Estilo y Narración II

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los editores de diarios y sus vicios

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Por Donella Meadows

He llegado a conocer al menos cincuenta editores de diarios. Son gente bien informada. Leen cuatro o cinco periódicos al día; los editores de las páginas editoriales leen cuando menos veinte columnas de opinión al día. Es gente disciplinada, productiva, y ágil con las palabras. Gente organizada. La mayoría respeta ciertos estándares de ética profesional en asuntos como evidencias sobre los hechos, equilibrios, veracidad y el derecho del público a conocerlas. Por encima de todo, se preocupan por la sociedad y la democracia, y por las corrientes informativas que mantienen a una comunidad y a una nación unidas.Como todos los demás, sin embargo, los editores de prensa están inmersos en un sistema cuya estructura, cuyos premios y castigos, determinan su comportamiento; y no siempre para bien. Las empresas para las que trabajan fabrican diariamente un producto bajo un programa estrictamente elaborado, lo cual no propicia la reflexión cuidadosa. Son empresas comerciales que buscan captar publicidad, cautivar al público y generar ganancias. Hay mucho espacio disponible todos los días, y la competencia por ese espacio es intensa.Todo lo que he dicho de los periódicos es aun más cierto en la radio. El resultado es una serie de características que todos conocemos: el estándar y la serie de críticas generalmente precisas sobre los medios.
· Se concentran en el evento; reportean superficialmente los acontecimientos y no reparan en las estructuras subyacentes.
· Son cortoplacistas; producen noticias sensacionalistas y después las abandonan. No observan los fenómenos de manera cuidadosa y a largo plazo (ignoraron el efecto invernadero durante décadas, hasta que hubo sequía en el Medio Oeste).
· Son instintivamente gregarios: enviarán a 1.500 reporteros a una convención política, pero ninguno asistirá a la presentación de una política ambiental crucial.
· Los atraen las personalidades y autoridades; no les interesan las personas de las que no han oído hablar.
· Para cumplir con las limitaciones de tiempo y espacio, simplifican los temas. No toleran la incertidumbre, la ambigüedad, los sacrificios o la complejidad.
· Son escépticos; les han mentido y los han manipulado tan a menudo que no le creen a nadie. Son cínicos y en ocasiones irritan a la gente que les está diciendo la verdad.
· Tienden a deformar la verdad para cuadrar su historia y, así, no ven el mundo tal como es (varias veces viví la frustrante experiencia de ser entrevistada por un reportero que no quería escuchar hechos que contradijeran «su historia»).
· Aman la controversia y creen que la armonía es aburrida; ven el mundo como una serie de situaciones antagónicas del tipo perder/ganar, correcto/incorrecto. Les atrae el conflicto y las cosas que no funcionan; no hacen caso de las cosas que sí funcionan.
· Son muy conservadores; aunque les gusta pensar que son duros e inflexibles, en realidad solo denuncian asuntos marginales para la sociedad. La mayor parte de las veces, por lo general inconscientemente, defienden el statu quo y en verdad se resisten a las nuevas ideas.
· También inconscientemente, informan a través de los filtros de la inutilidad, la imposibilidad, el cinismo, la pasividad y la aceptación. Reportan problemas, no soluciones; obstáculos, no oportunidades. Sistemáticamente niegan su poder y el de su audiencia.



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Written by Marisol García

February 24, 2010 at 4:24 pm

Sofismas de distracción

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Por Gabriel García Márquez

Maestro Gabriel García Márquez: Para nadie es un secreto que su obra literaria está impregnada de su profesión de periodista. Usted mismo lo ha dicho varias veces. Supongo que esa es la razón por la cual nos ha entregado un relato (de un náufrago), una crónica (de una muerte anunciada) y una noticia (de un secuestro). Por ese camino, ¿podemos esperar una entrevista? ¿Con quién?

(Pregunta de Camilo González Díaz, vía Internet, a la revista Cambio).

En síntesis, su pregunta concreta es si los lectores pueden esperar de mí un libro que sea una entrevista —así como publiqué una crónica, un relato y una noticia—. Mi respuesta concreta es que no. Sin embargo, el espíritu de su carta me hace pensar que tiene otras preguntas más, y no sé por qué no las hizo. Pues bien: las doy por hechas. Y agrego para ponernos en orden desde el principio que además he escrito nueve novelas, treinta y ocho cuentos, más de dos mil notas de prensa, y quién sabe cuántos reportajes, crónicas y guiones de cine. Todos los he hecho día tras día con la punta de los dedos en más de sesenta años de soledad, por el puro, simple y gratuito placer de contar el cuento. En resumen: mi vocación y mi aptitud son de narrador nato. Como los cuenteros de los pueblos, que no pueden vivir sin contar algo. Real o inventado, eso no importa. La realidad para nosotros no es sólo lo que sucedió, sino también y sobre todo, esa otra realidad que existe por el solo hecho de contarla. Sin embargo, cuanto más he escrito menos he logrado distinguir los géneros del periodismo.

Los he enumerado de memoria —y no todos los de comunicación, que ya son demasiados— y he omitido a conciencia la entrevista como género, porque siempre la he tenido aparte, como esos floreros de las abuelas que cuestan una fortuna y son el lujo de la casa, pero nunca se sabe dónde ponerlos. Sin embargo, es imposible no reconocer que la entrevista —no como género sino como método— es el hada madrina de la cual se nutren todos. Pero no me parece un género en sí misma, como no me parece tampoco que lo sea el guión en relación con el cine.

Otra cosa que me preocupa de las entrevistas es su mala reputación de mujer fácil. Cualquiera cree que puede hacer una entrevista, y por lo mismo el género se ha convertido en un matadero público donde mandan a los primerizos con cuatro preguntas y una grabadora para que sean periodistas por obra y gracia de sus tompiates. El entrevistado tratará siempre de aprovechar la oportunidad de decir lo que quiere y —lo peor de todo— bajo la responsabilidad del entrevistador. El cual, por su parte, tiene que ser muy zorro para saber cuándo le han dicho la verdad. Es el juego del gato y el ratón, hoy consagrado en su etapa primaria por las entrevistas en directo y a boca de jarro, que casi siempre se aprovechan para aprender. O para foguear novatos armados, cuyo peor mérito para ser periodistas es que no se asustan de nada y van a la guerra con ametralladoras magnetofónicas sin preguntarse hasta dónde y hasta quién pueden llegar las balas.

Mi problema original como periodista fue el mismo de escritor: cuál de los géneros me gustaba más, y terminé por escoger el reportaje, que me parece el más natural y útil del periodismo. El que puede llegar a ser no sólo igual a la vida, sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia —sagrada e inviolable— de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma. Aunque nadie lo sepa ni lo crea.

Nunca se aprenderá a distinguir a primera vista entre reportaje, crónica, cuento y novela. Pregúnteselo a los diccionarios y se dará cuenta de que son los que menos lo saben. Es un problema de métodos: todos los géneros mencionados tienen sus puertos de abastecimiento en investigaciones y testimonios, en libros y documentos, en interrogatorios y encuestas, y en la creatividad torrencial de la vida cotidiana. Y sobre todo en entrevistas hechas no para publicar dentro de los formatos convencionales del género, sino como viveros de creación y de vida de todos los otros. Y dicho esto habría que reconocer que la entrevista es el género maestro, porque en ella está la fuente de la cual se nutren todos los demás.

Esto podría ser una demostración más de que las definiciones de los géneros periodísticos son aproximadas o confusas, pero la finalidad primordial de todos es que el lector conozca a fondo hasta los pormenores ínfimos de lo que pasó. Todos ellos comparten entre sí la misión de comunicar, y el problema esencial de los comunicadores no es ni siquiera que nuestro mensaje sea verdad, sino que nos lo crean. Usted ha mencionado sin citar los títulos de tres géneros trabajados por mí y es fácil saber cuáles son. Vamos a revisarlos, aunque sólo sea para confirmar el embolate técnico y semántico con que nos tienen confundidos.

Empecemos por precisar que Crónica de una muerte anunciada sería más un reportaje que una crónica. Es la reconstrucción dramática del asesinato público de un amigo de mi infancia, a manos de dos hermanos de una antigua novia suya, devuelta a la familia por el esposo que no la encontró virgen la noche de bodas. En el sumario consta que ella acusó a mi amigo de ser el autor de su deshonra, y sus hermanos lo mataron a cuchilladas a pleno día en la plaza pública. Esperé treinta años, uno detrás del otro, para escribir el drama —del cual no fui testigo— porque mi madre me suplicó que no lo hiciera por consideración con las dos familias enemigas. Cuando por fin me dio permiso tenía el tema tan molido en la memoria que ni siquiera tuve que refrescarlo sino que lo escribí sin apelar a ninguno de los testigos incontables. No es en rigor una crónica —como digo mal en el título— sino un episodio histórico protegido de la curiosidad pública por el anonimato de los lugares y las identidades y los nombres cambiados de los protagonistas, pero con una fidelidad absoluta a las circunstancias y los hechos. De modo que no sería legítimo revindicarlo como un reportaje formal pero sí como un modelo válido del género.

Noticia de un secuestro es en efecto la reconstrucción completa de una noticia espantosa que estuvo viva y dinámica en Colombia durante doscientos sesenta y dos días, por los secuestros continuados de diez personas importantes con una finalidad única: impedir que la Asamblea Constituyente aprobara la extradición de colombianos a los Estados Unidos. La clasificación estructural sería válida como un reportaje puro, porque todos los datos son verídicos y comprobados. Pero también el título se puede sostener, porque es una sola noticia vasta y compleja desde sus orígenes primeros hasta sus últimas consecuencias.

Relato de un náufrago está más cerca de la crónica, porque es la trascripción organizada de una experiencia personal contada en primera persona por el único que la vivió. En realidad es una entrevista larga, minuciosa, completa, que hice a sabiendas de que no era para publicar en bruto sino para ser cocinada en otra olla: un reportaje. No tuve nada que forzar porque fue como pasearme por una pradera de flores con la posibilidad suprema de escoger las mejores. Y esto lo digo en homenaje a la inteligencia, el heroísmo y la integridad del protagonista que con justicia fue el náufrago más querido del país.

No usamos grabadoras, porque las mejores de aquel tiempo eran tan grandes y pesadas como una máquina de coser, y el hilo magnético se embrollaba como cabellos de ángel. Aun hoy sabemos que son muy útiles para recordar, pero nunca hay que descuidar la cara del entrevistado, que puede decir mucho más que su voz, y a veces todo lo contrario. Tuve que tomar notas en un cuaderno de escuela, y eso me obligó a no perder una palabra ni un matiz de la entrevista, y a tratar de profundizar a cada paso. Gracias a esos cuidados, tropezamos de pronto con la causa del desastre, que hasta entonces no se había dicho: la sobrecarga de aparatos domésticos mal estibados en la cubierta de una nave de guerra. ¿Qué fue esto sino una entrevista exhaustiva en más de veinte horas de interrogatorios para averiguar la verdad? Sin embargo, yo la había conocido mejor que el lector en un cuento contado de viva voz con suspensos diarios: un relato fascinante.

Creo, en fin, que el periodismo merece no sólo una nueva gramática, sino también una nueva pedagogía y una nueva ética del oficio, y visto como lo que es sin reconocimiento oficial: un género literario mayor de edad, como la poesía, el teatro, y tantos otros. A ver si con un reconocimiento tan justo —entre tantos sofismas de distracción— los periodistas colombianos nos le medimos por fin al reportaje inmenso que se espera de nosotros: cómo es que la Colombia idílica de los poetas se nos ha convertido en el país más peligroso del mundo.

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:49 pm

entrevista a tomás eloy martínez

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MAESTROS DEL PERIODISMO
Tomás Eloy Martínez:

“El anonimato digital potencia el periodismo amarillo”

Por JUAN CRUZ / DOMINGO de EL PAÍS – 08-02-2009

Tomás Eloy Martínez (Tucumán, Argentina, 1934) sufrió una operación delicada, se sometió a curas prolongadas, y mientras tanto escribió artículos, terminó una novela, Purgatorio, salió a cenar, viajó a México a cumplimentar a su amigo Carlos Fuentes por su cumpleaños, y además tuvo tiempo de salir a cenar con amigos, para discutir con ellos sobre todo lo que se mueve y para seguir siendo un miembro muy activo de la Fundación Nuevo Periodismo que preside otro amigo suyo, Gabriel García Márquez. Es su carácter. Fue periodista de chico, siempre quiso contar historias, y el día en que no cuente historias (verdaderas o de ficción) dejará de ser Tomás Eloy Martínez, el periodista. Nosotros le entrevistamos en su casa de Buenos Aires (tiene otra en New Jersey, en cuya universidad de Rutgers es profesor) en medio de uno de esos vaivenes de salud, que afrontó y afronta como un jabato en la hora más alta de la fabricación de un periódico, o de una novela. Si tú preguntas en Argentina, en cualquier sitio, por el periodista que definiría hoy la pasión por este oficio, quién sería hoy un maestro, y una mayoría te dice este nombre. Aunque ha sido alentado por los premios que ha recibido por sus novelas a abandonar el oficio, esta es su pasión; la ejerció en la revista Primera plana, en el diario La Nación; en el exilio, que le salvó de las garras de la dictadura militar argentina, trabajó como periodista en Venezuela y en México; en este último país, en Guadalajara, puso en marcha en un diario. Aunque ha dirigido redacciones, su pasión ha sido el reportaje, y de esa dedicación es un ejemplo múltiple su recopilación Lugar común la muerte. Su enfermedad no le ha disminuido el énfasis tranquilo con el que se enfrenta a la vida, y en este caso al porvenir del periodismo. Después de hablar con él en Buenos Aires le dijo a unos periodistas argentinos sobre la esencia de sus dos oficios solapados, el escritor de ficciones y el periodista: “La literatura si no es desobediencia no es. La literatura, como el periodismo, son centralmente actos de transgresión, maneras de mirar un poco más allá de tus límites, de tus narices. Todo lo que he escrito en la vida son actos de búsqueda de libertad. Nada me daba más placer -cuando publicaba mis primeros artículos en La Gaceta de Tucumán- que mi madre le dijera a mis hermanas: “Tenemos que ir a misa a rezar por el alma de Tomás, que está totalmente perdida”. Con esta alma totalmente perdida tratamos de juntar los pedazos del periodismo de ayer y de hoy.

Pregunta. ¿De qué viene esta pasión?

Respuesta. Desde que tengo memoria he querido contar historias. Como no me pagan por hacerlo, me desvié hacia el periodismo, donde eso era posible. Escribí crónicas y, como tuve un éxito modesto en esos ejercicios, cuando me propuse escribir novelas no quise dejarme llevar por la facilidad del oficio que había adquirido. Quise componer novelas puras, de espaldas a toda brizna de realidad, y no existen las novelas puras. Yo quería negar todo lo que era (el periodista, el crítico de cine, el investigador de las crónicas de Indias) y de hecho lo negué en mi primera novela, que data de 1967 y no he querido volver a publica.

P. ¿Y el periodista cómo ve ahora este oficio?

R. Ante el periodismo, ante lo que vendrá, siento una cierta perplejidad; las formas de lectura están cambiando vertiginosamente y el periodismo de papel se está convirtiendo en un vehículo incómodo para la lectura. Mucha gente prefiere las versiones on-line de los periódicos, y yo les encuentro un riesgo, sobre todo en los comentarios a las noticias o a las opiniones. Por un lado, hay una libertad necesaria para escribir y para expresarse con soltura. Por el otro, el anonimato de los posteos abre el camino a una peligrosidad impunidad. No me preocupan tanto los descuidos y malos tratos a que se somete el lenguaje, que es nuestra herramienta esencial. Me preocupa más que se lea mal y que esa ligereza en la lectura derive en una ligereza en la acusación. El anonimato encubre una cierta infamia, encubre a veces sentimientos deleznables. Esto no es el periodismo, por supuesto; es una perversión del periodismo, pero es algo para lo cual el periodismo es un vehículo en este momento.

P. Pero ya había periodismo amarillo.

R. Lo había y lo hay. Lo que pasa es que esto potencia, multiplica, la fuerza del periodista amarillo. Todos los días vemos señales de este tipo de periodismo que se manifiesta en forma de acusación. Escribí una columna sobre la carnicería que se hizo con Ingrid Betancourt y con Clara Rojas cuando fueron liberadas por las FARC. Periodistas muy serios, con una larga trayectoria, añadieron leña al fuego de los chismes sobre la intimidad de las ex rehenes.

P. ¿Cómo tendrían que establecerse los límites?

R. Este es un trabajo básico de los editores. Cuando se fundó la Fundación Nuevo Periodismo la intención era proporcionar a los jóvenes periodistas, a través de los talleres, el tipo de educación sobre la edición de textos que habíamos tenido la gente de mi edad durante los tiempos de nuestra formación profesional. Esa educación ha sido arrasada ahora por la rapidez de vértigo con la que se trabaja.

P. ¿Cómo fue esa educación suya?

R. Empecé en el periodismo por necesidad, porque mis padres y yo mismo desconfiábamos de que el trabajo universitario y la literatura fueran a permitirme vivir: Así que empecé trabajando en La Gaceta de Tucumán, como correctoR. Fue una escuela formidable, porque allí estaban todos los profesores desaprobados por el peronismo. Había un gran filósofo francés, Roger Labrousse, una extraordinaria profesora de Historia, María Elena Vela, otra profesora de Filosofía, Selma Agüero… Teníamos conversaciones muy ricas mientras discutíamos los problemas de la gramática o de las separaciones de sílabas. Esa fue mi primera forma de educación periodística. Si cuidas el lenguaje, la ética viene en consonancia, porque la responsabilidad empieza por la herramienta que manejas. Desde el principio yo supe que no había una sola verdad; sé que no hay una sola verdad y que si tú y yo narramos lo que estamos viendo en este momento lo contaríamos de forma diferente.

P. Muchas verdades, y muchas mentiras. Recuerda cuando en Internet se anunció la muerte del Nobel Le Clèzio un minuto después de que le dieran el Nobel…

R. Bueno, eso pasó con Le Clèzio y eso pasa cientos de veces, con muertes, con divorcios, con separaciones, con amoríos… Y no sólo sucede en Internet, sucede también en el periodismo de papel. Hay ejemplos memorables. Recuerda lo que pasó en The Washington Post con Janet Cooke, la periodista que se inventó la historia de un niño que se inyectaba heroína con el permiso de su madre…, y que era una historia falsa. Y la de aquel periodista mitómano que hizo caer a toda la cúpula de editores del New York Times porque no advirtieron que, por pereza, estaba creando una realidad completamente falsa. A ese tipo de tropiezos está expuesto también el periodismo que ahora consideramos verdadero.

Pero yo a ese respecto tengo una anécdota personal.

P. Adelante.

R. En mi primer día en La Nación me encargaron el obituario de Sacha Guitry. La necrológica era un género muy cuidado en el diario; escribí esa con los datos del archivo y con lo que yo recordaba. Me solté el lenguaje, no me fié sólo de los datos, y don Bartolomé Mitre, el director, vino a felicitarme. Sentí entonces que ese eco de un periodismo diferente podía tener una cierta repercusión en los lectores. Después me nombraron crítico de cine, y empecé a escribir críticas iconoclastas, disconformes. Un día nos quitaron la publicidad las grandes productoras; el periódico quiso que reformara mis criterios, y yo retiré mi firma. Me mandaron a ver muertos, a una sección que se llamaba Movimiento marítimo, sobre los ahogados en el Río de la Plata. Era un castigo. Me fui. Y malviví hasta que apareció Primera plana, la revista de Jacobo Timerman. Allí unos jóvenes dimos rienda suelta a nuestro apetito por narrar, y descubrimos otro país. Timerman se fue al año y medio. Nos quedamos al frente de la Redacción tres jóvenes rebeldes.

P. ¿Qué se siente al poner un periódico nuevo en marcha?

R. Un delirio. Con Timerman la revista era más conservadora; en 1963 se preguntó cuál era el hecho cultural del año, y yo dije: “Los Beatles”. No salieron, pero pusimos en la portada a Borges, a Cortázar, a García Márquez, a Cabrera Infante. Antes de eso habían tratado muy mal en Primera plana los cuentos de Cortázar y La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Descubrimos que había una literatura latinoamericana y gracias a eso fuimos abriendo paso a la literatura y nos alimentamos de ella…

P. Entonces se estaba inventando el nuevo periodismo en Estados Unidos, pero ustedes ya lo hacían en América Latina.

R. Y creo que además entre nosotros nació por instinto, por pura necesidad de narrar, por el vicio de leer novelas y por estar disconformes con el modo que se tenía de narrar la realidad. ¿Por qué no podemos narrar en periodismo como en las novelas? En dos de mis primeras novelas trabajo el nuevo periodismo: en La novela de Perón narro de modo novelesco una investigación muy seria, y en Santa Evita decido invertir los términos del nuevo periodismo. Si en la primera había contado, con los recursos de la novela, lo que me parecía periodísticamente cierto, en Santa Evita narro con los recursos del periodismo una ficción absoluta, y la gente se la creyó.

P. Se mezclan las aguas.

R. Y eso te obliga a tener un cuidado ético muy severo. El lector no se debe sentir confundido: la ficción es ficción y el periodismo es periodismo, porque corres el riesgo de pervertir ambos géneros.

P. Y el periodismo es una materia delicada.

R. Yo parto del hecho de que el periodismo es ante todo un acto de servicio, un servicio al lectoR. Con el periodismo tú le sirves a un lector; le presentas una realidad con la mayor honestidad posible, con los mejores recursos narrativos y verbales de que dispones. Pero en todo momento tienes que dejar bien claro que esa es la realidad que tú has visto, en cuya veracidad confías… En la ficción, en cambio, tienes que dejar en evidencia que esos datos que das no son confiables. Por eso puso debajo del título de Santa Evita la palabra novela.

P. El periodismo es una materia omnipresente. ¡Hasta en Borges!

R. Borges empieza siendo un periodista; dirige un suplemento cultural en el diario Crítica, ¡imagínate, el diario más popular de Buenos Aires! Ahí él arranca haciendo un periodismo de imaginación. De hecho, su Historia universal de la infamia está basada en hechos reales que él transforma en ficciones.

P. Y la obsesión de Gabriel García Márquez por el dato es equivalente a la que siente Truman Capote porque no se le escapen detalles en A sangre fría…

R. En el caso de García Márquez es porque a él le importa mucho la creación de un universo verosímil, aun en las novelas. El lector se identifica más con lo que narras si esto le parece verdadero… García Márquez es un obsesivo de la información; yo lo he visto trabajar en Noticia de un secuestro con una obsesión por la información precisa que va más allá de todo cálculo. Ya era en ese momento un escritor de primera línea, había ganado el premio Nobel y estaba trabajando en ese libro-reportaje como en cualquiera de sus novelas de otro registro. No hay que descreer de un solo dato. En cambio, no le creas ni un solo dato de El general en su laberinto: es todo invención e imaginación.

P. Se retroalimentan el periodismo y la ficción, y juntos constituyen el llamado nuevo periodismo. ¿Qué le dio el uno a la otra?

R. En primer lugar, un mayor y mejor acercamiento del lector al hecho tal como es. Porque proporciona una identificación entre el lector y los personajes a los cuales estás aludiendo. El viejo periodismo decía: “En el tsunami habido ayer en el sureste asiático murieron equis personas; una gran ola avanzó kilómetros y alcanzó aldeas y ciudades…”, mientras que el nuevo periodismo empezaría así una noticia como esa: “La señora Tapa Raspatundra estaba en la orilla de su pueblo en Java cuando un enorme nubarrón en el horizonte le hizo prever la catástrofe, tomó a sus niños en brazos y escapó de una tragedia que causó equis muertos”. Cuentas el horror de la ola e identificas al lector con un personaje que vive en primer plano la tragedia. El relato introduce al lector en la historia.

P. ¿Y el periodismo de siempre se está alejando del periodismo deseable?

R. Siento que en el periodismo tradicional se trata al lector como si tuviera doce o catorce años; en vez de alzar a los lectores hacia la inteligencia de su medio rebaja su lenguaje. Se trata de masificar el periodismo, y esta es una de las enfermedades de esta época.

P. Otra enfermedad es la conversión de la información en espectáculo.

R. Pensando que esa frivolización atrae lectores… Para eso es mejor publicar en los faldones del diario trozos de novelas, como se hacía en el siglo XIX…

P. Los políticos también son presentados ahora como parte del espectáculo, y ellos mismos se comportan a menudo como si fueran actores, ávidos de la cámara…

R. No dudo que el efectismo sea más entretenido, pero la misión del periodismo es no obedeceR. El periodismo es un acto de servicio, pero no es un acto de servilismo, y por lo tanto los periodistas tienen que hacer aquello que su conciencia le dicta… El poder o amordaza o trata de comprar al periodista; pero primero trata de halagarlo, y hay formas muy sutiles de halago; programas en las televisiones del Estado, una forma nueva del sobre a fin de mes.

P. Usted pasó una experiencia central en su vida, la dictadura militaR. En épocas así el periodismo no se reconoce a sí mismo.

R. La dictadura tuvo un efecto muy nocivo, muy venenoso en mi país, y cercenó muchas de las dignidades periodísticas de ese tiempo, no sólo en Argentina, también en Chile… Y yo pasé ese tiempo en Venezuela, en el exilio. En aquella época no existía la posibilidad de acceder a la lectura diaria del periodismo en otro país. En la distancia se veía que aquel proceso que se vivía en Argentina era dictatorial, y atrozmente dictatorial. Recuerdo que a los pocos días de estar en El Nacional de Caracas, donde me acogieron, me pidieron una crónica sobre Argentina. La titulé Una larga marcha entre los escombros; recogía ahí los nueve puntos de la Junta Militar, que condenaba a la ciudadanía a la obediencia ciega. Me decían: “Te equivocas, Videla es el bueno; ha triunfado la línea más civilizada del Ejército, hay una línea más perversa…” La había, pero Videla había preparado arteramente la matanza completa de toda conciencia de la sociedad.

P. Brecht decía que había que cantar también en tiempos sombríos. ¿Y hacer periodismo?

R. En Brasil hubo momentos memorables bajo la dictadura; cuando la censura oficial prohibía la publicación de ciertas noticias los periódicos salían con espacios en blanco allí hubieran sido impresas tales informaciones. En Argentina eso no sucedió. Aquí o eras cómplice o no sabías a qué te exponías. La complicidad fue una exigencia para poder trabajar en el periodismo. Los periodistas chilenos han pedido disculpas por su obediencia a la dictadura de Pinochet. Los periodistas de mi país no han pedido disculpas. Muchos de ellos se enorgullecen de lo que hicieron: creen que hicieron lo correcto y estaban de acuerdo con lo que se hacía.

P. Cuando García Márquez le entregó a Iñaki Gabilondo el premio de la Fundación Nuevo Periodismo le dijo en alto que ahora leía la prensa y se ponía a rabiar como un perro. ¿A usted le pasa?

R. Lo que pasa es que a Gabo le molestan ciertas carencias de calidad en la prensa, ciertos errores en la calidad. Más de una vez se ha ofrecido a corregir gratis El tiempo de Bogotá. Él se levanta rabioso cuando lee títulos mal puestos o equivocados, copetes [entradillas] que repiten la noticia del título…

P. ¿A usted le pasa?

R. No, no me comprometo tanto con lo que leo, soy un lector más pasivo… Me irrita, por ejemplo, la confusión de nombres, porque creo que la identidad de una persona es también un nombre. Si tú confundes a una persona y la llamas de otra manera, disminuyes a esa persona. Y me molestan erratas torpes. Ves una errata y ya no te crees el resto. Y ves un error, y el resto te parece garrafal.

P. Con todo lo que hay sobre la mesa sobre lo que es el periodismo hoy, ¿cuál sería su diagnóstico sobre el porvenir del oficio?

R. Periodistas habrá siempre, como narradores. Defoe es anterior al periodismo, como Homero o Herodoto; eran todos narradores de hechos que daban como ciertos, y la historia sigue en pie gracias a que el hombre siempre tuvo vocación de narrar sus hechos. No narraba las ausencias: narraba aquello que le parecía narrable o contable. Sólo lo escrito permanece; aquello que no ha sido narrado no existe, y lo que ha sido escrito se convierte en verdad. Y eso seguirá siendo así. ¿El periodismo? Las transformaciones son muy vertiginosas. Cuando yo era un niño no había televisión, había radio y era una radio mucho más precaria que la de ahora: En mi primer trabajo en el periódico las grabaciones de las noticias se hacían en cilindros de cera. La primera vez que fui a Madrid a entrevistar a Perón, en 1966, las noticias se transmitían por télex, o por telegrama. Y ahora mira los adelantos que hay. A este ritmo, ¿cómo quieres que prediga el futuro?

P. ¿Y el pasado? ¿Qué le ha dado este oficio?

R. Un buen modo de ganarme el pan. Un modo decoroso, esforzado y muy laborioso. El periodismo generalmente no está bien pagado, pero sea cual fuese el salario yo he procurado dar lo mejor de mi, porque lo que siempre me pareció es que estaba en juego mi persona, mi ser, mi naturaleza humana, y no lo que recibiese a cambio. Eso es lo que me ha dado el oficio.

Written by Marisol García

August 5, 2009 at 2:59 pm

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Kapuscinski – TODO

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Written by Marisol García

August 4, 2009 at 1:33 am

el qué, quién, cuándo, dónde y cómo del periodismo

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Por Arcadi Espada

La inquietud esencial del periodista es la existencia de la verdad. Pero hoy en día, al aproximarse a ella, debe dejar de lado la pregunta que antes parecía tan importante: el porqué. Desde una controversia histórica que aún no termina, Espada escribe acerca de los daños del relativismo y de los riesgos que corre quien sostiene la contundencia de los hechos.

El otro día tuve que explicarle a un juez algo terco este asunto elemental: que la verdad no tiene versiones. Si la verdad tuviera versiones, él no podría trabajar. Estaría bueno que tras firmar una cadena perpetua adujera: así dispongo, según mi versión de las cosas. No acabé de razonárselo como hubiera querido, porque pretendía encarcelarme y esta posibilidad requería de toda mi atención y mi esfuerzo. Poco después, en un periódico de la ciudad, un hombre realmente muy modesto sostenía que en el periodismo la búsqueda de la verdad es propia de presuntuosos y que la verdad misma es como las verduritas en juliana: de muchos colores e inaprensible. Nada nuevo: hace muchos años que el periodismo, en su humildad infinita, da cobijo a estos edificantes razonamientos. Y a pesar de la costumbre, siempre derramo una furtiva lágrima cuando los escucho: qué bonito oficio, y qué misericordioso, el mío, dando por igual la palabra a la verdad y a la mentira, al pequeño y al grande, al agudo y al romo. ¡Qué crisol conmovedor! `[···]

Al pie de un hecho, el periodismo debe reunir todos los detalles verdaderos que llegue a conocer sobre él. Incluso porqués. Pero porqués que puedan transmutarse en qués, o en cómos. Entre la explicación del derrumbe de una casa o del asesinato de una adolescente gaditana hay muchas diferencias. Pero hay una, retórica, importantísima: el porqué del derrumbe puede subsumirse fácilmente en alguna otra pregunta. La facilidad es incluso gramatical. Es decir, podemos escribir sin raspa: “El edificio cayó cuando hizo explosión una bomba de dos kilos de dinamita”. ¿Pero cómo rehuir, físicamente, gramaticalmente, el por qué al anotar la causa de que un adolescente mate a otra? ¿Cómo responder a esa pregunta en cualquiera de las otras?

En los años sesenta del pasado siglo, después de la publicación de A sangre fría, la obra más conocida de Truman Capote, el periodismo se infectó de verosimilitud. Decidió que en su competencia no entraba sólo lo que había ocurrido, sino lo que no ocurrió, pero pudo ocurrir. La epidemia aún dura. La aplicación de las técnicas novelísticas al relato de hechos reales ­esa contradicción ontológica­ ha contribuido al desguace del periodismo. También aquí el relativismo ha impregnado e impregna el ambiente insistiendo en la presuntamente muy delgada línea que separa la ficción de la no ficción: si alguien se interesara por un oficio que ya parece más bien pura melancolía, qué duda cabe de que la búsqueda de una retórica de la veracidad sería uno de sus objetivos primordiales. Pero si traigo esto a colación es para observar cómo en la proliferación desacomplejada del por qué periodístico se distingue la huella de la ficción novelesca. Sólo en las ficciones todas las preguntas suelen tener respuesta y todos los móviles de los personajes aparecen nitídamente diferenciados. Es raro encontrar ficciones donde los actos de los personajes no aparezcan justificados y diseccionados. El pacto con el lector obliga a vincular cualquier acto con su móvil. Lo contrario sería antieconómico. Una novela es un territorio simbólico en todos sus gestos y cualquier símbolo, aun el más trivial, ha de tener su explicación y su significado. Su porqué.

En el periodismo no hay símbolos. Cuando el periodismo se hace simbólico, miente. Pasa de hablar de los hombres ­su función­ a hablar de los tipos ­su ruina epistemológica. Así crea mitos como la maldición de los Kennedy. Para explicar la maldición bastaría explicar, como una tarde lo hizo Barbara Probst, a qué velocidad conducen sus coches y sus avionetas de pijos, y con qué desprecio. Todos los tipos, y qué decir de los arquetipos, exhiben su porqué: aunque se trate de una maldición. Mientras tanto, los hombres, protagonistas fantasmales del periodismo, lo buscan, a veces muy desesperadamente, sin dar con él. El periodismo no debe adentrarse nunca en esa intimidad. El periodismo fue creado para dar cuenta de los hechos de los hombres, en su tiempo presente. De los hechos ciertos, inexpugnables, solitarios. Esos minerales de donde arranca la capa freática de la ambigüedad humana.

Written by Marisol García

July 27, 2009 at 2:44 pm

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¿qué hacer con tanta información?

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Por Francisco Rubiales (septiembre 2005)

Hace medio siglo, los intelectuales denunciaban que sólo algunos tenían acceso a la información y que ese factor condicionaba el futuro del mundo y perpetuaba a los poderosos en el poder. Hoy, gracias al desarrollo de las modernas tecnologías de la información, la situación es muy diferente: el acceso a la información se ha democratizado y existe tanta información al alcance de los ciudadanos que el verdadero problema consiste en asimilarla.

Un ser humano inteligente puede asimilar unas 220 palabras por minuto, pero no podrá mantener ese ritmo de esfuerzo cerebral por mucho tiempo. Después de tres horas, estará confuso y tan agotado que sus neuronas no serán capaces de asimilar sin garantías más de 100 palabras por minuto. Ese ritmo de asimilación, esa capacidad de proceso, es tan reducida que, comparado con el inmenso océano de información existente, resulta ridícula.

Ante el enorme problema de la limitada capacidad humana para procesar la información se abren dos vías de solución: por un lado es necesario seleccionar previamente la información y procesar sólo la más importante; por otro lado hay que incrementar, como sea, la capacidad de proceso.

Conscientes de que el cuello de botella está en esas 220 palabras por minuto que el ser humano puede asimilar, en algunos centros de investigación de Estados Unidos, Gran Bretaña y Japón se está experimentando con la transmisión no de palabras sino de conceptos y utilizando otra vía de entrada a cerebro que sea más eficiente que el ojo humano. De lo que se trata, en lenguaje comprensible, es de transmitir no palabras sino pensamientos completos y de llegar con ellos al cerebro, no a través de la vista sino en paquetes trasvasados por algún tipo de telepatía o por haces de ondas alfa.

Pero, mientras llega el futuro, el presente está imponiendo sus leyes y conclusiones. Desde la óptica de los medios de comunicación, una de ellas es la agonía del periódico tradicional, que fue ideado como transmisor perfecto para unos tiempos pasados en los que la información era escasa, y que no sirve ya para estos nuevos tiempos de saturación informativa.

Leer un peródico en este siglo XXI puede resultar agradable y relajante pero también puede ser el mas ineficiente de los sistemas para asimilar información. Quizás por eso el ser humano dedica cada día menos tiempo a leer un periódico (en la actualidad unos 25 minutos), mientras que incrementa el tiempo que dedica a captar información a través de la televisión o de Internet, donde encuentra sistemas más eficientes y modernos de transmisión de información.

Aunque muchos no lo sepan, ahí está la verdadera razón del triunfo y auge de las tertulias y de la opinión en general. Los tertulianos no transmiten solo palabras a la audiencia, sino también conceptos, y lo hacen con gran eficiencia, quizás amparados en la autoridad que el receptor les reconoce y en su capacidad para seleccionar y sintetizar. De alguna manera, el tertuliano y el columnista transmiten a sus audiencias información ya seleccionada y procesada, permitiéndoles incrementar ocho o diez veces su capacidad global de proceso.

Claro que el nuevo sistema trae consigo riesgos y problemas, todos derivados de que el receptor pierde gran parte de su libertad, ya que no recibe información pura sino informes y criterios previamente seleccionados, procesados, digeridos y mediatizados por otros.

El mismo argumento sirve para explicar el auge de la televisión, cuya capacidad de transmitir información, vía imágenes, que son ya conceptos, es muy superior a la del periódico tradicional.

Pero donde el problema de la capacidad de proceso alcanza su dimensión decisiva es en el discurso del poder. Si es cierto que información equivale a poder, en el futuro el más poderoso será quien sea capaz de seleccionar y procesar más información. Aparentemente, el Estado, con sus legiones de funcionarios, servidores, espías, analistas y servicios de inteligencia, tiene garantizada la victoria una vez más frente a la sociedad civil, pero eso no está tan claro porque los ciudadanos están demostrando una capacidad sorprendente para adaptarse a las nuevas tecnologías y para extraerles un rendimiento que sorprende y asusta a los poderosos.

Pero de ese tema hablaremos en otro artículo.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:12 pm

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preguntas que sobran

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Por Francisco Mouat (Revista “El Sabado”, El Mercurio / junio 2005)

Nunca se me ocurriría obligar a alguien a que me dé una entrevista. Si lo hice alguna vez, ahora me arrepiento. Somos libres y soberanos para hablar con quien nos parezca. Sé que decir algo así, tratándose en mi caso de un periodista, es renunciar a parte del decálogo no escrito de nuestra profesión. No me importa nada. Del mismo modo, comulgo con Roberto Merino cuando en una de sus magníficas crónicas cuenta cómo se niega a importunar al dramaturgo Jorge Díaz, que está sentado al lado suyo en una mesa del Tavelli un domingo en la mañana, y que bien podría ser su entrevistado por la cantidad de evocaciones y recuerdos escolares que le provoca su presencia: ¿Cómo puede interrumpírsele a un ser humano ese momento de entusiasmo inexplicable que constituye el domingo en la mañana? ¿Cómo acercarse a alguien so pretexto de familiaridad visual con una grabadora oculta bajo la manga y ningún asunto concreto en el temario?. Merino dejó pasar esa virtual entrevista, como seguramente ha dejado pasar muchísimos otros momentos por timidez o, como él mismo dice, porque un exagerado sentido de la pertinencia lo congela.

Algo parecido le ha sucedido al polaco Ryszard Kapuscinski en su andar mundano: ser periodista, y de los mejores del planeta, no le da patente para importunar a los demás ni lo obliga a hacer preguntas allí donde la realidad se exhibe con una ferocidad evidente. Una vez, estando él en la mina Komsomólskaia, en la vieja Unión Soviética, le ofrecieron la oportunidad de hablar con mujeres mineras: “Paredes cubiertas de hielo, torres cubiertas de hielo, haces de luz casi imperceptibles y, debajo de los pies, un barrizal negro. Mujeres distribuyendo vagonetas, levantando y bajando palancas, traviesas y postes. ¿Quieres hablar con ellas?, me pregunta Guennadi Nikoláievich. ¿Pero de qué? En derredor no hay más que frío, oscuridad y tristeza. Y ellas, que se mueven trabajosamente, están ocupadas, cansadas […]. Más vale que les muestre mi respeto, que les proporcione un pequeño alivio que, simplemente, consistirá en que no querré nada de ellas, ningún esfuerzo adicional, aunque sea tan insignificante como contestarme a una pregunta de rutina”.

Torpemente, a los periodistas nos enseñan muchas veces a desconfiar de nuestras propias percepciones. A no creer en lo que dice nuestra propia mirada. A no darle importancia. El gran argumento esgrimido es que nosotros no somos los protagonistas de la historia que contamos. Somos, se supone, apenas sus narradores. Ignoramos de este modo una de las fuentes básicas de información: la que nos revelan nuestros sentidos y nuestra mente. Kapuscinski lo expresa con claridad, siempre a propósito de los mineros: No hay ninguna necesidad de hacer preguntas cuando todo está claro nada más verlo. Nos damos perfecta cuenta de lo durísimo que es el trabajo del minero, una vida plagada de dificultades y en la que la gente pasa medio año sin ver la luz del día. Ya sé que cobran sueldos de miseria. ¿Qué más da que me digan dieciséis rublos o dieciocho? Es un dato sin ninguna importancia; lo importante es que son pobres, muy pobres.

Recibo de rebote un e-mail de una doctora joven, ginecóloga, llamada Francisca Valdivieso, ex estudiante de la Universidad de los Andes que está desde hace algunas semanas trabajando en Liberia. Lo que cuenta a sus amigos revela un abismo de distancia entre nuestras comodidades, a las que nos acostumbramos con brutal inconciencia, y el mundo despiadado en que les toca vivir a las mujeres liberianas que atiende día a día. Se trata de un rincón de África que hoy está sin luz eléctrica, sin agua potable, sin alcantarillado, sin teléfono, sin correo, sin gobierno, sin anestesia, con los escasos hospitales colapsados y donde el primer afán de Francisca es impedir que las guaguas mueran al nacer y lograr que las madres que estén en parto puedan sobrevivir a la experiencia. No hay demasiado que preguntar, en verdad. Sólo comprobar en silencio, una vez más, que nuestro mundo ordenado es un privilegio que convive con otros mundos acerados por el filo de la pobreza, donde se ríe y se baila para no llorar.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:09 pm