Estilo y Narración II

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Cuando la crónica roja manda

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Por Beatriz Sarlo / 12.11.2006 | Clarin | Sociedad

Vinculados con la inseguridad urbana y rural, que es una especie de río noticioso continuo, cuya repetición reflejaría las preocupaciones de la gente, reforzándolas al mismo tiempo, los medios de comunicación escritos y audiovisuales tienen algunos temas de moda que van circulando, pasando de la portada a las páginas interiores, para volver a primer plano, en una especie de repetición que indica a veces el vacío de noticias consideradas interesantes y otras veces el vacío de ideas sobre lo que es una noticia.

Los temas de moda se alternan en una especie de calesita, sin que esta descripción de una mecánica de aparición y alternancia signifique disminuir su gravedad. Simplemente están a la moda; antes, otros temas, igualmente importantes, ocuparon ese lugar. Hace mucho tiempo, a principios de los noventa, el tema de moda era la prostitución femenina, las organizaciones por los derechos de las prostitutas, la persecución de la que eran víctimas por una policía que recaudaba de modo implacable; luego el tema fueron las travestis y las zonas que ocupaban en barrios coquetos como Palermo (pocos hablaban de barrios deteriorados como Constitución). El tema de la prostitución infantil no llegó a la categoría de “tema de moda” probablemente por su carácter perturbador y poco pintoresco. Así como las travestis en televisión son divertidas, una niña prostituida es de un patetismo insostenible y mostrarla, una inmoralidad a la que no se animan ni los programas más bajamente sensacionalistas porque, además, estarían infringiendo los derechos de una menor.

La violencia de la prostitución infantil tiene su otra medida en la violencia sexual doméstica que, cuando es incestuosa, ofrece a los medios la intensidad escalofriante de una situación donde se ha traspasado un límite que hace posible la vida en sociedad. El embarazo producto de un hecho de violencia sexual incestuosa sobre una mujer debilitada en sus facultades es probablemente el caso más extremo de ese límite, porque afecta no sólo a una mujer. Como en la Argentina la interrupción de ese embarazo requiere de intervenciones jurídicas complicadísimas, afecta también la identidad futura de un niño a quien, en determinado momento, o se le esconderá su pasado o se le dirá: “Tu tío, que es también tu papá, violó a tu mamá que es o era débil mental”. En un país donde, a partir de los hijos de desaparecidos, ha pasado a ser sagrado el derecho a la identidad, me gustaría que me explicaran cómo se encara el caso. Quizá por ser tan difícil, se convierte en noticia sólo cuando llega a los estrados judiciales y luego vuelve a un rincón donde se amontonan los hechos que desquician las certezas, los actos intratables.

Una vuelta más del noticiero y llegan los locos tira tiros: un chico en una escuela de Patagones, un joven en una esquina de Belgrano. Todo el mundo habla de seguridad, como si la policía del país más organizado e incorruptible del mundo pudiera prever un acto de locura. Claro, lo que sucede es que hay armas desparramadas por todos los cajones, con permisos y sin permisos; gente que se entrena al tiro al blanco sin concebir eso como deporte. El lado inorgánico de la sociedad argentina, el desorden administrativo y el delito ponen revólveres donde no debiera haberlos. Pero, aun así, ¿es un problema de seguridad liso y llano el loco tira tiros? Esa insanía, que no es excepcional en Estados Unidos, tiene más del azar que de la necesidad. Cuando aparece como tema de seguridad policial, algo parece desplazado. ¿Y qué pasa con los crímenes perpetrados contra vecinos, amigos y familiares, que los expertos designan como una de las causas relevantes de muerte violenta?

El periodismo popular nació como literatura de crímenes y el cronista moderno, tal como lo conocemos hoy, fue hace mucho cronista de policiales. Antes de la prensa escrita, los grabados populares, que se vendían por centavos en muchos países de América Latina, representaban escenas de sangre, cuerpos acuchillados, hombres que arrastraban de los pelos a mujeres, asaltantes que se agazapaban en el claroscuro de una ochava con un cuchillo entre los dientes.

Los llamados bajo fondos, donde se confundían las viviendas obreras con los refugios de criminales, fueron tema de la literatura y de las noticias que se consumían también en esos lugares que los llamados ciudadanos respetables consideraban los nidos de la inseguridad.

Las clases laboriosas (es decir los obreros) fueron muchas veces confundidas con las clases peligrosas (es decir los delincuentes), sobre todo si los laboriosos salían a la calle y se hacían visibles para reclamar sus derechos. En todo esto, la televisión sigue tradiciones centenarias.

Los extranjeros, a menudo anarquistas, muchas veces fueron considerados peligrosos y a comienzos del siglo XX se promulgó una ley que permitía deportarlos. Hasta hace poco, leímos sobre la nueva mafia china y sobre la violencia entre peruanos. No estamos libres del prejuicio que implica juzgar antes de saber y conocer menos de lo necesario para juzgar.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:16 pm

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