Estilo y Narración II

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nuevos cronistas chilenos: singulares e insolentes, observadores y prosudos

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Algo está pasando en la literatura chilena. Algunos de los mejores libros publicados en el último tiempo no son novelas ni cuentos ni ensayos, sino crónicas. Quizá no figuren masivamente en las listas de más vendidos, pero estos títulos están dando que hablar, motivando polémicas, moviendo el ambiente. Una década después del auge y temprano declive de la “nueva narrativa chilena”, pareciera que las señales van en otro sentido, hacia la no-ficción.

Por Marcelo Soto / revista Capital

Meses atrás, en la Revista de Libros de El Mercurio, Alberto Fuguet confesaba que “cada vez me atraen más aquellos libros donde no se miente (o se miente poco o se altera muy poco la verdad)”, mientras el crítico Alvaro Bisama le daba la razón al afirmar que “la ficción, desde hace algún tiempo carece del riesgo y del vértigo que la no-ficción puede entregar, aquella sensación de dejarlo todo en la página, carne y sangre incluidas”.
No son casos aislados. Brillantes autores actuales, como J.M. Coetzee, Orhan Pamuk o el fallecido W.G. Sebald, proponen un cruce de novela y crónica en varios de sus libros. Y en Chile sucede algo parecido. Basta revisar La ola muerta, de Germán Marín, una antinovela que mezcla autobiografía, ensayo, comentario y ficción, o volver a leer a Roberto Bolaño, que era un tremendo cronista –ahí está Entre paréntesis para quien tenga dudas– y no por casualidad en su obra maestra, 2666, incluye una larga enumeración de crímenes, que no es otra cosa que una crónica sin fin, una especie de Informe Rettig en clave literaria.
¿Quiere decir esto que la novela está agotada? Para nada. Los mismos autores citados son ejemplo de que el género mayor no está muerto por más certificados de defunción que se le extiendan. Pero lo cierto es que la crónica está experimentando un tiempo de auge y negarlo sería difícil. Pocas veces se han publicado tantos libros de crónicas en tan poco tiempo y hay casos tan exitosos como el de Pedro Lemebel, un raro ejemplo de autor popular que al mismo tiempo es objeto de culto en universidades norteamericanas.
Buscando una explicación a esta tendencia, podría usarse la tesis de Julio Ramos, académico de la Universidad de California-Berkeley, para quien la crónica, considerada tradicionalmente una forma literaria menor o “débil”, posee sin embargo una capacidad insuperable para dar cuenta de las sociedades en vías de modernización, especialmente cuando se produce un cambio de siglo.
En tiempos en que la tecnología muta cada segundo, un género rápido, inquieto y fragmentario como la crónica tiene indudables ventajas frente a la novela, que se mueve más lento y aspira a verdades no perecibles. Ambas formas no son excluyentes y, tal como diría Rafael Gumucio, “cada fracaso en la gran batalla de la novela me ha servido de campo de experimentación para emprender la guerrilla de la crónica”. Aquí presentamos a cinco autores, cinco libros, cinco miradas. Tomen asiento, pónganse cómodos.

Alberto Fuguet (1964)
Turista, no viajero
Sin exagerar, uno de los textos más notables que ha producido la literatura chilena reciente se llama Perdido (Missing) y viene al final de Páginas autistas, el nuevo libro de Alberto Fuguet. Se trata de una crónica sobre Carlos, tío del autor, quien en 1984 “se esfumó de la faz de la tierra… Simplemente dejó de llamar por teléfono y las cartas comenzaron a ser devueltas”. El escritor va tras los pasos de este pariente enigmático y de paso ajusta cuentas con su familia. Leer esta crónica es como un viaje al final de la noche de un padre y sus hijos en el que nadie queda muy bien parado.
Es probable que Páginas autistas sea lo más parecido a las memorias de Fuguet. Es la historia de cómo un crítico de cine se convierte en cineasta y todo lo bueno y lo malo que significa pasar del asiento a la pantalla (un proceso inverso, en cierta forma, al del protagonista de La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, uno de los héroes de Fuguet). Es también la historia de un turista ejemplar, alguien que detesta la apología del viajero sin fecha de regreso, al estilo de Paul Bowles. Por lo mismo aparecen muchas ciudades, pero sobre todo aeropuertos y hoteles. Y librerías. Y salas de cine. Buscando un paralelo, la sensación que dejan estas crónicas es la de estar en tránsito, como en la cinta Perdidos en Tokio, en una zona a mitad de camino, cerca de ninguna parte, a trasmano, después de hora. Quién sabe cuál será el destino –el próximo libro o la nueva película– que nos depare Fuguet, pero desde ya esta colección abre el apetito por conocerlo.
-En Perdido eres muy duro con tu abuelo. ¿Cuáles fueron los costos familiares para escribir una crónica tan íntima y por qué la colocaste al final de tu libro?
-Está al final porque creo que da para otro libro. Está ahí la semilla. Con mi abuelo no soy más duro de lo que él fue con la gente. En todo caso, a los narcisistas les gusta que se hable de ellos. Termino rescatándolo del olvido de todos aquellos que quieren olvidarlo. No sé cómo la escribí. Tampoco me di cuenta. Si hubiera tenido mucha conciencia quizás no la escribo. Y de verdad no creo que sea tan íntima. Me parece que ver ducharse a la Geisha es íntimo. E innecesario. Hay cosas que uno no desea ver y otras que sí. En la medida que una historia puede ser colectiva, de todos, que resuene en los demás y no sea solo un acto de exhibicionismo, deja de ser algo “íntimo”. No me interesan los diarios de vida ni tengo uno. Lo personal solo vale la pena narrarlo cuando deja de serlo. Y esta historia me pareció que no era tanto mía o de mi familia sino extremadamente chilena y, a la vez, extremadamente norteamericana. Soy de los que creo que la inmigración es un arma de doble filo. ¿Costos? Ninguno. Al revés, beneficios. Una familia se beneficia cuando se airean cosas, cuando algo deja de ser un secreto y se transforma en una historia.
-¿Por qué llamas “autistas” a estos apuntes?
-Bueno, es una gran palabra. Todo artista que me interesa es algo autista, y nada, yo también lo soy y voy a luchar por tratar que mi nueva sociabilidad no se descontrole. Antes me daba lata ser autista; hoy me daría escozor no serlo.
-La crónica es un género urbano casi por definición. ¿Qué te pasa, en ese sentido, con Santiago? ¿Lo amas o lo odias?
-Lo amo. Quizás amar sea algo exagerado. O no. Pero me gusta, me es grata, es mi ciudad, mi territorio narrativo, la prefiero antes que todas las demás. Es la ciudad a la que vuelvo. Yo creo que Santiago ha sido más construida que escrita y ha sido muy mal filmada. Me siento hijo honorario de este sitio.

Alvaro Bisama (1975)
Valparaíso blues
Cuando habla, Alvaro Bisama, el más joven de este grupo, suele comenzar sus frases diciendo “dos notas…”. La mente de este profesor de castellano de la Universidad de Playa Ancha, una de las plumas más leídas de la nueva crítica chilena, da la impresión de estar en permanente ebullición. Nada de lo que observa Bisama es igual a lo que observa el resto de los mortales, pues siempre parece ir un paso más allá, descubriendo conexiones imposibles entre una calle de Santiago y una película gore y un comic de Neil Gaiman.
Su libro Postales urbanas es el mejor ejemplo de este cruce por momentos delirante. Una mezcla indescifrable y a menudo divertida cuando no iluminadora en la que hay espacio para la crítica política, el comentario urbano, la parodia social y las confesiones personales, a modo de un blog, todo eso acompañado de una banda pop que nunca deja de sonar, con canciones de Dylan o Sonic Youth y películas de Tarantino y Wenders en la retina. ¿Demasiado? Para Bisama, que vive en Valparaíso, pero escribe en los principales medios culturales de Santiago y viaja casi todos los días en bus a la capital, ida y vuelta, nunca es demasiado.
-¿Cómo surge un libro tan difícil de clasificar como Postales urbanas?
-El libro creció de forma rara, progresiva y demoledora. Lo que buscaba era más bien un tono, una velocidad de la mirada antes que algo más concreto. Lo urbano me interesaba como recurso para recoger historias, lugares, momentos antes de que se perdieran u olvidaran. Cero monumentalidad, pero cero nostalgia citadina: más bien una memoria bastarda, mutante, de espacios cuyos límites con los modos de la ficción son muy poco claros.
-¿Cuál crees que es la esencia de una crónica? ¿Qué la hace especial, diferente a otros géneros?
-Me interesa la crónica como un camino en el cual entras y sales sin problemas. O con otra clase de problemas y líos. No sé si haya una esencia ahí pero sí hay una actitud, un tono, una clase de mirada a contrapelo del presente, la necesidad desesperada de patentar el anacronismo, de volver perecedero lo fugaz y lo mínimo.
-Muchos autores, desde Marín a Bolaño, desde Sebald a Pamuk, hacen un cruce de novela y crónica muy interesante. ¿Estás de acuerdo?
-La crónica es un laboratorio de trabajo y un lugar donde se puede, sin querer, forzar límites. Escribir lo que queda afuera de la novela. La no-ficción tiene eso. Puede ser, a ratos, más libre, más desechable o recordable, más de trinchera. Más sucia o más personal. Te concedes en la crónica libertades personales imposibles en otro género. La más importante para mí: la presencia de un yo que es como un fantasma que no puede dejar de estar obsesionado con lo que contempla.
-En tu libro hay una mirada bastante negra sobre los artistas de Valparaíso… ¿Crees que toda la moda, los bares nuevos, le han hecho mal a la ciudad?
-No puedes vivir en Valparaíso sin ser cínico o pesimista. La ciudad te impone un humor negro. No sé si haya una melancolía porteña sino más bien un problema táctico o una paradoja respecto al imaginario de la ciudad. Tiene que ver con la perpetuación de una estética más o menos cliché. Es sencillo de explicar: hay razones materiales que indican que a la ciudad hay que salvarla del abandono pero es en ese abandono donde puede estar su identidad. Nadie quiere perder ni lo uno ni lo otro. Es contradictorio porque justamente el crecimiento que Valparaíso ha tenido en el último tiempo tiene que ver con esa paradoja, con ese fantasma exótico de una ciudad que no existe pero que se quiere resucitar con carnavales, batucadas y karaokes de poesía.

Rafael Gumucio (1970)
Opiniones de un payaso
Pocos se enteraron, pero uno de los buenos libros de 2006 fue Postales coloniales, de Rafael Gumucio. A este autor que nunca deja de moverse y siempre tiene el comentario sarcástico en la punta de la lengua, quizá le afecte su imagen pública de eterno polemista, de tipo irreverente y creador de algunos de los segmentos más desternillantes de la TV chilena de la última hora (Plan Z). Por eso no hay ironía ni desprecio en el título de esta nota. Como al protagonista de la novela de Henrich Boll, a Gumucio le pasa a veces que sus comentarios son leídos como broma cuando en realidad está diciendo cosas sumamente serias.
En Páginas coloniales, el escritor –hoy director de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales– propone un viaje por las ciudades donde ha vivido, ciudades que ha querido u odiado, pero que siempre, como los amantes, dejan algo que nos acompaña hasta el final. Así Madrid es el monstruo y la bendición, la pesadilla y la recompensa, sin lo cual no se explica Santiago, que tampoco existe de forma independiente a Buenos Aires. Es decir, el imperio contra la colonia, un juego de espejos donde aparece, de forma fugaz, nuestro propio rostro transfigurado, sorprendido de verse sin afeitar antes de levantarse.
-¿Qué te lleva a escribir sobre ciudades? ¿Crees que al final la patria de uno es la ciudad donde se vive?
-Por razones vitales me encontré viviendo en varios lugares, algo inesperado. Tuve ganas de escribir sobre estos lugares de la manera más libre posible y dar un vistazo al mundo por el que pasé. Me interesó también ampliar el tipo de periodismo al que me había abocado y darle una perspectiva más amplia e interesante.
-¿Cuáles son las limitaciones y libertades de la crónica respecto, por ejemplo, a la novela?
-Para mí es un género muy rico, que se adapta mucho a las condiciones de vida de un escritor de hoy. La velocidad, la necesidad de ser preciso, la inseguridad en grandes relatos, te llaman a la crónica, además de la hipertrofia del periodismo. Su limitación y su libertad son las mismas: la creación de un yo que escribe y que tiene que ser al mismo tiempo coherente, amplio y creíble.
-También te has hecho conocido como polemista, pero me imagino que en la crónica son otros los intereses que te mueven. En otras palabras, ¿qué buscas cuando escribes crónicas?
-Yo solo intento contar lo que vi, lo que sentí, e intentar sacar de esta experiencia confusa el hilo de una idea. Como en el ensayo –a la Montaigne, pero sobre todo a la inglesa– se intenta buscar una constancia a partir de la diversidad y la confusión de la intuición. Se trata de ser un paseante, a la manera baudelairiana, que mira la ciudad hacerse y deshacerse.
-Una de las cosas más logradas de tu libro son las crónicas sobre Madrid. ¿Cómo fue tu experiencia allá, qué aprendiste, que te hizo bien o mal de esa ciudad?
-Es una ciudad que amo aunque me cuesta. Como diría Borges, sería maravilloso vivir si no fuese por el problema de la lengua que nos separa a los españoles y los latinoamericanos.
-Ligado a lo anterior, ¿qué piensas de los santiaguinos y del deporte nacional de decir pestes sobre la capital?
-Creo que se ha escrito mucho sobre Santiago. Es cosa de revisar a Merino o a Mouat o a Lemebel. Es una ciudad que sin embargo trata de disolverse a sí misma. Nosotros, y nada más que nosotros, los santiaguinos, insistimos que Santiago no existe.

Francisco Mouat (1962)
El silencio de los inocentes
Si la crónica fuera una religión, Francisco Mouat sería fundamentalista, aunque nada hay más lejos del carácter de este periodista que el fanatismo. Pocos autores han mostrado con tal precisión un cariño y fidelidad por las historias pequeñas, esas que nunca son titulares o que aparecen en un recuadro o al final de una nota. Es, en cierta forma, un anti-periodista, enemigo declarado de quienes presumen de estar informados.
En Crónicas ociosas, su último libro, recupera anécdotas mínimas, como la de un perro náufrago en el Mapocho o la solitaria muerte de Armando Catalano –el actor que encarnó a El Zorro– en Buenos Aires, junto a retazos de personajes grandes y desconocidos, como Roberto Bolaño o un amigo de la infancia. Lo suyo es la mirada desde lejos, sin involucrarse demasiado, sin correr muchos riesgos. Mouat no es un reportero de trinchera. Las historias lo encuentran; no las persigue. Pero, por raro que sea, a menudo llega más lejos que los cazadores de primicias y exclusivas. Y aunque el material de sus notas sea aparentemente precario y con fecha de vencimiento, pueden leerse varios años después sin asomo de corrupción.
-¿Qué piensas de la idea de la crónica como género menor?
-En Brasil, por ejemplo, se acepta a la crónica desde hace mucho tiempo como una magnífica puerta de entrada a la mejor literatura. En Chile, en cambio, todavía hay gente que la ve como un género desechable, que no compite con la novela, el cuento y el ensayo, géneros supuestamente más valiosos e inmortales. Ese ejercicio de solemnidad es una gran estupidez. La crónica hace mucho que debería figurar en Chile sin complejos, entrometida junto a las otras posibilidades de la escritura: la ficción y la no ficción no tienen por qué competir y pretender anularse. Lo mejor para el lector es que convivan y se alimenten, y exploren hasta el final sus posibilidades de desarrollo. La crónica pertenece al género de la no ficción, y no tiene por qué acomplejarse. Es una variante del periodismo que bien hecha es también buena literatura, porque rompe los moldes ortodoxos de la noticia, se desmarca libremente por toda la cancha y busca seducir al lector con armas legítimas, con el lenguaje de la palabra.
-Aunque estudiaste periodismo, pareces rehuir la noticia, el hecho informativo, el golpe…
-Me interesan las zonas de silencio periodístico. Allí donde no llegan los reporteros por falta de interés, por no haber noticias puras y duras, o allí donde llegan y abandonan rápidamente porque la agenda del poder y la farándula así se los exige. Me interesan las historias pequeñas, escondidas al final de la página, o definitivamente ignoradas por los medios por triviales. Allí es donde me siento más cómodo y motivado para ejercer el oficio.
-¿Cómo ves la adaptación que Fuguet está haciendo de tu libro El empampado Riquelme, basado en un hecho real?
-Que Fuguet se haya interesado en hacer una adaptación al cine de mi libro me parece magnífico por el libro, y porque le da una nueva vuelta de tuerca a una historia conmovedora. Es su película, eso sí, y como tal la miro desde fuera. Pero por supuesto le deseo lo mejor: quiero que sea una gran película, que la vea mucha gente y que a través de ella el libro tenga una nueva oportunidad frente a nuevos lectores.

Roberto Merino (1961)
El columnista accidental
Probablemente Roberto Merino sea el representante más fino e inspirado de la crónica chilena actual, aun si su método de trabajo es totalmente improvisado. En noches o madrugadas de insomnio, Merino se coloca frente a la pantalla en blanco y espera a que llegue el tema, como si se tratara de una melodía de jazz o de un verso espontáneo. Aunque, claro, Merino odia el jazz y no simpatiza demasiado con el surrealismo.
Ahora está escribiendo una novela –de la que no puede adelantar ni el título ni la trama ni los personajes, pues “no tengo idea de nada”–, mientras sigue publicando sus crónicas de domingo en Las Ultimas Noticias, las que pueden hablar de cualquier cosa, uniendo cabos sueltos, impensados; desde el aire cosmopolita de los viña-marinos, a propósito del Festival de la Quinta Vergara, al derecho a no asistir a los asados o cumpleaños de los amigos, como remedio a la obsesión por opinar que afecta a medio mundo. Merino traza líneas invisibles entre temas aparentemente ajenos y tiene un humor que es una joya escasa en la prensa nacional.
-Estudiaste literatura, eres poeta y has sido reportero de fútbol… ¿Cómo llegaste a la crónica? ¿Qué te atrae de ella?
-En la crónica hay arbitrariedad, mirada, hay contradicción, hay un estado de ánimo que lo tiñe todo. La poesía es muy lenta, me demoro mucho, en contraste con la inmediatez de la crónica, donde todo se resuelve rápidamente. El 87 Andrés Braithwaite, editor de Apsi, me pidió un artículo sobre un restaurant san-tiaguino que estuvo de moda en los años 80. Si no fuera por eso, nunca habría llegado a escribir una crónica semanal como lo hago ahora.
-¿Te sientes parte de una tradición de cronistas como Joaquín Edwards Bello?
-En mi casa se hablaba de Edwards Bello, porque tenía un vínculo con mi abuelo. Y entró en mi cabeza el día que se mató, porque hubo conmoción en la casa cuando se supo la noticia. A los 13 años mi papá me indujo a leerlo. Yo leía en ese tiempo a Daniel de la Vega. Mi papá me dijo “no, esto es mucho mejor, por las frases rápidas, el estilo, los cambios de tema, el uso del francés”. Lo empecé a leer por cercanía familiar. Personalmente tampoco me imaginé terminar haciendo lo mismo que Edwards Bello, publicar una crónica semanal, fue bien azaroso. Pero me cuesta delinear una tradición de la crónica, aunque me gustan Ruiz Tagle, Calderón, Cristián Huneeus, Carlos León.
-Y piensas que hay vasos comunicantes con cronistas actuales como Lemebel o Fuguet?
-De Lemebel me siento muy lejano, no me interesan sus temas ni su escritura, pero con Fuguet alcanzo a vislumbrar intersecciones. Tal como veo bien desmembrada la tradición, veo desmembrada la crónica actual, sin embargo rescato a Juan Manuel Vial o Antonio Gil. No he logrado sentirme parte de ninguna generación.
-Algo que suele aparecer en tus crónicas es el humor…
-Sí, depende de los estados de ánimo. Pero más que humor, me interesa el absurdo. Prefiero eso a tocar notas patéticas o sentimentales.
-Un poco en contraposición al latero, del que hablaba Edwards Bello.
-Claro, el tipo que manda cartas a las diarios es un latero clásico. Yo en cierta forma soy el anti escritor de cartas a los diarios, porque el gallo que hace eso no entiende la ironía. Aun en los momentos más desalentadores de la existencia, el humor aparece: uno puede estar agonizando y bromear.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 6:20 pm

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