Estilo y Narración II

Just another WordPress.com weblog

Posts Tagged ‘kapuscinski

Hoteles, Kapuscinski y la competencia

leave a comment »

Por RAMÓN LOBO | El País – Kabul 14/08/2009

Ryszard Kapuscinski tenía una manía en sus viajes: personalizar la habitación del hotel en la que iba a pasar tiempo durante una cobertura informativa. A veces, le bastaba con desplegar unos pocos objetos por la mesilla de noche y la mesa de trabajo para que ese lugar extraño, frío e impersonal empezara a transformarse en un sustituto del hogar capaz de que mitigar la soledad.

En una zona de conflicto, elegir bien el hotel es esencial: puede salvar la vida y hacer agradable el trabajo. La electricidad para el ordenador y los cargadores de las cámaras siempre son más importantes que el agua.

En Kabul, los periodistas extranjeros se han repartido en hoteles pequeños. Todos huyen de los grandes como el Intercontinental y el Serena porque existe la sensación de que los talibanes van a intentar algo sonado dentro de Kabul antes de las elecciones. Se suceden las bromas sobre la cercanía de las habitaciones a los muros exteriores y la exposición de su inquilino a un posible coche bomba. El humor negro es una forma de espantar los miedos y de pasar el rato. Aunque las nuevas guest house están haciendo su agosto, se mantienen en unos precios aceptables. No hay inflación de avaricia. Después lo compensan con algún exceso en el cobro de las cervezas turcas Effes Pilsen.

El mío dispone de aire acondicionado, agua más o menos caliente (aunque tiene sus momentos: de repente helada; de repente, ardiendo), buena conexión wifi y televisión por satélite en la que es posible ver todos los canales árabes del mundo, que tienen su punto cuando te acostumbras.

Recuerdo la primera llegada al Holiday Inn de Sarajevo en abril de 1993. Dos de las cuatro fachadas eran inservibles, pues daban al frente: habitaciones quemadas, ventanas arrancadas de cuajo, agujeros de bala en las paredes. En las otras dos fachadas vivían los periodistas extranjeros. No había agua ni luz (ni ascensores) y los precios competían con los mejores hoteles de París. En aquella época transmitir una crónica era una pesadilla. El periodista debía dedicar varias horas al proceso. Las agencias de prensa extranjera disponían de satélites, entonces unos aparatos enormes que necesitaban de varias personas para moverlos, a los que sacaban gran rentabilidad: 40 dólares el minuto. Este periódico se dejó un buen dinero en aquella cobertura informativa que duró tres años y medio.

Los hoteles de periodistas tienen cierto sabor, pero no se parecen al de El Americano Impasible. La realidad siempre se queda corta frente a la imaginación de Hollywood, al menos en ciertas cosas. Se bebe poco, al menos en sitios como Kabul, y se habla demasiado. Cada uno cuenta sus batallitas, que son las mismas de la última cobertura. Nadie menciona sus reportajes en marcha ni de las crónicas a punto de cocción. Sólo se charla de lo ya publicado. Hay un compañerismo que supera las diferencias ideológicas y empresariales de los medios y suele haber ayudas en las desgracias informáticas. La competencia no es poner zancadillas.

Recuerdo una anécdota de dos célebres periodistas deportivos norteamericanos que siempre coincidían en todos los eventos. Una vez, uno de ellos llegó tarde al partido, quizá de béisbol, por un problema de tráfico. Tras sentarse, preguntó al compañero: “¿Me he perdido algo?” El rival informativo le narró con detalle todo lo que había pasado. Sorprendido por su generosidad, dijo: “¿Por qué me lo cuentas todo tan bien si somos competencia?”. El primer periodista le miró, sonrió y dijo: “La competencia, querido, empieza en el momento en que nos ponemos a escribir”.

Written by Marisol García

October 14, 2009 at 10:00 pm

preguntas que sobran

leave a comment »

Por Francisco Mouat (Revista “El Sabado”, El Mercurio / junio 2005)

Nunca se me ocurriría obligar a alguien a que me dé una entrevista. Si lo hice alguna vez, ahora me arrepiento. Somos libres y soberanos para hablar con quien nos parezca. Sé que decir algo así, tratándose en mi caso de un periodista, es renunciar a parte del decálogo no escrito de nuestra profesión. No me importa nada. Del mismo modo, comulgo con Roberto Merino cuando en una de sus magníficas crónicas cuenta cómo se niega a importunar al dramaturgo Jorge Díaz, que está sentado al lado suyo en una mesa del Tavelli un domingo en la mañana, y que bien podría ser su entrevistado por la cantidad de evocaciones y recuerdos escolares que le provoca su presencia: ¿Cómo puede interrumpírsele a un ser humano ese momento de entusiasmo inexplicable que constituye el domingo en la mañana? ¿Cómo acercarse a alguien so pretexto de familiaridad visual con una grabadora oculta bajo la manga y ningún asunto concreto en el temario?. Merino dejó pasar esa virtual entrevista, como seguramente ha dejado pasar muchísimos otros momentos por timidez o, como él mismo dice, porque un exagerado sentido de la pertinencia lo congela.

Algo parecido le ha sucedido al polaco Ryszard Kapuscinski en su andar mundano: ser periodista, y de los mejores del planeta, no le da patente para importunar a los demás ni lo obliga a hacer preguntas allí donde la realidad se exhibe con una ferocidad evidente. Una vez, estando él en la mina Komsomólskaia, en la vieja Unión Soviética, le ofrecieron la oportunidad de hablar con mujeres mineras: “Paredes cubiertas de hielo, torres cubiertas de hielo, haces de luz casi imperceptibles y, debajo de los pies, un barrizal negro. Mujeres distribuyendo vagonetas, levantando y bajando palancas, traviesas y postes. ¿Quieres hablar con ellas?, me pregunta Guennadi Nikoláievich. ¿Pero de qué? En derredor no hay más que frío, oscuridad y tristeza. Y ellas, que se mueven trabajosamente, están ocupadas, cansadas […]. Más vale que les muestre mi respeto, que les proporcione un pequeño alivio que, simplemente, consistirá en que no querré nada de ellas, ningún esfuerzo adicional, aunque sea tan insignificante como contestarme a una pregunta de rutina”.

Torpemente, a los periodistas nos enseñan muchas veces a desconfiar de nuestras propias percepciones. A no creer en lo que dice nuestra propia mirada. A no darle importancia. El gran argumento esgrimido es que nosotros no somos los protagonistas de la historia que contamos. Somos, se supone, apenas sus narradores. Ignoramos de este modo una de las fuentes básicas de información: la que nos revelan nuestros sentidos y nuestra mente. Kapuscinski lo expresa con claridad, siempre a propósito de los mineros: No hay ninguna necesidad de hacer preguntas cuando todo está claro nada más verlo. Nos damos perfecta cuenta de lo durísimo que es el trabajo del minero, una vida plagada de dificultades y en la que la gente pasa medio año sin ver la luz del día. Ya sé que cobran sueldos de miseria. ¿Qué más da que me digan dieciséis rublos o dieciocho? Es un dato sin ninguna importancia; lo importante es que son pobres, muy pobres.

Recibo de rebote un e-mail de una doctora joven, ginecóloga, llamada Francisca Valdivieso, ex estudiante de la Universidad de los Andes que está desde hace algunas semanas trabajando en Liberia. Lo que cuenta a sus amigos revela un abismo de distancia entre nuestras comodidades, a las que nos acostumbramos con brutal inconciencia, y el mundo despiadado en que les toca vivir a las mujeres liberianas que atiende día a día. Se trata de un rincón de África que hoy está sin luz eléctrica, sin agua potable, sin alcantarillado, sin teléfono, sin correo, sin gobierno, sin anestesia, con los escasos hospitales colapsados y donde el primer afán de Francisca es impedir que las guaguas mueran al nacer y lograr que las madres que estén en parto puedan sobrevivir a la experiencia. No hay demasiado que preguntar, en verdad. Sólo comprobar en silencio, una vez más, que nuestro mundo ordenado es un privilegio que convive con otros mundos acerados por el filo de la pobreza, donde se ríe y se baila para no llorar.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:09 pm