Estilo y Narración II

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Ciudad de México. Días Robados: El cielo artificial

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Por Juan Villoro / Agosto 2002

La ciudad de México crece con el veloz desconcierto de las epidemias. Lo primero que llama la atención al viajero es la dificultad de orientarse entre sus calles. “Es el único lugar donde he tenido miedo de perderme para siempre”, afirmó el escritor triestino Claudio Magris. Nuestras calles repiten los nombres de los héroes como si así pulieran su gloria. Quien consulte la Guía Roji encontrará tantas calles Zapata, Juárez o Hidalgo como para construir varias metrópolis suficientemente patriotas. Al abordar un taxi, el conductor evade la responsabilidad de orientarse en el laberinto: “Usted me dice por dónde.” Nada más natural que los profesionales del volante ignoren un territorio que excede a la experiencia humana.

Los límites de la ciudad ya quedan tan lejos que resulta inexacto hablar de las afueras. Hemos perdido la noción de periferia y el aeropuerto, que alguna vez ocupó la punta oriente de la capital, se ha vuelto ruidosamente céntrico.

De Tenochtitlan al Distrito Federal: un palimpsesto mil veces corregido, borradores que ya olvidaron su modelo original y jamás darán una versión definitiva. La villa flotante de los aztecas, la retícula soñada por el virrey de Mendoza, las avenidas promovidas por el regente Uruchurtu, los tianguis infinitos que rodean los heterogéneos rascacielos de la posmodernidad, integran un paisaje donde las épocas se combinan sin cancelarse. La misma corteza terrestre contradice el tiempo. De acuerdo con el sismólogo Cinna Lomntiz, el 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México se comportó como un lago: el terremoto desconcertó a los especialistas porque sus ondas se desplazaron a manera de olas. Desde el punto de vista sismológico, la ciudad debe ser estudiada como una cuenca de agua. Nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

La ciudad de México es ante todo una voracidad de crecimiento, un caos que nos rebasa a diario con frenética intensidad. ¿Será posible que un territorio que confunde la cronología y subyuga todos los espacios tenga un plan maestro, un orden secreto que lo justifique? Los pasajeros que llegan de noche al Aeropuerto Benito Juárez contemplan un cielo invertido. Miles de estrellas palpitan en el horizonte. El avión persigue una galaxia. Este paisaje desmedido entrega una clave para entender el propósito oculto de México D.F. La historia entera del sitio que nos tocó en suerte apunta a la creación de un cielo artificial.

Los edificios aztecas crecieron sobre el lago y se reflejaron en sus aguas; la ciudad tenía dos cielos. Desde entonces hemos vivido para suprimirlos y buscarles un complicado sustituto. Los años de la Colonia transcurrieron para secar el agua y nuestros delirios industriales eliminaron el aire puro. Hoy en día, el cielo es una bruma difusa que los niños pintan de café o gris en sus cuadernos escolares. En su peculiar lógica de avance, la moderna Tenochtitlan destruye los elementos que la hicieron posible. No es casual que la literatura mexicana ofrezca elocuente testimonio de la caída celeste. En 1869, Ignacio Manuel Altamirano visita la Candelaria de los Patos y habla de la “atmósfera deletérea” que amenaza la ciudad; en 1904, Amado Nervo exclama: “¡Nos han robado nuestro cielo azul!”; en 1940, pregunta Alfonso Reyes: “¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico?” Tres décadas más tarde, responde Octavio Paz: “el sol no se bebió el lago/ no lo sorbió la tierra/ el agua no regresó al aire/ los nombres fueron los ejecutores del polvo”.

En 1957 Jaime Torres Bodet escribe “Estatua”, un poema que finalmente descarta de su libro Sin tregua:

Fuiste, ciudad. No eres. Te aplastaron
tranvías, autos, noches al magnesio.
Para verte el paisaje
ahora necesito un aparato
preciso, lento, de radiografía.
¡Qué enfermedad, tus árboles! ¡Qué ruina
tu cielo!

La literatura ha sido, precisamente, el aparato que Torres Bodet pide para registrar la ciudad sumergida bajo sus muchas transformaciones. En aquel año sísmico de 1957, el Ángel de la Independencia cayó a tierra. Fue un momento simbólico en la vida de la ciudad: el cielo había dejado de estar arriba. Ése era el mensaje que el Ángel ofrecía en su desorientación, pero tardamos mucho en comprenderlo.

“El único problema de irse al cielo —escribe Augusto Monterroso— es que allí el cielo no se ve.” Vivimos en el imperfecto paraíso que no puede verse a sí mismo.

Por las noches, la ciudad se enciende como una constelación poderosa y desordenada. ¿Qué designio superior explica esta inversión del cielo?

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino describe los mecanismos que explican a las urbes más variadas del mundo. Uno de ellos se aplica a México. Durante años, ejércitos de albañiles levantan muros y terraplenes que parecen seguir los caprichos de un Dios demente. Llega un día en que los hombres temen a la arena y al cemento. Construir se ha vuelto una desmesura. Sin embargo, alguien intuye el sentido de las calles y los edificios que se multiplican sin fin: “Esperen a que oscurezca y apaguen todas las luces”, dice. Cuando la última lámpara se extingue, los constructores contemplan la bóveda celeste. Entonces entienden el proyecto.

En lo alto, brilla el mapa de la ciudad.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:13 pm

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