Estilo y Narración II

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haití y el terremoto: el polvo negro que lo impregna todo

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FRANCISCO PEREGIL – EL PAÍS – 07/02/2010

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Las buganvillas rojas, rosas y moradas sobre los escombros. Las casas que quedaron con la fachada hacia el cielo, como barcos hundiéndose; las que continuarán en la memoria volcadas hacia la derecha como una amiga que se recuesta sobre el hombro de la que acaba de irse. Jesucristo en un crucifijo de casi dos metros, en una esquina, en plena calle, y detrás de él, una iglesia desplomada. Cuatro muchachos presos detrás de las rejas de la comisaría de Carrefour pidiendo agua y comida entre risas. Los bomberos mexicanos abrazándose y hablando en círculo antes de inspeccionar las ruinas del palacio presidencial. Tantísima basura quemándose y sin quemar en las calles. Las mujeres cocinando a la luz de la luna en peroles inmensos. Las esculturas de los espíritus del vudú alargadas. Las familias echadas en sofás, camastros o en el suelo, a la puerta de un hotel o en cualquier plaza. Las calles cortadas para dormir.

El polvo negro que lo impregna todo de suciedad. Tantas montañas verdes con cientos y cientos de chabolas. Los barrancos resecos que cruzan las calles. Los charcos en medio de una vía principal; y en pleno charco, los guarros entre los vehículos. La forma en que se colocan la falda las mujeres para lavar o para sentarse, con la tela entre las ingles y las piernas desnudas. Las jóvenes bañándose con los pechos descubiertos sin ningún pudor y sin que los hombres las molesten con la mirada siquiera. La casa circular de la Autoridad Suprema del Vudú, con sus pequeños templos en medio del jardín, sus árboles eternales de troncos altísimos y los frutos maduros cayendo de golpe en el suelo. Los templos de los sacerdotes vudistas, en sótanos sucios, recónditos, y dentro de los templos, las pequeñas habitaciones con sus calaveras y las botellas de alcohol como ofrenda. Un hotel en ruinas, con los espejos rotos, las vigas partidas, las habitaciones amplísimas, con una silla detrás de las puertas como única cerradura, con periodistas y víctimas del terremoto durmiendo por las noches al raso sobre las losetas del borde de una piscina en la que nadie se baña. La gente caminando de noche en una ciudad de tres millones de habitantes, sin apenas luz eléctrica. Árboles preciosos de troncos que no podrían rodear tres hombres en medio de un barranco inmundo. La cantidad de coches todoterreno en un país tan pobre. Los mototaxistas jugándose su vida y la del cliente sin casco que los proteja a ninguno de ellos.

Pasear por un país negro tan masacrado por la historia y no encontrar una sola mirada de odio. Las mujeres con los sacos de comida y los barreños de ropa en la cabeza. Las fachadas rosas, verdes y azules del centro destruido. Los autobuses, claro, los autobuses con sus pintadas casi infantiles, lo mismo del Che, Jesucristo, Obama o Maradona. Los pastores protestantes cantando en misa con sus camisas blancas y corbatas negras a pleno sol; son la única gente que he visto con manga larga y corbata. Las colas a la puerta de las compañías de transferencias, con sus rejas en la entrada custodiadas por hombres armados. El carnet de identidad que el negro le muestra al blanco como tarjeta de presentación para trabajar como intérprete, conductor o lo que haga falta. Por supuesto, los cadáveres entre el polvo. Pero también la sonrisa de los chavales. Y las ganas de vivir.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:30 pm

el pueblo más triste del mundo

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JOHN CARLIN – EL PAÍS – 08/11/2009

Esta minoría musulmana de Birmania se ve salvajemente perseguida por la Junta Militar de su país. Viajamos para conocer a los refugiados rohingyas en Bangladesh y Malaisia. Quinta entrega de la serie con la que Médicos Sin Fronteras y ‘El País Semanal’ quieren rescatar del olvido a las víctimas de la violencia.

He aquí una fórmula para hacer fortuna en tiempos de crisis. Vayan a la punta suroriental de Bangladesh, en la frontera con Birmania, y compren un viejo barco de pesca. Costará 100.000 taka, o 1.000 euros. Prevean 500 euros para arroz y agua potable y quizá otros 500 euros para sobornos. Luego vayan a buscar clientes entre los más desposeídos de Bangladesh, un país tan densamente poblado y tan pobre, que, para que España tuviera unas condiciones económicas similares, debería contar con una población de 550 millones y una renta media, no de la mitad de la que tiene hoy un español, durante la peor recesión que se recuerda, sino de la vigésima parte.

Pero el mercado al que apuntamos aquí es incluso más pobre. Hablamos del que debe de ser el pueblo más olvidado de Asia, y quizá del mundo. Se llaman a sí mismos rohingyas y son una minoría musulmana que vive en Birmania; 30.000 de ellos han sufrido una persecución tan cruel a manos de la junta militar de su país, en gran medida debido a su religión, que han preferido huir al otro lado de la frontera para vivir en un campo de refugiados construido por ellos mismos en una pequeña colina tan ardiente, abarrotada y plagada de enfermedades, que, por contraste, los miserables pueblos vecinos de pescadores en Bangladesh parecen la Costa del Sol.

De las 30.000 personas que viven en el campo, llamado Kutupalong, un tercio son niños menores de 10 años. Cuando un fotógrafo, un trabajador de Médicos sin Fronteras y yo los visitamos, vimos cómo sonreían, se reían, armaban alboroto. La inocencia es la felicidad. No se habrían reído si hubieran tenido alguna idea del destino que les aguarda cuando sean adultos o que quizá esté al acecho a la vuelta de la esquina. Se dan casos aquí de madres desesperadas que, cuando no ven otra posibilidad de supervivencia, venden a los niños, habitualmente para que se conviertan en esclavos; esclavas sexuales, si son niñas. Pero ésos no son los clientes en los que están interesados los inversores de la zona. Lo que buscan son hombres jóvenes, normalmente de entre 16 y 25 años, que osan soñar con un futuro más brillante que lo mejor que puede ofrecerles Bangladesh, pedalear día y noche como conductores de rickshaw, lo que les permite ganar las suficientes migajas como para poder seguir pedaleando el día y la noche siguientes. Para esos jóvenes, la tierra prometida es la nación islámica de Malaisia, un tigre asiático de rascacielos relucientes, modernos puentes y limpias autopistas que se encuentra a 1.500 kilómetros al sur de Bangladesh, un país que, al aterrizar allí en un Airbus 330 de las líneas aéreas malayas, me pareció pertenecía a otro mundo, otro siglo. El Airbus no es una opción para los rohingyas, que no tienen pasaportes porque no se les considera ciudadanos en su propio país. Aquí intervienen los barcos de pesca, el arroz, el agua potable y los sobornos. El empresario astuto, que se ve a sí mismo como una especie de agente de viajes, ofrece a esos jóvenes soñadores un trayecto por mar hasta Malaisia por una tarifa de 200 euros por cabeza. En el barco, de unos 20 metros de largo, cabría normalmente una docena de pescadores. Pero, para este tipo de viaje, sin ninguna necesidad de llenar la embarcación de pescado, el objetivo es llenar hasta 100 cupos. Eso significa una ganancia de 20.000 euros para una inversión de 2.000: un beneficio del 1.000%.

Una limitación del negocio es que sólo se puede emprender a finales de año. Diciembre, invierno en esa parte del trópico, es cuando las tormentas de los mares del sureste asiático se calman y las corrientes y los vientos son favorables para Malaisia. Mientras escribo, los traficantes están comprándose barcos y vendiendo paquetes de viaje, igual que hace un año, cuando más de mil zarparon de las costas de Bangladesh. He hablado con media docena de esos aventureros por separado; aquí figuran las historias de tres de ellos. Sufrieron tormentas, hambre, enfermedades, sed, palizas, cárcel, trabajos forzados y, en diversos momentos de sus trayectos, la seguridad de que iban a padecer muertes lentas y terribles.

Otro tipo de muerte lenta era de la que habían huido en Birmania. Las historias que contaban los viajeros de su vida en su país coincidían con las que me habían contado unos líderes rohingyas en el campamento de Kutupalong, un panorama que evocaba imágenes de la era de la esclavitud en Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, con un trasfondo no del todo diferente a las vicisitudes más recientes de los palestinos desplazados.

Los rohingyas viven en el noroeste de Birmania, en un Estado llamado Arakan, un nombre que suena al de un hermoso país mágico en uno de los cuentos de Narnia, de C. S. Lewis, pero es, en este caso, una tierra triste en la que gobiernan tiranos. Birmania, dirigido sin tregua por un régimen casi tan impenetrable y siniestro como el de Corea del Norte desde que se negó a aceptar los resultados de las últimas elecciones democráticas en 1990, es un país cerrado a los periodistas extranjeros. Al hablar con los rohingyas se comprende por qué.

Discriminados porque son musulmanes en un país budista, porque suelen tener la piel más oscura que la mayoría de los birmanos (un alto diplomático birmano los calificó recientemente en público de “marrones oscuros” y “tan feos como ogros”), y por una compleja historia de resistencia al control central (en la II Guerra Mundial se aliaron con los británicos en vez de con los japoneses, de quienes eran partidarios en su mayoría los birmanos), son unos presos sin Estado propio en el país en el que han nacido. No pueden trasladarse de un pueblo a otro sin permiso de las autoridades militares locales; no pueden casarse ni tener hijos sin permiso; no tienen la potestad de resistirse cuando les confiscan sus tierras poco a poco para dárselas a colonos budistas llegados de las ciudades; no tienen la fuerza para resistir la obligación de trabajar la tierra que les han robado, sin cobrar nada a cambio; ni pueden oponerse a hacer todas las tareas serviles que les exigen los militares, desde construir carreteras hasta cargar arroz, hasta cortar hierba, y no pueden practicar su religión libremente. Al caer la noche, cuando deberían ir a la mezquita a rezar, no están autorizados a salir de casa. Y existe una política claramente dirigida a debilitar el islam en el Estado de Arakan: cuando se atrapa a alguien efectuando reparaciones en una mezquita, desde arreglar un tejado hasta pintar una pared, se le castiga con la cárcel y una multa.

“Nos dicen que es su país, que no es nuestro”, me dijo uno de los viajeros rohingyas con los que hablé, un chico educado, tímido, devotamente religioso, de 19 años, llamado Mohammed. Era el mayor de ocho hermanos, y su padre había decidido que debía ser el salvador de la familia: su misión era viajar hasta Malaisia, encontrar trabajo y enviar periódicamente dinero a casa. “Mi padre estaba muy triste, pero dijo que yo era la única esperanza de la familia”. Al saber, por un familiar en Bangladesh, lo que costaba el viaje a Malaisia, el padre de Mohammed vendió dos bueyes y 0,2 hectáreas de tierra por el equivalente a los 200 euros que costaba el billete al paraíso. El chico atravesó las montañas hasta Bangladesh, y allí, antes de subirse a un pequeño barco, junto con otros 82 hombres rohingyas -el más joven, de 12 años; el más viejo, de 60, la mayoría, de unos 18-, el pasado mes de diciembre, llamó con el teléfono móvil de un pariente a su familia. “Tenía la sensación,” me dijo, “de que me estaba separando de mi familia para siempre”.

Salim -delgado, menudo, pulcro y con voz atiplada- es el segundo de los viajeros de esta historia. Cuando salió el año pasado de Arakan tenía 17 años. Tiene cuatro hermanos y cuatro hermanas. “Mis hermanos mayores tenían que cortar el césped de los soldados, recoger leña para ellos, limpiar sus casas. Eran esclavos”, me explicó. “Vi que mi futuro era negro y decidí irme y encontrar otra vida”. Llegó hasta Bangladesh, encontró a unos contrabandistas de personas, como él los llamaba, y se puso en contacto con su familia para decirle cuánto dinero necesitaba. “Vendieron sus arrozales; toda la tierra que poseían”.

Moniur, mayor que los otros dos, con 23 años, se había ido de Arakan 10 años antes, y en ese periodo trabajó sin respiro como conductor de rickshaw, uno de los miles que se ven llenar las calles del sureste de Bangladesh, en una proporción de 10 rickshaws por cada vehículo a motor. Tenía el rostro delgado y serio de todos los de su gremio, unos hombres obligados a llegar hasta el límite del esfuerzo físico con una alimentación mínima.

Los tres partieron en distintas embarcaciones por la misma ruta: hacia el sur por la bahía de Bengala hasta el mar de Andamán, costeando por el oeste de Tailandia; luego hacia el estrecho de Malaca, dejando Indonesia al oeste, antes de atracar en algún lugar de la provincia de Penang, en el norte de Malaisia. Era un viaje de 1.500 kilómetros; la cantidad de comida y las condiciones de vida en los barcos respondían siempre a un objetivo sencillo: proporcionar el máximo beneficio a los traficantes. No estaban esposados, pero, en todos los demás aspectos, su situación evocaba una vergüenza lejana: la de los africanos occidentales que cruzaban el Atlántico como animales en los barcos de los tratantes de esclavos. La diferencia estaba en que los refugiados rohingyas se subieron a los barcos por voluntad propia. Su grado de desesperación por buscar una vida mejor se demostró nada más comenzar sus aventuras, ya que no salieron corriendo en la otra dirección cuando vieron y olieron el barco que iba a ser su hogar durante dos semanas, si todo iba según lo previsto, cosa que no ocurrió.

Está el caso de Salim, de 17 años, apiñado con otros 107 en la bodega pestilente de un barco de pesca, donde se había almacenado el pescado antes de dirigirse a la costa en los largos años de vida de la embarcación de madera. Los hombres estaban tan abigarrados (nunca fue más apropiada la expresión “como sardinas en lata”) que no podían moverse ni un centímetro. Algunos se marearon y vomitaron: todos tenían que orinar y defecar donde estaban.

Pero los seres humanos pueden acostumbrarse a casi todo, si les sostiene la esperanza. Mohammed, Salim y Moniur sabían que lo arriesgaban todo, pero, mientras combatían las náuseas y el hedor y se enfrentaban con desesperada valentía al terror de la muerte en alta mar, no tenían ni idea de hasta qué punto estaban cargados los dados en su contra. En los barcos de Mohammed y Salim, la comida y el agua se acabaron al cabo de 10 días; en el de Moniur, al cabo de 8. En los tres casos estaban aún a unos 500 kilómetros de Malaisia, y pasaron dos días bajo el sol tropical sin nada para comer ni beber. Llegar a su destino dejó de ser lo principal para ellos. Lo único que les importaba era sobrevivir. “Todo lo que veíamos era agua y más agua”, contaba Mohammed, “pero lo que no teníamos era agua para beber”.

El barco de Moniur se encontró con unos pescadores tailandeses que les dieron agua, pero los entregaron a la marina de su país, que los llevó a la costa y los detuvo; los barcos de Mohammed y Salim llegaron a la orilla en Tailandia, pero vieron frustrados su alivio y su alegría, y su buena fortuna, en cuestión de horas. Todos los pasajeros fueron detenidos. Todos fueron transportados por carretera a una ciudad llamada Ranong; en el caso de Moniur, amontonados en un camión de basuras. Habían perdido todo control sobre sus vidas.

Mohammed revivía su experiencia con intensidad, desahogando su pena y su desesperación; Moniur, mayor y endurecido por la vida del conductor de rickshaw urbano, tenía una memoria extraordinaria para los detalles, pero permaneció rígidamente despegado al contar su historia, como un policía que describiera la escena de un crimen; Salim, el más joven y más dulce de los tres, se mostró contenido y preciso, pero luchó para mantener la calma durante las partes más angustiosas de su narración. Ninguno de los tres, en las más de seis horas que pasé con ellos, sonrió jamás. Su destino fue el de cientos de rohingyas más. Según la única organización en el mundo que se interesa por investigar y dejar constancia de la situación de los rohingyas, una ONG constituida por una mujer (que se llama Chris Lewa y es belga) llamada Proyecto Arakan, en diciembre de 2008 salieron al menos 1.195 personas de Bangladesh con destino a Malaisia en un mínimo de 10 barcos. De ellos, se sabe qué fue de 859; los demás están desaparecidos, presuntamente ahogados o muertos de hambre y sed. Las historias de Mohammed, Moniur y Salim, cuya supervivencia fue providencial, ofrecen pistas gráficas sobre las circunstancias probables de los 329 cuyo fin se desconoce.

Moniur y Mohammed fueron trasladados por el ejército tailandés de Ranong a Koh Sai Dang, la Isla de la Arena Roja, “una colina en el mar”, fue la descripción de Mohammed, a un día de barco. “Lo primero que nos impresionó fueron los zapatos que vimos en la playa, cientos de ellos”, dijo Mohammed. “Como eran de los que suele llevar nuestra gente, temimos que hubieran matado a sus dueños y que ésa iba a ser también nuestra suerte”.

Pero el destino, en forma de ejército tailandés, tenía otros planes. Menos sangrientos, ya que los zapatos pertenecían a otros rohingyas presos en el interior de la isla, pero igualmente siniestros. Retuvieron a los rohingyas en la isla durante 15 días, con palizas continuas (¿Por qué?: “Éramos muchos más nosotros que los soldados. Así que debía de ser para intimidarnos, para controlarnos”, explicó Mohammed), y luego llegaron un buque militar y un ferry. “Cuatro de los barcos en los que habíamos llegado, incluido el mío, estaban anclados lejos de la orilla. El ferry fue y volvió varias veces para llevarnos a todos a los barcos. Cuando llegamos a ellos, nos encontramos con que les habían quitado los motores. Entonces unieron los cuatro barcos con cuerdas, y uno de los buques militares nos arrastró hacia alta mar. Nos dijeron que nos estaban llevando a aguas malayas. Pero, al cabo de día y medio, cortaron las cuerdas y nos abandonaron allí, a la deriva”.

“Entonces comprendimos”, continuó Mohammed, “que la promesa de Malaisia había sido falsa, y empezamos a llorar. Las corrientes empujaron los cuatro barcos en distintas direcciones y acabamos solos. Estábamos seguros de que íbamos a morir”.

Uno podría dudar de la veracidad de este testimonio, y del de Moniur, que era idéntico al de Mohammed, ya que estaba en otro de los cuatro barcos abandonados, si no fuera por el hecho de que está corroborado por las exhaustivas investigaciones del Proyecto Arakan de Chris Lewa, e incluso lo ha reconocido el Gobierno tailandés. El primer ministro de Tailandia, Abhisit Vejjajiva, se vio obligado a confesar que en “algunos casos” se habían producido acontecimientos así, aunque, por lo que se sabe, no se ha llevado a cabo ninguna pesquisa oficial.

Si fuera verdad, el resultado tendría que consistir en cargos de asesinato e intento de asesinato masivo. Había 575 personas en los cuatro barcos a la deriva. En el de Moniur, el mayor, había 152. Tras 10 días de ardiente sol tropical y 10 noches de absoluta desesperación, la gente en su barco empezó a morir. “No teníamos comida ni agua; murieron 19 personas”, dijo Moniur con su estilo entrecortado. “Arrojamos los cuerpos al agua. Lo único que podíamos hacer los demás era esperar que nos llegara a nosotros la hora de morir”.

El barco de Mohammed tuvo más suerte al principio. En sólo unas horas, el mar agitado los arrastró hacia unos pescadores tailandeses que les dieron de comer y los llevaron a la orilla, donde los militares volvieron a detenerlos, les esposaron, les vendaron los ojos y les interrogaron -y los llevaron de vuelta a la Isla de la Arena Roja. Junto con casi 200 hombres más (“muchos tenían llagas en la espalda de estar sentados unos contra otros en los barcos”), Mohammed estuvo en el campo de concentración de la isla durante un mes.

“Entonces nos subieron a una gran balsa y nos sacaron al mar, esta vez con comida, con siete sacos de arroz y dos bidones de agua. Pero volvieron a quitarnos el motor y, al cabo de dos días y una noche, volvieron a soltarnos y nos abandonaron. Fuimos a la deriva durante dos semanas. No tenía ninguna duda de que iba a morir. No había esperanza de tierra ni de rescate. Ya no teníamos fuerzas ni para hablar”. Pero entonces llovió, recogieron el agua en las telas de plástico y la vida volvió a la balsa de los muertos vivientes. Al 16º día vieron tierra, y al amanecer del día siguiente, al despertarse, descubrieron que estaban rodeados de barcos de pesca. Esta vez no eran tailandeses. Los pescadores los llevaron a su pueblo, un lugar llamado Idi, en el norte de Indonesia.

Moniur llegó a tierra al cabo de 14 días. “Encontramos agua potable, frutos silvestres para comer”, dijo Moniur, “y caminamos, a trompicones entre la maleza, desde el anochecer hasta el alba. Vimos unas señales en un árbol que nos dijeron, para nuestro regocijo, que aquélla no era una isla desierta. Seguimos andando, con energías renovadas, y encontramos a algunos campesinos que nos dieron té y plátanos… Estábamos en la India. En las islas Andamán”. Los nueve meses siguientes, que pasó en un centro de detención indio, habrían sido una pesadilla para la mayoría de la gente normal, por ejemplo para esos intrépidos occidentales que participan en los programas de televisión de estilo Supervivientes, en los que les depositan en una isla tropical, cargados de comida y bebida, para probar de qué está hecha su fibra burguesa. Para Moniur se diría, por su escueta forma de describirlos, que aquellos nueve meses fueron unas vacaciones relajantes antes de regresar a su vida de conductor de rickshaws en Bangladesh.

Mohammed sí llegó a Malaisia, a la provincia de Penang, donde le entrevisté. Después de que le rescataran los pescadores indonesios se despertó, tras dos días inconsciente, en una cama de un hospital indonesio. Allí conoció a un policía que, en lugar de pegarle, le llevó a su casa y, junto con su mujer, le cuidó y le alimentó hasta que recobró la salud. El policía le ayudó a hacer realidad el sueño que le había empujado a irse de su país: le dio el dinero y los medios para cruzar, de manera ilegal, pero segura, el estrecho de Malaca hasta Malaisia.

Salim, que no fue abandonado la deriva en un barco sin motor, tuvo la sensación durante un tiempo de que el destino le había favorecido. Después de pasar 21 días en el centro de detención de inmigrantes en Ranong, las autoridades tailandesas le pusieron en un barco que, le dijeron, le iba a llevar por la costa hasta Birmania. Sin embargo, llegó a la costa tailandesa, y las autoridades de inmigración lo entregaron a traficantes tailandeses; uno de los numerosos ejemplos que vi en mis entrevistas con los viajeros rohingyas, y confirmados por la activista de los derechos humanos rohingyas Chris Lewa, de complicidad entre los traficantes de personas y los funcionarios tailandeses. “Nos llevaron en un compartimento oculto bajo una furgoneta a una casa alargada en una plantación de caucho en la que había otros muchos como yo, que habían intentado ir de Bangladesh a Malaisia,” recordaba Salim. “Dijeron que si les decíamos los números de teléfono de familiares o conocidos con dinero en Malaisia, ellos llamarían y pedirían el precio de llevarnos a través de la frontera”.

“yo no tenía amigos ni familiares en Malaisia, y se lo dije. Pero ellos no querían creerme. Me dieron bastonazos cada día durante 10 días”. Hasta que los traficantes reconocieron la derrota. El frágil chico, apenas más grande que un chico de mediana estatura de 13 años en Europa, debía de estar diciendo la verdad. Era el orgullo y la esperanza de su familia en Birmania, pero ésas eran todas sus conexiones. Los traficantes tenían un plan B: llevar a Salim y a otros nueve rohingyas en una furgoneta a un puerto de pesca tailandés y entregárselos a un pescador de arrastre.

“al principio me puse contento. Era un trabajo muy duro. Sólo tres días libres al mes. Salíamos al mar a las cinco de la tarde y trabajábamos hasta las diez de la mañana siguiente, echando las redes, sacando el pescado, limpiando las redes, limpiando el barco”. Le pagaban unas monedas al día para cubrir sus necesidades elementales de comida y esperaba con ansiedad su sueldo al final del mes, deseoso de poder llamar, por fin, a sus familiares con la buena noticia de que había triunfado en su misión y les iba a enviar dinero.

Pero entonces, cuando llegó el fin de mes, vio que los pescadores tailandeses cobraban y él no; que ellos iban a la orilla a ver a sus familias, pero él no estaba autorizado a bajar del barco. “Cuando pedí mi sueldo me dijeron: ‘No, tú no eres como el resto de la tripulación. Tu sueldo se paga en otra parte’. Dijeron que me habían vendido, que mi jefe se había quedado con todo mi dinero. Pregunté quién era mi jefe y me dijeron el nombre del traficante tailandés que dirigía la plantación de caucho”.

¿Qué sintió en ese momento? “De pronto sentí que se me caía el cielo sobre la cabeza: me quedé mucho rato sin poder moverme. No me dijeron nada más. Creí que me habían vendido para el resto de mi vida. Creí que me habían vendido para siempre. El resto del tiempo que estuve allí, no recuerdo un día en el que no llorara en silencio”.

No había posibilidad de escapar, dijo. “Oí hablar de otros como yo a los que habían arrojado al mar porque habían intentado huir”. Pero una noche, cuando llevaba nueve meses en cautividad, llegaron unas personas en una furgoneta, empleados del traficante que era su “jefe”, y lo llevaron en un largo viaje a través de la frontera hasta Malaisia. “Son crueles, pegan a la gente, compran y venden a la gente, son asesinos, pero conmigo cumplieron su palabra. Mis nueve meses de trabajo habían pagado el dinero que me habría costado atravesar la frontera si hubiera tenido familiares que pudiesen pagarlo”.

Fue un peculiar caso de honor entre ladrones. Le dejaron en una mezquita en la provincia de Penang, Malaisia, donde se reveló que, pese a toda la crueldad que hay en el mundo, también existe bondad. Como en el caso de los isleños indios que dieron a Moniur té y plátanos, y en el del policía indonesio que cuidó a Mohammed hasta que estuvo bien y le dio dinero para que completara el viaje, cuando todos los demás habían tratado de extorsionarle, del mismo modo, Salim, cuya vida había dependido de un rescate, conoció a un anciano en la mezquita malaya que lo acogió bajo su protección. “Me dio un teléfono para llamar a mi familia, me dio algo de trabajo y me pagó un poco, y luego me dio dinero para coger un autobús hasta Georgetown, una gran ciudad malasia en la que esperaba encontrar trabajo, como así fue”.

Consiguió lo que no había logrado Moniur, más viejo y más duro. Éste, al final de nuestra entrevista, un mes después de haber vuelto desde la India hasta Bangladesh, se permitió un momento de debilidad, ofreció un atisbo del horror, la impotencia y la angustia física que debió de soportar, cuando le pregunté si podría pensar algún día en volver a emprender el viaje a Malaisia. “Mire”, me contestó, “pensé muchas, muchas veces que iba a morir. Muchas veces. Así que no. No volveré a intentarlo. Me voy a quedar para siempre en Bangladesh. La vida aquí es dura, pero es vida”.

El campo de refugiados de Kutupalong también es vida. Es incluso una vida luminosa y alegre para el que emerge de los oscuros lugares a los que descendieron Moniur, Mohammed y Salim; luminosa y alegre, si uno se tapa la nariz y cierra los ojos ante la miseria que le rodea -ante las alcantarillas abiertas en la colina y las chabolas calientes con techos de plástico negro y suelo de barro en las que vive la gente- y lo único en lo que se fija es en los rostros de los 10.000 niños que allí viven. Tenían unas sonrisas tan grandes como Asia cuando se apiñaban alrededor de nosotros, los extranjeros, y todos nuestros gestos les provocaban risa. Una niña de unos 11 años que llevaba unos pendientes de cristal azul violeta nos pareció especialmente preciosa. Le hicimos fotografías, para las que posó como una modelo profesional, pero cuando nos fuimos del campamento sentí miedo por ella. Tenía en los ojos una capacidad de seducción natural e inocente que otras almas menos compasivas también notarían, sin duda. La idea atroz que se nos ocurrió fue que si los responsables del tráfico sexual son allí tan activos como los contrabandistas de personas, los que trafican con los sueños de los jóvenes, y nos dijeron que era así, ¿qué esperanza tenía esa niña?

Y, aunque tuviera suerte y se escapara de las garras de los malvados, que, según dicen, venden a esas niñas rohingyas en lugares tan lejanos como China, ¿qué futuro podría aspirar a tener? Las sonrisas y las risas de los niños, tan dulces y vibrantes como las de los niños con acceso a agua y jabón, y educación y Nintendos, en los mejores barrios de Barcelona o en las zonas más verdes de Londres, son los augurios inocentes y felices de una terrible condena. Si viajamos mentalmente a dentro de 10 años, veremos a la niña de los pendientes azul violeta transformarse en Nur Ayesha, una mujer de 23 años a la que conocí en una chabola sofocante.

Nur, de rostro fino, pero expresión amargada, me contó que se fue de Arakan hace cuatro años para casarse, porque ni el hombre al que amaba ni ella tenían dinero para pagar la cantidad que les exigía el ejército birmano. Después de un año de miseria en Kutupalong, su marido decidió marcharse en busca de una vida mejor. Nur no sabía, o no quiso contar, si se había ido en barco a Malaisia o había intentado ir por tierra, como hacen algunos. El caso es que nunca regresó. Suponía que había muerto, y la dejó con un niño de dos años al que no podía cuidar. “Estaba enferma y el niño también, no tenía dinero para el tratamiento; tenía hambre y no tenía dinero para comprar comida”, me dijo, lo cual me trajo a la memoria la imagen que había visto en un puerto allá en Bangladesh de otra joven, metida en el agua hasta la cintura con un niño en brazos, pidiendo pescado a un barco que llegaba. Tal vez Nur lo intentó y no tuvo suerte. Así que optó por el último recurso. “Me dijeron que había gente que compraba niños. Vendí a mi hijo de dos años a unos que dijeron que venían de la ciudad”.

Nur se dice a sí misma que quienes compraron al niño lo criarían bien; que lo compraron porque no podían tener hijos. Trabajadores de ONG que conocen bien Bangladesh dicen que, por desgracia, eso no es verdad; que la madre se engaña a sí misma o miente. El niño, me aseguran, está condenado a una vida de esclavo, quizá, incluso, esclavo sexual. Pregunté a Nur por cuánto había vendido al niño. Respondió sin indicar horror ni sensación de injusticia, como si el precio hubiera sido justo, que lo había vendido por 500 taka; cinco euros.

Tal vez no habría tenido la necesidad de hacerlo si su marido hubiera llegado a Malaisia y hubiera enviado dinero a casa. La pregunta es si de verdad la vida es mejor para los rohingyas en aquel país; si perseguir ese sueño merece los costes, los sacrificios y los riesgos. Mohammed y Salim, que llegaron allí, parecían pensar que, en conjunto, la respuesta era sí.

Mohammed, que había encontrado trabajo ocasional en la construcción, se ha unido a una pequeña comunidad rohingya y ha encontrado una pequeña mezquita en la que puede rezar en paz cuando quiere. De lo que se lamenta es de que no ha podido cumplir aún las esperanzas de su familia, de que no ha sido capaz de enviarles ningún dinero.

Salim, que trabaja en una tetería, sí ha enviado dinero a casa, pero ha descubierto que un tercio se lo queda inmediatamente, como “impuesto”, el ejército birmano local, que controla como un Gran Hermano orwelliano a toda la población rohingya y puede detectar, mediante escuchas y espías, cuándo recibe dinero cada familia. ¿Se consideraba afortunado, a pesar de todo? Salim reflexionó largamente antes de contestar. “Me considero afortunado porque me dejaron irme del barco y me trajeron aquí, y porque muchos murieron y yo sobreviví. Pero mi temor constante es que me detengan los agentes de migración y acabe trabajando de nuevo como esclavo en un barco de pesca, y que entonces no tenga tanta suerte y me quede ahí el resto de mi vida”.

Le pregunté si pensaba volver algún día a Birmania. “Me gustaría volver a ver a mi familia”, dijo este chico inteligente y de ojos oscuros y tristes que, a sus 18 años, ha vivido ya mil vidas. “¿Pero cómo? No, no es posible. Ésta es mi vida ahora”.

La suya y la de unos 25.000 rohingyas que han encontrado un precario refugio en Malaisia. Fui a una escuela en la provincia malasia de Penang, o mejor dicho, a una casita en la que una docena de niños rohingyas pasaban el tiempo haciendo lo que les gustaría hacer a los niños de Kutupalong: aprender a escribir, matemáticas, inglés, el Corán. En una pared había un gráfico con las banderas de todos los países del mundo en él. Pedí a un profesor que me indicara su bandera. Se lo pedí a un niño. Se lo pedí a todos los niños. Todos, en silencio y sin vacilar, colocaron su dedo sobre la bandera de Birmania, un país del que han huido, que no les quiere y les humilla y explota todos los días de su vida.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:25 pm

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el pueblo más denso de colombia

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Es una isla que no se parece a ninguna otra. Aquí no hay playas ni mojitos, ni tampoco espacio para una cancha de fútbol. Soho le propuso al escritor Martín Caparrós que viajara hasta el islote de Santa Cruz, en el caribe colombiano, para saber cómo pueden vivir 1.087 personas en menos de media manzana.

Por MARTÍN CAPARRÓS / Soho © 2006

En el Islote no vive ningún muerto. Solo vivos: el Islote es el único lugar del mundo donde no hay más que vivos. Desde que se hicieron hombres, los hombres y mujeres convivieron con sus muertos: metieron a sus muertos en cavernas, tinajas, cajas de madera, hoyos en la tierra y los guardaron dentro de su espacio. En el Islote no hay espacio: los vivos viven apiñados, los muertos viven fuera —en un cementerio chiquito muy atacado de maleza en otra isla. Dicen que cada vez que un islotero se muere lo ponen en su cajón, le rezan, lo encomiendan a la virgen del Carmen y, por fin, lo cargan en la lancha; entonces buena parte de sus vecinos lo acompaña hasta la isla de Tintipán, lo deja ahí, y se vuelve.

El Islote de Santa Cruz es una isla del Caribe colombiano, archipiélago de San Bernardo, departamento de Bolívar. El Islote —así lo llaman todos— es la isla del Caribe que menos se parece a una isla del Caribe: allí donde el lugar común y la memoria piden palmas, playas de arena blanca, hamacas y mojitos, el Islote es un barrio pobre de cualquier ciudad apareciendo de pronto en el medio del mar más esmeralda.

Mamá Elena tiene 74 años, cuatro dientes, una camisa vieja muy manchada y, seguramente, más plata que casi nadie en el Islote. Mamá Elena es la dueña del único restorán, una gran cocina y unas mesas de plástico junto al agua, donde prepara la mejor langosta que he comido —y patacones fritos en aceite de coco. Mamá Elena sonríe a menudo, para mostrar los dientes que le quedan. Sus abuelos llegaron desde Tolú, en el continente, hace quién sabe cuánto: setenta, cien años. Eran pescadores; al principio quisieron instalarse enfrente, en Tintipán —grande, bonita, forestada—, pero la plaga los corrió.

—¿La plaga?

—Sí, los moscos esos, los jejenes. Todas esas islas tienen plaga porque tienen ciénega. Nosotros no tenemos.

Es el secreto del Islote: como al principio casi no existía, por no tener, tampoco tenía bichos. El Islote, al principio, era un pequeño arrecife coralífero de veinte por veinte: la nada entre las olas. Pero cuando aquellos pescadores vieron que era la única isla donde los animales no los atacaban, empezaron a usarlo como refugio. A mí, cuando me lo dijeron, me pareció exagerado que desdeñaran las bellas islas de los alrededores y se instalaran en este baldío solo por los jejenes: después entenderé.

Primero pasaban una noche, dos, en medio de la pesca. De a poco, algunos se afincaron. Y fueron agrandando el arrecife: juntaban trozos de coral, caracol pala, restos varios, y le ganaban tierra al mar. El Islote es una obra del hombre —quizás por eso sea tan feo. O lindo a su manera: con la belleza de lo inesperado y diferente. Con la elegancia de oponerse a todos los clichés, todas las fotos.

El Islote, ahora, tiene 5.600 metros cuadrados —media manzana— y, según el último censo, 1.087 habitantes: una densidad de 194.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Colombia, por ejemplo, tiene 42; Bogotá 3.912. Por eso suelen decir que el Islote es el lugar más densamente poblado del mundo. No debe estar muy lejos.

En el Islote no hay policía, no hay cura, no hay médicos ni notarios ni abogados. Y encima el mar, tan verde, tan azul.

—¿Y no es mejor vivir en tierra firme?

—No, mi hermano. Acá vivimos mucho mejor. Allá usté tiene que tener algún trabajo para ganarse su vida. Acá no, acá usté sale a pescar a la mañana y ya con eso vive. Si sabe bucear, acá siempre va a tener algo de qué vivir.

El mito cuenta —como cuentan los mitos, con detalles diversos, contradicciones, coincidencias— que, hace ocho o diez años, una lancha cargada de cocaína se dio vuelta en el mar, cerca de aquí. Y que unos pescadores del Islote la avistaron, avisaron a todos los demás y salieron a buscarla. El mito cuenta que la recuperaron, que su legítimo dueño les pagó un rescate más que millonario, que los isloteros repartieron la plata entre todos: que algunos se la bebieron con tozudez y buena entraña, que otros aprovecharon para hacerse sus casas. El mito cuenta —como cuentan los mitos— que esa lancha fue fundamental en el destino del Islote: que fue entonces cuando el pueblo dejó de ser casillas de madera y palma, que fue entonces cuando se construyó la mayoría de las casas de material —algunas de dos pisos—, que fue entonces cuando se compraron muchas lanchas. Que fue un gran momento común, y que fue emotivo cómo todos compartieron el dinero que les trajo el mar. Y que, después, todos juraron olvidarlo.

El médico es un problema: viene, se pasa diez días, se va otros diez, vuelve. Diez días son muchos para mil personas. También viene, de tanto en tanto, un odontólogo, pero no tiene ningún equipamiento: mira las bocas, rezonga, da consejos.

Lo que el mito no cuenta es que esa lancha podría ser una metáfora mala de lo que pasó en muchos rincones de un país que, entonces, se llamaba Colombia.

—A los ocho meses me voy pa Cartagena y ya me quedo hasta el día del parto. Acá con la vaina de que el médico está y no está, uno no sabe qué puede pasar.

Dice Rosa, 16 años, seis meses de embarazo, sentada en la entrada de una casa amarilla. Rosa dice que este es solo el primero, que quiere tener por lo menos cuatro más. Julley, su amiga, le aconseja que se vaya antes, pero Rosa prefiere esperar hasta el último momento porque no quiere estar tanto tiempo lejos de su novio: Roberto tiene 17 y trabaja en el Hotel Punta Faro, en Tintipán. Últimamente el turismo —trabajar en los hoteles y restoranes de las islas vecinas— también es una opción, más suave que la pesca; si sigue así, el Islote va a pasar a ser el clásico barrio pobre cuyos habitantes se van todos los días a trabajar para los ricos del barrio de al lado.

—Qué Roberto ni qué nada, Rosa, ese man es un flojo, ni siquiera te va ayudar con plata. Además, lo más importante es tu pelao, ¿sí o no?

Dice Mirledis, una Angelina Jolie color caoba en mecedora de madera, mientras se pinta las uñas de los pies. Mirledis es la más chica y dice que es la más moderna:

—Por eso a mí lo de tené pelaos no me gusta. Los pelaos joden mucho y ya despué uno no tiene tiempo pa más na. ¡Ni pa los hombres!? Las demás se ríen y dicen que lo que pasa es que Mirledis tiene muchos hombres. Ella estira sus piernas infinitas y se ríe, que no, que eso no es cierto, que ella no tiene ningún novio, solo su cantidad de enamorados.

—¿La pesca es peligrosa?

—No, a pulmón libre no hay ningún peligro, es mucho más fácil que con tanques. El tanque sí es peligroso, uno se mete muy abajo y de pronto se te acaba y no puedes salir. En cambio el pulmón te avisa, cuando se te va a acabar el aire el pulmón te lo dice, te da tiempo a escaparte.

Los muchachos llevan años sentados en esta mesa en un rincón de la plaza, jugando al dominó. Ayer jugaban; ahora siguen jugando —y jugarán, parece. La ronda vale 200 pesos; a veces se distraen. Les pregunto a cuánto está el kilo de langosta y me dicen que 18 ó 20 mil y se enzarzan en una discusión sobre el crecimiento del animal: que si crece una cuarta cada vez que muda, que si entonces habría langostas de mil kilos, que la más grande fue una que sacó el Churo, que tenía cinco kilos. Cuando me voy, veinte minutos después, la discusión arrecia.

—Y, a la una, dos de la tarde ya vuelves de la pesca y te vas a comentar lo que pasó con los amigos.

—¿Cómo qué, por ejemplo?

—Cosas de la pesca, comentamos. Digamos que arponeo una barracuda y la dejo ir con el arpón porque se enreda, entonces se me queda todo eso en el pensamiento y la comento con amigos, nos damos consejos, conversamos.

La plaza —el único espacio vacío de la isla, el centro ineludible de la isla— es un rectángulo de cemento de diez metros por veinte con dos árboles que se llaman zaragozas, los troncos retorcidos. Es mediodía: en el medio de la plaza solo hay chicos de ocho o diez descalzos jugando a la pelota —porque hace un calor de mil quinientos perros— y chicas de ocho o diez descalzas barriendo el suelo con escobas caseras. En una esquina de la plaza está la discoteca del Bárbaro, el edificio privado más grande de la isla; al lado está la escuela, planta baja y dos pisos pintados de rosado y, delante, la virgen del Carmen. Después está la casa de María Candela, dos pisos, vidrios nuevos en las ventanas, tele chata de 25 en el salón, pintura blanca. Al fondo, en el lado corto, hay una casa verde pobre. Sobre el otro lado largo del rectángulo, tres casas de familia: verde, amarillo, amarillo —con sus toques de rosa y de celeste. Y, en el otro lado corto, la tienda de Eder, donde Eder tiene su mesa de jugar al dominó y ver pasar el tiempo. Diez metros más allá, las basuras y el mar, todo el Caribe.

Hoy hay brisa fuerte, casi ningún pescador ha podido salir: algunos van a comer muy poco. Juan me dice que él salió igual y que se trajo dos kilos de caracol, que son 12.000 pesos, la platita para pasar el día. Todos dicen que la pesca ya no es como antes: que antes había langosta por todos lados, que ahora hay que salir cada vez más lejos y bajar cada vez más hondo, a veinte, veinticinco metros, porque antes pescaban nada más los muchachos del pueblo, ochenta, cien, y ahora en cambio vienen de muchos lados y son como quinientos y así no hay mar que aguante. Y que ahora los buzos del Islote salen solos: que antes, cuando pescaban fácil, iban de a dos o tres o cuatro, pero que ahora ya no hay para repartir y cada cual la pelea por su cuenta. La escasez, decíamos, rompiendo aquellas redes.

El Islote está de verdad en el medio del mar: ninguna casa a más de cincuenta metros de las olas. El Islote es realmente una isla del Caribe.

Los chicos de diez años ya salen a pescar, ganan su plata, se hacen, de alguna forma, independientes de sus padres. Pero se quedan en las casas de sus padres hasta que son adultos: en el Islote no hay lugar para instalar vivendas nuevas. En el Islote hay doce bachilleres, ningún profesional, un par de ricos: Mamá Elena, los dos mayoristas de pescado —que se lo compran a los pescadores y lo venden, con cincuenta por ciento de recargo, a los distribuidores de la costa.

El Islote tiene noventa casas: noventa unidades familiares. Pero hay pocas familias y están todas mezcladas. Y tienen chicos, cantidades de chicos: de los 1.087 isloteros, 735 son chiquitos. Las parejas del Islote tienen un promedio de cinco hijos. Últimamente ha habido planes para “desconectar” mujeres, y cinco lo aceptaron, pero es muy duro convencerlas:

—Ellas piensan que cuando se desconecten no las va a querer más nadie. Yo les digo que no tengan tantos pelaos, que se ocupen más bien de los que tienen; ellas me dicen que lo que pasa es que son muy tiradoras. No, tiradoras no; ustedes lo que son es parenderas, les digo yo. Las tiradoras tienen muchas vainas, preservativos, pastillas, muchas cosas.

Faider Agresott es el Inspector de Policía del archipiélago San Bernardo —con base en el Islote. Faider no es policía sino empleado de la Alcaldía de Cartagena —pero si en la isla hubiera policía estaría bajo su mando. Había dos, pero ya no: hace unos años, decidió que no eran necesarios y que era mejor que sus habitaciones en los altos del Centro Educativo quedaran para los profesores.

—Acá es muy tranquilo, no valía la pena tener dos policías. Es muy raro que haya robos, esas vainas. Acá nomás hay riñas: como buenos costeños les gusta mucho el guaro, el trago, y se meten en riñas entre ellos.

Dice Faider, cuarentón, costeño, y dice que todos los días recorre las diez islas del archipiélago en la lancha que le donó un paisa rico y amador del Caribe, pero que ahora hace tiempo que no lo puede hacer porque la lancha está dañada y todavía no consiguió la plata para hacerla arreglar, pero por lo menos ya pudo llevarla a Cartagena.

En el Islote no hay iglesia; solo una Cruz de Mayo, una imagen del Sagrado Corazón, otra de la Virgen del Carmen —que está, también, en casi todas las casas del pueblo.

—Los pescadores necesitamos a la Virgen. Ella es la que nos cuida cuando salimos al mar. Quién sabe, si no fuera por ella…

En el Islote no hay cura, por supuesto. Cuando alguien quiere casarse o bautizarse, tiene que anotarse en una lista y esperar a que se junten varios; entonces llaman a un cura que los consagra al mayoreo.

Faider fue sargento de la Marina, pero ya lleva muchos años administrando islas. Faider se ocupa de muchas cosas —atiende el consultorio cuando no está el médico, dirime diferendos, presenta proyectos, persigue subvenciones, insiste para que los isloteros “no sean tan flojos y se busquen la vida”. Y dice que está feliz, que aquí siente que puede hacer algo importante, mejorar la vida de una comunidad. Uno de sus proyectos más avanzados es construir noventa baños, uno por cada casa:

—Hay que hacerlos para que esta gente haga sus necesidades como Dios manda, porque es muy feo para el turista que estén haciendo sus necesidades por ahí y, mostrándole sus pompis, ajá hombe, caramba.

María Consuelo tiene 56 años, siete hijos. El mayor nació hace 36 y, durante los 15 siguientes, ella se dedicó a parir parejito.

—Así pude salir rápido de esa obligación. Ya después a uno le queda tiempo pa otras cositas. Aunque a veces también uno se aburre. Uno cría los pelaos, después ellos crecen y se van y ajá, ya casi no queda na pa hacer. Lo bueno es que después vienen los nietos. Yo ya tengo ocho.

Después pasa una mujer de falda negra con un balde de pintura blanca y una brocha; dice que va a pintar la Cruz de Mayo, al final de la plaza.

—Esa se llama María Candela, le decimos así por la lengua que tiene. Esa le va diciendo las verdades en la cara a todo el mundo. Es viuda, pobrecita. Pero también se pega sus chapeteras, no se vaya a creer.

María Candela es la organizadora de los grupos de limpieza: todas las nenas, armadas con escobas de palito, barren el pueblo un día a la semana. Y todos los nenes llenan los sacos de basura y los llevan al final de la isla, para seguir creciendo.

—¡Mayo, mija, cómo estás! Ahora vienes por acá para echar una hablaíta.

Le grita María Consuelo, pero María Candela le dice que no sea vaga, que más bien vaya a ayudarla con la pintura.

—Sí, hombe, yo te ayudo. Si tampoco no tengo nada qué hacer.

En el Islote, tan rodeado de agua que es muy difícil caminar sin verla, el agua es un problema. Cuando llueve, los vecinos la recogen en aljibes; cuando no, llega en barco cisterna desde Cartagena. A veces hay que pagarla, a veces no. La luz, en cambio, cuesta 2.000 pesos por día y por cabeza —por seis horas de corriente eléctrica. Todos los días, los de la Junta Vecinal recorren las noventa casas para recaudar la plata del gasoil; a veces consiguen lo necesario, a veces no. Los días que no, la luz se apaga antes.

El equipo de fútbol de Islote nunca pudo jugar de local: no tiene cancha, lugar para una cancha. Juan Guillermo pesca langosta y es su entrenador: ahora me cuenta que cuando pueden van a tierra firme a jugar un partido o algún cuadrangular, pero que en general pueden, en junio y en diciembre porque en el equipo juegan unos sobrinos suyos que estudian en Cartagena y el papá tiene una lancha grande, pero solo se la presta si sus hijos van con ellos y ellos solo están para las vacaciones, en junio y en diciembre; que si no se la alquila y es demasiado caro. Es complicado. En cambio para entrenarse no hay problema: varias veces por semana cruzan hasta la isla de enfrente, donde sí hay espacio para patear un rato.

—¿Y van en lancha?

—No, casi nunca tenemos. Cada cual va con su canoa, su cayuquito, pues.

Me imagino la Gran Flota de los Veinticinco Cayucos Futboleros cruzando triunfal el brazo de mar entre Islote y Tintipán: veinticinco remeros denodados braceando hacia el espacio.

El Islote de Santa Cruz es pura diferencia, una isla tan aislada y tan distinta de cualquier otra isla, un mundo transplantado al mundo equivocado, un barrio donde no puede haber un barrio, suburbio sin ciudad, espacio sin espacio. Pero yo no podía creer que todo eso —esa densidad, esa fragilidad, ese aislamiento— fuera solo para evitar “la plaga”. Hasta esta noche. Vuelvo al continente. Duermo en una cabaña sobre el golfo de Morrosquillo, un lugar maravilloso con la gente más atenta y sonriente. A la mañana, cuando me despierto, mis pies son una sola roncha. Arden, queman, joden —casi no puedo caminar. Recién ahora entiendo a aquellos negros fundadores: se escapaban de esto. Huían de la naturaleza. El Islote es una batalla más de la lucha del hombre por contener a la naturaleza. O sea: la cultura.

DAVID zambra
AMISH-COLOMBIANOS
Ana Lopez
Me gustó el artículo. Llevo muchos años pasando vacaciones cerca al Islote y supongo que soy parte de una de esas familias “ricas” para quienes los habitantes del islote trabajan en temporada alta. Y me pregunto… será que esos pesos que llevamos los turistas en vacaciones contribuyen en algo? será …
jose diaz m
muy buen articulo hace poco conoci ese lugar pero con su reportaje me di cuenta de la realidad es un lugar muy lindo y las personas son muy amables y conocinan delicioso y todo muy economico
Manuel Céspedes
Es un excelente reportaje, con la descripción que nos hace, nos demuestra una vez más,como el hombre se adapta y acostumbra a vivir y convivir en los diversos sitios que nos ofrece nuestro bello planeta.
Jairo de J. Rúa Ortiz
Yo estuve en este paraiso , y quienes piensan que estos habitantes de esta Colombia olvidada viven mal están muy mal . Porque asï , sin médico y sin cura ; los problemas son otros . Si quienes creen que sólo la ciudad es la solución están equivocados . Esta colombia vive y palpita .

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Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:19 pm

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Escape de Disney World

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Por Juan Villoro / La Jornada Semanal, 26 de abril de 1998

Disney World es el primer enclave urbano con copyright: su paisaje está patentado. Aunque vive de la imitación de escenarios y personajes célebres (el lejano Oeste, el castillo de Ludwig de Baviera, Dumbo, La guerra de las galaxias), otorga una nueva significación a la copia. Ahí, el Hotel Polynesian cumple el doble propósito de evocar los palafitos en los que se inspira y ser un edificio de Leego. Estamos en una segunda realidad que no necesita lucir auténtica. Al contrario: los cocodrilos motorizados y las lianas de plástico demuestran que jugamos a atravesar la selva. Los parques temáticos de Disney son sitios detrás de la aventura, no porque ahí se conozcan los trucos de la tramoya, sino porque ingresamos a un entorno “imaginario”, codificado por los cuentos de hadas, el kindergarten, la televisión, los estrenos de los últimos sesenta veranos: Tribilín nos da un abrazo de fieltro mientras Indiana Jones se acerca a una proximidad ideal para oler su épico sudor. Sin embargo, la definitiva singularidad que buscan los viajeros es la de constatar, ya dentro del Reino de la Fantasía, que el lugar sigue siendo imaginario. De ahí la importancia de los vistosos tornillos de plástico en el palacio de Cenicienta, el ronroneo mecánico en las piraguas primitivas, la cortesía de las cascadas que caen cuando ya no pueden salpicarnos. El mundo se reproduce con honesto artificio, y la misión de empleados y viajeros consiste en imitar el gozo pánico de Porky y compañía. En parajes garantizadamente falsos, sentimos la perturbadora fascinación de ser imaginarios, copias de las copias.

Michael Sorkin, profesor de la Universidad de Yale, crítico de arquitectura de la revista Village Voice y autor del ensayo “See You in Disney World”, del que estas reflexiones son tributarias, cuestiona el carácter imitativo de la ciudadela del ratón: “En Disneylandia el referente simulado está en todas partes; la `autenticidad’ de la sustitución depende siempre del conocimiento de un original ausente, por difuso que sea. Disneylandia está en sombras perpetuas, lanza a sus visitantes a pasados o futuros que no pueden visitar, o a una inconveniente geografía. El sistema entero se legitima por el hecho de que uno haya […] preferido la simulación a la realidad. Para millones de visitantes, Disneylandia es justo como el mundo, sólo que mejor.”

Al igual que otros exorcistas de la posmodernidad, Sorkin combate el demonio de la copia, como si al alejarse de lo auténtico el ciudadano milenarista se transformara de inmediato en Homo Xerox. Cada vez que les plazca, los amantes de la veracidad pueden bajar los escalones de la Tumba 7 de Monte Albán o despreciar El caballero del casco dorado, el espléndido óleo que por desgracia no es de Rembrandt. Disneylandia es el emporio de la mentira; vale la pena describir sus contrabandos culturales, pero sirve de poco lamentar que las lágrimas de Blanca Nieves sean de glicerina: su efecto depende de su descarada irrealidad.

Como los parques de atracciones se proponen replegar las calles tristemente verídicas, un problema grave es su periferia. La disneificación del espacio debe ocultar lo que queda afuera para construir una Ciudad Alterna, con reglas propias, y para hacer mejor negocio (en sus primeros diez años, Disneylandia ganó 273 millones de dólares y su abusiva periferia, 555 millones). Por ello, el segundo cielo terrestre debía ser, si no inconmensurable, al menos del tamaño de San Francisco. Disney World se alza entre suficientes lagunas y pantanos de Florida para estar garantizadamente aparte. Su tamaño enfatiza la importancia del transporte: el día es una canastilla que sólo se detiene con los fuegos artificiales de la noche.

La sensación de pertenecer a un ecosistema dominado por los vehículos comienza en el aeropuerto de Orlando, donde un tren une las dos terminales y los anuncios prometen que muy pronto nuestros mejores amigos serán de plástico. De hecho, el aeropuerto ofrece la posibilidad de un juego adicional. Al menos esta es la experiencia de una familia tan cercana que considero la mía. El día del regreso, el padre se presenta en el mostrador, la cabeza decorada por su hijo con las emblemáticas orejas negras. El encargado de American revisa el boleto y descubre que la familia ha llegado una hora tarde a la cita. Estamos ante uno de los grandes momentos en la ronda de las generaciones: papá cometió una pendejada. Ya no hay tiempo para registrar el equipaje; la familia debe romper un récord paraolímpico, entre carritos de maletas y monjas con zapatos de Peter Pan. En el control de metales, se dispara un ruido atronador. Un comando descubre que el hijo lleva un revólver en la maleta, junto a su cocodrilo de peluche. No importa que el arma sea una estafa comprada en el galerón donde actúan los dobles de Indiana Jones: un niño empistolado califica como aeropirata. Hay que decir adiós a las armas y correr rumbo al tren sin dejar de gritarle al huérfano de armamento: “¡En México venden cuernos de chivo!” Luego viene la carrera hasta el gusano que conduce al avión, el check-in de pánico, el sprint a gatas y empellones hasta los asientos. “¡Lo logramos!”, dice el equívoco jerarca de la tribu. “¡Este juego sí que estuvo padre!”, comenta el hijo que sintió la más real de las emociones mecánicas que puede propinar Disney World.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:15 pm

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Nada que declarar. Welcome to Tijuana

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Sólo un cronista de la talla de Juan Villoro, autor de Los once de la tribu y Palmeras de la brisa rápida, es capaz de captar en todos sus infinitos matices una ciudad tan extraña, repelente y fascinante como Tijuana, espacio urbano que supera cualquier capacidad de asombro.

Por Juan Villoro / mayo 2000.

En una de sus mejores parodias, Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges inventaron a un escritor tan comprometido con su realidad que sólo describía lo que pasaba en la esquina nor-noroeste de su mesa de trabajo. Menos prudente que ese personaje, acepté escribir sobre Tijuana, el ángulo nor-noroeste del país.
La principal desventaja de ser capitalino es que se nota. Los chilangos estamos tan desprestigiados en provincia que quizá deberíamos concentrarnos en nuestras domésticas superficies. Además, Tijuana es el sitio donde el periodista El Gato Félix promovió la campaña “chilangos go home” antes de ser asesinado (hasta donde se sabe, no por un capitalino).

En mi descargo, debo decir que la Gran Aduana de Baja California Norte repudia todo localismo; es la frontera más cruzada del mundo, la orilla emblemática de la Aldea Global, donde el paisaje cambia como si respondiera al zapping de la televisión, el duty-free que trafica con realidades y deseos. Para el antropólogo Néstor García Canclini, se trata de “uno de los mayores laboratorios de la posmodernidad”; para el narrador tijuanense Luis Humberto Crosthwaite, de “una ciudad inventada… mutable y polifacética”.

Uno de los productos típicos de esta Meca del sincretismo es la ensalada César. Los mexicanos que hacen turismo pastoral en el Vaticano, suelen sorprenderse de que nadie les ofrezca el antipasto que suponemos favorito de Italia. La solución del misterio es la siguiente: el César que apellidó la ensalada no fue un personaje de Suetonio, sino César Cardini, un restaurantero de Tijuana dispuesto a contrabandear culturas.

La más cosmopolita de nuestras ciudades, principal zona de contacto con el país más poderoso del planeta, exige un registro múltiple. En el trayecto, hojeé la revista de Aeroméxico hasta encontrar el previsible mapa de la república. Recordé los atlas antiguos, donde un Eolo soplaba con mejillas neumáticas para simbolizar la dirección de los vientos y una leyenda indicaba el fin del mundo: Hic sunt leones (aquí hay leones). El inexplorado horizonte prometía bestias. Ahora que los leones bostezan a sueldo en los circos, hay que buscar otras criaturas para lo desconocido. ¿Qué animal encarna la condición limítrofe de Tijuana? Por el walk-man me llegó la voz de Manu Chao: Welcome to Tijuana

tequila, sexo, mariguana
con el coyote no hay aduana.

La letra promovía mi destino de viaje como una Ciudad del Vicio para pecadores de bajo presupuesto. En este folclor duro, el coyote es una figura omnipresente.
El problema es que se trata de una persona corrompida en bestia: un ser que pronuncia de maravilla los dos idiomas que habla mal y dispone del picaporte secreto para que los mexicanos entren a Estados Unidos. Los coyotes han mandado tantos oaxaqueños a San Diego que ya se habla de Oaxacalifornia.

Otro posible símbolo de la frontera es la foca, animal indeciso entre el mar y la tierra. No es casual que Federico Campbell lo haya escogido como símil de los lugareños en su novela Todo lo de las focas. Sin embargo, nada iguala al ganado híbrido que inventó Tijuana: los burros pintados de cebras. Por razones insondables, a los turistas les gusta retratarse junto a esta arbitrariedad veterinaria.

Lo primero que el visitante ve al aterrizar en la ciudad donde los burros se disfrazan es el muro de metal que el ejército de Estados Unidos usó para que sus vehículos avanzaran en las dunas durante la tormenta del desierto. Como medio de control, resulta absurdo; tiene hendiduras que sirven de escalones y no es muy alto. Wade Graham, de la revista Harper’s, comparó esta muralla simbólica con las instalaciones de Christo. En efecto, las vallas que recorren la línea fronteriza y se adentran treinta metros en el mar, no sirven para detener a los ilegales sino para avisarles que serán detenidos. La ignominiosa chatarra cumple una función de propaganda; anticipa los horrores que pue-den sufrir los temerarios. El paisaje no es feo por casualidad. Desde que entró en vigor el operativo Gatekeeper, en octubre de 1994, cerca de cuatrocientos mexicanos han muerto tratando de alcanzar el cielo provisional que conocemos como “el otro lado”.

Los chinos invisibles

De acuerdo con Crosthwaite, el presidente Antonio López de Santa Anna fue “el mayor agente de bienes raíces de la historia”. Gracias a que perdimos la mitad del territorio, la frontera bajó hasta Tijuana y atrajo las banderitas de Century 21. La tierra vale por su proximidad con el imperio. La ciudad ha crecido rumbo al norte, hasta rozar las alambradas donde lo mexicano se vuelve sospechoso. En cambio, del lado norteamericano, San Diego dio la espalda a la frontera y orientó sus casas al Océano Pacífico.

¿Qué puede unir a dos culturas tan disímbolas? Antes de mi viaje hablé con Daniel Sada, el escritor de Mexicali que acaba de renovar la novela mexicana con Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. Daniel me invitó a comer a un restorán chino en la calle de Bucareli. El local pertenece a Lin May, la giganta inyectada de silicón que en los años setenta se desnudaba en el Teatro Esperanza Iris. Aunque no había nadie y la decoración sugería un centro nocturno, un chino en regla nos ofreció elmenú para el almuerzo. Junto a la desierta pista de baile, comimos nuestro chop-suey, como gángsters que cierran un tugurio para sorber fideos mientras los filma Scorsese.

—¿Sabes qué cultura une a México y Estados Unidos? —Daniel entrecerró los ojos, como un pícher en el montículo, y lanzó la respuesta—: La comida china.

Mexicali se fundó en una depresión en el desierto, bajo el nivel del mar. Ahí los chinos fueron bienvenidos porque el terreno se consideraba inhabitable. Con el sigilo de una tribu que generalmente vive en las cocinas, se extendieron por toda la frontera. Las noches de Mexamérica son iluminadas por ideogramas de neón. En Tijuana hay casi trescientos restoranes chinos y un consulado lleva los documentos de esos ciudadanos abundantes e invisibles que preparan tantas comidas.

En la película Pulp Fiction, ubicada en Los Ángeles, un criminal asalta una cafetería al grito de: “¡Saquen a los mexicanos de la cocina!” Si la escena ocurriera unos kilómetros más al sur, habría que gritar: “¡Saquen a los chinos!” (lo cual permitiría verlos por primera vez).

Luis Humberto Crosthwaite me llevó a espléndidos restoranes de comida autóctona, es decir, china. Como él vive en Tijuana desde su nacimiento, en 1962, conoce a varios miembros de la nación que se esconde entre el vapor de sus peroles.

El gusto de los chinos por el secreto los ha llevado a abrir merenderos clandestinos, a los que el cliente llega como invitado a una casa. Luis Humberto me hizo probar camarones confitados con coco y otros prodigios tijuanenses que seguramente Marco Polo degustó junto a la Gran Muralla, pero no me consideró digno de pertenecer a la cofradía de quienes se esconden para comer pato laqueado. Sólo pertenece a la sociedad quien ha visto determinado número de chinos. La cifra exacta es un enigma. Sólo sé que aún no soy digno de ella.

El negocio de los chinos invisibles comparte honores con otras formas del comercio. La economía informal ha producido en México objetos tan extraños, y en apariencia vendibles, como las máscaras del ex presidente Salinas de Gortari. En las garitas de Tijuana los coches se detienen para comprar artesanías aún más sorprendentes. Estamos en el único sitio de Occidente donde se considera decorativo un Bart Simpson de yeso del tamaño de un servibar. El surtido de figuras incluye a los Power Rangers, Pocahontas y Aladino. Los artesanos siguen los estrenos de Hollywood y ahora se ocupan de Tarzán. El acabado tosco, con pintura de acrílico, garantiza estatuas horrendas. Como es de suponerse, son un éxito. Incluso los que cruzan a pie las llevan a cuestas.

Tijuana ofrece la mayor concentración planetaria de farmacias, lo cual significa que o los norteamericanos están muy enfermos o son muy hipocondriacos. Las píldoras rigurosamente vigiladas en el imperio ahí se venden sin receta.

Los favores de una medicina barata y permisiva también se advierten en los muchos consultorios de dentistas, dermatólogos y cirujanos plásticos. En días de suerte puedes toparte con un grupo de turistas clínicos: humanoides con rostros color cereza, recién operados por un esteta facial.

De las carreras de galgos a los tacos de langosta, el bazar tijuanense excede todo inventario. En este emporio de las transacciones, el poeta Robert L. Jones se preció de cruzar la frontera llevando “una rosa indocumentada”. Sin embargo, el amor no siempre es motivo de lirismo. Afuera de una garita, un enorme anuncio delata las consecuencias del comercio entre los dos países: Herpes? Call 800 336 CURE.La matiné erótica
El Consulado de México en San Diego y el Colegio de la Frontera Norte prepararon una excursión para que un grupo de escritores y periodistas conociéramos la auténtica Tijuana. Nada de retratarnos junto a un burro rayado, con una escoba en la mano. Había que hacer una indagación tan participativa como la de Jorge Bustamante, director del Colegio, que conoció la realidad fronteriza al cruzar como espalda mojada a Estados Unidos.

Subí a la camioneta del Colegio y una profesora denunció una inesperada molestia del centralismo:

—¿Te has fijado que los meteorólogos de la televisión chilanga señalan puros lugares del centro y tapan con su cabeza la península de Baja California?

No, no me había fijado.

—Así de duro está el centralismo.

Guardé un avergonzado silencio hasta que llegamos a nuestro primer destino. La estatua blanca de una mujer desnuda, tan grande como para competir con el Lenin récord de la Unión Soviética. Pero lo significativo no es la dimensión de la giganta sino que el escultor viva dentro de ella. Curiosamente, este Edipo que puede asomarse al mundo por un balcón en el vientre de su amada, ha puesto este letrero: SE VENDE.

Después de contemplar la estatua que sirve de matriz y condominio, recorrimos la frontera del lado mexicano. Los amigos del Colegio se referían a ella como “la línea”.

A medida que uno se acerca a Estados Unidos, la ciudad se empobrece y un medio de construcción se vuelve insoslayable: la llanta. Las casas se alzan sobre pilas de neumáticos, a manera de palafitos. En las colinas de tierra suelta, frecuente-mente visitadas por temblores, las llantas sirven de cimiento y amortiguador.

Vi bardas, columpios y ladrillos hechos de llanta. En este refugio de los nómadas, el emblema del movimiento se ha vuelto sedentario.

Daban las once de la mañana cuando la camioneta tomó un rumbo inesperado, hacia la calle Coahuila. Era tarde para muchas cosas, pero un poco pronto para visitar un centro nocturno.

“El principal inconveniente de ser fusilado es que hay que madrugar”. Recordé esta frase de Carlos Fuentes al entrar al cabaret con la gente del Colegio. La oscuridad del recinto creaba un tiempo suspendido, la eterna medianoche que conocen los asiduos a Las Vegas o a la mansión de Hugh Hefner.

Me senté entre dos académicas a contemplar un fracaso erótico. Una mujer se desnudaba en la pasarela como si estuviese ante un batallón de fusilamiento, acribillada por ojos narcóticos. Al fondo, dos parroquianos de sombrero miraban las botellas que cubrían su mesa. Parecían llevar una semana en esa postura.

Hay quienes van a un strip-joint para excitarse y quienes van para excitarse con los excitados (“no te pierdas El Bambi —me recomendó un amigo—: ¡puedes ver soldados besándose!”). El cronista está menos ávido de senos desnudos que de reacciones. Ensartar un billete en la tanga de una mujer es una voluptuosidad mercantil; sin embargo, no es menos sórdido estar ahí de mirón.

La académica a mi derecha señaló a la desnudista que se despedía entre magros aplausos:

—No te preocupes. Otras chicas son mejores. ¿Qué te gusta que te hagan?

Mi asiento color violeta se convirtió en un sitio excelente para estar preocupado. Eran las inmóviles once en el reloj de Tijuana y mi acompañante me inquietaba más que las bailarinas. Un estridente micrófono llamó a la siguiente fusilada (una olvidable Yadira o Yazmín o Yesenia), y mi vecina de asiento cruzó la pierna. No lo he dicho: la profesora llevaba pantalones muy cortos y una cadenita en el tobillo, un atuendo común en los 38 grados de la frontera, pero impensable en los contenidos campus del Distrito Federal. Mi vecina pidió un tequila doble y le trajeron uno que parecía triple. Bebió un trago largo, largo, largo. Vi el líquido entrar en su garganta y supe que estaba viendo demasiado. Le pregunté algo a la colegiada que odia a los meteorólogos que tapan Baja California con su cabeza. Ella vinculó estadísticas con la realidad. Antes de que le diera un sorbo a mi tequila, la profesora de pantalón corto terminó el suyo. Eran las once y la mujer a mi derecha hablaba como si el sufrimiento fuera su sintaxis. Me explicó las rutinas de las mujeres, lo que les gusta a los hombres, las preferencias de los norteamericanos. No condenaba ni celebraba el mercado del sexo. Así era la vida, dura y quebrada y monótona. Había algo irresistible en su imparcial entereza ante el frenesí ajeno. Dejé de mirar la pista. Sólo podía ver a la mujer que razonaba la pista.
—¿Quieres que te bailen? —me preguntó.

Estaba en una matiné de Tijuana; la desnudista se iba a trasladar a mi mesa o a mis muslos.

Pedí la cuenta.

Regresamos al sol calcinante de la calle Coahuila. Las profesoras lucían frescas, como si acabáramos de beber jugos de frutas.

Recordé otro viaje a la ciudad. Fui con mi mujer y le pedí a un taxista que nos paseara durante una hora. Recorrimos estatuas de héroes, un planetario adornado por la efigie de un pequeño dinosaurio, un local donde un empresario construyó un México en miniatura que fue cerrado por falta de visitantes.

—La gente es muy poco patriótica —se quejó el taxista.

Me pregunté si las ganas de ver una patria encogida serían una prueba de nacionalismo, pero no pude seguir el tren de mis ideas: estábamos en la calle Coahuila y el conductor señalaba putas:

—Aquí vienen las más baratas. Pobres chamaquillas —se volvió hacia mi mujer—: perdón, señora, pero me dijeron que los paseara una hora y después de veinte minutos se atraviesan las prostis.

Subí a la camioneta del Colegio de la Frontera Norte. El tiempo volvía a su cauce. Dejaban de ser las once, la hora detenida del deseo. ¿Adónde íbamos? En veinte minutos lo sabría.

Hierba mala

Después de la guerra fría, Estados Unidos, incapaz de realzar sus virtudes sin enemigos arquetípicos, sustituyó al Comunista Devorador por el Capo Latino. El narcotráfico prospera en el continente gracias a las redes del crimen organizado, pero sabemos muy poco de los barones de la droga que operan más allá de la frontera norte. En cambio, una insistente propaganda nos pone en contacto con la vida íntima y las minuciosas fechorías de cada cártel latinoamericano.

El paso fronterizo más cruzado del mundo es un imán irresistible y también ahí los narcos han edificado sus hogares, mezclas de fortalezas bancarias y delirios musulmanes.

En 1994, Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia de la república, fue asesinado en el arrabal tijuanense de Lomas Taurinas.
En su libro Sorpresas te da la vida, Jorge G. Castañeda ofrece esta hipótesis sobre las causas del crimen: el presidente Salinas rompió su pacto de no agresión con los narcotraficantes para firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y el cártel de la región tomó cartas en el asunto.

La mayoría de los mexicanos conocimos Lomas Taurinas en video: una cuenca de polvo, atestada por correligionarios de chamarra y una muchedumbre miserable, donde Colosio era ultimado a quemarropa. La secuencia se iba a convertir en el oráculo que veríamos mil veces sin encontrar clave alguna.

El lugar de los hechos ya califica como “sitio de interés”. La barranca ha sido retocada por el municipio. Una plazoleta recuerda el magnicidio y unas oficinas ofrecen los beneficios de un gobierno con suficiente energía para levantar paredes color verde pistache, pero incapaz de llenarlas de algo que valga la pena.

En su pobreza cívica, Lomas Taurinas demuestra la desigual lucha de los poderes legales contra la impunidad. Atribuir un atropello al narco equivale a decir: “fue la mano de Dios”. El crimen organizado resulta inexpugnable y sólo sufre bajas en sus reyertas internas. De repente, un capo (o su doble) muere en las planchas de la liposucción o en el cofre de un auto, con un número cabalístico de puñaladas. Sólo alguien de la “hermandad” puede acercase a sus camisas coloreadas por Versace y la cucharita de oro que pende de sus cuellos.

Estos célebres fantasmas se delatan por sus gustos. Ciertos coches. Ciertos restoranes. Ciertas mujeres: Grand Marquis. Los mariscos de Los (N)Arcos. Chicas con leotardos de lycra y cabelleras flamígeras.

Su repercusión cultural más importante son las canciones que han modificado el repertorio de los conjuntos norteños. Aunque no todos los miembros de la “onda grupera” rinden pleitesía a Camelia la Texana, la Adelita de las epopeyas narcas, el hit-parade que suena al compás del acordeón habla de avionetas que aterrizan en pistas clandestinas, “labriegos” que usan ametralladoras AK-47, drogas escondidas rumbo a Estados Unidos. La ciudad de la ensalada César no ha producido tantos narcocorridos como Culiacán, verdadero Motown de esta corriente, pero aporta lo suyo: “Unos perros rastreadores/ encontraron a Yolanda/ con tres kilos de heroína/ bien atados a la espalda”. Así cantan Los Incomparables de Tijuana, y Los Aduanales complementan: “Salieron de San Isidro/ procedentes de Tijuana/ traían las llantas del carro/ repletas de hierba mala”.

Aliens

Es verano y en las terrazas del imperio se sirven tallarines de tres colores y fragantes capuchinos. En estas zonas del placer controlado, donde el humo de un cigarrillo podría activar una alarma, el vino goza de buena reputación. Los norteamericanos necesitan certificados médicos para sus placeres y la uva espirituosa regula la presión sanguínea.

Cada botella de vino de California está historiada de atributos gastronómicos; sin embargo, quien sostiene una copa con tinto de Napa Valley ignora el trabajo que costó producirla.

Todo comienza en el ardiente desierto mexicano. Junto a las garitas de Tijuana, se alzan las casetas encaladas donde se fraguan los Bart Simpson de yeso. Muy cerca de ahí, en las áridas colinas, destacan otras figuras, hombres en espera de la ocasión propicia, inmóviles, en cuclillas. La postura es una comprobación racial de la pobreza: ningún paisano con sangre española podría “descansar” así.

Pensé que sería difícil conversar con ellos, pero en la ribera mexicana del río, antes de ser buscados por los fanales de los helicópteros, los aprendices de indocumentados hablan sin parar:

—Tengo a mis tres hijos del otro lado. Yo también estuve ahí pero me regresé a Oaxaca por el más chico —me dijo un hombre de unos cincuenta años, con gorra de beisbolista y zapatos tenis.

La frontera es una vasta operación narrativa; los relatos prueban que atravesar es posible, que Rubén y Chucho y Carmen y Ramona ya trabajan en la fresa o en la uva, que burlaron los aviones mosquito y el ojo de tigre, un aparato equipado con censores de calor. Pronto, uno de ellos será, felizmente, un alien en Estados Unidos.

Pero también abundan los alardes negativos:

—A mí me han rebotado más de treinta veces —dijo un joven que parece haber nacido tratando de cruzar.
La solución es insistir. Tarde o temprano la marea se vuelve incontenible. Los oficiales de la migra apenas logran remitir a unos veinte hombres por batida. Si te regresan a México, hay que aguantar el hambre, la canícula del mediodía, el viento que cala hondo en el alba, y tratar de nuevo. Del otro lado, a veinte minutos de caminata, hay taxis amarillos, listos para tomar la Autopista Interestatal 5, la dorada ruta del trabajo.

—¡Que chingue a su madre el gobierno! —gritó un hombre de unos 25 años, muy fornido. Llevaba una camiseta negra, con el emblema gótico de un grupo de rock—: Lo que necesitamos es otro Pancho Villa —hizo una pausa para patear piedras—. ¿A usted le parece justo que me den tiempo por pedir dinero? ¡Que me encierren por robar, pero no por pedir! ¡Son chingaderas!

La policía mexicana lo detuvo por mendigar en las cercanías de La Casa del Inmigrante. Los demás lo miraban de reojo, un poco hartos de sus bravatas.

—Lo que se necesita es justicia y democracia —dijo un anciano.

—Y un pinche rifle pa’ matar a esos cabrones —agregó el ultra.

Me pregunté cómo harían los ancianos para saltar la barda y correr, pero ellos no se veían preocupados. Era peor seguir ahí. Todos venían de lejos: Zacatecas, Morelos, Aguascalientes.

En las noches, los hombres a la espera chupan naranjas con tequila para entrar en calor y se cubren con cartones. Al despertar deben quemarlos.

—¿Por qué? —les pregunto.

—Es la ley.

Mexamérica es un país con códigos propios. Por setecientos dólares un coyote te lleva hasta San Francisco. Sin embargo, para los migrantes sacar un pasaporte equivale a rentar una limusina.

En 1991, 65.5 millones de personas circularon legalmente por la garita de Otay. Cerca de ahí, en San Ysidro, todos los días cruzan cuarenta mil coches. No hay estadística de los ilegales que logran pasar. Sólo se cuenta a los rechazados: 1, 700 al día en el área de San Diego.

Mexamérica es un absurdo con códigos propios: del otro lado hay trabajos disponibles, pero la mano de obra debe superar ritos de iniciación que dejarían satisfecha a la tribu más estricta.

En el teatro de las simulaciones bilaterales, el gobierno norteamericano endurece su postura para conquistar el voto racista (incluido el de muchos chicanos que ya tienen papeles en regla) y nuestro gobierno aprovecha el hostigamiento para cumplir en su política exterior lo que no puede hacer en México. Los paisanos asfixiados en un vagón de carga, los huesos descubiertos en un breñal, la xenofobia de la policía de Los Ángeles, permiten que el decano de los países sin democracia proteste en nombre de los derechos humanos.

Mientras se bebe el vino del estío en las terrazas de Estados Unidos, los mexicanos recogen uvas en el Valle de Napa. No muy lejos de ahí, en algún sótano de Hollywood, los carteles de propaganda de la película Alien conservan su mensaje fosforescente: “En el espacio exterior, nadie puede oír tu grito”.

Coda

En mi último trámite aduanal, tomo el pasillo que indica: NADA QUE DECLARAR. El lema ampara a quienes viajan con equipaje legal; también, a quienes regresan llenos de perplejidades.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:14 pm

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Ciudad de México. Días Robados: El cielo artificial

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Por Juan Villoro / Agosto 2002

La ciudad de México crece con el veloz desconcierto de las epidemias. Lo primero que llama la atención al viajero es la dificultad de orientarse entre sus calles. “Es el único lugar donde he tenido miedo de perderme para siempre”, afirmó el escritor triestino Claudio Magris. Nuestras calles repiten los nombres de los héroes como si así pulieran su gloria. Quien consulte la Guía Roji encontrará tantas calles Zapata, Juárez o Hidalgo como para construir varias metrópolis suficientemente patriotas. Al abordar un taxi, el conductor evade la responsabilidad de orientarse en el laberinto: “Usted me dice por dónde.” Nada más natural que los profesionales del volante ignoren un territorio que excede a la experiencia humana.

Los límites de la ciudad ya quedan tan lejos que resulta inexacto hablar de las afueras. Hemos perdido la noción de periferia y el aeropuerto, que alguna vez ocupó la punta oriente de la capital, se ha vuelto ruidosamente céntrico.

De Tenochtitlan al Distrito Federal: un palimpsesto mil veces corregido, borradores que ya olvidaron su modelo original y jamás darán una versión definitiva. La villa flotante de los aztecas, la retícula soñada por el virrey de Mendoza, las avenidas promovidas por el regente Uruchurtu, los tianguis infinitos que rodean los heterogéneos rascacielos de la posmodernidad, integran un paisaje donde las épocas se combinan sin cancelarse. La misma corteza terrestre contradice el tiempo. De acuerdo con el sismólogo Cinna Lomntiz, el 19 de septiembre de 1985 la ciudad de México se comportó como un lago: el terremoto desconcertó a los especialistas porque sus ondas se desplazaron a manera de olas. Desde el punto de vista sismológico, la ciudad debe ser estudiada como una cuenca de agua. Nuestros coches viajan sobre un lago implícito.

La ciudad de México es ante todo una voracidad de crecimiento, un caos que nos rebasa a diario con frenética intensidad. ¿Será posible que un territorio que confunde la cronología y subyuga todos los espacios tenga un plan maestro, un orden secreto que lo justifique? Los pasajeros que llegan de noche al Aeropuerto Benito Juárez contemplan un cielo invertido. Miles de estrellas palpitan en el horizonte. El avión persigue una galaxia. Este paisaje desmedido entrega una clave para entender el propósito oculto de México D.F. La historia entera del sitio que nos tocó en suerte apunta a la creación de un cielo artificial.

Los edificios aztecas crecieron sobre el lago y se reflejaron en sus aguas; la ciudad tenía dos cielos. Desde entonces hemos vivido para suprimirlos y buscarles un complicado sustituto. Los años de la Colonia transcurrieron para secar el agua y nuestros delirios industriales eliminaron el aire puro. Hoy en día, el cielo es una bruma difusa que los niños pintan de café o gris en sus cuadernos escolares. En su peculiar lógica de avance, la moderna Tenochtitlan destruye los elementos que la hicieron posible. No es casual que la literatura mexicana ofrezca elocuente testimonio de la caída celeste. En 1869, Ignacio Manuel Altamirano visita la Candelaria de los Patos y habla de la “atmósfera deletérea” que amenaza la ciudad; en 1904, Amado Nervo exclama: “¡Nos han robado nuestro cielo azul!”; en 1940, pregunta Alfonso Reyes: “¿Es ésta la región más transparente del aire? ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico?” Tres décadas más tarde, responde Octavio Paz: “el sol no se bebió el lago/ no lo sorbió la tierra/ el agua no regresó al aire/ los nombres fueron los ejecutores del polvo”.

En 1957 Jaime Torres Bodet escribe “Estatua”, un poema que finalmente descarta de su libro Sin tregua:

Fuiste, ciudad. No eres. Te aplastaron
tranvías, autos, noches al magnesio.
Para verte el paisaje
ahora necesito un aparato
preciso, lento, de radiografía.
¡Qué enfermedad, tus árboles! ¡Qué ruina
tu cielo!

La literatura ha sido, precisamente, el aparato que Torres Bodet pide para registrar la ciudad sumergida bajo sus muchas transformaciones. En aquel año sísmico de 1957, el Ángel de la Independencia cayó a tierra. Fue un momento simbólico en la vida de la ciudad: el cielo había dejado de estar arriba. Ése era el mensaje que el Ángel ofrecía en su desorientación, pero tardamos mucho en comprenderlo.

“El único problema de irse al cielo —escribe Augusto Monterroso— es que allí el cielo no se ve.” Vivimos en el imperfecto paraíso que no puede verse a sí mismo.

Por las noches, la ciudad se enciende como una constelación poderosa y desordenada. ¿Qué designio superior explica esta inversión del cielo?

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino describe los mecanismos que explican a las urbes más variadas del mundo. Uno de ellos se aplica a México. Durante años, ejércitos de albañiles levantan muros y terraplenes que parecen seguir los caprichos de un Dios demente. Llega un día en que los hombres temen a la arena y al cemento. Construir se ha vuelto una desmesura. Sin embargo, alguien intuye el sentido de las calles y los edificios que se multiplican sin fin: “Esperen a que oscurezca y apaguen todas las luces”, dice. Cuando la última lámpara se extingue, los constructores contemplan la bóveda celeste. Entonces entienden el proyecto.

En lo alto, brilla el mapa de la ciudad.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:13 pm

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un adicto a los viajes

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El autor de ‘El sueño de África’ confiesa su adicción a viajar. Esta pasión ha llevado a Reverte por medio mundo en su condición de periodista, primero, y de escritor, después. Dramas, humor y mucha ternura en esta larga aventura, que cuenta por primera vez en un libro.

Por JAVIER REVERTE / El País – EL PAIS SEMANAL – 01-10-2006

Cuando me preguntan cómo definiría lo que significa viajar, suelo responder que, en mi opinión, viajar es todo lo contrario al desempeño de un oficio o de una profesión. Da lo mismo que seas un buhonero, un representante de comercio, un alto ejecutivo usuario del puente aéreo entre Barcelona y Madrid, un diplomático, un ganadero trashumante o un periodista trotamundos; esto es: cualquiera para quien viajar es una forma de ganarse la vida. Porque, desde mi punto de vista, los citados no son solamente oficios y profesiones, sino a menudo pretextos laborales para poder marcharse. Mi amigo el periodista Alfonso Rojo, que ha sido muchos años enviado especial a los conflictos bélicos del mundo, ironiza cuando le preguntan sobre la dureza del empleo de corresponsal de guerra: “Es mucho peor trabajar”. Y aquel gran dramaturgo que fue George Bernard Shaw, el autor de Pygmalion (My fair lady en el cine), solía decir: “La gran aventura de un hotel reside en que es un refugio frente a la casa familiar”.

A muchos de los que viajamos nos acontece algo común: que detestamos repetir todos los días las mismas ceremonias y ver las mismas caras. Yo creo que mi vocación de escritor reside más en la posibilidad de largarme con la música a otra parte que ponerle música –o, lo que es lo mismo, palabras– a los papeles en blanco. Siempre me produjeron envidia los músicos ambulantes y los feriantes que llegaban a los pueblos en los días de fiestas patronales. Solían enamorar a las mozas más hermosas, y los admirábamos viéndoles tocar con donaire sus trompetas, sus tambores, sus dulzainas, o gobernando como reyezuelos las casetas de tiro al blanco, las sillas voladoras y los tiovivos. Al final de las celebraciones se llevaban hasta el año siguiente los pasodobles, las jotas, las rojas ruletas de sorteo de barquillos, el algodón de azúcar y los coches que chocan. A muchos niños, y sospecho que también a unas cuantas niñas, nos hubiera gustado formar parte de alguna de aquellas troupes.

Quizá por esa pequeña frustración de la niñez –el no haber sido feriante o, si vale la expresión, músico “de la legua”– identifico en buena medida el viaje con la infancia. Aquellas gentes venían de no se sabe dónde y se marchaban a quién sabe qué lugar; de ellos emanaba el imponente aroma de la aventura.

Pero los críos teníamos también nuestros hermosos viajes. Solían ser en primavera y se llamaban excursiones. Muchas de las que hice de niño las recuerdo entre mis mejores viajes.

Las excursiones las organizaban los colegios, y tenían la inmensa virtud de celebrarse entre semana, en días no festivos, con lo que te ahorrabas una jornada escolar; lo cual equivalía, para muchos de nosotros, a quitarse de encima una jornada de tortura psicológica, en aquellos centros escolares en donde los curas cimarrones nos cruzaban la cara a bofetadas y las palmas de las manos a golpes de regla de cálculo. Normalmente, en los colegios de Madrid, el destino de estas salidas era la sierra del Guadarrama, por aquel entonces todavía a salvo de los destrozos del urbanismo. Viajábamos en destartalados autocares, y los chicos nos disputábamos los asientos traseros, lejos del control de los tutores que nos acompañaban y que ocupaban plazas cercanas al conductor. Al poco de abandonar la ciudad, mientras el vehículo trepaba casi resoplando la Cuesta de las Perdices, la chavalería se desmadraba. La verdad es que era difícil controlarnos, y yo creo, visto desde la distancia, que incluso los profesores se volvían más tolerantes, tal vez pensando que, al menos una vez al año, teníamos derecho a comportarnos como lo que en el fondo somos todos los niños: unos salvajes. Intentaban que coreásemos canciones como aquella de “para ser conductor de primera, acelera” o la de “ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras”. Pero los chicos del fondo del autocar solíamos acompañarlas de pedorretas y berridos. Luego, ya fuera del vehículo, y pese al intento de los tutores por organizar juegos colectivos como el pañuelo, o dola, o pies quietos, la mayoría nos escapábamos de su control para brincar en el monte como cabras. Al atardecer regresábamos derrengados a Madrid, pero felices por haber disfrutado con el regalo de una jornada de absoluta anarquía al aire libre.

Al escribir sobre aquellas excursiones regresa a mi olfato el olor de la libertad plena, y a mis labios el sabor de los bocadillos de tortilla de patatas y del agua caldorra de cantimplora.

No sé bien si las lecturas de la infancia, esos libros de aventuras cuyo argumento discurría en paisajes lejanos y exóticos, en selvas impenetrables, en praderas vírgenes o en mares de piratas, crearon la sed que nos empujó a muchos a viajar. En mi caso sucedió así, con el elemento añadido de haber practicado luego, durante años, esa hermosa profesión que fue el periodismo, en aquellos tiempos no tan remotos en que el reportaje era el género rey del oficio. Me pregunto por qué ahora apenas se publican reportajes. ¿Son muy costosos para las empresas? Los que tuvimos la suerte de viajar durante unos cuantos años para escribirlos, constituimos, sin duda, una generación de periodistas privilegiados, porque tuvimos la fortuna de contemplar de cerca la intensidad, variedad y hondura de la vida.

Quizá el viaje periodístico que más hondamente me caló, como a muchos otros informadores, fue el que me llevó al Sarajevo cercado por los radicales serbios en 1992. Nunca he sido ni he querido ser un periodista especializado en conflictos bélicos, eso que llaman corresponsal de guerra, pero me he asomado a algunos de ellos por necesidades del oficio y curiosidad intelectual. Creo que nada es peor que una guerra y que la peor de todas es la guerra civil, y que, en una guerra civil, lo más inhumano es una ciudad cercada por aquellos que, hasta unos días antes, eran vecinos de los asediados. Una mujer bosnia me entregó todo el dinero que tenía, cuando me disponía a viajar desde Split hasta Sarajevo, para que se lo diese a su marido –si lograba localizarle–, que se encontraba dentro de la ciudad. Le pregunté que cómo se arriesgaba a poner todo su dinero en manos de alguien a quien no conocía. Y ella respondió: “En este país hemos aprendido a confiar en los desconocidos y desconfiar de los conocidos”.

Las palabras de aquella mujer me revelaron el sentido final y más íntimo de lo que significa una guerra. La guerra es algo peor que la muerte; es la falta de fe en la vida civilizada y la negación del sentimiento del amor y de la amistad. En Sarajevo, las balas dejaban a diario decenas de muertos. En la llamada “avenida de los francotiradores” caían a menudo granadas de mortero en los tenderetes del mercado durante las horas de venta y en las colas de gente que esperaba para comprar el pan por las mañanas, y no quedaban huecos en los cementerios para nuevas tumbas. Pero lo más doloroso era la pérdida de la confianza en los seres humanos y en una existencia digna. La paz no es el contrario de la guerra; la guerra es el reverso de la dignidad humana y de la fe.

No todos los viajes periodísticos eran así. Existía, y aún existe, eso que podríamos llamar periodismo de cumbre, que no se trata, por supuesto, de información sobre montañismo, sino de reuniones políticas de alto nivel, como la anual que celebran los líderes del G7, por ejemplo, o los encuentros de los presidentes y primeros ministros de la Unión Europea. Suele ser un periodismo algo aburrido y poco lucido, con muchas horas de espera, comunicados, ruedas de prensa y numerosos briefings. No sé cómo se organiza ahora, pero en mis tiempos de informador internacional este tipo de trabajo era un martirio para el hígado y el bolsillo, por las interminables horas que gastabas trasegando en el bar y las partidas de póquer en las que te jugabas el sueldo y las dietas.

Más divertidos resultaban los viajes para informar sobre los desplazamientos de los reyes y los presidentes de gobierno a países extranjeros. Una información sobre un viaje de la Casa Real carece de interés periodístico, ya que no hay exclusivas a la vista ni contenidos políticos directos, sino sencillamente protocolo. Pero tiene, como contrapunto, una ventaja para el informador: conoce lugares y a personajes que muy difícilmente puede conocer una persona normal. Siguiendo los pasos de los reyes españoles, los periodistas de mi generación hemos entrado en palacios saudíes en donde las griferías eran de oro macizo, navegado en el barco privado de Mobutu, estrechado la mano de Deng Xiaoping e Indira Ghandi y visitado los delicados y bellos jardines del palacio de Rabat de los reyes alauíes. Incluso hemos asistido a actos tan extravagantes como el desfile que organizó Sekou Turé en Guinea Conakry para recibir a los monarcas españoles, en el curso de su visita oficial al país africano. Por orden del dictador, marcharon ante la tribuna de un estadio deportivo líderes sindicales, políticos, futbolistas, cantantes, periodistas, dos tractores donados por la antigua URSS y un grupo de enfermeras llegadas de Cuba en una misión sanitaria, el obispo negro y misioneros blancos, médicos, bomberos y no sé si hasta los presos de las cárceles. Era como si en España, para recibir a George Bush, don Juan Carlos pidiese que desfilaran en el estadio Bernabéu, ante el mandatario extranjero, a Zapatero y Rajoy, Raúl y Puyol, monseñor Rouco Varela y el lehendakari vasco, Fidalgo y Méndez, Serrat y Ana Belén, El Juli y El Cid, Matías Prats y Pedro Almodóvar, Botín y Esperanza Aguirre, Maragall, Carlos Larrañaga, Roldán y Mario Conde.

Aquellos viajes protocolarios con los soberanos españoles tenían su lado cómico. A China, por ejemplo, viajamos 160 periodistas, más o menos, y ni uno solo sabíamos chino. El Rey, en cierta ocasión, se acercó a un grupo de informadores y nos dijo: “Yo creo que nos dan bromuro en las comidas, porque lo que es yo, nada de nada. ¿Y vosotros?”. “Nosotros vamos sin pareja, señor”, le contestó uno.

Los viajes con los presidentes de gobierno tenían mayor contenido político y podían deparar algunas sorpresas y exclusivas. A diferencia de los tours reales, en los que los periodistas ocupábamos un vuelo chárter que seguía al de los monarcas, con los presidentes ocupábamos el mismo avión, compartiendo la cabina trasera con los escoltas, mientras que el presidente y su séquito ocupaban la delantera.

Tal forma de desplazarse tenía al- gunos riesgos para el buen nombre del presidente de turno. Durante un viaje a la costa colombiana del Caribe con Adolfo Suárez, a los periodistas nos alojaron, por razones de seguridad, en un hotel de la playa alejado de los núcleos urbanos, una especie de ressort de lujo que ocupábamos tan sólo nosotros. A poco de nuestra llegada, un indito de las sierras que rodean Santa Marta se acercó al hotel, tratando de vendernos algunas toscas artesanías. Lo que al fin le compramos fue marihuana en abundancia, de un tipo que llaman golden en aquellos pagos y que resulta especialmente fuerte. Pocas horas más tarde, casi todos los periodistas cabalgábamos sobre un imponente colocón. Y de tal guisa continuamos los siguientes días. El pobre ministro de Exteriores, por entonces Pérez Llorca, y la desventurada portavoz del Gobierno, a la sazón Rosa Posada, hubieron de sufrir absurdas ruedas de prensa en las que los periodistas chapoteábamos en el agua de la piscina formulando preguntas descabelladas y lanzando risotadas después de cada respuesta. De regreso a España, algún policía de la escolta debió de advertir al presidente sobre el cargamento que llevaba su avión dentro de los bolsillos de los informadores. En consecuencia, no hubo registro en la aduana madrileña. Al despedirse de nosotros, Suárez nos miró como un padre entristecido contemplaría a un hijo incorregible. No recuerdo que ninguna de las crónicas que escribimos entonces los periodistas desplazados a Colombia mereciese el Premio Nacional de Periodismo, vigente todavía en aquella época.

El oficio de informador ofrece, en ocasiones, la posibilidad de realizar viajes insospechados, como el que me propusieron no hace mucho en una revista especializada en turismo. Se trataba de navegar durante 12 días en un megacrucero, en su viaje inaugural, entre Río de Janeiro y Miami, con paradas en algunas islas del mar de las Antillas. Acepté, por supuesto, porque una de las características esenciales del arte de viajar es echarse la bolsa al hombro y ponerse en marcha cuando te proponen irte, sean cuales sean el destino y el medio de transporte. A bordo de aquel gigantesco y lujoso leviatán nos congregábamos 2.500 pasajeros, casi todos multimillonarios, y 2.300 tripulantes.

Viajar en estos barcos no tiene otro objeto que comprar libre de impuestos en los puertos, sobre todo piedras preciosas a bajo coste, y divertirse a bordo. De modo que contemplé pasmado cómo en Barbados se adquirían esmeraldas de 6.000 euros por 3.000, y en la Martinica, diamantes de 12.000 euros a menos de 6.000. Pese a los consejos de una acaudalada española, no compré ninguno.

Pero lo más peculiar de aquel crucero eran las diversiones organizadas. Si acudías a media tarde a la sala de baile, el local estaba lleno de japoneses septuagenarios que aprendían el chachachá vestidos de etiqueta. Un paso, dos pasos, tres pasos y movimiento insinuante de cadera…: “Un, dos, tres, chachachá”, dirigía la joven monitora. El cruce de la línea del ecuador se celebró con una ceremonia de bautismo en la piscina principal, que incluía el beso en los morros a un salmón congelado que sostenía un tipo disfrazado de Neptuno. Otros entretenimientos eran las carreras con caballos de madera, subastas de cuadros costosísimos libres de impuestos, gimnasio de tercera edad, footing de proa a popa y de popa a proa, conferencias sobre historia, planetario, actuaciones de un cantante de ópera italiano que podía romperte los tímpanos con sus berridos, sala de ruleta y máquinas tragaperras, cine y teatro… La mayor parte de los pasajeros era gente de edad avanzada. Con mis 59 años, yo era uno de los más jóvenes, y no recuerdo haber visto a bordo ni un solo niño. Como me dijo mi amiga millonaria española, viuda y septuagenaria: “Aquí la media de edad está entre los 75 años y la muerte”.

Mis mejores viajes, sin embargo, han sido aquellos que me han llevado en pos de un mito literario. Cada uno tiene su religión particular, y hay gente a la que le gusta viajar al Vaticano y ver, por lo menos una vez en su vida, al Papa en lo alto del balcón de la plaza de San Pedro. Lo respeto, desde luego. Pero mi religión particular es la literatura. Cuando leo un buen libro, tengo nostalgia de lugares que no conozco nada más que por la escritura. Y quiero verlos y olerlos, imaginando al escritor que concibió allí su historia deslumbrante. Con ese ánimo he viajado por el África subsahariana de Conrad, Hemingway y Dinesen; la Cuernavaca de Lowry; el hondo norte de Jack London; los desiertos de Bowles; la Argelia de la infancia de Camus; la Alejandría de Durrell, y los campos de Don Quijote. Y he pasado varios días en la isla homérica de Ítaca, la patria de todo viajero que se precie de tal. Ése es un viaje, el literario –por llamarlo de alguna manera– que nunca decepciona. Porque te desplazas a bordo de la imaginación, de los sueños y de los relatos de alguien que supo ser grande por su forma de contar. A veces llegas a sentirte, incluso, parte de su historia.

El arte de viajar, en todo caso, supone un acto de humildad permanente, porque descubres que te equivocas más de lo que podías pensar. Tus prejuicios se desvanecen y tus principios se recortan en número, aunque se hacen más fuertes en calidad. Un buen viaje es aquel que cambia algo en tu interior, y que te enseña, a través de los ojos de los otros, algo nuevo sobre ti mismo.

Y sobre todo, el viaje requiere una buena dosis de humor. Hay que aprender a reírse, en particular de uno mismo. Porque si uno aprende el valor de burlarse de sí mismo, tiene tema para reírse toda su vida.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:11 pm

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