pasado que se desvanece en tu computadora sigue ocurriendo en la calle. La tragedia es que salimos a la calle armados de pantallas en nuestros bolsillos, y eso es todo lo que vemos.

Las pantallas nos anuncian cosas cada segundo: todo es información frente a tus ojos y terminas el día con tantos datos nuevos que con suerte recuerdas tu nombre; es decir, tu email. Mientras el periodismo diario siga haciendo de notaría de esa realidad, los periódicos saldrán de la imprenta rumbo al museo de historia. El periodismo literario, o el periodismo narrativo, mejor, debe convertir esa información en conocimiento: el por qué antes que el qué. Y eso vale tanto para la escritura como para el génesis de una crónica: porqué escribes lo que escribes. Una idea te diferenciará de una máquina que en veinte años será capaz de llorar. Si el cronista usa la información para descubrir, iluminar y sorprender, no habrá medio digital que pueda contra eso.

* * *

Sucede hoy en la prensa escrita lo que seguro sucederá en los monitores del mañana: si tenemos información, buenas ideas, pero no hay una gran historia detrás, ay del periodismo literario. La inmortalidad del papel depende tanto de las buenas historias como de la tala de árboles, pero el e-book, el audiolibro, el blog, y todas las tecnologías que vengan serán igual de insoportables con textos periodísticos que no digan nada. A qué se le teme, ¿al futuro o a nuestra incapacidad de meter las narices en la vida real de la gente real? ¿De qué escribimos? ¿Para qué escribimos? Si alguien no soporta lo que hacemos, pasará la página o hará clic o cambiará de canal o apagará la radio, y todas esas acciones son y serán, en el fondo, la misma.

Pero los jóvenes no leen. Al menos es lo que se dice. Lo real, supongo, es que los jóvenes no leen lo que les aburre. Obvio. Nadie lo hace: en mi mesa de noche hay al menos dos libros agonizando con un marcador en la página treinta y tantos. Pasa con toda la literatura –novelas, poesía, periodismo, ensayo, etcétera–: cada vez se imprimen más libros y cada día se queman más libros que jamás se vendieron. Tengo una buena historia. Tengo una gran idea. Tengo una investigación impecable. No tengo lectores. ¿Para quién escribo, entonces? El lector, estimado lector, ya no es el mismo de antes: prefiere una carita amarilla y feliz a escribir estoy feliz.

* * *

El periodismo literario tendrá que acostumbrarse y reacomodarse en el nuevo mundo. Si antes se descubrió con asombro la penicilina, la luz y las técnicas literarias en la no-ficción, hoy es tiempo de pensar en la tecnología al servicio de la crónica. Hay cronistas que publican sus historias en internet y añaden audios, videos, links. Hay cronistas que aseguran que la verdadera historia la cuentan quienes comentan en sus blogs, y el texto debe leerse desde el título hasta el último comentario. Dije leerse. ¿Qué pasará luego? No lo sé. Pero la única profecía es que las modas son cíclicas y algún día un muchacho de veintitrés años dirá que quiere escribir de Nueva York como José Martí, o ser la cuarta parte de Walsh, mientras otro se pondrá a escribir –dije escribir– y colgará para siempre los absurdos emoticones.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:46 pm

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