Estilo y Narración II

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los editores de diarios y sus vicios

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Por Donella Meadows

He llegado a conocer al menos cincuenta editores de diarios. Son gente bien informada. Leen cuatro o cinco periódicos al día; los editores de las páginas editoriales leen cuando menos veinte columnas de opinión al día. Es gente disciplinada, productiva, y ágil con las palabras. Gente organizada. La mayoría respeta ciertos estándares de ética profesional en asuntos como evidencias sobre los hechos, equilibrios, veracidad y el derecho del público a conocerlas. Por encima de todo, se preocupan por la sociedad y la democracia, y por las corrientes informativas que mantienen a una comunidad y a una nación unidas.Como todos los demás, sin embargo, los editores de prensa están inmersos en un sistema cuya estructura, cuyos premios y castigos, determinan su comportamiento; y no siempre para bien. Las empresas para las que trabajan fabrican diariamente un producto bajo un programa estrictamente elaborado, lo cual no propicia la reflexión cuidadosa. Son empresas comerciales que buscan captar publicidad, cautivar al público y generar ganancias. Hay mucho espacio disponible todos los días, y la competencia por ese espacio es intensa.Todo lo que he dicho de los periódicos es aun más cierto en la radio. El resultado es una serie de características que todos conocemos: el estándar y la serie de críticas generalmente precisas sobre los medios.
· Se concentran en el evento; reportean superficialmente los acontecimientos y no reparan en las estructuras subyacentes.
· Son cortoplacistas; producen noticias sensacionalistas y después las abandonan. No observan los fenómenos de manera cuidadosa y a largo plazo (ignoraron el efecto invernadero durante décadas, hasta que hubo sequía en el Medio Oeste).
· Son instintivamente gregarios: enviarán a 1.500 reporteros a una convención política, pero ninguno asistirá a la presentación de una política ambiental crucial.
· Los atraen las personalidades y autoridades; no les interesan las personas de las que no han oído hablar.
· Para cumplir con las limitaciones de tiempo y espacio, simplifican los temas. No toleran la incertidumbre, la ambigüedad, los sacrificios o la complejidad.
· Son escépticos; les han mentido y los han manipulado tan a menudo que no le creen a nadie. Son cínicos y en ocasiones irritan a la gente que les está diciendo la verdad.
· Tienden a deformar la verdad para cuadrar su historia y, así, no ven el mundo tal como es (varias veces viví la frustrante experiencia de ser entrevistada por un reportero que no quería escuchar hechos que contradijeran «su historia»).
· Aman la controversia y creen que la armonía es aburrida; ven el mundo como una serie de situaciones antagónicas del tipo perder/ganar, correcto/incorrecto. Les atrae el conflicto y las cosas que no funcionan; no hacen caso de las cosas que sí funcionan.
· Son muy conservadores; aunque les gusta pensar que son duros e inflexibles, en realidad solo denuncian asuntos marginales para la sociedad. La mayor parte de las veces, por lo general inconscientemente, defienden el statu quo y en verdad se resisten a las nuevas ideas.
· También inconscientemente, informan a través de los filtros de la inutilidad, la imposibilidad, el cinismo, la pasividad y la aceptación. Reportan problemas, no soluciones; obstáculos, no oportunidades. Sistemáticamente niegan su poder y el de su audiencia.



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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:24 pm

Esas pequeñas cosas

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Por Álex Grijelmo

Hemos empezado más o menos puntuales, tiene mérito tratándose de un acto que congrega a tantas personas, pero los periodistas solemos ser impuntuales, sobre todo los periodistas que escribimos en los periódicos, no tanto en que llegamos a los actos, a las entrevistas tarde -cosa que también- sino que cuando el lector compra el periódico, ya las noticias que ahí figuran han estado a su alcance durante el resto del día anterior.

Si nosotros llegamos tarde a una comida, a una cena, no podemos presentarnos diciendo: “¡Hola! Aquí estoy, vamos a cenar, hombre”. Se espera que cuando alguien llega tarde a una cita por lo menos tenga una frase ingeniosa para hacerce perdonar, o una buena disculpa, aunque sea inventada.

Los periódicos están llegando tarde todas las mañanas sin ninguna buena frase con la que disculparse. Éste es un problema que tiene trascendencia en la estructura informativa, y trascendencia también de ética.

Es verdad que los periódicos dan alguna exclusiva alguna vez, pero esto no pasa la mayoría de los días. Las noticias que vemos en las portadas de los diarios, mucho más las que encontramos en las páginas interiores nos dan información que ya estuvo a nuestro alcance mediante la televisión el día anterior, la radio, los nuevos medios electrónicos, incluso el teletexto en el televisor; nos llegan ya las noticias -los titulares- al celular. ¿Qué puede aportar un periódico que llega ya con noticias tan viejas? ¿Cómo es posible que estemos llegando todos los días tarde contando cosas que ya se conocían y que no dispongamos de buenas frases para que nos disculpen?

La respuesta a esta competencia que nos han abierto los demás medios y que ahora se ha recrudecido con los medios digitales está en que la prensa debe ahondar sobre todo en los géneros interpretativos para ofrecer algo distinto de lo que ya ha tenido el público por otros medios, y sobre todo debe ahondar en sus propias exigencias éticas para ser un referente ético para los demás medios de comunicación.

Ésta es la buena disculpa que podemos ofrecer cuando llegamos tarde. Es decir, para ser un buen interpretador de la realidad, para que el público nos conceda ese papel, primero tenemos que garantizar ante ese público nuestra coherencia ética, para que esa coherencia ética nos permita interpretar con honradez, porque la interpretación es el periodismo escrito del futuro, según mi opinión.

Quiero hablar de la ética de las pequeñas cosas, de esa ética que tenemos que defender en los periódicos para ser creídos.

En muchos foros se habla de los grandes problemas éticos de los periodistas y nos planteamos hechos que alguna vez se producen y es verdad que hay periodistas que sufren la lacra del terrorismo, del acoso de los narcotraficantes y eso genera problemas éticos, de acuerdo. Se ha hablado abundantemente de eso y no voy a insistir. También se nos suele plantear muchas veces: qué pasa si el Papa compra una empresa y tú trabajas en ella; sí, hay unos problemas teóricos maravillosos para resolver, pero luego en nuestra vida cotidiana los problemas éticos son otros y quiero hablar de esos pequeños problemas éticos que a veces se nos escapan entre los dedos.

Para empezar quiero referirme a los géneros periodísticos. A veces los periodistas nos creemos que esto de los géneros periodísticos es algo que se han inventado los catedráticos para hacernos sufrir y para obligarnos a entender unas estructuras que, total, tampoco tienen tanta importancia. Pues sí son importantes los géneros periodísticos: la técnica en relación con la ética. Para empezar debemos ser conscientes que los periódicos tienen dos lenguajes, el lenguaje de las palabras y el lenguaje del diseño; este último nos da una jerarquización de las noticias, el público sabe interpretar que una información importante va a cinco columnas, a seis columnas -según el tamaño del periódico-; una menos importante va a una columna, y entendemos que el diseño nos aporta también un contenido, da una jerarquización, valora las informaciones. También hay periódicos que tienen familias de letras distintas según las secciones y ponen sobre el papel distintos elementos tipográficos que tienen también un significado. Creo que la diferenciación tipográfica puede convertirse en una garantía para el público y puede servirnos para diferenciar los géneros informativos de manera que el lector pueda defenderse ante ellos.

Los géneros informativos según yo los entiendo deben darnos pistas sobre el grado de presencia del informador en esa noticia, o en esa información o en ese reportaje; podemos establecer que la presencia del informador es cero -nunca es cero, porque extraemos una parte de la realidad y ya en ese momento intervenimos-, pero tenemos más o menos una convención, la noticia tiene la presencia cero del periodista y el artículo de opinión tiene la presencia diez, donde el periodista expresa sus opiniones libremente. Entre esa presencia cero y esa presencia diez hay unos cuantos géneros que nos dan un distinto grado de presencia, de intervención personal del periodista en lo que está escribiendo. Podemos establecer -es una convención, se puede discutir, por supuesto- que la presencia cero del periodista es la documentación, un texto de documentación, y que se aporta algo que incluso ha ocurrido tiempo atrás y que se escribe como complemento, la documentación puede tener una presencia cero del periodista. La noticia, también cero: contamos un suceso sin implicar algún juicio, alguna descripción, alguna interpretación: “Dos personas fallecieron ayer al chocar dos automóviles en la carretera tal tal”, es una información donde la presencia del periodista es mínima.

En realidad la información pura podemos entender que tiene poca presencia del autor. Obviamente en la noticia sí se pueden dar mayores presencias de los periodistas y es aquí donde tenemos que empezar a levantar la guardia. Nosotros como autores de lo que escribimos en los periódicos y también darle al lector la oportunidad de levantar la guardia; el lector ya sabe que en un artículo de opinión se expresan los criterios de una persona libremente y que eso es sólo la opinión de una persona que firma. En cambio cuando el lector está ante una noticia da por hecho que son unos hechos comprobados que no están sujetos a una opinión. En la noticia puede haber una presencia personal también mediante la mera narración de los hechos. Recuerdo que una vez mi amigo y admirado Juan José Millás me contó una anécdota de un periodista de sucesos en una redacción que estaba escribiendo la noticia de una persona muerta encontrada en el fondo de un pozo; él escribió: “El cadáver fue hallado en un pozo de 12 metros de altura”, y el redactor jefe le dijo: “Hombre, serán 12 metros de profundidad”. “Bueno, es que yo siempre escribo las informaciones desde el punto de vista del muerto”. Claro, la perspectiva es muy importante.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:50 pm

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¿Qué quieren leer nuestros lectores de fin de semana?

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Por Rafael Molano, director de la Revista Gatopardo / Ponencia en la VII Jornada de la Prensa / Miércoles 23 de junio, Santiago de Chile.

Desde el momento en que el amable José Luis Santa María me hizo una invitación formal a este importante foro, dos mezclas de sensaciones me atacaron el estómago casi simultáneamente sin siquiera haber tenido tiempo de pensar mucho en el asunto. La primera, fue una bien sabrosa combinación de agradecimiento, sazonado con una buena cantidad de entusiasmo. Pero la segunda, igual de instantánea y natural que la primera, resultó ser una extraña sopa de pánico frío atravesado por unas cuantas cucharadas de risa, bien calientes.
Ahora que ya tuve tiempo de pensar y escribir estas líneas, puedo explicar con cierta lógica la razón de estos sentimientos encontrados. Eso si, debo advertir antes de entrar en detalle, que el tono gastronómico utilizado en el párrafo introductorio es un homenaje a las largas conversaciones sostenidas con mi editora chilena Bárbara Fuentes acerca de los suculentos frutos de los mares de este querido país y al enorme placer que me produce tan sólo pensar en ellos.

La combinación de agradecimiento y entusiasmo que sentí es, para mí, casi obvia. Sé que no es fácil ser invitado a este espacio en el que se reúne los mejores del periodismo chileno, por lo que intuyo que algo bueno debemos haber hecho en nuestra revista y por lo tanto agradezco mucho tal reconocimiento por parte de la Asociación Nacional de la Prensa. De igual manera me produce gran alegía la posibilidad de compartir y poner a prueba ante este experimentado auditorio algunas de las ideas sobre periodismo en las que creo y que quizás sirvan de algo para responder a la pregunta de ¿Qué quieren leer nuestros lectores de fin de semana?

Aunque fue precisamente esa pregunta, y no la invitación a este panel, la que me produjo el encuentro entre pánico y deseos de reir. No sabía si llorar de miedo o retorcerme a carcajadas cuando José Luis me mencionó el tema a desarrollar. Estuve a punto de decirle: “Oye José Luis, me estás hablando en serio? Tu quieres que yo responda a esa pregunta? Nadie sabe qué quieren leer nuestros lectores, ni hoy ni en el fin de semana. Esa es la pregunta del millón, esa es la piedra filosofal. Eso es lo que andan tratando de descifrar todo el tiempo periodistas, editores, dueños de medios, agencias de publicidad y, por último, los mismos lectores, que creen saber lo que quieren, pero lo único que tienen es una fiebre de ideas en su mente, que curan con lo que nosotros, los medios de comunicación, les brindamos.

Pero ahora, ya pasado el primera ramalazo de emociones, debo admitir, que precisamente por ser esa la pregunta que nos hacemos constantemente, es sobre todo sano para la calidad de nuestras publicaciones hacerla una y otra vez y tratar de responderla. Por supuesto la mayoría de nosotros, mirando las frías cifras y los flujos de caja , cree haber ya arañado un pequeño o gran trozo de la respuesta. Al fin y al cabo, las ventas son las ventas, y si un diario o revista, observa que la gente lo compra, que sus números de circulación crecen o se sostienen, y que ha sido aceptado a lo largo de los años, (aun por los escépticos anunciantes de publicidad) , pues lo único que puede pensar es que está ofreciendo a los lectores lo que ellos desean. Sin embargo, la pregunta persiste. Y menos mal persiste. Porque aunque los dólares o los pesos se estrellen a montones contra nuestra rostro de éxito, todavía no sabremos realmente si lo que estamos escribiendo es recibido por nuestros lectores porque es lo que desean o porque simplemente aceptan lo que nosotros decidimos que deben desear.

En otras palabras, una notable pregunta para hacerse, antes de cualquier otra es: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

Probablemente nunca se sepa, o quizás aparezca unos de esos bíblicos estudios de mercado que me afotee despiadadamente para hacerme despertar de mi ingenuidad o mi estupidez por lo que voy a decir. Pero no importa, soy capaz de poner la otra mejilla en este caso, porque esta es tan sólo una opinión. Como decía mi profesor de literatura : “Para que la despellejemos, muchachos.”

Y para no abarcar demasiado, voy a intentar enfocarme en el esplendoroso espacio-tiempo de los fines de semana o de los momentos de ocio, por llamarlos de alguna manera. La idea es la siguiente: tengo la impresión de que a pesar de que los periodistas rastreamos en el ambiente las pistas que deja ese monstruo informe de las tendencias y gustos de las sociedad, somos mucho más responsables nosotros del deseo de los lectores que ellos mismos. Y esa es una responsabilidad realmente apabullante.

Porque sí, sabemos o intuimos que en el fin de semana la gente quiere descansar, divertirse, quiere soñar, tal vez con viajes, o con jardines primaverales para arreglar, con comida exquisita, con la decoración de su casa, quiere saber de su equipo de fútbol, tal vez quiere recordar un lejano acontecimiento histórico, probablemente alguien quiera recibir algo de análisis sobre las noticias políticas de la semana. Y también hemos visto que palabras como internet, globalización y televisión, producen efectos concretos que entran a diario en nuestro sistema nervioso central ( y en el de nuestros lectores). Eso hace que “velocidad” sea la primera palabra que se nos viene a la mente cuando nos piden resumir esta época. Por lo tanto concluimos, con una elemental suma, que si el nombre de la época es velocidad y queremos informar a un lector sobre el arreglo del jardín, pues debemos hacerlo de manera rápida, concreta y con muy pocas palabras.

En fin, pero todas estos tópicos que intuimos como deseos del público no son más que las uvas de un extenso viñedo. Entre google.com, cómo lavar al perro, las relaciones entre Mark Anthony y Jennifer López y lo último en vestidos de noche, hay de todo: racimos de carmenere, sauvignon blanc, syrah, cabernet. Pero falta un pequeño detalle: nosotros los periodistas hacemos el vino. Le decimos a nuestros lectores a dónde viajar, por qué viajar, cómo viajar , etcétera , etcétera. En último término les decimos que deben hacer o por lo menos que deben querer. Ustedes lo saben perfectamente, el poder de la palabra es descomunal, con ella nos inventamos el mundo y después le contamos a la gente cómo es. Y desde luego, como simples especímenes pertenecientes al género humano, en ocasiones retornamos la cosecha a nuestros lectores en forma de suntuoso Chateau Margaux y muchas veces, atolondrados por las cifras de circulación a alcanzar, los deseos de impactar, los presupuestos a cumplir y los pantallazos de nuestro computador gritándonos rápido, rápido, producimos unas bochornosas botellas de almibarada Coca Cola.

Mejor dicho, lo que quiero plantear es que quizás el relajado escenario de los fines de semana, en el que nuestra mente se abre a miles de ideas diferentes del escueto despliegue de noticias cotidianas, sea el espacio perfecto para que repensemos la manera en la que estamos entregando a nuestros lectores lo que suponemos que quieren leer. Algunas de las curiosidades que podríamos auscultar en este ejercicio podrían ser del calibre de ¿Y bueno, dónde está el periodismo? ¿Cómo hacer para que nuestros lectores se acerquen a la famosa verdad sin morir de aburrimiento? ¿Cómo informarles sobre lo que sucede en su barrio o en el mundo? ¿ Cómo debemos escribir?
Porque pareciera que en muchos de nuestros medios lo que la era veloz a producido es la siguiente conclusión: si el mundo está manejado por microchips, entonces hagamos micronotas, porque si no es así nuestro moderno y atiborrado micro cerebro no resistirá la descarga. Que tremenda paradoja. Porque lo que han hecho en realidad los microchips es arrasar con la vieja frase que decía que el mundo es ancho y ajeno. Ahora el mundo es todavía más ancho y largo y alto, pero de ajeno, nada. Está en la mesa de nuestra casa. Servido para que informemos sobre él, para que lo describamos. Y, nosotros aterrados ante tanta inmensidad, lo que pretendemos hacer es explicarlo en pequeños embutidos de diez líneas.

Creo que allí hay una increíble confusión. Ante tanto por conocer, creo que los periodistas tenemos que controlar esa idea de que entre menos digamos sobre algo, menos peligro existe de que nuestro lector se muera de sueño. Todo lo contrario, para que semejante cúmulo de información no se pierda en una nada de diminutos destellitos, tenemos que investigar más, describir mucho, explicar más, escribir mejor.

Por lo tanto veo que ha llegado el momento de hablar un poco de la crónica periodística o del periodismo narrativo (como dicen los gringos) o periodismo literario o nuevo periodismo o como se le quiera llamar a esa imbatible manera de contar historias sobre hechos o personajes reales de un modo profundo y muy atractivo. La crónica, decía Gabriel García Márquez, es como un cuento pero enteramente basado en la realidad. Pero no voy a caer en el desacierto de dar lecciones sobre este género periodístico a personas como ustedes que han lidiado con él a lo largo de sus carreras y que conocen perfectamente. Lo que sí voy a hacer es contarles acerca de unas pocas conclusiones que he sacado de mi experiencia personal, esa si única, con relación a esta forma de hacer periodismo, desde una tribuna privilegiada, la de la revista Gatopardo. Aclaro que la experiencia es única y privilegiada, no porque la revista sea extraordinaria, maravillosa o brillante, ni nada por el estilo. Simplemente, porque de acuerdo con la simple ley del mercado, es hasta ahora la única publicación dedicada por completo a este género y que a la vez circula en toda América Latina. En ese sentido he tenido un amplio horizonte para observar como reaccionan los lectores, sobre todo los de fin de semana, ante un experimento como ese. La verdad es que han reaccionado extremadamente bien, cuatro años de vida en constante crecimiento me lo dicen. Cuatro años que también me han permitido ver como se derrumban ante mis ojos dos o tres mitos del periodismo latinoamericano.

3. Que a los latinoamericanos no nos interesa mayor cosa saber acerca lo que sucede a nuestros compañeros de habitación en este continente.
4. Que los latinoamericanos no leen.

5. Que los textos largos son más aburridos y soporíferos que un discurso presidencial.

En cuanto a lo primero he podido observar en primera línea como lectores chilenos, vibran, comentan, elogian y han sentido como suyas muchas historias escritas por venezolanos, mexicanos, peruanos o argentinos y acontecidas en esos países. Y lo mismo ha sucedido en todo tipo de combinaciones con respecto a las crónicas sobre hechos de un país que llegan a los lectores de otro país.

2. Los latinoamericanos no leen malos textos. Pero si la historia es divertida o intrigante o novedosa o conmovedora pero, sobre todo, bien narrada, se la devoran.

3.Los latinoamericanos leen con pasión textos largos con las características del punto anterior. Inclusive, ante la ausencia en muchas ocasiones de tiempo para leer libros completos, sustituyen esa lectura por la de una buena crónica o reportaje y sienten que han crecido en conocimiento y cultura.

Por supuesto entiendo que las estadísticas producidas por este todavía reducido experimento llamado Gatopardo, no sean suficientes para derrumbar ancestrales temores y hábitos periodísticos, que a fuerza de costumbre se han convertido en dogmas.

Tal vez una ojeada a lo que sucede con el gigante del periodismo mundial, pueda apoyar mi referencia al periodismo narrativo. Todos hemos mirado alguna vez hacia el universo periodístico de los Estados Unidos y admiramos uno que otro de sus diarios o revistas. Allí el tema de la crónica siempre ha sido importante. No en vano, de grandes como Tom Wolfe, Guy Talese o Truman Capote, salió la noción de nuevo periodismo. Pero ahora el asunto se ha convertido inclusive en herramienta fundamental para atacar los problemas de la industria.
Mark Kramer , profesor de periodismo en la Universidad de Boston y participante en el reciente seminario sobre periodismo narrativo de la Fundación Nieman en la Universidad de Harvard, nos da algunas luces al respecto. En un ensayo titulado “El Periodismo Narrativo llega a la mayoría de edad”, Kramer , con pragmatismo, dirigiéndose en simultánea a los dueños de los medios y a los idealistas editores o reporteros, dice: “El interés editorial en la narrativa periodística ha venido siendo estimulado en la búsqueda de soluciones a muy comunes y actuales problemas del negocio como el decrecimiento o estancamiento en la circulación de los periódicos, en el decrecimiento de los minutos dedicados a la lectura , o para pelear contra el envejecimiento en su base de lectores.”

En otras palabras, lo que están haciendo los periódicos, sobre todo en sus páginas y revistas dominicales, y eso se podría extender a las revistas de fin de semana y también de actualidad, es combatiendo la baja en la lectura y el decrecimiento en circulación, con buena larga, investigada y atractiva lectura, es decir con crónicas, no con capsulitas. El argumento, tan manido y a veces reverenciado por los periodistas, del limitadísimo attention span (como dicen los estadounidenses) o capacidad de atención de los lectores modernos sólo se aplica para los malos textos. En las historias bien narradas, bien investigadas y llenas de detalles, el attention span se agiganta y pide más y más aventura.

Más adelante insiste Kramer: “La narrativa está en esta lista de remedios porque atrapa lectores, en esta era de saturación de mega corporaciones de medios, de páginas de internet y de adicción al trabajo, los lectores todavía se sienten atraídos hacia las historias en las que las vidas y decisiones de las personas son descritas vívidamente.”
Y remata: “Es indiscutiblemente más divertido escribir y leer algo así como “Los payasos se tambaleaban, los leones rugían y un rutilante artista del trapecio se balanceaba sobre la multitud, mientras las trompetas tocaban estrepitosamente la marcha de Sousa. Bella el payaso, ha desembarcado de nuevo con su circo de la gran manzana en nuestro pueblo..” Que leer algo así como: “La visita anual del circo de la gran manzana se inició ayer. De acuerdo con el portavoz Joe Doakes, este año incluye la presentación del gran payaso Bella, al igual que leones, trapecistas y una banda circense”.

Y finaliza Kramer: “Casi cualquier historia noticiosa se beneficia con un trozo de periodismo narrativo, porque los reportajes vívidos atrapan lectores, lanzándolos hacia la placentera ilusión de la inmediatez”.

Yo por mi parter se que diarios como The Washington Post y muchos otros en Estados Unidos, han creado equipos dedicados exclusivamente al desarrollo de noticias o historias a través de este género periodístico. Pero no lo han hecho por simple vanidad o satisfacción intelectual, lo hacen porque sus cifras les dicen que con ello conquistan lectores. Es más, el Washington Post, publica normalmente en su edición de fin de semana una larga crónica en serie que se inicia el domingo pero que va dividida por capítulos hasta llegar al martes. Con esa fórmula ha comprobado que el nivel de lectura no desciende al comenzar la semana.

No es gratuito que entre las 20 revistas de mayor circulación en Estados Unidos, muchas de ellas propias de una lectura de fin de semana, la inclusión permanente de crónicas o periodismo narrativo sea un hábito ya establecido. Desde la enorme AARP Magazine, la de mayor circulación en el mundo con 22 millones de suscriptores (dirigida a los jubilados de ese país) , pasando por National Geographic (6 millones 600 mil) , Readers Digest (11 millones) , Womans Day (4 millones 200 mil), Time ( 4 millones cien mil) o Playboy (tres millones), todas utilizan con creces el género.

Y sin necesidad de ir tan lejos, tengo entendido, que el prestigioso Mercurio de Santiago, realizó el año pasado una serie de talleres para sus periodistas y editores con el estupendo cronista peruano Julio Villanueva, viejo amigo de Gatopardo, con la intención de dar vitalidad y creatividad al lenguaje y a las formas narrativas utilizadas tradicionalmente por su sala de redacción.. También dentro de lo poco que leído en este viaje, he observado que los editores de la revista Paula se preocupan por incluir esta fórmula en sus páginas.

Como conclusión, después de tanto rollo, lo primero que debo decir acerca de los lectores de fin de semana, entre quienes me cuento, es que acepto que los chismes sobre los amoríos de mi estrella de cine favorita o las fotos de casas bonitas y muebles seductores para comprar y todos esas pequeñas notas para descansar después de una dura jornada de trabajo producen diversión, yo las leo con deleite y curiosidad, y cumplen un papel. Pero no debemos caer en el error de pensar que eso es lo único que desea el lector (ni siquiera lo principal). Es tan sólo algo que nosotros hemos decidido ofrecerle. Y que si se convierte en nuestra meta, estaremos irrespetando la inteligencia de quienes nos leen, al pensar que ese material es el único que acepta su internetizado cerebro y estaremos arrasando con los propósitos esenciales del buen periodismo.

Creo que es fundamental para el desarrollo de un mejor periodismo en general y una sabrosa lectura de fin de semana en particular, que todos los medios contemplen la posibilidad de desarrollar en sus páginas ( no importa si la temática es frívola, seria, política o lo que sea) historias marcadas por los elementos del periodismo narrativo. Y no lo digo con el propósito de pasar a la historia con una tesis revolucionaria. Simplemente porque estoy seguro de que con ello nos acercaríamos al máximo ( y acercaríamos a nuestros lectores) a la idea básica de encontrar la verdad e informar la verdad que encierran las personas y hechos de este planeta. Y porque el grado de investigación, verificación, descripción, destreza narrativa que requiere hacer una buena crónica, no sólo la convierten en la manera más entretenida de acercarse al conocimiento de algo o alguien, sino también porque para nosotros periodistas produce la certeza de estar llevando nuestro trabajo a su máxima expresión.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:39 pm

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Para qué sirve un diario

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Por Juan Varela / La Nación / noviembre de 2008

Diseñar un diario es una pelea con el espacio y el tiempo. Un día no cabe en un diario. Falta espacio para tantas noticias por muy grandes que sean sus páginas. Diseñar un diario es una tensión con el texto y la imagen para ofrecer mejor información de la forma más atractiva. Walter Lippmann, uno de los grandes creadores del periodismo moderno, decía que “la calidad de las noticias en la sociedad es un índice de su organización social”. La calidad del diseño es la medida de la organización del propio diario. El diseño periodístico es una forma de entender la información y la expresión de un concepto editorial claro. Sin esa claridad, lectores y periodistas están perdidos. Y un diario debe servir para orientar, nunca para confundir.

En la era de la cultura de la convergencia y del hipertexto, del texto enriquecido y conectado, un diario no puede ser plano. Y tampoco puede dirigirse a un único lector, con aquella autoridad con la que los viejos periódicos hablaban a sus lectores como si de un público homogéneo y sin capacidad de respuesta se tratase.

Un diario hoy debe ofrecer más espacio y herramientas para la elección de los lectores. Cuanta más libertad y más opciones tenga el lector, mejor cumplirá el diario su función de informar. Libertad para los lectores es también libertad para los periodistas. Para encontrar los estilos, los formatos y los elementos más apropiados para expresar la información, que además de estilo debe tener carácter, personalidad e intención en la era de la abundancia, cuando la comunicación nos rodea por todas partes pero siguen siendo imprescindibles las herramientas para aventar tantos datos, tanto ruido, y encontrar la mejor información.

La Nación estrena un paquete de cambios dirigidos a mejorar su diálogo con los lectores. Nuevos formatos que permitan al lector escoger la velocidad de lectura al tiempo que profundiza en la información. Mayor armonía tipográfica respetando la tradicional Bodoni, una fuente de enorme raigambre periodística, a la que se da contraste y limpieza con la tipografía Taz, una letra de palo seco con carácter. Aumenta la apuesta por el impacto visual, tanto con las imágenes como con la infografía y la propia tipografía. Un trabajo con todos los elementos del tejido de la información para mejorar la experiencia del lector y que pueda sentirse más cómodo y mejor informado. Y para ese fin la redacción se compromete todavía más con la edición y con su propio trabajo para ahorrar trabajo al lector.

El diario ya no es único. Además del papel está la web, y este nuevo paso de LA NACION las posibilidades de Internet se integran más naturalmente para ampliar su oferta a los lectores en cada una de sus secciones y páginas.

El diario que hoy se encuentran sus lectores quiere ser más suyo que nunca.

Quiere ser más LA NACION renovando su identificación con el periodismo de calidad y el buen texto. Sin miedo de decir lo que debe ser dicho y como debe ser escrito y mostrado. Por todo eso LA NACION de hoy no es más que un nuevo paso en una pelea constante por ofrecer un mejor diario y responder con la mayor diligencia y responsabilidad a las necesidades de sus lectores.

Para que sirva a la tarea diaria de estar mejor informado, con más criterio y alejando el aburrimiento de sus páginas y de la información.

Written by Marisol García

August 5, 2009 at 3:01 pm

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Neither pedantic nor wild?

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By Michael McNay / The Guardian.

The Guardian has always been a newspaper for writers, and so a newspaper for readers. All the other skills, copy editing, design, typography, illustration, photography, are there to enhance the writing and to make it more accessible, to make the paper a more desirable journal to read – though illustration and photography each has its separate justification as well.

It should not be necessary to add that Guardian writers and subeditors should all be interested in the language, in its proper use and its development, and that regular trips to books as wide-ranging as Gowers’ The Complete Plain Words, Partridge’s Usage and Abusage, Orwell’s brilliant short essay Politics and the English Language, Fowler’s Modern English Usage, or Kingsley Amis’s The King’s English, are useful in sharpening professional tools as well as for entertainment.

One says it should not be necessary, but it is very obvious all round the Guardian office that uncomfortably many people involved in producing and shaping text for the paper rely more on the casual question, “What’s the style for x?” and the casual answer, “I think it’s probably y.” Journalists who are not sufficiently interested in house style to check the house style guide are not on the face of it very likely to be much interested in style at all.

But our approach to style in its broadest sense is, if anything, more important now than before, first because other newspapers, which may always have had good writing in specialist areas, have caught up fast across a whole range of news and features; second because the Guardian itself employs so many staff on freelance shifts or short contracts who arrive here with no particular idea of what makes this paper different from others, and even staff journalists who are never inducted into what values the Guardian holds particularly close; third, though more obscurely, because of the arrival of the internet: this style guide itself is the first to be published on the world wide web. That makes it accessible in seconds; it cannot get lost or suffer having coffee spilt on it. But though there is no reason in itself why new publishing methods should change the language for the worse, the example of radio and television shows that it can: at the top end, the best correspondents file spoken reports that could grace this newspaper; at the broad base, reporters speak a form of unlovely but infectious journalese destined only for the rubbish bin.

House style is the means by which a newspaper seeks to ensure that where there are permissible variants in spellings, the use of acronyms and so forth, a unified approach to these matters is adopted to help in disseminating a sense of rationality and authority in the use of language. What it does not mean is imposing a unified writing style on the newspaper. Many of the reporters, columnists, critics and at least one former editor who once ran a highly idiosyncratic gossip column and who have enlivened the pages of the Guardian and helped to build its international reputation could hardly have done so had they been edited from the beginning into a homogenous house style. A subeditor can do no worse disservice to the text before him and thus to the writer, the reader, and the newspaper, than to impose his or her own preferences for words, for the shape of sentences and how they link, for a pedantic insistence on grammar in all cases as it used to be taught in school; in the process destroying nuances and possibly even the flow of a piece. And I write this as a career copy and layout editor with the best part of 40 years’ service on the Guardian and who regards the skills involved in copy editing not just as desirable but essential.

Editing involves fine judgment, particularly as the paper has so many sections today serving possibly quite different kinds of readership. But fine judgments mean good editing, blanket judgments mean bad editing. A piece written in the vernacular that would be inappropriate on the analysis page or even (even?) in a sports column might pass muster in the Guide, where the demotic language of an NME review would be closer to the mark than the high style of Macaulay or CP Scott. And dealing sympathetically with quirks of writing style certainly does not preclude tidying up cliche-ridden journalese, verbosity, the latest vogue words and phrases, the words and phrases that flatten out meaning, replace a range of better more finely tuned words and concepts, and anaesthetise writing.

The introduction to the Guardian stylebook of 1960, which itself was a revision to the initial guide published in 1928, was headed “Neither pedantic nor wild”.

That much has not changed.

· Michael McNay worked for the Guardian from 1963 to 1999. He edited The Guardian Year 2000

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 9:19 pm

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Keeping our house style in order

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The Guardian style guide turns 75 next month, but it remains as alert as ever

By David Marsh / The Guardian

Yorkshire pudding or yorkshire pudding? Bombay or Mumbai? Alastair or Alistair Campbell? Alistair or Alastair Darling? How many Zs in Condoleezza? What do we call “air hostesses” these days? And which of the Teletubbies is purple?

Welcome to the world of the style guide editor.

The Guardian style guide, which contains the answers to these and 1,750 similar dilemmas, is about to celebrate its 75th birthday. The first “Style-book of the Manchester Guardian”, as it then was, appeared in November 1928 under the auspices of the great CP Scott, then well into his sixth decade as the paper’s editor.

In addition to such vital information as what to call domestic servants – cook general (two words), housemaid (one word), kitchen-maid (hyphenated) – it reminded staff to capitalise CHANCELLOR of the EXCHEQUER, warned gravely that Sinn Féin were “Extreme Republicans”, and advised: “When a compositor cannot decipher a word, it is better to put in a blank than a word that is obviously wrong.”

That first style guide lasted until 1960, when a new edition marked the dawn of that swinging decade with the daring decision to drop the kitchenmaid’s hyphen. The third edition, in 1969, was notable for this plea from the paper’s editor: “In news stories, would writers and subeditors please put the point at the beginning?”

The kitchenmaid survived that revision, but not the next, a decade later (by which time Yorkshire pudding had become yorkshire pudding); however, such Guardian eccentricities as the spelling of jail as “gaol” were not abandoned until the late 1980s and the fifth edition, a chaotic volume in which concern for mere words was all but lost amid acres of instruction in how to use the industry’s then novel computer technology.

Such technology eventually made it possible to replace the traditional style manual with an electronic version. In March 2000, the Guardian became the first UK newspaper to put its style guide on the world wide web. Some of our rivals have followed; others are likely to. Style books are out of date before they reach the printer, whereas an online guide makes it possible to update entries quickly, responding to world events and breaking news stories. It also enables us to engage in a dialogue with readers, who care passionately about the language we use. We receive emails from all over the world, from the effusive – “The Guardian style guide is one of the best and linguistically most progressive I have seen across several languages. I can tell you it is widely used by members of English departments in many universities in Europe” – to the abusive: “The people of Madagascar do not call themselves Madagascans. Believe me. You are idiots.”

As the Guardian reaches an ever-widening international audience, particularly through the website, interest in our treatment of foreign languages and placenames has grown.

“I know this won’t matter to you, but I have decided to stop buying the Guardian on a daily basis after 25 years because of the newspaper’s failure to live up to its promise to correct manifest errors,” said one reader complaining about the Guardian’s failure to place accents on Spanish words.

Another pointed out the effect of that failure: “You wrote a short note on the meaning of the Spanish film title Y tu Mamá También. I hope you can read the accents I have put on the words ‘mamá’ and ‘también’. If you don’t place them there, you will be saying, instead of ‘and your mother too’, something like ‘and you suck it too’.”

Those readers will be pleased to know that the Spanish tilde (as in mañana) and aguda (as in Gabriel García Márquez), dropped some years ago, were reintroduced this month, along with the Irish Gaelic fada (as in Fianna Fáil). Diacritical marks and accents are notoriously hard to get right but there is no excuse for a progressive newspaper with an international outlook not to try.

This brings me to the most important point. A style guide should be much more than a list of grammatical rules, enforced by what Steven Pinker calls “language mavens”. Rules change, and many (for example, those forbidding so-called split infinitives or constructions such as “hopefully it will be fine tomorrow”) are baseless.

We follow a style guide to be consistent, coherent, and to make fewer mistakes, but above all because the style of a newspaper should complement what it stands for – in the way we write about such issues as gender, race, and disability, and the respect with which we treat those we write about. Language evolves, but the Guardian remains true to its values. CP Scott would expect nothing less.

David Marsh is assistant editor (production) of the Guardian. Ian Mayes is away

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 9:18 pm

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one image, one word

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Delivering simplicity on the front page.

Por Anne van Wagener / Poynteronline

A single image — a woman grieving over her husband’s body shrouded in a white sheet.

A headline or just one word (or a very few) — “Heartbreaking.” “No Mercy.” “UnGodly.” “Help Us, Please.”

They capture the destruction and desperation caused by one of the worst natural disasters in U.S. history. For purposes of gripping readers and engaging them in your coverage, nothing else need be said.

Wall-to-wall coverage of stories such as Katrina or Sept. 11 provide the opportunity to simplify and get out of the way. People need information delivered in its most basic form.

As someone who once lived in the region, I think about the information needs of people with loved ones in Louisana. Number one question: “Are they okay?” Followed by: “How can I help?” “What do you need? “How can I help other victims?”

The need to simplify becomes even more urgent in the areas directly affected by Katrina.
Deliver the essential information to victims who are in desperate need and have no means of communication. Design matters little except in its simplicity.

One image can transport the reader to a deeper level of understanding of the story.

One word can focus the feeling of a nation.

HELP US

A single image

HEART

A single word

Written by Marisol García

August 2, 2009 at 12:24 am

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