Estilo y Narración II

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“Gato-mono” estremeció a lugareños de Lenca

Alexis Matamala Olavarría, Ulises San Martín Vera

El pasado miércoles 8 la criatura llegó a este mundo, a las 3 de la madrugada. La familia Navarrete Igor quedó estupefacta por el nacimiento
Estremecedores e insoportables fueron los maullidos, como un presagio de que algo extraño y anormal ocurriría. “Cuchi cuchi”, una gata, a las 3 de la madrugada del miércoles 8 del presente mes, trajo a este mundo a cuatro gatos en el patio de a casa de la familia Navarrete Igor, los cuales viven en el sector de Lenca, kilómetro 35 de la Carretera Austral.

La familia y, de sobremanera, sus pequeños hijos, Claudia (8), Carla (4) y José (3), estaban felices con la llegada de estos, aparentes, animalitos, mientras disfrutaban del parto de su “gata regalona”, que día a día llenaba sus corazones.

Uno de los cuatro “gatitos” dio a conocer la “gran diferencia” que tenía con sus hermanos, ya que su aspecto era característico de seres de fábulas y de terror. “Pensábamos que estaba muerto, porque la gata no lo

atendía ni amantaba como a los demás”, contó, asombrada, Rosa Igor,

madre de los niños.

Instantáneamente el “animalito” fue llamado como “gato-mono” por los niños. Lo más notorio de su aspecto fueron sus ojos, que a juicio de la mujer, eran “muy prominentes. Esto nos hizo convencernos de que era algo muy raro y sea lo que sea no era bueno”, confesó aterrada Rosa.

“Era muy feo, se parecía a un mono,

ya que tenía los dedos largos y ojos

muy sobresalientes. Mis pequeños hijos se asustaron mucho, pero los tranquilicé diciéndoles que era un monito del campo y que no era nada malo, aunque a mí me parecía un demonio”, contó la mujer.

El “gato-mono” jugaba con normalidad, en un principio, con sus demás hermanos, pero “Cuchi cuchi” no lo aceptaba. El animal poco a poco fue perdiendo fuerzas; sólo pudo supervivir gracias a los cuidados que le entregó la familia Navarrete Igor.

La corta vida de “gato-mono”, sin duda alguna, provocó conmoción tanto en los lugareños del sector como en los turistas. “Este monito llamó la atención de todos los vecinos de Lenca, quienes llegaron a la casa para verlo e, incluso, unos turistas lo fotografiaron, porque lo encontraron muy raro”, expresó la asombrada mujer.

Cada día transcurrido el “fenómeno” se hacía más diferente a los demás gatos, puesto que “¡sus ojos eran de fuego!”, según contó exaltadamente Rosa.

“Gato-mono” tuvo un corto existir, ya que su madre “cuchi-cuchi” lo aplastó, asfixiándolo, el pasado viernes. Este acontecimiento causó un dolor inesperado en la familia, sobretodo en los pequeños que se encariñaron, en cierta medida, con la extraña criatura.

Posterior al deceso de “gato-mono”, la familia botó su pequeño cuerpo, para así no dejar huella alguna de su corta, pero recordada existencia. Con este acto, ningún especialista pudo analizar su caso. Sin embargo, como se puede apreciar en las fotografías, “gato-mono” fue un ser de carne y hueso y no una simple invención de la pobladores de Lenca, como lo pudo comprobar en terreno “El Llanquihue”.

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Diario Aysén2010-02-12

Dos Heridos Graves Deja Violento Choque en Plaza del Pionero

En la imagen: Accidente ocurrió cerca de las 02:30 horas de ayer jueves.
Se produjo en circunstancias en que un vehículo marca Jeep, modelo Gran Cherokee, del año 2000, y en cuyo interior viajaban 4 personas, bajaba a exceso de velocidad por la mencionada arteria de Coyhaique.
La noche transcurría en calma en el sector de calle Baquedano. El ovejero, junto a su blanco rebaño, mantenía su paso eterno haciendo frente al viento, en medio del frío silencio forjado en hierro que lo envolvía. Las casas dormían, la luna también. Un gato negro, más negro que la misma noche, se deslizaba como una sombra invisible y acechante. Algunas cuadras más arriba, un grupo de jóvenes amigos bajaba velozmente por esa misma avenida a bordo de un vehículo lleno de bromas, risas, música. De vida y algunos tragos de más.
El reloj marcaba cerca de las 02:30 de la madrugada. Las luces del jeep Gran Cherokee iban abriéndose paso entre la espesura de la oscuridad. El gato escuchó el ruido del motor a lo lejos, rompiendo el silencio. Acercándose cada vez más rápido. Entonces, asustado, tuvo un impulso y decidió escapar de aquello que le parecía amenazante. El conductor del vehículo apenas alcanzó a ver la negra silueta que se cruzaba en su camino, y bruscamente giró el manubrio para esquivarla. Un breve estrépito trizó abruptamente la quietud de aquellas primeras horas de la madrugada. Luego, el silencio volvió a cubrirlo todo.
Y el gato, desde la vereda de enfrente, volteó la cabeza, contempló por un segundo las flores destrozadas de la plaza, esparcidas por el suelo, y desapareció.

En la UCI del Hospital Regional

Según informes de Carabineros, el violento choque ocurrido durante la madrugada de ayer jueves frente al número 631 de Avenida Baquedano, y que dejó un saldo de dos heridos de carácter grave y otros dos con lesiones leves, se produjo en circunstancias en que un vehículo marca Jeep, modelo Gran Cherokee, del año 2000, y en cuyo interior viajaban 4 personas, bajaba a exceso de velocidad por la mencionada arteria de Coyhaique, cuando sorpresivamente un animal atravesó la calzada, ocasionando la brusca maniobra del conductor, quien al intentar evitar atropellarlo se subió a la Plaza del Pionero, destrozando 25 metros de reja de madera y 3 carretas ornamentales de propiedad municipal. De estos ocupantes, cuyas edades fluctúan entre los 22 y 29 años, uno tiene domicilio en la comuna de Las Condes de Santiago, otro reside en Valdivia y los otros dos, que corrieron mejor suerte, pertenecen a Coyhaique.
Al lugar de los hechos acudieron la SIAT de Carabineros, una ambulancia del Hospital Regional, el GOPE y Bomberos, a fin de proceder a las labores de rescate de los ocupantes del vehículo, los que quedaron atrapados en su interior debido al estado en el que quedó la estructura del mismo a causa del violento impacto. Por orden del fiscal de turno, se realizó una causa basal que señala que el conductor se encontraba con estado de temperancia alcohólica en grado no determinado, sumado al exceso de velocidad en que se desplazaban, lo cual quedó evidenciado, además del nivel de destrozos y estado del automóvil, en la huella de la frenada, de unos 35 metros.
El conductor del vehículo quedó internado con politraumatismos en la UCI del Hospital Regional de Coyhaique, tras salir eyectado desde su asiento a través del parabrisas unos 50 metros, por lo que se presume que viajaba sin su cinturón de seguridad, mientras que el valdiviano permanece en observación en el mismo recinto hospitalario.

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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:37 pm

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haití y el terremoto: el polvo negro que lo impregna todo

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FRANCISCO PEREGIL – EL PAÍS – 07/02/2010

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Las buganvillas rojas, rosas y moradas sobre los escombros. Las casas que quedaron con la fachada hacia el cielo, como barcos hundiéndose; las que continuarán en la memoria volcadas hacia la derecha como una amiga que se recuesta sobre el hombro de la que acaba de irse. Jesucristo en un crucifijo de casi dos metros, en una esquina, en plena calle, y detrás de él, una iglesia desplomada. Cuatro muchachos presos detrás de las rejas de la comisaría de Carrefour pidiendo agua y comida entre risas. Los bomberos mexicanos abrazándose y hablando en círculo antes de inspeccionar las ruinas del palacio presidencial. Tantísima basura quemándose y sin quemar en las calles. Las mujeres cocinando a la luz de la luna en peroles inmensos. Las esculturas de los espíritus del vudú alargadas. Las familias echadas en sofás, camastros o en el suelo, a la puerta de un hotel o en cualquier plaza. Las calles cortadas para dormir.

El polvo negro que lo impregna todo de suciedad. Tantas montañas verdes con cientos y cientos de chabolas. Los barrancos resecos que cruzan las calles. Los charcos en medio de una vía principal; y en pleno charco, los guarros entre los vehículos. La forma en que se colocan la falda las mujeres para lavar o para sentarse, con la tela entre las ingles y las piernas desnudas. Las jóvenes bañándose con los pechos descubiertos sin ningún pudor y sin que los hombres las molesten con la mirada siquiera. La casa circular de la Autoridad Suprema del Vudú, con sus pequeños templos en medio del jardín, sus árboles eternales de troncos altísimos y los frutos maduros cayendo de golpe en el suelo. Los templos de los sacerdotes vudistas, en sótanos sucios, recónditos, y dentro de los templos, las pequeñas habitaciones con sus calaveras y las botellas de alcohol como ofrenda. Un hotel en ruinas, con los espejos rotos, las vigas partidas, las habitaciones amplísimas, con una silla detrás de las puertas como única cerradura, con periodistas y víctimas del terremoto durmiendo por las noches al raso sobre las losetas del borde de una piscina en la que nadie se baña. La gente caminando de noche en una ciudad de tres millones de habitantes, sin apenas luz eléctrica. Árboles preciosos de troncos que no podrían rodear tres hombres en medio de un barranco inmundo. La cantidad de coches todoterreno en un país tan pobre. Los mototaxistas jugándose su vida y la del cliente sin casco que los proteja a ninguno de ellos.

Pasear por un país negro tan masacrado por la historia y no encontrar una sola mirada de odio. Las mujeres con los sacos de comida y los barreños de ropa en la cabeza. Las fachadas rosas, verdes y azules del centro destruido. Los autobuses, claro, los autobuses con sus pintadas casi infantiles, lo mismo del Che, Jesucristo, Obama o Maradona. Los pastores protestantes cantando en misa con sus camisas blancas y corbatas negras a pleno sol; son la única gente que he visto con manga larga y corbata. Las colas a la puerta de las compañías de transferencias, con sus rejas en la entrada custodiadas por hombres armados. El carnet de identidad que el negro le muestra al blanco como tarjeta de presentación para trabajar como intérprete, conductor o lo que haga falta. Por supuesto, los cadáveres entre el polvo. Pero también la sonrisa de los chavales. Y las ganas de vivir.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:30 pm

Familiares y camaradas despiden al nazi de las letras chilenas

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Conoció a Herman Hesse y a Gandhi. Defensor del nacionalsocialismo, la prensa expectante esperó el momento. “¡Heil Hitler! ¡Heil Miguel Serrano! ¡Viva Chile!”, fueron las frases del último discurso, para quien murió de un derrame cerebral el pasado sábado.

Por Javier García / La Nación

La música de una gaita gallega lo despidió. Ayer, pasado el medio día, el sol no daba tregua en el Cementerio General. Miguel Serrano era despedido por sus familiares, admiradores y camaradas.
El escritor y diplomático vinculado al nacionalsocialismo, quien conoció a autores como Herman Hesse y Ezra Pound y que aseguraba que Hitler aún vivía en la Antártica, el sobrino del poeta Vicente Huidobro, falleció el pasado sábado a los 91 años a causa de un derrame cerebral.
Ayer a las 11 de la mañana se realizó una misa, junto a sus restos, en la Iglesia San Pedro, ubicada en el centro de Santiago. “Gracias a su luz pudimos ver el intenso fuego”, dijo uno de sus nietos, quien estaba acompañado de su pareja, la actriz Tamara Acosta. FOTO_02 W:170 H:183 16 kb
Al finalizar la misa, su hijo Miguel señaló un hecho clave en la vida diplomática de su padre: “Él defendió a Chile cuando la India pretendió internacionalizar la Antártica, por sus derechos históricos de una época milenaria, entonces mi padre se reunió con Nehru, y le dijo que Chile quería ser grande por la Antártica. Nehru lo pensó y le hizo caso al sueño de mi padre. Un hombre así le va a hacer falta a Chile”.
Después, familiares y seguidores se desplazaron al cementerio. Entre ellos, el escritor Antonio Gil, el pintor Gonzalo Ilabaca, y un grupo de partidarios del nacionalsocialismo, vestidos de negro, rapados y algunos con svásticas tatuadas en diversas partes de sus cuerpos.
El primero en hablar en el cementerio, luego de una caminata de unos 15 minutos desde la puerta del campo santo, fue quien se hizo llamar Amal, jefe maestre de la orden Hitlerismo serranista (provenientes del sur del país, quienes visten pantalón negro y camisa color pardo). Con sus brazos abiertos hacia el cielo exclamó: “¡Oh estrella de la tarde! ¡Oh estrella de la mañana! deja caer sobre nosotros tu luz onda, humedecida (…). El trovador, el peregrino de la gran ansia, el maestro de amor, libérate”.
Cámaras de televisión y un puñado de periodistas registraban el momento poco usual en un entierro.
Considerado como un extravagante defensor del nazismo, para Serrano fue muy impactante en su vida la matanza del Seguro Obrero, ocurrida en pleno centro de la capital en 1938, donde 60 jóvenes nazis fueron asesinados. Incluso ayer, el cortejo fúnebre hizo una pausa en el monumento que hay en el cementerio a los caídos del suceso histórico.
El poeta Armando Roa Vial, quien estaba presente, señaló sobre la relación del escritor con el nazismo: “A Miguel Serrano nunca hay que lavarlo del nazismo, era parte de su cosmovisión del mundo, él quiso buscar una clave de interpretación de la historia fuera de la tradición judeocristiana, en raíces paganas, germánicas y de la India, fuera del contexto político del nazismo”.
Luego, continuando con la ceremonia, habló Erwin Robertson, director de la revista Ciudad de los Césares, quien dijo: “Hoy hemos recordado al amigo y el camarada, al hombre de una trayectoria pública que sirvió a su patria desinteresadamente y hasta el final”.
El cajón que conservaba el cuerpo de Serrano estaba envuelto con una bandera chilena. Junto a ella estaba Fernando Saieh, uno de los grandes amigos del narrador, y seguidor del nacionalsocialismo, quien destacó al “ser único y consecuente hasta el final por haber entregado su vida a un ideal”, y agregó, refiriéndose al pasado sábado, día de su muerte: “Su partida oscureció en febrero el cielo de Santiago del Nuevo Extremo, y los truenos dejaron que las nubes lloraran su último suspiro (…). El alma gira y gira dentro del negro espacio ( ). Este es nuestro último homenaje jurando nuestra eterna lealtad. ¡Sí camaradas somos nacionalsocialistas, porque nuestro honor se llama lealtad! Somos nacionalsocialistas (…). Gracias Don Miguel por todo, y que la Providencia lo acompañe. ¡Heil Hitler! ¡Heil Miguel Serrano! ¡Viva Chile!”.
Momento en que levantaron su brazo derecho la mayoría de los asistentes, incluyendo la esposa del escritor, Sabela Quintela, quien sostenía en su mano izquierda el bastón que Serrano usara en sus últimos años.

La socialité fue una de las personalidades que estuvo en la misa fúnebre del ex diplomático, poeta, ensayista y místico
Julita Astaburuaga le subió el pelo al funeral del “Führer” criollo, Miguel Serrano
Manuel Vega O. ⎯ La Cuarta – 3/3/09
Fanaticada reprochó que nunca le entregaran el Premio Nacional de Literatura.
Con invocaciones a Wotan, el principal dios de la mitología nórdica, a Lucifer (el portador de la Luz) y a Oiyehue, Venus o la estrella del alba en la cultura mapuche, fueron despedidos ayer en el Cementerio General los restos de Miguel Serrano, ex diplomático, ensayista, místico, poeta clave de la Generación del 38 y creador el hitlerismo esotérico.
Los funerales estuvieron marcados por el ritual de sus seguidores, los camisas pardas del llamado “Hitlerismo Serranista”, y los torvos militantes del movimiento nacionalsocialista criollo.
También hubo música de gaita, anillos cubiertos de runas y blasones de sociedades supersecretas, cabros disfrazados como los asesinos de la SS, brazos levantados a la romana y hartos ¡Sieg Heil!, y ¡Heil Hitler!, los gritos de guerra inventados por el colega Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, para enardecer al pueblo alemán en la más triste hora de su historia.
SOCIALITÉ
La misa y el funeral, variopinto, reunió en la iglesia San Pedro, de Mac Iver 670 algunas de las más singulares personalidades del país: Desde la socialité Julita Astaburuaga que asistió al evento -a pesar de que no hubo cotelé-, por considerarlo todo un acontecimiento, al empresario Carlos Cardoen, pasando por la actriz Tamara Acosta y el ex miembro de las Juventudes Hitlerianas, Hugo Roggendorf.
La mayor parte de los asistentes criticaron -con justicia según los que saben-, que Serrano nunca recibió el Premio Nacional de Literatura.
“En Chile, para recibir ese honor, se puede ser asesino, comunista u homosexual, pero jamás nazi”, explicó a La Cuarta uno de los camisas pardas.
Miguel Serrano, a quien el escritor Enrique Lafourcade calificó como “loco peligroso” en una oportunidad, fue uno de los grandes pájaros raros del “Bestiario del Reyno de Chile”.
Se dice que tenía poderes sobrenaturales que adquirió en los Himalaya.
LEMEBEL
Pedro Lemebel cuenta en su última obra, “Serenata Cafiola”, que estando una noche degustando un pisco sauer junto a un maricueca en el bar Don Rodrigo, de improviso ingresó Serrano escoltado por dos cabezas rapadas.
Apenas lo vio, el nazi le dirigió una mirada de odio racista y homofóbico, y comenzó a recitar una fórmula mágica tibetana. Al finalizar la oración y ya cargado con el Poder que emana de la exposición temeraria a la sombra de la svástica apuntó su mano derecha contra la ex Yegua del Apocalipsis, que fue fulminado por una descarga de energía que lo lanzó contra la pared. Lemebel asegura que tras recibir la paliza cósmica que emanaba desde el tercer ojo del ahijado de Adolfo Hitler, huyó aterrado del bar con el hocico sangrando y el trasero tan damnificado que no pudo sentarse, sobre nada, durante una semana.
CARDOEN: “ERA UNA MENTE BRILLANTE”
El empresario Carlos Cardoen dijo que compartió con el Peregrino de la Gran Ansia, ahora liberado de las formas, muchas tertulias en Colchagua: “Tuve la oportunidad de conocer una mente brillante”.
“Recibí de él muchos regalos, especialmente sus pensamientos, pero entre todos los objetos materiales, el Museo de Colchagua cuenta con un objeto muy especial: El bastón de mando de Sri Pandit Jawaharlal Nehru (Fundador de la India). Éste fue donado por el estadista a Indira Priyadarshini Gandhi (el mito cuenta que Serrano pololeó con esta señora) y ella se lo regaló a don Miguel cuando era embajador en la India”.
Según Cardoen, el bastón ocupará un lugar de honor en la muestra.

Música marcial y homenajes despidieron a Miguel Serrano
“El hitlerismo esotérico del escritor, no perjudicó en nada su obra literaria”, comenta Armando Uribe. “Fue original, curioso y muy diferente”, complementa José Miguel Varas.
M. SALLATO / V. MANDUJANO – El Mercurio – 3/3/09
Con una iglesia San Pedro repleta, en Santiago centro, ayer en la mañana se inició la ceremonia religiosa para el escritor y ex diplomático Miguel Serrano, quién falleció el sábado a causa de un derrame cerebral. Allí, dos de sus hijos -Carmen y José Miguel-, y uno de sus nietos, el cineasta Sebastián Araya (“Azul y Blanco”) recordaron el legado que el intelectual desplegó en Chile y en su paso por India, Austria y Yugoslavia, donde fue embajador.
Conocido por su adhesión al nacionalsocialismo tras el impacto que generó en él la Matanza del Seguro Obrero en 1938 -cuando en el Gobierno de Arturo Alessandri se asesinó a 60 jóvenes nazis- Serrano cultivó una obra literaria contundente que quedó replegada a segundo plano por su radical posición política.
Congregó a la importante generación del 38 cuando a través de la “Antología del verdadero cuento en Chile”, dió a conocer una serie de rutilantes figuras para la literatura chilena. “Era una generación abierta, que dialogaba con intelectuales no sólo del círculo literario”, afirma el escritor Armando Roa, quien conoció a Serrano a través de su padre (otro integrante de la generación). “Miguel Serrano era literatura en sí mismo, su obra está marcada por sus viajes, su experiencia personal y sus lecturas, que van desde lo local, con Huidobro, por ejemplo, hasta autores europeos como Hermann Hesse o Nietzsche”, agrega.
Sus pares dicen que su escritura tenía la intención de crear una identidad nacional a través de la mitología, forjando lazos entre la historia, la geografía y el pueblo indígena; además de la influencia del misticismo hindú en la religión occidental.
Sin embargo, pese a sus méritos en las letras, nunca recibió el Premio Nacional de Literatura. “Sabía que no iban a dárselo por el tema del nacionalsocialismo, que fue una parte importante, aunque pequeña, en su literatura”, asegura su hijo José Miguel. Su obra siempre quedó a la sombra de su tendencia política, aunque lo cierto es que sus temas también se adentraron en la filosofía, la religión, y los mitos y leyendas, lo que lo acercó a figuras de distintas corrientes y color político. “Las personas que más conocían y apreciaban a mi papá eran los socialistas. Entre ellos hay intelectuales destacados que pueden dejar de lado los estigmas y ven el verdadero valor que tienen las personas, en cambio la derecha se avergonzaba de algunas cosas”, revela José Miguel Serrano.
El cajón fue retirado de la iglesia -mientras sonaba la tradicional marcha alemana “Yo tenía un camarada”- en dirección al Cementerio General, hasta donde llegaron adherentes del nacionalsocialismo a expresar su apoyo a quien consideraban un “héroe” y un mentor. Fernando Saieh -íntimo amigo de Serrano en sus últimos días-, leyó una carta donde dijo que “para él, era necesario mantenerse firme en los viejos sueños”, terminando con frases a favor del movimiento y con un “heil Hitler, heil Miguel Serrano, y viva Chile”.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:35 pm

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Jon Lee Anderson: Iluminado por el fuego

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Bien podría ser considerado el mejor cronista de guerra de estos tiempos. Ha estado en América latina, Africa, Asia y Medio Oriente. Es autor de una celebrada biografía del Che Guevara y de Guerrillas, un libro sobre todos los movimientos insurgentes del mundo. Para sus crónicas en la revista norteamericana The New Yorker, recorre las zonas calientes que la Guerra Fría dejó abandonadas. Y sus dos últimos libros sobre las invasiones a Afganistán e Irak son, lejos, lo más vívido que se ha producido sobre esas guerras de cobertura massmediáticas. Jon Lee Anderson repasa la vida aventurera que ya desde los 10 años lo llevó a querer ir a la guerra.

Por Martín Pérez / RADAR-Página 12, junio 2006.

La mujer está sentada en una de las varias sillas esparcidas por la calle. Mira los restos de una construcción de un par de plantas, que han caído una arriba de la otra con una extraña precisión. Por los juegos que lo rodean, el edificio supo ser una escuela. Extrañamente, casi no hay escombros a su alrededor. Sólo esos pisos aplastados uno encima del otro, rodeados por una gran cantidad de sillas y bancos, y esa mujer, sentada sola y en silencio, con la vista clavada en lo que antes del terremoto debió haber estado lleno de risas y gritos.

Casi derrumbado en un sillón del hotel en el que se hospedó en su última visita porteña, el periodista norteamericano Jon Lee Anderson reconstruye la imagen de aquella mujer con la que se topó mientras recorría una ciudad de México sacudida por el terremoto de 1985. Es el final de un día muy largo, como parece que –en realidad– son todos los días en los que está de viaje. Pero el agotado Anderson esta noche parece no poder dejar de hablar. Mientras el hall vacío del hotel se agita con las labores de unos empleados que aprovechan su tiempo libre para limpiar todo y que así vuelva a estar impecable al día siguiente, Jon Lee recuerda que descubrió aquella trágica escena al doblar una esquina, y que se sorprendió al descubrir que no parecía haber nadie más allí, salvo él y esa mujer. Por aquel entonces, Jon Lee estaba reporteando para la revista Time, y cuenta que hizo lo que él suponía que era reportear: se acercó a la mujer e intentó averiguar por qué estaba sentada allí. Quería constatar lo que suponía: que algún ser querido, tal vez su hijo, yacía entre aquellos escombros morbosamente ordenados. Pero apenas hizo el gesto de acercarse a ella, la mujer se dio vuelta y lo acusó de buitre, algo que no ha olvidado desde entonces, dos décadas atrás.

“Fue un momento importante, porque creo que allí descubrí que ése no era el camino que debía tomar como periodista”, explica Anderson, que no mucho después dejó de trabajar en medios tradicionales y se dedicó, primero, a escribir libros. Y luego encontró en la revista The New Yorker un privilegiado lugar donde publicar sus crónicas. “Me di cuenta de que uno nunca tiene que olvidar que es tan persona como periodista, y que tiene que prestar atención a lo que le transmiten quienes lo rodean. Hoy ni me hubiese acercado a esa mujer, por ejemplo. Sé que no hacía falta: todo era lo suficientemente desgarrador. Simplemente hubiese retratado la escena, con austeridad de palabras incluso”, dice mientras apura el enésimo café del día.

Autor de una formidable y esencial biografía sobre el Che Guevara (que será reeditada en octubre), un libro sobre las guerrillas de todo el mundo (aún sin traducir al castellano) y dos recientes y fascinantes volúmenes de crónicas que recopilan –cada uno de manera diferente– sus trabajos publicados en The New Yorker desde el frente de las dos últimas guerras norteamericanas, en Afganistán (La tumba del león) y en Irak (La caída de Bagdad), Jon Lee Anderson tal vez sea el mejor cronista de guerra de su generación. Aunque él prefiera no ser llamado así, cronista de guerra. Tal vez porque sabe que eso lo acerca a las cabezas parlantes que cubren las guerras en estos tiempos massmediáticos, siempre de frente a la cámara y de espaldas a lo que describen, todo lo contrario a su trabajo. Leer las crónicas de Anderson significa mezclarse entre la gente que vive la guerra de manera cotidiana, significa entender ese mundo que está siendo alterado para siempre, que está dejando de existir, en medio de un infierno que forjará algo que aún no se alcanza a ver, pero cuyas inmediatas consecuencias no son algo abstracto sino que son bien reales, y por lo general tienen incluso nombre y apellido y una historia que contar. “Creo que el gran problema de este mundo es que la gente construye barreras entre sí”, explica en un castellano fluido y de rico vocabulario, aunque en el que se cruzan toda clase de acentos. “Aborrezco cuando nos objetivamos de esa manera, así que si yo tengo una misión en el periodismo es intentar quebrar eso. Busco romper con esas barreras que transforman lo que está pasando en Irak o donde sea, en un ruido blanco, en algo que no tiene nombre ni historia. Lo que yo busco es lograr que un hombre en Ohio vea que otro hombre en Mali tiene algo en común con él. Quiero que se transmita, quiero que ellos vivan eso. Por eso, cuando busco la perfección en mis artículos, lo que estoy buscando en realidad es ambientarlo a tal punto que ellos huelan lo que huelo, toquen lo que toco, vean lo que yo veo. Uno nunca lo logra del todo, pero lo que busco es que quienes lean mis artículos reconfiguren sus percepciones, y puedan ver la dignidad en una persona que atraviesa una situación muy adversa, pero en la que de otra manera jamás se hubiesen fijado”, confiesa Anderson, que siempre, desde muy pequeño, creyó ser –y aún lo es, con sus 49 años recién cumplidos– un hombre con una misión.

DEL KILIMANJARO A FIDEL
“Que lo pases bomba.” Así es como Jon Lee se despidió en un mail enviado desde Londres antes de fin de año. Y ante la frase, escrita prolijamente en castellano, es imposible no dejar escapar una sonrisa. Jon Lee aclara que sabe exactamente lo que significa. “Jamás le desearía eso a alguien en Irak”, explica, con mucho humor. “Pero cada cosa en su lugar. Después de todo, es una frase que no tiene traducción al inglés. Y a mí me gusta aprovechar cualquier ocasión para hablar en castellano”, dice este hombre que asegura tener más de una vida. Por un lado, está su vida de cronista del New Yorker, que lo lleva por todo el mundo. Por el otro, la de autor de libros, por la que también viaja allí donde los editen. Y, por último, también está la vida que, a fines del año pasado, lo trajo a Buenos Aires para dirigir un taller de periodismo ante alumnos de toda Latinoamérica. “Esto es un compromiso de corazón. Una vida que no da ganancias, pero mi agente me la respeta”, cuenta. “Porque lo que me lleva a hacer esta clase de cosas es un deseo de mantener fresco mi contacto con América latina. Porque es mi continente adoptivo, algo así como mi otro yo.”

Hijo de un diplomático norteamericano y de una profesora universitaria, Jon Lee Anderson vivió una infancia nómade e ilustrada. Su madre se preocupó siempre por poner un libro en sus manos, mientras que su vida cambiaba de horizonte al ritmo de la de su padre, que trabajó para la embajada norteamericana en distintos lugares del globo. Obsesionado con las vidas de legendarios exploradores como Stanley y Burton, mientras cambiaba de continente como quien cambia de barrio, Anderson decidió a la edad de diez años que para ser hombre debía experimentar la vida por sí mismo. Y construyó una lista de cosas que debía hacer antes de cumplir los dieciocho años. La lista incluía cosas como ir preso, ser minero de carbón en Gales, cruzar el Atlántico a remo, subir al Everest e ir a una guerra, entre otras cosas. “Yo fui realmente detrás de esa lista. No subí al Everest, por ejemplo, pero al cumplir catorce años escalé el Kilimanjaro. Tuve que mentir sobre mi edad porque no querían llevarme. Pero fue una conquista que me abrió los ojos al mundo.” Aquella lista fue apenas el comienzo de una obsesión por las listas, que llega hasta hoy en día. “Muchas de aquellas listas las fueron encontrando mis padres y me las han ido enviando. Una de ellas era la de mis conquistas amorosas, pero ésa la encontró una novia, y fue todo un problema. Sigo con las listas, pero ya no son de proezas que cumplir sino mails sin responder, cosas para hacer en el día, aviones que tomar.” A pesar de tanta lista, Anderson no parece ser un hombre ordenado. “Para nada. Por eso es que las hago”, explica Jon Lee, que hacia fines del año pasado era incapaz de precisar cuántas veces había cruzado el Atlántico en los últimos seis meses. Y de entonces a ahora ha pasado las Fiestas con su familia en Gran Bretaña, ha viajado a Madrid y Nueva York, ha escrito una crónica desde Liberia (que se publicó esta semana en el New Yorker) y en este momento prepara otra similar en Cuba, desde donde niega vía mail estar trabajando en una biografía de Fidel Castro, como erróneamente se suele mencionar incluso en las solapas de sus libros. “Todos repiten el mismo error, sin molestarse en preguntarme si es verdad. Y no lo es. Fidel es la única fuente que me faltó en mi biografía sobre el Che. Si lo hubiese conseguido, hubiese sido como maná del cielo. Porque hay muchas conversaciones clave de su vida que el Che tuvo a solas con Fidel. Pero no habló ni conmigo ni con nadie sobre eso. Creo que se llevará los secretos a la tumba.”

ESE BICHO QUE ES LA GUERRA
Aquel otro yo latinoamericano que ostenta Anderson tan orgullosamente se empezó a construir a la temprana edad de 4 años, durante el año que vivió con sus padres en Colombia. Allí, aseguraban papá y mamá en una suerte de broma familiar que se repitió durante el resto de su infancia y adolescencia transcurrida en Asia, aprendió a hablar castellano. Pero no tuvo oportunidad de constatarlo hasta que cumplió 15 años y se embarcó en unas vacaciones solitarias por España. “El recuerdo que tengo de mis andanzas de aquel verano es el de un montón de gente tratando de ayudarme a comunicarme con ellos. Pero no burlándose de mí sino que se daban cuenta de que estaba intentando comunicarme y me alentaban. Me acuerdo de que me bajé del tren por primera vez en San Sebastián, muy emocionado, y abrí la boca y no me salían las palabras. Pero poco a poco fui adquiriendo vocabulario”, cuenta Anderson, que explica que, en realidad, donde realmente aprendió a hablar español fue dos años después en las Islas Canarias. Se había escapado del colegio para ir a reunirse con su hermana mayor, estudiante de Antropología, que estaba viviendo con una tribu en Togo, pero nunca llegó. Terminó varado durante cinco meses en Canarias, donde vivió en la calle y de la que fue rescatado justamente por su hermana. “Mis padres me daban por muerto, todos los consulados británicos de la zona sabían de mi caso, y mi hermana fue a buscarme. Me encontró de casualidad caminando por la calle: no tenía zapatos y tenía todas las enfermedades imaginables: escorbuto, disentería, amebas…” Sus padres se habían separado y Jon Lee se fue a vivir con su madre a Miami, pero rápidamente quedó claro que no estaba listo para retomar los estudios. “No sólo porque estaba muy débil sino porque había adquirido un odio al dinero y a las ciudades que me obsesionó por un tiempo.”

La solución llegó, nuevamente, bajo la forma de un viaje. Un viejo amigo de la familia estaba por cumplir con el sueño de construir una casa en la costa de Honduras y hacia allí fue el joven rebelde. “Cuando terminamos de construir la casa, me junté con mi hermano Scott y recorrimos un río en balsa y luego fuimos por toda Centroamérica.” Después de aquellas aventuras, Jon debió volver a estudiar en Gainsville, en la Universidad de Florida, pero apenas pudo volvió a escapar, esta vez a Perú. “Mi hermana me consiguió la oportunidad de sumarme a una empresa que organizaba expediciones didácticas para niños ricos. Y me convocaron para alquilar un barco y organizar sus primeras expediciones.” Así fue como las aventuras del joven Jon Lee se cruzan con la biografía oficial del periodista Anderson, que precisa que su primer trabajo fue en un periódico peruano de habla inglesa llamado Lima Times, hacia el año 1979. “Me presenté respondiendo un aviso del diario, pero su director me calzó enseguida. Y me puso a escribir sobre todo lo que había vivido. Mis primeras notas fueron grandes artículos a doble página sobre mis aventuras. Por un momento, creo que pensé que eso era el periodismo. Hace poco releí aquellos artículos, en recortes amarillos por el tiempo. Se nota que era un principiante, pero hay algunas observaciones que son iguales a mis crónicas actuales. El ojo ya era el mismo.”

Duró apenas un año en el Lima Times, ya que enseguida comenzó a trabajar para el columnista político norteamericano Jack Anderson. “Tampoco se puede decir que ahí aprendí mucho del trabajo periodístico, ya que básicamente salía en busca de aventuras, trabajo de campo: yo quería ir a la guerra y Jack me enviaba. Me daba mucho crédito en sus columnas, pero me pagaba muy poco.” Con la nariz entrenada para olfatear la historia oculta, a Jon Lee se le hizo difícil pasar del independiente Jack al corporativo semanario Time, casi una repartición del Departamento de Estado norteamericano. Pero estaba en El Salvador, y la guerra se olía de muy cerca. Demasiado, tal vez. Aunque ahí era donde Jon Lee quería estar. “Una de aquellas entradas en la lista que hice a los diez años era ir a la guerra. Y seguía estando ahí, pendiente. Yo veía la guerra como un hilo conductor a través de la historia humana, como algo que no pertenecía a una región geográfica sino que era un fenómeno universal y constante del hombre, y pensaba que debía conocerla. Con ese idealismo que uno tiene de chico, creo que tenía la ilusión de, quizás, aprender algo con la experiencia, y encontrarle alguna solución. No creo haber encontrado ninguna solución. Pero sí te puedo asegurar que conozco bien a ese bicho que es la guerra.”

GUERRILLAS
Antes de ir a la guerra como periodista, Anderson confiesa que alguna vez fantaseó con ir al frente, empuñando las armas. Algo que, aclara, en realidad nunca hizo. Pero su despertar social y político, cuenta, comenzó muy temprano, y por vía del racismo. “Es algo que está muy lejos de mí, y que nunca experimenté en mi casa”, cuenta. “Recuerdo que, antes de irnos a vivir a los Estados Unidos, mis padres me contaron de Martin Luther King y el Ku Klux Klan, y me horroricé. Pero cuando fuimos a vivir allá, y tuve que salir a vender por mi barrio unos stickers contra el racismo, tuve otra visión del mundo. Apenas logré vender once de doscientos. Pero no sólo eso: hubo vecinos que no sólo no me abrieron su puerta sino que me soltaron los perros apenas supieron por qué estaba llamando a su casa. Fue la primera vez que confronté con el verdadero racismo, algo que para mí siempre fue el peor de los crímenes.” El joven Jon Lee, el de las listas, comenzó a imaginar que se alistaba para combatir el racismo sudafricano. Luego de participar en 1978 de una manifestación antisomocista en el Central Park, llegó a coquetear con la idea de sumarse a las brigadas internacionales sandinistas. Pero eran sólo ideas. Como las de las listas. O como esos planes para derrocar gobiernos que, confiesa ahora, confeccionaba de pequeño. El primero de la lista fue el de Haití. “Las noticias de la tiranía de Papa Doc eran toda una tradición dentro de mi familia”, explica Anderson. “Mis padres vivieron en Haití y mi hermana menor nació allí. Y como François Duvalier, antes de ser Papa Doc, había sido el médico recomendado de la embajada norteamericana, le había dado vacunas a mi hermana Michelle.”

A pesar de sus simpatías sandinistas, Anderson no dudó cuando le llegó la primera oportunidad de visitar el frente… junto a los Contras. “Fui uno de los primeros periodistas norteamericanos en ingresar a Nicaragua acompañando a los Contras. Llegué a conocerlos muy bien, tanto a los somocistas como al Comandante Cero.” Pero fue acompañando a la guerrilla salvadoreña que aquellos devaneos insurgentes comenzaron a cristalizar. Sucedió visitando un lugar perdido en la selva, donde el ejército de El Salvador perpetró la masacre de El Mozote. Acompañado por los guerrilleros, Anderson se recuerda paseando por el lugar donde había estado el pueblo, que era apenas maleza en medio de la selva. “Si no fuera porque ellos me iban diciendo que ahí había estado la catedral y relatando un sinfín de historias, yo nunca me hubiese dado cuenta del terrible horror que había pasado ahí, que no se perdía en el olvido por una decisión de estos guerrilleros de seguir señalando lo negado. Aquella experiencia fue algo que comenzó a resonar con todas mis experiencias anteriores, con ese interés profundo y creciente en estos seres que empuñan las armas por un ideal y escogen una vida donde la única certeza es la posibilidad de morir”, explica Jon Lee. “Así fue como ese ambiente de historia viva –pero no escrita sino en la boca de la gente– ayudó a cuajar la idea de que había un mundo insurgente, que no se corresponde a los mapas políticos del mundo, a ese atlas que todos conocemos.” De pronto, aquel joven obsesionado por los grandes conquistadores del siglo pasado había descubierto un mundo oculto y clandestino, para explorar y descubrir. Así fue como nació el libro Guerrillas, y la lógica encarnación de aquella idea en una sola persona lo llevó a su proyecto sobre el Che Guevara. “De alguna manera, me saqué ese mundo de encima con el libro del Che”, acepta Anderson. “No es que me hubiese aburrido o renegado de él sino que completé un ciclo y necesité pasar al siguiente escenario.” Un lugar ocupado, según él mismo explica, por personajes que ya habían conseguido el poder por las armas, fueran o no guerrilleros.

Si la cristalización perfecta del idealismo es allí en el monte, cuando todo es posibilidad, Anderson comenzó a explorar lo que pasaba después, una vez que la imagen ideal hubiese pasado de largo. Sus artículos para The New Yorker comenzaron a ser, desde esos lugares otrora calientes, enfriados súbitamente luego del fin de la Guerra Fría. Del Chile de Pinochet al Afganistán de los mujaidines, por citar un ejemplo. “Siempre he tenido la teoría de que hasta cierto punto toda política es la organización de la violencia, o de la coerción. Si bien lo tenemos bastante ritualizado, y los primeros ministros de Europa parecen contadores, a veces todavía utilizan un lenguaje bastante bélico. Pero en el resto del mundo la cosa no está tan ritualizada. Y la política puede implicar la muerte, o la necesidad de utilizar la violencia para mantenerse en el poder. No es algo inconcebible. Después de todo, insisto, todo quehacer político, por más pulido y civilizado que esté, viene de la violencia. Me gusta mirarlo así, y es algo que me sigue fascinando.”

VIETNAM, AFGANISTAN E IRAK
Según cuenta Sharon DeLano, editora de The New Yorker, en el prólogo del libro La tumba del león (Emecé, 2003), Jon Lee Anderson se encontraba el 11 de septiembre de 2001 en su casa del sur de España, preparando las valijas para ir a cubrir la guerra civil en Sri Lanka. “Me enteré del primer avión cuando recogí por la mañana a María, una mujer del pueblo que cada dos días limpiaba mi casa”, recuerda Jon. “A partir de entonces me quedé como diez horas pegado a la televisión, intentando en vano llamar a mi hermano Scott a Nueva York, a mi editora Sharon y a todos los que conocía.” Casi instantáneamente, Jon supo que su destino debía ser Afganistán. El había visitado ese país para su libro Guerrillas, y quería volver a dar testimonio, antes que los norteamericanos la bombardeasen. “Me llené de energía, con una sensación de emisión, de urgencia y alta prioridad. Hasta cierto punto era como si todo mi ser se hubiese convertido en algo destinado a un fin específico. Tenía que ir al meollo de este nuevo presente tan negro, como si todo lo que había hecho anteriormente tenía sentido sólo para poder ir ahí y contarlo.”

Desde entonces, Anderson fue, vio y contó lo que vivió en Afganistán, y luego en Bagdad, y ambas crónicas se convirtieron en sendos libros. El primero, La tumba del león, reúne no sólo las crónicas sino los mails entre el cronista y su redacción, y es casi un manual de cómo se cubre hoy en día una guerra en un país como Afganistán, que se ha caído del mapa de tal manera que ni siquiera tiene prefijo telefónico. El más reciente, La caída de Bagdad (Anagrama, 2005), es un relato lineal de un cronista atrapado en una ciudad sitiada. “Ese libro es un esfuerzo honesto de compartir con otros lo que fue un trozo de tiempo, así como el Irak que yo conocí y una sociedad que se transformó profundamente”, explica Anderson, que asegura que, aunque la invasión norteamericana en Irak aún no ha terminado, no tiene ninguna intención de escribir otro libro ni de continuarlo. “Hay preguntas que quedan sin contestar, como por qué los norteamericanos dejaron que Bagdad fuese saqueada impunemente”, cuenta. “Es mi gran incógnita, aunque creo que hubo una decisión política de dejar que eso sucediese. Si eso sucedió, y es algo que sospecho por ciertas respuestas de Rumsfeld, sería demasiado maquiavélico”, calcula Jon Lee, mientras apura un nuevo café en la recepción cada vez más vacía de su hotel. En una televisión encendida, pero sin sonido, los hinchas de Boca celebran su último campeonato. Jon comenta que le encanta ver esas celebraciones, porque nunca se podrá olvidar de cuando visitó Argentina en el ‘94, para el libro del Che, y pensó que tenía que aprender algo de fútbol si era un deporte capaz de sumir en semejante tristeza a todo un país, como sucedió entonces con el doping de Maradona durante el Mundial de Estados Unidos. Antes de que finalmente deje de hablar y se suba a su avión, y esta entrevista se continúe por mail, su última respuesta tiene que ver con Bagdad. “El otro día estábamos reunidos con algunos colegas y nos lamentábamos, porque los de Vietnam sí que lo tuvieron bien: había putas, drogas y rock and roll. Mientras que en Bagdad no pasa nada, sólo una tensa calma, como si fuese tensión existencial. Hubo una onda en el verano del 2003, cuando la cosa estaba abierta y todos nos reuníamos en un hotelito; hubo una famosa fiesta donde todos se pusieron en pelotas, grandes borracheras y no mucho más. Pero eso se terminó muy pronto. Alguno que otro fuma hash, pero yo ya pasé esa etapa. No tomo nada cuando estoy en Irak, quiero que todos mis sentidos estén muy agudos. Así que vivo a base de tabaco y café.”

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 6:25 pm

buenas crónicas

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Written by Marisol García

August 13, 2009 at 6:20 pm

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nuevos cronistas chilenos: singulares e insolentes, observadores y prosudos

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Algo está pasando en la literatura chilena. Algunos de los mejores libros publicados en el último tiempo no son novelas ni cuentos ni ensayos, sino crónicas. Quizá no figuren masivamente en las listas de más vendidos, pero estos títulos están dando que hablar, motivando polémicas, moviendo el ambiente. Una década después del auge y temprano declive de la “nueva narrativa chilena”, pareciera que las señales van en otro sentido, hacia la no-ficción.

Por Marcelo Soto / revista Capital

Meses atrás, en la Revista de Libros de El Mercurio, Alberto Fuguet confesaba que “cada vez me atraen más aquellos libros donde no se miente (o se miente poco o se altera muy poco la verdad)”, mientras el crítico Alvaro Bisama le daba la razón al afirmar que “la ficción, desde hace algún tiempo carece del riesgo y del vértigo que la no-ficción puede entregar, aquella sensación de dejarlo todo en la página, carne y sangre incluidas”.
No son casos aislados. Brillantes autores actuales, como J.M. Coetzee, Orhan Pamuk o el fallecido W.G. Sebald, proponen un cruce de novela y crónica en varios de sus libros. Y en Chile sucede algo parecido. Basta revisar La ola muerta, de Germán Marín, una antinovela que mezcla autobiografía, ensayo, comentario y ficción, o volver a leer a Roberto Bolaño, que era un tremendo cronista –ahí está Entre paréntesis para quien tenga dudas– y no por casualidad en su obra maestra, 2666, incluye una larga enumeración de crímenes, que no es otra cosa que una crónica sin fin, una especie de Informe Rettig en clave literaria.
¿Quiere decir esto que la novela está agotada? Para nada. Los mismos autores citados son ejemplo de que el género mayor no está muerto por más certificados de defunción que se le extiendan. Pero lo cierto es que la crónica está experimentando un tiempo de auge y negarlo sería difícil. Pocas veces se han publicado tantos libros de crónicas en tan poco tiempo y hay casos tan exitosos como el de Pedro Lemebel, un raro ejemplo de autor popular que al mismo tiempo es objeto de culto en universidades norteamericanas.
Buscando una explicación a esta tendencia, podría usarse la tesis de Julio Ramos, académico de la Universidad de California-Berkeley, para quien la crónica, considerada tradicionalmente una forma literaria menor o “débil”, posee sin embargo una capacidad insuperable para dar cuenta de las sociedades en vías de modernización, especialmente cuando se produce un cambio de siglo.
En tiempos en que la tecnología muta cada segundo, un género rápido, inquieto y fragmentario como la crónica tiene indudables ventajas frente a la novela, que se mueve más lento y aspira a verdades no perecibles. Ambas formas no son excluyentes y, tal como diría Rafael Gumucio, “cada fracaso en la gran batalla de la novela me ha servido de campo de experimentación para emprender la guerrilla de la crónica”. Aquí presentamos a cinco autores, cinco libros, cinco miradas. Tomen asiento, pónganse cómodos.

Alberto Fuguet (1964)
Turista, no viajero
Sin exagerar, uno de los textos más notables que ha producido la literatura chilena reciente se llama Perdido (Missing) y viene al final de Páginas autistas, el nuevo libro de Alberto Fuguet. Se trata de una crónica sobre Carlos, tío del autor, quien en 1984 “se esfumó de la faz de la tierra… Simplemente dejó de llamar por teléfono y las cartas comenzaron a ser devueltas”. El escritor va tras los pasos de este pariente enigmático y de paso ajusta cuentas con su familia. Leer esta crónica es como un viaje al final de la noche de un padre y sus hijos en el que nadie queda muy bien parado.
Es probable que Páginas autistas sea lo más parecido a las memorias de Fuguet. Es la historia de cómo un crítico de cine se convierte en cineasta y todo lo bueno y lo malo que significa pasar del asiento a la pantalla (un proceso inverso, en cierta forma, al del protagonista de La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, uno de los héroes de Fuguet). Es también la historia de un turista ejemplar, alguien que detesta la apología del viajero sin fecha de regreso, al estilo de Paul Bowles. Por lo mismo aparecen muchas ciudades, pero sobre todo aeropuertos y hoteles. Y librerías. Y salas de cine. Buscando un paralelo, la sensación que dejan estas crónicas es la de estar en tránsito, como en la cinta Perdidos en Tokio, en una zona a mitad de camino, cerca de ninguna parte, a trasmano, después de hora. Quién sabe cuál será el destino –el próximo libro o la nueva película– que nos depare Fuguet, pero desde ya esta colección abre el apetito por conocerlo.
-En Perdido eres muy duro con tu abuelo. ¿Cuáles fueron los costos familiares para escribir una crónica tan íntima y por qué la colocaste al final de tu libro?
-Está al final porque creo que da para otro libro. Está ahí la semilla. Con mi abuelo no soy más duro de lo que él fue con la gente. En todo caso, a los narcisistas les gusta que se hable de ellos. Termino rescatándolo del olvido de todos aquellos que quieren olvidarlo. No sé cómo la escribí. Tampoco me di cuenta. Si hubiera tenido mucha conciencia quizás no la escribo. Y de verdad no creo que sea tan íntima. Me parece que ver ducharse a la Geisha es íntimo. E innecesario. Hay cosas que uno no desea ver y otras que sí. En la medida que una historia puede ser colectiva, de todos, que resuene en los demás y no sea solo un acto de exhibicionismo, deja de ser algo “íntimo”. No me interesan los diarios de vida ni tengo uno. Lo personal solo vale la pena narrarlo cuando deja de serlo. Y esta historia me pareció que no era tanto mía o de mi familia sino extremadamente chilena y, a la vez, extremadamente norteamericana. Soy de los que creo que la inmigración es un arma de doble filo. ¿Costos? Ninguno. Al revés, beneficios. Una familia se beneficia cuando se airean cosas, cuando algo deja de ser un secreto y se transforma en una historia.
-¿Por qué llamas “autistas” a estos apuntes?
-Bueno, es una gran palabra. Todo artista que me interesa es algo autista, y nada, yo también lo soy y voy a luchar por tratar que mi nueva sociabilidad no se descontrole. Antes me daba lata ser autista; hoy me daría escozor no serlo.
-La crónica es un género urbano casi por definición. ¿Qué te pasa, en ese sentido, con Santiago? ¿Lo amas o lo odias?
-Lo amo. Quizás amar sea algo exagerado. O no. Pero me gusta, me es grata, es mi ciudad, mi territorio narrativo, la prefiero antes que todas las demás. Es la ciudad a la que vuelvo. Yo creo que Santiago ha sido más construida que escrita y ha sido muy mal filmada. Me siento hijo honorario de este sitio.

Alvaro Bisama (1975)
Valparaíso blues
Cuando habla, Alvaro Bisama, el más joven de este grupo, suele comenzar sus frases diciendo “dos notas…”. La mente de este profesor de castellano de la Universidad de Playa Ancha, una de las plumas más leídas de la nueva crítica chilena, da la impresión de estar en permanente ebullición. Nada de lo que observa Bisama es igual a lo que observa el resto de los mortales, pues siempre parece ir un paso más allá, descubriendo conexiones imposibles entre una calle de Santiago y una película gore y un comic de Neil Gaiman.
Su libro Postales urbanas es el mejor ejemplo de este cruce por momentos delirante. Una mezcla indescifrable y a menudo divertida cuando no iluminadora en la que hay espacio para la crítica política, el comentario urbano, la parodia social y las confesiones personales, a modo de un blog, todo eso acompañado de una banda pop que nunca deja de sonar, con canciones de Dylan o Sonic Youth y películas de Tarantino y Wenders en la retina. ¿Demasiado? Para Bisama, que vive en Valparaíso, pero escribe en los principales medios culturales de Santiago y viaja casi todos los días en bus a la capital, ida y vuelta, nunca es demasiado.
-¿Cómo surge un libro tan difícil de clasificar como Postales urbanas?
-El libro creció de forma rara, progresiva y demoledora. Lo que buscaba era más bien un tono, una velocidad de la mirada antes que algo más concreto. Lo urbano me interesaba como recurso para recoger historias, lugares, momentos antes de que se perdieran u olvidaran. Cero monumentalidad, pero cero nostalgia citadina: más bien una memoria bastarda, mutante, de espacios cuyos límites con los modos de la ficción son muy poco claros.
-¿Cuál crees que es la esencia de una crónica? ¿Qué la hace especial, diferente a otros géneros?
-Me interesa la crónica como un camino en el cual entras y sales sin problemas. O con otra clase de problemas y líos. No sé si haya una esencia ahí pero sí hay una actitud, un tono, una clase de mirada a contrapelo del presente, la necesidad desesperada de patentar el anacronismo, de volver perecedero lo fugaz y lo mínimo.
-Muchos autores, desde Marín a Bolaño, desde Sebald a Pamuk, hacen un cruce de novela y crónica muy interesante. ¿Estás de acuerdo?
-La crónica es un laboratorio de trabajo y un lugar donde se puede, sin querer, forzar límites. Escribir lo que queda afuera de la novela. La no-ficción tiene eso. Puede ser, a ratos, más libre, más desechable o recordable, más de trinchera. Más sucia o más personal. Te concedes en la crónica libertades personales imposibles en otro género. La más importante para mí: la presencia de un yo que es como un fantasma que no puede dejar de estar obsesionado con lo que contempla.
-En tu libro hay una mirada bastante negra sobre los artistas de Valparaíso… ¿Crees que toda la moda, los bares nuevos, le han hecho mal a la ciudad?
-No puedes vivir en Valparaíso sin ser cínico o pesimista. La ciudad te impone un humor negro. No sé si haya una melancolía porteña sino más bien un problema táctico o una paradoja respecto al imaginario de la ciudad. Tiene que ver con la perpetuación de una estética más o menos cliché. Es sencillo de explicar: hay razones materiales que indican que a la ciudad hay que salvarla del abandono pero es en ese abandono donde puede estar su identidad. Nadie quiere perder ni lo uno ni lo otro. Es contradictorio porque justamente el crecimiento que Valparaíso ha tenido en el último tiempo tiene que ver con esa paradoja, con ese fantasma exótico de una ciudad que no existe pero que se quiere resucitar con carnavales, batucadas y karaokes de poesía.

Rafael Gumucio (1970)
Opiniones de un payaso
Pocos se enteraron, pero uno de los buenos libros de 2006 fue Postales coloniales, de Rafael Gumucio. A este autor que nunca deja de moverse y siempre tiene el comentario sarcástico en la punta de la lengua, quizá le afecte su imagen pública de eterno polemista, de tipo irreverente y creador de algunos de los segmentos más desternillantes de la TV chilena de la última hora (Plan Z). Por eso no hay ironía ni desprecio en el título de esta nota. Como al protagonista de la novela de Henrich Boll, a Gumucio le pasa a veces que sus comentarios son leídos como broma cuando en realidad está diciendo cosas sumamente serias.
En Páginas coloniales, el escritor –hoy director de Estudios Humorísticos de la Universidad Diego Portales– propone un viaje por las ciudades donde ha vivido, ciudades que ha querido u odiado, pero que siempre, como los amantes, dejan algo que nos acompaña hasta el final. Así Madrid es el monstruo y la bendición, la pesadilla y la recompensa, sin lo cual no se explica Santiago, que tampoco existe de forma independiente a Buenos Aires. Es decir, el imperio contra la colonia, un juego de espejos donde aparece, de forma fugaz, nuestro propio rostro transfigurado, sorprendido de verse sin afeitar antes de levantarse.
-¿Qué te lleva a escribir sobre ciudades? ¿Crees que al final la patria de uno es la ciudad donde se vive?
-Por razones vitales me encontré viviendo en varios lugares, algo inesperado. Tuve ganas de escribir sobre estos lugares de la manera más libre posible y dar un vistazo al mundo por el que pasé. Me interesó también ampliar el tipo de periodismo al que me había abocado y darle una perspectiva más amplia e interesante.
-¿Cuáles son las limitaciones y libertades de la crónica respecto, por ejemplo, a la novela?
-Para mí es un género muy rico, que se adapta mucho a las condiciones de vida de un escritor de hoy. La velocidad, la necesidad de ser preciso, la inseguridad en grandes relatos, te llaman a la crónica, además de la hipertrofia del periodismo. Su limitación y su libertad son las mismas: la creación de un yo que escribe y que tiene que ser al mismo tiempo coherente, amplio y creíble.
-También te has hecho conocido como polemista, pero me imagino que en la crónica son otros los intereses que te mueven. En otras palabras, ¿qué buscas cuando escribes crónicas?
-Yo solo intento contar lo que vi, lo que sentí, e intentar sacar de esta experiencia confusa el hilo de una idea. Como en el ensayo –a la Montaigne, pero sobre todo a la inglesa– se intenta buscar una constancia a partir de la diversidad y la confusión de la intuición. Se trata de ser un paseante, a la manera baudelairiana, que mira la ciudad hacerse y deshacerse.
-Una de las cosas más logradas de tu libro son las crónicas sobre Madrid. ¿Cómo fue tu experiencia allá, qué aprendiste, que te hizo bien o mal de esa ciudad?
-Es una ciudad que amo aunque me cuesta. Como diría Borges, sería maravilloso vivir si no fuese por el problema de la lengua que nos separa a los españoles y los latinoamericanos.
-Ligado a lo anterior, ¿qué piensas de los santiaguinos y del deporte nacional de decir pestes sobre la capital?
-Creo que se ha escrito mucho sobre Santiago. Es cosa de revisar a Merino o a Mouat o a Lemebel. Es una ciudad que sin embargo trata de disolverse a sí misma. Nosotros, y nada más que nosotros, los santiaguinos, insistimos que Santiago no existe.

Francisco Mouat (1962)
El silencio de los inocentes
Si la crónica fuera una religión, Francisco Mouat sería fundamentalista, aunque nada hay más lejos del carácter de este periodista que el fanatismo. Pocos autores han mostrado con tal precisión un cariño y fidelidad por las historias pequeñas, esas que nunca son titulares o que aparecen en un recuadro o al final de una nota. Es, en cierta forma, un anti-periodista, enemigo declarado de quienes presumen de estar informados.
En Crónicas ociosas, su último libro, recupera anécdotas mínimas, como la de un perro náufrago en el Mapocho o la solitaria muerte de Armando Catalano –el actor que encarnó a El Zorro– en Buenos Aires, junto a retazos de personajes grandes y desconocidos, como Roberto Bolaño o un amigo de la infancia. Lo suyo es la mirada desde lejos, sin involucrarse demasiado, sin correr muchos riesgos. Mouat no es un reportero de trinchera. Las historias lo encuentran; no las persigue. Pero, por raro que sea, a menudo llega más lejos que los cazadores de primicias y exclusivas. Y aunque el material de sus notas sea aparentemente precario y con fecha de vencimiento, pueden leerse varios años después sin asomo de corrupción.
-¿Qué piensas de la idea de la crónica como género menor?
-En Brasil, por ejemplo, se acepta a la crónica desde hace mucho tiempo como una magnífica puerta de entrada a la mejor literatura. En Chile, en cambio, todavía hay gente que la ve como un género desechable, que no compite con la novela, el cuento y el ensayo, géneros supuestamente más valiosos e inmortales. Ese ejercicio de solemnidad es una gran estupidez. La crónica hace mucho que debería figurar en Chile sin complejos, entrometida junto a las otras posibilidades de la escritura: la ficción y la no ficción no tienen por qué competir y pretender anularse. Lo mejor para el lector es que convivan y se alimenten, y exploren hasta el final sus posibilidades de desarrollo. La crónica pertenece al género de la no ficción, y no tiene por qué acomplejarse. Es una variante del periodismo que bien hecha es también buena literatura, porque rompe los moldes ortodoxos de la noticia, se desmarca libremente por toda la cancha y busca seducir al lector con armas legítimas, con el lenguaje de la palabra.
-Aunque estudiaste periodismo, pareces rehuir la noticia, el hecho informativo, el golpe…
-Me interesan las zonas de silencio periodístico. Allí donde no llegan los reporteros por falta de interés, por no haber noticias puras y duras, o allí donde llegan y abandonan rápidamente porque la agenda del poder y la farándula así se los exige. Me interesan las historias pequeñas, escondidas al final de la página, o definitivamente ignoradas por los medios por triviales. Allí es donde me siento más cómodo y motivado para ejercer el oficio.
-¿Cómo ves la adaptación que Fuguet está haciendo de tu libro El empampado Riquelme, basado en un hecho real?
-Que Fuguet se haya interesado en hacer una adaptación al cine de mi libro me parece magnífico por el libro, y porque le da una nueva vuelta de tuerca a una historia conmovedora. Es su película, eso sí, y como tal la miro desde fuera. Pero por supuesto le deseo lo mejor: quiero que sea una gran película, que la vea mucha gente y que a través de ella el libro tenga una nueva oportunidad frente a nuevos lectores.

Roberto Merino (1961)
El columnista accidental
Probablemente Roberto Merino sea el representante más fino e inspirado de la crónica chilena actual, aun si su método de trabajo es totalmente improvisado. En noches o madrugadas de insomnio, Merino se coloca frente a la pantalla en blanco y espera a que llegue el tema, como si se tratara de una melodía de jazz o de un verso espontáneo. Aunque, claro, Merino odia el jazz y no simpatiza demasiado con el surrealismo.
Ahora está escribiendo una novela –de la que no puede adelantar ni el título ni la trama ni los personajes, pues “no tengo idea de nada”–, mientras sigue publicando sus crónicas de domingo en Las Ultimas Noticias, las que pueden hablar de cualquier cosa, uniendo cabos sueltos, impensados; desde el aire cosmopolita de los viña-marinos, a propósito del Festival de la Quinta Vergara, al derecho a no asistir a los asados o cumpleaños de los amigos, como remedio a la obsesión por opinar que afecta a medio mundo. Merino traza líneas invisibles entre temas aparentemente ajenos y tiene un humor que es una joya escasa en la prensa nacional.
-Estudiaste literatura, eres poeta y has sido reportero de fútbol… ¿Cómo llegaste a la crónica? ¿Qué te atrae de ella?
-En la crónica hay arbitrariedad, mirada, hay contradicción, hay un estado de ánimo que lo tiñe todo. La poesía es muy lenta, me demoro mucho, en contraste con la inmediatez de la crónica, donde todo se resuelve rápidamente. El 87 Andrés Braithwaite, editor de Apsi, me pidió un artículo sobre un restaurant san-tiaguino que estuvo de moda en los años 80. Si no fuera por eso, nunca habría llegado a escribir una crónica semanal como lo hago ahora.
-¿Te sientes parte de una tradición de cronistas como Joaquín Edwards Bello?
-En mi casa se hablaba de Edwards Bello, porque tenía un vínculo con mi abuelo. Y entró en mi cabeza el día que se mató, porque hubo conmoción en la casa cuando se supo la noticia. A los 13 años mi papá me indujo a leerlo. Yo leía en ese tiempo a Daniel de la Vega. Mi papá me dijo “no, esto es mucho mejor, por las frases rápidas, el estilo, los cambios de tema, el uso del francés”. Lo empecé a leer por cercanía familiar. Personalmente tampoco me imaginé terminar haciendo lo mismo que Edwards Bello, publicar una crónica semanal, fue bien azaroso. Pero me cuesta delinear una tradición de la crónica, aunque me gustan Ruiz Tagle, Calderón, Cristián Huneeus, Carlos León.
-Y piensas que hay vasos comunicantes con cronistas actuales como Lemebel o Fuguet?
-De Lemebel me siento muy lejano, no me interesan sus temas ni su escritura, pero con Fuguet alcanzo a vislumbrar intersecciones. Tal como veo bien desmembrada la tradición, veo desmembrada la crónica actual, sin embargo rescato a Juan Manuel Vial o Antonio Gil. No he logrado sentirme parte de ninguna generación.
-Algo que suele aparecer en tus crónicas es el humor…
-Sí, depende de los estados de ánimo. Pero más que humor, me interesa el absurdo. Prefiero eso a tocar notas patéticas o sentimentales.
-Un poco en contraposición al latero, del que hablaba Edwards Bello.
-Claro, el tipo que manda cartas a las diarios es un latero clásico. Yo en cierta forma soy el anti escritor de cartas a los diarios, porque el gallo que hace eso no entiende la ironía. Aun en los momentos más desalentadores de la existencia, el humor aparece: uno puede estar agonizando y bromear.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 6:20 pm

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Contra los cronistas

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Por Martín Caparrós / Etiqueta Negra, septiembre 2008

Dicen que son cronistas. Ponen cara de busto de mármol, la barbilla elevada, el ceño levemente fruncido, la mirada perdida en lontananza y dicen sí, porque yo, en la crónica aquella. O incluso dicen no, porque yo, en la crónica ésta. O a veces dicen quién sabe porque yo. Son plaga módica, langostal de maceta, marabunta bonsái. Vaya a saber cómo fue, qué nos pasó, pero ahora parece que el mundo está lleno de unos señores y señoras que se llaman cronistas.

–Debe ser que les conviene, Caparrós, o que queda bonito.

–¿Usté dice? ¿A quién van a engañar con eso?

No a la industria, por supuesto: la mayoría de los medios latinoamericanos sigue tan refractaria como siempre a publicar nada que junte más de mil palabras. Pero ahora hay dos o tres revistas que sí ofrecen cosas de ésas, y parece que están en su momento fashion: hay quienes las citan, algunos incluso las leen, los que pueden van y las escriben. Y se arman encuentros, seminarios, talleres, cosas nostras; ser cronista se ha vuelto un modo de reconocerse: ah sí, tu quoque, fili mi.

Tanto así que, hace poco, Babelia, el suplemento de cultura –qué bueno, un suplemento de cultura– del País español dedicó una tapa con cholitas a los cronistas latinoamericanos: «El periodismo conquista la literatura latinoamericana», decía el título, en un lapsus gracioso, donde españoles seguían asociando América y conquista. Cuando las páginas más mainstream de la cultura hispana sancionan con tanto bombo una «tendencia», la desconfianza es una obligación moral.

–No joda, mi estimado, qué le importa. Lo que vale es que la crónica está en el centro de la escena.

–De eso le estaba hablando, precisamente de eso.

Yo siempre pensé que ser cronista era una forma de pararse en el margen. Durante muchos años me dije cronista porque nadie sabía bien qué era –y los que sabían lo desdeñaban con encono. Ahora parece que resulta un pedestal, y me preocupa. Porque no reivindicaba ese lugar marginal por capricho o esnobismo: era una decisión y una política. Hace tres meses participé en Bogotá de un gran encuentro –Nuevos Cronistas de Indias– organizado por la FNPI, que hace tanto por el buen periodismo sudaca. Allí me encontré con amigos y buenos narradores –y algunos de estos bustos neomarmóreos. Nos la pasamos bomba. Pero lo que me sorprendió fue que, a lo largo de tres días de debates sobre «la crónica», en ningún momento hablamos de política. Y yo solía creer que si algo tenía de interesante la crónica era su posición política.

Yo creo que vale la pena escribir crónicas para cambiar el foco y la manera de lo que se considera «información» –y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios, que suponen que hay que ocuparse siempre de lo que les pasa a los ricos famosos poderosos y de los otros sólo cuando los pisa un tren o cuando los ametralla un poli loco o cuando son cuatro millones, la crónica que a mí me interesa trata de pensar el mundo de otra forma –y eso se me hace tan político. Frente a la ideología de los medios, que tratan de imponer ese lenguaje neutro y sin sujeto que los disfraza de purísimos portadores de «la realidad», relato irrefutable, la crónica que a mí me interesa dice yo no para hablar de mí sino para decir aquí hay un sujeto que mira y que cuenta, créanle si quieren pero nunca se crean que eso que dice es «la realidad»: es una de las muchas miradas posibles –y eso se me hace tan político. Frente a la aceptación general de tantas verdades generales, la crónica que a mí me interesa es desconfiada, dudosa, un intento de poner en crisis las certezas –y eso se me hace tan político. Frente al anquilosamiento de un lenguaje, que hace que miles escriban igual que tantos miles, la crónica que a mí me interesa se equivoca buscando formas nuevas de decir, distintas de decir, críticas de decir –y eso se me hace tan político. Frente a la integración del periodismo, la crónica que a mí me interesa buscaba su lugar de diferencia, de resistencia –y eso se me hace tan político.

Por eso me interesa la crónica. No para adornar historias anodinas, no para lucir cierta destreza discursiva o sorprender con pavaditas o desenterrar curiosidades calentonas o dibujar cara de busto. Por eso, ahora, hay días en que pienso que estoy contra la crónica o, por lo menos, muchas de estas crónicas. Por eso, ahora, hay días en que pienso que voy a tener que buscarme otra manera o, por lo menos, otro nombre.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:54 pm

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