Estilo y Narración II

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manifiesto de la palabra

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ANTONIO TABUCCHI

1. Existen varias formas de dictadura. En Italia estamos ante una Dictadura de la Palabra.

2. Porque la palabra es de oro. Y la posee una sola persona, un político que es al mismo tiempo el jefe de un Gobierno y el dueño de todos los medios de comunicación que transportan la palabra.

3. Italia sólo en apariencia pertenece a la democracia europea. En realidad es una forma de gobierno oriental a la manera de Heliogábalo. En noviembre del 2001, un semanario hizo un reportaje, a la manera de los semanarios de Heliogábalo, titulado Escritor, ¿por qué no hablas? Parece ser el caso de repetir la pregunta. Porque si eventualmente un escritor contradice el estruendo ensordecedor de las palabras de Heliogábalo, he aquí que de varios lados se alzan voces acreditadas elogiando el silencio. Son voces que dicen: el silencio es oro.

4. Pero el elogio del silencio no puede hacerse con palabras. Por coherencia debería hacerse en silencio. Quienes invocan el Silencio utilizan la Palabra. Incluso los escritores que elogian el silencio. ¿Pero a quién piden silencio quienes elogian el silencio? ¿Se lo piden acaso a Heliogábalo? ¿O a los pregoneros de Heliogábalo? ¿O a los mayordomos de Heliogábalo? ¿O a los centuriones de Heliogábalo? ¿O a las pantallas televisivas de Heliogábalo? ¿O a los bandos impresos de Heliogábalo? No. Os lo piden a vosotros, que habéis osado decir una palabra contra Heliogábalo y contra el imperio de palabras de Heliogábalo.

5. Porque en el Reino de Heliogábalo no sólo la palabra es de oro. También el silencio es oro.

6. Pero el proverbio dice que quien calla otorga.

7. La palabra es de oro, pero puede ser también de plomo. Se lee en el Evangelio que ciertos individuos utilizados por el Sanedrín usaban la ‘sica’ bajo la capa. La ‘sica’ era su instrumento de trabajo. Un puñal corto y afilado, de golpe mortal. Bajo la capa de sus programas y de sus periódicos, los agentes de Heliogábalo llevan palabras afiladas como ‘sicas’. Pum, pum, y estás muerto si no respetas el silencio. Palabras de plomo.

8. En el Reino de Heliogábalo se impone el silencio a golpes de pistola catódica.

9. Ojo: ¿que has dicho una palabra contra el Reino de Heliogábalo? El pregonero de Heliogábalo, en su programa televisivo, afirmará que estás de parte de los terroristas. Un golpe de pistola catódica disparado como el aguijón de una avispa. Avispa mortal.

10. Heliogábalo es feroz. Dispara. Y sobre todo ordena que se disparen pistolas catódicas. Me pregunto: ¿es justo callar ante las pistolas catódicas de Heliogábalo?

11. Cito de una enciclopedia médica: ‘Laringe: Órgano hueco semirrígido, formado por una serie de cartílagos unidos entre sí por ligamentos y músculos. Sus funciones principales son: 1) la respiración; 2) la fonación, es decir, la formación de sonidos, determinados por la contracción de los músculos llamados cuerdas vocales’.

12. La fonación, es decir, el habla, es la facultad con la que la Naturaleza (Dios, para quien lo prefiera) ha dotado a los hombres con el objeto de que se distingan de los animales. La palabra nos caracteriza como criaturas vivas y pensantes. Sin ella seríamos brutos. Y hechos no fuimos para vivir como brutos, tal y como quisiera Heliogábalo.

13. Porque el silencio mata, la palabra crea. En principio era el Verbo y el Verbo era la Vida. Y esto es el Evangelio.

14. Yo hablo porque existo. Cuando mi garganta esté llena de tierra dejaré de hablar. Entonces será el silencio. Me aguarda una eternidad de silencio, pero antes de que llegue el silencio eterno quiero usar mi voz. Mi palabra.

15. Yo hablo porque soy un escritor. La escritura es mi voz. Un escritor que no habla no es un escritor. No es nada. ¿Quieren llenar mi garganta de tierra? Se equivocan.

16. Pero vosotros también debéis hablar. Porque todos debemos hablar. Para eso nos hizo la Naturaleza criaturas humanas. Con que digáis un solo ‘NO’, Vuestra Naturaleza Humana quedará a salvo. Si permanecéis en silencio habréis llenado vosotros mismos Vuestra boca de tierra. No seréis más que unas orejas que escuchan las pistolas catódicas de Heliogábalo. Y eso es exactamente lo que Heliogábalo quiere de Vosotros.

17. ¿Estáis seguros de que queréis delegar las pocas palabras que en la vida tenéis que decir a los recaderos de Heliogábalo que cada día os hablan desde la prensa de Heliogábalo y desde los tubos catódicos de Heliogábalo?

18. Atención: Heliogábalo está preparando una ley gracias a la cual Vuestra boca estará llena de tierra y no seréis más que unas orejas listas para recibir los mensajes de Heliogábalo. Con esta ley, será simultáneamente Vuestro Jefe político y Vuestro Jefe espiritual. En el Reino de Heliogábalo tal estratagema viene eufemísticamente llamada ‘Ley sobre el conflicto de intereses’. En realidad es la ley del Silencio. Un silencio de tumba en el que sólo hablarán Heliogábalo, los mayordomos de Heliogábalo, los pregoneros de Heliogábalo, los sicofantes de Heliogábalo.

19. El Reino de Heliogábalo cumple un sueño previsto hace años en Italia por los compadres de Heliogábalo. Coged la lista de esos compadres, miráosla con atención, que quizás os topéis con alguna sorpresa. Y acaso con alguna sospecha. Porque éste es el momento de las sospechas.

20. Declaro abierta la era de la sospecha. Sospechad de todos, incluso de quien os invita a cantos de fraternidad, y sobre todo de los padres putativos. No todos son buenos carpinteros, y nunca se sabe a qué hijos pródigos pueden estar protegiendo.

21. El plan previsto hace años por los compadres de Heliogábalo se llamaba de otro modo, pero hoy podemos llamarlo ‘Plan de Resurgimiento de la Mordaza’. Una mordaza que garantiza el silencio.

22. Atención. El Reino de Heliogábalo está lleno de maestros. Pequeños maestros. Se hacen pasar por buenos maestros, pero son malos, muy malos. Y conminan a los escolares: .

23. Atención: El arte de callar ya lo conoció el Reino de Heliogábalo entre 1922 y 1945. Es una vieja práctica, típica de cualquier régimen. Se llama práctica de los enebros fragantes. En Italia, los Gramáticos de los enebros fragantes han empezado a dictar sus decálogos: ‘Esto es meritorio de literatura, esto no es meritorio’. Atención, esos Gramáticos son peligrosos: estableciendo arbitrariamente jerarquías enuncian un principio de censura. Y la literatura, por el contrario, es ancha como la Vida, y no exige carta de crédito alguna: en ella caben tanto el noble suicidio del joven Werther como los calzones remendados del travieso Gavroque, el Paraíso de Dante junto al pajarillo de Catullo, los Himnos a la noche de Hölderlin como los proverbios de los Malavoglia y la Oda a la zanahoria de Neruda. Porque, como dijo un gran poeta, todo vale la pena si el alma no es angosta. Y a eso sirve la Palabra: a decir que el alma no es angosta.

24. Me acuerdo de Caserio. Me acuerdo de Sacco y Vanzetti. Me acuerdo de Valpreda. Me acuerdo de Pinelli. Recuerdo todo lo que ha sucedido en Italia en la posguerra y también durante la guerra. Los repubblichini de Mussolini eran colaboracionistas de los nazis. Mataban y torturaban. Lo sé, lo sabe mi familia y tengo documentos. Quienes dicen que eran ‘muchachos de Saló’ que luchaban en cualquier caso por el honor de la Patria, mienten, sostienen una falsedad histórica. Es necesario contradecirles. Para contradecirles hay que hablar. Porque quien calla otorga.

25. Un semiólogo, hace años, ridiculizó a un pobre presentador de televisión que parecía haberse convertido en el dueño de las noches de los italianos, trazando su fenomenología. Y yo pregunto: ¿será posible que no haya ningún doctor, hoy, en el Reino de Heliogábalo, que pueda trazar una fenomenología de Heliogábalo? El material, desde luego, no falta, desde los numerosos gestos briosos de Heliogábalo a su foto-biografía en colores. Resultaría un trabajo algo más arriesgado, pero sin duda de gran utilidad para todos nosotros. ¿Hay alguien que posea las palabras apropiadas para decirlo?

26. Mandar al diablo a todos aquellos que aman apelarse al silencio o que se muestran pesimistas sería demasiado fácil. Por desgracia soy mucho más pesimista de lo que parece: soy un falso optimista. He leído a Voltaire mucho antes de esos revolucionarios que estaban en las barricadas haciendo una revolución que después no llegó. Perdonadme, soy un intelectual burgués. Llevo en el corazón la Palabra.

27. En Italia ya no se quiere meter tierra en la boca solamente a quienes usan todavía la Palabra, a los escritores. Se quiere llenar de tierra la voz de la Historia también.

28. Ha escrito el Grande Escritor de Praga: ‘Escribir significa dar un salto más allá del círculo de los asesinos’.

29. Ciudadanos: hablar significa dar un salto más allá del círculo de quien quiere estrangularos. Escribid. Hablad.

30. Ciudadanos del Reino de Heliogábalo que aún creéis en la Palabra. Os han asegurado que en el Reino de Heliogábalo hay un garante que para defenderos puede firmar o no firmar la Ley de Heliogábalo. Pero sólo Vosotros sois los garantes de vuestra voz, después de lo cual vuestra boca estará llena de tierra. Si el presunto garante firma la Ley de Heliogábalo (o una parecida), sólo os queda una cosa por hacer. Por eso hago un llamamiento, dirigido a Vosotros y a todos aquellos que creen todavía en la voz humana. Porque en principio era la Palabra. Heliogábalo quiere quedársela. Es responsabilidad vuestra no dejársela.

Llamamiento: Coged una fotografía tamaño carné, con vuestro nombre y dirección. Dibujad con un rotulador una mordaza sobre la boca de vuestra fotografía y mandádsela al presidente del Consejo de Europa (Consejo de Europa, Avenue de l’Europe, Palais de l’Europe, 67075 Strasburgo). No mandéis vuestra fotografía a quien no os ha servido de garante. Los centuriones de Heliogábalo dirían que no sois más que setecientos mil, como dijeron de la manifestación en la que erais tres millones el 23 marzo 2002 en Roma. Vosotros sois millones, millones de personas en el Reino de Heliogábalo amordazadas por Heliogábalo y por los garantes de Heliogábalo. Veamos lo que dirá la Europa Unida cuya Carta se funda sobre la libertad de Palabra. Hablemos, amigos, hablemos. Después vendrá el Silencio. En el

Reino de Heliogábalo, a 3 de abril de 2002.

*Antonio Tabucchi es escritor italiano. Este texto que anticipamos será publicado por la revista italiana Micromega en su próximo número. (Traducción de Carlos Gumpert)..

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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:42 pm

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El lenguaje en la política. Ideas sobre George Orwell

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La política y el idioma inglés, un ensayo de George Orwell escrito en 1946, es un traje a la medida de nuestro tiempo. El lenguaje de nuestro autoritarismo político se ha convertido en una gramática de la ambigüedad, de mal uso o franco abuso de la retórica, y de puesta a prueba de la paciencia de quienes lo reciben.

La tesis principal del ensayo es la asociación entre la corrupción del lenguaje y el surgimiento de un gobierno totalitario. Transcribo unos párrafos:

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. […] el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Se bombardean poblados indefensos desde el aire, sus habitantes son arrastrados al campo por la fuerza, se abalea al ganado, se arrasan las chozas con balas incendiarias: y a esto se le llama “pacificación”. Se despoja a millones de campesinos de sus tierras y se los lanza a los caminos sin nada más de lo que puedan cargar a sus espaldas: y a esto se le llama “traslado de población” o “rectificación de las fronteras”. Se encarcela sin juicio a la gente durante años, o se le dispara en la nuca o se la manda a morir de escorbuto en los campamentos madereros del Ártico: y a esto se le llama “eliminación de elementos no dignos de confianza”. Dicha fraseología es necesaria cuando se quiere nombrar las cosas sin evocar sus imágenes mentales.

Un poco más adelante afirma:

El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que expulsa tinta para ocultarse. En nuestra época no es posible “mantenerse alejado de la política”. Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera general es perjudicial, el lenguaje debe padecer.

Orwell estableció seis reglas para una escritura eficaz. El autor remarca que no considera el empleo literario de la lengua, sino simplemente el lenguaje como un instrumento para la comunicación. ¿Cómo comunicar de una manera eficiente nuestras ideas?

* Nunca use una metáfora, un símil, u otra figura retórica de las que estamos acostumbrados a leer o escuchar. Sobre todo las frases hechas demasiado manidas que han dejado de transmitir alguna emoción. Cuando utilicemos imágenes, han de ser frescas y poderosas.

* Nunca use una palabra larga donde pueda emplear una corta. Este recurso no hace parecer más culto si no se usa hábilmente. Puede ofrecer el resultado inverso y resultar pedante o arrogante, además de que probablemente dificultará la comprensión por parte del receptor. Algunas expresiones características son “volver no operativo”, “militar contra”, “hacer contacto con”, “estar sujeto a”, “dar lugar a”, “dar pie a”, “tener el efecto de”, “cumplir un papel (rol) principal en”, “hacerse sentir”, “surtir efecto”, “exhibir la tendencia a”, “servir el propósito de”, etc. Las conjunciones y preposiciones simples se sustituyen por expresiones tales como “con respecto a”, “teniendo en consideración que”, “el hecho de que”, “a fuerza de”, “en vista de”, “en interés de”, “de acuerdo con la hipótesis según la cual”; y se evita terminar las oraciones con un anticlímax mediante lugares comunes tan resonantes como “tan deseado”, “no se puede dejar de tener en cuenta”, “un desarrollo que se espera en el futuro cercano”, “merecedor de seria consideración”, “llevado a una conclusión satisfactoria”, etcétera.

* Si es posible recortar una frase, eliminar una palabra, siempre hay que hacerlo. Cualquier palabra que no contribuya a dar el significado exacto en un paso más corto, diluye su poder. Menos es siempre mejor. Palabras como fenómeno, elemento, individual (como sustantivo), objetivo, categórico, efectivo, virtual, básico, primario, promover, constituir, exhibir, explotar, utilizar, eliminar, liquidar, se usan para adornar una afirmación simple y dar un tono de imparcialidad científica a juicios sesgados. Adjetivos como epocal, épico, histórico, inolvidable, triunfante, antiguo, inevitable, inexorable, verdadero, se usan para dignificar el sórdido proceso de la política internacional, mientras que los escritos que glorifican la guerra adoptan un tono arcaico, y sus palabras características son: dominio, trono, carroza, mano armada, tridente, espada, escudo, coraza, bota militar, clarín.

* Nunca use la pasiva donde se pueda usar la voz activa. Aunque en castellano el uso de la pasiva es más limitado, al igual que en inglés las formas verbales activas son mejores en tanto que más cortas y directas.

* Nunca use una frase extranjera, una palabra científica, tecnicismo o una palabra de jerga si puede utilizar un equivalente de la lengua habitual. Hay que pensar en un receptor medio y no especializado si queremos que nuestras ideas lleguen a un mayor número de público. Se abusa asimismo de muchos términos políticos. El término fascismo hoy no tiene ningún significado excepto en cuanto significa “algo no deseable”. Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no sólo no hay una definición aceptada sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Otras palabras que se emplean con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad, son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad.

En el autoritarismo político se habla mucho y se dice poco. En una dictadura se habla todo el tiempo y no se dice nada. Fidel Castro, por ejemplo, leía discursos de ocho, nueve o más horas. Pero hablar no es lo mismo que decir. Hannah Arendt diferencia el hablar y el decir en uno de sus ensayos escritos entre 1930 y 1954, inéditos durante más de cincuenta años, publicados recientemente (‘Ensayos de comprensión’, Editorial Caparrós, 2005): se habla para los otros y se dice con los otros. En el autoritarismo el gobernante habla a los otros, nunca con los otros; no hay comunicación, diálogo, interlocución; lo que hay es un mensaje abrumador que no admite réplica porque está elaborado para pulverizar los significados, para hacer ininteligibles los complementos.

Estos son los efectos que causa la ambigüedad: decir sin decir; decir algo y también lo contrario; lanzar una amenaza terrible en un párrafo y en el siguiente abrogarla. En el discurso autoritario es esencial el uso de los ‘peros’: esto es cierto ‘pero’ también lo contrario. La síntesis del lenguaje priísta bien podría formularse de este modo: el país es un paraíso ‘pero’ es mucho lo que falta por hacer. Agotada la retórica insignificante de la gramática del poder autoritario, nos cayó encima la descomposición del lenguaje, la gramática insulsa y ordinaria de la ‘bobocracia’: lugares comunes, metáforas ridículas o cursis, ortografía desaliñada, sintaxis descompuesta y toda suerte de barbaries y barbarismos. Si en el discurso autoritario la característica común es la ambigüedad, en el actual lenguaje político salta irrefrenable la vulgaridad. En palabras de George Steiner, la decadencia del lenguaje de nuestro tiempo (el político, el literario, el académico) es el fascismo de la vulgaridad.

Se piensa para hablar, se habla para pensar, se dice para comunicar, se comunica para hacer política. En el lenguaje disparatado está también un pensamiento disparatado. Hablamos como pensamos y acabamos pensando como hablamos. De ello se sigue que la tarea regeneradora del lenguaje político es a la vez la regeneración de la vida pública. Pensar lo que decimos, decir lo que pensamos y, en suma, hacer de la política una práctica bien hablada y mejor dicha, tales son a mi juicio algunos de los objetivos del quehacer público de este principio de siglo. Contra el fascismo de la vulgaridad, las reglas mínimas propuestas por Orwell:

1. ¿Qué intento decir?;
2. ¿Qué palabras lo expresan?;
3. ¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?;
4. ¿Esta imagen es suficientemente nueva para producir esto?;
5. ¿Puedo ser más breve?, y
6. ¿Dije algo inevitablemente feo?

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:52 pm

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La política y el idioma inglés

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Publicado en 1946, este ensayo clásico de Orwell es de total actualidad. Los defectos que entonces señaló permanecen, pero potenciados y aplicables fácilmente al español. Nada más pertinente que su relectura para entender las perversiones del lenguaje —asimiladas como norma— de hoy en día.

Por George Orwell

La mayoría de las personas que de algún modo se preocupan por el tema admitiría que el lenguaje va por mal camino, pero por lo general suponen que no podemos hacer nada para remediarlo mediante la acción consciente. Nuestra civilización está en decadencia y nuestro lenguaje —así se argumenta— debe compartir inevitablemente el derrumbe general. Se sigue que toda lucha contra el abuso del lenguaje es un arcaísmo sentimental, así como cuando se prefieren las velas a la luz eléctrica o los cabriolés a los aeroplanos. Esto lleva implícita la creencia semiconsciente de que el lenguaje es un desarrollo natural y no un instrumento al que damos forma para nuestros propios fines.

Ahora bien, es claro que la decadencia de un lenguaje ha de tener, en última instancia, causas políticas y económicas: no se debe simplemente a la mala influencia de este o aquel escritor. Pero un efecto se puede convertir en causa, reforzar la causa original y producir el mismo efecto de manera más intensa, y así sucesivamente. Un hombre puede beber porque piensa que es un fracasado, y luego fracasar por completo debido a que bebe. Algo semejante está sucediendo con el idioma inglés. Se ha vuelto tosco e impreciso porque nuestros pensamientos son disparatados, pero la dejadez de nuestro lenguaje hace más fácil que pensemos disparates. El meollo está en que el proceso es reversible. El inglés moderno, en especial el inglés escrito, está plagado de malos hábitos que se difunden por imitación, y que podemos evitar si estamos dispuestos a tomarnos la molestia. Si nos liberamos de estos hábitos podemos pensar con más claridad, y pensar con claridad es un primer paso hacia la regeneración política: de modo que la lucha contra el mal inglés no es una preocupación frívola y exclusiva de los escritores profesionales. Volveré sobre esto y espero que, en ese momento, sea más claro el significado de lo que he dicho hasta aquí. Entre tanto, he aquí cinco especímenes del idioma inglés tal como se escribe habitualmente.

No elegí estos cinco pasajes porque fueran especialmente malos —podría haber citado otros mucho peores si lo hubiera querido—, sino porque ilustran algunos de los vicios mentales que hoy padecemos. Están un poco por debajo del promedio, pero son ejemplos bastante representativos. Los numero para que pueda remitirme a ellos cuando sea necesario:

1. De hecho, no estoy seguro de que no sea válido decir que el Milton que alguna vez parecía no ser diferente de un Shelley del siglo XVII no se convirtiera, a partir de una experiencia siempre más amarga cada año, más ajena [sic] al fundador de esa secta jesuita que nada podía inducirlo a tolerar (Harold Laski, Ensayo sobre la libertad de expresión).
2. Por encima de todo, no podemos hacer saltar una piedra sobre el agua con una batería nativa de modismos que prescribe tolerar colocaciones egregias de vocablos como las del inglés básico “dejar que pase” en vez de “tolerar” o “dejar perdido” en vez de “desconcertar” (profesor Lancelot Hogben, Interglossia).
3. Por una parte, tenemos la libre personalidad: por definición ésta no es neurótica, pues no tiene conflictos ni sueños. Sus deseos, tal como son, son transparentes, pues son justamente lo que la aprobación institucional mantiene en el primer plano de la conciencia; otro modelo institucional alteraría su número e intensidad; hay poco en ellos que sea natural, irreducible o culturalmente peligroso. Pero, por otra parte, el vínculo social no es más que el reflejo mutuo de estas integridades autoprotegidas. Recordemos la definición de amor. ¿No es éste el retrato de un académico menor? ¿Dónde hay lugar en esta sala de espejos para la personalidad o la fraternidad? (Ensayo sobre la psicología en la política, Nueva York).

4. Todas las “excelentes personas” de los clubes de caballeros, y todos los capitanes fascistas frenéticos, unidos en su odio común al socialismo y en el horror bestial a la marea creciente del movimiento de masas revolucionario, han recurrido a acciones provocadoras, a discursos incendiarios, a leyendas medievales de pozos envenenados, para legalizar la destrucción de las organizaciones proletarias, y para despertar en la pequeña burguesía agitada el fervor chauvinista en nombre de la lucha contra la salida revolucionaria de la crisis (Panfleto comunista).

5. Para infundir un nuevo espíritu en este vetusto país, hay que abordar una reforma espinosa y contenciosa, la de la humanización y la galvanización de la BBC. Aquí, la timidez revelará el cáncer y la atrofia del alma. El corazón de Gran Bretaña puede estar sano y latir con fuerza, por ejemplo, pero el rugido del león británico es, en el presente, como el de Berbiquí en Sueño de una noche de verano de Shakespeare, tan gentil como el arrullo de una paloma. La nueva Gran Bretaña viril no se puede seguir traduciendo indefinidamente a los ojos o, mejor, a los oídos del mundo mediante las languideces estériles de Langham Palace, disfrazadas desvergonzadamente de “inglés estándar”. ¡Cuando la Voz de Gran Bretaña se escucha a las nueve en punto, es de lejos mejor e infinitamente menos ridículo escuchar haches pronunciadas honestamente que los actuales sonsonetes melifluos, afectados, inflados e inhibidos de esas doncellas virginales que murmuran tímidamente “¡Yo no fui!” (De una carta al Tribune).

Cada uno de estos pasajes tiene faltas propias, pero, además de la fealdad evitable, tienen dos cualidades comunes. La primera, las imágenes trilladas; la segunda, la falta de precisión. El escritor tiene un significado y no puede expresarlo, o dice inadvertidamente otra cosa, o le es casi indiferente que sus palabras tengan o no significado. Esta mezcla de vaguedad y clara incompetencia es la característica más notoria de la prosa inglesa moderna, y en particular de toda clase de escritos políticos. Tan pronto se tocan ciertos temas, lo concreto se disuelve en lo abstracto y nadie parece capaz de emplear giros del idioma que no sean trillados: la prosa emplea menos y menos palabras elegidas a causa de su significado, y más y más expresiones unidas como las secciones de un gallinero prefabricado. A continuación enumero, con notas y ejemplos, algunos de los trucos mediante los que se acostumbra evadir la tarea de componer la prosa:

Metáforas moribundas. Una metáfora que se acaba de inventar ayuda al pensamiento evocando una imagen visual, mientras que una metáfora técnicamente “muerta” (por ejemplo, “una férrea determinación”) se ha convertido en un giro ordinario y por lo general se puede usar sin pérdida de vivacidad. Pero entre estas dos clases hay un enorme basurero de metáforas gastadas que han perdido todo poder evocador y que se usan tan sólo porque evitan a las personas el problema de inventar sus propias frases. Veamos algunos ejemplos: “doblar las campanas por”, “blandir el garrote”, “mantener a raya”, “pisotear los derechos ajenos”, “marchar hombro con hombro”, “hacerle la jugada a”, “no casar pelea”, “echar grano al molino”, “pescar en río revuelto”, “al orden del día”, “el talón de Aquiles”, “canto del cisne”, “estercolero”. Muchas de ellas se usan sin saber su significado (¿qué es una “fisura”, por ejemplo?) y muchas veces se mezclan metáforas incompatibles, signo seguro de que el escritor no está interesado en lo que dice. Algunas metáforas que hoy son comunes se han alejado de su significado original sin que quienes las usan sean conscientes de ese hecho. Por ejemplo, “mantener a raya” a veces se confunde con “pintar la raya”. Otro ejemplo es el del martillo y el yunque, que hoy siempre se usa con la implicación de que el yunque recibe la peor parte. En la vida real es siempre el yunque el que rompe el martillo, nunca al contrario: un escritor que se detuviera a pensar en lo que está diciendo evitaría pervertir la expresión original.

Operadores o extensiones verbales falsas. Éstas evitan el problema de elegir los verbos y sustantivos apropiados, y al mismo tiempo atiborran cada oración con sílabas adicionales que le dan una apariencia de simetría. Algunas expresiones características son “volver no operativo”, “militar contra”, “hacer contacto con”, “estar sujeto a”, “dar lugar a”, “dar pie a”, “tener el efecto de”, “cumplir un papel (rol) principal en”, “hacerse sentir”, “surtir efecto”, “exhibir la tendencia a”, “servir el propósito de”, etc. El principio básico es eliminar los verbos simples. En vez de una sola palabra, como romper, detener, despojar, remendar, matar, un verbo se convierte en una frase, formada por un sustantivo o un adjetivo unido a un verbo de propósito general, como resultar, servir, formar, desempeñar, volver. Además, dondequiera que es posible, se prefiere usar la voz pasiva a la voz activa, y construcciones sustantivadas en vez de gerundios (“mediante el examen” en vez de “examinando”). La gama de verbos se restringe aún más usando formas verbales que terminan en “izar” o empiezan con “des”, y se da a las afirmaciones triviales una apariencia de profundidad empleando expresiones que empiezan por “no” en vez de usar el prefijo “in”, como “no fundado” en vez de “infundado”. Las conjunciones y preposiciones simples se sustituyen por expresiones tales como “con respecto a”, “teniendo en consideración que”, “el hecho de que”, “a fuerza de”, “en vista de”, “en interés de”, “de acuerdo con la hipótesis según la cual”; y se evita terminar las oraciones con un anticlímax mediante lugares comunes tan resonantes como “tan deseado”, “no se puede dejar de tener en cuenta”, “un desarrollo que se espera en el futuro cercano”, “merecedor de seria consideración”, “llevado a una conclusión satisfactoria”, etcétera.

Dicción pretenciosa. Palabras como fenómeno, elemento, individual (como sustantivo), objetivo, categórico, efectivo, virtual, básico, primario, promover, constituir, exhibir, explotar, utilizar, eliminar, liquidar, se usan para adornar una afirmación simple y dar un tono de imparcialidad científica a juicios sesgados. Adjetivos como epocal, épico, histórico, inolvidable, triunfante, antiguo, inevitable, inexorable, verdadero, se usan para dignificar el sórdido proceso de la política internacional, mientras que los escritos que glorifican la guerra adoptan un tono arcaico, y sus palabras características son: dominio, trono, carroza, mano armada, tridente, espada, escudo, coraza, bota militar, clarín. Se usan palabras y expresiones extranjeras, como cul de sac, ancien régime, deus ex machina, mutatis mutandis, statu quo, Gleichschaltung, Weltanschauung para dar un aire de cultura y elegancia. Salvo las abreviaturas útiles “i. e.”, “e. g.”, y “etc.”, no hay ninguna necesidad real de tantos centenares de locuciones extranjeras que hoy son corrientes en el idioma inglés. Los malos escritores, en especial los escritores científicos, políticos y sociológicos, casi siempre están obsesionados por la idea de que las palabras latinas o griegas son más grandiosas que las sajonas, y palabras innecesarias como expedito, mejorar, predecir, extrínseco, desarraigado, clandestino, subacuático y otros cientos más ganan terreno sobre las anglosajonas. La jerga peculiar de los escritos marxistas (hiena, verdugo, caníbal, pequeñoburgués, hidalgos, lacayo, adulador, perro rabioso, guardia blanco, etc.) está integrada por palabras traducidas del ruso, el alemán o el francés; pero la manera normal de acuñar una nueva palabra es usar la raíz latina o griega con la partícula apropiada y, donde sea necesario, el sufijo de tamaño considerable. A menudo es más fácil formar palabras de esta clase (desregionalizar, impermisible, extramarital, no fragmentario, etc.) que pensar palabras inglesas que tengan ese significado. En general, el resultado es un aumento de la dejadez y la vaguedad.

Palabras sin sentido. En ciertos escritos, en particular los de crítica de arte y de crítica literaria, es normal encontrar largos pasajes que carecen casi totalmente de significado. Palabras como romántico, plástico, valores, humano, muerto, sentimental, natural, vitalidad, tal como se usan en la crítica de arte, son estrictamente un sinsentido, por cuanto no sólo no señalan un objeto que se pueda descubrir, sino que ni siquiera se espera que el lector lo descubra. Cuando un crítico escribe “El rasgo sobresaliente de la obra del señor X es su cualidad vital”, mientras que otro escribe “Lo que atrae de inmediato la atención en la obra del señor X es su tono mortecino peculiar”, el lector acepta esto como una simple diferencia de opinión. Si se emplearan palabras como “negro” y “blanco”, en vez de los términos de jerga “vida” y “muerte”, se vería en seguida que el lenguaje se está usando de manera impropia. Se abusa asimismo de muchos términos políticos. El término fascismo hoy no tiene ningún significado excepto en cuanto significa “algo no deseable”. Las palabras democracia, socialismo, libertad, patriótico, realista, justicia tienen varios significados diferentes que no se pueden reconciliar entre sí. En el caso de una palabra como democracia, no sólo no hay una definición aceptada sino que el esfuerzo por encontrarle una choca con la oposición de todos los bandos. Se piensa casi universalmente que cuando llamamos democrático a un país lo estamos elogiando; por ello, los defensores de cualquier tipo de régimen pretenden que es una democracia, y temen que tengan que dejar de usar esa palabra si se le da un significado. A menudo se emplean palabras de este tipo en forma deliberadamente deshonesta. Es decir, la persona que las usa tiene su propia definición privada, pero permite que su oyente piense que quiere decir algo bastante diferente. Declaraciones como “El mariscal Pétain era un verdadero patriota”, “La prensa soviética es la más libre del mundo”, “La Iglesia católica se opone a la persecución” casi siempre tienen la intención de engañar. Otras palabras que se emplean con significados variables, en la mayoría de los casos con mayor o menor deshonestidad, son: clase, totalitario, ciencia, progresista, reaccionario, burgués, igualdad.

Después de haber expuesto este catálogo de estafas y perversiones, permítanme dar otro ejemplo del tipo de escritura que lleva a ellas. Esta vez su naturaleza debe ser imaginaria. Voy a traducir un pasaje de buen inglés en inglés moderno de la peor especie. He aquí un verso muy conocido del Eclesiastés:

Retorné y vi que bajo el sol la carrera no es de los veloces, ni la batalla de los fuertes, ni el pan para el sabio, ni las riquezas para los hombres de conocimiento, ni el favor para los capaces; sino que el tiempo y la oportunidad acontecen a todos ellos.

Helo aquí en inglés moderno:

Las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos obligan a concluir que el éxito o el fracaso en las actividades competitivas no exhibe ninguna tendencia conmensurable con la capacidad innata, sino que es un notable elemento de que lo imprevisible debe tenerse invariablemente en cuenta.

Ésta es una parodia, pero no muy tosca. El fragmento numerado con el 3, por ejemplo, contiene varios retazos de ese mismo tipo de inglés. Verán que no hice una traducción completa. El principio y el final de la frase siguen el sentido original muy de cerca, pero en el medio las ilustraciones concretas —carrera, batalla, pan— se disuelven en expresiones vagas como “éxito o fracaso en las actividades competitivas”. Esto tenía que ser así porque ninguno de los escritores modernos que estoy examinando —ninguno capaz de usar frases como “las consideraciones objetivas de los fenómenos contemporáneos”— expresaría sus pensamientos en esa forma tan precisa y detallada. La tendencia general de la prosa moderna es alejarse de la concreción. Ahora analicemos estas dos oraciones un poco más de cerca. La primera consta de 51 palabras y sólo 86 sílabas, y todas sus palabras se usan en la vida cotidiana. La segunda consta de 44 palabras y 108 sílabas: muchas de ellas tienen raíz latina y algunas griega. La primera frase contiene seis imágenes vívidas, y sólo una expresión (“tiempo y oportunidad”) que se puede llamar vaga. La segunda no contiene ni una sola expresión fresca, llamativa, y a pesar de sus más de cien sílabas sólo da una versión recortada del significado de la primera. Y es sin una duda el segundo tipo de expresiones el que está ganando terreno en el inglés moderno.

No quiero exagerar. Este tipo de escritura no es aún universal, y los brotes de simplicidad aparecen aquí y allá en la página peor escrita. Sin embargo, si a usted o a mí nos pidieran que escribiéramos unas líneas sobre la incertidumbre del destino humano, es probable que estuviéramos más cerca de mi frase imaginaria que del Eclesiastés. Como he intentado mostrar, lo peor de la escritura moderna no consiste en elegir las palabras a causa de su significado e inventar imágenes para hacer más claro el significado. Consiste en pegar largas tiras de palabras cuyo orden ya fijó algún otro, y hacer presentables los resultados mediante una trampa. El atractivo de esta forma de escritura está en que es fácil. Es más fácil —y aun más rápido, una vez que se tiene el hábito— decir: “En mi opinión no es un supuesto injustificable” que decir “Pienso”. Si usted usa frases hechas, no sólo no tiene que buscar las palabras: tampoco se debe preocupar por el ritmo de las oraciones, puesto que por lo general ya tienen un orden más o menos eufónico. Cuando se redacta de prisa —cuando se dicta a un taquígrafo, por ejemplo, o se hace un discurso público— es natural caer en un estilo latinizado y pretencioso. Muletillas como “una consideración que debemos tener en mente” o “una conclusión con la que todos estaríamos de acuerdo” ahorran a muchos una expresión cuya construcción les produciría un síncope. El empleo de metáforas, símiles y modismos trillados ahorra mucho esfuerzo mental, a costa de que el significado sea vago, no sólo para el lector sino también para el que escribe. Ésta es la importancia de la mezcla de metáforas. El único fin de una metáfora es evocar una imagen visual. Cuando estas imágenes chocan —como “El pulpo fascista cantó la canción del cisne”, “la bota militar fue arrojada al crisol”— se puede dar por cierto que el autor no está viendo la imagen mental de los objetos que está nombrando; en otras palabras, que no está pensando realmente. Veamos de nuevo los ejemplos que presenté al comienzo de este ensayo. El profesor Laski (1) usa cinco negativos en 54 palabras. Uno de éstos es superfluo y quita sentido a todo el pasaje, y además hay un desliz —”ajeno” por “afín”— que agrava el sinsentido, y varias muestras evitables de torpeza que aumentan la vaguedad general. El profesor Hogben (2) hace saltar una piedra en el agua con una batería capaz de prescribir reglas, y, al tiempo que desaprueba la expresión cotidiana que utiliza, no está dispuesto a buscar “egregio” en el diccionario para ver qué significa; (3), si se adopta una actitud poco caritativa, simplemente carece de sentido: tal vez se podría desentrañar su significado intencional leyendo todo el artículo en el que aparece.

En (4) el autor sabe más o menos lo que quiere decir, pero la acumulación de frases trilladas ahoga el sentido como las hojas de té obstruyen un lavaplatos.

En (5) las palabras y el significado casi no guardan relación. La gente que escribe de esta manera manifiesta un significado emocional general —detesta una cosa y quiere expresar solidaridad con otra—, pero no está interesada en los detalles de lo que está diciendo. En cada oración que escribe, un escritor cuidadoso se hace al menos cuatro preguntas, a saber:

¿Qué intento decir?
¿Qué palabras lo expresan?
¿Qué imagen o modismo lo hace más claro?
¿Esta imagen es suficientemente nueva para producir efecto?

Y quizá se haga dos más:

¿Puedo ser más breve?
¿Dije algo evitablemente feo?

Pero usted no está obligado a encarar todo este problema. Puede evadirlo dejando la mente abierta y permitiendo que las frases hechas lleguen y se agolpen. Ellas construirán las oraciones por usted —y, hasta cierto punto, incluso pensarán sus pensamientos por usted— y si es necesario le prestarán el importante servicio de ocultar parcialmente su significado, aun para usted mismo. A estas alturas, la conexión especial entre política y degradación del idioma se torna clara.

En nuestra época, es una verdad general que los escritos políticos son malos escritos. Cuando no es así, el escritor es algún rebelde que expresa sus opiniones privadas y no la “línea del partido”. La ortodoxia, cualquiera que sea su color, parece exigir un estilo imitativo y sin vida. Los dialectos políticos que aparecen en panfletos, artículos editoriales, manifiestos, libros blancos y discursos de los subsecretarios varían, por supuesto, entre un partido y otro, pero todos se asemejan en que casi nunca emplean giros de lenguaje nuevos, vívidos, hechos en casa. Cuando un escritorzuelo repite mecánicamente frases trilladas en la tribuna —”bestial”, “atrocidades”, “talón de hierro”, “tiranía sangrienta”, “pueblos libres del mundo”, “marchar hombro con hombro”—, se tiene el extraño sentimiento de no estar viendo a un ser humano vivo, sino a una especie de maniquí: un sentimiento que se torna más intenso en los momentos en que la luz ilumina los anteojos del orador y se ven como discos vacíos detrás de los cuales no parece haber ojos. Y esto no es del todo imaginario. Un orador que emplea esa fraseología ha tomado distancia de sí mismo y se ha convertido en una máquina. De su laringe salen los ruidos apropiados, pero su cerebro no está comprometido como lo estaría si eligiera sus palabras por sí mismo. Si el discurso que está pronunciando es un discurso que acostumbra hacer una y otra vez, puede ser casi inconsciente de lo que está diciendo, como quien entona letanías en la iglesia. Y este reducido estado de conciencia, aunque no es indispensable, es de todos modos favorable para la conformidad política.

En nuestra época, el lenguaje y los escritos políticos son ante todo una defensa de lo indefendible. Cosas como “la continuación del dominio británico en la India”, “las purgas y deportaciones rusas”, “el lanzamiento de las bombas atómicas en Japón”, se pueden defender, por cierto, pero sólo con argumentos que son demasiado brutales para la mayoría de las personas, y que son incompatibles con los fines que profesan los partidos políticos. Por tanto, el lenguaje político está plagado de eufemismos, peticiones de principio y vaguedades oscuras. Se bombardean poblados indefensos desde el aire, sus habitantes son arrastrados al campo por la fuerza, se balea al ganado, se arrasan las chozas con proyectiles incendiarios: y a esto se le llama “pacificación”. Se despoja a millones de campesinos de sus tierras y se los lanza a los caminos sin nada más de lo que puedan cargar a sus espaldas: y a esto se le llama “traslado de población” o “rectificación de las fronteras”. Se encarcela sin juicio a la gente durante años, o se le dispara en la nuca o se la manda a morir de escorbuto en los campamentos madereros del Ártico: y a esto se le llama “eliminación de elementos no dignos de confianza”. Dicha fraseología es necesaria cuando se quiere nombrar las cosas sin evocar sus imágenes mentales. Veamos, por ejemplo, a un cómodo profesor inglés que defiende el totalitarismo ruso. No puede decir francamente: “Creo en el asesinato de los opositores cuando se pueden obtener buenos resultados asesinándolos.” Por consiguiente, quizá diga algo como esto:

Aunque aceptamos libremente que el régimen soviético exhibe ciertos rasgos que un humanista se inclinaría a deplorar, creo que debemos aceptar que cierto recorte de los derechos de la oposición política es una consecuencia inevitable de los períodos de transición, y que los rigores que el pueblo ruso ha tenido que soportar han sido ampliamente justificados en la esfera de las realizaciones concretas.

El estilo inflado es en sí mismo un tipo de eufemismo. Una masa de palabras latinas cae sobre los hechos como nieve blanda, borra los contornos y sepulta todos los detalles. El gran enemigo del lenguaje claro es la falta de sinceridad. Cuando hay una brecha entre los objetivos reales y los declarados, se emplean casi instintivamente palabras largas y modismos desgastados, como un pulpo que suelta tinta para ocultarse. En nuestra época no es posible “mantenerse alejado de la política”. Todos los problemas son problemas políticos, y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia. Cuando la atmósfera general es perjudicial, el idioma debe padecer. Podría conjeturar —una suposición que no puedo confirmar con mis insuficientes conocimientos— que los idiomas alemán, ruso e italiano se deterioraron en los últimos diez o quince años como resultado de la dictadura.

Pero si el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento. Un mal uso se puede difundir por tradición e imitación aun entre personas que deberían saber y obrar mejor. El lenguaje degradado que he examinado es, en cierta forma, muy conveniente. Expresiones como “un supuesto no injustificable”, “una consideración que siempre debemos tener en mente”, dejan mucho que desear, no cumplen un buen propósito, son una tentación continua, una caja de aspirinas siempre al alcance de la mano. Relea este ensayo, y con toda seguridad encontrará que una y otra vez he cometido las mismas faltas contra las que he protestado. En el correo de esta mañana recibí un panfleto sobre las condiciones en Alemania. El autor me decía que se “sintió impelido” a escribirlo. Lo abrí al azar y ésta es la primera frase que leí: “[Los Aliados] no sólo tienen la oportunidad de lograr una transformación radical de la estructura social y política de Alemania de tal manera que eviten una reacción nacionalista en la misma Alemania, sino que al mismo tiempo pueden sentar los fundamentos de una Europa cooperativa y unificada.” Cuando se lee que se “sintió impelido” a escribir es de suponer que tiene algo nuevo que decir, pero sus palabras, como corceles de caballería que responden al clarín, se juntan automáticamente en una alineación monótona y familiar. Esta invasión de la mente por frases hechas (“sentar los fundamentos”, “lograr una transformación radical”) sólo se puede evitar si se está continuamente en guardia contra ellas, y cada una de esas frases anestesia una parte del cerebro.

Dije antes que la decadencia de nuestro idioma es remediable. Quienes lo niegan argumentarían, en caso de que pudieran elaborar un argumento, que el lenguaje simplemente refleja las condiciones sociales existentes, y que no podemos influir en su desarrollo directamente, jugando con palabras y construcciones. Así puede suceder con el tono o espíritu general de un lenguaje, pero no es verdad para sus detalles. Las palabras y las expresiones necias suelen desaparecer, no mediante un proceso evolutivo sino a causa de la acción consciente de una minoría. Dos ejemplos recientes: “explorar todas las avenidas” y “no dejar piedra sobre piedra”, que fueron liquidadas por las burlas de algunos periodistas. Hay una larga lista de metáforas corruptas que también desaparecerían si un buen número de personas se empeñara en esa tarea; y debería ser posible burlarse de la expresión “no informe” hasta que deje de existir, reducir la cantidad de latín y griego en la frase promedio, excluir las locuciones extranjeras y las palabras científicas erróneas, y, en general, lograr que el tono pretencioso pase de moda. Pero todos éstos son puntos menores. La defensa del idioma inglés implica más que esto, y quizás es mejor empezar diciendo lo que no implica.

# Para empezar, nada tiene que ver con el arcaísmo, con la preservación de palabras y giros obsoletos del lenguaje, ni con la exaltación de un “inglés estándar” del que nunca deberíamos apartarnos. Por el contrario, se trata de desechar toda palabra o modismo que se ha desgastado y ha perdido su utilidad. Nada tiene que ver con la gramática ni con la sintaxis correctas, que carecen de importancia cuando se expresa claramente el significado, ni con la eliminación de los americanismos, ni con tener lo que se denomina una “buena prosa”. Por otra parte, no se trata de fingir una falsa simplicidad ni de escribir en inglés coloquial. Ni siquiera implica preferir en todos los casos la palabra sajona a la latina, aunque sí implica usar el menor número de palabras, y las más breves, que necesite el significado. Lo que hace falta, por encima de todo, es dejar que el significado elija la palabra y no al revés. En prosa, lo peor que se puede hacer con las palabras es rendirse a ellas. Cuando usted piensa en un objeto concreto, piensa sin palabras, y luego, si quiere describir lo que ha visualizado, quizá busque hasta encontrar las palabras exactas que concuerdan con ese objeto. Cuando piensa en algo abstracto se inclina más a usar palabras desde el comienzo, y salvo que haga un esfuerzo consciente para evitarlo, el dialecto existente vendrá de golpe y hará la tarea por usted, a expensas de confundir e incluso alterar su significado. Quizá sea mejor que evite usar palabras en la medida de lo posible, y logre un significado tan claro como pueda mediante imágenes y sensaciones. Después puede elegir —y no simplemente aceptar— las expresiones que revelen mejor el significado, y luego ponerse en el lugar del lector y decidir qué impresiones producen en él las palabras que ha elegido. Este último esfuerzo de la mente suprime todas las imágenes desgastadas o confusas, todas las frases prefabricadas, las repeticiones innecesarias, y las trampas y vaguedades. Pero a menudo usted puede tener dudas sobre el efecto de una palabra o una expresión, y necesita reglas en las que pueda confiar cuando falla el instinto. Pienso que las reglas siguientes cubren la mayoría de los casos:

– Nunca use una metáfora, un símil u otra figura gramatical que suela ver impresa.

– Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta.

– Si es posible suprimir una palabra, suprímala.

– Nunca use la voz pasiva cuando pueda usar la voz activa.

– Nunca use una locución extranjera, una palabra científica o un término de jerga si puede encontrar un equivalente del inglés cotidiano.Rompa cualquiera de estas reglas antes de decir un barbarismo.

Estas reglas parecen elementales, y lo son, pero exigen un profundo cambio de actitud en todos los que se han acostumbrado a escribir en el estilo que hoy está de moda. Uno puede cumplirlas todas y aun así escribir un mal inglés, pero no podría escribir el tipo de banalidades que cité en esos cinco especímenes al comienzo de este artículo.

Aquí no he examinado el uso literario del idioma: tan sólo el lenguaje como instrumento para expresar y no para ocultar o evitar el pensamiento. Stuart Chase y otros han llegado a pretender que todas las palabras abstractas carecen de sentido, y han usado esto como pretexto para defender una especie de quietismo político. Si no sabe qué es el fascismo, ¿cómo puede luchar contra el fascismo? Uno no tiene que tragarse absurdos como éste, pero ha de reconocer que el actual caos político está ligado a la decadencia del idioma, y que quizá puede aportar alguna mejora empezando por el aspecto verbal. Si simplifica su inglés, se libera de las peores tonterías de la ortodoxia. No puede hablar ninguno de los dialectos necesarios, y cuando haga un comentario estúpido su estupidez se tornará obvia, aun para usted mismo. El lenguaje político —y, con variaciones, esto es verdad para todos los partidos políticos, desde los conservadores hasta los anarquistas— se construye para lograr que las mentiras parezcan verdaderas y el asesinato respetable, y para dar una apariencia de solidez al mero viento. Uno no puede cambiar esto en un instante, pero puede cambiar los hábitos personales, y de vez en cuando puede incluso, si se burla en voz bastante alta, lanzar alguna frase trillada e inútil —alguna bota militar, un talón de Aquiles, un crisol, una prueba ácida, un verdadero infierno, o algún otro desecho o residuo verbal— a la basura, al lugar a donde pertenece. ~

— Traducción de Alberto Supelano
Reproducido con autorización de El Malpensante

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:37 am

blair: periodismo y vida pública

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Blair acusa a los medios de comunicación de “destrozar la reputación de las personas como bestias salvajes”

El primer ministro británico acusa a los medios en Internet de poner más énfasis en en el “impacto” que en el “equilibrio”

AGENCIAS – Londres

El primer ministro británico, el laborista Tony Blair, ha aprovechado uno de sus últimos discursos antes de abandonar el cargo dentro de dos semanas para lanzar un ataque furibundo a los medios de comunicación, a los que ha acusado de actuar como “bestias salvajes para reducir a pedazos la reputación de las personas”. En un encuentro con periodistas en la sede de la agencia Reuters en Londres, Blair, que dimitirá de su cargo el 27 de junio y será reemplazado por su ministro de Hacienda Gordon Brown, ha lanzado un feroz ataque a la política informativa que siguen los medios de comunicación en los últimos tiempos, con tendencia al sensacionalismo y a ataques a personalidades expuestas al escrutinio del público.

El premier británico ha admitido a continuación que la relación entre los políticos y la prensa ha sido siempre tensa, si bien esa tensión se ha intensificado en los últimos años, algo en lo que ha asumido su porción de responsabilidad al “contribuir” a ese deterioro.

Según Blair, esta difícil relación tiene sus consecuencias directas en la capacidad de los políticos para tomar las decisiones correctas para el país. “El daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas”, ha explicado. “Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”, ha añadido.

Sed de imparcialidad

Blair también ha cargado contra los nuevos canales de información, como Internet, donde las noticias se divulgan las veinticuatro horas del día y existe, en su opinión, una tendencia a poner más énfasis en el “impacto” en vez del “equilibrio”, de manera que se perjudica la perspectiva que la gente tiene de la vida pública.

El político británico también ha reconocido que “en los primeros años del nuevo laborismo prestamos una atención desmedida a cortejar, saciar y convencer a los medios” y a tratar de influir en la cobertura que la prensa le daba al Gobierno. “Después de dieciocho años en la oposición y, a veces, la feroz hostilidad de una parte de los medios, fue difícil ver otra alternativa”, ha reconocido.

Si bien ha dicho que no se quejaba de la cobertura que ha recibido como primer ministro, Blair ha juzgado que hay menos equilibrio en el periodismo actual que en el que se hacía hace diez años. Ese desajuste choca con el deseo de la sociedad de recibir noticias con imparcialidad. “La forma en que las recibe puede estar cambiando, pero no la sed por las auténticas noticias”, ha advertido.

Tony Blair cree que los medios actúan como “fieras salvajes”
EFE

El primer ministro británico, Tony Blair, afirmó este martes que los medios de comunicación pueden actuar como “fieras salvajes”, pero reconoció que su Gobierno dedicó mucho tiempo a tratar de influir en la cobertura que le daba la prensa.

En un discurso sobre la vida pública pronunciado hoy en la sede de la agencia de noticias Reuters, en Londres, Blair admitió que la relación entre los políticos y la prensa ha sido siempre tensa, subrayó que esa tensión se ha intensificado en los últimos años y admitió que él también ha “contribuido” al deterioro de ese vínculo.

Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada

Según Blair, esta difícil relación amenaza la capacidad de los políticos para tomar las decisiones correctas para el país.

Explicó que, debido a que las noticias se divulgan ahora las veinticuatro horas del día, hay una tendencia a poner más énfasis en el “impacto” en vez del equilibrio, de manera que se perjudica la perspectiva que la gente tiene de la vida pública.

Blair reconoció que “en los primeros años del nuevo laborismo prestamos una atención desmedida a cortejar, saciar y convencer a los medios” y a tratar de influir en la cobertura que la prensa le daba al Gobierno.

“Después de dieciocho años en la oposición y, a veces, la feroz hostilidad de una parte de los medios, fue difícil ver otra alternativa”, añadió.

Si bien subrayó en que no se quejaba de la cobertura que ha recibido como primer ministro, Blair subrayó que hay menos equilibrio en el periodismo de ahora que hace diez años.

Insistió en que hay un auténtico deseo de la gente por la cobertura de las noticias con imparcialidad y que “la forma en que las recibe puede estar cambiando, pero no la sed por las auténticas noticias”.

“Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”, dijo.

“El daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas”.

Por estos motivos, Blair cree que deberían regularse mejor las nuevas formas de comunicación, sobre todo internet, a la que habría que imponer más restricciones.

El primer ministro, que llevó a su formación al poder tras dieciocho años en la oposición, dejará el poder el próximo día 27 y será sustituido por el titular de Hacienda, Gordon Brown.

sábado, junio 16, 2007
Blair: Periodismo y vida pública

Tony Blair ha querido reservar uno de sus últimos discursos como Primer Ministro británico a los medios de comunicación y al periodismo. El pasado 12 de junio, en la sede de la agencia Reuters en Londres, Blair cargaba contra los medios, a los que llamaba “salvajes” y acusaba de primar el impacto sobre la verdad. Su crítica al periodismo contemporáneo combinaba viejos tópicos con dos observaciones interesantes: 1) El comentario sobre las noticias ocupa mucho más espacio y tiempo que la narración de los propios hechos a los que se alude; 2) A menudo se confunde la opinión y la información, a veces de una manera deliberada, como a su juicio ocurre con el periódico The Independent, al que considera el epítome del declive del periodismo moderno.

Entre los viejos argumentos, su referencia a la escasa contribución de los medios a un debate ilustrado debido a su culto a la inmediatez. Las deliberaciones parlamentarias, llenas de matices y difícilmente atractivas, escapan a las redes de captura del periodista. Además, la fragmentación de canales y audiencias ha desmasificado a los medios, impidiendo un debate verdaderamente “nacional.” Internet vendría a radicalizar esta tendencia, dada la facilidad del usuario para construir su propio menú informativo. Por si fuera poco, el gusto por el rumor y la falta de exactitud que aquejan según Blair al periodismo convencional, se elevan exponencialmente en la red de redes.

El discurso del premier británico no sorprende, pero sí pone sobre el tapete temas de debate que son recurrentes entre los propios estudiosos de la comunicación política. Afrontémolos:

* Cualquier tiempo pasado (no) fue mejor. Blair echa en falta una BBC que llegaba y era vista por todos. Aún cuando este servicio público de televisión es el más perfeccionado de cuantos se han creado en el mundo, la competencia y la libertad de opción compensan con creces la supuesta fragmentación de la experiencia colectiva. Digo “supuesta” porque, aún a través de diferentes canales, el ciudadano medio conoce los grandes temas de debate político. Se comparte una mínima agenda común que garantiza la persistencia de la comunidad política, pero se accede a ella desde diferentes plataformas y, consiguientemente, diferentes puntos de vista. Esto no es una limitación. Todo lo contrario. Investigaciones recientes de la Fundación Pew han demostrado que los consumidores de información política en Internet están más al tanto de los argumentos de los partidos rivales que los consumidores de información política en medios convencionales.

* El reto de comunicar los procesos deliberativos (persiste). En este aspecto, Blair tiene parte razón. Es difícil hacer llegar a los representados los debates en los que se enzarzan sus representantes. Pero el desafío no es nuevo, sino consitutivo de la profesión periodística: hacer interesante lo importante. Los teóricos de la democracia deliberativa priman el consenso frente al conflicto, mientras que los demócratas liberales defienden que el conflicto es bueno para marcar claramente las posiciones y facilitar así la elección de los ciudadanos. Los liberales argumentan que es preferible la guerra partidista a la paz del cementerio deliberativo.

* Los nuevos medios (no) son malos. Internet es terreno abonado para las teorías conspirativas, como la que defiende que las torres gemelas de Nueva York no fueron derribadas por dos aviones suicidas, sino por cargas de dinamita. Pero por cada teoría peregrina, las nuevas tecnologías nos permiten conocer lo que los grandes gestores de la comunicación nos ocultan. Las torturas de Abu Ghraib o las interminables filas de ataúdes con soldados norteamericanos muertos en la Guerra de Irak seguirían ocultas de no ser por la natureleza escurridiza de la imagen digital. Blair apela a la ética, y defiende la revisión del marco legal para que OFCOM, alta autoridad británica para la regulación de las comunicaciones, extienda sus competencias a Internet. La sugerencia pone los pelos de punta a todos los que sostienen que la mejor ley de prensa es la que no existe. En un contexto en el que la Unión Europea ya obliga a todos sus estados miembros a dotarse de una autoridad audiovisual, resulta políticamente incorrecto recordar que los mejores vigilantes de la veracidad de las informaciones han sido los bloggers. Partidistas o independientes, ellos han sido quienes nos revelan las inexactitudes de los grandes medios, mejor que cualquier observatorio o entidad reguladora de la comunicación.

* Opinión e información (son diferenciables). La clara separación entre hechos y opinión es un eterno debate filosófico. Objetivistas (defienden que es posible contar la realidad sin prejuicios) e interpretivistas (sostienen que la “realidad” no es independiente de quien la percibe, sino construida por su perceptor) han definido las posiciones clásicas respecto al tema. Como adecuadamente apunta Blair, el periodismo se ha ido decantando por el bando constructivista, con la interpretación ganando terreno a la información. A mi modo de ver, la presentación de los hechos y su interpretación siguen siendo diferenciables, como lo son en los informes científicos, aunque es cierto que la dirección de la mirada condiciona de alguna manera el fenómeno observado. El creciente éxito de revistas como el semanario The Economist, cuya difusión ha aumentado imparablemente durante los últimos tiempos, demuestran que cada vez son más los consumidores que reclaman información con interpretación cualificada.

Lo más llamativo del discurso de Blair es su olvido de los grandes grupos de comunicación, que escapan a su crítica. Tal vez la propiedad de los medios, y la relación de estos propietarios con la clase política, también tengan algo que ver con los males denunciados por el todavía inquilino de Downing Street. Quizá convendría preguntar a Blair qué hacía en 1995 en la Isla Hayman durante un retiro de la News Corporation, y si su cortejo a Rupert Murdoch tuvo algo que ver en el apoyo de los diarios del magnate australiano a la candidatura laborista en 1997, 2001 y 2005. Para más información sobre este tema, léase el artículo “Murdoch’s Game”, firmado por John Cassidy y publicado en la revista The New Yorker el 16 de octubre de 2006 (páginas 68 a 85).

14 junio 2007
Blair y lo que significa la prensa libre

En un encuentro con periodistas el pasado 12 de junio, Tony Blair, en vísperas de su retirada del poder, lanzó un duro ataque contra los medios de comunicación (incluidos los digitales) por su tendencia al sensacionalismo y su énfasis en el impacto por encima del equilibrio. Actúan, dijo, como “bestias salvajes para reducir a pedazos la reputación de las personas”. “Nadie quiere dejar pasar una noticia, la pugna por cuotas de un mercado cada vez más reducido ha hecho que el motor de las noticias sea el impacto que tienen sobre el público. El impacto es lo que importa. La exactitud es importante, pero es secundaria. Los diarios de calidad afrontan las mismas presiones que los tabloides; las televisiones, las mismas que los diarios. Hay que conseguir audiencia, mantenerla y atrapar sus emociones. Algo interesante es menos poderoso que algo que conmociona”, añadió Blair en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, en la sede de la agencia británica en Canary Wharf de Londres.

Esta dinámica ha tenido graves consecuencias: el escándalo y la controversia derrotan al periodismo moderado, los errores se convierten en engaños, “el miedo a perderse algo hace que los medios de hoy, más que nunca, cacen en manada: son como bestias salvajes, haciendo añicos a la gente y su reputación”, los mensajes que recibe el público son parciales y desequilibrados porque se mezcla información y opinión: “ya no hay grises, sólo blanco o negro”.

La lucha feroz por la audiencia y la tirada está teniendo efectos nocivos en la comunicación política ya que los políticos y otros actores sociales adaptan su actuación a esa necesidad de impacto: “Voy a decir algo que poca gente en instituciones públicas admitirá, aunque sea cierto: gran parte de nuestro trabajo, más allá de las grandes decisiones, es aguantar a los medios, su enorme peso y su constante hiperactividad. Todo personaje de la vida pública, pertenezca al mundo de la política, las fuerzas armadas o el deporte, se pasa buena cantidad del día respondiendo a la prensa o preparando una estrategia mediática sin poder concentrarse en su trabajo. Por momentos, el peso de esto es verdaderamente abrumador”. Según el primer ministro británico, los cambios que vive el mundo de la información han agravado además el antagonismo entre la prensa y los políticos. Los medios, dijo Blair, distorsionan la perspectiva que la gente tiene de la vida pública. “Ese daño socava la confianza del país y sus creencias, perjudica la evaluación sobre sí mismo, sus instituciones; y sobre todo, reduce nuestra capacidad para tomar las decisiones correctas. Creo que la relación entre la vida pública y los medios está ahora dañada de una manera que requiere ser reparada”. Aunque admitió que “las relaciones entre los medios de comunicación y los políticos son, necesariamente, difíciles y así tiene que ser”, Blair reclamó responsabilidad a los periodistas y una reflexión sobre cómo satisfacer las demandas del público de una información imparcial, seria y equilibrada.

“Sermón acertado, predicador equivocado”, tituló The Guardian. Blair señaló algunas de las causas de la crisis del periodismo actual. El problema es que quien las señala es alguien que ha destacado por intentar manipular a la prensa. “¿Diría lo mismo si hubiéramos apoyado su guerra, Señor Blair?”, escribió el diario The Independet, que se defendió junto al resto de periódicos de la acusación de que la agresividad de los medios haya debilitado a las instituciones. Muchos recordaron que el líder laborista introdujo en la política británica el concepto de ‘spin’, la distorsión de la información con fines políticos. Él mismo lo dijo en su intervención en Reuters cuando admitió que el hecho de que el Partido Laborista, tras su llegada al poder, en 1997, se esforzara en influir en la cobertura de los medios de comunicación contribuyó al deterioro de las relaciones entre el poder y los medios resultasen lesionadas: “Pusimos una atención fuera de lo común en los primeros días del nuevo laborismo en cortejar, suavizar y persuadir a los medios de comunicación”, afirmó.

Como recuerda Marcelo Justo en el ABC, “la conflictiva relación del Nuevo Laborismo y los medios viene de lejos. Uno de los juramentos que Tony Blair y su sucesor Gordon Brown se hicieron después de la derrota de Neil Kinnock en 1992, fue que nunca más los medios volverían a destrozar al partido laborista. Mediante una concertada estrategia de seducción, consiguieron el apoyo del grupo Murdoch -dueño del tabloide The Sun, de The Times y de la cadena televisiva Sky- en 1997 y elecciones subsiguientes, pero también se fueron ganando una reputación de brutal manipulación mediática”.

El enfrentamiento alcanzó su clímax en 2003 cuando la BBC acusó al gobierno de engañar deliberadamente al público sobre la existencia de armas de destrucción masiva en Irak.

Todo este debate es, en definitiva, una muestra de la vitalidad del debate público en el Reino Unido. Aunque las críticas de una y otra parte sean razonables, lo importante es que cada cual desempeñe su papel. Es mejor que un periódico se equivoque por exceso de agresividad que lo haga por su sumisión. Por eso las conclusiones de los diarios británicos demuestran una vez más su cultura democrática:

DESAFÍO. “Las críticas de Blair son un motivo de orgullo. La información es la base de nuestras críticas, pero creemos que nuestros lectores quieren más: diferentes tipos de comentarios, primeras páginas provocativas y, sí, opiniones detrás de las noticias. Es difícil imaginar qué tipo de periodismo quiere Blair, pero seguro que no es éste” (The Independet).

CRÍTICA E INDEPENDENCIA. “Intentar someter a la prensa a un tipo de regulación estatuaria, sólo podría, en contra de los argumentos de Blair, deteriorar la libertad de expresión y de las personas. Encontramos su discurso profundamente molesto, basado en premisas falsas y merecedor de la refutación más intensa” (Daily Telegraph).

LIBERTAD. “La prensa británica es todas las cosas que Blair ha dicho que es, pero debe seguir siendo libre para ser ambas cosas, horrible o magnífica” (The Guardian).

RESPONSABILIDAD. “Los periodistas tienen el derecho de pedir explicaciones a los políticos y a las organizaciones, pero tampoco deben tener miedo de dar explicaciones ellos mismos. Los lectores son inteligentes y reflexivos, nos les engaña un artículo o un politico” (The Times).

Los periodistas, «bestias salvajes»
Por JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS / Director de ABC (España)

TONY Blair, sobre un esqueleto político muy meritorio, fue también una gran -extraordinaria, diría yo- creación mediática. El premier británico llegó a fascinar a los periodistas y a los editores porque reunía todo un conjunto de atributos personales y profesionales que encajaban como anillo al dedo en lo que los profesionales de la información venimos en denominar «una buena historia». El desgaste que produce el ejercicio del poder -muy corrosivo en el caso de Blair por su implicación en decisiones muy impopulares como la invasión de Irak y episodios de corrupción en el Partido Laborista- ha dejado al personaje situado en una perspectiva distinta, despojada del cortejo de circunstancias que le aureolaban como una apuesta mediática segura.

Blair y los medios se han utilizado de modo recíproco. Uno y otros han entrado en ese juego a menudo peligroso del compadreo, la empatía coyuntural y el achicamiento de las distancias sanitarias, siempre aconsejables entre esos ámbitos, lo que irremediablemente ha conducido a la hostilidad y, por parte del jefe del Gobierno británico, a un análisis del sector de la comunicación excesivo en su expresión aunque no desacertado en cuanto al fondo de la cuestión. Su intervención en el Instituto Reuters para el Estudio del Periodismo, que se produjo en la sede de la agencia británica en Canary Wharf de Londres el pasado martes, ha provocado un debate que era el que buscaba el primer ministro británico al sostener que los periodistas son -somos- «como bestias salvajes, haciendo añicos a la gente y a su reputación».

Extraída esta expresión de su contexto, resulta infamante; pero adquiere cierto sentido -siempre que se considere una metáfora en cualquier caso hiriente-si se inserta en otras consideraciones atinadas de Blair tales como que «el escándalo y la controversia derrotan al periodismo ordinario» o que «todo es triunfo o derrota, ya no hay grises, sólo blanco y negro». Esto último es cierto porque lo que ha sobrevenido es una competencia feroz compatible -por desgracia- con una alarmante desprofesionalización en los medios -que afecta tanto a periodistas como a editores-, de suerte que esta liza sin cuartel, sin reglas de compromiso, ha reducido, en palabras del dirigente laborista, «la capacidad de los medios para tomar las decisiones correctas». Esta es la clave de la cuestión: el turbión mediático se ha llevado por delante -o amenaza hacerlo- el acervo de intangibles que connotan la información y la opinión publicada, es decir, la ecuanimidad, el rigor y la solvencia. De manera que -siguiendo a Tony Blair- «la relación entre la vida pública y los medios está dañada de manera que exige una reparación», afirmación que apostilló con otra, incómoda para la profesión pero también cierta, según la cual «la confianza en los periodistas no es mucho mayor que la que hay en los políticos», para sostener después que «existe un deseo de imparcialidad, un mercado para informar de forma seria y equilibrada». ¿Cómo podría resolverse esta distorsionada situación? Blair contesta: «el cambio no puede ser impulsado por los políticos, sino por los propios medios».

Blair ha denunciado lo que el maestro Kapuscinski escribió y describió con una sinceridad arrolladora hace sólo unos años -en 2004- en Oviedo con ocasión de la entrega del premio Príncipe de Asturias. El reportero polaco dijo entonces que «junto a la palabra journalist funciona la expresión media worker. Y viceversa. Un media worker puede ser hoy presentador de telediario, mañana portavoz del gobierno, pasado mañana corredor de Bolsa y al cabo de dos días convertirse en director de una fábrica o de una multinacional petrolera. Para él -seguía el ya fallecido periodista- este trabajo no tiene nada que ver con conceptos como deber social u obligación ética. Lo suyo es vender un producto, como cualquier otro trabajador de servicios, que constituye la parte de león -y cada vez más numerosa- de las profesiones existentes en el mundo desarrollado».

La lucidez de Kapuscinski le ha hecho merecedor de la admiración de la profesión periodística, pero no ha provocado corrientes internas -nacionales e internacionales- que reparen el desastre en el que podría incurrir el universo de valores cívicos si los periódicos de calidad no enderezan el rumbo. Volver a tomar el norte consiste, básicamente, en considerar que el destinatario de la obra intelectual -así puede definirse un diario de calidad- no es el mercado, sino la sociedad. Somos los periodistas -con editores profesionales y no con «businessmen a los que nos les importa que la noticia sea verdadera, importante o valiosa sino que sea atractiva», según el ya citado Kapuscinski- los que debemos negarnos a transformar la naturaleza de nuestra función. El mercado se está sobreponiendo a la sociedad. El mercado reclama audiencias altas y rentabilidad publicitaria; la sociedad, referencias solventes y debates de principios, criterios y valores. El mercado desea divertimiento, morbo y escabrosidades -eso que se llama atractibilidad informativa-, pero la sociedad exige el respeto a los procesos de reflexión, la preservación de las libertades colectivas e individuales y la reivindicación de un sistema de convivencia con derecho, si el caso fuere, al aburrimiento, a la rutina democrática, tan saludable, por otra parte, para la estabilidad general. La espectacularización de la noticia -que es lo que requiere el mercado, pero no la sociedad- sugiere machaconamente una mentira con el propósito de convertirla en una verdad: que los periodistas formamos parte de una especie de farándula de la que se esperan emociones y sensaciones fuertes y un permanente servicio a las visceralidades ciudadanas, pero no rigor, ni ecuanimidad, ni responsabilidad.

La lógica del mercado no es la lógica de la sociedad. Las «bestias salvajes» -los periodistas en metáfora hiperbólica de Tony Blair-responden a la primera, pero no a la segunda que es en la que debe anclarse el periodismo de calidad, consciente de su propia misión en la que no siempre, sino todo lo contrario, se superpone lo mercantil sobre lo cívico. Cada medio -y me refiero de forma especial a los periódicos y los espacios informativos de los audiovisuales, así como al periodismo digital- se va a enfrentar a un dilema: el de retratarse en su verdadera naturaleza: sensacionalista o rigurosa; arbitraria o solvente; frívola o irresponsable. Y esta opción no es una cuestión sólo británica planteada en términos rotundos por el dimisionario Blair. Comienza a ser un debate occidental que encuentra en España un escenario en el que esa «reparación» que merecería la sociedad dispuesta a consumir seriedad y equilibrio es más necesaria que en otros lugares. Porque la prensa española sí se preguntaba hace treinta años -durante esa Transición reivindicada por el Rey el pasado jueves en el Congreso de los Diputados-sobre la verdad y la mentira; sí se cuestionaba acerca de sus responsabilidades y obligaciones; sí se atenía a unas reglas de compromiso que ahora se han volatilizado contribuyendo a la banalización general que padece la convivencia española que se materializa en graves imposturas, enormes mentiras y simulaciones. Lo denuncia -vuelvo a él- Kapuscinski al sostener que «el peligro consiste enque los medios -convertidos en un auténtico poder- han dejado de dedicarse exclusivamente a la información para fijarse un objetivo mucho más ambicioso: crear la realidad». Y es verdad que algunas realidades virtuales hacen más daño que las auténticas. Por eso, Tony Blair no se ha confundido sino en el empleo de los términos. Desde luego, no en el diagnóstico.

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:36 am

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“La gente” y la actualidad

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La mediatización de una huelga, su lógica y sus consecuencias. La retórica inflamada de muchos editores voluntarios. Somera caracterización de “la gente”. Duda razonable sobre la lectura de encuestas. La conducción de ATE y la comisión interna. La táctica del Gobierno y su giro hacia la dureza. Y una renuncia a recetar.

Por Mario Wainfeld / PÁGINA 12 – Domingo, 14 de Agosto de 2005

“Si a mí me toca gobernar, yo entre la gente y los gremialistas,
elijo a la gente. Y entre los piqueteros y la gente elijo a la gente.”
Mauricio Macri

“Nadie puede dudar de que las cosas recaen. (…) Y no hablemos de las palabras, esas recayentes deplorables.”
Julio Cortázar, La vuelta al día en ochenta mundos

Si un embotellamiento de tránsito (contingencia o rutina cotidiana en cualquier metrópoli) se designa “caos” sencillamente porque ha sido causado por manifestantes, se está devaluando el complejo sentido de la palabra “caos”, en la Argentina muy milica ella. Si cada movida o cada actor de un conflicto laboral es aludido como “terrorista” o “subversivo” se está hablando fuera del tarro. Si se sindica a los chicos como “rehenes” se importa jerga bélica al debate que se supone democrático. Funcionarios del Gobierno o periodistas vitaliciamente indignados señalan que sus contendores gremiales “hacen política”, de modo tal que sugieren que tal opción se emparenta con el delito o con algún modo de canallería. Los funcionarios son peronistas, esto es, de una tradición política que hizo un culto de la politización de la columna vert…, perdón, del movimiento obrero. Hoy mismo, aunque la columna está artrítica, abundan candidatos de estirpe sindical en las huestes de los neolemas peronistas de toda laya, Frente para la Victoria bonaerense incluido. Se percibe incluso una fuerte impronta gremial en la lista local del mismísimo PJ Capital. Pero la coherencia no preocupa a quienes emiten diatribas por los medios, en pos de sintonizar con el supuesto cualunquismo del público medio, alias “la gente”. Si usted reprocha al otro “hacer política”, se coincide, gana puntos con “la gente”.

Es un dato de la realidad que los conflictos sindicales, en la actual conformación del sistema productivo y de la comunicación, tengan los medios como arena principal. Un refinado laboralista español, Antonio Baylos Grau, escribió ya hace años que “la visibilidad del conflicto es condición de su eficacia”, lo que exige a los trabajadores “sacarlo del lugar donde se asienta la empresa (y trasladarlo) a la vida ciudadana cotidiana, a la normalidad de la ciudad”. Y añade, por si hiciera falta, que es esencial al efecto “el espacio en los mass media”. “El discurso del conflicto debe ser presentado y traducido por otros para poder afirmarse”. La demostración es consustancial a la huelga, eventualmente más importante que el daño a la producción, típico de las huelgas del fordismo. BaylosGrau propone un ejemplo simpático (aunque polémico) que vale la pena traer para acá. Las huelgas “a la japonesa”, en las que los trabajadores siguen produciendo pero cambiando el porte de su ropa o ciñéndose trapos de color en la cabeza, apuntan a ese fin: ostentar la disidencia, lo que puede ser más relevante y lesivo a la patronal que dejar de producir. El ejemplo es desafiante, pues alude a la complejidad en un país donde los facilistas, que son legión, lo suelen mentar para demostrar que acá algunos no quieren laburar y que a los trabajadores autóctonos les falta “creatividad”.

Si los medios son el ágora es dable reclamar a los que debaten que apelen a cierta racionalidad. Muchos protagonistas sustituyen la discusión por una ansiosa procura de títulos para los medios. Palabras drásticas, estridentes, hueras de sentido, son más atractivas que discursos sensatos y constructivos. Dicen que lo cortés no quita lo valiente…, eso será en Japón.
La exasperación discursiva se corresponde malamente con otros actos públicos de las partes en conflicto que transcurren sin violencia y con aceptable legalidad. La legislación es amplia respecto del derecho de huelga, de raigambre constitucional. Y, por caso, veda que el Ministerio de Trabajo declare ilegalidades al voleo. Eso no obsta para que comunicadores de derecha (que tienen al menos la virtud de la coherencia) y otros de lábil ideología (móvil al son de “la gente”) pidan a gritos que el Gobierno tome una decisión ilegal. Algunos funcionarios de postín rezongan en voz baja porque no se hace. El proverbio latino “dura lex sed lex” no tiene tanta raigambre mediática como el neologismo “vox genti, vox dei”.

Hablemos del Garrahan:

El caso haría el solaz de cualquier politólogo sueco que estudiara la realidad nativa. Una huelga conducida por un delegado trotskista minoritario dentro de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE), que integra la rebelde central sindical alternativa a la CGT. Una repercusión mediática enorme, buscada en parte por los huelguistas pero también fomentada por el propio Gobierno, varios de cuyos funcionarios compiten en eso de proferir títulos impactantes. Un organismo bigubernamental cuya conducción alberga a médicos también sindicalizados cuya paga también está en negociación.
La derecha corre al Gobierno por derecha, el oficialismo se enfada pero se ancla en la voz de “la gente”, las encuestas. En la Casa Rosada se tabula que “la gente” está masivamente contra la huelga. Los sondeos de varias consultoras mencionan mayorías aplastantes, ochenta o noventa por ciento de rechazos. Esa lectura de la opinión media incidió en la decisión oficial de cesar de proponer la negociación. Y, aunque no se diga en voz alta, tal vez influya para no convocar a conciliación obligatoria a esta altura del entuerto. Ese instrumento sólo puede utilizarse una vez por conflicto. En el Garrahan ya hubo un paro en abril, que terminó en una transitoria solución negociada. La situación actual puede ser considerada una prolongación de la anterior o un nuevo conflicto, los límites legales no son tan tajantes. Hoy por hoy, el Gobierno podría elegir la exegesis más laxa y crear un paraguas para negociar. Pero, hoy por hoy, el Gobierno es arisco a negociar. Interpreta que está frente a un “caso testigo”, que un acuerdo triunfal para la comisión interna tendría un fenomenal efecto cascada. En eso, aunque a nadie le agrade el parangón, su razonamiento se emparenta bastante con el del delegado Gustavo Lerer, que se ha convertido siquiera coyunturalmente en una figura nacional y en una bestia negra de la Casa Rosada.

Sin discutir la probidad de los encuestadores, es dable proponer que las opiniones de “la gente” no son unívocas ni están comprometidas con los medios tendientes a lograr los fines perseguidos. Tratando de decirlo demodo más claro, “la gente” puede censurar la huelga pero es verosímil, hasta probable, que también rechace eventuales despidos o sanciones. Los encuestados no proponen planes de acción, expresan transitorios estados de ánimo. Cuando los piquetes estaban tan de moda como su demonización, “la gente” pedía su cese, pero no bancaba que el Gobierno accediera a sus reivindicaciones ni tampoco que los reprimiera.

En el Garrahan, las cosas son más complicadas, entre otras cuestiones porque ya no se trata de pobres estructurales, sino de trabajadores estatales de clase media, con las que “la gente” puede sentirse más identificada. Cuesta creer que exista la filo-unanimidad en su contra que proclaman los sondeos y sus más conspicuos seguidores. La sensación térmica de los llamados de oyentes a programas de radios no fascistas sugiere un balance distinto.

Asamblea y sindicato:

Las diferencias entre la conducción nacional de ATE y la comisión interna del Garrahan son un dato importante del conflicto, máxime porque no es el primero de esas características. La relativa originalidad es que la asambleística y combativa interna se ubica “a la izquierda” de un sindicato de larga tradición militante y combativa.

Pablo Micheli, secretario general de ATE, es un protagonista importante del conflicto, aunque tenga bastante menos cámara que Lerer o que Ginés González García. Micheli tiene una actitud más negociadora que Lerer, que le permitió cerrar trato en los casos del Hospital Malbrán y el Posadas.

Micheli produjo un par de hechos inusuales entre dirigentes no ya sindicales sino argentinos. Entre ellas la de participar de asambleas que le eran adversas y quedar en minoría sin que se le cayeran los anillos. Dar la cara ante sus compañeros, proponer su postura, respetar a la asamblea sin renegar de su posición es una interesante conducta democrática en un medio donde los dirigentes prefieren evitar la polémica antes que “perder”. Con lo cual, todos titulan para los medios pero pocos discuten en ese o en otros foros.

Anteayer, sin ir más lejos, Micheli mocionaba una tregua más larga que la que decidieron los asambleístas. Las posiciones de Lerer son más extremas y la asamblea del Garrahan (coinciden todos los sectores) no le va en zaga jamás.
El Gobierno prefiere, con toda lógica, negociar con un sindicato que con una comisión interna muy vigilada por sus asambleístas. Puesto en nombres, prefiere discutir con Micheli antes que con Lerer. La –en tal rumbo congruente– táctica oficial durante varios días fue pivotear sobre las diferencias entre los distintos sectores de ATE, haciendo palanca en los humores de la opinión pública. El miércoles a la noche obró un giro que se mantiene hasta el cierre de esta nota, en la tarde del sábado y que puede no ser definitivo. Fue entonces que se intimó a los trabajadores a retomar tareas bajo apercibimiento de despido. Una presión tamaña no podía sino catalizar la unidad entre la interna y el sindicato. La lectura oficial para dinamitar los puentes era que ya se había llegado a un leading case de proyecciones enormes.

La jueza Silvia Sayago dictó una medida de no innovar de libro, tendiente a evitar que las vías de hecho escalasen condicionando irremediablemente las tratativas. Es una medida cautelar clásica, cuya sencillez conceptual amerita la módica fundamentación de la magistrada, que impidió que la sangre llegase al río. Pura sensatez, para variar.
En plan de romper lanzas con ATE el Gobierno inició trámites para imponerle una multa. En Trabajo y la Rosada aseguran que de ahí no se pasará, pero en la CTA se teme que sea el comienzo de una escalada que vaya en pos de la personería gremial del sindicato de Estado más opositor al Gobierno.

Los asambleístas produjeron el viernes un gesto que sin duda preocupa en estas horas al Gobierno, aunque tributa al estilo presidencial. Apelaron directamente a la autoridad de Néstor Kirchner, desautorizando las instancias ministeriales que funcionaban. Algo que a Kirchner le gusta acudir… cuando él tiene el control de la situación
Con la relativa calma del fin de semana largo, el conflicto sigue irresuelto. Aunque se diga lo contrario, la postergación no es tan dramática, lo que amerita una infrecuente…

…advertencia al lector, con data básica

A esta altura de una larga columna el cronista se siente en el deber de anticipar algo que debería ser evidente. El muy atizado mediáticamente conflicto de un hospital público, liderado por una fracción de un sindicato, de cara a una sociedad donde está latente el “que se vayan todos”, es muy difícil de resolver. El cronista lamenta ser uno de los pocos comunicadores que no dispone de una solución sencillita, operable en un par de minutos, que satisfaga a los trabajadores, mantenga equilibradas las arcas fiscales, preserve la unidad del sindicato y la reputación del Gobierno, entre otras cosas. Y que, encima, cuente con el aval de “la gente”, que tiene sus devaneos casquivanos entre un sondeo y otro. El Gobierno tiene recursos materiales y simbólicos pero (por suerte) está limitado por las leyes y por el Poder Judicial. Lerer puede ser considerado exageradamente intransigente pero está limitado por su propia conducción sindical y también sujeto al escrutinio permanente de sus bases. Todos saben que la opinión pública, más allá de cuanto se la banalice, también pesa en el conflicto sobre todo si éste se prorroga.
Por consiguiente, ante un marco intrincado, con múltiples actores que tienen sus límites, el cronista renuncia a predicar cómo zanjar el tema en un periquete. Piensa que la solución está pendiente de gestión por los sectores en pugna, por su propia dinámica.

Sí cabe señalar una información básica que a veces se escamotea. El derecho de huelga reconoce limitaciones importantes en caso de servicios públicos, como el de salud. La lesividad, la posibilidad de daño de la medida se restringe severamente en este tipo de paros. Es el caso de las guardias mínimas que los trabajadores deben respetar. Nadie discute la facultad del Gobierno para imponerlas, aunque sindicalistas y funcionarios disienten acerca de su cumplimiento. Esa polémica no debería ocultar que, contra las consignas que se bartolean con gran impunidad, nadie ha dicho en serio que los chicos que se atienden en el Garrahan estén en riesgo. El Gobierno acusa a los gremialistas de no cumplir las guardias mínimas pero no ha dicho (ni menos puesto en negro sobre blanco) que exista abandono de personas, sencillamente porque no hay tal.

De tiempos y de medios:

Tal vez no sea fantástico, pero sí es inexorable que las luchas gremiales se mediaticen, pero eso no las priva (no debería privarlas) de tener su propia lógica, su cadencia temporal. Por decirlo de modo metafórico, casi nada en la vida pública o privada debe zanjarse, sí o sí, antes de que termine el noticiero de las ocho, aunque el noticiero de las ocho enuncie otra cosa y unos cuantos protagonistas actúen en consecuencia.
Un conflicto no debe eternizarse, claro está, porque eso atenta, entre otras cosas, contra su legitimidad y la cohesión de los reclamantes, pero no hay cuestiones vitales que obliguen a abreviar dramáticamente los plazos de la pulseada.

A modo de colofón:

El Gobierno alega que estuvo dispuesto a negociar, que puso la condigna mesa, que hizo ofertas mejorando las condiciones generales de trabajo y que se iba en pos de aumentos salariales consensuados. Que fueron los trabajadores, en especial Lerer, quienes se retiraron de la negociación, por falta de voluntad de acordar. Durante unos días el Gobierno postuló que sus puertas estaban abiertas y la susodicha mesa esperando. No es ése su planteo desde el miércoles. Ahora, propone el Presidente que se siente desafiado en su autoridad, no hay retorno al diálogo. Nada es definitivo en las viñas del Señor, pero así están las cosas, de momento.

Sotto voce, varios funcionarios reconocen que la virtual negociación ahora congelada podría haber avanzado merced a una variación en el reparto de la nueva torta salarial. Los enfermeros se quejan de haber sido discriminados negativamente en la nueva propuesta respecto de los médicos, con quienes vienen estando sensiblemente enfrentados. Esa fragmentación entre trabajadores se sobreimprime a las muchas que enlaza este conflicto.

Los sindicatos de Estado, ya se sabe, son unos cuantos. Tienen variopintos estilos políticos, adscriben a distintas centrales sindicales y cuando (¡horror!) “hacen política” eligen colectivos muy dispersos. Los enfermeros y los médicos de un mismo hospital están en bastante desacuerdo. Las fuerzas políticas tienen cada vez menos raigambre social y las gremiales también han quedado desfasadas, en mayor o menor medida. Muchos comunicadores se proclaman representantes de “la gente” (que jamás los votó ni para Presidente, ni para secretario general ni para delegado), hacen tabla rasa con la dificultad del caso y proponen variadas modalidades de mano dura. La fenomenal crisis de representación que aqueja a la Argentina tiene en el caso Garrahan un muestrario interesante.

Volvamos al principio. El lenguaje desmesurado arriesga producir un efecto contrario a su intencionalidad básica, el de privar de significación a lo que designa. Si cualquier cosa se equipara a un genocidio, la gravedad del genocidio empalidece. Si se llama “terrorista” a cualquiera que abusa de su poder o negocia malamente, no es tan grave serlo.

Las hipérboles suministradas en grandes dosis suscitan acostumbramiento, no sorprenden. Los gritos ensordecen. Y, ojo que esa regla mediática no está en suspenso, aburren.

Una relativa injusticia ha cometido esta nota, en su comienzo. La frase de Macri que la encabeza, desdichadamente, no integra sólo el glosario de la derecha torpe y preverbal que expresa inmejorablemente el presidente de Boca. Demasiados políticos, incluidos algunos con despachos muy envidiados, hablan de “la gente” emparentándola demasiado con ciertos tramos de las clases medias urbanas. Quizá pueden hacerlo porque no cunde el hábito de repreguntarle qué diantres son, si no son “gente”, los dirigentes sindicales o de desocupados y las bases que (bien o mal) los acompañan.

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:34 am

El lenguaje de los políticos se mueve entre la pedantería y la vulgaridad

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Curso del filólogo y académico Manuel Seco sobre los problemas del español actual

Por ENRIQUETA ANTOLIN / EL PAÍS – Cultura – 27-01-1981

La pedantería y el falso lenguaje democrático son los dos polos opuestos a partir de los cuales se mueven los políticos españoles a la hora de transmitir sus ideas, tanto dentro como fuera del Parlamento. Con la pedantería tratan de ocultar, en ocasiones, la vaciedad de los contenidos de sus ideas. Y con el lenguaje «en mangas de camisa» tratan de acercarse al pueblo. El académico y filólogo Manuel Seco, que en la actualidad prepara un Diccionario del español actual, ha reflexionado sobre estos temas. Fruto de ese estudio son aquellas conclusiones y las conferencias que hoy comienza a dar en la Fundación March bajo el título de Problemas de la lengua española. «Hay quienes creen que en materia de lenguaje lo democrático es hablar como las clases populares, y que hablar bien es cosa de carrozas o de gentes de derechas», nos dice Manuel Seco, filólogo, catedrático y académico de la Real Academia Española. «Los políticos, salvo honrosas excepciones, se expresan con abandono y vulgaridad. Parece que con ello quieren dar la sensación de que están con el pueblo, y de lo que realmente dan sensación es de que son unos ineptos». Para el académico, esta es una postura absolutamente demagógica, «porque lo verdaderamente democrático», dice, «es dar al hombre del pueblo el principal instrumento para hacerse ciudadano y progresar socialmente: el dominio del lenguaje».Como prueba de este falso lenguaje democrático, de este hablar como «en mangas de camisa» que se ha hecho habitual en el Parlamento y en las declaraciones de los líderes políticos, está el uso de muletillas coloquiales, la pronunciación familiar, el descuido afectado en un intento absurdo de «bajar hasta el pueblo». En el otro extremo se sitúan los políticos, «que se escudan en un lenguaje pedantesco que les sirve para ocultar la vaciedad de sus declaraciones». No le extrañó, por tanto, a Manuel Seco que a principios del pasado mes de diciembre el diputado Antonio de Senillosa hiciera en el Parlamento una interpelación «sobre atentados del Gobierno y organismos oficiales contra la lengua castellana», ni que pusiera ejemplos tan bochornosos sobre la ortografía usada en algunos documentos oficiales que «motivarían un suspenso si fueran cometidos por un estudiante de enseñanza general básica».

Pero es a esa misma enseñanza a la que el académico acusa en primer lugar del deterioro de nuestra lengua. «Villar Palasí nos hizo polvo a todos», dice, «destruyendo el bachillerato y sustituyéndolo por una enseñanza general básica, para la que tuvo que improvisar una cantidad de profesores que evidentemente no estaban preparados para ello». Considera Manuel Seco que la sustituta del bachillerato está llena de pedantería, empezando por su mismo nombre y siguiendo por las áreas, evaluaciones y pretecnologías. «A veces, cuando hablo con colegas extranjeros sobre estos temas, me da vergüenza usar semejantes términos».

El académico está empeñado en estos momentos en la redacción del Diccionario del español actual, en el que, «a diferencia de los diccionarios corrientes, se eliminan multitud de arcaísmos y, al mismo tiempo, recoge numerosísimas voces que no están en ellos. Incluye palabras jergales, palabras malsonantes y extranjerismos». Manuel Seco ve con pesimismo la realidad de nuestro idioma, «porque el dominio del lenguaje por parte del ciudadano medio es más bien poco brillante. A la mala educación idiomática que padecemos hay que añadir el poco interés por la lectura. El número de analfabetos reales es mucho mayor que el que recogen las estadísticas, pues el problema no está en saber leer, sino en leer».

La actitud de los jóvenes ante el idioma, con la adopción cada vez más frecuente de la jerga cheli, la vaguedad de sus términos y el hecho de que se hacen cada vez más necesarias la ayuda del gesto y del tono de la voz para reforzar lo que oralmente no ha sido expresado, contribuye a su actitud pesimista. «Esta falta de dominio del idioma es muy grave, porque no sólo constituye una mutilación de la ,mente; es que además es una situación de inferioridad que nos deja inermes ante los embaucadores de todos los signos».

A la hora de las responsabilidades, los medios de comunicación tampoco están libres de culpa, en opinión del académico. «De la radio y la televisión tengo que decir que no se vigila como sería necesario la dicción de locutores y presentadores. Se oyen acentuaciones como homília o acrobacia, aparecen letras parásitas como en preveer o inflacción, y con los nombres extranjeros y aun con algunos españoles se hacen toda clase de variaciones posibles en acentuación y pronunciación». La Prensa sale un poco mejor parada, porque -dice-, «generalmente ni los escritores ni los periodistas destrozan el idioma, aunque los redactores de todos los medios recibirán mi cordial aplauso el día que dejen de decir eso de han habido protestas, en base a, de cara a, de alguna manera y muchas formas de expresión en las que -con desacertado criterio- han tomado como maestros a los políticos».

En el tema polémico de la inclusión de locutores con marcada pronunciación regional en los programas nacionales de radio y televisión, Manuel Seco toma partido por lo que los lingüísticos llaman «forma estándar del idioma», es decir, la que es válida para toda la nación. «Y que conste que no me refiero solamente a fonéticas como la andaluza o la canaria, por ejemplo. Si un madrileño hablara como un castizo le opondría los mismos reparos, porque estas pronunciaciones, que son perfectamente válidas en su ámbito, son inadmisibles en un medio de comunicación nacional. Los responsables de radio y televisión deberían saber cómo se cuida este aspecto en los países civilizados».

De lo que no hay manera de librarse, según parece, es de la creciente inclusión de palabras inglesas en nuestra lengua. En opinión del académico, «mantener una postura tajante frente a esta colonización es inútil, pues la realidad es que somos una colonia. Algunos extranjerismos son absolutamente necesarios, otros son útiles, pero también hay algunos inútiles, motivados por mera ignorancia y por esnobismo y éstos son los que debemos rechazar».

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:32 am

sustantivos en el lenguaje político

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El documento es una carta enviada por el PSOE, que esta dirigida a aquellos jóvenes votantes que ejercieron su derecho al voto por primera vez en las pasadas elecciones del 25 de Mayo. Es una carta que refleja el intento de llegar y satisfacer a todos los sectores sociales.

(campaña electoral del PSOE en las elecciones de Octubre de 2003)

En el documento adjunto se ven subrayados, el numero de sustantivos considerados relevantes dentro del texto. A continuación se aportan las definiciones que da la RAE sobre los sustantivos más importantes dentro de la previa selección.

• Democracia: Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado o Nación.

• Disculpa: Razón que se da o causa que se alega para excusar o purgar una culpa.

• Error: Acción desacertada o equivocada.

• Traición: Falta que se comete quebrantando la fidelidad o lealtad que se debe guardar o tener.

• Interés: Provecho, utilidad, ganancia.

• Ilusión: Esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo.

• Valores: cualidad que poseen algunas realidades, consideradas bienes, por lo cual son estimables. Los valores tienen polaridad en cuanto son positivos o negativos, y jerarquía en cuanto son superiores o inferiores.

• Decisión: Determinación, resolución que se toma o se da en una cosa dudosa.

• Presente: Tiempo que sirve para denotar la acción o el estado de las cosas simultáneos al momento en el que se habla.

• Futuro: Tiempo que sirve para denotar una acción, proceso o un estado de cosas posteriores al momento en que se habla.

• Compromiso: Palabra dada.

• Voto: Expresión publica o secreta de una preferencia ante una opción. Gesto, papeleta u otro objeto con el que se expresa tal preferencia.

• Solidaridad: Adhesión circunstancial a la causa de otros.

• Justicia: Aquello que debe hacerse según derecho o razón.

• Libertad: Facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, o de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.

• Tolerancia: Respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias.

• Paz: Pública tranquilidad y quietud de los Estados, en contraposición a la guerra o a la turbulencia.

• Respuesta: Satisfacción a una pregunta, duda o dificultad. Acción con que alguien corresponde a la de otra persona.

• Necesidades: Todo lo que es necesario para alguien o algo. Imprescindible, que hace falta para un fin.

• Derecho: Facultad de hacer o exigir todo aquello que la ley o la autoridad establece en nuestro favor. Conjunto de principios y normas, expresivos de una idea de justicia y de orden, que regulan las relaciones humanas en toda sociedad.

• Medidas: Disposición, prevención. Tomar, adoptar medidas.

• Empleo: Ocupación, oficio.

Algunas de las palabras indicadas están escritas en Plural. Se ha hecho así porque he considerado que ciertos sustantivos denotan mas significado en plural, tal y como se encuentran escritos en el texto.

– “Para que gane la democracia”

La construcción de ésta frase es muy reveladora de los propósitos de una campaña electoral. Es una oración de finalidad en la que, el elemento principal, es el sustantivo democracia, que funciona de sujeto del verbo conjugado gane.

“Para que” funciona como elemento discursivo dentro de la oración.

* Entonces, tras el análisis gramatical de la oración y observando su significado en el DRAE, podemos concluir que se ha utilizado una palabra clave dentro de un contexto político y colocada dentro de una frase como elemento principal de ésta. Una palabra con connotación altamente positiva dentro del contexto electoral.

– “…cometimos un error… hemos pedido disculpas por ello…”

Se observa que el sustantivo error funciona, en esta oración, como Complemento Directo del verbo conjugado cometimos, sin el que la frase carecería de significado completo.

El significado de Error (véase definición) viene elocuentemente complementado por el sustantivo disculpas en la frase siguiente, seguido del sintagma preposicional que funciona como complemento predicativo del sustantivo disculpas, y que, “sustituye” a error.

* Podemos observar entonces que error se convierte en un importante elemento dentro del discurso, y que ve justificada su connotación negativa con otro sustantivo de significado eficaz para ello.

– “sobre todo, porque la traición de esas dos personas, movidas por oscuros intereses especulativos, hizo que se vieran frustradas tus ilusiones…”

Este bloque oracional esta formado por dos frases, la primera (introducida por el elemento marcador discursivo sobre todo) una oración causal cuyo sujeto es el sustantivo traición, que se ve complementado por: de esas (…) intereses especulativos.

Éste complemento preposicional (segunda frase del bloque) funciona como complemento del nombre. El sustantivo intereses, funciona como núcleo del complemento preposicional de régimen (del verbo conjugado movidas): por oscuros intereses especulativos.

Como decía, traición, es el sujeto de la oración principal, en cuyo predicado encontramos una oración pasiva refleja (que funciona como complemento Directo del verbo conjugado hizo), en la que ilusiones funciona como sujeto paciente.

* Vemos pues que el significado de error (en la frase anterior) sigue siendo justificado en éste bloque oracional, en el que se emplean dos sustantivos con connotación negativa: traición e intereses. Éste ultimo no tiene necesariamente una relación negativa, pero viene complementado por los adjetivos: oscuro (previo al sustantivo con el fin de enfatizar) y especulativo (vocablo muy integrado en la “terminología política”).

El significado positivo y optimista del sustantivo ilusiones recalca aun más el carácter negativo del resto de los sustantivos del bloque oracional.

– “… de compromiso con los valores democráticos…”

* Vemos que de nuevo se quiere recalcar el termino “democracia” empleado en la frase principal de la campaña. En éste complemento preposicional actúa como adjetivo modificador del sustantivo, núcleo del sintagma, valores.

También se puede remarcar el uso del sustantivo compromiso (acuerdo obtenido mediante confesiones recíprocas; DRAE), que sigue en la línea de significación de los anteriores sustantivos.

– “ De todos y todas (…) dependen las grandes decisiones del presente y (…) las actuaciones políticas que van a determinar el futuro…”

El sustantivo clave en este bloque oracional es, sin duda, discusiones. Éste actúa como sujeto paciente (modificado por el adjetivo grandes) del verbo depender y que está acompañado de un complemento preposicional, en el que encontramos presente, que funciona de sustantivo abstracto núcleo del sintagma preposicional.

Futuro es otro sustantivo destacado, cuya función es la de complemento directo de la perífrasis verbal van a determinar (ir a + infinitivo).

* Así pues, a partir del sustantivo decisiones, se utilizan dos palabras (presente y futuro) con un alto grado de importancia en los receptores del discurso. Dos sustantivos de gran importancia en la sociedad, introducidos por una palabra tan significativa como decisiones funcionando como sujeto paciente, lo cual resulta tremendamente revelador en cuanto a la importancia que se dan a estos sustantivos.

– “adquiero, en consecuencia, un compromiso contigo”

* Hay dos elementos a destacar en esta oración. Uno es el echo del uso del presente, que le da un sentido mas serio y estricto a la frase, que se ve mermado por el tuteo hacia el receptor.

El segundo factor a destacar es el sustantivo, en función de Complemento directo, compromiso, muy recurrente dentro del lenguaje político en las campañas

electorales, tratando de llegar al receptor como persona individual y satisfacer así sus necesidades.

Otro asunto a destacar es la frase en sí. Se podría haber verbalizado el sustantivo compromiso, utilizándolo de la siguiente forma: Yo me comprometo contigo. Esto refleja la importancia que se le da al uso del sustantivo y su poder enfático en el significado de éstos.

– “(…) Mis valores (…): La solidaridad, la justicia social, la defensa del equilibrio medioambiental, la libertad, la tolerancia y la PAZ”

En este enunciado, encontramos una enumeración en la que los sustantivos toman una importancia especial.

* El término valores vuelve a ser utilizado, ésta vez en el desarrollo del discurso político, seguido de una especificación de los considerados importantes. Todos ellos son de gran aceptación social y se observa que se da más importancia a uno en concreto Paz, el cual aparece en mayúsculas. A esto se le pueden dar muchas interpretaciones políticas y dobles sentidos que no son elocuentes dentro del trabajo lingüístico que se está llevando a cabo aquí.

– “… Para dar respuesta a tus necesidades…”

Los sustantivos de esta oración forman ambos el núcleo de dos complementos del verbo dar, Complemento directo en el caso de respuesta y complemento indirecto en el caso de necesidades.

* Se destaca el uso del sustantivo respuesta como complemento del verbo dar, cuando se podría haber utilizado el verbo “responder”. Ésta peculiaridad muestra de nuevo la importancia que quiere dársele al sustantivo implicado.

* Sobresale el uso recurrente de sustantivos como voto, valores y compromiso.

* Se destaca mucho en el texto el tono de la pretensión de la satisfacción de las necesidades del ciudadano y de llegar no tanto al conjunto social sino al individuo como tal, reforzado este tono en porcentaje alto por sustantivos como medidas, necesidades y compromiso.

* Resulta llamativo a su vez que la mayoría de los sustantivos más destacados del texto, por no decir todos, desempeñan dentro de las frases funciones sustantivas y, en menor medida, de sujeto léxico.

* También se destaca la abundancia del uso de los sustantivos complementando un verbo, cuyo conjunto puede ser sustituido por una sola construcción o conjugación verbal que expresaría lo mismo: pedido disculpas (en ves de disculpar), hizo que se viera frustrada (en lugar de frustrar), ejercer el voto (en vez de votar)adquiero un compromiso (en vez de comprometer), dar respuesta (en lugar de responder)… Esto demuestra el énfasis que se le quiere dar a dichos sustantivos y a sus significados, prefiriendo dejar el verbo en un segundo termino para, de esta forma, destacar dichas palabras, muy usuales en la terminología política.

* Sobre lo anterior aun podemos encontrar una vuelta más en la tuerca fijándonos en el uso de perífrasis verbales como: habréis de ser o van a determinar, reflejo del intento de complicar las frases para subrayar el significado de las mismas.

**Como conclusión final a todo el estudio realizado, se puede afirmar que el sustantivo es un elemento claramente de grandísima importancia dentro del lenguaje político en las campañas electorales.

Written by Marisol García

August 3, 2009 at 12:30 am

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