Estilo y Narración II

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¿quién es el muerto?

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La crónica policial, ese género “casi literario” del periodismo escrito, recolecta día a día la realidad más cruda, y también —quizás por eso de reflejar la vida misma— situaciones macabras, pero grotescas a la vez. Un verdadero maestro de la especialidad, Enrique Sdrech, recuerda algunos casos tan absurdos como olvidados por el vértigo informativo.

Por Enrique Sdrech

En el mundo entero se registran infinidad de historias policiales-judiciales donde a una persona se la da por desaparecida durante un tiempo para luego, transcurrido un lapso prudencial, presumir su muerte.

Y también suele ser frecuente que, dadas ambas circunstancias, es decir la desaparición y la presunción de muerte, a posteriori se tengan noticias de que el presunto fallecido se encuentra gozando de perfecta salud en algún lugar de la Tierra muy distante al lugar donde algún día, por razones variadas, decidió “evaporarse”.

Nuestro país no es una excepción a esa regla, pero a diferencia de todos esos ejemplos que abundan somos el único país donde, producido el fenómeno, cabe preguntarse: entonces, ¿a quién enterraron?

Y esto es así porque un simple vistazo a la crónica policial diaria nos permite saber que son plurales los casos de “resucitación”, que nada tienen que ver con milagros religiosos o de la ciencia médica.

Nos referimos no solo a las estafas que se cometen contra compañías aseguradoras sino a las inaceptables “fisuras” de ciertas normativas municipales y legales por donde suele filtrarse papelerío apócrifo (léase certificados de defunción “truchos” donde siempre se lee “paro cardiorrespiratorio no traumático”) que finalmente permite que muchos que figuran como finados sigan disfrutando de los placeres de los vivos.

Y pruebas al canto. Un buen día un reducido grupo de personas se presentó en el sector Crematorio del Cementerio de Mar del Plata solicitando la incineración de los restos de Daniel Julio Scandinaro.

¿Quién era Scandinaro? Un oficial de la Policía de treinta y cuatro años, muerto a consecuencia de un paro cardiorrespiratorio no traumático, según rezaba el correspondiente certificado de defunción que presentaron los acongojados acompañantes, junto con el pedido de cremación avalado por un escribano.

Todo estaba en regla. Inclusive el cadáver dentro del ataúd.

El trámite se cumplió sin inconvenientes y una hora después el reducido cortejo volvía a partir, con una viuda cuyos sollozos apenas le permitían tener entre sus temblorosas manos la pequeña urnita con las cenizas de Daniel Julio Scandinaro.

Pero algo falló. Scandinaro se había asegurado la vida meses antes por una cifra varias veces millonaria en cuatro compañías distintas. Hubo una investigación que permitió descubrir que llevaba una ostentosa vida en una residencial casa-quinta de la zona de Castelar. Se llevó a cabo un operativo policial, de madrugada, sonaron algunos tiros y finalmente Scandinaro cayó abatido de dos balazos.

“Sólo se muere una vez”, filosofó un investigador de seguros.

“Está bien, pero entonces ¿a quién cremaron en Mar del Plata? respondió el juez de la causa. No hubo respuesta…

Otro caso notorio que despertó las mismas sorpresas e idéntico interrogante ocurrió no hace mucho en una humilde barriada de la localidad de Ingeniero Budge, en el partido de Lomas de Zamora.

En la calle Labardén 2602 vivía Carlos Rodríguez, un correntino de cuarenta y nueve años, nacido en la localidad de San Luis del Palmar.

Muy cerca de su domicilio, casas por medio, vivían sus hijos.

El 26 de febrero de 1993, Carlos Rodríguez salió de su casa muy temprano, como lo hacía habitualmente, rumbo al trabajo.

En vano su familia aguardó el regreso. Pasó la noche y buena parte de la mañana siguiente y sus hijos, temiendo lo peor, se dirigieron a la comisaría de Ingeniero Budge para radicar la denuncia.

Desde el punto de vista policial, se hizo todo lo que tenía que hacerse en un caso de esas características. Búsqueda de paradero, radiograma a todas las dependencias policiales para saber si alguien de la edad y características del desaparecido se encontraba detenido, consultas a hospitales, clínicas y morgues. Todo con resultado negativo.

Era como si al correntino Carlos Rodríguez se lo hubiese tragado la tierra.

El tiempo siguió su marcha inexorable y casi un mes después un agente de policía se presentó en el domicilio de los Rodríguez. Les informó que en las mugrientas aguas del arroyo San Juan, tributario del no menos mugriento Riachuelo, había aparecido flotando un cadáver masculino. Los médicos forenses habían dictaminado que el cuerpo llevaba en el agua por lo menos veinte días.

Todo encajaba. “Prepárense para lo peor porque todo indica que se trata de su padre”, le dijo un oficial de la policía a los hijos, antes de partir hacia la morgue para que los muchachos cumplieran con la triste y dolorosa tarea del reconocimiento.

A pesar del avanzado estado de descomposición, aquellos restos fueron reconocidos como pertenecientes a Carlos Rodríguez. La altura, la vestimenta, ciertos detalles físicos, todo indicaba que aquel cadáver, que no presentaba ningún tipo de heridas, era realmente el correntino que aquella mañana del 26 de febrero había partido hacia su trabajo.

Ya poco importaba saber si se estaba frente a un accidente, un suicido o un homicidio. Lo único cierto era que don Rodríguez, el simpático “correntino”, estaba muerto y ahora había que velarlo y sepultarlo.

Todo el vecindario se movilizó para que esos trámites se llevaran a cabo como correspondía. Hubo que hacer rifas para obtener el dinero correspondiente que exigía la empresa funeraria. Así fue como todo un humilde barrio, cabizbajo y dolorido, desfiló aquella noche por la pieza velatoria y, al día siguiente, acompañó en silencioso cortejo los restos hasta el cementerio local.

Tres semanas después, cuando el “correntino” era un recuerdo, unos pibes que jugaban en la calle conocida como “costanera”, que bordea el Riachuelo, vieron venir al “muerto”. Caminaba por el mismo camino que hacía habitualmente cuando retornaba de su trabajo.

Aquella “aparición” pasó muy cerca de ellos, los saludó de la manera acostumbrada y enfiló para la modesta casita de Lavardén al 2600.

Lo increíble de esta historia es que don Carlos Rodríguez, (o su espíritu) entró en la vivienda como si tal cosa.

Eso ocurría en el mismo momento en que uno de los pibes que lo había visto llegar, con esa inocencia propia de los chicos de su edad, que nada saben de resurrecciones, retornos del más allá o especulaciones esotéricas, le decía a su madre: “Volvió el correntino y parece que echó buena porque tiene puestas unas ‘pilchas’ pitucas”.

Y era cierto. Las ropas de aquella “aparición” nada tenían que ver con las que solía utilizar el “finado”. No hace falta explicar el revuelo que se armó en el barrio. Los familiares, la policía, la justicia y los mismos forenses que habían suscripto el certificado de defunción no salían de su asombro y confusión.

“Sólo recuerdo que desperté en un lugar donde hacía mucho frío y que me llevaron a un hospital donde me atendieron muy bien y me regalaron esta ropa; después me dieron la plata para el colectivo”, repitió una y mil veces don Carlos Rodríguez.

Y surgió otra vez el punzante interrogante: entonces, ¿a quién enterraron?

RECUADRO

No lloren por mi

El caso más increíble, en el tema que nos ocupa, se registró en la ciudad de Rosario, donde un hombre sordomudo, que se había ausentado unas horas de su casa para hacer ciertas diligencias, al regresar se encontró asistiendo a su propio velatorio.

Veamos cómo ocurrió este hecho inédito, sin antecedentes en el mundo entero. Carlos Alberto Salguero salió de su domicilio para llevar a cabo unos trámites que le tomaron mucho más tiempo del pensado.

Al regresar, vio con sorpresa que de su casa se retiraban los empleados de una conocida empresa funeraria. Con no menos asombro, de un solo vistazo comprobó que se había instalado una capilla ardiente y que había portacoronas, hasta el momento vacíos. No faltaba el correspondiente ataúd —ocupado desde luego por un hombre que había pasado a mejor vida— rodeado por un grupo de personas llorosas que incluía a su esposa, quien al verlo parado en medio de ese escenario, rompió en gritos de histeria. Y no faltaron los desmayos.

¿Qué había pasado? Horas antes, en un paso a nivel del Ferrocarril General Belgrano, a la altura de la calle Avellaneda, un tren había arrollado a un hombre joven. El accidente ocurrió a cien metros de la casa de Salguero y cuando los vecinos corrieron hasta el lugar comprobaron que el convoy había mutilado el cuerpo de la infortunada víctima, pero debido a esas cosas inexplicables de la vida el rostro estaba intacto. Y ese rostro no era otro que el del sordo-mudo amigo y conocido de todos: Carlos Alberto Salguero.

Se hicieron los trámites, se cumplieron todas las formalidades del reconocimiento y se contrató al servicio fúnebre. Nadie imaginó que estaban velando a un sosías de Salguero, a un desdichado que era idéntico al sordo-mudo. Se avisó a la policía, al juez de turno y a todo el barrio. Del horror y la sorpresa se pasó a la alegría.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:18 pm

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