Estilo y Narración II

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“¡Escandalíceme, por favor!”

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Por Mario Vargas Llosa / Mayo 2007.

En algún momento, en la segunda mitad del siglo XX, el periodismo de las sociedades abiertas de Occidente empezó a relegar discretamente a un segundo plano las que habían sido sus funciones principales -informar, opinar y criticar- para privilegiar otra que hasta entonces había sido secundaria: divertir. Nadie lo planeó y ningún órgano de prensa imaginó que esta sutil alteración de las prioridades del periodismo entrañaría cambios tan profundos en todo el ámbito cultural y ético. Lo que ocurría en el mundo de la información era reflejo de un proceso que abarcaba casi todos los aspectos de la vida social. La civilización del espectáculo había nacido y estaba allí para quedarse y revolucionar hasta la médula instituciones y costumbres de las sociedades libres.

La noticia en otros webs
¿A qué viene esta reflexión? A que desde hace cinco días no hallo manera de evitar darme de bruces, en periódico que abro o programa noticioso que oigo o veo, con el cuerpo desnudo de la señora Cecilia Bolocco de Menem. No tengo nada contra los desnudos, y menos contra los que parecen bellos y bien conservados, tal el de la señora Bolocco, pero sí contra la aviesa manera como esas fotografías han sido tomadas y divulgadas por el fotógrafo, a quien, según la prensa de esta mañana, su hazaña periodística le ha reportado ya 300.000 dólares de honorarios, sin contar la desconocida suma que, por lo visto, según la chismografía periodística, la señora Bolocco le pagó para que no divulgara otras imágenes todavía más comprometedoras. ¿Por qué tengo que estar yo enterado de estas vilezas y negociaciones sórdidas? Simplemente, porque para no enterarme de ellas tendría que dejar de leer periódicos y revistas y de ver y oír programas televisivos y radiales, donde no exagero si digo que los pechos y el trasero de la señora de Menem han enanizado todo, desde las degollinas de Irak y el Líbano, hasta la toma de Radio Caracas Televisión por el Gobierno de Hugo Chávez y el triunfo de Nicolas Sarkozy en las elecciones francesas.

Ésas son las consecuencias de aceptar que la primera obligación de los medios es entretener y que la importancia de la información está en relación directamente proporcional a las dosis de espectacularidad que pueda generar. Si ahora parece perfectamente aceptable que un fotógrafo viole la privacidad de cualquier persona conocida para exponerla en cueros o haciendo el amor con un amante ¿cuánto tiempo más hará falta para que la prensa regocije a los aburridos lectores o espectadores ávidos de escándalo mostrándoles violaciones, torturas y asesinatos en trance de ejecutarse? Lo más extraordinario, como índice del aletargamiento moral que ha resultado de concebir el periodismo en particular, y la cultura en general, como diversión y espectáculo, es que el paparazzi que se las arregló para llevar sus cámaras hasta la intimidad de la señora Bolocco, es considerado poco menos que un héroe debido a su soberbia performance, que, por lo demás, no es la primera de esa estirpe que perpetra ni será la última.

Protesto, pero es idiota de mi parte, porque sé que se trata de un problema sin solución. La alimaña que tomó aquellas fotos no es una rara avis, sino producto de un estado de cosas que induce al comunicador y al periodista a buscar, por encima de todo, la primicia, la ocurrencia audaz e insólita, que pueda romper más convenciones y escandalizar más que ninguna otra. (Y si no la encuentra, a fabricarla). Y como nada escandaliza ya en sociedades donde casi todo está permitido, hay que ir cada vez más lejos en la temeridad informativa, valiéndose de todo, aplastando cualquier escrúpulo, con tal de producir el scoop que dé que hablar. Dicen que, en su primera entrevista con Jean Cocteau, Sartre le rogó: “¡Escandalíceme, por favor!”. Eso es lo que espera hoy día el gran público del periodismo. Y el periodismo, obediente, trata afanosamente de chocarlo y espantarlo, porque ésta es la más codiciada diversión, el estremecimiento excitante de la hora.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:28 pm

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¿a quién le interesan los famosos?

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El empleo de celebridades en comerciales revela pobreza de ideas y no siempre da retorno a los anunciantes.

Por Fernando Vigorena P.* / 7 de Abril del 2007

La venida de Penélope Cruz a nuestro país lleva a la palestra un desafío interesante: el uso de famosos en la publicidad. Preste atención al próximo comercial que verá en la televisión o en los diarios y revistas. Apuesto que usted se encontrará con tres o cuatro avisos seguidos, en los cuales se usan celebridades y “famosos de ocasión” para promocionar desde tiendas de departamentos a productos o servicios variados.

Hace unos años atrás, ese recurso estaba restricto a las agencias menos dotadas y a las propias empresas o house agencies. Tales comerciales eran fruto de la falta de imaginación creativa, aficionados o puro deslumbramiento. Las agencias más potentes y sus clientes más profesionales tenían cierta reticencia en usar esa solución primaria y de reconocido rechazo por los consumidores. Hoy infelizmente, la cosa superó todos los límites. El uso de los llamados “testimoniales” se viene arrastrando en la misma proporción que la farándula chilensis.

Es preocupante porque afecta una de las misiones más importantes del marketing, que es el construir imágenes sólidas y duraderas para las marcas. Porque el uso de celebridades como avales de productos, lo que hace es tercerizar la credibilidad, como un efímero arriendo de la notoriedad ajena, como si un producto solo, no pudiese tener valor y personalidad propios, necesitando de ayuda para entrar en los hogares, corazones y mentes de la gente.

El uso injustificado de famosos, casi siempre vinculados a la farándula, significa que el anunciante no cree en su marca, en su oferta, en su agencia o en las tres juntas.

Otro problema con este truco barato, es que es caro. Los cachés u honorarios de los famosos están cada vez más altos, dragando cuantías considerables de recursos que podrían ser mejor aplicados. Pero el anunciante, apoyado en la falsa seguridad que el testimonio de la celebridad da, no percibe que está gastando más de lo que necesita. Lo que es, en lo mínimo, contradictorio con la necesidad de racionalizar los gastos y la inversión en publicidad. La celebridad no termina por colocar ninguna neurona a la publicidad.

Otro factor importante es que un producto promocionado por una “personalidad” queda totalmente dependiente de la calidad de vida y temporalidad de la conducta de éste. Podría verse envuelto en un escándalo, aparecer manejando borracho, cambiar de sexo o cambiarse a la competencia.

El término “testimonio” no es muy apropiado porque se trata, eso sí, de falso testimonio, perjurio de verdad ¿Por acaso alguien cree de ellos usen el producto que anuncian? El consumidor, por lo menos, no cree, y eso lo confirman todas las investigaciones sobre el asunto. ¿Cree usted que Rafael Araneda, compra en La Polar? Ellos saben que están ahí por el caché, a pesar que agencias y clientes se esmeren en subestimar el intelecto del consumidor.

Es necesario admitir que el recurso es altamente eficiente en ciertos casos. Funciona maravillosamente con niños, inocentemente y con personas muy humildes, que confunden al actor con el personaje y se tragan cualquier cosa. Un motivo más para que las empresas serias utilicen los “testimonios” con profesionalismo.

Claro que hay agencias y anunciantes que usan los famosos como competencia, basándose en esquemas creativos en los cuales se respeta la inteligencia del consumidor. En esos casos, se nota que las celebridades comparecen al servicio de una idea y no en sustitución de ellas.

Buenas ideas agregan valor al producto y a las marcas, economizan cachés, superproducciones, efectos especiales y otras figuras. Abaratan la producción y aceleran los resultados. Buenas ideas construyen una marca y un negocio. Mientras que un testimonio de famosos constituye, antes que todo, la casa en la playa de quien cobró el caché.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:28 pm

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Esa tía que estaba buenísima

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La actriz Sidney Rome, la tía que estuvo buenísima a juicio de los nostálgicos cincuentones españoles, decía que sus hijas eran una pesadilla, sobre todo la mayor, que era un dolor.

Por Elvira LindoEl País / DOMINGO – 08-10-2006

ANTES, LA FELICIDAD era una cosa de la que se hablaba en las canciones de Palito Ortega o Albano. Antes, la felicidad era una cosa de tontos. Antes, la felicidad era patrimonio del Hola. Las famosas enseñaban su casa y decían que eran felices y decían que sus hijos eran el motor de su vida. Cuando la famosa tenía marido, confesaba que el marido le daba paz (lo cual no deja de ser deprimente, si se mira con detenimiento). Si por el contrario la famosa no tenía marido, la famosa decía que estaba enamorada del amor (que es como decir que no se comía una rosca, lo cual es deprimente lo mires como lo mires). El otro día estaba comiendo con personas de gran altura intelectual, y todas esas personas de gran calado estaban de acuerdo en que, a estas alturas en que ya no creemos en nada, el Hola es un referente. En un país de chismosos como el nuestro, ya uno no puede creerse ningún chisme. Hay que ir al Hola. Todos los comensales confesamos nuestra absoluta fidelidad a la reina del papel cuché. Alguien comenzó diciendo que la gracia del Hola estaba en las fotos, pero finalmente, uno tras otro, acabamos confesando que también nos creemos el texto, literatura periodística que rezuma seriedad. Tanta seriedad rezuma que les conté un reportaje que leí hace poco en el aeropuerto y que me impresionó muchísimo. Es curioso, parece que siempre tenemos que excusarnos por leer el Hola. Antes solíamos decir: “Hojeé el Hola en la peluquería”. Ahora tenemos los aeropuertos, en los que nos aburrimos tanto -decimos como disculpa- que hasta leemos el Hola. El caso es que el Hola tiene dos tipos de lectores: el que confiesa haberse gastado el dinero y el ilustrado que siempre lo ha leído como por casualidad. Sé de ilustrados/as que les compran el Hola a las suegras o a las madres y se lo van leyendo de camino a casa. Con tanta avidez y de manera tan vergonzante leen esos ilustrados/as el Hola que en ocasiones se han tropezado con los pivotes antiaparcamiento que inundan España, país en el que el pivote ha acabado siendo un símbolo nacional, como el tulipán para Holanda. No recuerdo haberlo visto publicado en ningún suplemento cultural, pero se han dado casos de ilustrados/as, sobre todo si el ilustrado era varón, que tan sumidos iban en la lectura del Hola que habían comprado para su tía, suegra o madre, que se destrozaron los genitales contra un pivote y quedaron prácticamente impotentes. Se siente. Voy directa a los hechos: estaba hace poco en la T4, lugar en el que vivo en los últimos tiempos, al estilo de Tom Hanks en La terminal, cuando me leí, entero, un reportaje sobre Sidney Rome, esa actriz olvidada sobre la que siempre comentan los cincuentones: “Sí, hombre, sí, Sidney Rome, esa tía que estaba buenísima”. Pues bien, esa tía “que estaba buenísima” es ahora un ama de casa, casada con un italiano y con dos hijas adolescentes adoptadas. Lo lógico es que yo hubiera visto las fotos por encima y hubiera pasado página chupándome la yema del índice, porque a mí (concretamente) Sidney Rome no me exalta lo más mínimo, pero anunciaron un nuevo retraso del avión y me dije: “Antes de ponerme con Claves de razón práctica voy a darle una oportunidad a la paz”. Y me puse a ello. Las fotos eran divinas, pura armonía familiar, pero el texto era brutal: Sidney, la tía que estuvo buenísima a juicio de los nostálgicos cincuentones españoles, decía que sus hijas eran una pesadilla, que la pequeña aún tenía un pase, pero que la mayor era un dolor, que les insultaba a su marido y a ella sistemáticamente, les despreciaba, “y claro”, decía Sidney, “devolverlas, ya no puedo devolverlas, obviamente, porque las niñas están ya en una edad tremenda, pero les estoy dando una preparación acelerada”, Sidney decía, “para que las chiquitas se hagan independientes y se larguen, si puede ser, cuanto antes”. Me impresionó, me cayeron dos lágrimas porque me dio por pensar que si perdemos ese último reducto de la felicidad que era el Hola, ¿qué nos queda? La felicidad era antes una cosa de cursis, de malos literatos, pero en estos días la felicidad ha pasado al primer plano de los estudios universitarios. La sensación paranoica de que ya casi no se puede hacer nada para cambiar el mundo está en el alma de mucha gente, de ahí que los estudiosos del comportamiento humano estén concluyendo que la felicidad está en los actos cotidianos, no en las grandes esperanzas. Lo que sonaba cursi o conformista se ha convertido en una reflexión de primera necesidad. Es algo que nos lleva a los clásicos, a la ilusión pura de darse un paseo, oler a café, meter la mano en la bolsa de las lentejas como hacía Amèlie o comprarse el último disco de Bob Dylan, Modern times, y escuchar más de lo de siempre, o sea, más de lo que tanto gusta. El desconsuelo vital nos lleva a la felicidad, que ya no es cosa de cursis.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:25 pm

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¿Cuándo caímos tan bajo?

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Por Antonio Gil / Las Últimas Noticias / Jueves 8 de Marzo de 2007

Como si no bastaran el fin de las fugaces vacaciones y la fatídica llegada de marzo, y como si no fueran suficientes las veinte mil penurias infligidas por el Transantiago y sus laberínticas pruebas, por estos días los medios de comunicación, partiendo por éste, nos toman por asalto y nos ofenden las escasas neuronas que nos quedan con la imagen de un tal Dueñas y el relato de sus disputas del más ínfimo y oligofrénico nivel con un chistosito homofóbico y su descuajeringada cuadrilla de saltimbanquis y tetonas.

Resulta que hoy ellos llenan toda la realidad. Todo el imaginario popular se rebalsa con su chismorreo tóxico. Se trata de sujetos a los que, debemos confesar, no conocíamos y por fortuna seguimos sin conocer, pero que se nos ponen por delante, majaderamente, en los matinales de la televisión y en otros deshuesados programas como una verdadera vergüenza, incluso para nuestra desvergonzada y prostibularia Farandulandia.

¿Cuándo y por qué caímos tan bajo los chilenos? Seamos francos: ni en los peores días de la dictadura militar el circo fue tan pobre como lo es en esta democracia, que se ha convertido, tristemente, en el mandato del márketing básico, de las encuestas de opinión y de la tiranía de unos medios donde cualquier pelafustán, cualquier baboso balbuceante, sube al podio para proclamar a los cuatro vientos su propia estupidez y de paso la de un país entero que, a falta de otra cosa, lo escucha con devoción. ¿Realmente tenía que ser todo tan dramáticamente rasca? ¿De dónde aparecen de tanto en tanto estos pajarracos, estas mezclas raras de proxenetas provincianos y matoncitos subnormales de colegio de curas, a los que transformamos tan alegremente en budas iluminados? ¿En qué momento dejamos abierta la tapa del resumidero para permitir que emergieran estas gordas sanguijuelas dándose ínfulas estelares con sus comentarios de filósofos de fuente de soda y sus insufribles arrogancias de cafiches de San Camilo? ¿Cuánta electricidad gastan mensualmente los pobres de Chile viendo y escuchando las toneladas de huevonerías -si nos permiten el concepto- que día a día vierten sujetos como ese tal Dueñas y sus enchanchecidas y sollozantes mujeres?

Entendemos que existe una cultura popular, ligera y simple, pero plena, la que es vital para la distensión y el divertimiento de las gentes. Siempre y en todas partes ha sido así, y siempre ha estado cargada de picardía, de sensualidad e incluso de obscenidad, lo que no tiene en sí nada de malo. Hasta los argentinos lo saben hacer. Lo inaceptable es la imbecilidad que se nos vende a diario como la única temática posible, tontería sobre la cual se debate largamente, como si no hubiese otro mundo que esa pelea de guarenes de cola pelada que, en medio del calor de marzo, convierte a la dulce patria en algo muy parecido a un repentino y bien vomitado ataque a la vesícula.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:23 pm

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Pienso ‘de que’ existo

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Por ÁLEX DE LA IGLESIA / EL PAÍS – 16-08-2006

Nada merece la pena, todo es confusión y estupidez. El ridículo, el dolor y la tristeza son los sentimientos que realmente definen al hombre. Después, por orden de aparición, la torpeza, y en la mayoría de los casos, la mezquindad. Esto no lo digo por una consciencia exagerada de la situación política mundial, o por el hambre y las enfermedades que asuelan el mundo. No. Lo digo porque el pasado miércoles escribí un artículo en este periódico y me colaron una errata. Yo escribí: “Advierto que está llorando”. Y ellos pusieron: “Advierto de que está llorando”. ¿Se dan cuenta? ¡Mi vida completamente arruinada para siempre! Me metieron un deque en el artículo. Aunque me justifique, nadie me creerá, porque no parece una errata tipográfica. La más absoluta humillación y el más doloroso de los escarnios me acompañarán para siempre. No hay manera de borrar un deque de la memoria de la gente. Y, sin embargo, la persona que transcribe los textos en este periódico pasa el verano encantada, ajena al drama, feliz en su anonimato. Sin embargo, a mí, ¿qué futuro me espera? La gente me señalará por la calle. “Es el tipo del deque”, cuchichearán, en voz baja. Advierto de que está llorando. ¡Es lo peor! Es mejor decir pienso de que existo. Así es la vida. Pequeñas desgracias minúsculas se depositan poco a poco sobre tu alma, y la van enfangando, hasta que tu cabeza desaparece en el interior de una fosa séptica. El pasado miércoles volvía a casa en avión y empezaron a repartir los periódicos. ¡Que no elijan EL PAÍS, por favor! Un individuo pequeñito y calvo coge el fatídico periódico. No sabía qué hacer. ¿Se lo quito? ¿Se lo arranco de las manos de un tirón? Es mejor que piense que estoy loco a que sepa que soy un idiota. ¿Y mis amigos? ¿Qué dirán cuando vean el deque? Bueno, a mis amigos que les den. ¿Y la gente importante? No, por favor. ¿Y si lo lee alguien a quien admiro, respeto y temo profundamente? ¿Y si lo lee Javier Marías? ¡Dios mío, ayúdame! El terror más absoluto es el terror al ridículo. Una vez superado, uno es capaz de todo. Pero ¿quién lo supera? De pequeño imaginaba situaciones absurdas. Secuestran a tu madre y no la sueltan si no cruzas la calle totalmente desnudo, riéndote de la manera más estúpida, dando brincos y canturreando Heidi en japonés. ¿Alguien se siente capaz? Bueno, pues mi situación es más terrible. ¡Qué vergüenza! Lo más increíble es que me lo merezco. Merezco el bochorno y el ridículo, porque he pecado. He pecado de soberbia. Soy un idiota que exige respeto. Desgraciadamente, nadie es respetable. Todos tenemos un deque grabado a fuego en el corazón. Reconozcámoslo. Somos paletos vanidosos que creen saber algo, payasos en un mundo sin gracia. Cuando alguien se toma en serio a sí mismo sólo puede darnos pena. Benditos sean los deques de este mundo, porque nos colocan en nuestro sitio.

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 12:07 am

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La solución Pincheira

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La tozudez no tiene límites. De creerle a un sector, todo lo malo es culpa del Gobierno, todo lo regular (que escasea) pudo salir mejor si no lo hiciera el Gobierno, y lo nada que anda bien, anda así muy a pesar del Gobierno.

Por Guillermo Blanco / La Nación, Miércoles 31 de Enero de 2007

Un rasgo chileno que llama la atención es la incapacidad para discutir sin salirse del tema. El fenómeno se ha vuelto habitual. Ya no extraña. Por ejemplo, si A es partidario de la píldora del día después y B está en contra, el intercambio de argumentos tendrá poco que ver con las ganas de convencerse mutuamente. ¿La píldora es contraceptiva o no? Da igual. Sea cual fuere la posición que se salió a defender, se la defiende.

Las razones que éste o aquel esgrime, rara vez buscan persuadir. El objeto, parece, es repetir que A opina lo que opina y B lo que le opone: ambos se emperran en lo que partieron afirmando. En la frase típica “Yo estimo que sí es porque…” o “que no es porque…”, los puntos suspensivos equivalen a un mero sí. ¿Por qué? Porque sí. Según los pro, la píldora es “inocente porque es inocente” y la eximen, y los antis la acusan de “ser abortiva porque es abortiva”, luego condenan su uso, o a los usuarios o usuarias o cualquiera que los absuelva.

Se supone que todos creemos en la libertad de expresión (restringida, según muchos, a expresar lo que ellos aceptan o aprueban). Una norma implícita en esto es “donde nosotros mandamos, que nos obedezcan; donde ellos mandan, que nos respeten”. Botón de muestra: el “Diccionario de Teología Moral”, de Pietro Palazzini, estipula que en un hospital regido por monjas, ellas “no pueden llamar a un ministro no católico para asistir a un moribundo no católico”.

Existen materias que siempre fueron resbaladizas.

Pío XI advirtió en 1929 sobre los acechos de la educación sexual. Recalcaba la necesidad de que un padre que toca el tema con su hijo “esté bien prevenido y no descienda a detalles, ni haga referencia a las varias maneras en que esta hidra infernal destruye con su veneno una porción tan grande del mundo”.

¿Hablar de lo que no se habla o no hablar de lo que se está hablando?

Aun algunos santos extreman el rigor. San Francisco de Sales juzga “marca infalible de un espíritu holgazán, bajo, infame y abyecto, pensar en alimentos y en comer antes de la hora de comida.” Después habrá tiempo para arrepentir-se en señal de pía continencia. Dentro del tema (o apenas al lado afuera), Santo Tomás de Aquino anota que, según algunos, “un hombre en estado de inocencia no comería sino lo necesario; luego no caería en defecación excrementicia; pero sería ilógico que el alimento ingerido contuviese algo inepto para nutrir al cuerpo. Por ende, habría necesitado expulsar lo superfluo, y Dios habría dispuesto que nada indigno pudiera derivar de ahí”.

Servir a la verdad agobia. El deber de acertar siempre es sobrehumano. Pero miles lo asumen. El proceso a Galileo es emblemático: en 1633, los inquisidores de la Santa Sede lo declararon “fuertemente sospechoso de herejía; a saber: de haber creído y sostenido la doctrina, falsa y contraria a las sagradas y divinas escrituras, de que el Sol es el centro del mundo; y que puede defenderse una opinión declarada y definida como contraria a los Textos Sacros”.

¿Cosas del siglo diecisiete? En 1947, el jesuita Martín Scott escribió en “Science helps the Church” (“La ciencia ayuda a la Iglesia”) que el caso de Galileo proporciona excelente evidencia de una actitud y proceder genuinamente científicos”. Otro santo, el Papa Gregorio VII, dictaminó en 1075 que “la Iglesia jamás ha errado y, de acuerdo con las Escrituras, jamás errará”.

Sería injusto cargar a la cuenta de la Iglesia Católica el monopolio de es-tos traspiés. Nosotros vivimos en Occidente y sabemos más de esa que de otras religiones. Un ejemplo distinto, que estremece a la gente culta, es el desastre que generó la orden del califa Omar de destruir por el fuego la Biblioteca de Alejandría. Historia o leyenda, su argumento es célebre en los anales de la estupidez:

-O los libros de la Biblioteca dicen lo mismo que el Corán, y entonces basta el Corán, o dicen cosas distintas, y en tal caso se han puesto contra él.

La tozudez no tiene límites. De creerle a un sector, todo lo malo es culpa del Gobierno, todo lo regular (que escasea) pudo salir mejor si no lo hiciera el Gobierno, y lo nada que anda bien, anda así muy a pesar del Gobierno.

Lo último en la materia es cierto personaje que, hablando de un temporal, reprochó a las autoridades que “desde mucho antes estaban al tanto de que podía pasar esto”.

¿Y en consecuencia qué? ¿Debieron atajar el temporal?

La obsesión por aquello que uno profesa, acepta o prefiere, venga o no venga al caso, tiene un ejemplo claro en un viejísimo chiste, que no por los años que lleva ha logrado convencer bastante sobre su palpable moraleja: un grupo de compinches sale de una fiesta y alguno de ellos invita a los demás a seguirla en su casa. Allá van, pero al llegar el huésped se da cuenta de que ha olvidado las llaves: están dentro y no hay nadie a quien pedírselas. Después de buscarse y rebuscarse los bolsillos en vano, se vuelve a los demás, a ver si de ellos sale una solución. Tras mucho deliberar, uno de los amigos, el hoy célebre Pincheira, propone al resto lo que él vive soñando:

-¡Vamos a putas!

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 9:08 pm

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El tema choroyes

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Por Leonardo Sanhueza / Las Últimas Noticias

El uso de la palabra “tema” es algo que poco a poco se está volviendo invivible. Hasta hace no mucho el vocablo significaba para todos lo que significó desde siempre, pero de un momento a otro se derramó como un comodín lingüístico. No sé cuántas veces he escuchado expresiones del tipo “es que el tema no es ése” o “eso ya no es tema para mí”: frases en que “tema” puede estar significando “cosa”, “problema”, “asunto”, “objetivo”, “clave”, “punto”, “meollo”, “clímax”, “ítem”, etcétera: todo, salvo “tema”.

El otro día un modisto señalaba la importancia del “tema corbata” y un locutor de radio contaba un chiste picante acerca de un hombre al cual el “tema” ya no le funcionaba como en la juventud. El último y más extravagante significado que se le ha asignado a la palabra es “matrimonio”: el sujeto televisivo al que apodan el Peluche, tras un quiebre conyugal que ha tenido más fanfarrias que un casamiento, declaró haber pensado que “el tema iba para toda la vida”.

De cuando en cuando surgen modas, torceduras de la lengua o francas aberraciones que terminan afirmándose o diluyéndose, pues así funcionan y se mantienen vivos los idiomas, pero la metamorfosis de “tema” tiene una peculiaridad extralingüística, casi sociológica: mientras más seria se pretende la conversación, más veces se la usa. Para darse cuenta de ello basta escuchar unos minutos, o unos segundos, o el lapso que dé la paciencia, a Fernando Paulsen. Dice “tema” con la misma frecuencia con que un grillo dice “crí-crí”. Un grillo puede sonar hasta bonito en la noche de los solitarios con su monocorde (y monotemático) lamento, pero un periodista serio, que habla del acuerdo de Kioto o de los vericuetos de Fondo Monetario Internacional como quien se refiere a una partida de cacho entre sus amigos, hace esperar de él un repertorio más amplio y adecuado a las necesidades de expresión.

La palabra “tema” solía ser sólida, de acero etimológico, pero se ha vuelto siútica y vulgar, tanto como el spanglish. Para decir “tema” se usa el mismo aire, el mismo impulso sicológico, que para decir “más menos”. Son remilgos arribistas del lenguaje, papas calientes en el habla, imposturas rascas, fuleras, pretenciosas. Son una marca de quienes sienten indiferencia por los mecanismos de la lengua y son despectivos hacia las palabras porque creen tener ideas u opiniones o vivencias tan contundentes que están por sobre todo lo demás.

Antes se decía “cada loco con su tema” para significar la diversidad de discursos humanos y para ponderar las excentricidades en un todo abigarrado. Esa diversidad ya no existe o es mal vista. No se celebra la identidad individual, sino la monodia colectiva o, a lo sumo, un canon de choroyes con el disco rayado. Lo que se lleva es ser parecidos, iguales, uniformes en la choreza, como los adolescentes que, en la exacerbación de su jerga o de sus rebeldías en la indumentaria, tratan de ser distintos pero sólo consiguen ser una masa compacta, grisácea y onomatopéyica.

Written by Marisol García

July 28, 2009 at 8:23 pm

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ay de ti

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Por ELVIRA LINDO / EL PAÍS – 23-11-2005

Una buena noticia y una mala. Así empiezan muchos chistes. Y este parece uno de esos, un chiste verídico, como decía Paco Gandía, aquel que contaba chistes de garbanzos. La buena noticia sería que hace dos siglos una persona de cuarenta años era anciana y ahora una con setenta es joven. Lo dice el oncólogo Carlos Cordón-Cardó y lo comprobamos nosotros a diario en nuestras propias carnes. La buena vida y la ciencia nos están permitiendo vivir segundas y terceras juventudes; a eso hay que añadirle nuestra íntima resistencia a envejecer, ese no claudicar de las emociones de la vida, el querer amar, viajar, trasnochar y sentir como alguien que mantiene en forma la plenitud de sus deseos. Pero no deja de ser una buena noticia extraña o una buena noticia engañosa que lleva dentro del paquete algunas sorpresas no tan agradables. Somos jóvenes desde el punto de vista médico pero no podría decir lo mismo un sociólogo o un economista. Somos jóvenes, de acuerdo, pero, ay de ti si el mercado laboral te da una patada a los treinta y tantos años. Ay de ti, porque, sin ser viejo, los que podrían contratarte considerarán sospechoso el que a esa edad estés llamando a las puertas del mercado laboral. Ay de ti porque te verán fuera de onda y preferirán a una persona de veintipocos a la que poder modelar a su antojo. Ay de ti si eres mujer y tu marido te abandona a los cuarenta, ay de ti porque habrás empezado el camino de la invisibilidad y te será complicadísimo encontrar un nuevo hombre que aprecie tu posible encanto, tu experiencia. Ay de ti si tienes cincuenta años y tu empresa está haciendo una regulación de empleo, ay de ti porque serás de los primeros en ser invitado a largarse. Ay de ti que sin ser ni absolutamente joven ni viejo compensarás la precariedad de los contratos basura de tus hijos y cuidarás la vejez alargadísima de tus padres. Y siendo tan joven como dicen los médicos, el cine, por ejemplo, te habrá desterrado para siempre de sus argumentos, ay de ti, ya no verás historias de gente que se enamora, que se desea, que vuelve a empezar con tu edad. Tu imagen ya no es rentable en taquilla. Ay de ti, como decían antes las viejas ante el difunto, ¡tan joven!

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:37 pm

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divinas palabras

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Por Álex Rovira / El País – 11/03/2007

Con ellas nos relacionamos con los demás e incluso con nosotros mismos. A través de sus combinaciones podemos encontrar lo que nos une a otras personas o todo lo que nos separa de ellas. Elegir la palabra adecuada en cada momento constituye una decisión mucho más importante de lo que puede parecer a simple vista.

Aquello que decimos o escribimos es mucho más que sonido o impresión: es construcción de nuestro universo. Las palabras son el vehículo de contacto de nuestra alma con la realidad y gracias a ellas tomamos conciencia y simbolizamos lo vivido. Ellas brindan además la posibilidad de significar toda experiencia, desde lo aparentemente banal hasta lo trascendente: nos ayudan a dar un sentido a la vida.

Gracias a las palabras percibimos las diferencias, los contrastes. Y nos acercamos al mundo. Con ellas creamos y exploramos universos reales e imaginarios. Son puente y camino para conocer y reconocer al ser próximo, descubrir sus matices, su humanidad, y, cómo no, son también el vehículo para llegar hasta nosotros mismos. Paradójicamente, también nos ayudan a tomar distancia, a ganar perspectiva, a desahogarnos. Nos permiten acercarnos y alejarnos, gestionar distancias, entregarnos o partir.

La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, dejó escrito Michel de Montaigne. Nos pertenecen a ambas partes en diálogo cuando éste es sincero, cuando la escucha es atenta, cuando hay voluntad de encuentro. En ellas nos encontramos y por eso nos unen, nos llevan al intercambio, a la relación, al encuentro. Y así es como nos hacen ver, sentir y crecer.

Algunas condensan experiencias, sentimientos, anhelos e incluso una vida: el nombre del lugar amado, la canción que evoca el recuerdo, la poesía que siempre nos acompaña, la voz de nuestros afectos. Al escuchar palabras como hijo, amigo, padre, madre o especialmente el nombre propio del ser amado, se evoca y recrea un universo de recuerdos y emociones a veces más rico e intenso que la propia realidad cotidiana.

Expresado desde la espontaneidad, un “adiós”, un “gracias”, un “por favor” o un “te quiero” pueden iluminar un momento. Y en según qué circunstancias, constituir el recuerdo que da sentido a una vida.

A menudo una voz amable y sincera es más terapéutica que cualquier medicamento. Puede llevarnos a la alegría y a la ternura desde lo más inesperado. Hace poco escuché la respuesta de un niño de cinco años al revelarle un amigo suyo la identidad de los Reyes Magos. El pequeño, sin inmutarse, respondió: “No puede ser que los reyes sean los padres”. “¿Por qué?”, inquirió su amigo. “Pues porque los reyes son tres, y mis padres, ¡dos!”, concluyó convencido.

La palabra sorprende y emociona. Con ella podemos hacer alquimia interior: aliviar dolores, lidiar con las dudas, rabias y culpas, concluir duelos, sanar heridas, convencer miedos, soltar yugos, terminar quizá con esclavitudes interiores y exteriores: liberar y liberarnos.

Curiosamente, a quien más teme el dictador es al poeta. Por ello, el ser humano que pone voz a lo esencial, desde la desnudez, acostumbra a ser el primero en morir fusilado en el paredón o con un tiro por la espalda. Nada peor para el cínico, el perverso o el ególatra que el niño del cuento que proclama sin miedo y con la libertad que nace de la inocencia: “¡El Rey está desnudo!”. Pero ni las balas al alma ni el fuego a los libros pueden con la conciencia que se despierta gracias a la palabra nombrada. Porque “la palabra es el arma más poderosa”, tal y como dijo el filósofo Raimundo Lulio, ya que tiene el enorme poder de denunciar, revelar, desnudar, informar, conmover y convencer.

Y no menos importante es aquel que acoge las palabras: el silencio, construido mediante la calidad de las palabras que en él hemos ido sembrando durante el tiempo en la relación con el otro.

Precisamente porque es sumamente obvio, el siguiente principio acaba a menudo siendo obviado: podemos elegir en cada instante nuestras palabras para relacionarnos con los demás, incluso para relacionarnos con nosotros mismos. Elegir las palabras adecuadas en cada momento es un ejercicio de conciencia y responsabilidad. Y puede marcar la diferencia entre el encuentro o la distancia y la destrucción que nacen de la inconsciencia. Éste es su gran poder. Palabras humanas: divinas palabras.

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:32 pm

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elogio del chicle

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Por Orlando González Esteva / mayo 2007, Letras Libres (México)

/ buey vuelve a ser…
José Martí

Que el ser humano tiene un antepasado rumiante es algo que nadie pone en duda: basta observarle mascar chicle para comprobarlo. Hay personas que adquieren facciones de camello, de ciervo, de toro, de vaca, de cabra, apenas se abandonan al placer de exprimir entre sus molares un pedazo de goma, de lanzarlo de un lado al otro de la boca con la punta de la lengua –una lengua que, por instantes, adquiere voluptuosidades de ola– y de estrujarlo con un ardor rayano en lo obsesivo.

El labio inferior se torna belfo, el rostro se ahocica y la mirada parece abismarse en una prehistoria donde praderas verdes y montañas, desiertos poblados de oasis y espejismos, sustituyen al irredimible –y a veces refrigerado– paisaje laboral o social.
Yo mismo me he sentido acusar rasgos bovinos, o sólo herbívoros, al mascar chicle; pastar entre aquellos caballos peludos, tristemente naturales que admiró Jorge Guillén; encarnar al buey que Rubén Darío viera, de niño, echar vaho bajo el sol nicaragüense, y, en Navidad, a aquel otro que la tradición sitúa justo detrás del pesebre, abrigando con su aliento la pequeña cabeza del Mesías. Más Platero que Orlando he soñado escribir un libro titulado “Juan Ramón y yo”, y más Rocinante que Platero he presentido que Miami es La Mancha, y cada edificio que sustituye un área verde, el terrible Caballero de los Espejos.
Aunque la costumbre de mascar chicle, o, por lo menos, trozos de algo, se remonta a épocas precolombinas (el chicle, tal como lo conocemos, es de ascendencia mesoamericana: la voz “chicle” viene del náhuatl “tzictli”, y ésta, del maya “sicte”), y la psiquiatría ha inferido en esa masticación una actividad con raíces en nuestra edad lactante (recurrente en la propensión de algunos niños a roer el borrador de los lápices), tiendo a pensar que su auge está estrechamente ligado al cine norteamericano. No es raro que en éste se masque chicle seductora, desafiantemente, ni que los devotos de sus estrellas se apresuren a imitarlas, como si mascándolo se les parecieran, y su realidad se tornara pantalla, y sus propias vidas, cine.

Imposible olvidar lo que significaba para un niño de la Cuba de los años sesenta del siglo pasado recibir, por mediación de un pariente exiliado, un chicle oculto en una carta. Ese chicle se llevaba en la boca al colegio, al parque, se paseaba por el vecindario, se exhibía –si algún incrédulo desconfiaba de su autenticidad– como un diente de oro y, ya de vuelta a casa, se espolvoreaba con azúcar y se escondía en el refrigerador, porque tamaños lujos escaseaban, y al día siguiente ese mismo trozo de látex duro y frío volvería a brindar a su dueño la oportunidad de pavonearse delante de sus amiguitos con aires de galán cinematográfico, como si lejos de llevar un trozo de goma vieja en la boca llevara a Marilyn Monroe del brazo.

Nada más triste que un chicle húmedo, acabado de arrojar al suelo. Fuera de su caracol humano se retuerce y, agonizante, suda saliva. Y nada más terco que uno seco, aferrado a la superficie de un mueble. El muy molusco se torna piedra, garrapata infernal, y no hay uña capaz de arrancarlo.

Mascar chicle fue considerado, desde épocas muy tempranas, un hábito de mal gusto, sobre todo si la masticación se llevaba a cabo con la boca entreabierta, se hablaba haciendo ruidos con la goma ensopada, o, peor aun, si ésta, elástica, se inflaba hasta desdoblarse en una enorme burbuja y se hacía estallar ante el rostro de alguien. Hoy no es difícil adivinar en esa burbuja una imagen del universo (al que los científicos describen como un globo que se expande), ni escuchar en su ruptura una versión del Big Bang, ese estallido que, según la ciencia, dio origen al orbe.

Me pregunto si las estrellas verdaderas no masticarán chicle, si eso que llamamos su “titilar” no será el resultado de la contracción y la expansión constantes de sus mofletes. La lengua de la lagartija es una burbuja de chicle. (No pierdo el hilo: Martí recordaba que la palabra “universo” quiere decir lo vario en lo uno, y “lo uno”, el universo –y con él las estrellas y la lengua en cuestión–, tiene algo de chicle.)

Sea como sea, las objeciones al acto de mascarlo caducan. Un equipo de investigadores norteamericanos ha anunciado la fabricación de una goma capaz de retener su sabor inicial por tiempo indefinido y de combatir las caries y el sarro; otro, de investigadores británicos, ha revelado que mascar chicle puede estimular la memoria y la capacidad de pensar. Se sospecha que el beneficio proviene de la masticación y que el avivamiento de la memoria pudiera atribuirse a un aumento en la frecuencia cardiaca y en las dosis de insulina que alcanzan el cerebro.

El pueblo cubano debe celebrar el hallazgo. La publicación, en 1944, del libro “Cuba, país de poca memoria”, del periodista Aldo Varoni, puso al descubierto una de sus mayores debilidades: la falta de memoria histórica, su predisposición a olvidar el pasado y, por ende, a reincidir en errores. La sabiduría popular advierte que más sabe el diablo por viejo que por diablo. No hay sabiduría sin memoria, y el chicle favorece la memoria. ¿Mascará chicle el diablo?

Nuestra afición a la goma de mascar no responde, pues, a una sumisión a los dictados de Hollywood sino a una necesidad de carácter ontológico: el pueblo cubano masca chicle respondiendo a un mecanismo inconsciente de compensación destinado a corregir una falla nacional. En un alarde de intuición supo lo que sólo ahora sabe la ciencia: que mascar chicle beneficia la memoria.

La fabricación de un chicle de sabor prolongado tiene antecedente en el título de un libro de Emilio Ballagas: Sabor eterno, y las ventajas de masticarlo, en una frase de José Lezama Lima: Sabio es lo que tiene sabor. ¡Oh sabio pueblo cubano! ~

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:30 pm

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