Estilo y Narración II

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tibet: el piadoso y salvaje oeste

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China ha descubierto la atracción del Tíbet para Occidente. El monte Kailash, un ‘seismil’ sagrado para 1.500 millones de hindúes y budistas, se promocionará como destino turístico con vistas a los Juegos Olímpicos de 2008. ¿Será el fin del último bastión de la cultura monástica?

Por CLAUS LUTTERBECK / El País – EL PAIS SEMANAL – 07-05-2006

Al tercer día llegaron los cajeros, tres pequeños maoístas con ropas gastadas y zapatillas de deporte de lona verde. En lugar de 100 dólares por cabeza, por dejarnos pasar querían 100 euros, porque hasta aquí, hasta Nepal, ha llegado la noticia de que en estos momentos el euro se cotiza más. Este pequeño país está inmerso en una guerra civil y nos toca movernos en medio del caos.
Mujeres con aros de oro en la nariz y ropas de vivos colores acarrean haces de leña; van calzadas con chanclas de plástico hechas trizas. Nosotros, los viajeros occidentales, debemos parecerles seres venidos de otro planeta con nuestras cantimploras de aluminio, nuestras chaquetas de flojel sintético que aíslan del viento, nuestros altímetros digitales, nuestras botas Goretex y nuestros sacos de dormir ultraligeros en los que se está calentito aunque fuera haga 25 grados bajo cero (y que cuestan 399 euros cada uno, mucho más de lo que gana al año un campesino nepalí).

Menos mal que comimos aquella tarta en Katmandú, en el pequeño café de la callejuela Dharma. En la pared había un cartel de cartón donde se leía escrito a mano: “Life uncertain, eat cake now” (“La vida es incierta, come un pastel ahora”). Lo hemos convertido en el mantra de nuestro periplo aventurero: cualquiera que pretenda subir a pie hasta la apartada zona oeste de Tíbet debe tratar de disfrutar de cada porción de dicha que se le presente en el camino.

Nuestros ‘sherpas’ ascienden a las cumbres, calzados con viejas zapatillas deportivas baratas, con la misma naturalidad que si estuvieran paseando por la orilla de un río. Ríen, parlotean, algunos incluso fuman. Atiesan sus cuévanos con barras de hierro y los llevan envueltos en mangueras de riego abiertas a lo largo para que no se les claven demasiado en la espalda. Los porteadores equilibran la carga de hasta 50 kilos de peso con ayuda de una banda que colocan sobre la frente, y que enseguida se empapa de sudor.

Al quinto día de marcha llegamos a Nara La, el puerto de 4.620 metros de altitud que separa Nepal de Tíbet. Ante nosotros se extiende el objetivo soñado: Tíbet. En los lofts de las metrópolis occidentales se suele ensalzar la patria del Dalai Lama como refugio de sabiduría mística, y todas las ansias de un mundo mejor parecen verse colmadas en la inaccesible Shangri-La. En un lugar que está tan cerca del cielo, el hombre debe de vivir como en el interior de un monasterio sereno y dichoso, lejos del odio y la prisa, de la avidez y la avaricia. Eso piensan muchos.

Pues aquí estamos, en Purang, la primera ciudad tibetana nada más cruzar la frontera, rodeados de camiones para el desguace y miniprostíbulos. Esta antigua ciudad comercial, fundada hace más de 3.000 años a orillas del río Pfauen, parece un montón de escombros amontonados en medio de un límpido paisaje de ensueño. Un conglomerado de hormigón al más puro estilo chino. En la calle principal se alinean pequeños burdeles y pringosas cantinas. Los altavoces de la guarnición atronan con marchas, lemas patrióticos, toques de corneta y estridentes canciones sentimentales de ocho de la mañana a diez de la noche.

La mayoría de los tibetanos viven al otro lado del río en casas de una sola planta construidas con barro y cantos rodados, y con cuernos de yak pintados de rojo custodiando las puertas. El “monasterio de la gruta de nueve pisos” de Tsegu está horadado en las empinadas paredes de la garganta del río. Sólo hay un monje: está sentado en un trono rojo y dorado, y reza con voz áspera y gutural. Su ayudante vigila para que nadie haga fotos sin pagar. En teoría, cada toma cuesta 10 dólares, pero se puede regatear hasta dejarlo en uno.

En el Tíbet de hoy día, la religión ya no se reprime con la misma brutalidad que antes; ahora bien, son los chinos quienes deciden cuántos monjes o monjas puede haber en un monasterio y a quién deben venerar. Las instituciones monacales se vigilan a través de un hipertrofiado aparato de espionaje del que también forman parte muchos religiosos. Al igual que la mayoría de los monasterios, Tsegu fue destrozado durante la Revolución Cultural. De los más de 6.000 edificios religiosos que albergaba Tíbet sólo 13 lograron sobrevivir incólumes a los estragos de la Guardia Roja de Mao hace cuatro décadas. La mayoría de los supervivientes están aquí, en el remoto oeste. Hoy día, Tsegu está siendo reconstruido amorosamente por los chinos. “Pero no porque hayan empezado a ver nuestra religión con buenos ojos”, nos comenta un tibetano, “sino porque se han dado cuenta de que pueden ganar mucho dinero con el turismo”.

Los chinos ya no imponen su dominio como antes a través del terror puro y duro; ahora la represión es mucho más sutil. Pekín quiere presentarse al mundo como anfitrión de rostro humano con ocasión de los Juegos Olímpicos de 2008. “Ésa es nuestra oportunidad”, nos dicen los tibetanos una y otra vez. “Occidente tiene que presionar a China; presión, presión, presión, ése es el único lenguaje que entienden los chinos”. El Dalai Lama lleva años quejándose de que sus compatriotas “se han convertido en extranjeros en su propio país”. Teme que muy pronto tanto ellos como los monasterios queden convertidos en una mera “atracción turística”.

Donde más patente se hace este drama es en el salvaje oeste de su patria. Antaño esta zona estaba casi despoblada; todavía se tarda seis días largos en recorrer en camión las deficientes e imprevisibles carreteras que llevan de Lhasa a Purang. Pero ahora, ciudades nuevas brotan de la nada, pobladas casi exclusivamente por chinos. Al lado de los ocupantes vestidos a la occidental, los tibetanos, envueltos en sus trajes típicos de vivos colores, engalanados con amuletos de plata y collares de lapislázuli y con sus chaquetas de piel bordada, parecen indios del oeste de Estados Unidos, indígenas a los que sólo les queda vivir de las ayudas sociales. El alcoholismo hace estragos entre los hombres tibetanos. Se les ve haraganeando desde por la mañana temprano, con una botella de cerveza Lhasa en la mano, rodeando las muchas mesas de billar instaladas por doquier en plena calle. Apenas si participan de la expansión económica que ha llegado hasta el rincón más apartado de Tíbet.

Nuestro guía e intérprete, Gyurme, de 29 años de edad, no desentonaría en las calles de Nueva York. Lleva el pelo largo y gafas de espejo de Adidas, tiene una novia china que va encaramada en unos zapatos de plataforma y es propietario de dos móviles. Gyurme no tiene nada en contra de que los chinos modernicen su país; le parece bien que construyan carreteras y redes de abastecimiento de agua, electricidad y teléfono, que abran supermercados y que emitan una docena larga de programas de televisión irrumpiendo en la soledad de este lugar apartado. Según él, a los tibetanos no les interesa la política. Más tarde, por la noche, después de haber bebido y cuando ningún chino nos escucha, se despacha a gusto acerca de los ocupantes: “Se creen superiores a nosotros. Pero no nos vencerán nunca porque no nos entienden”.

Los jóvenes tibetanos no muestran especial interés por la religión. Mientras todos los tibetanos de edad veneran en casa una foto del Dalai Lama –eso sí, en secreto, porque está prohibido–, los jóvenes se muestran más interesados por las películas indias y estadounidenses. Hasta en la más diminuta aldea se topa uno con reproductores de DVD accionados por energía solar en los que se visionan copias piratas chinas de las últimas películas de Hollywood.

El altiplano desierto, donde no crece ni un árbol, es de una belleza impresionante. En el horizonte se levanta la infinita cadena de cumbres del Himalaya, entremedias serpentean los meandros del río Sutlej. De vez en cuando se divisan antílopes pastando o kyangs, esos extraños burros salvajes. Y cada vez que nos invade la sensación de que es imposible estar más lejos de la civilización occidental, aparece por sorpresa en medio del paisaje la figura de un soldado hablando por un móvil. Viajar a una altitud constante de 4.600 metros resulta agotador. El sol brilla con tanta fuerza que nos quema la nariz y los labios, a pesar de llevarlos embadurnados con crema protectora de factor 60; en cuanto nos quitamos las gafas a prueba de glaciares, nos lloran los ojos. Pero lo más duro es el enrarecimiento del aire; por la noche cunde el pánico, parece que vamos a asfixiarnos. No se puede estar tumbado, es como si uno tuviera una tonelada de peso sobre el pecho. Así que no queda más remedio que dormitar sentado.

Tíbet es tan grande como toda Europa Occidental, pero suma menos habitantes que la ciudad de Berlín (3,5 millones). Las provincias occidentales están a una altura tal que hasta ahora no ha sido posible acceder a ellas en avión, porque el aire está tan enrarecido que “uno tendría que pasar directamente de la aeronave a una unidad de cuidados intensivos”, nos explica un joven médico tibetano de la clínica Kailash. Este centro médico está situado a 4.700 metros de altitud, a los pies del monte sagrado del mismo nombre, y sus actividades son escrutadas con recelo por las autoridades chinas. Con ayuda de donativos suizos se ha puesto en pie una institución única en su género: 50 alumnos procedentes de pueblos muy pobres son instruidos en la medicina tradicional tibetana para que puedan ejercer como médicos. Viven allí durante dos años en régimen de internado; aprenden tibetano, chino e inglés. Dhakpa Namgyal Ott, el director de la clínica, se gana el sueldo como enfermero en una unidad de cuidados intensivos de Basel y en verano gestiona su clínica.

A los chinos les gustaría desarrollar el negocio turístico en la zona del Kailash. Considerado “eje del mundo” y morada de los dioses, el Kailash es la más sagrada de todas las montañas tanto para los hindúes como para los budistas, y lugar de peregrinación para unos 1.500 millones de personas. Además es la fuente de vida que nutre al inmenso subcontinente: cuatro de los ríos más grandes de Asia –Indo, Brahmaputra, Sutlej y Karnali (Ganges)– nacen en torno al Kailash. Todo budista y todo hindú tiene el deber supremo de rodearlo al menos una vez en la vida.

Normalmente los peregrinos invierten tres días justos en recorrer los 53 kilómetros del trayecto, que incluye un puerto de montaña situado a 5.700 metros de altitud. Sin embargo, los peregrinos especialmente devotos no hacen el trayecto a pie, sino que lo van midiendo con el largo de su propio cuerpo: avanzan arrojándose al suelo unas 30.000 veces. Más de dos semanas les lleva culminar este piadoso viaje al límite de sus fuerzas. Pero a cambio se les perdonan todos los pecados que hayan cometido a lo largo de su vida. Y todo aquel que consiga rodear el monte de esta guisa 108 veces será bendecido con la iluminación inmediata. Los peregrinos hindúes padecen tanto con el mal de altura que llega un momento en que ya no pueden caminar. Entonces piden que les aten a un yak y que les lleven a dar la vuelta al monte. Todos los años mueren docenas de personas víctimas del mal de las alturas.

El Tíbet medieval y el moderno conviven como el perro y el gato. A primera vista, el interior de las oscuras tiendas de los nómadas, que todavía están hechas a base de lana de yak tejida, parece tener el mismo aspecto que hace 100 años.

Rinzin, que a sus 40 años de edad recorre el país con sus 35 yaks y 400 ovejas, nos invita a tomar un té con manteca de yak. Dhol, su madre, de 61 años, enciende el hornillo de hierro con estiércol de oveja seco; un olor acre invade la tienda. A continuación mezcla un tercio de agua caliente, un tercio de té, un tercio de mantequilla rancia y un puñado de sal hasta obtener un caldo grasiento que conseguimos tragar a duras penas. Los tibetanos se pasan el día bebiendo este pringoso brebaje, aunque últimamente también le han cogido el gusto al red-bull, como demuestra la presencia de numerosas latas pisoteadas delante de la tienda.

Los chinos están convencidos de haber liberado de la servidumbre a los tibetanos en 1950. De hecho, Tíbet era un atrasado Estado monástico habitado por campesinos sin ningún tipo de derechos en el que había 100.000 monjes, pero ni un solo fontanero. Los tipos de imprenta estuvieron prohibidos hasta mediados del siglo XX, al igual que la rueda, lo cual no es de extrañar a la vista del estado de las carreteras. Todo el saber era de naturaleza religiosa y se enseñaba en los monasterios. La casta superior de los monjes era corrupta y se dedicaba a enriquecerse. Hasta el Dalai Lama, al que los tibetanos todavía llaman “la piedra preciosa que otorga todos los deseos”, admite que Tíbet precisa un cambio urgente.

Ahora bien, lo peor que podía ocurrirle a esta evolucionada cultura feudal era sufrir la ocupación de unos señores feudales más brutales todavía. Los crímenes de los chinos –en nombre del progreso y la ilustración– han supuesto para los habitantes de Tíbet un shock cultural de tal calibre que aún no han sido capaces de superarlo. La élite intelectual ha huido alegando que su país está amenazado por la “extranjerización cultural”, en palabras del Dalai Lama. Sin embargo, resulta irónico constatar que lo que está transformando Tíbet no es tanto el socialismo chino como el modo de vida occidental; ningún país copia mejor a Estados Unidos que China. En cuanto dieron las ocho en punto en el pequeño monasterio junto al lago Manasarovar en el que descansábamos tras una larga caminata, nuestro monje anfitrión salió del trance de la oración y se fue a la habitación de al lado; por nada del mundo estaba dispuesto a perderse el concurso que emitía a esa hora la televisión china. En las largas pausas para la publicidad retomaba su fervoroso rezo.

Y en Baryam, un pueblo situado junto al curso superior del Brahmaputra, fuimos por la noche al karaoke-bar cercado de trozos de botellas de cerveza rotas. Seis muchachas chinas evolucionaban por la pista de baile a los sones de la música disco; dos hindúes borrachos las miraban embobados en silencio. En China, la prostitución está prohibida, pero en el remoto Tíbet las autoridades hacen la vista gorda. Por la noche permanecimos un buen rato despiertos sobre los mugrientos colchones de paja de la fonda. No hay agua corriente en Baryam y sólo unas horas al día de suministro eléctrico. No hay tiendas, ni monjes, ni coches, pero hay un karaoke-bar con tres pantallas de televisión y seis putas. Creíamos que Tíbet era otra cosa.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:01 pm

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