Estilo y Narración II

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Bagdad, la ciudad donde sólo se oyen disparos

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Los habitantes que no han huido de la capital iraquí viven atemorizados por la violencia y han abandonado las calles.

Por ÁNGELES ESPINOSA (ENVIADA ESPECIAL) – Bagdad – El País / 10/03/2007

El vuelo de Dubai a Bagdad va lleno. Sin embargo, hay algo raro en el viaje. Apenas un puñado de iraquíes sube al avión de Jupiter Airlines. El resto de los pasajeros son contratistas de seguridad occidentales o ciudadanos asiáticos que trabajan para las subcontratas, ya que los ocupantes no se terminan de fiar de los iraquíes, cuya tasa de paro ronda el 50%. Y una vez sobre la ciudad, el avión desciende en espiral sobre la vertical del aeropuerto para evitar los ataques de la insurgencia. Sólo unas horas antes del aterrizaje de esta corresponsal, han caído cuatro morteros, uno de ellos en el edificio terminal. A punto de cumplirse cuatro años de la invasión de Irak, la seguridad sigue siendo la asignatura pendiente.
En la carretera que une el aeropuerto con Bagdad, han desaparecido las palmeras. La limpieza de obstáculos que pudieran servir a los rebeldes para emboscarse ha dejado un paisaje de tierra revuelta y desolación que se agrava con la ausencia de tráfico. Sólo dos globos aerostáticos rompen la monotonía. Equipados con equipos de vigilancia electrónica graban en vídeo todos los movimientos que se producen en la zona, lo que ha permitido a los militares estadounidenses rastrear el origen de los atacantes suicidas y desmantelar la mayoría de las células terroristas que operaban en la que llegó a ser bautizada como Carretera lanzagranadas, por los frecuentes ataques con ese arma.
Pero con globos o sin ellos, los iraquíes desconfían. “A partir de las tres nos encerramos en casa y ya no salimos a no ser que sea una cuestión de vida o muerte”, confía Alí S., un empleado del aeropuerto que tiembla cada vez que le toca el turno de tarde. “El regreso es una lotería”, manifiesta.
Las calles vacías dan testimonio del temor de sus habitantes. Las tanquetas policiales, omnipresentes delante de cada edificio oficial, y algunos coches que cruzan a toda velocidad son la única señal de vida. Cierto que ayer era viernes, el festivo semanal en Irak, para cuya celebración se restringe el tráfico durante cuatro horas, pero esta enviada no había visto un Bagdad tan fantasmagórico a mediodía desde los bombardeos estadounidenses de hace cuatro años. El primer ministro iraquí, Nuri al Maliki, aprovechó para visitar alguno de los puestos policiales y conversó con los agentes en un gesto destinado a tranquilizar a los participantes en la conferencia sobre Irak antes de la reunión de hoy.
A media tarde, sólo las ráfagas esporádicas de ametralladora y las sirenas de los coches de policía rompen el silencio de una ciudad en otro tiempo bulliciosa. No hay cafetines abiertos. Ni tiendas. Ni vida. Sólo la incertidumbre y la angustia que cada mes arrancan de sus casas a miles de personas temerosas de ser chiíes en un barrio suní o suníes en un barrio chií. Dos millones se hallan desplazadas dentro del país. Otros dos lo han abandonado presas del miedo o la desesperanza.
A pesar del último plan de seguridad lanzado por las tropas estadounidenses, la violencia ha vuelto a repuntar en vísperas de la conferencia de países vecinos prevista para hoy. “Tememos que vaya a producirse un nuevo atentado en cualquier momento”, confía un embajador europeo bastante crítico con los resultados de la campaña. Se refiere a una acción espectacular de esas que dejan decenas de muertos porque la sangría cotidiana no ha cesado en ningún momento. La fuente no niega que como ha publicitado EE UU hayan descendido los asesinatos sectarios en Bagdad, pero opina que sólo se trata de un efecto temporal.
“Ante la presión dentro de la capital, los insurgentes o se han tomado un descanso o se han trasladado a otras provincias, pero el volumen general de violencia no ha cambiado”, asegura este interlocutor, con largos años de experiencia en el país. El martes, sin ir más lejos, dos terroristas suicidas mataron a 117 peregrinos chiíes que se dirigían a Kerbala, donde se han dado cita entre tres y cuatro millones de personas para hoy celebrar el fin de la cuaresma de Ashura.
“Esta ciudad parece no tocar fondo, está intransitable, ya no hay espacio público, y lo poco que queda es objeto de atentado seguro”, declara una diplomática occidental destinada en Bagdad que encuentra muy interesante su trabajo pese a no poder salir de su embajada sin escolta armada.
Ni siquiera es posible ya el inocente entretenimiento de acudir a comprar libros al mercadillo de Mutanabi, una de las actividades habituales de los viernes por la mañana. El brutal atentado del pasado lunes no sólo mató a 30 personas y dejó heridas a otras 65, destruyó gran parte del barrio en el que desde 1932 se reunían escritores, intelectuales y universitarios, y uno de los pocos vestigios otomanos de la ciudad. El jueves, algunos de los habituales volvieron a Mutanabi para honrar a los muertos, pero como vaticinó uno de los poetas participantes, “la luz no volverá a encenderse de nuevo aquí”.

[El líder de uno de los principales grupos insurgentes supuestamente ligados a Al Qaeda, Abu Omar Al Bagdadi, fue arrestado en Bagdad, según la televisión oficial Al Iraqiya, informa Reuters.]

© Diario EL PAÍS S.L.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:12 pm

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