Estilo y Narración II

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Nada que declarar. Welcome to Tijuana

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Sólo un cronista de la talla de Juan Villoro, autor de Los once de la tribu y Palmeras de la brisa rápida, es capaz de captar en todos sus infinitos matices una ciudad tan extraña, repelente y fascinante como Tijuana, espacio urbano que supera cualquier capacidad de asombro.

Por Juan Villoro / mayo 2000.

En una de sus mejores parodias, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges inventaron a un escritor tan comprometido con su realidad que sólo describía lo que pasaba en la esquina nor-noroeste de su mesa de trabajo. Menos prudente que ese personaje, acepté escribir sobre Tijuana, el ángulo nor-noroeste del país.
La principal desventaja de ser capitalino es que se nota. Los chilangos estamos tan desprestigiados en provincia que quizá deberíamos concentrarnos en nuestras domésticas superficies. Además, Tijuana es el sitio donde el periodista El Gato Félix promovió la campaña “chilangos go home” antes de ser asesinado (hasta donde se sabe, no por un capitalino).

En mi descargo, debo decir que la Gran Aduana de Baja California Norte repudia todo localismo; es la frontera más cruzada del mundo, la orilla emblemática de la Aldea Global, donde el paisaje cambia como si respondiera al zapping de la televisión, el duty-free que trafica con realidades y deseos. Para el antropólogo Néstor García Canclini, se trata de “uno de los mayores laboratorios de la posmodernidad”; para el narrador tijuanense Luis Humberto Crosthwaite, de “una ciudad inventada… mutable y polifacética”.

Uno de los productos típicos de esta Meca del sincretismo es la ensalada César. Los mexicanos que hacen turismo pastoral en el Vaticano, suelen sorprenderse de que nadie les ofrezca el antipasto que suponemos favorito de Italia. La solución del misterio es la siguiente: el César que apellidó la ensalada no fue un personaje de Suetonio, sino César Cardini, un restaurantero de Tijuana dispuesto a contrabandear culturas.

La más cosmopolita de nuestras ciudades, principal zona de contacto con el país más poderoso del planeta, exige un registro múltiple. En el trayecto, hojeé la revista de Aeroméxico hasta encontrar el previsible mapa de la república. Recordé los atlas antiguos, donde un Eolo soplaba con mejillas neumáticas para simbolizar la dirección de los vientos y una leyenda indicaba el fin del mundo: Hic sunt leones (aquí hay leones). El inexplorado horizonte prometía bestias. Ahora que los leones bostezan a sueldo en los circos, hay que buscar otras criaturas para lo desconocido. ¿Qué animal encarna la condición limítrofe de Tijuana? Por el walk-man me llegó la voz de Manu Chao: Welcome to Tijuana

tequila, sexo, mariguana
con el coyote no hay aduana.

La letra promovía mi destino de viaje como una Ciudad del Vicio para pecadores de bajo presupuesto. En este folclor duro, el coyote es una figura omnipresente.
El problema es que se trata de una persona corrompida en bestia: un ser que pronuncia de maravilla los dos idiomas que habla mal y dispone del picaporte secreto para que los mexicanos entren a Estados Unidos. Los coyotes han mandado tantos oaxaqueños a San Diego que ya se habla de Oaxacalifornia.

Otro posible símbolo de la frontera es la foca, animal indeciso entre el mar y la tierra. No es casual que Federico Campbell lo haya escogido como símil de los lugareños en su novela Todo lo de las focas. Sin embargo, nada iguala al ganado híbrido que inventó Tijuana: los burros pintados de cebras. Por razones insondables, a los turistas les gusta retratarse junto a esta arbitrariedad veterinaria.

Lo primero que el visitante ve al aterrizar en la ciudad donde los burros se disfrazan es el muro de metal que el ejército de Estados Unidos usó para que sus vehículos avanzaran en las dunas durante la tormenta del desierto. Como medio de control, resulta absurdo; tiene hendiduras que sirven de escalones y no es muy alto. Wade Graham, de la revista Harper’s, comparó esta muralla simbólica con las instalaciones de Christo. En efecto, las vallas que recorren la línea fronteriza y se adentran treinta metros en el mar, no sirven para detener a los ilegales sino para avisarles que serán detenidos. La ignominiosa chatarra cumple una función de propaganda; anticipa los horrores que pue-den sufrir los temerarios. El paisaje no es feo por casualidad. Desde que entró en vigor el operativo Gatekeeper, en octubre de 1994, cerca de cuatrocientos mexicanos han muerto tratando de alcanzar el cielo provisional que conocemos como “el otro lado”.

Los chinos invisibles

De acuerdo con Crosthwaite, el presidente Antonio López de Santa Anna fue “el mayor agente de bienes raíces de la historia”. Gracias a que perdimos la mitad del territorio, la frontera bajó hasta Tijuana y atrajo las banderitas de Century 21. La tierra vale por su proximidad con el imperio. La ciudad ha crecido rumbo al norte, hasta rozar las alambradas donde lo mexicano se vuelve sospechoso. En cambio, del lado norteamericano, San Diego dio la espalda a la frontera y orientó sus casas al Océano Pacífico.

¿Qué puede unir a dos culturas tan disímbolas? Antes de mi viaje hablé con Daniel Sada, el escritor de Mexicali que acaba de renovar la novela mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Daniel me invitó a comer a un restorán chino en la calle de Bucareli. El local pertenece a Lin May, la giganta inyectada de silicón que en los años setenta se desnudaba en el Teatro Esperanza Iris. Aunque no había nadie y la decoración sugería un centro nocturno, un chino en regla nos ofreció elmenú para el almuerzo. Junto a la desierta pista de baile, comimos nuestro chop-suey, como gángsters que cierran un tugurio para sorber fideos mientras los filma Scorsese.

—¿Sabes qué cultura une a México y Estados Unidos? —Daniel entrecerró los ojos, como un pícher en el montículo, y lanzó la respuesta—: La comida china.

Mexicali se fundó en una depresión en el desierto, bajo el nivel del mar. Ahí los chinos fueron bienvenidos porque el terreno se consideraba inhabitable. Con el sigilo de una tribu que generalmente vive en las cocinas, se extendieron por toda la frontera. Las noches de Mexamérica son iluminadas por ideogramas de neón. En Tijuana hay casi trescientos restoranes chinos y un consulado lleva los documentos de esos ciudadanos abundantes e invisibles que preparan tantas comidas.

En la película Pulp Fiction, ubicada en Los Ángeles, un criminal asalta una cafetería al grito de: “¡Saquen a los mexicanos de la cocina!” Si la escena ocurriera unos kilómetros más al sur, habría que gritar: “¡Saquen a los chinos!” (lo cual permitiría verlos por primera vez).

Luis Humberto Crosthwaite me llevó a espléndidos restoranes de comida autóctona, es decir, china. Como él vive en Tijuana desde su nacimiento, en 1962, conoce a varios miembros de la nación que se esconde entre el vapor de sus peroles.

El gusto de los chinos por el secreto los ha llevado a abrir merenderos clandestinos, a los que el cliente llega como invitado a una casa. Luis Humberto me hizo probar camarones confitados con coco y otros prodigios tijuanenses que seguramente Marco Polo degustó junto a la Gran Muralla, pero no me consideró digno de pertenecer a la cofradía de quienes se esconden para comer pato laqueado. Sólo pertenece a la sociedad quien ha visto determinado número de chinos. La cifra exacta es un enigma. Sólo sé que aún no soy digno de ella.

El negocio de los chinos invisibles comparte honores con otras formas del comercio. La economía informal ha producido en México objetos tan extraños, y en apariencia vendibles, como las máscaras del ex presidente Salinas de Gortari. En las garitas de Tijuana los coches se detienen para comprar artesanías aún más sorprendentes. Estamos en el único sitio de Occidente donde se considera decorativo un Bart Simpson de yeso del tamaño de un servibar. El surtido de figuras incluye a los Power Rangers, Pocahontas y Aladino. Los artesanos siguen los estrenos de Hollywood y ahora se ocupan de Tarzán. El acabado tosco, con pintura de acrílico, garantiza estatuas horrendas. Como es de suponerse, son un éxito. Incluso los que cruzan a pie las llevan a cuestas.

Tijuana ofrece la mayor concentración planetaria de farmacias, lo cual significa que o los norteamericanos están muy enfermos o son muy hipocondriacos. Las píldoras rigurosamente vigiladas en el imperio ahí se venden sin receta.

Los favores de una medicina barata y permisiva también se advierten en los muchos consultorios de dentistas, dermatólogos y cirujanos plásticos. En días de suerte puedes toparte con un grupo de turistas clínicos: humanoides con rostros color cereza, recién operados por un esteta facial.

De las carreras de galgos a los tacos de langosta, el bazar tijuanense excede todo inventario. En este emporio de las transacciones, el poeta Robert L. Jones se preció de cruzar la frontera llevando “una rosa indocumentada”. Sin embargo, el amor no siempre es motivo de lirismo. Afuera de una garita, un enorme anuncio delata las consecuencias del comercio entre los dos países: Herpes? Call 800 336 CURE.La matiné erótica
El Consulado de México en San Diego y el Colegio de la Frontera Norte prepararon una excursión para que un grupo de escritores y periodistas conociéramos la auténtica Tijuana. Nada de retratarnos junto a un burro rayado, con una escoba en la mano. Había que hacer una indagación tan participativa como la de Jorge Bustamante, director del Colegio, que conoció la realidad fronteriza al cruzar como espalda mojada a Estados Unidos.

Subí a la camioneta del Colegio y una profesora denunció una inesperada molestia del centralismo:

—¿Te has fijado que los meteorólogos de la televisión chilanga señalan puros lugares del centro y tapan con su cabeza la península de Baja California?

No, no me había fijado.

—Así de duro está el centralismo.

Guardé un avergonzado silencio hasta que llegamos a nuestro primer destino. La estatua blanca de una mujer desnuda, tan grande como para competir con el Lenin récord de la Unión Soviética. Pero lo significativo no es la dimensión de la giganta sino que el escultor viva dentro de ella. Curiosamente, este Edipo que puede asomarse al mundo por un balcón en el vientre de su amada, ha puesto este letrero: SE VENDE.

Después de contemplar la estatua que sirve de matriz y condominio, recorrimos la frontera del lado mexicano. Los amigos del Colegio se referían a ella como “la línea”.

A medida que uno se acerca a Estados Unidos, la ciudad se empobrece y un medio de construcción se vuelve insoslayable: la llanta. Las casas se alzan sobre pilas de neumáticos, a manera de palafitos. En las colinas de tierra suelta, frecuente-mente visitadas por temblores, las llantas sirven de cimiento y amortiguador.

Vi bardas, columpios y ladrillos hechos de llanta. En este refugio de los nómadas, el emblema del movimiento se ha vuelto sedentario.

Daban las once de la mañana cuando la camioneta tomó un rumbo inesperado, hacia la calle Coahuila. Era tarde para muchas cosas, pero un poco pronto para visitar un centro nocturno.

“El principal inconveniente de ser fusilado es que hay que madrugar”. Recordé esta frase de Carlos Fuentes al entrar al cabaret con la gente del Colegio. La oscuridad del recinto creaba un tiempo suspendido, la eterna medianoche que conocen los asiduos a Las Vegas o a la mansión de Hugh Hefner.

Me senté entre dos académicas a contemplar un fracaso erótico. Una mujer se desnudaba en la pasarela como si estuviese ante un batallón de fusilamiento, acribillada por ojos narcóticos. Al fondo, dos parroquianos de sombrero miraban las botellas que cubrían su mesa. Parecían llevar una semana en esa postura.

Hay quienes van a un strip-joint para excitarse y quienes van para excitarse con los excitados (“no te pierdas El Bambi —me recomendó un amigo—: ¡puedes ver soldados besándose!”). El cronista está menos ávido de senos desnudos que de reacciones. Ensartar un billete en la tanga de una mujer es una voluptuosidad mercantil; sin embargo, no es menos sórdido estar ahí de mirón.

La académica a mi derecha señaló a la desnudista que se despedía entre magros aplausos:

—No te preocupes. Otras chicas son mejores. ¿Qué te gusta que te hagan?

Mi asiento color violeta se convirtió en un sitio excelente para estar preocupado. Eran las inmóviles once en el reloj de Tijuana y mi acompañante me inquietaba más que las bailarinas. Un estridente micrófono llamó a la siguiente fusilada (una olvidable Yadira o Yazmín o Yesenia), y mi vecina de asiento cruzó la pierna. No lo he dicho: la profesora llevaba pantalones muy cortos y una cadenita en el tobillo, un atuendo común en los 38 grados de la frontera, pero impensable en los contenidos campus del Distrito Federal. Mi vecina pidió un tequila doble y le trajeron uno que parecía triple. Bebió un trago largo, largo, largo. Vi el líquido entrar en su garganta y supe que estaba viendo demasiado. Le pregunté algo a la colegiada que odia a los meteorólogos que tapan Baja California con su cabeza. Ella vinculó estadísticas con la realidad. Antes de que le diera un sorbo a mi tequila, la profesora de pantalón corto terminó el suyo. Eran las once y la mujer a mi derecha hablaba como si el sufrimiento fuera su sintaxis. Me explicó las rutinas de las mujeres, lo que les gusta a los hombres, las preferencias de los norteamericanos. No condenaba ni celebraba el mercado del sexo. Así era la vida, dura y quebrada y monótona. Había algo irresistible en su imparcial entereza ante el frenesí ajeno. Dejé de mirar la pista. Sólo podía ver a la mujer que razonaba la pista.
—¿Quieres que te bailen? —me preguntó.

Estaba en una matiné de Tijuana; la desnudista se iba a trasladar a mi mesa o a mis muslos.

Pedí la cuenta.

Regresamos al sol calcinante de la calle Coahuila. Las profesoras lucían frescas, como si acabáramos de beber jugos de frutas.

Recordé otro viaje a la ciudad. Fui con mi mujer y le pedí a un taxista que nos paseara durante una hora. Recorrimos estatuas de héroes, un planetario adornado por la efigie de un pequeño dinosaurio, un local donde un empresario construyó un México en miniatura que fue cerrado por falta de visitantes.

—La gente es muy poco patriótica —se quejó el taxista.

Me pregunté si las ganas de ver una patria encogida serían una prueba de nacionalismo, pero no pude seguir el tren de mis ideas: estábamos en la calle Coahuila y el conductor señalaba putas:

—Aquí vienen las más baratas. Pobres chamaquillas —se volvió hacia mi mujer—: perdón, señora, pero me dijeron que los paseara una hora y después de veinte minutos se atraviesan las prostis.

Subí a la camioneta del Colegio de la Frontera Norte. El tiempo volvía a su cauce. Dejaban de ser las once, la hora detenida del deseo. ¿Adónde íbamos? En veinte minutos lo sabría.

Hierba mala

Después de la guerra fría, Estados Unidos, incapaz de realzar sus virtudes sin enemigos arquetípicos, sustituyó al Comunista Devorador por el Capo Latino. El narcotráfico prospera en el continente gracias a las redes del crimen organizado, pero sabemos muy poco de los barones de la droga que operan más allá de la frontera norte. En cambio, una insistente propaganda nos pone en contacto con la vida íntima y las minuciosas fechorías de cada cártel latinoamericano.

El paso fronterizo más cruzado del mundo es un imán irresistible y también ahí los narcos han edificado sus hogares, mezclas de fortalezas bancarias y delirios musulmanes.

En 1994, Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia de la república, fue asesinado en el arrabal tijuanense de Lomas Taurinas.
En su libro Sorpresas te da la vida, Jorge G. Castañeda ofrece esta hipótesis sobre las causas del crimen: el presidente Salinas rompió su pacto de no agresión con los narcotraficantes para firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y el cártel de la región tomó cartas en el asunto.

La mayoría de los mexicanos conocimos Lomas Taurinas en video: una cuenca de polvo, atestada por correligionarios de chamarra y una muchedumbre miserable, donde Colosio era ultimado a quemarropa. La secuencia se iba a convertir en el oráculo que veríamos mil veces sin encontrar clave alguna.

El lugar de los hechos ya califica como “sitio de interés”. La barranca ha sido retocada por el municipio. Una plazoleta recuerda el magnicidio y unas oficinas ofrecen los beneficios de un gobierno con suficiente energía para levantar paredes color verde pistache, pero incapaz de llenarlas de algo que valga la pena.

En su pobreza cívica, Lomas Taurinas demuestra la desigual lucha de los poderes legales contra la impunidad. Atribuir un atropello al narco equivale a decir: “fue la mano de Dios”. El crimen organizado resulta inexpugnable y sólo sufre bajas en sus reyertas internas. De repente, un capo (o su doble) muere en las planchas de la liposucción o en el cofre de un auto, con un número cabalístico de puñaladas. Sólo alguien de la “hermandad” puede acercase a sus camisas coloreadas por Versace y la cucharita de oro que pende de sus cuellos.

Estos célebres fantasmas se delatan por sus gustos. Ciertos coches. Ciertos restoranes. Ciertas mujeres: Grand Marquis. Los mariscos de Los (N)Arcos. Chicas con leotardos de lycra y cabelleras flamígeras.

Su repercusión cultural más importante son las canciones que han modificado el repertorio de los conjuntos norteños. Aunque no todos los miembros de la “onda grupera” rinden pleitesía a Camelia la Texana, la Adelita de las epopeyas narcas, el hit-parade que suena al compás del acordeón habla de avionetas que aterrizan en pistas clandestinas, “labriegos” que usan ametralladoras AK-47, drogas escondidas rumbo a Estados Unidos. La ciudad de la ensalada César no ha producido tantos narcocorridos como Culiacán, verdadero Motown de esta corriente, pero aporta lo suyo: “Unos perros rastreadores/ encontraron a Yolanda/ con tres kilos de heroína/ bien atados a la espalda”. Así cantan Los Incomparables de Tijuana, y Los Aduanales complementan: “Salieron de San Isidro/ procedentes de Tijuana/ traían las llantas del carro/ repletas de hierba mala”.

Aliens

Es verano y en las terrazas del imperio se sirven tallarines de tres colores y fragantes capuchinos. En estas zonas del placer controlado, donde el humo de un cigarrillo podría activar una alarma, el vino goza de buena reputación. Los norteamericanos necesitan certificados médicos para sus placeres y la uva espirituosa regula la presión sanguínea.

Cada botella de vino de California está historiada de atributos gastronómicos; sin embargo, quien sostiene una copa con tinto de Napa Valley ignora el trabajo que costó producirla.

Todo comienza en el ardiente desierto mexicano. Junto a las garitas de Tijuana, se alzan las casetas encaladas donde se fraguan los Bart Simpson de yeso. Muy cerca de ahí, en las áridas colinas, destacan otras figuras, hombres en espera de la ocasión propicia, inmóviles, en cuclillas. La postura es una comprobación racial de la pobreza: ningún paisano con sangre española podría “descansar” así.

Pensé que sería difícil conversar con ellos, pero en la ribera mexicana del río, antes de ser buscados por los fanales de los helicópteros, los aprendices de indocumentados hablan sin parar:

—Tengo a mis tres hijos del otro lado. Yo también estuve ahí pero me regresé a Oaxaca por el más chico —me dijo un hombre de unos cincuenta años, con gorra de beisbolista y zapatos tenis.

La frontera es una vasta operación narrativa; los relatos prueban que atravesar es posible, que Rubén y Chucho y Carmen y Ramona ya trabajan en la fresa o en la uva, que burlaron los aviones mosquito y el ojo de tigre, un aparato equipado con censores de calor. Pronto, uno de ellos será, felizmente, un alien en Estados Unidos.

Pero también abundan los alardes negativos:

—A mí me han rebotado más de treinta veces —dijo un joven que parece haber nacido tratando de cruzar.
La solución es insistir. Tarde o temprano la marea se vuelve incontenible. Los oficiales de la migra apenas logran remitir a unos veinte hombres por batida. Si te regresan a México, hay que aguantar el hambre, la canícula del mediodía, el viento que cala hondo en el alba, y tratar de nuevo. Del otro lado, a veinte minutos de caminata, hay taxis amarillos, listos para tomar la Autopista Interestatal 5, la dorada ruta del trabajo.

—¡Que chingue a su madre el gobierno! —gritó un hombre de unos 25 años, muy fornido. Llevaba una camiseta negra, con el emblema gótico de un grupo de rock—: Lo que necesitamos es otro Pancho Villa —hizo una pausa para patear piedras—. ¿A usted le parece justo que me den tiempo por pedir dinero? ¡Que me encierren por robar, pero no por pedir! ¡Son chingaderas!

La policía mexicana lo detuvo por mendigar en las cercanías de La Casa del Inmigrante. Los demás lo miraban de reojo, un poco hartos de sus bravatas.

—Lo que se necesita es justicia y democracia —dijo un anciano.

—Y un pinche rifle pa’ matar a esos cabrones —agregó el ultra.

Me pregunté cómo harían los ancianos para saltar la barda y correr, pero ellos no se veían preocupados. Era peor seguir ahí. Todos venían de lejos: Zacatecas, Morelos, Aguascalientes.

En las noches, los hombres a la espera chupan naranjas con tequila para entrar en calor y se cubren con cartones. Al despertar deben quemarlos.

—¿Por qué? —les pregunto.

—Es la ley.

Mexamérica es un país con códigos propios. Por setecientos dólares un coyote te lleva hasta San Francisco. Sin embargo, para los migrantes sacar un pasaporte equivale a rentar una limusina.

En 1991, 65.5 millones de personas circularon legalmente por la garita de Otay. Cerca de ahí, en San Ysidro, todos los días cruzan cuarenta mil coches. No hay estadística de los ilegales que logran pasar. Sólo se cuenta a los rechazados: 1, 700 al día en el área de San Diego.

Mexamérica es un absurdo con códigos propios: del otro lado hay trabajos disponibles, pero la mano de obra debe superar ritos de iniciación que dejarían satisfecha a la tribu más estricta.

En el teatro de las simulaciones bilaterales, el gobierno norteamericano endurece su postura para conquistar el voto racista (incluido el de muchos chicanos que ya tienen papeles en regla) y nuestro gobierno aprovecha el hostigamiento para cumplir en su política exterior lo que no puede hacer en México. Los paisanos asfixiados en un vagón de carga, los huesos descubiertos en un breñal, la xenofobia de la policía de Los Ángeles, permiten que el decano de los países sin democracia proteste en nombre de los derechos humanos.

Mientras se bebe el vino del estío en las terrazas de Estados Unidos, los mexicanos recogen uvas en el Valle de Napa. No muy lejos de ahí, en algún sótano de Hollywood, los carteles de propaganda de la película Alien conservan su mensaje fosforescente: “En el espacio exterior, nadie puede oír tu grito”.

Coda

En mi último trámite aduanal, tomo el pasillo que indica: NADA QUE DECLARAR. El lema ampara a quienes viajan con equipaje legal; también, a quienes regresan llenos de perplejidades.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:14 pm

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