Estilo y Narración II

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vivir las vidas ajenas

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Por AMELIA CASTILLA y FIETTA JARQUE / El País – BABELIA – 29-08-2009

La tarea del biógrafo es obsesiva. Necesita de una entrega total. Construir una vida es como levantar una catedral, piedra a piedra”, afirma Ian Gibson. “Se trata de un trabajo detectivesco que se vive con la intensidad de un cazador detrás de su presa. Husmeas, reconoces las huellas… No puedes enviar a nadie a hacerlo por ti en una biblioteca, porque no vería lo mismo. Y cuando das con la pieza, con un dato valioso, es casi orgásmico. Lo juro. Es sexo. Si no quizá no lo haría. Cada día es una aventura total, muy personal. Tienes que meterte bajo la piel del personaje. Debes pensar cómo sería Dalí, García Lorca o Buñuel. Hay que tener la obra de cada uno de ellos dentro de ti también para que forme parte del conjunto. Yo hasta sueño con ellos”.

A J. Benito Fernández, biógrafo de Leopoldo María Panero y Eduardo Haro Ibars, los personajes llegaron a robarle el sueño: “Cuando no lograba hacerme con un dato, cuando no me cuadraba una fecha. Dudo mucho de que alguien sea capaz de escribir la vida de una persona a quien no se quiere o no se admira, pues son muchos años los dedicados a ellos”. El autor de Tras los pasos del caído compara su tarea con la de construir un puzle. “Cada movimiento es como una pieza que encajas. No entiendo la vida de una persona sin perfilar su entorno y su época”.

De la intimidad a la equidistancia. Así describe Jon Lee Anderson su experiencia alrededor de la figura del Che Guevara. Mientras documentaba y escribía una biografía que ha hecho escuela y que le supuso tres años de inmersión en Cuba, el periodista norteamericano confiesa que atravesó varias fases: “La primera, de acercamiento a un personaje que me era distante. Fue la etapa más frustrante, y me duró casi dos años; sentí que me eludía. La segunda, sucedió después de que empecé a comprenderle (fue como un chispazo) y creo que implicó una compenetración con su figura inusual. Es decir, ‘viví el Che’ de una forma tan absorbente que sentía a cada momento cómo habría pensado y reaccionado él ante lo que yo vivía, y el resto del tiempo estaba inmerso en su historia. Noté verdaderamente que lo conocía. En la tercera y última etapa, dedicada a la escritura del libro -la mayor parte transcurrió en Granada, lejos de las fuentes-, pasé de la absorción a sustituirlo por la distancia y la neutralidad o frialdad hacia él y su proyecto político”.

Con todos los datos sobre la mesa, Julián Granado (biógrafo de Mendizábal y de Ferrer i Guardia) recurre a lo que denomina como licencias del biógrafo: “Contemplar a un personaje por dentro y tratar de ser compasivo. La historia y los personajes que la conducen caminan por un hilo de funambulista que puede descarrilar en cualquier momento”.

Lejos del apasionamiento de los autores, Antonio López Lamadrid, editor de Tusquets y director de la colección Memoria Viva, resalta la curiosidad como característica fundamental de los autores de estas obras. “Ha de saber trasmitir ese deseo de saber al lector. Y, sobre todo, tener mucha paciencia, pues le esperan años de trabajo en archivos, revisando correspondencia, documentándose… A la hora de escribir debe saber guardar las distancias con el protagonista para que su texto no se convierta en una hagiografía; si, por último, tiene la cultura necesaria para enmarcar al personaje en su tiempo y su lugar, en mi opinión estaríamos ante el biógrafo ideal”, añade. Por experiencia, López concluye que se trata de un género difícil. “Estoy convencido de que tenemos mejores memorialistas que biógrafos”.

Pero lo difícil es saber contarlo. Hay biografías noveladas, asépticas, académicas y simplificadas. Con el libro entre las manos, la primera pregunta que se suele plantear el lector es: ¿cómo era él o ella? La biografía implica una mezcla de géneros: historia, política, sociología, cotilleos, periodismo, crítica literaria, psicoanálisis, ficción, ética o filosofía. A partir de todos esos fragmentos los biógrafos hacen un todo que además debe tener una característica: hacer un retrato vívido. Hermione Lee, autora de biografías de Virginia Woolf y Edith Wharton, sienta cátedra sobre el género en Biography: a very short introduction al afirmar que “los lectores son insaciables para los detalles”. Para la escritora, el género ha cambiado mucho con el paso del tiempo. “En el XVIII y XIX, Samuel Johnson y Thomas Carlyle apostaron por la veracidad por encima del panegírico, luego en la época victoriana se practicó una biografía más idealizada y en el inicio del siglo XX se optó por el lado más escandaloso. Hoy interesan más los asuntos corporales que van desde enfermedades y preferencias culinarias hasta vida sexual y adicciones. La biografía es historia pero también un género popular, muchas veces menospreciado por críticos y académicos”.

“Una biografía no puede ser una crónica”, añade Gibson. “Una vez encontré una especie de cronología día a día de la vida de Beethoven, lo que comía y lo que había hecho. La biografía es un género literario y hay que esmerarse si quieres que alguien la lea”. Llegados a este punto trabajar sobre los vivos siempre resulta más complicado. “No se deberían escribir biografías de una persona mientras esté viva”, sugiere Luis Antonio de Villena, poeta, crítico y autor de varias biografías. Como ejemplo cita la que publicó Ana Caballé de Francisco Umbral. “Al autor de Mortal y rosa no le gustó lo que estaba haciendo y le denegó su colaboración, como consecuencia, la segunda parte del libro parece escrita en contra del propio biografiado. Mientras viva una persona, su intimidad le pertenece”.

Autores y editores concluyen que el peor defecto es tratar de poner muy bien al biografiado, hacer de ellos estatuas de mármol. Frente a la biografía biempensante y aleccionadora destaca el biógrafo que elude condicionar la opinión del lector. “Hay toda clase de biografías, y no juzgo si un estilo es mejor que otro, pero mi deber era retratar y plasmar la verdad de la vida del Che, fuese la que fuese”, recuerda Lee Anderson. “Como antes de publicarla sólo existían demonizaciones o hagiografías, me exigí a mí mismo el esfuerzo de acercarla a la objetividad. Hay muy buenas biografías donde sus autores sí hacen juicios de valor, pero no era mi estilo. Tomando en cuenta las posiciones encontradas en torno al Che, y las mistificaciones también, preferí presentar la evidencia y dejar que el lector decidiera”.

Todas las personas tienen un lado oscuro. Descubrirlo y enfrentarlo con el resto de la vida pública del personaje, a veces luminosa, forma parte del trabajo del biógrafo, un género literario que triunfa en la cultura anglosajona y que en España cuenta con lectores incondicionales, aunque se mantiene como un género difícil desde el punto de vista comercial. ¿Por qué? “Mario Vargas Llosa explica muy bien la diferencia, en este aspecto, entre la cultura anglosajona frente a la española y la hispanoamericana. Los anglosajones cuentan pocas cosas de palabra, pero luego son capaces de ponerlo todo por escrito. Nosotros hacemos exactamente lo contrario, y si hace falta destruir los cuadernos de los padres o de los abuelos, se destruyen, y no pasa nada”, cuenta el editor de Tusquets. Eso mismo lo corroboró Gerald Brenan en un apéndice de su Historia de la literatura española: la alarmante ausencia de biografías en España se debe al temor de las familias a revelar sus secretos. “Así no se puede escribir sobre las vidas ajenas”, añade Gibson. “También decía Brenan que por eso había cierta pobreza en el análisis de las emociones y comportamientos. La biografía ayuda a ver los matices de la personalidad de un individuo. En el fondo, aquí tenemos un problema de identidad no resuelto porque no se ha conocido a fondo a muchos de sus grandes personajes. Cuántas veces me han dicho: ‘¡Y ha tenido que venir un extranjero para hacerlo!’. Lo oigo todos los días. Un país sin biografías es un país cojo”.

Sin embargo, algo está cambiando en el panorama español. Si hasta hace poco las mejores historias sobre la vida de Franco, el Rey Juan Carlos y hasta García Lorca, Buñuel o Dalí venían firmadas por hispanistas, como Paul Preston e Ian Gibson, aunque historiadores como Manuel Fernández Álvarez han tenido repercusión popular con sus libros sobre Isabel la Católica, Felipe II o Juana La Loca, entre otros, ahora el paisaje lo completan nuevos títulos y memorias rigurosas y documentadas firmadas por autores españoles. El penúltimo ejemplo, la monumental biografía de Azaña firmada por Santos Juliá.

A veces la Historia se asimila mejor a través de la ficción. Es el caso de Julián Granado. Su reciente novela biográfica De humanidad y polilla, todas las caras de Ferrer i Guardia, desvela un personaje con muchas contradicciones al tiempo que recrea el trasfondo ideológico del movimiento anarquista de principios del siglo XX y su vinculación con el terrorismo. “Fue precisamente ese lado confuso y oscuro del creador de la Escuela Moderna el que más me ha interesado sacar a la luz, no para llegar a ningún punto luminoso pero sí para acentuar los claroscuros”, añade. “La historia se enriquece a sí misma en la medida que se confrontan datos contradictorios”.

Con todo aún nos queda un largo camino por recorrer en ese campo. Basta acercarse a una librería para comprobar que la mayoría ni siquiera cuenta con un espacio habilitado para el género. Tampoco ayuda que en las estadísticas de lectura facilitadas por el gremio de editores se incluya en el apartado de historia y ciencias sociales. Antonio María de Ávila, director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España, cree que la mayor parte de los títulos van dirigidos a un público especializado, entre los que destacan historiadores y economistas, aunque el género cuenta también con lectores fanáticos que mantienen los niveles de venta hasta un nivel sostenible, eso sí sin llegar a la gran masa. “Unos y otros consiguen evitar que se llegue a una catástrofe económica y justifican que surjan nueva colecciones dedicadas al género en las editoriales”.

Y todavía cuando se quiere piropear a un biógrafo se dice que su libro ha sido cocinado a la manera inglesa, lo que viene a significar que la búsqueda ingente de datos ha propiciado un apetitoso refrito en el que emergen múltiples puntos de vista. Claro que las mitificadas biografías anglosajonas tampoco son perfectas. “Algunas son demasiado académicas, abrumadoramente llenas de notas al pie de página, que resultan prácticamente ilegibles. Las buenas biografías aportan detalles, pero hace falta que estén bien escritas. Los franceses y alemanes hacen una biografía más novelística”, añade De Villena. En opinión del autor de Che Guevara: una vida revolucionaria, no existe una escuela de biografía, ni un manual de cómo escribirlas. “Lo que funciona, más bien, es un género que tiene etapas en las que triunfa una moda o un estilo, y cada biógrafo hace sus cálculos de acuerdo con sus propios gustos o motivaciones, de acuerdo también a lo convenido con sus editores (en términos de enfoque y longitud, por ejemplo) sin dejar de lado ciertas biografías de referencia”.

Lo habitual es que políticos y artistas protagonicen la mayor parte de los títulos. El editor de Tusquets cree que probablemente se deba a que éstos tienen existencias más movidas y animadas. “Y, sin embargo, es triste pensar que una parte enorme de nuestro pasado histórico está sin narrar. Hay infinidad de personajes y episodios históricos que no han sido abordados o no lo han sido de la forma adecuada. ¡Qué diferencia con el mundo, digamos, de Estados Unidos, donde el alcalde más desconocido del pueblo más insignificante de Oregón tiene su biografía publicada!”.

Written by Marisol García

October 14, 2009 at 10:03 pm

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