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“Gato-mono” estremeció a lugareños de Lenca

Alexis Matamala Olavarría, Ulises San Martín Vera

El pasado miércoles 8 la criatura llegó a este mundo, a las 3 de la madrugada. La familia Navarrete Igor quedó estupefacta por el nacimiento
Estremecedores e insoportables fueron los maullidos, como un presagio de que algo extraño y anormal ocurriría. “Cuchi cuchi”, una gata, a las 3 de la madrugada del miércoles 8 del presente mes, trajo a este mundo a cuatro gatos en el patio de a casa de la familia Navarrete Igor, los cuales viven en el sector de Lenca, kilómetro 35 de la Carretera Austral.

La familia y, de sobremanera, sus pequeños hijos, Claudia (8), Carla (4) y José (3), estaban felices con la llegada de estos, aparentes, animalitos, mientras disfrutaban del parto de su “gata regalona”, que día a día llenaba sus corazones.

Uno de los cuatro “gatitos” dio a conocer la “gran diferencia” que tenía con sus hermanos, ya que su aspecto era característico de seres de fábulas y de terror. “Pensábamos que estaba muerto, porque la gata no lo

atendía ni amantaba como a los demás”, contó, asombrada, Rosa Igor,

madre de los niños.

Instantáneamente el “animalito” fue llamado como “gato-mono” por los niños. Lo más notorio de su aspecto fueron sus ojos, que a juicio de la mujer, eran “muy prominentes. Esto nos hizo convencernos de que era algo muy raro y sea lo que sea no era bueno”, confesó aterrada Rosa.

“Era muy feo, se parecía a un mono,

ya que tenía los dedos largos y ojos

muy sobresalientes. Mis pequeños hijos se asustaron mucho, pero los tranquilicé diciéndoles que era un monito del campo y que no era nada malo, aunque a mí me parecía un demonio”, contó la mujer.

El “gato-mono” jugaba con normalidad, en un principio, con sus demás hermanos, pero “Cuchi cuchi” no lo aceptaba. El animal poco a poco fue perdiendo fuerzas; sólo pudo supervivir gracias a los cuidados que le entregó la familia Navarrete Igor.

La corta vida de “gato-mono”, sin duda alguna, provocó conmoción tanto en los lugareños del sector como en los turistas. “Este monito llamó la atención de todos los vecinos de Lenca, quienes llegaron a la casa para verlo e, incluso, unos turistas lo fotografiaron, porque lo encontraron muy raro”, expresó la asombrada mujer.

Cada día transcurrido el “fenómeno” se hacía más diferente a los demás gatos, puesto que “¡sus ojos eran de fuego!”, según contó exaltadamente Rosa.

“Gato-mono” tuvo un corto existir, ya que su madre “cuchi-cuchi” lo aplastó, asfixiándolo, el pasado viernes. Este acontecimiento causó un dolor inesperado en la familia, sobretodo en los pequeños que se encariñaron, en cierta medida, con la extraña criatura.

Posterior al deceso de “gato-mono”, la familia botó su pequeño cuerpo, para así no dejar huella alguna de su corta, pero recordada existencia. Con este acto, ningún especialista pudo analizar su caso. Sin embargo, como se puede apreciar en las fotografías, “gato-mono” fue un ser de carne y hueso y no una simple invención de la pobladores de Lenca, como lo pudo comprobar en terreno “El Llanquihue”.

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Diario Aysén2010-02-12

Dos Heridos Graves Deja Violento Choque en Plaza del Pionero

En la imagen: Accidente ocurrió cerca de las 02:30 horas de ayer jueves.
Se produjo en circunstancias en que un vehículo marca Jeep, modelo Gran Cherokee, del año 2000, y en cuyo interior viajaban 4 personas, bajaba a exceso de velocidad por la mencionada arteria de Coyhaique.
La noche transcurría en calma en el sector de calle Baquedano. El ovejero, junto a su blanco rebaño, mantenía su paso eterno haciendo frente al viento, en medio del frío silencio forjado en hierro que lo envolvía. Las casas dormían, la luna también. Un gato negro, más negro que la misma noche, se deslizaba como una sombra invisible y acechante. Algunas cuadras más arriba, un grupo de jóvenes amigos bajaba velozmente por esa misma avenida a bordo de un vehículo lleno de bromas, risas, música. De vida y algunos tragos de más.
El reloj marcaba cerca de las 02:30 de la madrugada. Las luces del jeep Gran Cherokee iban abriéndose paso entre la espesura de la oscuridad. El gato escuchó el ruido del motor a lo lejos, rompiendo el silencio. Acercándose cada vez más rápido. Entonces, asustado, tuvo un impulso y decidió escapar de aquello que le parecía amenazante. El conductor del vehículo apenas alcanzó a ver la negra silueta que se cruzaba en su camino, y bruscamente giró el manubrio para esquivarla. Un breve estrépito trizó abruptamente la quietud de aquellas primeras horas de la madrugada. Luego, el silencio volvió a cubrirlo todo.
Y el gato, desde la vereda de enfrente, volteó la cabeza, contempló por un segundo las flores destrozadas de la plaza, esparcidas por el suelo, y desapareció.

En la UCI del Hospital Regional

Según informes de Carabineros, el violento choque ocurrido durante la madrugada de ayer jueves frente al número 631 de Avenida Baquedano, y que dejó un saldo de dos heridos de carácter grave y otros dos con lesiones leves, se produjo en circunstancias en que un vehículo marca Jeep, modelo Gran Cherokee, del año 2000, y en cuyo interior viajaban 4 personas, bajaba a exceso de velocidad por la mencionada arteria de Coyhaique, cuando sorpresivamente un animal atravesó la calzada, ocasionando la brusca maniobra del conductor, quien al intentar evitar atropellarlo se subió a la Plaza del Pionero, destrozando 25 metros de reja de madera y 3 carretas ornamentales de propiedad municipal. De estos ocupantes, cuyas edades fluctúan entre los 22 y 29 años, uno tiene domicilio en la comuna de Las Condes de Santiago, otro reside en Valdivia y los otros dos, que corrieron mejor suerte, pertenecen a Coyhaique.
Al lugar de los hechos acudieron la SIAT de Carabineros, una ambulancia del Hospital Regional, el GOPE y Bomberos, a fin de proceder a las labores de rescate de los ocupantes del vehículo, los que quedaron atrapados en su interior debido al estado en el que quedó la estructura del mismo a causa del violento impacto. Por orden del fiscal de turno, se realizó una causa basal que señala que el conductor se encontraba con estado de temperancia alcohólica en grado no determinado, sumado al exceso de velocidad en que se desplazaban, lo cual quedó evidenciado, además del nivel de destrozos y estado del automóvil, en la huella de la frenada, de unos 35 metros.
El conductor del vehículo quedó internado con politraumatismos en la UCI del Hospital Regional de Coyhaique, tras salir eyectado desde su asiento a través del parabrisas unos 50 metros, por lo que se presume que viajaba sin su cinturón de seguridad, mientras que el valdiviano permanece en observación en el mismo recinto hospitalario.

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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:37 pm

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haití y el terremoto: el polvo negro que lo impregna todo

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FRANCISCO PEREGIL – EL PAÍS – 07/02/2010

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Las buganvillas rojas, rosas y moradas sobre los escombros. Las casas que quedaron con la fachada hacia el cielo, como barcos hundiéndose; las que continuarán en la memoria volcadas hacia la derecha como una amiga que se recuesta sobre el hombro de la que acaba de irse. Jesucristo en un crucifijo de casi dos metros, en una esquina, en plena calle, y detrás de él, una iglesia desplomada. Cuatro muchachos presos detrás de las rejas de la comisaría de Carrefour pidiendo agua y comida entre risas. Los bomberos mexicanos abrazándose y hablando en círculo antes de inspeccionar las ruinas del palacio presidencial. Tantísima basura quemándose y sin quemar en las calles. Las mujeres cocinando a la luz de la luna en peroles inmensos. Las esculturas de los espíritus del vudú alargadas. Las familias echadas en sofás, camastros o en el suelo, a la puerta de un hotel o en cualquier plaza. Las calles cortadas para dormir.

El polvo negro que lo impregna todo de suciedad. Tantas montañas verdes con cientos y cientos de chabolas. Los barrancos resecos que cruzan las calles. Los charcos en medio de una vía principal; y en pleno charco, los guarros entre los vehículos. La forma en que se colocan la falda las mujeres para lavar o para sentarse, con la tela entre las ingles y las piernas desnudas. Las jóvenes bañándose con los pechos descubiertos sin ningún pudor y sin que los hombres las molesten con la mirada siquiera. La casa circular de la Autoridad Suprema del Vudú, con sus pequeños templos en medio del jardín, sus árboles eternales de troncos altísimos y los frutos maduros cayendo de golpe en el suelo. Los templos de los sacerdotes vudistas, en sótanos sucios, recónditos, y dentro de los templos, las pequeñas habitaciones con sus calaveras y las botellas de alcohol como ofrenda. Un hotel en ruinas, con los espejos rotos, las vigas partidas, las habitaciones amplísimas, con una silla detrás de las puertas como única cerradura, con periodistas y víctimas del terremoto durmiendo por las noches al raso sobre las losetas del borde de una piscina en la que nadie se baña. La gente caminando de noche en una ciudad de tres millones de habitantes, sin apenas luz eléctrica. Árboles preciosos de troncos que no podrían rodear tres hombres en medio de un barranco inmundo. La cantidad de coches todoterreno en un país tan pobre. Los mototaxistas jugándose su vida y la del cliente sin casco que los proteja a ninguno de ellos.

Pasear por un país negro tan masacrado por la historia y no encontrar una sola mirada de odio. Las mujeres con los sacos de comida y los barreños de ropa en la cabeza. Las fachadas rosas, verdes y azules del centro destruido. Los autobuses, claro, los autobuses con sus pintadas casi infantiles, lo mismo del Che, Jesucristo, Obama o Maradona. Los pastores protestantes cantando en misa con sus camisas blancas y corbatas negras a pleno sol; son la única gente que he visto con manga larga y corbata. Las colas a la puerta de las compañías de transferencias, con sus rejas en la entrada custodiadas por hombres armados. El carnet de identidad que el negro le muestra al blanco como tarjeta de presentación para trabajar como intérprete, conductor o lo que haga falta. Por supuesto, los cadáveres entre el polvo. Pero también la sonrisa de los chavales. Y las ganas de vivir.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:30 pm

el pueblo más triste del mundo

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JOHN CARLIN – EL PAÍS – 08/11/2009

Esta minoría musulmana de Birmania se ve salvajemente perseguida por la Junta Militar de su país. Viajamos para conocer a los refugiados rohingyas en Bangladesh y Malaisia. Quinta entrega de la serie con la que Médicos Sin Fronteras y ‘El País Semanal’ quieren rescatar del olvido a las víctimas de la violencia.

He aquí una fórmula para hacer fortuna en tiempos de crisis. Vayan a la punta suroriental de Bangladesh, en la frontera con Birmania, y compren un viejo barco de pesca. Costará 100.000 taka, o 1.000 euros. Prevean 500 euros para arroz y agua potable y quizá otros 500 euros para sobornos. Luego vayan a buscar clientes entre los más desposeídos de Bangladesh, un país tan densamente poblado y tan pobre, que, para que España tuviera unas condiciones económicas similares, debería contar con una población de 550 millones y una renta media, no de la mitad de la que tiene hoy un español, durante la peor recesión que se recuerda, sino de la vigésima parte.

Pero el mercado al que apuntamos aquí es incluso más pobre. Hablamos del que debe de ser el pueblo más olvidado de Asia, y quizá del mundo. Se llaman a sí mismos rohingyas y son una minoría musulmana que vive en Birmania; 30.000 de ellos han sufrido una persecución tan cruel a manos de la junta militar de su país, en gran medida debido a su religión, que han preferido huir al otro lado de la frontera para vivir en un campo de refugiados construido por ellos mismos en una pequeña colina tan ardiente, abarrotada y plagada de enfermedades, que, por contraste, los miserables pueblos vecinos de pescadores en Bangladesh parecen la Costa del Sol.

De las 30.000 personas que viven en el campo, llamado Kutupalong, un tercio son niños menores de 10 años. Cuando un fotógrafo, un trabajador de Médicos sin Fronteras y yo los visitamos, vimos cómo sonreían, se reían, armaban alboroto. La inocencia es la felicidad. No se habrían reído si hubieran tenido alguna idea del destino que les aguarda cuando sean adultos o que quizá esté al acecho a la vuelta de la esquina. Se dan casos aquí de madres desesperadas que, cuando no ven otra posibilidad de supervivencia, venden a los niños, habitualmente para que se conviertan en esclavos; esclavas sexuales, si son niñas. Pero ésos no son los clientes en los que están interesados los inversores de la zona. Lo que buscan son hombres jóvenes, normalmente de entre 16 y 25 años, que osan soñar con un futuro más brillante que lo mejor que puede ofrecerles Bangladesh, pedalear día y noche como conductores de rickshaw, lo que les permite ganar las suficientes migajas como para poder seguir pedaleando el día y la noche siguientes. Para esos jóvenes, la tierra prometida es la nación islámica de Malaisia, un tigre asiático de rascacielos relucientes, modernos puentes y limpias autopistas que se encuentra a 1.500 kilómetros al sur de Bangladesh, un país que, al aterrizar allí en un Airbus 330 de las líneas aéreas malayas, me pareció pertenecía a otro mundo, otro siglo. El Airbus no es una opción para los rohingyas, que no tienen pasaportes porque no se les considera ciudadanos en su propio país. Aquí intervienen los barcos de pesca, el arroz, el agua potable y los sobornos. El empresario astuto, que se ve a sí mismo como una especie de agente de viajes, ofrece a esos jóvenes soñadores un trayecto por mar hasta Malaisia por una tarifa de 200 euros por cabeza. En el barco, de unos 20 metros de largo, cabría normalmente una docena de pescadores. Pero, para este tipo de viaje, sin ninguna necesidad de llenar la embarcación de pescado, el objetivo es llenar hasta 100 cupos. Eso significa una ganancia de 20.000 euros para una inversión de 2.000: un beneficio del 1.000%.

Una limitación del negocio es que sólo se puede emprender a finales de año. Diciembre, invierno en esa parte del trópico, es cuando las tormentas de los mares del sureste asiático se calman y las corrientes y los vientos son favorables para Malaisia. Mientras escribo, los traficantes están comprándose barcos y vendiendo paquetes de viaje, igual que hace un año, cuando más de mil zarparon de las costas de Bangladesh. He hablado con media docena de esos aventureros por separado; aquí figuran las historias de tres de ellos. Sufrieron tormentas, hambre, enfermedades, sed, palizas, cárcel, trabajos forzados y, en diversos momentos de sus trayectos, la seguridad de que iban a padecer muertes lentas y terribles.

Otro tipo de muerte lenta era de la que habían huido en Birmania. Las historias que contaban los viajeros de su vida en su país coincidían con las que me habían contado unos líderes rohingyas en el campamento de Kutupalong, un panorama que evocaba imágenes de la era de la esclavitud en Estados Unidos durante los siglos XVIII y XIX, con un trasfondo no del todo diferente a las vicisitudes más recientes de los palestinos desplazados.

Los rohingyas viven en el noroeste de Birmania, en un Estado llamado Arakan, un nombre que suena al de un hermoso país mágico en uno de los cuentos de Narnia, de C. S. Lewis, pero es, en este caso, una tierra triste en la que gobiernan tiranos. Birmania, dirigido sin tregua por un régimen casi tan impenetrable y siniestro como el de Corea del Norte desde que se negó a aceptar los resultados de las últimas elecciones democráticas en 1990, es un país cerrado a los periodistas extranjeros. Al hablar con los rohingyas se comprende por qué.

Discriminados porque son musulmanes en un país budista, porque suelen tener la piel más oscura que la mayoría de los birmanos (un alto diplomático birmano los calificó recientemente en público de “marrones oscuros” y “tan feos como ogros”), y por una compleja historia de resistencia al control central (en la II Guerra Mundial se aliaron con los británicos en vez de con los japoneses, de quienes eran partidarios en su mayoría los birmanos), son unos presos sin Estado propio en el país en el que han nacido. No pueden trasladarse de un pueblo a otro sin permiso de las autoridades militares locales; no pueden casarse ni tener hijos sin permiso; no tienen la potestad de resistirse cuando les confiscan sus tierras poco a poco para dárselas a colonos budistas llegados de las ciudades; no tienen la fuerza para resistir la obligación de trabajar la tierra que les han robado, sin cobrar nada a cambio; ni pueden oponerse a hacer todas las tareas serviles que les exigen los militares, desde construir carreteras hasta cargar arroz, hasta cortar hierba, y no pueden practicar su religión libremente. Al caer la noche, cuando deberían ir a la mezquita a rezar, no están autorizados a salir de casa. Y existe una política claramente dirigida a debilitar el islam en el Estado de Arakan: cuando se atrapa a alguien efectuando reparaciones en una mezquita, desde arreglar un tejado hasta pintar una pared, se le castiga con la cárcel y una multa.

“Nos dicen que es su país, que no es nuestro”, me dijo uno de los viajeros rohingyas con los que hablé, un chico educado, tímido, devotamente religioso, de 19 años, llamado Mohammed. Era el mayor de ocho hermanos, y su padre había decidido que debía ser el salvador de la familia: su misión era viajar hasta Malaisia, encontrar trabajo y enviar periódicamente dinero a casa. “Mi padre estaba muy triste, pero dijo que yo era la única esperanza de la familia”. Al saber, por un familiar en Bangladesh, lo que costaba el viaje a Malaisia, el padre de Mohammed vendió dos bueyes y 0,2 hectáreas de tierra por el equivalente a los 200 euros que costaba el billete al paraíso. El chico atravesó las montañas hasta Bangladesh, y allí, antes de subirse a un pequeño barco, junto con otros 82 hombres rohingyas -el más joven, de 12 años; el más viejo, de 60, la mayoría, de unos 18-, el pasado mes de diciembre, llamó con el teléfono móvil de un pariente a su familia. “Tenía la sensación,” me dijo, “de que me estaba separando de mi familia para siempre”.

Salim -delgado, menudo, pulcro y con voz atiplada- es el segundo de los viajeros de esta historia. Cuando salió el año pasado de Arakan tenía 17 años. Tiene cuatro hermanos y cuatro hermanas. “Mis hermanos mayores tenían que cortar el césped de los soldados, recoger leña para ellos, limpiar sus casas. Eran esclavos”, me explicó. “Vi que mi futuro era negro y decidí irme y encontrar otra vida”. Llegó hasta Bangladesh, encontró a unos contrabandistas de personas, como él los llamaba, y se puso en contacto con su familia para decirle cuánto dinero necesitaba. “Vendieron sus arrozales; toda la tierra que poseían”.

Moniur, mayor que los otros dos, con 23 años, se había ido de Arakan 10 años antes, y en ese periodo trabajó sin respiro como conductor de rickshaw, uno de los miles que se ven llenar las calles del sureste de Bangladesh, en una proporción de 10 rickshaws por cada vehículo a motor. Tenía el rostro delgado y serio de todos los de su gremio, unos hombres obligados a llegar hasta el límite del esfuerzo físico con una alimentación mínima.

Los tres partieron en distintas embarcaciones por la misma ruta: hacia el sur por la bahía de Bengala hasta el mar de Andamán, costeando por el oeste de Tailandia; luego hacia el estrecho de Malaca, dejando Indonesia al oeste, antes de atracar en algún lugar de la provincia de Penang, en el norte de Malaisia. Era un viaje de 1.500 kilómetros; la cantidad de comida y las condiciones de vida en los barcos respondían siempre a un objetivo sencillo: proporcionar el máximo beneficio a los traficantes. No estaban esposados, pero, en todos los demás aspectos, su situación evocaba una vergüenza lejana: la de los africanos occidentales que cruzaban el Atlántico como animales en los barcos de los tratantes de esclavos. La diferencia estaba en que los refugiados rohingyas se subieron a los barcos por voluntad propia. Su grado de desesperación por buscar una vida mejor se demostró nada más comenzar sus aventuras, ya que no salieron corriendo en la otra dirección cuando vieron y olieron el barco que iba a ser su hogar durante dos semanas, si todo iba según lo previsto, cosa que no ocurrió.

Está el caso de Salim, de 17 años, apiñado con otros 107 en la bodega pestilente de un barco de pesca, donde se había almacenado el pescado antes de dirigirse a la costa en los largos años de vida de la embarcación de madera. Los hombres estaban tan abigarrados (nunca fue más apropiada la expresión “como sardinas en lata”) que no podían moverse ni un centímetro. Algunos se marearon y vomitaron: todos tenían que orinar y defecar donde estaban.

Pero los seres humanos pueden acostumbrarse a casi todo, si les sostiene la esperanza. Mohammed, Salim y Moniur sabían que lo arriesgaban todo, pero, mientras combatían las náuseas y el hedor y se enfrentaban con desesperada valentía al terror de la muerte en alta mar, no tenían ni idea de hasta qué punto estaban cargados los dados en su contra. En los barcos de Mohammed y Salim, la comida y el agua se acabaron al cabo de 10 días; en el de Moniur, al cabo de 8. En los tres casos estaban aún a unos 500 kilómetros de Malaisia, y pasaron dos días bajo el sol tropical sin nada para comer ni beber. Llegar a su destino dejó de ser lo principal para ellos. Lo único que les importaba era sobrevivir. “Todo lo que veíamos era agua y más agua”, contaba Mohammed, “pero lo que no teníamos era agua para beber”.

El barco de Moniur se encontró con unos pescadores tailandeses que les dieron agua, pero los entregaron a la marina de su país, que los llevó a la costa y los detuvo; los barcos de Mohammed y Salim llegaron a la orilla en Tailandia, pero vieron frustrados su alivio y su alegría, y su buena fortuna, en cuestión de horas. Todos los pasajeros fueron detenidos. Todos fueron transportados por carretera a una ciudad llamada Ranong; en el caso de Moniur, amontonados en un camión de basuras. Habían perdido todo control sobre sus vidas.

Mohammed revivía su experiencia con intensidad, desahogando su pena y su desesperación; Moniur, mayor y endurecido por la vida del conductor de rickshaw urbano, tenía una memoria extraordinaria para los detalles, pero permaneció rígidamente despegado al contar su historia, como un policía que describiera la escena de un crimen; Salim, el más joven y más dulce de los tres, se mostró contenido y preciso, pero luchó para mantener la calma durante las partes más angustiosas de su narración. Ninguno de los tres, en las más de seis horas que pasé con ellos, sonrió jamás. Su destino fue el de cientos de rohingyas más. Según la única organización en el mundo que se interesa por investigar y dejar constancia de la situación de los rohingyas, una ONG constituida por una mujer (que se llama Chris Lewa y es belga) llamada Proyecto Arakan, en diciembre de 2008 salieron al menos 1.195 personas de Bangladesh con destino a Malaisia en un mínimo de 10 barcos. De ellos, se sabe qué fue de 859; los demás están desaparecidos, presuntamente ahogados o muertos de hambre y sed. Las historias de Mohammed, Moniur y Salim, cuya supervivencia fue providencial, ofrecen pistas gráficas sobre las circunstancias probables de los 329 cuyo fin se desconoce.

Moniur y Mohammed fueron trasladados por el ejército tailandés de Ranong a Koh Sai Dang, la Isla de la Arena Roja, “una colina en el mar”, fue la descripción de Mohammed, a un día de barco. “Lo primero que nos impresionó fueron los zapatos que vimos en la playa, cientos de ellos”, dijo Mohammed. “Como eran de los que suele llevar nuestra gente, temimos que hubieran matado a sus dueños y que ésa iba a ser también nuestra suerte”.

Pero el destino, en forma de ejército tailandés, tenía otros planes. Menos sangrientos, ya que los zapatos pertenecían a otros rohingyas presos en el interior de la isla, pero igualmente siniestros. Retuvieron a los rohingyas en la isla durante 15 días, con palizas continuas (¿Por qué?: “Éramos muchos más nosotros que los soldados. Así que debía de ser para intimidarnos, para controlarnos”, explicó Mohammed), y luego llegaron un buque militar y un ferry. “Cuatro de los barcos en los que habíamos llegado, incluido el mío, estaban anclados lejos de la orilla. El ferry fue y volvió varias veces para llevarnos a todos a los barcos. Cuando llegamos a ellos, nos encontramos con que les habían quitado los motores. Entonces unieron los cuatro barcos con cuerdas, y uno de los buques militares nos arrastró hacia alta mar. Nos dijeron que nos estaban llevando a aguas malayas. Pero, al cabo de día y medio, cortaron las cuerdas y nos abandonaron allí, a la deriva”.

“Entonces comprendimos”, continuó Mohammed, “que la promesa de Malaisia había sido falsa, y empezamos a llorar. Las corrientes empujaron los cuatro barcos en distintas direcciones y acabamos solos. Estábamos seguros de que íbamos a morir”.

Uno podría dudar de la veracidad de este testimonio, y del de Moniur, que era idéntico al de Mohammed, ya que estaba en otro de los cuatro barcos abandonados, si no fuera por el hecho de que está corroborado por las exhaustivas investigaciones del Proyecto Arakan de Chris Lewa, e incluso lo ha reconocido el Gobierno tailandés. El primer ministro de Tailandia, Abhisit Vejjajiva, se vio obligado a confesar que en “algunos casos” se habían producido acontecimientos así, aunque, por lo que se sabe, no se ha llevado a cabo ninguna pesquisa oficial.

Si fuera verdad, el resultado tendría que consistir en cargos de asesinato e intento de asesinato masivo. Había 575 personas en los cuatro barcos a la deriva. En el de Moniur, el mayor, había 152. Tras 10 días de ardiente sol tropical y 10 noches de absoluta desesperación, la gente en su barco empezó a morir. “No teníamos comida ni agua; murieron 19 personas”, dijo Moniur con su estilo entrecortado. “Arrojamos los cuerpos al agua. Lo único que podíamos hacer los demás era esperar que nos llegara a nosotros la hora de morir”.

El barco de Mohammed tuvo más suerte al principio. En sólo unas horas, el mar agitado los arrastró hacia unos pescadores tailandeses que les dieron de comer y los llevaron a la orilla, donde los militares volvieron a detenerlos, les esposaron, les vendaron los ojos y les interrogaron -y los llevaron de vuelta a la Isla de la Arena Roja. Junto con casi 200 hombres más (“muchos tenían llagas en la espalda de estar sentados unos contra otros en los barcos”), Mohammed estuvo en el campo de concentración de la isla durante un mes.

“Entonces nos subieron a una gran balsa y nos sacaron al mar, esta vez con comida, con siete sacos de arroz y dos bidones de agua. Pero volvieron a quitarnos el motor y, al cabo de dos días y una noche, volvieron a soltarnos y nos abandonaron. Fuimos a la deriva durante dos semanas. No tenía ninguna duda de que iba a morir. No había esperanza de tierra ni de rescate. Ya no teníamos fuerzas ni para hablar”. Pero entonces llovió, recogieron el agua en las telas de plástico y la vida volvió a la balsa de los muertos vivientes. Al 16º día vieron tierra, y al amanecer del día siguiente, al despertarse, descubrieron que estaban rodeados de barcos de pesca. Esta vez no eran tailandeses. Los pescadores los llevaron a su pueblo, un lugar llamado Idi, en el norte de Indonesia.

Moniur llegó a tierra al cabo de 14 días. “Encontramos agua potable, frutos silvestres para comer”, dijo Moniur, “y caminamos, a trompicones entre la maleza, desde el anochecer hasta el alba. Vimos unas señales en un árbol que nos dijeron, para nuestro regocijo, que aquélla no era una isla desierta. Seguimos andando, con energías renovadas, y encontramos a algunos campesinos que nos dieron té y plátanos… Estábamos en la India. En las islas Andamán”. Los nueve meses siguientes, que pasó en un centro de detención indio, habrían sido una pesadilla para la mayoría de la gente normal, por ejemplo para esos intrépidos occidentales que participan en los programas de televisión de estilo Supervivientes, en los que les depositan en una isla tropical, cargados de comida y bebida, para probar de qué está hecha su fibra burguesa. Para Moniur se diría, por su escueta forma de describirlos, que aquellos nueve meses fueron unas vacaciones relajantes antes de regresar a su vida de conductor de rickshaws en Bangladesh.

Mohammed sí llegó a Malaisia, a la provincia de Penang, donde le entrevisté. Después de que le rescataran los pescadores indonesios se despertó, tras dos días inconsciente, en una cama de un hospital indonesio. Allí conoció a un policía que, en lugar de pegarle, le llevó a su casa y, junto con su mujer, le cuidó y le alimentó hasta que recobró la salud. El policía le ayudó a hacer realidad el sueño que le había empujado a irse de su país: le dio el dinero y los medios para cruzar, de manera ilegal, pero segura, el estrecho de Malaca hasta Malaisia.

Salim, que no fue abandonado la deriva en un barco sin motor, tuvo la sensación durante un tiempo de que el destino le había favorecido. Después de pasar 21 días en el centro de detención de inmigrantes en Ranong, las autoridades tailandesas le pusieron en un barco que, le dijeron, le iba a llevar por la costa hasta Birmania. Sin embargo, llegó a la costa tailandesa, y las autoridades de inmigración lo entregaron a traficantes tailandeses; uno de los numerosos ejemplos que vi en mis entrevistas con los viajeros rohingyas, y confirmados por la activista de los derechos humanos rohingyas Chris Lewa, de complicidad entre los traficantes de personas y los funcionarios tailandeses. “Nos llevaron en un compartimento oculto bajo una furgoneta a una casa alargada en una plantación de caucho en la que había otros muchos como yo, que habían intentado ir de Bangladesh a Malaisia,” recordaba Salim. “Dijeron que si les decíamos los números de teléfono de familiares o conocidos con dinero en Malaisia, ellos llamarían y pedirían el precio de llevarnos a través de la frontera”.

“yo no tenía amigos ni familiares en Malaisia, y se lo dije. Pero ellos no querían creerme. Me dieron bastonazos cada día durante 10 días”. Hasta que los traficantes reconocieron la derrota. El frágil chico, apenas más grande que un chico de mediana estatura de 13 años en Europa, debía de estar diciendo la verdad. Era el orgullo y la esperanza de su familia en Birmania, pero ésas eran todas sus conexiones. Los traficantes tenían un plan B: llevar a Salim y a otros nueve rohingyas en una furgoneta a un puerto de pesca tailandés y entregárselos a un pescador de arrastre.

“al principio me puse contento. Era un trabajo muy duro. Sólo tres días libres al mes. Salíamos al mar a las cinco de la tarde y trabajábamos hasta las diez de la mañana siguiente, echando las redes, sacando el pescado, limpiando las redes, limpiando el barco”. Le pagaban unas monedas al día para cubrir sus necesidades elementales de comida y esperaba con ansiedad su sueldo al final del mes, deseoso de poder llamar, por fin, a sus familiares con la buena noticia de que había triunfado en su misión y les iba a enviar dinero.

Pero entonces, cuando llegó el fin de mes, vio que los pescadores tailandeses cobraban y él no; que ellos iban a la orilla a ver a sus familias, pero él no estaba autorizado a bajar del barco. “Cuando pedí mi sueldo me dijeron: ‘No, tú no eres como el resto de la tripulación. Tu sueldo se paga en otra parte’. Dijeron que me habían vendido, que mi jefe se había quedado con todo mi dinero. Pregunté quién era mi jefe y me dijeron el nombre del traficante tailandés que dirigía la plantación de caucho”.

¿Qué sintió en ese momento? “De pronto sentí que se me caía el cielo sobre la cabeza: me quedé mucho rato sin poder moverme. No me dijeron nada más. Creí que me habían vendido para el resto de mi vida. Creí que me habían vendido para siempre. El resto del tiempo que estuve allí, no recuerdo un día en el que no llorara en silencio”.

No había posibilidad de escapar, dijo. “Oí hablar de otros como yo a los que habían arrojado al mar porque habían intentado huir”. Pero una noche, cuando llevaba nueve meses en cautividad, llegaron unas personas en una furgoneta, empleados del traficante que era su “jefe”, y lo llevaron en un largo viaje a través de la frontera hasta Malaisia. “Son crueles, pegan a la gente, compran y venden a la gente, son asesinos, pero conmigo cumplieron su palabra. Mis nueve meses de trabajo habían pagado el dinero que me habría costado atravesar la frontera si hubiera tenido familiares que pudiesen pagarlo”.

Fue un peculiar caso de honor entre ladrones. Le dejaron en una mezquita en la provincia de Penang, Malaisia, donde se reveló que, pese a toda la crueldad que hay en el mundo, también existe bondad. Como en el caso de los isleños indios que dieron a Moniur té y plátanos, y en el del policía indonesio que cuidó a Mohammed hasta que estuvo bien y le dio dinero para que completara el viaje, cuando todos los demás habían tratado de extorsionarle, del mismo modo, Salim, cuya vida había dependido de un rescate, conoció a un anciano en la mezquita malaya que lo acogió bajo su protección. “Me dio un teléfono para llamar a mi familia, me dio algo de trabajo y me pagó un poco, y luego me dio dinero para coger un autobús hasta Georgetown, una gran ciudad malasia en la que esperaba encontrar trabajo, como así fue”.

Consiguió lo que no había logrado Moniur, más viejo y más duro. Éste, al final de nuestra entrevista, un mes después de haber vuelto desde la India hasta Bangladesh, se permitió un momento de debilidad, ofreció un atisbo del horror, la impotencia y la angustia física que debió de soportar, cuando le pregunté si podría pensar algún día en volver a emprender el viaje a Malaisia. “Mire”, me contestó, “pensé muchas, muchas veces que iba a morir. Muchas veces. Así que no. No volveré a intentarlo. Me voy a quedar para siempre en Bangladesh. La vida aquí es dura, pero es vida”.

El campo de refugiados de Kutupalong también es vida. Es incluso una vida luminosa y alegre para el que emerge de los oscuros lugares a los que descendieron Moniur, Mohammed y Salim; luminosa y alegre, si uno se tapa la nariz y cierra los ojos ante la miseria que le rodea -ante las alcantarillas abiertas en la colina y las chabolas calientes con techos de plástico negro y suelo de barro en las que vive la gente- y lo único en lo que se fija es en los rostros de los 10.000 niños que allí viven. Tenían unas sonrisas tan grandes como Asia cuando se apiñaban alrededor de nosotros, los extranjeros, y todos nuestros gestos les provocaban risa. Una niña de unos 11 años que llevaba unos pendientes de cristal azul violeta nos pareció especialmente preciosa. Le hicimos fotografías, para las que posó como una modelo profesional, pero cuando nos fuimos del campamento sentí miedo por ella. Tenía en los ojos una capacidad de seducción natural e inocente que otras almas menos compasivas también notarían, sin duda. La idea atroz que se nos ocurrió fue que si los responsables del tráfico sexual son allí tan activos como los contrabandistas de personas, los que trafican con los sueños de los jóvenes, y nos dijeron que era así, ¿qué esperanza tenía esa niña?

Y, aunque tuviera suerte y se escapara de las garras de los malvados, que, según dicen, venden a esas niñas rohingyas en lugares tan lejanos como China, ¿qué futuro podría aspirar a tener? Las sonrisas y las risas de los niños, tan dulces y vibrantes como las de los niños con acceso a agua y jabón, y educación y Nintendos, en los mejores barrios de Barcelona o en las zonas más verdes de Londres, son los augurios inocentes y felices de una terrible condena. Si viajamos mentalmente a dentro de 10 años, veremos a la niña de los pendientes azul violeta transformarse en Nur Ayesha, una mujer de 23 años a la que conocí en una chabola sofocante.

Nur, de rostro fino, pero expresión amargada, me contó que se fue de Arakan hace cuatro años para casarse, porque ni el hombre al que amaba ni ella tenían dinero para pagar la cantidad que les exigía el ejército birmano. Después de un año de miseria en Kutupalong, su marido decidió marcharse en busca de una vida mejor. Nur no sabía, o no quiso contar, si se había ido en barco a Malaisia o había intentado ir por tierra, como hacen algunos. El caso es que nunca regresó. Suponía que había muerto, y la dejó con un niño de dos años al que no podía cuidar. “Estaba enferma y el niño también, no tenía dinero para el tratamiento; tenía hambre y no tenía dinero para comprar comida”, me dijo, lo cual me trajo a la memoria la imagen que había visto en un puerto allá en Bangladesh de otra joven, metida en el agua hasta la cintura con un niño en brazos, pidiendo pescado a un barco que llegaba. Tal vez Nur lo intentó y no tuvo suerte. Así que optó por el último recurso. “Me dijeron que había gente que compraba niños. Vendí a mi hijo de dos años a unos que dijeron que venían de la ciudad”.

Nur se dice a sí misma que quienes compraron al niño lo criarían bien; que lo compraron porque no podían tener hijos. Trabajadores de ONG que conocen bien Bangladesh dicen que, por desgracia, eso no es verdad; que la madre se engaña a sí misma o miente. El niño, me aseguran, está condenado a una vida de esclavo, quizá, incluso, esclavo sexual. Pregunté a Nur por cuánto había vendido al niño. Respondió sin indicar horror ni sensación de injusticia, como si el precio hubiera sido justo, que lo había vendido por 500 taka; cinco euros.

Tal vez no habría tenido la necesidad de hacerlo si su marido hubiera llegado a Malaisia y hubiera enviado dinero a casa. La pregunta es si de verdad la vida es mejor para los rohingyas en aquel país; si perseguir ese sueño merece los costes, los sacrificios y los riesgos. Mohammed y Salim, que llegaron allí, parecían pensar que, en conjunto, la respuesta era sí.

Mohammed, que había encontrado trabajo ocasional en la construcción, se ha unido a una pequeña comunidad rohingya y ha encontrado una pequeña mezquita en la que puede rezar en paz cuando quiere. De lo que se lamenta es de que no ha podido cumplir aún las esperanzas de su familia, de que no ha sido capaz de enviarles ningún dinero.

Salim, que trabaja en una tetería, sí ha enviado dinero a casa, pero ha descubierto que un tercio se lo queda inmediatamente, como “impuesto”, el ejército birmano local, que controla como un Gran Hermano orwelliano a toda la población rohingya y puede detectar, mediante escuchas y espías, cuándo recibe dinero cada familia. ¿Se consideraba afortunado, a pesar de todo? Salim reflexionó largamente antes de contestar. “Me considero afortunado porque me dejaron irme del barco y me trajeron aquí, y porque muchos murieron y yo sobreviví. Pero mi temor constante es que me detengan los agentes de migración y acabe trabajando de nuevo como esclavo en un barco de pesca, y que entonces no tenga tanta suerte y me quede ahí el resto de mi vida”.

Le pregunté si pensaba volver algún día a Birmania. “Me gustaría volver a ver a mi familia”, dijo este chico inteligente y de ojos oscuros y tristes que, a sus 18 años, ha vivido ya mil vidas. “¿Pero cómo? No, no es posible. Ésta es mi vida ahora”.

La suya y la de unos 25.000 rohingyas que han encontrado un precario refugio en Malaisia. Fui a una escuela en la provincia malasia de Penang, o mejor dicho, a una casita en la que una docena de niños rohingyas pasaban el tiempo haciendo lo que les gustaría hacer a los niños de Kutupalong: aprender a escribir, matemáticas, inglés, el Corán. En una pared había un gráfico con las banderas de todos los países del mundo en él. Pedí a un profesor que me indicara su bandera. Se lo pedí a un niño. Se lo pedí a todos los niños. Todos, en silencio y sin vacilar, colocaron su dedo sobre la bandera de Birmania, un país del que han huido, que no les quiere y les humilla y explota todos los días de su vida.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200

Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:25 pm

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El niño del zoo quiere volar

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El enviado especial de EL PAÍS visita el zoológico de Kabul, el único sitio de Afganistán donde sus pobladores no saben de la guerra.

Por RAMÓN LOBO – Kabul – El País – 18/08/2009

El zoológico de Kabul es tan pobre como el país que lo acoge. El taquillero Freidum está sentado al otro lado de la ventanilla sobre una silla desdentada. Extiende ceremoniosamente dos entradas como si en ese gesto descansara la esencia de un Estado que se esfumó. Sonríe tras ser acusado de discriminación positiva: el acompañante local paga 10 afganis (20 centavos de dólar) y el extranjero, 100 (dos dólares). “Los viernes vendo más de 1.500 entradas; el resto de los días viene menos gente”, explica. “En la época anterior, los talibanes venían mucho a ver los animales, pero siempre sin sus esposas. En eso han cambiado las cosas, ahora vienen mujeres con sus hijos”.

Nada más entrar se alza la estatua imponente del león Marjan, la estrella del zoológico durante décadas y que aún lo es siete años después de muerto. Era el símbolo de la ciudad, un superviviente de todas las guerras y de todas las hambrunas. Su físico representaba la imagen de un país mutilado: cojo y tuerto debido a una granada de mano que le arrojó un joven para vengar la muerte de su hermano, un idiota que días antes saltó la verja y bajó a importunar a Marjan, que se lo tomó como se toman los leones estas cosas: mal.

No hay muchos animales. Es la hora de la siesta y los pocos que se mueven en sus jaulas merecerían la atención de alguna ONG. El zoo tiene gansos, gacelas, cabras, un nuevo león que, dados los precedentes de Marjan, sale poco a su jardín, buitres, lobos y monos. Éstos son los únicos que no parecen darse cuenta de la situación ambiental, dedicados a subir y bajar a la carrera de sus falsos árboles mientras alguno despistado aprovecha para rascarse la entrepierna con ritmo. Tampoco los ocho osos que juguetean por un canal de agua sucia saben que esto es Afganistán, que el jueves se celebran unas elecciones históricas -como todo lo que sale por la televisión global- y que los talibanes han amenazado con volar todo lo que se pueda volar.

Junto a la jaula del mono pajillero se encuentra Omar, un aguador de 10 años. Se mueve entre los visitantes ofreciéndoles agua en un vaso viejo de latón. En la otra mano lleva un termo que llena cinco o seis veces. Le funciona la sonrisa. Omar cobra un afgani por trago. En los días buenos consigue una caja de 15 (30 centavos de dólar). Para lograr esta fortuna que lleva a casa para ayudar a sus padres necesita cinco horas de trabajo. A la una se va al colegio hasta las cuatro. Le gusta estudiar porque quiere ser piloto de aviones. Cuando se le pregunta qué países le gustaría visitar, responde con una sonrisa aún mayor: “¡Panshir!”, un hermoso valle cerca de Kabul. ¿Y más lejos que el Panshir? Omar deja en el suelo su termo de agua, se rasca la cabeza consciente que el momento es grave, y dice: “No sé qué hay más lejos”.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:44 pm

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Familiares y camaradas despiden al nazi de las letras chilenas

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Conoció a Herman Hesse y a Gandhi. Defensor del nacionalsocialismo, la prensa expectante esperó el momento. “¡Heil Hitler! ¡Heil Miguel Serrano! ¡Viva Chile!”, fueron las frases del último discurso, para quien murió de un derrame cerebral el pasado sábado.

Por Javier García / La Nación

La música de una gaita gallega lo despidió. Ayer, pasado el medio día, el sol no daba tregua en el Cementerio General. Miguel Serrano era despedido por sus familiares, admiradores y camaradas.
El escritor y diplomático vinculado al nacionalsocialismo, quien conoció a autores como Herman Hesse y Ezra Pound y que aseguraba que Hitler aún vivía en la Antártica, el sobrino del poeta Vicente Huidobro, falleció el pasado sábado a los 91 años a causa de un derrame cerebral.
Ayer a las 11 de la mañana se realizó una misa, junto a sus restos, en la Iglesia San Pedro, ubicada en el centro de Santiago. “Gracias a su luz pudimos ver el intenso fuego”, dijo uno de sus nietos, quien estaba acompañado de su pareja, la actriz Tamara Acosta. FOTO_02 W:170 H:183 16 kb
Al finalizar la misa, su hijo Miguel señaló un hecho clave en la vida diplomática de su padre: “Él defendió a Chile cuando la India pretendió internacionalizar la Antártica, por sus derechos históricos de una época milenaria, entonces mi padre se reunió con Nehru, y le dijo que Chile quería ser grande por la Antártica. Nehru lo pensó y le hizo caso al sueño de mi padre. Un hombre así le va a hacer falta a Chile”.
Después, familiares y seguidores se desplazaron al cementerio. Entre ellos, el escritor Antonio Gil, el pintor Gonzalo Ilabaca, y un grupo de partidarios del nacionalsocialismo, vestidos de negro, rapados y algunos con svásticas tatuadas en diversas partes de sus cuerpos.
El primero en hablar en el cementerio, luego de una caminata de unos 15 minutos desde la puerta del campo santo, fue quien se hizo llamar Amal, jefe maestre de la orden Hitlerismo serranista (provenientes del sur del país, quienes visten pantalón negro y camisa color pardo). Con sus brazos abiertos hacia el cielo exclamó: “¡Oh estrella de la tarde! ¡Oh estrella de la mañana! deja caer sobre nosotros tu luz onda, humedecida (…). El trovador, el peregrino de la gran ansia, el maestro de amor, libérate”.
Cámaras de televisión y un puñado de periodistas registraban el momento poco usual en un entierro.
Considerado como un extravagante defensor del nazismo, para Serrano fue muy impactante en su vida la matanza del Seguro Obrero, ocurrida en pleno centro de la capital en 1938, donde 60 jóvenes nazis fueron asesinados. Incluso ayer, el cortejo fúnebre hizo una pausa en el monumento que hay en el cementerio a los caídos del suceso histórico.
El poeta Armando Roa Vial, quien estaba presente, señaló sobre la relación del escritor con el nazismo: “A Miguel Serrano nunca hay que lavarlo del nazismo, era parte de su cosmovisión del mundo, él quiso buscar una clave de interpretación de la historia fuera de la tradición judeocristiana, en raíces paganas, germánicas y de la India, fuera del contexto político del nazismo”.
Luego, continuando con la ceremonia, habló Erwin Robertson, director de la revista Ciudad de los Césares, quien dijo: “Hoy hemos recordado al amigo y el camarada, al hombre de una trayectoria pública que sirvió a su patria desinteresadamente y hasta el final”.
El cajón que conservaba el cuerpo de Serrano estaba envuelto con una bandera chilena. Junto a ella estaba Fernando Saieh, uno de los grandes amigos del narrador, y seguidor del nacionalsocialismo, quien destacó al “ser único y consecuente hasta el final por haber entregado su vida a un ideal”, y agregó, refiriéndose al pasado sábado, día de su muerte: “Su partida oscureció en febrero el cielo de Santiago del Nuevo Extremo, y los truenos dejaron que las nubes lloraran su último suspiro (…). El alma gira y gira dentro del negro espacio ( ). Este es nuestro último homenaje jurando nuestra eterna lealtad. ¡Sí camaradas somos nacionalsocialistas, porque nuestro honor se llama lealtad! Somos nacionalsocialistas (…). Gracias Don Miguel por todo, y que la Providencia lo acompañe. ¡Heil Hitler! ¡Heil Miguel Serrano! ¡Viva Chile!”.
Momento en que levantaron su brazo derecho la mayoría de los asistentes, incluyendo la esposa del escritor, Sabela Quintela, quien sostenía en su mano izquierda el bastón que Serrano usara en sus últimos años.

La socialité fue una de las personalidades que estuvo en la misa fúnebre del ex diplomático, poeta, ensayista y místico
Julita Astaburuaga le subió el pelo al funeral del “Führer” criollo, Miguel Serrano
Manuel Vega O. ⎯ La Cuarta – 3/3/09
Fanaticada reprochó que nunca le entregaran el Premio Nacional de Literatura.
Con invocaciones a Wotan, el principal dios de la mitología nórdica, a Lucifer (el portador de la Luz) y a Oiyehue, Venus o la estrella del alba en la cultura mapuche, fueron despedidos ayer en el Cementerio General los restos de Miguel Serrano, ex diplomático, ensayista, místico, poeta clave de la Generación del 38 y creador el hitlerismo esotérico.
Los funerales estuvieron marcados por el ritual de sus seguidores, los camisas pardas del llamado “Hitlerismo Serranista”, y los torvos militantes del movimiento nacionalsocialista criollo.
También hubo música de gaita, anillos cubiertos de runas y blasones de sociedades supersecretas, cabros disfrazados como los asesinos de la SS, brazos levantados a la romana y hartos ¡Sieg Heil!, y ¡Heil Hitler!, los gritos de guerra inventados por el colega Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, para enardecer al pueblo alemán en la más triste hora de su historia.
SOCIALITÉ
La misa y el funeral, variopinto, reunió en la iglesia San Pedro, de Mac Iver 670 algunas de las más singulares personalidades del país: Desde la socialité Julita Astaburuaga que asistió al evento -a pesar de que no hubo cotelé-, por considerarlo todo un acontecimiento, al empresario Carlos Cardoen, pasando por la actriz Tamara Acosta y el ex miembro de las Juventudes Hitlerianas, Hugo Roggendorf.
La mayor parte de los asistentes criticaron -con justicia según los que saben-, que Serrano nunca recibió el Premio Nacional de Literatura.
“En Chile, para recibir ese honor, se puede ser asesino, comunista u homosexual, pero jamás nazi”, explicó a La Cuarta uno de los camisas pardas.
Miguel Serrano, a quien el escritor Enrique Lafourcade calificó como “loco peligroso” en una oportunidad, fue uno de los grandes pájaros raros del “Bestiario del Reyno de Chile”.
Se dice que tenía poderes sobrenaturales que adquirió en los Himalaya.
LEMEBEL
Pedro Lemebel cuenta en su última obra, “Serenata Cafiola”, que estando una noche degustando un pisco sauer junto a un maricueca en el bar Don Rodrigo, de improviso ingresó Serrano escoltado por dos cabezas rapadas.
Apenas lo vio, el nazi le dirigió una mirada de odio racista y homofóbico, y comenzó a recitar una fórmula mágica tibetana. Al finalizar la oración y ya cargado con el Poder que emana de la exposición temeraria a la sombra de la svástica apuntó su mano derecha contra la ex Yegua del Apocalipsis, que fue fulminado por una descarga de energía que lo lanzó contra la pared. Lemebel asegura que tras recibir la paliza cósmica que emanaba desde el tercer ojo del ahijado de Adolfo Hitler, huyó aterrado del bar con el hocico sangrando y el trasero tan damnificado que no pudo sentarse, sobre nada, durante una semana.
CARDOEN: “ERA UNA MENTE BRILLANTE”
El empresario Carlos Cardoen dijo que compartió con el Peregrino de la Gran Ansia, ahora liberado de las formas, muchas tertulias en Colchagua: “Tuve la oportunidad de conocer una mente brillante”.
“Recibí de él muchos regalos, especialmente sus pensamientos, pero entre todos los objetos materiales, el Museo de Colchagua cuenta con un objeto muy especial: El bastón de mando de Sri Pandit Jawaharlal Nehru (Fundador de la India). Éste fue donado por el estadista a Indira Priyadarshini Gandhi (el mito cuenta que Serrano pololeó con esta señora) y ella se lo regaló a don Miguel cuando era embajador en la India”.
Según Cardoen, el bastón ocupará un lugar de honor en la muestra.

Música marcial y homenajes despidieron a Miguel Serrano
“El hitlerismo esotérico del escritor, no perjudicó en nada su obra literaria”, comenta Armando Uribe. “Fue original, curioso y muy diferente”, complementa José Miguel Varas.
M. SALLATO / V. MANDUJANO – El Mercurio – 3/3/09
Con una iglesia San Pedro repleta, en Santiago centro, ayer en la mañana se inició la ceremonia religiosa para el escritor y ex diplomático Miguel Serrano, quién falleció el sábado a causa de un derrame cerebral. Allí, dos de sus hijos -Carmen y José Miguel-, y uno de sus nietos, el cineasta Sebastián Araya (“Azul y Blanco”) recordaron el legado que el intelectual desplegó en Chile y en su paso por India, Austria y Yugoslavia, donde fue embajador.
Conocido por su adhesión al nacionalsocialismo tras el impacto que generó en él la Matanza del Seguro Obrero en 1938 -cuando en el Gobierno de Arturo Alessandri se asesinó a 60 jóvenes nazis- Serrano cultivó una obra literaria contundente que quedó replegada a segundo plano por su radical posición política.
Congregó a la importante generación del 38 cuando a través de la “Antología del verdadero cuento en Chile”, dió a conocer una serie de rutilantes figuras para la literatura chilena. “Era una generación abierta, que dialogaba con intelectuales no sólo del círculo literario”, afirma el escritor Armando Roa, quien conoció a Serrano a través de su padre (otro integrante de la generación). “Miguel Serrano era literatura en sí mismo, su obra está marcada por sus viajes, su experiencia personal y sus lecturas, que van desde lo local, con Huidobro, por ejemplo, hasta autores europeos como Hermann Hesse o Nietzsche”, agrega.
Sus pares dicen que su escritura tenía la intención de crear una identidad nacional a través de la mitología, forjando lazos entre la historia, la geografía y el pueblo indígena; además de la influencia del misticismo hindú en la religión occidental.
Sin embargo, pese a sus méritos en las letras, nunca recibió el Premio Nacional de Literatura. “Sabía que no iban a dárselo por el tema del nacionalsocialismo, que fue una parte importante, aunque pequeña, en su literatura”, asegura su hijo José Miguel. Su obra siempre quedó a la sombra de su tendencia política, aunque lo cierto es que sus temas también se adentraron en la filosofía, la religión, y los mitos y leyendas, lo que lo acercó a figuras de distintas corrientes y color político. “Las personas que más conocían y apreciaban a mi papá eran los socialistas. Entre ellos hay intelectuales destacados que pueden dejar de lado los estigmas y ven el verdadero valor que tienen las personas, en cambio la derecha se avergonzaba de algunas cosas”, revela José Miguel Serrano.
El cajón fue retirado de la iglesia -mientras sonaba la tradicional marcha alemana “Yo tenía un camarada”- en dirección al Cementerio General, hasta donde llegaron adherentes del nacionalsocialismo a expresar su apoyo a quien consideraban un “héroe” y un mentor. Fernando Saieh -íntimo amigo de Serrano en sus últimos días-, leyó una carta donde dijo que “para él, era necesario mantenerse firme en los viejos sueños”, terminando con frases a favor del movimiento y con un “heil Hitler, heil Miguel Serrano, y viva Chile”.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:35 pm

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Kenita Larraín: “Soy claustrofóbica a los baúles”

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La chilena de “Bailando por un sueño”, que dejó plantado en el altar a Iván Zamorano para casarse con el Chino Ríos, sabe lo que es sufrir: se ahoga cuando la encierran en un auto. Y en las pirámides de Egipto.

Por Hernán Firpo / 01.06.2008 / Clarín-Espectáculos

Alrededor de este escritorio hay una pequeña agitación porque Kenita es la chilena que dejó clavado en el altar al futbolista Iván Zamorano y se casó con el Chino Ríos, tenista-divisa de su país. Para que lo entienda mamá: como dejar a Maradona para irse con Vilas.

“Choque esos cinco”, pide Kenita, despanzurrada en el sillón del hotel. “Buen ejemplo.”

¿Qué no sabemos de Kenita? ¿Hay algo más detrás de esos atléticos romances? Hacia allí orientamos la charla, después de Tinelli y lo bien que se la pasa con toda esa gran familia de soñadores, y qué buena onda se respira, ¿sabes? (dice respira e inhala como si ShowMatch tuviera alguna clase de fragancia).

Kenita no es la hija de ningún Quilapayún orgulloso que, enterado de la noticia, miró el tubo de siete agujeros, moqueó su alegría y dijo: se llamará Kenita. Ella es María Eugenia y por alguna razón que explica y no entendemos, en Chile, a las María Eugenia se les dice Kena, Kenita.

—¿Vos formarías parte del intercambio artístico que tenemos con el país hermano? ¿Nosotros mandamos a Rocío Marengo y ellos te mandan a vos?

—El mercado argentino recién se está abriendo para los chilenos. Igual que el año pasado fui la chica Conrad y ahora voy a ser la única chilena en un desfile hot en Punta del Este, también soy la primera chilena en ShowMatch.

—Mucho no se sabe de vos, aparte de que fuiste una suerte de Plan B cuando se cayó lo de Cecilia Bolocco.

—Yo tuve una reunión antes de que empezaran a negociar con Bolocco. Una vez que apareció la posibilidad de ella, se congeló lo mío y cuando dijo que no, se reanudaron las conversaciones conmigo.

—Se llegó a decir que la Bolocco había pedido unos 600 mil dólares por mes. ¿A vos cuánto te pagan?

—Yo vine por el vuelto, ja, ja, ja, y estoy agradecida. Ojalá tuviéramos un animador así en Chile. Con esa chispa, con la rapidez de Marcelo.

¿Qué hay de cierto sobre la relación con Tinelli?

¡¿Con quién?! Te estás confundiendo de personaje, me parece. ¿A quién has venido a ver?

¿O con Palermo era?

¡¿Palermo?! ¿Qué es?

En este caso, quién. Es uno rubio, alto, que juega en Boca.

Lo oí nombrar, ah.

¿O Nalbandian era ?

Me suena. Tenista (se ríe y hace burbujas con la pajita en el jugo de mango). Mi etapa de relaciones con deportistas está cerrada.

¿De qué nos estamos perdiendo si sólo hablamos de esto?

Es gracioso. En Chile están todo el tiempo con esto. Acá son más jugados. Se habla más de sexo. Un segundo. Perdoname: ¿puede ser una ensalada de tomates cherry, zanahoria, aceitunas verdes y zapallo italiano? Acá importa mucho cómo es tal o cuál en la cama y allá no, todavía no.

Como que les quedó un toque de queda mental después de Pinochet.

Ustedes son más liberales.

¿Pero qué nos estamos perdiendo de Kenita? ¿Qué deberíamos saber?

Tantos temas…

Dejame ver: a que te gustaría tener una fundación benéfica.

Me encantaría. Yo allá trabajo harto con eso. El año pasado organicé eventos para ayudar a los damnificados del terremoto de Perú. No me olvido más.

¿Qué más?

Soy ingeniera comercial, hice publicidades desde los nueve años, fui animadora, hice revista, humor, un pequeño papel en España donde conocí a Fabián Mazzei (acordamos no hablar más de hombres)… Soy versátil.

Si estuvieras en una isla desierta y sólo te dejaran llevar libros de Isabel Allende, ¿te molestaría no leer y quedarte viendo las palmeras?

Claramente la leería. Ella tiene su estilo, pero prefiero a Coelho. Hay un libro que me acompaña cada día, Guerrero de la luz. Perdona —otro ademán a la moza—: ¿me puedes traer unas lentejas?

¿Por qué estás comiendo todo esto?

Me hice vegetariana. Hace algunos años viajé a Egipto y descubrí que no podía entrar a las pirámides. Tenía claustrofobia. No una claustrofobia a los ascensores o habitaciones oscuras…

Claustrofobia a las pirámides.

Y a las maletas de auto.

A las maletas… ¿los baúles?

Eso.

Pero no es muy común viajar en baúles…

Esto no se lo he contado a nadie. Con lo de Iván (Zamorano, el futbolista), eran días con la prensa en la puerta de casa. Un día quise salir a un mall para comprarme un perro. Una amiga manejó el auto y yo me metí en el baúl para escaparme de ustedes. Casi me muero.

Claustrofobia a baúles y pirámides. ¿De eso se trata?

Me metí en unos talleres de crecimiento personal y con el profesor organizamos un viaje a Egipto, mi segundo viaje. Antes fui a un programa de televisión donde me invitaron a hacer una regresión y ahí supe que me habían enterrado viva. Yo creo en otras vidas. Sentí que me estaba ahogando. Terrible. Hice un tratamiento y fui a Egipto.

¿Y?

¿Puedes creerlo?, entré a las pirámides.

Me falta entender el momento en que te hiciste vegetariana.

Durante mi segundo viaje estaba en un crucero por el Nilo y me sirvieron pollo, mi plato preferido. Quise agarrarlo pero no pude. Algo pasó.

Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:32 pm

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el pueblo más denso de colombia

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Es una isla que no se parece a ninguna otra. Aquí no hay playas ni mojitos, ni tampoco espacio para una cancha de fútbol. Soho le propuso al escritor Martín Caparrós que viajara hasta el islote de Santa Cruz, en el caribe colombiano, para saber cómo pueden vivir 1.087 personas en menos de media manzana.

Por MARTÍN CAPARRÓS / Soho © 2006

En el Islote no vive ningún muerto. Solo vivos: el Islote es el único lugar del mundo donde no hay más que vivos. Desde que se hicieron hombres, los hombres y mujeres convivieron con sus muertos: metieron a sus muertos en cavernas, tinajas, cajas de madera, hoyos en la tierra y los guardaron dentro de su espacio. En el Islote no hay espacio: los vivos viven apiñados, los muertos viven fuera —en un cementerio chiquito muy atacado de maleza en otra isla. Dicen que cada vez que un islotero se muere lo ponen en su cajón, le rezan, lo encomiendan a la virgen del Carmen y, por fin, lo cargan en la lancha; entonces buena parte de sus vecinos lo acompaña hasta la isla de Tintipán, lo deja ahí, y se vuelve.

El Islote de Santa Cruz es una isla del Caribe colombiano, archipiélago de San Bernardo, departamento de Bolívar. El Islote —así lo llaman todos— es la isla del Caribe que menos se parece a una isla del Caribe: allí donde el lugar común y la memoria piden palmas, playas de arena blanca, hamacas y mojitos, el Islote es un barrio pobre de cualquier ciudad apareciendo de pronto en el medio del mar más esmeralda.

Mamá Elena tiene 74 años, cuatro dientes, una camisa vieja muy manchada y, seguramente, más plata que casi nadie en el Islote. Mamá Elena es la dueña del único restorán, una gran cocina y unas mesas de plástico junto al agua, donde prepara la mejor langosta que he comido —y patacones fritos en aceite de coco. Mamá Elena sonríe a menudo, para mostrar los dientes que le quedan. Sus abuelos llegaron desde Tolú, en el continente, hace quién sabe cuánto: setenta, cien años. Eran pescadores; al principio quisieron instalarse enfrente, en Tintipán —grande, bonita, forestada—, pero la plaga los corrió.

—¿La plaga?

—Sí, los moscos esos, los jejenes. Todas esas islas tienen plaga porque tienen ciénega. Nosotros no tenemos.

Es el secreto del Islote: como al principio casi no existía, por no tener, tampoco tenía bichos. El Islote, al principio, era un pequeño arrecife coralífero de veinte por veinte: la nada entre las olas. Pero cuando aquellos pescadores vieron que era la única isla donde los animales no los atacaban, empezaron a usarlo como refugio. A mí, cuando me lo dijeron, me pareció exagerado que desdeñaran las bellas islas de los alrededores y se instalaran en este baldío solo por los jejenes: después entenderé.

Primero pasaban una noche, dos, en medio de la pesca. De a poco, algunos se afincaron. Y fueron agrandando el arrecife: juntaban trozos de coral, caracol pala, restos varios, y le ganaban tierra al mar. El Islote es una obra del hombre —quizás por eso sea tan feo. O lindo a su manera: con la belleza de lo inesperado y diferente. Con la elegancia de oponerse a todos los clichés, todas las fotos.

El Islote, ahora, tiene 5.600 metros cuadrados —media manzana— y, según el último censo, 1.087 habitantes: una densidad de 194.000 habitantes por kilómetro cuadrado. Colombia, por ejemplo, tiene 42; Bogotá 3.912. Por eso suelen decir que el Islote es el lugar más densamente poblado del mundo. No debe estar muy lejos.

En el Islote no hay policía, no hay cura, no hay médicos ni notarios ni abogados. Y encima el mar, tan verde, tan azul.

—¿Y no es mejor vivir en tierra firme?

—No, mi hermano. Acá vivimos mucho mejor. Allá usté tiene que tener algún trabajo para ganarse su vida. Acá no, acá usté sale a pescar a la mañana y ya con eso vive. Si sabe bucear, acá siempre va a tener algo de qué vivir.

El mito cuenta —como cuentan los mitos, con detalles diversos, contradicciones, coincidencias— que, hace ocho o diez años, una lancha cargada de cocaína se dio vuelta en el mar, cerca de aquí. Y que unos pescadores del Islote la avistaron, avisaron a todos los demás y salieron a buscarla. El mito cuenta que la recuperaron, que su legítimo dueño les pagó un rescate más que millonario, que los isloteros repartieron la plata entre todos: que algunos se la bebieron con tozudez y buena entraña, que otros aprovecharon para hacerse sus casas. El mito cuenta —como cuentan los mitos— que esa lancha fue fundamental en el destino del Islote: que fue entonces cuando el pueblo dejó de ser casillas de madera y palma, que fue entonces cuando se construyó la mayoría de las casas de material —algunas de dos pisos—, que fue entonces cuando se compraron muchas lanchas. Que fue un gran momento común, y que fue emotivo cómo todos compartieron el dinero que les trajo el mar. Y que, después, todos juraron olvidarlo.

El médico es un problema: viene, se pasa diez días, se va otros diez, vuelve. Diez días son muchos para mil personas. También viene, de tanto en tanto, un odontólogo, pero no tiene ningún equipamiento: mira las bocas, rezonga, da consejos.

Lo que el mito no cuenta es que esa lancha podría ser una metáfora mala de lo que pasó en muchos rincones de un país que, entonces, se llamaba Colombia.

—A los ocho meses me voy pa Cartagena y ya me quedo hasta el día del parto. Acá con la vaina de que el médico está y no está, uno no sabe qué puede pasar.

Dice Rosa, 16 años, seis meses de embarazo, sentada en la entrada de una casa amarilla. Rosa dice que este es solo el primero, que quiere tener por lo menos cuatro más. Julley, su amiga, le aconseja que se vaya antes, pero Rosa prefiere esperar hasta el último momento porque no quiere estar tanto tiempo lejos de su novio: Roberto tiene 17 y trabaja en el Hotel Punta Faro, en Tintipán. Últimamente el turismo —trabajar en los hoteles y restoranes de las islas vecinas— también es una opción, más suave que la pesca; si sigue así, el Islote va a pasar a ser el clásico barrio pobre cuyos habitantes se van todos los días a trabajar para los ricos del barrio de al lado.

—Qué Roberto ni qué nada, Rosa, ese man es un flojo, ni siquiera te va ayudar con plata. Además, lo más importante es tu pelao, ¿sí o no?

Dice Mirledis, una Angelina Jolie color caoba en mecedora de madera, mientras se pinta las uñas de los pies. Mirledis es la más chica y dice que es la más moderna:

—Por eso a mí lo de tené pelaos no me gusta. Los pelaos joden mucho y ya despué uno no tiene tiempo pa más na. ¡Ni pa los hombres!? Las demás se ríen y dicen que lo que pasa es que Mirledis tiene muchos hombres. Ella estira sus piernas infinitas y se ríe, que no, que eso no es cierto, que ella no tiene ningún novio, solo su cantidad de enamorados.

—¿La pesca es peligrosa?

—No, a pulmón libre no hay ningún peligro, es mucho más fácil que con tanques. El tanque sí es peligroso, uno se mete muy abajo y de pronto se te acaba y no puedes salir. En cambio el pulmón te avisa, cuando se te va a acabar el aire el pulmón te lo dice, te da tiempo a escaparte.

Los muchachos llevan años sentados en esta mesa en un rincón de la plaza, jugando al dominó. Ayer jugaban; ahora siguen jugando —y jugarán, parece. La ronda vale 200 pesos; a veces se distraen. Les pregunto a cuánto está el kilo de langosta y me dicen que 18 ó 20 mil y se enzarzan en una discusión sobre el crecimiento del animal: que si crece una cuarta cada vez que muda, que si entonces habría langostas de mil kilos, que la más grande fue una que sacó el Churo, que tenía cinco kilos. Cuando me voy, veinte minutos después, la discusión arrecia.

—Y, a la una, dos de la tarde ya vuelves de la pesca y te vas a comentar lo que pasó con los amigos.

—¿Cómo qué, por ejemplo?

—Cosas de la pesca, comentamos. Digamos que arponeo una barracuda y la dejo ir con el arpón porque se enreda, entonces se me queda todo eso en el pensamiento y la comento con amigos, nos damos consejos, conversamos.

La plaza —el único espacio vacío de la isla, el centro ineludible de la isla— es un rectángulo de cemento de diez metros por veinte con dos árboles que se llaman zaragozas, los troncos retorcidos. Es mediodía: en el medio de la plaza solo hay chicos de ocho o diez descalzos jugando a la pelota —porque hace un calor de mil quinientos perros— y chicas de ocho o diez descalzas barriendo el suelo con escobas caseras. En una esquina de la plaza está la discoteca del Bárbaro, el edificio privado más grande de la isla; al lado está la escuela, planta baja y dos pisos pintados de rosado y, delante, la virgen del Carmen. Después está la casa de María Candela, dos pisos, vidrios nuevos en las ventanas, tele chata de 25 en el salón, pintura blanca. Al fondo, en el lado corto, hay una casa verde pobre. Sobre el otro lado largo del rectángulo, tres casas de familia: verde, amarillo, amarillo —con sus toques de rosa y de celeste. Y, en el otro lado corto, la tienda de Eder, donde Eder tiene su mesa de jugar al dominó y ver pasar el tiempo. Diez metros más allá, las basuras y el mar, todo el Caribe.

Hoy hay brisa fuerte, casi ningún pescador ha podido salir: algunos van a comer muy poco. Juan me dice que él salió igual y que se trajo dos kilos de caracol, que son 12.000 pesos, la platita para pasar el día. Todos dicen que la pesca ya no es como antes: que antes había langosta por todos lados, que ahora hay que salir cada vez más lejos y bajar cada vez más hondo, a veinte, veinticinco metros, porque antes pescaban nada más los muchachos del pueblo, ochenta, cien, y ahora en cambio vienen de muchos lados y son como quinientos y así no hay mar que aguante. Y que ahora los buzos del Islote salen solos: que antes, cuando pescaban fácil, iban de a dos o tres o cuatro, pero que ahora ya no hay para repartir y cada cual la pelea por su cuenta. La escasez, decíamos, rompiendo aquellas redes.

El Islote está de verdad en el medio del mar: ninguna casa a más de cincuenta metros de las olas. El Islote es realmente una isla del Caribe.

Los chicos de diez años ya salen a pescar, ganan su plata, se hacen, de alguna forma, independientes de sus padres. Pero se quedan en las casas de sus padres hasta que son adultos: en el Islote no hay lugar para instalar vivendas nuevas. En el Islote hay doce bachilleres, ningún profesional, un par de ricos: Mamá Elena, los dos mayoristas de pescado —que se lo compran a los pescadores y lo venden, con cincuenta por ciento de recargo, a los distribuidores de la costa.

El Islote tiene noventa casas: noventa unidades familiares. Pero hay pocas familias y están todas mezcladas. Y tienen chicos, cantidades de chicos: de los 1.087 isloteros, 735 son chiquitos. Las parejas del Islote tienen un promedio de cinco hijos. Últimamente ha habido planes para “desconectar” mujeres, y cinco lo aceptaron, pero es muy duro convencerlas:

—Ellas piensan que cuando se desconecten no las va a querer más nadie. Yo les digo que no tengan tantos pelaos, que se ocupen más bien de los que tienen; ellas me dicen que lo que pasa es que son muy tiradoras. No, tiradoras no; ustedes lo que son es parenderas, les digo yo. Las tiradoras tienen muchas vainas, preservativos, pastillas, muchas cosas.

Faider Agresott es el Inspector de Policía del archipiélago San Bernardo —con base en el Islote. Faider no es policía sino empleado de la Alcaldía de Cartagena —pero si en la isla hubiera policía estaría bajo su mando. Había dos, pero ya no: hace unos años, decidió que no eran necesarios y que era mejor que sus habitaciones en los altos del Centro Educativo quedaran para los profesores.

—Acá es muy tranquilo, no valía la pena tener dos policías. Es muy raro que haya robos, esas vainas. Acá nomás hay riñas: como buenos costeños les gusta mucho el guaro, el trago, y se meten en riñas entre ellos.

Dice Faider, cuarentón, costeño, y dice que todos los días recorre las diez islas del archipiélago en la lancha que le donó un paisa rico y amador del Caribe, pero que ahora hace tiempo que no lo puede hacer porque la lancha está dañada y todavía no consiguió la plata para hacerla arreglar, pero por lo menos ya pudo llevarla a Cartagena.

En el Islote no hay iglesia; solo una Cruz de Mayo, una imagen del Sagrado Corazón, otra de la Virgen del Carmen —que está, también, en casi todas las casas del pueblo.

—Los pescadores necesitamos a la Virgen. Ella es la que nos cuida cuando salimos al mar. Quién sabe, si no fuera por ella…

En el Islote no hay cura, por supuesto. Cuando alguien quiere casarse o bautizarse, tiene que anotarse en una lista y esperar a que se junten varios; entonces llaman a un cura que los consagra al mayoreo.

Faider fue sargento de la Marina, pero ya lleva muchos años administrando islas. Faider se ocupa de muchas cosas —atiende el consultorio cuando no está el médico, dirime diferendos, presenta proyectos, persigue subvenciones, insiste para que los isloteros “no sean tan flojos y se busquen la vida”. Y dice que está feliz, que aquí siente que puede hacer algo importante, mejorar la vida de una comunidad. Uno de sus proyectos más avanzados es construir noventa baños, uno por cada casa:

—Hay que hacerlos para que esta gente haga sus necesidades como Dios manda, porque es muy feo para el turista que estén haciendo sus necesidades por ahí y, mostrándole sus pompis, ajá hombe, caramba.

María Consuelo tiene 56 años, siete hijos. El mayor nació hace 36 y, durante los 15 siguientes, ella se dedicó a parir parejito.

—Así pude salir rápido de esa obligación. Ya después a uno le queda tiempo pa otras cositas. Aunque a veces también uno se aburre. Uno cría los pelaos, después ellos crecen y se van y ajá, ya casi no queda na pa hacer. Lo bueno es que después vienen los nietos. Yo ya tengo ocho.

Después pasa una mujer de falda negra con un balde de pintura blanca y una brocha; dice que va a pintar la Cruz de Mayo, al final de la plaza.

—Esa se llama María Candela, le decimos así por la lengua que tiene. Esa le va diciendo las verdades en la cara a todo el mundo. Es viuda, pobrecita. Pero también se pega sus chapeteras, no se vaya a creer.

María Candela es la organizadora de los grupos de limpieza: todas las nenas, armadas con escobas de palito, barren el pueblo un día a la semana. Y todos los nenes llenan los sacos de basura y los llevan al final de la isla, para seguir creciendo.

—¡Mayo, mija, cómo estás! Ahora vienes por acá para echar una hablaíta.

Le grita María Consuelo, pero María Candela le dice que no sea vaga, que más bien vaya a ayudarla con la pintura.

—Sí, hombe, yo te ayudo. Si tampoco no tengo nada qué hacer.

En el Islote, tan rodeado de agua que es muy difícil caminar sin verla, el agua es un problema. Cuando llueve, los vecinos la recogen en aljibes; cuando no, llega en barco cisterna desde Cartagena. A veces hay que pagarla, a veces no. La luz, en cambio, cuesta 2.000 pesos por día y por cabeza —por seis horas de corriente eléctrica. Todos los días, los de la Junta Vecinal recorren las noventa casas para recaudar la plata del gasoil; a veces consiguen lo necesario, a veces no. Los días que no, la luz se apaga antes.

El equipo de fútbol de Islote nunca pudo jugar de local: no tiene cancha, lugar para una cancha. Juan Guillermo pesca langosta y es su entrenador: ahora me cuenta que cuando pueden van a tierra firme a jugar un partido o algún cuadrangular, pero que en general pueden, en junio y en diciembre porque en el equipo juegan unos sobrinos suyos que estudian en Cartagena y el papá tiene una lancha grande, pero solo se la presta si sus hijos van con ellos y ellos solo están para las vacaciones, en junio y en diciembre; que si no se la alquila y es demasiado caro. Es complicado. En cambio para entrenarse no hay problema: varias veces por semana cruzan hasta la isla de enfrente, donde sí hay espacio para patear un rato.

—¿Y van en lancha?

—No, casi nunca tenemos. Cada cual va con su canoa, su cayuquito, pues.

Me imagino la Gran Flota de los Veinticinco Cayucos Futboleros cruzando triunfal el brazo de mar entre Islote y Tintipán: veinticinco remeros denodados braceando hacia el espacio.

El Islote de Santa Cruz es pura diferencia, una isla tan aislada y tan distinta de cualquier otra isla, un mundo transplantado al mundo equivocado, un barrio donde no puede haber un barrio, suburbio sin ciudad, espacio sin espacio. Pero yo no podía creer que todo eso —esa densidad, esa fragilidad, ese aislamiento— fuera solo para evitar “la plaga”. Hasta esta noche. Vuelvo al continente. Duermo en una cabaña sobre el golfo de Morrosquillo, un lugar maravilloso con la gente más atenta y sonriente. A la mañana, cuando me despierto, mis pies son una sola roncha. Arden, queman, joden —casi no puedo caminar. Recién ahora entiendo a aquellos negros fundadores: se escapaban de esto. Huían de la naturaleza. El Islote es una batalla más de la lucha del hombre por contener a la naturaleza. O sea: la cultura.

DAVID zambra
AMISH-COLOMBIANOS
Ana Lopez
Me gustó el artículo. Llevo muchos años pasando vacaciones cerca al Islote y supongo que soy parte de una de esas familias “ricas” para quienes los habitantes del islote trabajan en temporada alta. Y me pregunto… será que esos pesos que llevamos los turistas en vacaciones contribuyen en algo? será …
jose diaz m
muy buen articulo hace poco conoci ese lugar pero con su reportaje me di cuenta de la realidad es un lugar muy lindo y las personas son muy amables y conocinan delicioso y todo muy economico
Manuel Céspedes
Es un excelente reportaje, con la descripción que nos hace, nos demuestra una vez más,como el hombre se adapta y acostumbra a vivir y convivir en los diversos sitios que nos ofrece nuestro bello planeta.
Jairo de J. Rúa Ortiz
Yo estuve en este paraiso , y quienes piensan que estos habitantes de esta Colombia olvidada viven mal están muy mal . Porque asï , sin médico y sin cura ; los problemas son otros . Si quienes creen que sólo la ciudad es la solución están equivocados . Esta colombia vive y palpita .

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Written by Marisol García

August 18, 2009 at 4:19 pm

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