Estilo y Narración II

Just another WordPress.com weblog

Posts Tagged ‘periodismo de investigación

Jon Lee Anderson: Iluminado por el fuego

leave a comment »

Bien podría ser considerado el mejor cronista de guerra de estos tiempos. Ha estado en América latina, Africa, Asia y Medio Oriente. Es autor de una celebrada biografía del Che Guevara y de Guerrillas, un libro sobre todos los movimientos insurgentes del mundo. Para sus crónicas en la revista norteamericana The New Yorker, recorre las zonas calientes que la Guerra Fría dejó abandonadas. Y sus dos últimos libros sobre las invasiones a Afganistán e Irak son, lejos, lo más vívido que se ha producido sobre esas guerras de cobertura massmediáticas. Jon Lee Anderson repasa la vida aventurera que ya desde los 10 años lo llevó a querer ir a la guerra.

Por Martín Pérez / RADAR-Página 12, junio 2006.

La mujer está sentada en una de las varias sillas esparcidas por la calle. Mira los restos de una construcción de un par de plantas, que han caído una arriba de la otra con una extraña precisión. Por los juegos que lo rodean, el edificio supo ser una escuela. Extrañamente, casi no hay escombros a su alrededor. Sólo esos pisos aplastados uno encima del otro, rodeados por una gran cantidad de sillas y bancos, y esa mujer, sentada sola y en silencio, con la vista clavada en lo que antes del terremoto debió haber estado lleno de risas y gritos.

Casi derrumbado en un sillón del hotel en el que se hospedó en su última visita porteña, el periodista norteamericano Jon Lee Anderson reconstruye la imagen de aquella mujer con la que se topó mientras recorría una ciudad de México sacudida por el terremoto de 1985. Es el final de un día muy largo, como parece que –en realidad– son todos los días en los que está de viaje. Pero el agotado Anderson esta noche parece no poder dejar de hablar. Mientras el hall vacío del hotel se agita con las labores de unos empleados que aprovechan su tiempo libre para limpiar todo y que así vuelva a estar impecable al día siguiente, Jon Lee recuerda que descubrió aquella trágica escena al doblar una esquina, y que se sorprendió al descubrir que no parecía haber nadie más allí, salvo él y esa mujer. Por aquel entonces, Jon Lee estaba reporteando para la revista Time, y cuenta que hizo lo que él suponía que era reportear: se acercó a la mujer e intentó averiguar por qué estaba sentada allí. Quería constatar lo que suponía: que algún ser querido, tal vez su hijo, yacía entre aquellos escombros morbosamente ordenados. Pero apenas hizo el gesto de acercarse a ella, la mujer se dio vuelta y lo acusó de buitre, algo que no ha olvidado desde entonces, dos décadas atrás.

“Fue un momento importante, porque creo que allí descubrí que ése no era el camino que debía tomar como periodista”, explica Anderson, que no mucho después dejó de trabajar en medios tradicionales y se dedicó, primero, a escribir libros. Y luego encontró en la revista The New Yorker un privilegiado lugar donde publicar sus crónicas. “Me di cuenta de que uno nunca tiene que olvidar que es tan persona como periodista, y que tiene que prestar atención a lo que le transmiten quienes lo rodean. Hoy ni me hubiese acercado a esa mujer, por ejemplo. Sé que no hacía falta: todo era lo suficientemente desgarrador. Simplemente hubiese retratado la escena, con austeridad de palabras incluso”, dice mientras apura el enésimo café del día.

Autor de una formidable y esencial biografía sobre el Che Guevara (que será reeditada en octubre), un libro sobre las guerrillas de todo el mundo (aún sin traducir al castellano) y dos recientes y fascinantes volúmenes de crónicas que recopilan –cada uno de manera diferente– sus trabajos publicados en The New Yorker desde el frente de las dos últimas guerras norteamericanas, en Afganistán (La tumba del león) y en Irak (La caída de Bagdad), Jon Lee Anderson tal vez sea el mejor cronista de guerra de su generación. Aunque él prefiera no ser llamado así, cronista de guerra. Tal vez porque sabe que eso lo acerca a las cabezas parlantes que cubren las guerras en estos tiempos massmediáticos, siempre de frente a la cámara y de espaldas a lo que describen, todo lo contrario a su trabajo. Leer las crónicas de Anderson significa mezclarse entre la gente que vive la guerra de manera cotidiana, significa entender ese mundo que está siendo alterado para siempre, que está dejando de existir, en medio de un infierno que forjará algo que aún no se alcanza a ver, pero cuyas inmediatas consecuencias no son algo abstracto sino que son bien reales, y por lo general tienen incluso nombre y apellido y una historia que contar. “Creo que el gran problema de este mundo es que la gente construye barreras entre sí”, explica en un castellano fluido y de rico vocabulario, aunque en el que se cruzan toda clase de acentos. “Aborrezco cuando nos objetivamos de esa manera, así que si yo tengo una misión en el periodismo es intentar quebrar eso. Busco romper con esas barreras que transforman lo que está pasando en Irak o donde sea, en un ruido blanco, en algo que no tiene nombre ni historia. Lo que yo busco es lograr que un hombre en Ohio vea que otro hombre en Mali tiene algo en común con él. Quiero que se transmita, quiero que ellos vivan eso. Por eso, cuando busco la perfección en mis artículos, lo que estoy buscando en realidad es ambientarlo a tal punto que ellos huelan lo que huelo, toquen lo que toco, vean lo que yo veo. Uno nunca lo logra del todo, pero lo que busco es que quienes lean mis artículos reconfiguren sus percepciones, y puedan ver la dignidad en una persona que atraviesa una situación muy adversa, pero en la que de otra manera jamás se hubiesen fijado”, confiesa Anderson, que siempre, desde muy pequeño, creyó ser –y aún lo es, con sus 49 años recién cumplidos– un hombre con una misión.

DEL KILIMANJARO A FIDEL
“Que lo pases bomba.” Así es como Jon Lee se despidió en un mail enviado desde Londres antes de fin de año. Y ante la frase, escrita prolijamente en castellano, es imposible no dejar escapar una sonrisa. Jon Lee aclara que sabe exactamente lo que significa. “Jamás le desearía eso a alguien en Irak”, explica, con mucho humor. “Pero cada cosa en su lugar. Después de todo, es una frase que no tiene traducción al inglés. Y a mí me gusta aprovechar cualquier ocasión para hablar en castellano”, dice este hombre que asegura tener más de una vida. Por un lado, está su vida de cronista del New Yorker, que lo lleva por todo el mundo. Por el otro, la de autor de libros, por la que también viaja allí donde los editen. Y, por último, también está la vida que, a fines del año pasado, lo trajo a Buenos Aires para dirigir un taller de periodismo ante alumnos de toda Latinoamérica. “Esto es un compromiso de corazón. Una vida que no da ganancias, pero mi agente me la respeta”, cuenta. “Porque lo que me lleva a hacer esta clase de cosas es un deseo de mantener fresco mi contacto con América latina. Porque es mi continente adoptivo, algo así como mi otro yo.”

Hijo de un diplomático norteamericano y de una profesora universitaria, Jon Lee Anderson vivió una infancia nómade e ilustrada. Su madre se preocupó siempre por poner un libro en sus manos, mientras que su vida cambiaba de horizonte al ritmo de la de su padre, que trabajó para la embajada norteamericana en distintos lugares del globo. Obsesionado con las vidas de legendarios exploradores como Stanley y Burton, mientras cambiaba de continente como quien cambia de barrio, Anderson decidió a la edad de diez años que para ser hombre debía experimentar la vida por sí mismo. Y construyó una lista de cosas que debía hacer antes de cumplir los dieciocho años. La lista incluía cosas como ir preso, ser minero de carbón en Gales, cruzar el Atlántico a remo, subir al Everest e ir a una guerra, entre otras cosas. “Yo fui realmente detrás de esa lista. No subí al Everest, por ejemplo, pero al cumplir catorce años escalé el Kilimanjaro. Tuve que mentir sobre mi edad porque no querían llevarme. Pero fue una conquista que me abrió los ojos al mundo.” Aquella lista fue apenas el comienzo de una obsesión por las listas, que llega hasta hoy en día. “Muchas de aquellas listas las fueron encontrando mis padres y me las han ido enviando. Una de ellas era la de mis conquistas amorosas, pero ésa la encontró una novia, y fue todo un problema. Sigo con las listas, pero ya no son de proezas que cumplir sino mails sin responder, cosas para hacer en el día, aviones que tomar.” A pesar de tanta lista, Anderson no parece ser un hombre ordenado. “Para nada. Por eso es que las hago”, explica Jon Lee, que hacia fines del año pasado era incapaz de precisar cuántas veces había cruzado el Atlántico en los últimos seis meses. Y de entonces a ahora ha pasado las Fiestas con su familia en Gran Bretaña, ha viajado a Madrid y Nueva York, ha escrito una crónica desde Liberia (que se publicó esta semana en el New Yorker) y en este momento prepara otra similar en Cuba, desde donde niega vía mail estar trabajando en una biografía de Fidel Castro, como erróneamente se suele mencionar incluso en las solapas de sus libros. “Todos repiten el mismo error, sin molestarse en preguntarme si es verdad. Y no lo es. Fidel es la única fuente que me faltó en mi biografía sobre el Che. Si lo hubiese conseguido, hubiese sido como maná del cielo. Porque hay muchas conversaciones clave de su vida que el Che tuvo a solas con Fidel. Pero no habló ni conmigo ni con nadie sobre eso. Creo que se llevará los secretos a la tumba.”

ESE BICHO QUE ES LA GUERRA
Aquel otro yo latinoamericano que ostenta Anderson tan orgullosamente se empezó a construir a la temprana edad de 4 años, durante el año que vivió con sus padres en Colombia. Allí, aseguraban papá y mamá en una suerte de broma familiar que se repitió durante el resto de su infancia y adolescencia transcurrida en Asia, aprendió a hablar castellano. Pero no tuvo oportunidad de constatarlo hasta que cumplió 15 años y se embarcó en unas vacaciones solitarias por España. “El recuerdo que tengo de mis andanzas de aquel verano es el de un montón de gente tratando de ayudarme a comunicarme con ellos. Pero no burlándose de mí sino que se daban cuenta de que estaba intentando comunicarme y me alentaban. Me acuerdo de que me bajé del tren por primera vez en San Sebastián, muy emocionado, y abrí la boca y no me salían las palabras. Pero poco a poco fui adquiriendo vocabulario”, cuenta Anderson, que explica que, en realidad, donde realmente aprendió a hablar español fue dos años después en las Islas Canarias. Se había escapado del colegio para ir a reunirse con su hermana mayor, estudiante de Antropología, que estaba viviendo con una tribu en Togo, pero nunca llegó. Terminó varado durante cinco meses en Canarias, donde vivió en la calle y de la que fue rescatado justamente por su hermana. “Mis padres me daban por muerto, todos los consulados británicos de la zona sabían de mi caso, y mi hermana fue a buscarme. Me encontró de casualidad caminando por la calle: no tenía zapatos y tenía todas las enfermedades imaginables: escorbuto, disentería, amebas…” Sus padres se habían separado y Jon Lee se fue a vivir con su madre a Miami, pero rápidamente quedó claro que no estaba listo para retomar los estudios. “No sólo porque estaba muy débil sino porque había adquirido un odio al dinero y a las ciudades que me obsesionó por un tiempo.”

La solución llegó, nuevamente, bajo la forma de un viaje. Un viejo amigo de la familia estaba por cumplir con el sueño de construir una casa en la costa de Honduras y hacia allí fue el joven rebelde. “Cuando terminamos de construir la casa, me junté con mi hermano Scott y recorrimos un río en balsa y luego fuimos por toda Centroamérica.” Después de aquellas aventuras, Jon debió volver a estudiar en Gainsville, en la Universidad de Florida, pero apenas pudo volvió a escapar, esta vez a Perú. “Mi hermana me consiguió la oportunidad de sumarme a una empresa que organizaba expediciones didácticas para niños ricos. Y me convocaron para alquilar un barco y organizar sus primeras expediciones.” Así fue como las aventuras del joven Jon Lee se cruzan con la biografía oficial del periodista Anderson, que precisa que su primer trabajo fue en un periódico peruano de habla inglesa llamado Lima Times, hacia el año 1979. “Me presenté respondiendo un aviso del diario, pero su director me calzó enseguida. Y me puso a escribir sobre todo lo que había vivido. Mis primeras notas fueron grandes artículos a doble página sobre mis aventuras. Por un momento, creo que pensé que eso era el periodismo. Hace poco releí aquellos artículos, en recortes amarillos por el tiempo. Se nota que era un principiante, pero hay algunas observaciones que son iguales a mis crónicas actuales. El ojo ya era el mismo.”

Duró apenas un año en el Lima Times, ya que enseguida comenzó a trabajar para el columnista político norteamericano Jack Anderson. “Tampoco se puede decir que ahí aprendí mucho del trabajo periodístico, ya que básicamente salía en busca de aventuras, trabajo de campo: yo quería ir a la guerra y Jack me enviaba. Me daba mucho crédito en sus columnas, pero me pagaba muy poco.” Con la nariz entrenada para olfatear la historia oculta, a Jon Lee se le hizo difícil pasar del independiente Jack al corporativo semanario Time, casi una repartición del Departamento de Estado norteamericano. Pero estaba en El Salvador, y la guerra se olía de muy cerca. Demasiado, tal vez. Aunque ahí era donde Jon Lee quería estar. “Una de aquellas entradas en la lista que hice a los diez años era ir a la guerra. Y seguía estando ahí, pendiente. Yo veía la guerra como un hilo conductor a través de la historia humana, como algo que no pertenecía a una región geográfica sino que era un fenómeno universal y constante del hombre, y pensaba que debía conocerla. Con ese idealismo que uno tiene de chico, creo que tenía la ilusión de, quizás, aprender algo con la experiencia, y encontrarle alguna solución. No creo haber encontrado ninguna solución. Pero sí te puedo asegurar que conozco bien a ese bicho que es la guerra.”

GUERRILLAS
Antes de ir a la guerra como periodista, Anderson confiesa que alguna vez fantaseó con ir al frente, empuñando las armas. Algo que, aclara, en realidad nunca hizo. Pero su despertar social y político, cuenta, comenzó muy temprano, y por vía del racismo. “Es algo que está muy lejos de mí, y que nunca experimenté en mi casa”, cuenta. “Recuerdo que, antes de irnos a vivir a los Estados Unidos, mis padres me contaron de Martin Luther King y el Ku Klux Klan, y me horroricé. Pero cuando fuimos a vivir allá, y tuve que salir a vender por mi barrio unos stickers contra el racismo, tuve otra visión del mundo. Apenas logré vender once de doscientos. Pero no sólo eso: hubo vecinos que no sólo no me abrieron su puerta sino que me soltaron los perros apenas supieron por qué estaba llamando a su casa. Fue la primera vez que confronté con el verdadero racismo, algo que para mí siempre fue el peor de los crímenes.” El joven Jon Lee, el de las listas, comenzó a imaginar que se alistaba para combatir el racismo sudafricano. Luego de participar en 1978 de una manifestación antisomocista en el Central Park, llegó a coquetear con la idea de sumarse a las brigadas internacionales sandinistas. Pero eran sólo ideas. Como las de las listas. O como esos planes para derrocar gobiernos que, confiesa ahora, confeccionaba de pequeño. El primero de la lista fue el de Haití. “Las noticias de la tiranía de Papa Doc eran toda una tradición dentro de mi familia”, explica Anderson. “Mis padres vivieron en Haití y mi hermana menor nació allí. Y como François Duvalier, antes de ser Papa Doc, había sido el médico recomendado de la embajada norteamericana, le había dado vacunas a mi hermana Michelle.”

A pesar de sus simpatías sandinistas, Anderson no dudó cuando le llegó la primera oportunidad de visitar el frente… junto a los Contras. “Fui uno de los primeros periodistas norteamericanos en ingresar a Nicaragua acompañando a los Contras. Llegué a conocerlos muy bien, tanto a los somocistas como al Comandante Cero.” Pero fue acompañando a la guerrilla salvadoreña que aquellos devaneos insurgentes comenzaron a cristalizar. Sucedió visitando un lugar perdido en la selva, donde el ejército de El Salvador perpetró la masacre de El Mozote. Acompañado por los guerrilleros, Anderson se recuerda paseando por el lugar donde había estado el pueblo, que era apenas maleza en medio de la selva. “Si no fuera porque ellos me iban diciendo que ahí había estado la catedral y relatando un sinfín de historias, yo nunca me hubiese dado cuenta del terrible horror que había pasado ahí, que no se perdía en el olvido por una decisión de estos guerrilleros de seguir señalando lo negado. Aquella experiencia fue algo que comenzó a resonar con todas mis experiencias anteriores, con ese interés profundo y creciente en estos seres que empuñan las armas por un ideal y escogen una vida donde la única certeza es la posibilidad de morir”, explica Jon Lee. “Así fue como ese ambiente de historia viva –pero no escrita sino en la boca de la gente– ayudó a cuajar la idea de que había un mundo insurgente, que no se corresponde a los mapas políticos del mundo, a ese atlas que todos conocemos.” De pronto, aquel joven obsesionado por los grandes conquistadores del siglo pasado había descubierto un mundo oculto y clandestino, para explorar y descubrir. Así fue como nació el libro Guerrillas, y la lógica encarnación de aquella idea en una sola persona lo llevó a su proyecto sobre el Che Guevara. “De alguna manera, me saqué ese mundo de encima con el libro del Che”, acepta Anderson. “No es que me hubiese aburrido o renegado de él sino que completé un ciclo y necesité pasar al siguiente escenario.” Un lugar ocupado, según él mismo explica, por personajes que ya habían conseguido el poder por las armas, fueran o no guerrilleros.

Si la cristalización perfecta del idealismo es allí en el monte, cuando todo es posibilidad, Anderson comenzó a explorar lo que pasaba después, una vez que la imagen ideal hubiese pasado de largo. Sus artículos para The New Yorker comenzaron a ser, desde esos lugares otrora calientes, enfriados súbitamente luego del fin de la Guerra Fría. Del Chile de Pinochet al Afganistán de los mujaidines, por citar un ejemplo. “Siempre he tenido la teoría de que hasta cierto punto toda política es la organización de la violencia, o de la coerción. Si bien lo tenemos bastante ritualizado, y los primeros ministros de Europa parecen contadores, a veces todavía utilizan un lenguaje bastante bélico. Pero en el resto del mundo la cosa no está tan ritualizada. Y la política puede implicar la muerte, o la necesidad de utilizar la violencia para mantenerse en el poder. No es algo inconcebible. Después de todo, insisto, todo quehacer político, por más pulido y civilizado que esté, viene de la violencia. Me gusta mirarlo así, y es algo que me sigue fascinando.”

VIETNAM, AFGANISTAN E IRAK
Según cuenta Sharon DeLano, editora de The New Yorker, en el prólogo del libro La tumba del león (Emecé, 2003), Jon Lee Anderson se encontraba el 11 de septiembre de 2001 en su casa del sur de España, preparando las valijas para ir a cubrir la guerra civil en Sri Lanka. “Me enteré del primer avión cuando recogí por la mañana a María, una mujer del pueblo que cada dos días limpiaba mi casa”, recuerda Jon. “A partir de entonces me quedé como diez horas pegado a la televisión, intentando en vano llamar a mi hermano Scott a Nueva York, a mi editora Sharon y a todos los que conocía.” Casi instantáneamente, Jon supo que su destino debía ser Afganistán. El había visitado ese país para su libro Guerrillas, y quería volver a dar testimonio, antes que los norteamericanos la bombardeasen. “Me llené de energía, con una sensación de emisión, de urgencia y alta prioridad. Hasta cierto punto era como si todo mi ser se hubiese convertido en algo destinado a un fin específico. Tenía que ir al meollo de este nuevo presente tan negro, como si todo lo que había hecho anteriormente tenía sentido sólo para poder ir ahí y contarlo.”

Desde entonces, Anderson fue, vio y contó lo que vivió en Afganistán, y luego en Bagdad, y ambas crónicas se convirtieron en sendos libros. El primero, La tumba del león, reúne no sólo las crónicas sino los mails entre el cronista y su redacción, y es casi un manual de cómo se cubre hoy en día una guerra en un país como Afganistán, que se ha caído del mapa de tal manera que ni siquiera tiene prefijo telefónico. El más reciente, La caída de Bagdad (Anagrama, 2005), es un relato lineal de un cronista atrapado en una ciudad sitiada. “Ese libro es un esfuerzo honesto de compartir con otros lo que fue un trozo de tiempo, así como el Irak que yo conocí y una sociedad que se transformó profundamente”, explica Anderson, que asegura que, aunque la invasión norteamericana en Irak aún no ha terminado, no tiene ninguna intención de escribir otro libro ni de continuarlo. “Hay preguntas que quedan sin contestar, como por qué los norteamericanos dejaron que Bagdad fuese saqueada impunemente”, cuenta. “Es mi gran incógnita, aunque creo que hubo una decisión política de dejar que eso sucediese. Si eso sucedió, y es algo que sospecho por ciertas respuestas de Rumsfeld, sería demasiado maquiavélico”, calcula Jon Lee, mientras apura un nuevo café en la recepción cada vez más vacía de su hotel. En una televisión encendida, pero sin sonido, los hinchas de Boca celebran su último campeonato. Jon comenta que le encanta ver esas celebraciones, porque nunca se podrá olvidar de cuando visitó Argentina en el ‘94, para el libro del Che, y pensó que tenía que aprender algo de fútbol si era un deporte capaz de sumir en semejante tristeza a todo un país, como sucedió entonces con el doping de Maradona durante el Mundial de Estados Unidos. Antes de que finalmente deje de hablar y se suba a su avión, y esta entrevista se continúe por mail, su última respuesta tiene que ver con Bagdad. “El otro día estábamos reunidos con algunos colegas y nos lamentábamos, porque los de Vietnam sí que lo tuvieron bien: había putas, drogas y rock and roll. Mientras que en Bagdad no pasa nada, sólo una tensa calma, como si fuese tensión existencial. Hubo una onda en el verano del 2003, cuando la cosa estaba abierta y todos nos reuníamos en un hotelito; hubo una famosa fiesta donde todos se pusieron en pelotas, grandes borracheras y no mucho más. Pero eso se terminó muy pronto. Alguno que otro fuma hash, pero yo ya pasé esa etapa. No tomo nada cuando estoy en Irak, quiero que todos mis sentidos estén muy agudos. Así que vivo a base de tabaco y café.”

Advertisements

Written by Marisol García

August 13, 2009 at 6:25 pm

al final se muere

leave a comment »

El escritor y periodista Alfredo Sepúlveda acaba de publicar “Bernardo”, una extensa y actualizada biografía de Bernardo O’Higgins que mezcla periodismo e historia. En este ensayo exclusivo para “Cultura” cuenta por qué y cómo un periodista se metió en el terreno de la Historia y vivió para contarla.

Por Alfredo Sepúlveda / La Tercera

1

Voy a contar el final de mi biografía: Bernardo O’Higgins muere. La última vez que supe de él, llevaba así más de 160 años. Todos quienes lo rodearon, lo amaron, lo odiaron, andaban en las mismas: polvo sobre polvo sobre huesos. Vaya paradoja: Bernardo formó parte del club que enamoraba mujeres a la luz de las velas de sebo, de los que se emborrachaban con aguardiente, destripaban fulanos con lanzas de coligües y al día siguiente redactaban constituciones. Y está así.

¿Qué tanto están con nosotros hoy estos muchachotes de antaño? ¿Son algo más que los billetes, los nombres de las calles? ¿Están cómodos en sus roles de estatuas ante las que los embajadores ponen arreglos florales?

Durante la mayor parte de los dos años en que pasé escribiendo e investigando “Bernardo”, me costó mucho decir por qué estaba en algo así. Bernardo está –estaba, después de este libro… espero, por mi bien– pasado de moda. De alguna manera estos búfalos del proceso de independencia dejaron de ser material atractivo para los historiadores, y en buena hora: estos intelectuales están más abocados a iluminar lugares aún oscuros de nuestro pasado: la vida privada, la de la ciudad, la de los pueblos indígenas.

Engominado con los aceites sacramentales que han usado para transformarlo en mito fundacional, Bernardo O’Higgins Riquelme pertenece a los regimientos y a los escolares. No podía ser de otra manera: desde hace más de ciento cincuenta años que la sociedad chilena recurre a él como el héroe portátil que sirve para aprender o recordar que estamos juntos y que no debemos separarnos.

2

Antes de partir este proyecto tenía en la cabeza dos biografías que me parecen periodísticamente notables en su doble juego periodístico y literario: la de Norman Mailer sobre el joven Picasso y la de David Remnick sobre un chico llamado Cassius Clay que se transforma en otro llamado Mohammed Alí. Pero en el camino tuve que enfrentar un detalle. Si iba a encargarme de un tal Bernardo Riquelme que se transforma en Bernardo O’Higgins, si quería bajarlo del pedestal no para destruirlo, sino para entenderlo, si quería ver la versión moral de esa foto que el anciano y flaco Bernardo no se alcanzó a tomar con el primer daguerrotipista que llegó a Lima en 1842 (porque se murió antes), iba a tener que entrevistar a los muertos.

Janet Malcolm dijo una vez –estoy parafraseando– que la biografía es una suerte de venganza contra los muertos. Indefensos, solo pueden contemplar cómo el biógrafo, impune, les arrebata sus secretos y los ofrece a la vista del mundo.

Bernardo O’Higgins es un cadáver con secretos, pero esos secretos también han fallecido. Ha sido tan usado y reusado, ha sido tan monumentalizado, que sus episodios privados, su complejo de Edipo, sus vacilaciones como padre, su vida sexual, sus búsqueda de figuras paternas, sus rabietas y berrinches se han ido a la tumba con él. Quedan en la forma de rumores o tradición oral: que mató a Manuel Rodríguez por un lío de faldas que tuvo en Mendoza, que era gay, que lo raptaron unos piratas. Como dijo Pinochet en Londres: “embustes”. O, si se mira con algo más de escepticismo y distancia, simples y algo inocentes ficciones que se han construido casi espontáneamente para llenar los espacios que la historia oficial borró porque había que tener un héroe que fundara un país, aún si esa tarea fue en realidad acometida por muchas personas con mucha menos prensa.

Todo lo que se sabe de O’Higgins está escrito ya. Está en muchas y variadas biografías, papers, ensayos. Yo ocupé todo esto y agradezco de todo corazón a mis antecesores. Además, gracias a Internet, soy un biógrafo con contactos globales y muchas bibliotecas al alcance del computador. La gracia fue que la tecnología me permitió juntar lo disperso: hacerme de los libros que respiran a duras penas en librerías de viejo o en bibliotecas, y leer lo que hace tiempo nadie lee. Los libros fueron los “muertos” que entrevisté, y no es algo metafórico: los viejos y polvorientos testimonios que los historiadores consideran para sus pies de página, para mí fueron fuentes.

Yo no sé si periodismo e historia van de la mano. Creo que son vecinos, y que alguna veces el pasto en el jardín del lado es más verde y otras más amarillo. Lo único que quise al hacer esta mezcla fue tratar de que las cosas fueran más normales, que el viejo Bernardo, emergiera también como el tipo que tocaba piano y pintaba acuarelas, que pudiéramos experimentar los desgarros, pasiones y bonanzas de su vida sin el filtro del gran hombre del que somos tributarios. Del gran hombre que, en todo caso, realmente fue. A su manera, tuvo bienes que hoy escasean: valor, cojones, locura. Que se equivocó y cayó en los pozos negros, por supuesto, quién no. Tan distinto a nosotros no es: al final, como todos los que estuvieron antes y después de él, también se muere.

Autor de nueva biografía de Bernardo O’Higgins:
“Lo del ‘Padre de la Patria’ es insostenible”

Jueves 20 de Septiembre de 2007
Sebastián Cerda, El Mercurio Online

SANTIAGO.- El 30 de noviembre de 2005, el periodista y escritor Alfredo Sepúlveda anunciaba al mundo su próximo proyecto, a través de su blog. “Hoy me lanzo a trabajar en un proyecto que me tendrá ocupado al menos gran parte de 2006. Una biografía de Bernardo O’Higgins”, decía entonces.

La particular idea tenía una doble explicación: por una parte “se viene el Bicentenario y quiero vender libros” (algo dicho “un poco en serio y un poco en broma”, dice hoy el autor) y porque consideraba que no se habían escrito biografías por fuera de los mitos (“todos nuestros héroes son héroes sin manchas”, se quejaba entonces).

El trabajo de casi dos años ya se encuentra finalizado y hoy se puede acceder a él a través de “Bernardo”, el libro que Sepúlveda acaba de publicar a través de Ediciones B ($15 mil) y que anuncia como “la verdadera biografía” del llamado “padre de la Patria”.

Sepúlveda reconoce que la frase “es algo marketero de mi parte, pero me refiero a que traté de hacer una biografía no desde el partisanismo, sino desde el sentido común. Lo que se ha hecho desde la historiografía clásica sobre O’Higgins es partisano, siempre a favor o en contra, según el autor sea o’higginista o carrerista”.

-¿Qué te interesó del personaje como para decidir hacer algo tan absorbente como una biografía?
-Son razones más bien inconscientes. Yo creo que fue esta especie de tradición oral sobre que era huacho, que sufrió mucho. Me llamaba la atención que podía ser una persona que tenía algún rollo con su padre, y lo que yo pensaba era que el odio a su padre que lo abandonó lo llevó a encabezar la revolución. Ése fue mi punto de partida, pero después vi que todo era más complejo.

-¿Y el eslogan de “padre de la Patria” te interesó también?
-Desde la sospecha. Periodísticamente me pareció bastante insostenible que haya solo un padre de la Patria. Vi que la figura de Bernardo estaba dando botes de una manera muy básica, muy ramplona, con este eslogan de “padre de la Patria”, que es insostenible. Nadie puede echarse tamaño proceso en los hombros y reclamar ser el único. Por ahí sospeché que la historia era más compleja que como uno la recordaba.

-Cuando empezaste a escribir dijiste que estabas convencido de que O’Higgins era más que lo que enseñaban en el colegio, ¿comprobaste esa tesis?
-Sí. Lo que te enseñan en el colegio es la tradición que uno maneja inconcientemente sobre O’Higgins, parte de una operación de mitificación, que es una misión que la historiografía clásica asumió, porque en algún momento la sociedad chilena estuvo a punto de disgregarse y necesitaba una figura que la congregara. Esa figura fue O’Higgins. Porque, ¿cómo puede ser que alguien que durante 40 años fue un “paria de la Patria”, desde su exilio hasta su reivindicación, de la noche a la mañana sea un “padre de la Patria”? Lo que intentan hacer en el colegio es una operación para tu identidad como chileno.

-En el cauce de información, mitos y rumores que te encontraste, ¿qué valor otorgaste a la interpretación y la especulación?
-Alto, pero siempre advirtiendo que estoy especulando o interpretando. Y hay cosas que simplemente no consideré. Por ejemplo, en el caso de Ambrosio O’Higgins, hay un historiador colonial que se llama Vicente Carvallo Goyeneche que lo odiaba y que da a entender que pudo haber tenido una tendencia homosexual. Pero yo en el libro digo que hay que tomar esto de donde viene, y que la evidencia dice lo contrario, que era un tipo bueno para las mujeres, que tenía sus aventuras amorosas. También hay harta tradición oral, pero poca en que uno diga que valga la pena investigar. Uno de esos rumores dice que Bernardo O’Higgins pudo ser homosexual. Yo lo consideré, busqué al respecto y no encontré nada, ni sus peores enemigos llegaron a deslizar esa idea, por lo tanto la dejé fuera. Hay rumores que tienen algo de peso documental, y otros que tienen cero.

-Otro rumor histórico que mencionas en tu libro es lo libertina que pudo haber sido Isabel, la madre de Bernardo.
-Eso de que Isabel era media díscola son unos comentarios que los historiadores de la primera mitad del siglo XX siempre se encargaron de decir. La tratan de ardiente, irreflexiva, describen su escote, están medio obsesionados con el tema, que no tiene ningún asidero. Ella pudo haber sido una cabra chica que un viejo violó. Pero me encontré con un texto sobre amor y sexualidad en la América Hispana, que uno tiende a ver como un tiempo en que todo el mundo iba a misa, pero era igual que ahora nomás, la gente estaba viva. No era la primera adolescente que se embarazaba y la élite tenía ciertos mecanismos para tapar estas vergüenzas y legitimarlas después. Incluso es probable que la familia de Isabel haya aplaudido la relación con Ambrosio, porque la subía socialmente.

-¿En qué se nota que este trabajo no fue escrito por un historiador?
-Yo no puedo interpretar las cosas como lo hacen los historiadores. Tampoco tengo capacidad para ir a lo que se llama “fuente primaria”, como partes de guerra o cartas manuscritas. Yo tomé lo que había, traté de verlo con distancia, con escepticismo periodístico, cruzar datos y reescribirlo. Yo fui mucho tiempo editor, y tengo una obsesión con el “esto no calza”.

-Sin embargo el libro no está escrito de forma desapasionada.
-No, pero yo pongo mi pasión en el estilo, en la forma de narrar. Traté de escribir una novela sin escribir una novela. Que sea algo entretenido de leer. Una cosa que me pasó mucho cuando contaba lo que estaba haciendo, era que lo primero que me decían es “por qué te metes en algo tan aburrido”. Y cuando empezaba a contar, me iba transformando en el centro de la sobremesa, me empezaban a preguntar cosas y siempre me respondían con un “no sabía”. Me soprendió que siendo O’higgins alguien tan popular hubiera tan poco conocimiento de los datos. A mí me interesa llegar a la gente que no tiene idea de O’Higgins.

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 9:36 pm

Kapuscinski – TODO

leave a comment »

Written by Marisol García

August 4, 2009 at 1:33 am

FNPI – talleres y seminarios

leave a comment »

preguntas que sobran

leave a comment »

Por Francisco Mouat (Revista “El Sabado”, El Mercurio / junio 2005)

Nunca se me ocurriría obligar a alguien a que me dé una entrevista. Si lo hice alguna vez, ahora me arrepiento. Somos libres y soberanos para hablar con quien nos parezca. Sé que decir algo así, tratándose en mi caso de un periodista, es renunciar a parte del decálogo no escrito de nuestra profesión. No me importa nada. Del mismo modo, comulgo con Roberto Merino cuando en una de sus magníficas crónicas cuenta cómo se niega a importunar al dramaturgo Jorge Díaz, que está sentado al lado suyo en una mesa del Tavelli un domingo en la mañana, y que bien podría ser su entrevistado por la cantidad de evocaciones y recuerdos escolares que le provoca su presencia: ¿Cómo puede interrumpírsele a un ser humano ese momento de entusiasmo inexplicable que constituye el domingo en la mañana? ¿Cómo acercarse a alguien so pretexto de familiaridad visual con una grabadora oculta bajo la manga y ningún asunto concreto en el temario?. Merino dejó pasar esa virtual entrevista, como seguramente ha dejado pasar muchísimos otros momentos por timidez o, como él mismo dice, porque un exagerado sentido de la pertinencia lo congela.

Algo parecido le ha sucedido al polaco Ryszard Kapuscinski en su andar mundano: ser periodista, y de los mejores del planeta, no le da patente para importunar a los demás ni lo obliga a hacer preguntas allí donde la realidad se exhibe con una ferocidad evidente. Una vez, estando él en la mina Komsomólskaia, en la vieja Unión Soviética, le ofrecieron la oportunidad de hablar con mujeres mineras: “Paredes cubiertas de hielo, torres cubiertas de hielo, haces de luz casi imperceptibles y, debajo de los pies, un barrizal negro. Mujeres distribuyendo vagonetas, levantando y bajando palancas, traviesas y postes. ¿Quieres hablar con ellas?, me pregunta Guennadi Nikoláievich. ¿Pero de qué? En derredor no hay más que frío, oscuridad y tristeza. Y ellas, que se mueven trabajosamente, están ocupadas, cansadas […]. Más vale que les muestre mi respeto, que les proporcione un pequeño alivio que, simplemente, consistirá en que no querré nada de ellas, ningún esfuerzo adicional, aunque sea tan insignificante como contestarme a una pregunta de rutina”.

Torpemente, a los periodistas nos enseñan muchas veces a desconfiar de nuestras propias percepciones. A no creer en lo que dice nuestra propia mirada. A no darle importancia. El gran argumento esgrimido es que nosotros no somos los protagonistas de la historia que contamos. Somos, se supone, apenas sus narradores. Ignoramos de este modo una de las fuentes básicas de información: la que nos revelan nuestros sentidos y nuestra mente. Kapuscinski lo expresa con claridad, siempre a propósito de los mineros: No hay ninguna necesidad de hacer preguntas cuando todo está claro nada más verlo. Nos damos perfecta cuenta de lo durísimo que es el trabajo del minero, una vida plagada de dificultades y en la que la gente pasa medio año sin ver la luz del día. Ya sé que cobran sueldos de miseria. ¿Qué más da que me digan dieciséis rublos o dieciocho? Es un dato sin ninguna importancia; lo importante es que son pobres, muy pobres.

Recibo de rebote un e-mail de una doctora joven, ginecóloga, llamada Francisca Valdivieso, ex estudiante de la Universidad de los Andes que está desde hace algunas semanas trabajando en Liberia. Lo que cuenta a sus amigos revela un abismo de distancia entre nuestras comodidades, a las que nos acostumbramos con brutal inconciencia, y el mundo despiadado en que les toca vivir a las mujeres liberianas que atiende día a día. Se trata de un rincón de África que hoy está sin luz eléctrica, sin agua potable, sin alcantarillado, sin teléfono, sin correo, sin gobierno, sin anestesia, con los escasos hospitales colapsados y donde el primer afán de Francisca es impedir que las guaguas mueran al nacer y lograr que las madres que estén en parto puedan sobrevivir a la experiencia. No hay demasiado que preguntar, en verdad. Sólo comprobar en silencio, una vez más, que nuestro mundo ordenado es un privilegio que convive con otros mundos acerados por el filo de la pobreza, donde se ríe y se baila para no llorar.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:09 pm

la criatura que quiere vestirse

Por Luis Raúl Vázquez Muñoz *

A primera instancia, puede que no existan dos palabras que en su esencia se antepongan tanto y, sin embargo, hoy las vemos juntas, tratando de acuñar un género o una modalidad dentro del oficio de los reporteros. Periodismo Histórico. Léase el nombre con detenimiento y de seguro que enseguida se encontrará esa condición de antónimos, en la que Historia, por definición y naturaleza asociativa, es pasado, calma, lo viejo, lo que ya fue; mientras que Periodismo se refiere a todo lo contrario: a actualidad, inmediatez, a preocupación por lo que ocurre ahora, en este minuto, en este momento, en esta época; al punto que lo-que-sucedió-hace-un-tiempo en ocasiones puede ser mirado con cierto rechazo por el editor que escucha la propuesta de su reportero.

No obstante, pese a las diferencias, ambos oficios poseen varios puntos en común, si es que son observados desde ángulos más amplios. En el ejercicio de su profesión, al historiador y al periodista muchas veces los impulsa el esclarecimiento de un misterio o, al menos, responder la pregunta de qué sucedió en hechos que, en ocasiones, son sensibles para las estructuras de poder, por lo que este los oculta o intenta hacerlo. En la práctica, los dos ejercen una vocación de cronista, después de perseguir la comprensión de los hechos antes de someterlos a juicio; ambos se mueven bajo reglas éticas y, a la hora de actuar, tanto el uno como el otro se preocupan de manera enfermiza por la veracidad del dato. Por último, en su bregar diario, historiadores y reporteros comparten un mismo objeto: al hombre y a los grupos y comunidades en los que este se mueve1.

Es, en medio de toda esa amalgama, que el término pugna por estar presente. De hecho, en antecedentes gloriosos del oficio, como las investigaciones que realizó Daniel Defoe y que culminaron en 1722 con el Diario del año de la peste2, podríamos encontrar esa inquietud en la que reporteros a sueldo o cazadores de noticias por su cuenta miran hacia el pasado y hurgan en él anécdotas, sucesos y datos que puedan despertar el interés del público actual. En el caso de Cuba, esa preocupación ha originado un Concurso Nacional de Periodismo Histórico; aunque, a pesar de ello, si de pronto se le preguntara a un periodista por una corriente nombrada Periodismo Histórico, es muy probable que este arrugue la nariz en un gesto de extrañeza, algo muy difícil que ocurra si lo interrogan por otra modalidad que llaman Periodismo de Investigación.

EL HUECO NEGRO
Jean Lacouture reconoce la convergencia que puede existir entre el oficio del periodista y el del historiador. En su calidad de estudioso del pasado y de reportero que cubrió la guerra de Indochina, Lacouture apunta a esa comunidad que se da en ambas profesiones en su afán por analizar y develar los entretelones de lo ocurrido. Para ello cita a André Malraux, cuando el escritor llamó a los periodistas: “Historiadores del instante”.

No obstante, ambas disciplinas tienen delimitadas sus particularidades. La Historia, de inicio, parte de una doble acepción como conocimiento de una materia (el conjunto de hechos ocurridos en el pasado de un grupo humano) y, al mismo tiempo, como materia de ese conocimiento (el cuerpo teórico y la producción bibliográfica sobre lo ocurrido). Como ciencia de lo pretérito, y desde una posición más amplia, ella no solo se encarga de una cronología lo más exacta posible de los hechos, sino también de comprenderlos y analizar los mecanismos que los mueven. El Periodismo, por su parte, hijo de la paulatina configuración de las sociedades de masas y de la consolidación de las relaciones económicas que condujeron al desbanque del feudalismo, cumple, en primera instancia, la función de informar hechos de interés público, teniendo a la actualidad, a la verdad y al ejercicio de la ética como bases principales. Desde estas distinciones, ambas profesiones convergen.

Sin embargo, reflexionar el tema que nos ocupa es acercarse a un problema de identidad. Mientras que el Periodismo de Investigación o el Periodismo Literario gozan de una definición, resulta infructuoso encontrar un concepto que explique ese quehacer de los reporteros cuando se acercan a los materiales de la Historia, además de aportar elementos para entender sus dinámicas, como mismo se hace en las modalidades antes referidas.

El vacío que mencionamos es palpable en Sala de Prensa. Org, uno de los sitios de la web más sobresalientes en el estudio de la comunicación y el periodismo. Una búsqueda en sus números no aportan definición alguna. Similar ocurre con una examen más amplio en Internet. Al introducirle los términos Periodismo Histórico o Periodismo Histórico +definiciones, el metabuscador Kartoom.Com detectó 48 sitios en la red; pero al revisarlos lo único que se encontraron fueron textos en los que estas palabras aparecían separadas o unidas, a veces sin interconexión, y en otras formando parte de exposiciones con intereses, que, por lo general, no ameritaban ninguna atención para el campo periodístico. Lo más cercano a nuestros propósitos apareció en la web http://www.periodismohistorico.cjb.net, desarrollada por el catedrático Manuel Leal Cruz. Vista esta situación, parece que nos encontramos ante un escenario semejante al de los Huecos Negros, esas zonas existentes en el espacio; que según los astrónomos son palpables, pero que al adentrarse en ellos se corre el peligro de introducirse en un túnel sin salida y para siempre.

¿Y EXISTE LA CORRIENTE?
Esta es una de las interrogantes que salta ante la ausencia de una definición. Por ello, lo que desarrollamos aquí es, ante todo, una propuesta. Proposición que surge a partir de observaciones, de intentos por explicar guiños que nos hace la realidad en la cual se mueve la profesión de periodista. Por lo que así debe mirarse: como una proposición y no como criterios definitivos. Es en medio de esa búsqueda que nos asaltaban las preguntas: ¿Existe el Periodismo Histórico? Y si es así, ¿cuáles son sus preocupaciones?, ¿en qué consiste o cuáles son sus conceptos y límites? Por último, ¿puede llegar el Periodismo Histórico — si es que realmente vive — interrelacionarse con otras tendencias o modos de hacer dentro del oficio reporteril, como el Periodismo de Investigación y el Periodismo Literario? Adelantamos que aquí nos referimos fundamentalmente a la producción periodística reflejada en periódicos, revistas y suplementos, por ser este el medio en que nos desenvolvemos y que más facilidades nos ofrecía para una indagación sobre el tema.

Hechas estas aclaraciones, creemos que, ante la invitación a responder si la corriente existe, cabe hacerse primero la siguiente pregunta: ¿por qué ese interés por mirar la Historia a través del Periodismo?

Ya adelantábamos algo en la introducción: porque en el pasado pueden encontrarse sucesos con la suficiente relevancia y una buena dosis de carga humana, con sus respectivos conflictos, capaces de movilizar por sí solos el interés de las audiencias. Pero ello, en nuestra opinión, no basta y de hacerlo así, sería entender la Historia como un closet en el que se guardan los folclorismos de nuestras familias. La problemática es más compleja.

Al finalizar una conferencia en París, sobre los orígenes del pueblo y la nación cubana, al profesor Eduardo Torres Cuevas, director de la Casa de Altos Estudios Fernando Ortiz de la Universidad de La Habana, le preguntaron por qué parecía una obsesión entre los historiadores de la Isla el tema de la nación y cuál era la razón por la que se reflexionaba tanto sobre el concepto de cubanidad, cuando franceses y alemanes ni siquiera tenían un término semejante. El doctor Torres Cuevas adelantó una respuesta, que luego fue ampliada en un ensayo sobre la necesidad del pueblo de Cuba de autodefinirse ante las problemáticas y desafíos que ha enfrentado a lo largo de su Historia4. Entonces señaló que “existen necesidades que se convierten en priorizadas en cada historiografía nacional [y que] en el caso de Cuba, siempre colocada al borde del desarreglo, existe una necesidad vital de autodefinición y autocomprensión”.5

He ahí, en el subrayado nuestro, lo que consideramos que constituye una de las motivaciones principales a la hora de acercarse a los hechos del pasado con las herramientas del periodismo: si no la urgencia de autodefinirse, al menos la necesidad de los integrantes de las sociedades por conocer y comprender lo que sucedió, como una forma para tener los elementos necesarios y entender un presente, que en ocasiones puede provocar más incertidumbres que serenidades.

Un examen a la prensa cubana durante el 2005 arrojó la publicación de 147 trabajos publicados en distintos medios de prensa. Algunos de ellos, como el caso del periódico Juventud Rebelde, con secciones dedicadas al tratamiento del pasado6.

Fuera de Cuba, el año pasado fue interesante para el tema que nos ocupa. Durante ese período se conmemoró el 60 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial y, al parecer, el número cerrado del onomástico fue una invitación para que los periodistas se lanzaran a la caza de aquellos sucesos que, dentro del pasado, contenían factores de interés para el público y que podían convertirse en noticia.

Así tenemos la publicación, por parte del MI 5, de las confesiones del general de las SS Gottlieb Berger, quien conversó con Hitler en el búnker y le sugirió el suicidio con un tiro en la cabeza. O el perfil que elaboró el siquiatra Henry Murray sobre la personalidad del Führer, en el que diagnóstica que este era “era rencoroso, con baja tolerancia a la crítica, [y con] tendencia a menospreciar a las personas y de buscar venganza”7.

Por último, el periódico inglés The Guardian le dedicó una cobertura especial al conflicto. Y dentro de las historias contadas en la misma se encuentra la entrevista que le hizo el corresponsal Luke Harding a Erna Fliegel, la enfermera que durante seis décadas le calló al mundo, incluso a su familia, de que ella había sido la enfermera de la familia Goebbels y de Hitler dentro del búnker de la Cancillería en las últimas semanas de la guerra. Las declaraciones de Fliegel, hecha a los 93 años, permite conocer el ambiente del refugio y una parte de las interioridades del matrimonio Goebbels, sin las mediaciones que pueden establecer el analista o el oficial de Inteligencia que le dicta su informe al mecanógrafo. Así, cuando se refiere a Hitler en sus últimos días, reconoce que su autoridad aún era extraordinaria ( “his authority was extraordinary. There was really nothing to object to”.), que la esposa del ministro de Propaganda Joseph Goebbels, Magda Goebbels, era, desde su punto de vista, una mujer brillante, que soportaba con boca cerrada las numerosas infidelidades de su marido y que, por el contrario, Eva Braun, la mujer del Führer, era una mujercilla sin ningún encanto y que la muerte de Blondi, el pastor alemán de Hitler, afectó más a los que permanecieron dentro del refugio que el suicidio de la señora Braun (the death of Hitler’s wolfhound Blondi affected us more than Braun’s suicide).

Este es el ejemplo de Europa. En América Latina, imaginamos que para un chileno o un argentino le resulta vital responder a la pregunta qué sucedió durante un pasado ceñido por dictaduras y desapariciones, y con interrogantes que durante mucho tiempo pugnaron para que no fueran respondidas. O aclarar situaciones en puntos críticos de sus historias nacionales, como las negociaciones en secreto que realizó el general Juan Domingo Perón por establecer una alianza económica entre Argentina, Chile y Brasil8; o los planes del general argentino Leopoldo Galtieri, jefe de la Junta Militar, para obtener una bomba atómica, unos meses antes de que se iniciara la Guerra de las Malvinas9.

En algunos casos, el acto de acercarse al pasado histórico desde el periodismo tiene urgencias más dramáticas. En marzo de 1993, el periodista Samuel Blixen publicó una serie de reportajes sobre la presencia de la Operación Cóndor en Paraguay. Se fue a los archivos, hurgó, entrevistó, viajó hasta las fosas comunes que se encontraban escondidos los torturados convertidos en despojos y armó con esas vivencias una serie de trabajos que fueron publicadas en el semanario Brecha, de Uruguay. En ellos se develan las misivas de los jefes de Inteligencia de Chile, Argentina, Paraguay, Bolivia y Perú en su trabajo coordinado de la Operación Cóndor. Se hace el recuento, convirtiéndose en el hilo conductor de la serie, de cómo fue la desaparición de Nelson Santana y Gustavo Inzurralde, dos uruguayos pertenecientes al Partido por la Victoria del Pueblo (PVP). Se explica la participación de los oficiales cercanos al dictador Stroessner en las torturas. Y finalmente, entre otras revelaciones, levanta el velo definitivo de la unión entre la policía secreta argentina y la paraguaya en la eliminación de los líderes del Movimiento Popular Colorado.

La mención de textos en los que se aborda el pasado, aparecidos en los medios de comunicación, en este caso, los de la prensa escrita, pudiera ser larga. Y ellos nos indican que, además de seguirle el rastro a informaciones que pueden ser noticia y de participar en el ejercicio de autocomprensión y autodefinición de las naciones, el Periodismo también impulsa la “demanda por conocer algo que forma parte del patrimonio” [de las sociedades]10 y que es vital para el conocimiento y la toma de decisiones dentro de las mismas. Por su capacidad de informar y su tradición en revelar hechos que permanecieron ocultos, el oficio de los reporteros es una de las vías más expeditas para acercarse a la Historia con los fines antes mencionados.

Por lo que, a la pregunta de si existe la corriente o la modalidad de Periodismo Histórico, decimos que sí, a juzgar por una práctica en la que se aprecia una manera de acercarse y tratar la Historia mediante el ejercicio periodístico y que se ve plasmado en una producción sistemática, de acuerdo con los intereses de las instituciones informativas, e, inclusive, con secciones fijas o, a veces, con espacios jerarquizados dentro de las publicaciones.

Planteada esta tesis, hacemos la proposición de entender al Periodismo Histórico como la aproximación, bajo los principios, formas y normas del periodismo, de aquellos hechos o realidades, que ya constituyen o puedan constituir preocupación de los historiadores y que contienen los valores de la noticia.

ADVERTENCIAS ANTE LAS TRAMPAS

A la vez que formulamos esta definición, consideramos necesario proponer tres premisas básicas, sobre las que se puede reconocer el campo donde opera y adquiere su identidad el Periodismo Histórico. Estas premisas son:

1.- No todo lo que aparece en los medios o canales de comunicación de masas es Periodismo Histórico.

Partimos del supuesto de que el periodismo constituye un cuerpo definido y posesionado en la práctica de las sociedades. Por ello cabe hacer la diferenciación entre una publicación de carácter académico, en este caso una revista, aun cuando se renueve periódicamente, y la de un medio informativo.

El desarrollo de Internet ha venido a convertir en obsoletos o estremecer conceptos y realidades que antes se encontraban clarificados y eran asumidos con entera serenidad. Según Oscar Jaramillo, una de las particularidades de la red es el grado de accesibilidad que otorga a sus usuarios, al punto que “por primera vez las personas puedan ejercer los derechos de recibir, investigar y difundir mensajes, directamente (al menos en teoría) sin ningún tipo de intermediación”12. Jaramillo apunta que ese cambio ha venido a desdibujar diferenciaciones, claras y tajantes, que estaban establecidas en los medios tradicionales.

De acuerdo con esa lógica, ese nivel de accesibilidad hace que medios que, antes poseían un carácter restringido, puesto que su información está destinada a satisfacer la demanda de un público o un segmento especializado, ahora se encuentren al alcance del click de cualquier usuario. Por esa razón, y ante el cúmulo grande de informaciones de carácter histórico, creemos necesario precisar que no todo lo que se publica, específicamente en Internet, es Periodismo Histórico, ni todo texto sobre la Historia llega a clasificar en la dimensión del Periodismo.

Siguiendo uno de los dos elementos básicos establecidos por Umberto Eco para la definición de medios de comunicación de masas, se debe señalar que el oficio de los reporteros obedece a la intención de llegar “no a grupos determinados, sino a un círculo indefinido de receptores en situaciones sociológicas distintas”13, lo que obliga a que el periodista configure sus mensajes, de modo que esa accesibilidad sea posible.

A diferencia de lo anterior, lo académico, incluso lo institucional, como pueden ser los boletines o revistas del Archivo de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, se preocupan por satisfacer las demandas de información de un grupo específico. Mientras tanto, la intención de lo periodístico por llegar a esa audiencia indeterminada, ha producido un tipo de discurso y una técnica para su elaboración y presentación, lo que vendría a diferenciarlo no solo de lo emitido por centros especializados, sino también de lo disponible en otros sitios, como los promovidos por veteranos de la Segunda Guerra Mundial, cuyas preocupaciones quizás sean similares a las de un periodista, en cuanto a llegar a los grandes números de lectores. Por otra parte, la función básica y primordial del Periodismo es informar hechos que contienen los valores de la noticia, por lo que ostentan un interés para los integrantes de la sociedad, quienes los necesitan para su conocimiento y la toma de decisiones dentro de la comunidad en que actúan. Por último, para que un trabajo de corte histórico alcance la dimensión periodística, debe atravesar por un proceso industrial14, que en los medios informativos tiene situaciones muy particulares.

Estas precisiones pueden parecer obvias; pero entendemos que, en primera instancia, ellas pueden ayudar a no perder el derrotero frente a análisis posteriores. Uno de ellos aparece al momento de examinar la conceptualización de Periodismo Cultural, y que abordaremos en las consideraciones finales.

2. El Periodismo Histórico se preocupa por hechos ocurridos en el pasado, aun cuando este sea reciente.

Por esa razón, sería una falacia clasificar, dentro del Periodismo Histórico, a los reportajes sobre el caso Watergate o el golpe de estado dirigido por Augusto Pinochet contra el gobierno socialista de Salvador Allende. Las coberturas de ambos hechos noticiosos, cuando se realizaron, estuvieron marcadas por la urgencia, ocurrieron en el presente, eran noticias de último momento. Mirados desde la distancia, el tiempo podría invitar a mirarlos como Periodismo Histórico cuando lo que sucede, en realidad, es que el producto de esas coberturas (notas informativas, reportajes, comentarios, entrevistas, crónicas) han adquirido el valor de documentos históricos.

La serie sobre las desapariciones de prisioneros políticos en Paraguay, que le otorgaron a Samuel Blixen el Premio Internacional de Periodismo José Martí, la consideramos dentro del tipo de Periodismo que analizamos, porque ella se encarga de examinar hechos ocurridos trece años atrás de la fecha en que se realizaron las investigaciones; aunque debemos señalar que la técnica narrativa utilizada por Blixen —incorporar planos temporales, en forma de entrevistas y reportajes y que dan la medida del impacto que tienen los descubrimientos en el presente— les otorga un sólido sabor a actualidad. Por su parte, el tiempo transcurrido sobre los episodios que trata Erna Flieguel en su conversación con Luke Harding hacen evidente el porqué incluimos esa entrevista dentro del Periodismo Histórico.

Reconocemos, eso sí, que el periodista no actúa con la misma variable de espera con la que debe trabajar el historiador. Mientras que este se recomienda esperar a que el impacto de los sucesos se sedimenten y así realizar un análisis en frío, el reportero no demora y tampoco puede aguardar por esa dilación temporal, y se acerca a momentos del pasado que todavía son demasiado recientes para que los historiadores otorguen sus veredictos finales.

Ello nos conduce a una inquietud: ¿hasta qué punto considerar, dentro del Periodismo Histórico, a un material que se interesa por hechos que no se encuentran tan alejados de la fecha en la que el reportero se preocupa por ellos? Por ejemplo: ¿en qué medida considerar como Periodismo Histórico a un reportaje producido en 1998 y que se aproxima a un acontecimiento que ocurrió tan solo tres años atrás, como la crisis de los balseros en Cuba, en agosto de 1995?

Es una de las trampas que traen consigo las clasificaciones. Consideramos que la respuesta se puede encontrar en el análisis del tiempo informativo que rige el suceso, es decir: en la medida en que el evento afecte a la comunidad en que se desarrolla y esa afectación desate una urgencia noticiosa. Al momento en que se supere esa premura, más se acercará a la definición que proponemos.

3. El Periodismo Histórico se entrecruza con otras corrientes o modalidades del Periodismo.

La simbiosis aquí puede ser vasta, en la medida en que la preocupación del periodista, al momento de realizar su trabajo, sea examinar el pasado de la sociedad. Nos ceñiremos a tres puntos, fundamentalmente, a modo de ejemplo:

1.- Se mueve dentro del Periodismo de Opinión, en tanto el asunto histórico es abordado por la familia de géneros que integran esa modalidad, en la que el periodista, en vez de “trasladar información, se dedica a analizar y comentar determinado hecho o problema”15. Por sus características, el artículo es un género que le es muy afín16, junto con la crónica. El profesor Julio García Luis anexa un texto en su libro El Artículo General, que ilustra ese entrecruzamiento. Nos referimos a Manuel de Angola, del historiador cubano Manuel Moreno Fraginals, en el que analiza la trata negrera procedente de esa región de África y su impacto en la Cuba del siglo XIX.

2.- Forma parte del Periodismo Literario en la medida en que la información recogida sea contada a través del manejo de las técnicas narrativas, propias del cuento y la novela. Un ejemplo lo son los reportajes del escritor y periodista cubano Leonardo Padura, publicados en el periódico Juventud Rebelde en los años ochenta del siglo pasado y agrupados más tarde en el libro El Viaje más largo. Dentro de esos materiales, se aprecia el manejo de distintos narradores, el diseño de personajes y procedimientos propios de la literatura, junto al manejo del dato exacto y verificado, como métodos afines del periodismo.

Pero, además, del criterio para entender esa relación desde el punto de vista técnico, se unen, en este caso, otros elementos a tener muy en cuenta. El Periodismo Histórico se entrecruza con el Periodismo Literario por el anecdotario que guarda la Historia, con un potencial de conflictos, relatos y personajes, capaces que tentarían a cualquier periodista a contarlos como si estos ocurrieran de nuevo en la vida real y le transmitieran al lector la sensación de que vive una película.

3.- Por último, se acerca y puede entrecruzarse con el Periodismo de Investigación. Las diferentes definiciones de esta modalidad coinciden en que I) para obtener las informaciones es necesario invertir un tiempo, por encima del empleado normalmente en un trabajo convencional; II) que deben manejarse distintos procedimientos indagatorios y con un nivel de fuentes, superiores a las que de manera usual se emplean en la rutina común del medio, para obtener los resultados y verificarlos, y III) el carácter oculto que tienen o que se le quiere otorgar a los datos que se buscan.

Una indagación histórica, cuyos resultados después serán publicados en un medio informativo, muchas veces cubre casi o todos los elementos expuestos en el párrafo anterior. Según las características, la trascendencia del hecho y la intencionalidad del periodista en buscar las nuevas aristas, hacen que este se involucre en un nivel de investigación, que muchas veces le consume un tiempo mayor que el ordinario, además de hacerlo sudar con mayor frecuencia en su intento por juntar todos los detalles del pasado y tener a mano el cuadro final. Una lectura más reposada de los reportajes de Leonardo Padura sugeriría de inmediato la amplitud de fuentes de información que debieron consultarse para reconstruir un episodio, algunas veces en sus detalles más ínfimos, lo que pudo implicar, en su momento, un tiempo superior de investigaciones al que normalmente se hubiera empleado para contar esas historias en el modo convencional.

Lo que para muchos constituye la piedra fundamental en la definición del Periodismo de Investigación, el carácter oculto de las informaciones que se procuran, estaría dado en el Periodismo Histórico por los intentos, por ejemplo, de romper con una Historia Oficial, dígase: indagaciones en Chile y Argentina por conocer las conexiones con la Operación Cóndor y que, en ocasiones, han terminado en tragedias para el propio reportero. Al mismo tiempo, periodistas e historiadores pueden dar fe de las nebulosas que se han entretejido alrededor de un objeto de estudio. La periodista Stella Calloni lo vivió cuando, al poco tiempo de la caída del dictador Alfredo Stroessner, se acercó a los papeles secretos de la policía de Paraguay. Entonces escribió: “…debido a que los archivos plantean una amenaza a los hombres que organizaron y llevaron a cabo la represión hemisférica, se están realizando esfuerzos para eliminarlos o depositarlos en manos ‘seguras’. Algunos de los documentos ya han desaparecido y existen sutiles maniobras para sustraer a los restantes del control legal y periodístico”17.

LAS OTRAS PIEZAS DEL TRAJE (O CONSIDERACIONES FINALES)

Pierre Vilar le criticaba a Raymond Aron y a la escuela positivista la posición de encerrar a la Historia y al oficio del historiador en lo exacto de lo acontecido, al punto de conformarse con una relatoría puntual de los acontecimientos más comprobables. Para Vilar, la Historia desborda esa puntualidad y se dirige a comprender un pasado, antes que revivirlo; en escudriñar en los mecanismos de las sociedades y no quedarse solamente en la dimensión de las decisiones políticas; en examinar el estudio del juego recíproco de relaciones entre hechos diferentes y hasta, algunas veces, sin una relación aparente.

Al periodismo y al oficio del reportero también le sería dable ese contrapunteo de posiciones; y, por momentos, podría pensarse que los postulados de Raymond Aron son los más cercanos a nuestra profesión en el sentido de que el periodista se debe atener meramente a los hechos comprobables en busca de una veracidad, que es esencial en la confrontación de la opinión pública. Solo que el devenir de nuestro trabajo ha venido a comprobar que a los reporteros les son más cercana, más factible y que pueden encontrar mayor provecho en las posturas de Vilar que en las de Aron. Si esto no fuera así, ¿cómo entender entonces a modalidades del oficio muy preocupadas por comprender el cómo y los porqué de la noticia, como es el caso del Periodismo Interpretativo y el de Investigación?

El entrecruzamiento entre Historia y Periodismo puede ser más sutil y fuerte de lo que imaginamos. Las reflexiones sobre las formas en que los medios han tratado el pasado, motivadas muchas veces por inquietudes contestatarias, ha sido uno de los puntos más tratados a la hora de establecer la relación entre prensa, historia y poder. Un ejemplo de ello lo constituye Noam Chomsky, aunque los ejemplos pudieran ser más, a partir de las aproximaciones que se han realizado desde las ciencias históricas y políticas. Esa frecuencia nos hace preguntarnos hasta qué punto resulta novedoso hablar de Periodismo Histórico en el sentido en que lo hemos abordado en el presente texto.

De todos modos, el vacío conceptual es evidente y sobre todo la falta de una sistematización teórica que permita comprender las particularidades del objeto que analizamos, sus posibles leyes, el comportamiento del fenómeno y su interacción con los demás elementos que componen una estructura social.

Una de esas interacciones, que podría conducir a una línea de investigación, podría estar en las construcciones que, desde la prensa, se realizan del pasado por distintos sectores o grupos de acción dentro de la sociedad; junto con el dibujo que con el uso de los medios se quiere hacer de lo sucedido por parte del poder. Es decir, tratar en qué medida se realiza o no lo que Chomsky llamó el asesinato de la Historia, además de revisar cómo se ejecuta el rescate de lo que no estaba incluido en el conocimiento histórico.

Planteado el asunto de esta manera, podría caerse en una reiteración y decirse que se llueve sobre mojado; pero nuestra intención apunta a examinar cómo se ejecuta la construcción de lo Histórico desde los medios y qué origina que las redacciones sientan un interés mayor o menor, según los casos, por abordar lo ocurrido en la memoria de las comunidades. Porque observamos un hecho: en aquellas sociedades, sometidas a tensiones y con una postura de revisar sus modelos de desarrollo o de ajuste de los eslabones sueltos de su pasado, lo histórico es más tratado por el periodismo que en otras naciones, donde ese tratamiento se limita, en ocasiones, al momento de la efeméride y la conmemoración. Una mirada a dos geografías indicarían enseguida ese comportamiento. El periódico español El Mundo, en su edición digital, le dedicó espacio al aniversario de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, llama la atención que, cumplida la efeméride, el acontecimiento histórico más tratado fue el aniversario de la llegada al trono del rey Juan Carlos. Mientras, en Venezuela, resulta significativa la abundancia con que lo histórico es abordado por los medios, sobre todo por aquellos que se proclaman parte del proceso. Ese comportamiento valdría la pena demostrarlo y ser analizado de manera empírica.

Un tercer y último punto, que deseamos abordar en estas consideraciones finales, se encuentra en la naturaleza propia del Periodismo Histórico, de las cuales surgen variadas interrogantes, y más al momento de acercarnos al Periodismo Cultural.

En su planteamiento de definiciones, Lucía Villa examina las problemáticas a la hora de conceptuar al Periodismo Cultural y apunta a que el concepto “se aplica a un campo extenso y heterogéneo. (….) y que nos marca la imposibilidad de ser abordado desde una sola perspectiva. Involucra y excluye a los géneros y productos del campo periodístico produciéndose una constante pendulación entre los términos ‘periodismo’ y ‘cultura”18. Nos preguntamos entonces: ¿esa pendulación es dable también en el Periodismo Histórico? La respuesta amerita un examen desde la práctica, en el que se diagnostique si el tratamiento de la Historia a través del Periodismo participa de esa complejidad registrada dentro del Periodismo Cultural, en cuanto a la diversidad de modos de tratar los temas y los campos sobre los cuales centra su atención. En otras palabras: ¿hasta qué punto lo académico participa en el Periodismo al momento de abordar la Historia en cuanto a la aportación de géneros, como ocurre con el ensayo, un género de la reflexión cultural por excelencia, pero también presente en el Periodismo Cultural? ¿O es que en esa relación es más dual, al punto de que se pueda construir, como ocurre en la práctica periodística dentro de la cultura, una zona donde coexista lo informativo con el puro análisis histórico?

En sus análisis, Villa nos aporta otra pista para adentrarnos en las dinámicas que puedan mover al Periodismo Histórico. Al referirse a los orígenes y, en cierto modo, al comportamiento, que en la práctica subyace en la legitimización del Periodismo Cultural, expresa:

Sin embargo, en un sentido más restrictivo los productos que se dicen a sí mismos culturales o que por su modo de producción, circulación y recepción fueron reconocidos históricamente en esa franja, responden más a una concepción de cultura ilustrada, letrada y elitista, restringida al campo de las “bellas letras” y “las bellas artes”19.

De ese criterio se desprende: no todo el mundo se ocupa de la cultura y se interesa por leer los suplementos y secciones culturales. ¿Ocurrirá lo mismo con el Periodismo Histórico? ¿O es que estamos ante un fenómeno escurridizo y móvil, que no se comporta únicamente en una franja reducida; sino que tiene una mayor capacidad de convocatoria en el momento que aborda tópicos que pueden involucrar a numerosas personas por la forma en que pueden ser tratados y por las cuestiones que someten a debate? Parece que esta última pregunta es la que más se acerca a la realidad. Y eso lo pudo constatar Samuel Blixen cuando, en medio de las investigaciones en los archivos de Stroessner, fueron apareciendo los sitios donde ocurrieron los enterramientos de las personas que estuvieron desaparecidas durante casi 20 años. Luego se observar una de esas fosas comunes y ver los cuerpos en descomposición de los torturados, Blixen escribió: “En Paraguay se está rescribiendo la historia de la década trágica de América Latina”. Es una oración movida por el sentimiento. Pero es, al mismo tiempo, una prueba más de cómo el Periodismo se entrecruza con los caminos del historiador.

__________

Bibliografía:
1. Agencia EFE: Hitler acabó sus días al borde de un ataque cerebral. Disponible en: http://www.elmundo.es/elmundo/2000/04/20/sociedad/956253791.html. , consultado el 8 de enero de 2006.
2. Agencia EFE: Una universidad de Estados Unidos publica el perfil psicológico de Adolf Hitler que predijo su suicidio. Constata una homosexualidad reprimida. Disponible en: http://www.elmundo.es/elmundo/2005/03/31/sociedad/1112300808.htm , consultado el 7 de enero de 2006.
3. Araujo Medina, Cremilda: El Rol del Periodista. Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1989.
4. Bloch, Marc: Apología de la historia. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971.
5. Buendía, Manuel. Ejercicio periodístico: Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1989.
6. Calloni, Stella: Los Archivos del Horror del Operativo Cóndor. Disponible en: http://www.derechos.org/nizkor/doc/condor/calloni.html, consultado el 30 de enero de 2006.
7. Cardoso Milanés, Heriberto. Periodismo de investigación, ¿un género nuevo?. En: Sala de Prensa.Org, no. 47, septiembre 2002. Disponible en: http://www.saladeprensa.org/periodismodeinvestigacion/archivos. consultado el 30 de enero de 2006.
8. Chomsky, Noam: Año 501, la conquista continua. Ediciones Libertarias/ Prodhufi, S. A., Madrid, 1993.
9. Colectivo de autores: Periodismo urgente, selección de trabajos de premios de trabajos periodísticos de América Latina. Ediciones Prensa Latina, La Habana, 1998.
10. Conde, Carlos: Perón-Vargas: la alianza inconclusa. Disponible en: ww.clarin.com/suplementos/cultura/2005/11/19/u-01092040.htm, consultado el 8 de enero de 2006.
11. Defoe, Daniel: Diario del Año de la Peste. Editorial Arte y Literatura, Ciudad de La Habana, 1988.
12. Eco, Umberto: ¿Cómo se hace una tesis?, técnicas y procedimientos de estudio, investigación y escritura. Editorial Gedisa (primera edición en Herramientas Universitarias), Barcelona, España, mayo del 2001.
13. Fernández Bogado, Benjamín. El acceso a la información pública y el rol del periodismo. En: Sala de Prensa.Org, no. 78, abril 2005. Disponible en: http://www.saladeprensa.org/archivos, consultado el 15 de enero de 2005.
14. Gaines, William: Periodismo investigativo para prensa y televisión. Tercer Mundo Editores, Colombia, 1996.
15. García Luis, Julio: Géneros de opinión. Editorial Oriente, Santiago de Cuba, 1989.
16. ______________: El Artículo General. Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1987.
17. Harding, Luke. His authority was extraordinary, interview with Hitler’s nurse. Disponible en: http://www.guardian.co.uk/secondworldwar/story/0,14058,1474601, 00.htm, consultado el 5 de enero de 2006.
18. Ichikawa Morín, Emilio: Un comentario a La Historia Inmediata. En: Torres Cuevas, Eduardo (compilador): La Historia y el oficio del historiador. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996, pp 248-254.
19. Kapuscinsky, Ryszard: Reportero del tercer mundo, intervención en la sede de la Fundación del Nuevo Periodismo Iberoamericano, octubre de 2005. Disponible en: http://www.fnpi.org/biblioteca/relatoriadetallleres, consultado el 18 de enero de 2006.
20. _________________: Con Heredoto en la guerra. En: Sala de Prensa.org, no. 55, mayo 2003. Disponible en: http://www.saladeprensa.org/archivo/índicedeautores/. , consultado el 15 de enero de 2005.
21. Lacouture, Jean: La Historia inmediata. En: Torres Cuevas, Eduardo (compilador): La Historia y el oficio del historiador. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996, pp 225 –247.
22. Marín, Carlos y Leñero, Vicente: Manual de Periodismo. Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1990.
23. Martín Vivaldi, Gonzalo: Géneros periodísticos. Paraninfo, Madrid, 1973.
24. Padura Fuentes, Leonardo: El Viaje más largo. Ediciones Unión, La Habana, 1994.
25. Santoro, Daniel: El plan de Galtieri para hacer la bomba atómica. Disponible en: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/08/z-03415.htm, consultado el 9 de enero de 2006.
26. Timoteo Álvarez, Jesús: Historia y Modelos de la Comunicación en el siglo XX. Ariel, Barcelona, España, 1992.
27. Torres Cuevas, Eduardo: Pensar el tiempo en busca de la cubanidad. En: Debates americanos, revista semestral de estudios históricos y socioculturales. La Habana, no.1, enero-junio 1995, p 2.
28. Vázquez Montalbán, Manuel: Historia y Comunicación Social. Bruguera, S. A., España, 1980.
29. Vilar, Pierre: Historia. En: Torres Cuevas, Eduardo: La Historia y el oficio del historiador. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996, p 1- 21.
30. Wolf, Mauro: La Investigación de la Comunicación de Masas. Piadós, Barcelona, España, 1987, p 109-147.
_____
Notas:
1 Para una definición del concepto de Historia y las preocupaciones del historiador, ver: Vilar, Pierre: Historia. En: Torres Cuevas, Eduardo: La Historia y el oficio del historiador. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 1996, p 1. También se puede revisar: Bloch, Marc: Apología de la historia. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1971. Una revisión de estos materiales y de cualquier texto o estudio sobre las funciones del periodismo, permitiría distinguir rápidamente las similitudes que existen entre ambos oficios.
2 Vale recordar que Daniel Defoe tenía cinco años cuando la epidemia de la peste azotó la ciudad de Londres en 1665. Es decir, el acontecimiento se encontraba enraizado en el pasado, su momento de actualidad había sido trascendido y puede que hasta sepultado por hechos más apremiantes del momento, como las consecuencias del triunfo de Rusia sobre Suecia, en 1721, con lo que Inglaterra se agenciaba un rival más poderoso dentro del comercio y la política del mar Báltico.
3 Para un mayor conocimiento de las propuestas y observaciones, algunas veces polémicas, de Lacouture, Ver: Lacouture, Jean: La Historia inmediata. En: Torres Cuevas, Eduardo (compilador): La Historia y el oficio del historiador. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1996, pp 225 –247.
4 Ver Torres Cuevas, Eduardo: Pensar el tiempo en busca de la cubanidad. En: Debates americanos, revista semestral de estudios históricos y socioculturales. La Habana, no.1, enero-junio 1995, p 2.
5 Ibídem, al final del primer párrafo.
6 La búsqueda se realizó en los periódicos Granma, Granma Internacional, Trabajadores, Juventud Rebelde, El Habanero y Tribuna de La Habana. Realizada el 30 de enero de 2006, por la especialista de sala Ileana Reyes.
7 Ver, Agencia EFE: Una universidad de Estados Unidos publica el perfil psicológico de Adolf Hitler que predijo su suicidio. Constata una homosexualidad reprimida. En: http://www.elmundo.es/elmundo/2005/03/31/sociedad/1112300808.html, consultado el 7 de enero de 2006.
8 Ver, Conde, Carlos: Perón-Vargas: la alianza inconclusa. En: http://ww.clarin.com/suplementos/cultura/ 2005/11/19/u-01092040.htm, consultado el 8 de enero de 2006.
9 Ver, Santoro, Daniel: El plan de Galtieri para hacer la bomba atómica. En: http://www.clarin.com/suplementos/zona/2006/01/08/z-03415.html, consultado el 10 de enero de 2006.
10 Fernández Bogado, Benajamín. El acceso a la información pública y el rol del periodismo. En: Sala de Prensa.Org, no. 78, abril 2005.
11 Por Principios nos referimos al ejercicio de la ética y los valores que entraña la misma; bajo la categoría de Formas englobamos a los géneros periodísticos y el manejo del discurso; mientras que por Normas entendemos, en este caso, a las pautas editoriales que rigen las dinámicas productivas de los medios.
12 Jaramillo, Oscar: La Web y el derecho a la información, una revisión conceptual. Universidad Complutense de Madrid, Programa doctoral Derecho a la Información en España y América Latina, p 27. En: Sala de Prensa.Org,
13 Eco, Umberto: La estructura ausente: introducción a la semiótica. Editorial Lumen, Quinta Ed., España, 1994, p. 20. Citado por: Jaramillo, Oscar, p. 5, ibídem.
14 Pensamos en esas realidades y dinámicas que se viven en las redacciones informativas y que originaron estudios como los del Newsmaking y la Agenda Setting.
15 García Luis, Julio: El Artículo General. Editorial Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1987, p 5.
16 Julio García Luis señala que el artículo, en específico el artículo general, se caracteriza por el valor permanente de los asuntos que aborda, a diferencia del editorial, el comentario, la reseña o la crónica, que juegan con la variable de actualidad. Ver: García Luis, Ob. Cit,, p 7.
17 Ver Calloni, Stella: Los Archivos del Horror del Operativo Cóndor. Disponible en: http://www.derechos.org/nizkor/doc/condor/calloni.html.
18 Ver el concepto de Periodismo Cultural, dado por el periodista e investigador argentino Jorge Rivera y citado por: Villa, María J: Periodismo cultural, reflexiones y aproximaciones. En: Revista Latina de Comunicación Social, La Laguna (Tenerife), junio de 1998, número 6. Disponible en: http:// , consultado el 25 de enero de 2006. Para una mayor información sobre las complejidades del Periodismo Cultural, ver: Navarro Rodríguez, Fidela: La cultura y su periodismo. En: Sala de prensa.Org, febrero de 2004, número 64. Disponible en: http://www.saladeprensa.org/índicedeartículos/febrero2004/no.64/laculturaysuperiodismo, consultado el 25 de enero de 2006.
19 Villa, Lucía: Ob. Cit.
* Luis Raúl Vázquez Muñoz es periodista cubano en el diario Juventud Rebelde. Esta es su primera colaboración para SdP.

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 10:55 pm