Estilo y Narración II

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cuidado con los diccionarios

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Por Tomás Eloy Martínez

Para LA NACION | 21/12/2002 | Página 29 | Opinión


CASI todos los escritores, buenos y malos, afinan sus instrumentos con la ayuda de los diccionarios, y por lo general los primeros que se leen son los que nunca se olvidan.

Como ningún diccionario es inofensivo -así como ninguna palabra es inocente-, todos ellos delatan, por lo general, los prejuicios, los usos y las incertidumbres de la época en que se escriben. Quizás el mejor medio para conocer a una nación es lo que hace ella con su lenguaje.

Durante las tres o cuatro primeras décadas del siglo pasado, la mayoría de los diccionarios hispanos copiaba el de la Real Academia y éste, a su vez, no había mejorado mucho desde la primera edición del Diccionario de Autoridades, que data de 1732, en la que “negro” alude no sólo a las personas que carecen de “la blancura que corresponde”, sino que también, en femenino, se aplica a las mujeres “que están en la cocina”.

El Sol y la Tierra
En ese mismo diccionario, la definición de “día” no admite los descubrimientos de Copérnico y Galileo, y se sigue llamando así al “espacio de tiempo que el Sol gasta con el movimiento diurno, desde que sale de un meridiano hasta que vuelve al mismo, dando una vuelta entera a la Tierra”. El mismo error fatal iba a cometer, dos siglos más tarde, María Moliner, la mejor hacedora de diccionarios que haya conocido la lengua española, quien murió en 1981 sin corregir el dislate, ahora reparado por sus herederos.

María Moliner tampoco quiso definir las que se conocen como malas palabras. Vivió la mitad de la vida en la España de Franco y sufrió casi de la misma ceguera religiosa. Hoy, en un país más moderno y abierto, no la aquejarían esos prejuicios.

El racismo que se advertía en el primer Diccionario de Autoridades sigue siendo, sin embargo, más difícil de quebrar.

Argentinos

Hace pocas semanas cayó en mis manos un laborioso tratado de los términos latinoamericanos a los que el uso ha teñido con prejuicios raciales y étnicos. El autor es Thomas M. Stephens, un lingüista de reputación internacional, que por fortuna trabaja en mi universidad, Rutgers, en una oficina que está a cinco pasos de la mía. Stephens lleva más de veinte años anotando cada movimiento peyorativo de las lenguas castellana y portuguesa en papeles o fichas sueltas, que luego ordena con la delicadeza de un buen cirujano.

Al parecer, no hay otro modo de hacer un buen diccionario que ejercitando la paciencia, el oído y confiando en la buena suerte. Las computadoras sirven para clasificar y purificar ese trabajo de locos, pero sólo cuando ya está hecho.

Stephens consiguió algunas definiciones sorprendentes, muchas de ellas donde menos lo esperaba. “Salto atrás”, por ejemplo, es un término que se usa sólo en Venezuela, con intención siempre despectiva, para referirse a la persona de color más oscuro que el de sus padres.

Más curiosa aún es la definición de “argentino”, que caracteriza a quienes tratan de mantenerse al margen de los problemas o no aceptan responsabilidad por ellos. Cuando le pregunté a Stephens si esa atribución de negligencia no se debería quizás a la costumbre, tan frecuente en Buenos Aires, de responder “soy argentino” para indicar “nada tengo que ver” o “soy inocente”, me dijo que había oído la definición en varios lugares de la península de la Florida y aun entre empleados del Congreso, en Washington.

Su propio libro, cuyo título completo es “Dictionary of Latin American Racial and Ethnic Terminology”, ayuda, sin embargo, a desentrañar el origen del vocablo. Viene de un diccionario de uruguayismos y, en efecto, es el derivado natural del comentario “¿Yo? ¡Argentino!”, expresado tantas veces como una broma familiar y ahora convertido en acusación dañina.

Ciertas palabras avanzan dentro de un contexto, terminan en otro, y a veces no tienen destino en los diccionarios. Es lo que le sucede, por ejemplo, al verbo “retacear”, que se usa sólo en la Argentina e indica que alguien no está recibiendo lo que merece. Hacia comienzos de noviembre tuve una larga conversación sobre el tema con Víctor García de la Concha, presidente de la Real Academia, quien conoce de memoria todos los diccionarios castellanos, definiciones incluidas. Nunca había oído la palabra “retacear”, pero podía rastrear el término con sólo una llamada telefónica. A los cinco minutos ya lo había encontrado.

Tenía doce entradas en los archivos de datos de la Real Academia, que están al alcance de cualquiera, y todas esas entradas correspondían a títulos de diarios argentinos. Tal vez aparezca en la edición unificada del nuevo diccionario de la lengua, que los académicos de España y la América Hispana planificaron este último noviembre, en San Juan de Puerto Rico.

Cabe temer que ni siquiera ese noble proyecto se libre de los prejuicios de raza y clase, que tantos estragos causan en las palabras. Los he encontrado hasta en el reciente “Diccionario del español actual”, escrito por Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos, que pasa por ser uno de los mejores.

Aunque los ejemplos que elige para los usos de cada vocablo son casi siempre irreprochables, de pronto se le escapan definiciones como las de “negro”, que parecen tomadas de algún manual escrito por el doctor Goebbels: “Persona cuyos caracteres raciales son piel oscura, labios gruesos, nariz achatada, pelo negro y crespo y prognatismo”. Tampoco a los puertorriqueños les va muy bien, porque la cita que los caracteriza menciona a “jóvenes drogadictos” de esa nacionalidad.

Otro sentido

Con frecuencia, el abuso de una palabra la convierte en otra cosa, como lo señaló el luminoso venezolano Simón Rodríguez, a quien sólo se conoce como maestro de Simón Bolívar pero que fue mucho más que eso: un ideólogo del lenguaje sólo comparable a Bello o a Sarmiento.

En 1828, Rodríguez escribió en “Sociedades americanas” que ciertos vocablos, como “libertad”, malversados por el poder de turno, ya no querían decir lo mismo que en 1810, cuando las colonias españolas estaban en pleno alzamiento contra el imperio. Casi ninguna de las promesas de entonces había sido cumplida.

Casi todos los golpes militares de América latina se llamaron a sí mismos democráticos, como hizo el presidente venezolano Hugo Chávez con el que dio en 1992 contra Carlos Andrés Pérez. Muchos de quienes lo eligieron con todas las de la ley en 1999 hoy apoyarían a ciegas otro golpe de Estado que lo derribase, también en nombre de la democracia.

Los seres humanos matan o mueren a veces por ideas o vocablos que no para todos significan lo mismo.

Si los autores de diccionarios se detuvieran ante cada palabra para medir su fragilidad y prever las mudanzas a que estará sometida, tal vez jamás terminarían de escribir uno.

Un adjetivo o un verbo suelen contener más energía que un átomo de uranio, y eso se sabe sólo cuando estallan.


Written by Marisol García

March 4, 2010 at 12:29 pm

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