Estilo y Narración II

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Sangre sabia

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De la mano de un escritor (Juan Sasturain) y dos periodistas expertos (Marta Ferro y Enrique Sdrech), Juan Ignacio Boido se interna en las fauces de lo policial, ese séptimo círculo donde criminales, víctimas y detectives —de carne y hueso, de leyenda o de ficción— escriben con sangre la historia argentina de todos los días.

Por Juan Ignacio Boido.

El policial
“Es bastante improbable que ningún escritor viviente pueda producir una mejor novela histórica que Henry Esmond, un mejor relato sobre niños que The Golden Age, una viñeta social más aguda que Madame Bovary, una evocación más graciosa y elegante que The Spoils of Poinron, un cuadro más amplio y rico que La guerra y la paz o Los hermanos Karamazov. Pero no debe resultar difícil idear un misterio más plausible que El sabueso de los Baskerville o La carta robada. Y hoy sería más bien difícil no hacerlo. No hay ‘clásicos’ del crimen y la detección. Ni uno. Dentro de sus marcos de referencia, que es la única forma en que se lo puede juzgar, un clásico es una obra que agota las posibilidades de su forma y jamás puede ser superado. Ninguna narración o novela de misterio ha logrado tal cosa hasta ahora. Pocas se acercaron a ello. Y ése es uno de los principales motivos de que gente que en otros sentidos es razonable continúe atacando la ciudadela.” Raymond Chandler

El detective
“Los héroes-detectives pueden ser brutales, sin escrúpulos sexuales, pueden pegar patadas a las mujeres, y seguir siendo héroes populares, porque se supone que andan persiguiendo algo peor que ellos mismos.” Patricia Highsmith “Cada ser humano tiene una parte de sombra de la que tiene más o menos vergüenza, de la que trata de deshacerse o de huir. Si encuentra un personaje que se le parece, que tiene las mismas vergüenzas, las mismas luchas interiores, se dice: entonces no soy el único, no soy un monstruo.” Georges Simenon

Los asesinos
“Al público en general no le gustan los delincuentes que se salen con la suya al final, aunque son más aceptables en los libros que en las adaptaciones televisivas y cinematográficas. Si bien la censura es menos severa que antes, en general un libro tendrá más probabilidades de ser adaptado a la televisión y al cine si el héroe criminal resulta atrapado y castigado al final. Es casi preferible matarlo durante el relato; si no, es la ley la que se va a ocupar de ello. A mí esto me repugna, ya que más bien simpatizo con los delincuentes y los encuentro interesantísimos, a menos que sean monótona y estúpidamente brutales.” Patricia Highsmith Las víctimas “La víctima debe tratar de satisfacer dos requisitos contradictorios. Debe convertir a todos en sospechosos, lo que requiere que sea un personaje malo; y hacer que todos se sientan culpables, lo que requiere que sea un personaje bueno. No puede ser un criminal, ya que en ese caso se hubiese encargado de ella la justicia y el asesinato habría sido innecesario. (La extorsión es la única excepción.) Cuanto más general sea la tentación de asesinar que provoque, mucho mejor; por ejemplo, el deseo de libertad es un motivo mejor que el dinero o el sexo a secas. En realidad, la mejor víctima es la imagen negativa del Padre o la Madre.” W. H. Auden

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1:1 ¿Con quién debuta el policial en la Argentina? ¿Cuándo desembarca? ¿Por qué deja el dandismo cerebral de Conan Doyle y el ímpetu religioso de Chesterton para transformarse en los detectives salvajes que Cain hace trabajar a puro oficio para la compañía de seguros? En 1896, Eduardo Holmberg —hijo dilecto de la generación del ‘80, darwinista empedernido y fuente de combustible para la difusión del cientificismo de la época, al que aportó más de doscientos artículos, libros y monografías sobre ciencia, arqueología, medicina, física, mineralogía, geología, botánica y zoología— publicó los que para casi todos son los primeros cuentos policiales argentinos: “Nelly”, “La bolsa de huesos” y “La casa endiablada”. En los tres cuentos, Holmberg atraviesa tres de los grandes recursos de lo que después sería conocido como “policial”: los fenómenos extraños —cuasiparanormales— finalmente resueltos a través de una explicación lógica y científica; los problemas para edificar una historia que sostenga a la vez el enigma y la atención del lector —lo que después sería el suspense—, y el despliegue de conocimientos y técnicas modernas como prueba incontestable de la superioridad del detective. Ese es, para muchos el principio del policial argentino. Juan Sasturain se ofrece como guía de lo que vino después: un recorrido por los puntos altos del mapa de la literatura negra argentina: “Los cuentos de Holmberg se publican dos años después de que Carlos Olivera publicara sus primeras traducciones de Poe. Y los tipos que beben el policial de Poe no beben el policial, sino que beben todo Poe. Quiroga es un caso ejemplar: escribe cuentos policiales, de terror, de ciencia ficción. Holmberg es más torpe que él, pero sus fuentes son las mismas. En ese origen del policial argentino también es muy importante la herencia francesa de Gaston Leroux. Y el peso de Chesterton es muy fuerte: para empezar, es la única figura literaria dentro del género que produce el catolicismo; además, es un inventor de tramas extraordinario; y, en última instancia, al Padre Brown lo único que le importa es el otro: ¿por qué el criminal ese peca? Lo importante no es salvarlo sino salvar el alma. Esa es muy linda idea para un policial”.

1:2 ¿Cuánto enseñan los policiales? ¿Qué se puede aprender de Conan Doyle o de Agatha Christie? ¿Acaso no matan a los caballos? Enrique Sdrech, dedicado al periodismo policial durante más de cincuenta años, después de una infancia alimentada a fuerza de novelitas policiales, repasa y superpone los casos de novela y los del diario: “Cuando yo era chico, como no tenía televisión, leía a los clásicos policiales. De ahí se aprende mucho. No todo, pero se aprende. Elmore Lockard, el padre de la criminalística moderna, que fue jefe de policía en Lyons, tiene una frase que me impactó siempre: El tiempo que pasa es la verdad que huye. Así como suena, eso ya es un axioma. No hay que comprobarlo. Si un caso no se resuelve en las primeras 72 horas, chau. Cuando se pierde la prueba de inmediatez, el caso fue. La teología del crimen la da el lugar del hecho, no la autopsia. La escena del crimen es un templo. Una idea que, por supuesto, no tuvieron durante el caso Cabezas o Cattáneo. Por eso mirar es fundamental. ¿Y quién era el mejor? Conan Doyle. Te pongo un ejemplo: hace cuatro años, en la localidad de Guernica, una chica de 24 años murió atropellada por un tren. El sumario policial se caratuló Accidente. Pero uno de los detectives de La Plata, un sabueso al mejor estilo Conan Doyle, que hasta llevaba una lupa en el bolsillo, notó que en el lugar del accidente la cantidad de sangre no llegaba al medio litro. Entonces empezó a mirar y encontró un reguero de sangre cada vez más caudaloso que nacía en un charco detrás de una casilla a una cuadra y media de la vía. Así se descubrió que la chica primero había sido acuchillada y que el recorrido se debía a que estaba intentando llegar a la casa de un familiar que vivía al otro lado de la vía. A partir de eso se encontró a los culpables. Todo por el detective que se tomó el trabajo de mirar con lupa. Y eso es Conan Doyle para mí: saber mirar: la lupa. Y acá cada vez se mira menos”.

1:3 Si queda un lugar donde se mira, se escucha y se resuelve algo es en Crónica: identikits, casos con carátulas provisionales como “La virgencita de los trenes” o “El crimen del perrito”, confesiones espontáneas en el medio de la redacción, pruebas incontestables obviadas en los juzgados. En medio de todo eso, Marta Ferro —quizá la cara más reconocible y célebre del planeta amarillo— prepara un racconto personal de cómo fue todo: denunciar al verdulero, quebrarse con el caso Giubileo, pasar por Nueva York y hacerse amiga de Allen Ginsberg e irrumpir en la casa de Kerouac. Y, de paso, explicar cómo se fue complicando lo que alguna vez fue el simple arte de matar: “El tema policial me empezó a interesar porque cuando yo era pendeja la quiniela era clandestina y mi vieja levantaba quiniela. Ese alerta permanente que había en la casa —tener la puerta bien cerrada, mirar antes de abrir— ya a los cinco años me hizo pensar en esa cosa terrible que es la policía: tipos que, porque mi vieja levantaba quiniela y sacaba dos mangos, la podían mandar en cana. Así que ese juego de gato y ratón me gustaba. Escribí mi primera crónica policial contra el almacenero del barrio. El tipo siempre te afanaba unos gramos de cualquier cosa que compraras, así que escribí una denuncia, hice unas copias y las repartí por el barrio. Esa fue mi primera empresa periodística. Por supuesto, mi vieja me cagó a palos, porque el tipo le fiaba. Entonces aprendí lo que después vi que pasaba en las empresas: el almacenero era el publicista de la olla de mi casa”. Con los años, la cosa sólo se agudizó: “Las hipótesis que aventuraba mi vieja sobre los crímenes que leía en Crítica y las radionovelas policiales me fueron dando el lenguaje y me ayudaron a descubrir que me interesa el policial popular. Creo que la sociedad es delictiva y que esto sólo lo puede barrer una revolución que no deje nada en pie. Por eso no me interesan las investigaciones o hipótesis sobre grandes robos o atentados como el de la AMIA: sigo los casos para sumar información, pero ya sabemos que todos esos crímenes parten del Estado, una manga de políticos irrecuperables. ¿Qué investigación van a emprender, si son ellos los culpables? Me interesan las historias cotidianas. Por ejemplo: voy a un barrio donde un tipo le sacó a una madre cinco fotos color con todos sus hijos. Le dice que son diez pesos, cinco por adelantado, para el revelado y el marco. Los cobra y no vuelve más. Si los políticos no se calientan por estas cosas, el descontento va a seguir siendo cada vez mayor, y en algún momento van a saltar el Riachuelo, van a atravesar La Matanza y se van a cargar a los charlatanes. Mientras, yo me encargo de los casos en los que se matan con un cuchillo de cocina. Lo que llamo el policial tramontina”.

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2:1 Después de Holmberg y la herencia de Poe, “muchos fechan el origen del policial en la Argentina en los ‘40, y eso es bastante cierto. Entre el ‘41 y el ‘42 salen los primeros cuentos de Castellani sobre el padre Demetri, donde se ve la influencia del padre Brown de Chesterton; sale el Isidro Parodi y una novela de Abel Mateo con su Inspector Verano. También por esos años se popularizan los policiales de bolsillo modernos, que aparecen en librerías y quioscos. Por un lado, aparece la tendencia a la inglesa, tanto en el objeto libro como en la temática: El séptimo círculo, dirigida por Borges y Bioy, que titula con un guiño culto, aludiendo al infierno de los violentos. Esa colección forma parte de un proyecto editorial de Emecé, que reparte las colecciones entre los intelectuales capos que tenía: de El séptimo círculo y La puerta de marfil con Borges y Bioy a Cuadernos de la Quimera con Mallea (donde sale toda la novela tradicional inglesa del siglo XIX y parte de la norteamericana). Al mismo tiempo aparece Rastros, que en la práctica carece de mentores. Si el primer libro de El séptimo círculo es La bestia debe morir, de Nicholas Blake, con una tapa muy abstracta, casi puramente geométrica, el primero de Rastros es Scarface, firmado con seudónimo y con un gángster en la tapa, muy quiosquero y popular. Y es en Rastros donde está mucho más presente el escritor argentino. De hecho, ni Bioy ni Borges publican en sus colecciones. Después está ACME, con pockets que se hacen bosta y tapas con mucho color. Consideremos que tanto en ACME como en Rastros el autor casi no existe, es un tipo que firma arriba chiquitito. En cambio, en Emecé el autor es un escritor que tiene una ficha biográfica. Y ahí, casi al final, aparece la Serie Naranja, de Hachette, para la que trabaja Rodolfo Walsh, y que se convierte en un bicho raro, porque publica Cornell Woolrich pero también Ellery Queen, que tendría que haber sido de cabeza de Emecé”.

2:2 ¿Qué se aprende después de Conan Doyle, después de aprender a estar del lado de la pipa? “Agatha Christie. Los diez indiecitos es el exponente más grande de un misterio que parece insondable: diez invitados en una isla que van muriendo hasta que queda uno solo, que no es el asesino. Agatha Christie es saber esperar: ese caso no se puede resolver ni un muerto antes ni de la manera más lógica. Se espera y se junta información. Eso lo aprendí sobre todo de un detective que ya casi nadie recuerda: Philo Vance. El tipo en sus libros hacía un planito: dónde estaba el cuerpo, a cuántos pasos de la puerta, si había o no ventana; todo como para que el lector sacara sus conclusiones. Y eso te enseña a pensar.”

2:3 Marta Ferro separa las aguas y las redacciones: “A Sdrech le gusta Agatha Christie y a mí me gusta Roberto Arlt. Me gustan algunos del policial norteamericano, pero sobre todo Roberto Arlt. Los yanquis tienen asesinos seriales porque son casos que se dan en sociedades superindustrializadas. Son tipos para los que matar se convierte en una forma de fordismo: en vez de montar piezas en serie, matan, matan, matan. Me interesa ver cómo se transforman en máquinas de matar. Pero acá la serie es distinta. Se da en los militares y los policías: zurdo, cabecita, paragua, yoruga. Por eso Arlt me parece el mejor cronista de la sociedad policial en la que vivimos. Yo soy titiritera, y siempre me gustó hacer obras de ladrones donde se descubre quién es el chorro”.

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3:1 La oleada siguiente, la que da un nuevo viraje y reabastece el stock, es una colección de editorial Fabril: El club del misterio. “Dura por lo menos cinco años y es la que introduce sistemáticamente a Chandler, del que Borges y Bioy habían apenas publicado unos cuentitos de Asesino en la lluvia. Rastros sólo había metido Cinco asesinos, aunque había publicado mucho de Hammett. Y con esa colección entra Ross MacDonald.”

3:2 “Me voy a ir un poco atrás, pero queda Poe, del que se aprende que hasta lo más inverosímil puede pasar.” Y, como ya es casi un acto reflejo en Sdrech, el ejemplo: “La calle Melo al 2300 de Florida, el 16 de abril de 1988. El caso: dos primas que aparecen muertas en la bañera. Las descubren cuando los vecinos se quejaron del olor. El juez ordena entrar y las encuentran dentro de la bañera, en un grado de descomposición tal que los forenses dictaminan que la muerte databa de por lo menos un mes atrás. Pero una vecina declara que la noche anterior una de las primas le había pedido prestado el teléfono para llamar a un médico porque la otra volaba de fiebre. Ubican al ambulanciero, un tal Bresiani, que dice haber estado con las chicas y recetado Multin comprimidos cada ocho horas, pero también dice que como hacía mucho frío las chicas decidieron comprarlo al día siguiente. Acá aparece el primer problema: la policía encuentra una caja de Multin en la que faltaban dos pastillas, cuando las chicas, según la autopsia, no habían tomado ningún comprimido. Eso era un desafío. Un comisario decía que un cable había electrificado el agua. Se consultó a Canadá y a Estados Unidos. Rastrillaron a los mejores forenses. Hasta que apareció algo que calzaba: el veneno de la víbora mamba sudafricana produce esa descomposición en el cuerpo de manera casi inmediata. Empezaron a investigar por ese lado y encontraron una veterinaria cerca, donde había una pequeña mamba. Uno de los empleados había tenido una relación amorosa con una de las primas. Se lo citó a declarar dos veces. La primera fue. Desde la segunda que está prófugo. Los corazones de las chicas estaban guardados en formol, en La Plata, pero se los robaron. Pero volviendo al principio, si en un caso así mandan a un cronista que no leyó mucho o que le da lo mismo hacer policiales que deportes, va a comprar enseguida la teoría de la electrocución. Y, casos así, Poe”.

3:3 Terminados el secundario y los asuntos pendientes con el almacenero, Marta Ferro partió rumbo a la tierra de los asesinos seriales en busca del santo grial generacional: “Me fui a Nueva York, buscando a Allen Ginsberg. Me hice hippie y estuve cuatro años buscándolo: yo vivía en la 11 entre la B y la C. Tres años después, cuando ya casi me había resignado, me lo encontré en el correo. Resultó que él vivía en la 10 entre la C y la D, a tres cuadras de mi casa. Fue en el ‘69. Durante siete años viví vendiendo los pescaditos de espinaca que hacía mi vieja acá en un restaurante de comida macrobiótica. Pero conocí a Ginsberg y ese mismo año casi conocí a Kerouac. Un día estábamos on the road con Héctor Libertella, cuando vimos un cartel con el nombre del pueblo donde vivía Kerouac. Nos mandamos. Caímos cinco latinos en la casa donde había vivido el tipo. Nos recibió el cuñado. Era a principios de noviembre y Kerouac había muerto el 21 de octubre. Le mentimos: le dijimos que llegábamos especialmente desde la Argentina. Nos hizo pasar. Nos consideró adorables. Charlamos un rato. Yo me quería afanar uno de los dibujos de Kerouac, pero la moral de Héctor Libertella y otros no me lo permitieron”.

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4:1 Mientras, las librerías empezaban a recibir por la puerta grande lo que antes se apilaba en los quioscos: “A mediados de los ‘60 aparece la serie Piragua de Sudamericana y Los libros del mirasol de Fabril, que, mientras publican cosas como Sobre héroes y tumbas, meten mano en las viejas colecciones baratas y publican por primera vez en primera La ventana siniestra, El largo adiós y El halcón maltés, ya con elogios de Cernuda y de Gide en la solapa. O sea: el primer rescate editorial del policial negro norteamericano desde una mirada cultural, con la excepción de los libros de James Cain, lo hace Fabril. Simultáneamente, en su colección de Muchnik Editores, largan la segunda tanda, la de posguerra norteamericana, la de Mickey Spillane: sangre, violencia y sexo. Con eso nacen Pandora y Cobalto, colecciones que tienen las famosas tapas con minas que muestran media teta y tipos con el faso caído y el revólver en la mano. Con esas tapas aparece mucho Chase y todo Goodis”.

4:2 Como en las novelas, las secciones de policiales empezaron a absorber cada vez más casos donde los charcos de sangre crecían hasta ahogar a los heridos: “El asesinato tiene sus encantos, también. Sobre todo acá, porque en general siempre encierran una complicación digna de los mejores peritos. Aunque hay que reconocer que en los últimos años la cosa se fue poniendo cada vez más burda. Tomemos el caso de Juan Carlos Coleman/Goldman, acusado de la muerte de la modelo Blackie, una chica que salía de un hotel alojamiento en la calle Azcuénaga. A ella la matan y hieren al capitán de corbeta que la acompañaba. Coleman es el sospechoso. Declarado casi abiertamente culpable por la policía. Pero, ¿qué pasa? Ahora va a haber otro juicio, porque esa noche Coleman empuñaba un viejo Doberman .32 y la chica tiene una bala de Winchester en la cabeza. Yo siento fascinación por esas cosas, no por la muerte. La muerte es la mala parte de una buena investigación”.

4:3 Sin los dibujos de Kerouac, Marta Ferro volvió a Nueva York, donde la invitaron a ver La hora de los hornos. “Después de ver eso, dije chau, yo me voy para Argentina a hacer la revolución. Caí en el ‘74. Empecé a militar en el PST y laburaba de lo que podía, sobre todo vendiendo helados. Después de Malvinas entré a La voz, un diario de Olavarría, después en La Gaceta de la tarde, y después recalé en la revista Esto, que dirigía Pancho Loiácono. Eso estaba bueno. A Pancho le gustaba tener gente de izquierda y de derecha para que fuera un quilombo. La propuesta de la revista me gustó. Teníamos a Juan Carlos Pérez, nuestro corresponsal en la cárcel. En Esto terminé de pulir el lenguaje policial; hasta teníamos permitido crear palabras. Como hienario. O la expresión un ajuste de amor. Lo mismo que desde el ‘86 hago en Crónica. Ese lenguaje riquísimo, que no reflejan las crónicas policiales ni las novelas, aparecía en Esto, y ahora aparece en Crónica.”

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5:1 “El último viraje potente en el mercado editorial argentino se da a fines de los ‘60. Con un gesto equivalente al de Borges y Bioy en El séptimo círculo, Ricardo Piglia lanza la Serie Negra de la Editorial Tiempo Contemporáneo. Toma un género, realza ciertas virtudes, lo justifica ideológicamente desde un lugar opuesto al corriente y rescata ciertos autores. Y mete a Horace McCoy, el de ¿Acaso no matan a los caballos?, que era poco conocido. Pero mientras Borges y Bioy defendían este tipo de literatura como una forma de elogio de la trama, de la relojería y de la historia bien contada, contra la deformidad de la novela moderna, Piglia rescata la literatura norteamericana de los años ‘30, que El séptimo círculo había descartado. Entonces Piglia se vale de la colección para mostrar la vitalidad de esa literatura, que dio cuenta como ninguna otra de un mundo regido por las relaciones de producción, la violencia, el dinero. Básicamente lo mismo que encontró en Arlt, al que rescata con el mismo gesto.”

5:2 Después de centenares de novelas policiales y legajos judiciales, la pregunta Sdrech del millón es: “¿Aprendí algo investigando durante cincuenta años policiales? Sé lo que no aprendí. No sé qué pasa por la cabeza de un tipo que vacía el cargador sobre un cadáver. No sé qué le pudo haber pasado a la brigada de Lanús por la cabeza cuando, en la masacre de Wilde, dispararon 217 tiros sobre cuatro víctimas que ni siquiera disparaban. No entiendo a los camaristas de Lomas de Zamora que en ese mismo caso cambiaron la carátula de Homicidio simple a Homicidio en riña. Yo conocí y entendí a los verdaderos enemigos públicos, tipos que tenían un código de honor que hoy ya no existe. Tipos que si tenían que perder, perdían. Nada de matanzas. Por eso, en Villa Atuel (Mendoza), donde murió Juan Bautista Bairoletto, el Robin Hood pampeano, hay un templete al que todos los noviembre llegan cien mil personas. Mate Cosido, que tenía una costura de 32 centímetros en la cabeza y al que perseguía Gendarmería porque la policía le tenía miedo, es nombrado en canciones populares. Y eso es una diferencia: hoy ya no hay chorros que entren en las canciones”.

5:3Desde Esto y Crónica, Marta Ferro se dedicó a eso que no entra en las canciones: eso que bautiza como el policial tramontina. “¿Por qué me gusta este tipo de policial? Porque no me va eso de que una Fundación te dé diez lucas para investigar y después publicar un libro sobre un caso en el que ya sabemos quiénes son los culpables. En los casos simples está todo. Vos llegás, te enterás de que el tipo volvía de laburar y que los chorros de ese barrio están entongados con la comisaría tal; los vivos estos le quieren cobrar peaje y como el tipo se niega, un jefe, que vive en la casilla tal, dice sonaste viejo y lo ejecuta. En ese tipo de casos, llegás y, si sabés laburar, el barrio te cuenta quién fue y por qué. Ahí está todo. Cuando el barrio bate algo, no se equivoca. Por eso, si la policía no descubre es porque no quiere. Mirá, el caso más truculento del que me acuerdo lo resolvieron los chicos de la calle. Fue así: una nena vendía estampitas en el tren. La madre denuncia que la nena desaparece. A los pocos días empiezan a aparecer en el barrio restos de una criatura. Los forenses dictaminan que probablemente sean restos de la nena y que había comido pollo. Los chicos que vendían con ella estampitas de la estación Ramos Mejía a la de Moreno ven el identikit de la nena que había salido en Crónica. Van a la policía. Siempre tan amable, la policía los caga a palos pensando que habían sido ellos. Pero por los datos que dan sale que la madre es una prostituta, que la nena tenía que llevar por lo menos diez pesos, y que el día que la mataron la madre y el tipo con el que estaba habían comido pollo. Y por el identikit que publicamos y los pibes de la calle, se descubrió que la madre la había descuartizado. Al caso le pusimos La virgencita de los trenes.”

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6:1 La vida después de la Serie Negra se tradujo, fundamentalmente, en una resurrección de la novela policial en versión vernácula: “El mismo gesto de Piglia es el del Gordo Soriano desde los diarios. Que se da también en España, aunque con un poco más de retraso. La fecha clave en España es el ‘74, cuando Vázquez Montalbán publica Tatuaje, coincidiendo con la novela de Soriano, Triste, solitario y final. Eso a su vez coincide con un fenómeno más grande que es el género negro en español. Ahí se empieza a producir, como respuesta a Piglia y al Gordo, novela negra en castellano. En España, Seix Barral y Bruguera publican mucho que se trae para acá. Eso tapa las ediciones locales, que eran colecciones chicas y no aguantaban tamaña importación. Durante ese período se da el auge de Ross MacDonald como sucesor de Chandler. Pero mientras acá el asunto fue diluyéndose, en España seguían prendados. Por eso, cuando más adelante nos llegan Ellroy, Richard Stark o Elmore Leonard, ya los leemos en las traducciones de los gallegos”.

6:2 Después de cincuenta años en el asunto, a Sdrech no le tiembla el pulso al disparar sobre la complicación más notable que vienen padeciendo los casos en los últimos años: “Hay cada vez más personas que se desvanecen en el aire. Te doy un caso clásico de la policía salteña, del año ‘83: Khune y Edwards, dos chicas solteras, una alemana y otra inglesa, una veterinaria y otra profesora de inglés, que vivían juntas y andaban con una tremenda mishiadura. Un día cargan dos litros de nafta en el auto para dar una vuelta. Desaparecen. El auto aparece tres días después, en la misma ciudad de Salta, acribillado a itacazos, empapelado burdamente con boletas del PJ salteño y con el tanque lleno. De las dos chicas y el perro manto negro, nada más que sangre. Lo único que pude averiguar fue que, en la Casa de Gobierno de Salta, a la profesora de inglés le dieron un sobre equivocado por el que se enteró de algo gravísimo. Pero hasta hoy no se sabe dónde están”. Y, en una suerte de escalada y actualización, Sdrech agrega: “No es una fantasía eso de que en este país los muertos no están muertos. Cuando fue el caso Yabrán, la jueza dijo que no sabía por qué hay una crisis de descreimiento en el país. ¡Había sido ella la que la fomentó! Anunció que Yabrán se había suicidado con una escopeta High Standard 12.70 de 88 centímetros de largo. Yo fui a una armería, pedí una igual, me puse el caño en la boca y traté de apretar el gatillo. No llegaba. Lo mostré por televisión. Me dijeron que Yabrán era un gigante. Llevé a un gigante y tampoco llegaba. Después llegó la versión de que había apoyado la culata en la tapa del inodoro. Pero la 12.70 es un cañón, así que hubiese volado el baño entero. Un día la jueza cambia y dice que era una escopeta rusa. Pregunté qué cartucho había usado. El 7, me dijeron. En el que entran 300 perdigones. A Yabrán le encontraron 30 perdigones en la cabeza. ¿Dónde están los 270 que faltan? Yabrán deja dos cartas antes de matarse, escritas, según la jueza, con una lapicera que apareció cerca del cuerpo. La tinta de esa lapicera no coincide con la de las cartas. El ministro de Gobierno de Entre Ríos dijo: Es cierto, pero es una pequeña diferencia. Encima la jueza jura haber visto en el cuerpo de Yabrán su inconfundible mirada celeste. Con 30 perdigones en la cabeza, no queda nada: ni ojos, ni dientes, ni cabeza. Cómo no voy a estar seguro de que Yabrán está vivo. En la Argentina no es nada difícil hacerse pasar por muerto”.

6:3 ¿Cuánto trabajo se lleva Marta Ferro a casa? ¿Cuánto recorta y acumula en el cuartito del fondo? ¿Cuál es el límite? “El caso de la doctora Giubileo me emocionó mucho. Para empezar, y esto lo dijo la policía, porque la tiraron en un pantano que no podían rastrillar por la cantidad de desaparecidos que iban a encontrar. Y, además, por su personalidad: en el momento en que la mataron, era una persona que tenía cinco amantes. Yo no puedo mantener ni una relación y ella tenía cinco. Entonces me puse a pensar en el caso, hasta que sentí cómo se transmitía la mente de la tipa dentro de mis lucubraciones. Y ahí dije: mejor paramos. Porque si me voy a involucrar de tal manera en la mente de una tipa, me dedico a ser psicóloga. Nada de trabajo a casa.”

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7:1De las primeras traducciones locales de Poe a las traducciones gallegas de Elmore Leonard, el policial autóctono parece haber avanzado contra un sostenido viento adverso: “En rasgos generales, no hay muchos detectives ni muchas novelas policiales. Ni mucho menos sagas de detectives. Los detectives en la Argentina tienden a ser comisarios, tipos bonachones, policías comprensivos, confidentes. Pero cuál es el problema: ese tipo de detectives tiene que ser de zonas rurales —como esos pueblos en los que los pone a veces Walsh— o no sobrevive al cambio de los tiempos: cuando a partir del ‘70 la policía se convierte uniformemente en Maldita Policía, esa figura policíaca no sirve más. O está obligada a permanecer fuera de la institución, en ambientes chicos donde se manejan cosas chicas, cosa cada vez menos probable. En mi caso —y creo que es algo más bien generacional—, escribir policial en la Argentina es como lo de Oesterheld en los ‘50: trasladar la aventura; que las cosas que leíamos pudieran pasar acá. Eso era todo un gesto de descolonización. Esa es la lectura política. Aunque en la práctica tengo que decir que cuando descubrí a Hammett y a Chandler me gustaron. Me gustaba cómo escribían. Y en la práctica, empecé a escribir policial como ejercicio de estilo, a la manera de…, como un molde en el que calzarme, una forma de entrar en la literatura. Pero lo más inverosímil era hacer un detective. Ahora todos te salen que con Yabrán se puede hacer un flor de policial. No tiene nada que ver. Lo que uno quiere hacer es un tipo que se dedica a ser detective”.

7:2 Después de cincuenta años en el asunto, las cosas vienen cada vez peor, ya nadie se toma el trabajo de idear una trama más o menos propia y articulada, y a los 68 años Sdrech planea el retiro: “Una dueña de un auto aparece baleada en el asiento del acompañante y dudan si fue homicidio o suicidio. Un hombre que venía de restaurar pinturas sacras en Venecia llegó a La Plata y apareció con cinco puñaladas en el pecho. El caso se caratuló ‘suicidio’… El médico policial que fue a la cava de Madariaga el 25 de enero a la madrugada, cuando apareció el cadáver incinerado de Cabezas, copió palabra por palabra el comienzo del libro La muerte súbita, del año ‘74, que comienza con un cadáver carbonizado. Cuando publiqué Cabezas: mafia y poder, se lo di al doctor Macchi. No sé si lo leyó o no, pero a ese médico no lo llamaron nunca a declarar. El crimen cambió. Pasamos del crimen de laboratorio al crimen de callejón. El pibe que te mata en Ingeniero Budge por un par de zapatillas no va a preocuparse por cómo te entra la bala o por si te hiere en vez de matarte. Ya nada me cae simpático. Porque tampoco me cae simpático Fabián Tablado, que le metió 113 puñaladas a su novia”.

7:3 A los 57, Marta Ferro no tiene planes de retirarse ni de dejar el policial tramontina. Ni de ceder en la relación que por estos tiempos involucra a periodistas y chorros: “Es mentira que los medios son el amparo de los chorros. Es mentira que llaman a Crónica TV porque con las cámaras prendidas no los van a liquidar. En Ramallo los liquidaron adelante de todas las cámaras. Los chorros quieren ser famosos y punto. Por eso no tengo ni nunca tuve particular simpatía por el chorro. No me interesa. Yo no soy una reventada. Ponele los boqueteros: te sorprenden un segundo, pero enseguida te das cuenta de que no son chorros con bandita como hace cuarenta años, que entraban pistola en mano y todos quietos. Ahora se necesitan planos de túneles y cañerías. ¿Y eso quién lo consigue? La policía. Y con respecto a los otros, no me vengan a festejar a alguien que le afana el sueldo a otro. Yo tengo las ideas bien puestas. No tengo las valores cambiados. Estoy siempre a favor de la víctima, no del que te revienta la cabeza. Yo quiero un mundo mejor, y en un mundo mejor nadie le afana a nadie”.

8
8:1 Sasturain está del lado del detective.

(8:2) Sdrech está del lado del chorro.

(8:3) Ferro está del lado de la víctima.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:19 pm

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