Estilo y Narración II

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¿Qué quieren leer nuestros lectores de fin de semana?

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Por Rafael Molano, director de la Revista Gatopardo / Ponencia en la VII Jornada de la Prensa / Miércoles 23 de junio, Santiago de Chile.

Desde el momento en que el amable José Luis Santa María me hizo una invitación formal a este importante foro, dos mezclas de sensaciones me atacaron el estómago casi simultáneamente sin siquiera haber tenido tiempo de pensar mucho en el asunto. La primera, fue una bien sabrosa combinación de agradecimiento, sazonado con una buena cantidad de entusiasmo. Pero la segunda, igual de instantánea y natural que la primera, resultó ser una extraña sopa de pánico frío atravesado por unas cuantas cucharadas de risa, bien calientes.
Ahora que ya tuve tiempo de pensar y escribir estas líneas, puedo explicar con cierta lógica la razón de estos sentimientos encontrados. Eso si, debo advertir antes de entrar en detalle, que el tono gastronómico utilizado en el párrafo introductorio es un homenaje a las largas conversaciones sostenidas con mi editora chilena Bárbara Fuentes acerca de los suculentos frutos de los mares de este querido país y al enorme placer que me produce tan sólo pensar en ellos.

La combinación de agradecimiento y entusiasmo que sentí es, para mí, casi obvia. Sé que no es fácil ser invitado a este espacio en el que se reúne los mejores del periodismo chileno, por lo que intuyo que algo bueno debemos haber hecho en nuestra revista y por lo tanto agradezco mucho tal reconocimiento por parte de la Asociación Nacional de la Prensa. De igual manera me produce gran alegía la posibilidad de compartir y poner a prueba ante este experimentado auditorio algunas de las ideas sobre periodismo en las que creo y que quizás sirvan de algo para responder a la pregunta de ¿Qué quieren leer nuestros lectores de fin de semana?

Aunque fue precisamente esa pregunta, y no la invitación a este panel, la que me produjo el encuentro entre pánico y deseos de reir. No sabía si llorar de miedo o retorcerme a carcajadas cuando José Luis me mencionó el tema a desarrollar. Estuve a punto de decirle: “Oye José Luis, me estás hablando en serio? Tu quieres que yo responda a esa pregunta? Nadie sabe qué quieren leer nuestros lectores, ni hoy ni en el fin de semana. Esa es la pregunta del millón, esa es la piedra filosofal. Eso es lo que andan tratando de descifrar todo el tiempo periodistas, editores, dueños de medios, agencias de publicidad y, por último, los mismos lectores, que creen saber lo que quieren, pero lo único que tienen es una fiebre de ideas en su mente, que curan con lo que nosotros, los medios de comunicación, les brindamos.

Pero ahora, ya pasado el primera ramalazo de emociones, debo admitir, que precisamente por ser esa la pregunta que nos hacemos constantemente, es sobre todo sano para la calidad de nuestras publicaciones hacerla una y otra vez y tratar de responderla. Por supuesto la mayoría de nosotros, mirando las frías cifras y los flujos de caja , cree haber ya arañado un pequeño o gran trozo de la respuesta. Al fin y al cabo, las ventas son las ventas, y si un diario o revista, observa que la gente lo compra, que sus números de circulación crecen o se sostienen, y que ha sido aceptado a lo largo de los años, (aun por los escépticos anunciantes de publicidad) , pues lo único que puede pensar es que está ofreciendo a los lectores lo que ellos desean. Sin embargo, la pregunta persiste. Y menos mal persiste. Porque aunque los dólares o los pesos se estrellen a montones contra nuestra rostro de éxito, todavía no sabremos realmente si lo que estamos escribiendo es recibido por nuestros lectores porque es lo que desean o porque simplemente aceptan lo que nosotros decidimos que deben desear.

En otras palabras, una notable pregunta para hacerse, antes de cualquier otra es: ¿Qué fue primero, el huevo o la gallina?

Probablemente nunca se sepa, o quizás aparezca unos de esos bíblicos estudios de mercado que me afotee despiadadamente para hacerme despertar de mi ingenuidad o mi estupidez por lo que voy a decir. Pero no importa, soy capaz de poner la otra mejilla en este caso, porque esta es tan sólo una opinión. Como decía mi profesor de literatura : “Para que la despellejemos, muchachos.”

Y para no abarcar demasiado, voy a intentar enfocarme en el esplendoroso espacio-tiempo de los fines de semana o de los momentos de ocio, por llamarlos de alguna manera. La idea es la siguiente: tengo la impresión de que a pesar de que los periodistas rastreamos en el ambiente las pistas que deja ese monstruo informe de las tendencias y gustos de las sociedad, somos mucho más responsables nosotros del deseo de los lectores que ellos mismos. Y esa es una responsabilidad realmente apabullante.

Porque sí, sabemos o intuimos que en el fin de semana la gente quiere descansar, divertirse, quiere soñar, tal vez con viajes, o con jardines primaverales para arreglar, con comida exquisita, con la decoración de su casa, quiere saber de su equipo de fútbol, tal vez quiere recordar un lejano acontecimiento histórico, probablemente alguien quiera recibir algo de análisis sobre las noticias políticas de la semana. Y también hemos visto que palabras como internet, globalización y televisión, producen efectos concretos que entran a diario en nuestro sistema nervioso central ( y en el de nuestros lectores). Eso hace que “velocidad” sea la primera palabra que se nos viene a la mente cuando nos piden resumir esta época. Por lo tanto concluimos, con una elemental suma, que si el nombre de la época es velocidad y queremos informar a un lector sobre el arreglo del jardín, pues debemos hacerlo de manera rápida, concreta y con muy pocas palabras.

En fin, pero todas estos tópicos que intuimos como deseos del público no son más que las uvas de un extenso viñedo. Entre google.com, cómo lavar al perro, las relaciones entre Mark Anthony y Jennifer López y lo último en vestidos de noche, hay de todo: racimos de carmenere, sauvignon blanc, syrah, cabernet. Pero falta un pequeño detalle: nosotros los periodistas hacemos el vino. Le decimos a nuestros lectores a dónde viajar, por qué viajar, cómo viajar , etcétera , etcétera. En último término les decimos que deben hacer o por lo menos que deben querer. Ustedes lo saben perfectamente, el poder de la palabra es descomunal, con ella nos inventamos el mundo y después le contamos a la gente cómo es. Y desde luego, como simples especímenes pertenecientes al género humano, en ocasiones retornamos la cosecha a nuestros lectores en forma de suntuoso Chateau Margaux y muchas veces, atolondrados por las cifras de circulación a alcanzar, los deseos de impactar, los presupuestos a cumplir y los pantallazos de nuestro computador gritándonos rápido, rápido, producimos unas bochornosas botellas de almibarada Coca Cola.

Mejor dicho, lo que quiero plantear es que quizás el relajado escenario de los fines de semana, en el que nuestra mente se abre a miles de ideas diferentes del escueto despliegue de noticias cotidianas, sea el espacio perfecto para que repensemos la manera en la que estamos entregando a nuestros lectores lo que suponemos que quieren leer. Algunas de las curiosidades que podríamos auscultar en este ejercicio podrían ser del calibre de ¿Y bueno, dónde está el periodismo? ¿Cómo hacer para que nuestros lectores se acerquen a la famosa verdad sin morir de aburrimiento? ¿Cómo informarles sobre lo que sucede en su barrio o en el mundo? ¿ Cómo debemos escribir?
Porque pareciera que en muchos de nuestros medios lo que la era veloz a producido es la siguiente conclusión: si el mundo está manejado por microchips, entonces hagamos micronotas, porque si no es así nuestro moderno y atiborrado micro cerebro no resistirá la descarga. Que tremenda paradoja. Porque lo que han hecho en realidad los microchips es arrasar con la vieja frase que decía que el mundo es ancho y ajeno. Ahora el mundo es todavía más ancho y largo y alto, pero de ajeno, nada. Está en la mesa de nuestra casa. Servido para que informemos sobre él, para que lo describamos. Y, nosotros aterrados ante tanta inmensidad, lo que pretendemos hacer es explicarlo en pequeños embutidos de diez líneas.

Creo que allí hay una increíble confusión. Ante tanto por conocer, creo que los periodistas tenemos que controlar esa idea de que entre menos digamos sobre algo, menos peligro existe de que nuestro lector se muera de sueño. Todo lo contrario, para que semejante cúmulo de información no se pierda en una nada de diminutos destellitos, tenemos que investigar más, describir mucho, explicar más, escribir mejor.

Por lo tanto veo que ha llegado el momento de hablar un poco de la crónica periodística o del periodismo narrativo (como dicen los gringos) o periodismo literario o nuevo periodismo o como se le quiera llamar a esa imbatible manera de contar historias sobre hechos o personajes reales de un modo profundo y muy atractivo. La crónica, decía Gabriel García Márquez, es como un cuento pero enteramente basado en la realidad. Pero no voy a caer en el desacierto de dar lecciones sobre este género periodístico a personas como ustedes que han lidiado con él a lo largo de sus carreras y que conocen perfectamente. Lo que sí voy a hacer es contarles acerca de unas pocas conclusiones que he sacado de mi experiencia personal, esa si única, con relación a esta forma de hacer periodismo, desde una tribuna privilegiada, la de la revista Gatopardo. Aclaro que la experiencia es única y privilegiada, no porque la revista sea extraordinaria, maravillosa o brillante, ni nada por el estilo. Simplemente, porque de acuerdo con la simple ley del mercado, es hasta ahora la única publicación dedicada por completo a este género y que a la vez circula en toda América Latina. En ese sentido he tenido un amplio horizonte para observar como reaccionan los lectores, sobre todo los de fin de semana, ante un experimento como ese. La verdad es que han reaccionado extremadamente bien, cuatro años de vida en constante crecimiento me lo dicen. Cuatro años que también me han permitido ver como se derrumban ante mis ojos dos o tres mitos del periodismo latinoamericano.

3. Que a los latinoamericanos no nos interesa mayor cosa saber acerca lo que sucede a nuestros compañeros de habitación en este continente.
4. Que los latinoamericanos no leen.

5. Que los textos largos son más aburridos y soporíferos que un discurso presidencial.

En cuanto a lo primero he podido observar en primera línea como lectores chilenos, vibran, comentan, elogian y han sentido como suyas muchas historias escritas por venezolanos, mexicanos, peruanos o argentinos y acontecidas en esos países. Y lo mismo ha sucedido en todo tipo de combinaciones con respecto a las crónicas sobre hechos de un país que llegan a los lectores de otro país.

2. Los latinoamericanos no leen malos textos. Pero si la historia es divertida o intrigante o novedosa o conmovedora pero, sobre todo, bien narrada, se la devoran.

3.Los latinoamericanos leen con pasión textos largos con las características del punto anterior. Inclusive, ante la ausencia en muchas ocasiones de tiempo para leer libros completos, sustituyen esa lectura por la de una buena crónica o reportaje y sienten que han crecido en conocimiento y cultura.

Por supuesto entiendo que las estadísticas producidas por este todavía reducido experimento llamado Gatopardo, no sean suficientes para derrumbar ancestrales temores y hábitos periodísticos, que a fuerza de costumbre se han convertido en dogmas.

Tal vez una ojeada a lo que sucede con el gigante del periodismo mundial, pueda apoyar mi referencia al periodismo narrativo. Todos hemos mirado alguna vez hacia el universo periodístico de los Estados Unidos y admiramos uno que otro de sus diarios o revistas. Allí el tema de la crónica siempre ha sido importante. No en vano, de grandes como Tom Wolfe, Guy Talese o Truman Capote, salió la noción de nuevo periodismo. Pero ahora el asunto se ha convertido inclusive en herramienta fundamental para atacar los problemas de la industria.
Mark Kramer , profesor de periodismo en la Universidad de Boston y participante en el reciente seminario sobre periodismo narrativo de la Fundación Nieman en la Universidad de Harvard, nos da algunas luces al respecto. En un ensayo titulado “El Periodismo Narrativo llega a la mayoría de edad”, Kramer , con pragmatismo, dirigiéndose en simultánea a los dueños de los medios y a los idealistas editores o reporteros, dice: “El interés editorial en la narrativa periodística ha venido siendo estimulado en la búsqueda de soluciones a muy comunes y actuales problemas del negocio como el decrecimiento o estancamiento en la circulación de los periódicos, en el decrecimiento de los minutos dedicados a la lectura , o para pelear contra el envejecimiento en su base de lectores.”

En otras palabras, lo que están haciendo los periódicos, sobre todo en sus páginas y revistas dominicales, y eso se podría extender a las revistas de fin de semana y también de actualidad, es combatiendo la baja en la lectura y el decrecimiento en circulación, con buena larga, investigada y atractiva lectura, es decir con crónicas, no con capsulitas. El argumento, tan manido y a veces reverenciado por los periodistas, del limitadísimo attention span (como dicen los estadounidenses) o capacidad de atención de los lectores modernos sólo se aplica para los malos textos. En las historias bien narradas, bien investigadas y llenas de detalles, el attention span se agiganta y pide más y más aventura.

Más adelante insiste Kramer: “La narrativa está en esta lista de remedios porque atrapa lectores, en esta era de saturación de mega corporaciones de medios, de páginas de internet y de adicción al trabajo, los lectores todavía se sienten atraídos hacia las historias en las que las vidas y decisiones de las personas son descritas vívidamente.”
Y remata: “Es indiscutiblemente más divertido escribir y leer algo así como “Los payasos se tambaleaban, los leones rugían y un rutilante artista del trapecio se balanceaba sobre la multitud, mientras las trompetas tocaban estrepitosamente la marcha de Sousa. Bella el payaso, ha desembarcado de nuevo con su circo de la gran manzana en nuestro pueblo..” Que leer algo así como: “La visita anual del circo de la gran manzana se inició ayer. De acuerdo con el portavoz Joe Doakes, este año incluye la presentación del gran payaso Bella, al igual que leones, trapecistas y una banda circense”.

Y finaliza Kramer: “Casi cualquier historia noticiosa se beneficia con un trozo de periodismo narrativo, porque los reportajes vívidos atrapan lectores, lanzándolos hacia la placentera ilusión de la inmediatez”.

Yo por mi parter se que diarios como The Washington Post y muchos otros en Estados Unidos, han creado equipos dedicados exclusivamente al desarrollo de noticias o historias a través de este género periodístico. Pero no lo han hecho por simple vanidad o satisfacción intelectual, lo hacen porque sus cifras les dicen que con ello conquistan lectores. Es más, el Washington Post, publica normalmente en su edición de fin de semana una larga crónica en serie que se inicia el domingo pero que va dividida por capítulos hasta llegar al martes. Con esa fórmula ha comprobado que el nivel de lectura no desciende al comenzar la semana.

No es gratuito que entre las 20 revistas de mayor circulación en Estados Unidos, muchas de ellas propias de una lectura de fin de semana, la inclusión permanente de crónicas o periodismo narrativo sea un hábito ya establecido. Desde la enorme AARP Magazine, la de mayor circulación en el mundo con 22 millones de suscriptores (dirigida a los jubilados de ese país) , pasando por National Geographic (6 millones 600 mil) , Readers Digest (11 millones) , Womans Day (4 millones 200 mil), Time ( 4 millones cien mil) o Playboy (tres millones), todas utilizan con creces el género.

Y sin necesidad de ir tan lejos, tengo entendido, que el prestigioso Mercurio de Santiago, realizó el año pasado una serie de talleres para sus periodistas y editores con el estupendo cronista peruano Julio Villanueva, viejo amigo de Gatopardo, con la intención de dar vitalidad y creatividad al lenguaje y a las formas narrativas utilizadas tradicionalmente por su sala de redacción.. También dentro de lo poco que leído en este viaje, he observado que los editores de la revista Paula se preocupan por incluir esta fórmula en sus páginas.

Como conclusión, después de tanto rollo, lo primero que debo decir acerca de los lectores de fin de semana, entre quienes me cuento, es que acepto que los chismes sobre los amoríos de mi estrella de cine favorita o las fotos de casas bonitas y muebles seductores para comprar y todos esas pequeñas notas para descansar después de una dura jornada de trabajo producen diversión, yo las leo con deleite y curiosidad, y cumplen un papel. Pero no debemos caer en el error de pensar que eso es lo único que desea el lector (ni siquiera lo principal). Es tan sólo algo que nosotros hemos decidido ofrecerle. Y que si se convierte en nuestra meta, estaremos irrespetando la inteligencia de quienes nos leen, al pensar que ese material es el único que acepta su internetizado cerebro y estaremos arrasando con los propósitos esenciales del buen periodismo.

Creo que es fundamental para el desarrollo de un mejor periodismo en general y una sabrosa lectura de fin de semana en particular, que todos los medios contemplen la posibilidad de desarrollar en sus páginas ( no importa si la temática es frívola, seria, política o lo que sea) historias marcadas por los elementos del periodismo narrativo. Y no lo digo con el propósito de pasar a la historia con una tesis revolucionaria. Simplemente porque estoy seguro de que con ello nos acercaríamos al máximo ( y acercaríamos a nuestros lectores) a la idea básica de encontrar la verdad e informar la verdad que encierran las personas y hechos de este planeta. Y porque el grado de investigación, verificación, descripción, destreza narrativa que requiere hacer una buena crónica, no sólo la convierten en la manera más entretenida de acercarse al conocimiento de algo o alguien, sino también porque para nosotros periodistas produce la certeza de estar llevando nuestro trabajo a su máxima expresión.

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Written by Marisol García

August 13, 2009 at 5:39 pm

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la revista esta en crisis de ideas, no de audiencia

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Por La Petite Claudine / Septiembre 11, 2006

Nos hemos convertido en publicaciones prescindibles, sólo necesarias para pasar el rato mientras se espera turno para el médico -me decía hace poco el máximo responsable de un mensual-. Quizás porque en Internet se pueden encontrar gratis miles de cosas de cualquiera de los campos que nosotros ofrecemos de pago, quizás porque cada día se lee menos, quizás porque las promociones cada vez funcionan peor…

Lo publicaba hace unos días Arsenio Escolar junto con la noticia del cierre de la revista Gala y los datos penosos del OJD. Venía a decir que la crisis de las revistas de pago es peor que la de la prensa diaria. De la segunda hemos hablado hasta hartarnos. Aquí va mi opinión estrictamente personal sobre la primera.

Queridos editores de revistas: dejen de competir con las publicaciones online. ¡Llegan dos meses tarde! No me ofrezcan las primeras fotos del hijo de Angelina Jolie, hace dos meses que las he visto en Just Jared y en Go Fug yourself. En su lugar, ¿qué tal un repaso de su vida, obra y milagros o un divertido reportaje comparativo con Jennifer Aniston, desde el número de películas que ha hecho hasta el número de pie? No me vendan un reportaje fotográfico de las pasarelas de Paris y Londres porque hace dos meses que las he visto, en tiempo real, por streamming. Cojan esos trapos y contextualicen, comparen, dividan, asocien. Denme todo eso que yo no tengo y que no me da ningún blog: treinta años de experiencia trabajando en el sector, un grupo de profesionales trabajando a tiempo completo y dos meses de ventaja para meditar, construir y desplegar sus mejores armas. Algo que yo pueda recortar y guardar para más adelante. Algo valioso de verdad.

Confesiones de una adicta al papel satinado. Cuando yo era pequeña, en mi casa se compraban revistas, principalmente Marie Claire y Telva (mi madre) y publicaciones de la federación de ajedrez (mi padre). Mi vecina compraba el Vale y la Superpop y su padre, Penthouse y Playboy (por los artículos de política ;-). Menos las de ajedrez, yo me las leía todas de la mancheta al horóscopo: de Superpop me gustaba hacer tests con mi vecina y saber qué miembro de Duran Duran se hacía rayas en el camerino con las grupis de la fila uno. Del Vale, seguíamos con interés las desventuras a plazos de una aspirante a modelo cuya belleza la arrastraba de abuso en abuso, del padrastro al profesor de gimnasia, del conductor que la recoge en la carretera mientras escapa hasta el fotógrafo profesional que la convertirá en una estrella. El Vale, con su Justine de tercera fila y sus reportajes “de investigación” era porno duro comparado con el Penthouse, un paraiso de papel satinado con las criaturas más bellas, sofisticadas y glamourosas que nadie hubiera soñado. Yo adoraba a aquellas mujeres de miles de maneras que no voy a describir aquí. Mi favorita, sin embargo, era Marie Claire.

La Marie Claire de entonces también era una revista de moda. Pero había más cosas que recuerdo muy bien: reportajes sobre pioneras de la fotografía, relatos de ciudades de escritoras interesantes, biografías de grandes actrices, escritoras, escultoras, políticas; monográficos de los grandes fotógrafos, diseñadores, arquitectos. Había actualidad, literatura, política y cultura y no comprimido en una agenda de dos páginas mostrando exposiciones gastadas en ciudades a las que no podía ir. Y era divertida: recuerdo artículos tan desternillantes como aquel en el que se explicaba el SPM en clave de crisis de armario cuando yo ni sabía lo que era el SPM. Me reí tanto que aún me acuerdo. Era una revista para mirar, bonita y bien maquetada, pero sobre todo era una revista para tener y releer. Yo me pasaba semanas con cada número y guardaba mis artículos favoritos para leerlos una y otra vez.

A lo largo de mi adolescencia he estado enganchada a muchas revistas de música, de cine, de diseño, de arquitectura. En algún momento las cambié por fanzines, mucho más divertidos, interesantes y locales. Después, dejé de comprar. Y no porque mi conexión ADSL cubriera todas mis necesidades.

¿Y si les regalamos unas zapatillas de playa? Hace unos años colaboré brevemente para una revista del ramo que, ni era Marie Claire, ni era de la misma casa. La experiencia fue bochornosa: aunque estaba dirigida a un público más joven que Marie Claire, el sentido del humor y la actualidad cultural estaban completamente fuera de lugar porque lo divertido no es serio, como todo el mundo sabe. Como un manual de autoayuda al revés, la revista era -y sigue siendo- un insulto a la inteligencia y una biblia del self-hate: manuales para encontrarse defectos que sólo existen en contraste con supermodelos fotochopeadas, psicólogas que hablan de la pareja a través del sacrificio -¡a los catorce años!-, interminables propuestas comerciales sólo asequibles a una audiencia que no compraría dicha revista ni para tenderla en un charco antes de bajar del coche. Por aquel entonces el espacio de reportajes estaba estrictamente dedicado a las andanzas de la familia Beckam y las “guapas del mes”. Hace dos años les ofrecí un artículo práctico sobre los blogs (qué eran, como empezar uno, los mejores blogs españoles, etc) y ni la redactora jefe ni la directora sabían lo que era un blog. De nada sirvió que les diera cifras, que les hablara de Blogger o que les explicara que todo el mundo, de Avril Lavigne a las gemelas Olsen, tenía uno. 20 millones de personas Sí pueden estar equivocadas. No sé si en dos años han cambiado de opinión porque aquella fué nuestra última conversación, pero me imagino que no. La última vez que la vi en el kiosco regalaba unas gafas de sol de plástico y un camisón.

Hubo un tiempo en que el lector no era gilipollas. Revistas como Rolling Stone, Vogue o Vanity Fair publicaban a los mejores escritores, fotógrafos y diseñadores de su tiempo. Lo sabemos porque aún se reeditan libros como “Lo mejor de Rolling Stone” y esos libros, a pesar del anacronismo, son mucho más interesantes que la revista misma, que en el mejor de los casos es un catálogo comercial caro que compite con la explosión de creatividad, ingenio, diversión, talento e independencia de la Red. Internautas desagradecidos.Sin embargo, hay quien sobrevive: hace unos días The Guardian publicaba un artículo- entrevista al director del New Yorker, David Remnick, en el que se trataba de resolver el misterio que mantiene viva una publicación seria en blanco y negro. Con beneficios. La respuesta, por supuesto, es de sentido común: respetando la inteligencia de tus lectores y cuidando el talento de tus colaboradores.

Leí en la página de Malcolm Gladwell que su contrato con el New Yorker establece una determinada cantidad de palabras al año. Siempre y cuando las cumpla, puede escribir sobre cultura, medicina, leyes, sociedad, carreras, entrevistar a domadores de pulgas o al ministro de asuntos exteriores. El New Yorker entiende que su curiosidad, su inteligencia y su talento están por encima de las secciones de una revista y le premian con completa libertad de acción. Sus colaboradores agradecen la confianza escribiendo artículos asombrosos y sus lectores, comprando más de un millón de ejemplares a la semana. Para una revista en blanco y negro no está nada mal.

Queridos editores de revistas: ustedes no pueden competir con la Red en inmediatez ni en variedad de recursos audiovisuales, pero tienen dos meses para pensar y una ventaja fundamental: papel. Habrá quien no esté de acuerdo pero, como lectora habitual en ambos formatos, van a tener que darme algo mejor que una pantalla TFT para que empiece a tomarme la Red en serio como alternativa al papel. Yo pago por contenidos que llegan antes a la Red que a mis manos porque es la diferencia entre un hotel de cinco estrellas y un hostal. He estado suscrita al New Yorker y lo volveré a estar el mes que viene, aunque pueda leerlo en la Red y me cueste tres veces más por vivir en Europa. Hasta hace unos años compraba Wired con regularidad hasta que se convirtió en el catálogo de gente cool y cacharros cool que es ahora. Y me estoy planteando suscribirme al VirginiaQR, al McSweeney’s Quarterly Concern. Y puteada, porque no son suficientes y porque me gustaría leer más en español.

Ustedes, editores de revistas, están aburridos. No confían, ni en sus colaboradores, ni en sus lectores.Es algo que tienen en común con los blogs que llevan tanto tiempo en el ajo que publican de manera mecánica, como quien dispensa coca-colas en el mueble bar. Esos también pierden visitas. Y, mientras tanto, yo y otros tantos como yo nos compramos revistas extranjeras de contenido semimediocre porque queremos una buena excusa para alejarnos del ordenador. Nos duele la cabeza. Nos duelen los ojos. Denos algo que podamos mirar, leer, recortar y guardar para más adelante. Algo valioso de verdad. Y lo compraremos.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 5:12 pm

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among the believers

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By A.O. SCOTT

Benjamin Kunkel’s first novel, “Indecision,” published last month, concerns a young man living in Manhattan and trying, as the title suggests, to figure out what to do with his life. He has a B.A. in philosophy and an active, if confusing, romantic life; he gets by on a combination of office work and parental subsidy. In his author’s affectionate estimation, offered over a beer on a recent evening at a Brooklyn bar, this young man, whose name is Dwight Wilmerding, is “kind of an idiot.” Perhaps, but he may also be – the critical response to “Indecision” suggests as much – an especially representative kind of idiot. His plight, after all, is – for people of his age and background – a familiar one: an alienation from his own experience brought about by too much knowledge, too many easy, inconsequential choices, too much self-consciousness. Bred in a culture consecrated to the entitled primacy of the individual, he discovers that he lacks a self, a coherent identity, maybe a soul. He feels that he could be anyone. “It wasn’t very unusual for me to lie awake at night,” he confesses, “feeling like a scrap of sociology blown into its designated corner of the world. But knowing the clichés are clichés doesn’t help you to escape them. You still have to go on experiencing your experience as if no one else has ever done it.”

Of course, one aspect of that experience is the impulse to rebel against it – the desire to rescue thought, feeling and ambition from the quotation marks that seem perpetually affixed to them, to recover the possibility of earnest emotion, ethical commitment and serious thought. That desire can find any number of outlets, one of which might be – why not? – starting a literary journal, a small magazine.

“You’d better mean something enough to live by it,” Kunkel told me, echoing both his fictional creation and, as it happens, one of his comrades in another literary enterprise. On the last page of the first issue of n+1, a little magazine that made its debut last year, the reader learns that “it is time to say what you mean.” The author of that declaration, a forceful variation on some of Dwight Wilmerding’s more tentative complaints, is Keith Gessen, who edits n+1 along with Kunkel, Mark Greif and Marco Roth. All four editors are around Dwight’s age – he’s 28 when the main action in the book takes place; they’re 30 or a little older. Like him, they often glance anxiously and a bit nostalgically backward to a pre-9/11, pre-Florida-recount moment that seems freer and more irresponsible than the present. You wouldn’t, however, call any of them any kind of idiot. Nor, based on their pointed, closely argued and often brilliantly original critiques of contemporary life and letters, would you accuse them of indecision, though they do sometimes display a certain pained 21st-century ambivalence about the culture they inhabit.

N+1 is not the first small magazine to come out of this ambivalence or the first to have its mission encapsulated by a memoiristic account of the attempt to figure out one’s life. Consider the following scrap of dialogue from Dave Eggers’s “Heartbreaking Work of Staggering Genius,” famously hailed as the manifesto of a slightly earlier generational moment:

“And how will you do this?” she wants to know. “A political party? A march? A revolution? A coup?”

“A magazine.”

Eggers is talking about an old (in fact, a defunct) magazine called Might, but never mind. Even with a bit of historical distance – five years after the book’s publication, a decade and more after the events it describes – these lines capture both a moment and the general spirit of the magazine-starting enterprise. A bunch of ambitious, like-minded young friends get together to assemble pictures and words into a sensibility – a voice, a look, an attitude – that they hope will resonate beyond their immediate circle. Eventually, as in most versions of this kind of story, they run out of money and energy and move on to other things. In Eggers’s case, those other things included other magazines, as Might begat McSweeney’s, a typographically adventurous literary quarterly, which in turn begat The Believer, an illustrated monthly whose design was conceived by Eggers and that is edited by Vendela Vida (to whom he is married), Heidi Julavits and Ed Park.

At a time when older forms of media are supposedly being swallowed up by newer ones, the impulse to start the kind of magazine Partisan Review was in the late 1930’s or The Paris Review was in the 50’s might look contrarian, even reactionary. If you are an overeducated (or at least a semi-overeducated) youngish person with a sleep disorder and a surfeit of opinions, the thing to do, after all, is to start a blog. There are no printing costs, no mailing lists, and the medium offers instant membership in a welcoming herd of independent minds who will put you in their links columns if you put them in yours. Blogs embody and perpetuate a discourse based on speed, topicality, cleverness and contention – all qualities very much ascendant in American media culture these days. To start a little magazine, then – to commit yourself to making an immutable, finite set of perfect-bound pages that will appear, typos and all, every month or two, or six, or whenever, even if you are also, and of necessity, maintaining an affiliated Web site, to say nothing of holding down a day job or sweating over a dissertation – is, at least in part, to lodge a protest against the tyranny of timeliness. It is to opt for slowness, for rumination, for patience and for length. It is to defend the possibility of seriousness against the glibness and superficiality of the age – and also, of course, against other magazines.

These, at least, seem to be among the ambitions driving The Believer and n+1. Their editors are young, and their circulations are not large. (It may, indeed, be hard to find these publications outside of independent bookstores in larger cities and college towns.) The names of the writers who contribute to them are, for the most part, not well known: first- or second-time novelists, graduate students and moonlighting academic mavericks, with an occasional celebrity professor or foreign writer thrown in for good measure. Modest though the magazines are in scale and appearance, there is nonetheless something stirringly immodest – something “authentic and delirious,” as e.e. cummings once wrote – about what they are trying to do, which is to organize a generational struggle against laziness and cynicism, to raise once again the banners of creative enthusiasm and intellectual engagement.

In some ways, The Believer and n +1 represent sensibilities as distinct as their names. The Believer, which was going to be called The Optimist, puts out a welcome mat for pluralism and wide-eyed curiosity, while n+1 surveys contemporary culture through eyes narrowed by skepticism. Nonetheless, there is much that they share, notably a pointedly cosmopolitan frame of reference and an eclectic internationalism that embraces – or, rather, defiantly refuses to disown – European thinkers (the Italian philosopher Giorgio Agamben, the Slovenian mischief-maker Slavoj Zizek) and novelists (the scandalous Michel Houellebecq, whose recent study of H.P. Lovecraft was published by The Believer’s nascent book imprint, and the Spaniard Javier Marias, who publishes a monthly column called “La Zona Fantasma” in the magazine). The magazines themselves feel decidedly youthful, not only in their characteristic generational concerns – the habit of nonchalantly blending pop culture, literary esoterica and academic theory, for instance, or the unnerving ability to appear at once mocking and sincere – but also in the sense of bravado and grievance that ripples through their pages.

In addition to interviews with philosophers, writers, filmmakers, indie-rock musicians, a professional ninja and anyone else willing to sit down for a long, meandering conversation, The Believer publishes page-long appreciations of books, children, motels, light bulbs and power tools and two-page schematics devoted to things like singing drummers and fictional presidents. Mostly, though, it publishes long essays with enigmatic titles, each one prefaced by a list enumerating matters to be “discussed.” For example, from the August 2005 issue, an article by Tony Perrottet called “The Semen of Hercules” promises discussion of, among other things, “The Kentucky Derby, Philostratus. . .Pharmaceutical Use of Squeezed Mustard-Rocket Leaf, Guaranteed Sexual Attractiveness. . .and Ancient Fad Diets.”

The lists suggest digression, surprise and a willingness to explore tangents and not be bound by strictly linear presentation. The typical Believer essay – to the extent that such a thing can exist, given the magazine’s commitment to the idiosyncrasy and multiplicity of voices – ranges and explores, collecting curiosities and offhand insights on its way to an argument and taking as much time, and as many words, as it needs. This formal elasticity is central to The Believer’s critique of other magazines and the speeded-up, superficial culture of reading they sustain.

“It would be easier to say what we saw didn’t exist than to say what we wanted to exist,” Heidi Julavits told me recently. “As a writer and a reader, it felt like topic, topic, topic, topic was this constant refrain. You could never get away from the topic.”

And the topic often seemed to be the same. “The vast majority of magazines in the United States tell you exactly the same thing at the same time,” Vendela Vida said not long ago by telephone from San Francisco, where she lives and where The Believer is published (though two of its editors, Park and Julavits, live most of the time in New York). “We’d all apparently entered into this agreement that every month we’d be interested in the same thing” – the upcoming movies, novels, recordings and television shows.

But, of course, in spite of an elaborate machinery devoted to synchronizing and standardizing cultural consumption – of which magazines are an important part – most people’s habits remain blessedly out of synch. We buy battered paperbacks at yard sales, stumble across movies on cable late at night and hear strange music on our friends’ mix tapes (an experience apotheosized by Rick Moody’s article about a Christian indie-rock group, the Danielson Famile, in the recent music issue). Part of The Believer’s mission is to capture this aesthetic of mixing and matching, swapping and rediscovering. The message of a given issue seems to be, Hey, look at all this neat stuff – or, as Julavits puts it, “Isn’t this amazing?” Philosophers and musicians, the M.L.A., the W.N.B.A., the U.L.A. (that’s Underground Literary Alliance), Tintin and a strange 19th-century Southern novel called “The Story of Don Miff” all receive generous, thoughtful scrutiny, for their own sakes and for their interconnections.

“There has to be an element that reflects how we live and how we read,” Vida told me. “We don’t just run out and buy the new novel or start thinking about Darwinism just because George Bush happened to say something about it.” And so The Believer’s content is often as pointedly untimely as its approach is digressive. Some of its best articles dust off the reputations of half-forgotten writers and historical characters – Charles Portis, John Hawkes, Ignatius Donnelly – and the interviews, with the very, the semi-and the narrowly famous, range far beyond the usual plugging of the latest projects. “In October we have David Sedaris talking mostly about monkeys,” Vida said. “What makes it timely is its untimeliness.”

The Believer grew out of the blending of two different ideas – an interview magazine Vida and Eggers were discussing and a book review Julavits was interested in starting. The magazine, which made its debut in March 2003 and has just published its 27th issue, is older than n+1, which is on its third. It is also larger, both in trim size (an eccentric, pleasing-to-hold 8ð by 10 inches, compared with n+1’s more orthodox and bookish 7 by 10) and in circulation. The Believer prints around 15,000 copies of its regular issues, and more of its special issues devoted to music and visual art, while n+1, having sold out its 2,000-copy first issue, has increased its run with every subsequent issue. Though The Believer pays its writers – the going rate is $500 for a long essay – and its managing editor, Andrew Leland, everyone else associated with each of the publications essentially works for free.

Vida, Julavits and Park all knew one another in the mid-90’s at Columbia, where they all received M.F.A.’s in creative writing. Vida published “Girls on the Verge,” a journalistic look at female coming-of-age rituals, and then turned to fiction with her second book, “And Now You Can Go.” Julavits has published two novels, “The Mineral Palace” and “The Effect of Living Backwards,” while Park, in addition to his Believer duties, is a senior editor (and occasional film reviewer) at The Village Voice.

The four editors of n+1 are also connected by shared sensibilities and school ties. Kunkel, who grew up in Colorado, went from Deep Springs College, a tiny, all-male school in the California desert devoted to the classical ideal of rigorous study in a pastoral setting, to Harvard, where he met Greif, though not Gessen, who was also there at the time. (Actually, they later discovered that they did have one brief encounter as undergraduates, about which Kunkel would say only that at least one of them was drunk and that one suggested the other should get a lobotomy.) Gessen, who lived in the Soviet Union until he was 6, was a football player at Harvard and went on to get an M.F.A. in fiction from Syracuse. Greif entered the Ph.D. program in American studies at Yale, where he met Roth, who had arrived via Oberlin and Columbia to pursue his doctorate in comparative literature. After talking about it for years – another friend from Harvard, Chad Harbach, who edits the n+1 Web site, thought of the name back in 1998 – they decided the moment was right to put their ideas and aspirations into print.

One afternoon in July, I wandered over to n+1’s offices – that is, to the apartment near the Brooklyn Museum that Keith Gessen shares with two roommates – to watch Allison Lorentzen, the managing editor, assorted staff members, friends and interns coax the third issue toward production. As the editors entered data into their subscription lists, pausing now and then to munch on a baby carrot or a morsel of rugelach, we chatted about a variety of topics, many of which happened to be other, older little magazines – Politics, Partisan Review, Dissent – and the legendary figures who wrote for them. The air was so thick with Lionel Trilling, Edmund Wilson, Hannah Arendt and Dwight Macdonald that Gessen later sent me an e-mail message hoping to correct the impression that all he and his colleagues ever talked about were the public intellectuals of the past. “Left to our own devices, we also talk about rock ‘n’ roll music,” he said.

Well, yes, of course. Mark Greif’s essay on Radiohead in the new issue – subtitled “The Philosophy of Pop” – certainly proves as much. Still, their own enterprise is steeped in an awareness of what past journals and small magazines have been and failed to be – not only ancient specimens like T.S. Eliot’s Criterion, which was the subject of Gessen’s honors thesis at Harvard, but also newer models.

A few days later, in a Lower East Side cafe on an afternoon so hot that only a true intellectual would think to order a pot of tea, Greif laid out the immediate prehistory of n+1 – what a certain kind of historian might call its conditions of possibility. “In order to start this thing you have to feel there’s a kind of historical necessity,” he said. The history of small magazines has been, to some extent, a history of grand intellectual, artistic and political movements, for which even the tiniest publications have served as incubators and laboratories. They have sometimes functioned as a vanguard (as Irving Kristol’s Public Interest did with the disgruntled liberalism that would blossom into neoconservatism) and sometimes as a way of keeping unfashionable ideas alive in difficult times (as Dissent, which started at the vanguard of democratic socialism in the 1950’s, has done pretty much ever since). Partisan Review, whose demise Gessen cites, only semi-facetiously, as a pretext for the founding of n+1, is everyone’s favorite example of both. After freeing itself from the Communist Party in the mid-1930’s, it took up the banner of the anti-Stalinist left, a flag which, after World War II, took on the colors of international literary modernism. Though it published some of the postwar period’s most eminent novelists and poets, Partisan Review is best remembered as a vehicle for a kind of cultural criticism that was, at its best, politically engaged without being narrowly ideological and discriminating without being precious or snobbish.

The need for this kind of writing never goes away, even though its extinction always seems imminent. “Coming out of college, it felt like there were people who were really going to be there for you,” Greif said, referring to the journals and Webzines that seemed to be flourishing in the late 90’s, including The Baffler, McSweeney’s, Lingua Franca and Feed. “Then three things happened. The Internet economy burst” – taking with it some of the most interesting Web-based publications – “and you discovered that these things, which had been the intellectual hope of a generation, were based on venture capital. Then Lingua Franca” – the “review of academic life” that existed from 1990 to 2001 – “went bust.” McSweeney’s, though it survived, turned out to be, in Greif’s opinion, a bit of a letdown, because of its mannered quirkiness and what he calls its “orientation to childhood.”

From each of these disappointments, he said, a lesson could be drawn. The first was that “it doesn’t matter if you have money, and you’re better off without it.” (N+1 was started with small sums from the pockets of its editors. It sells a few pages of advertisements in each issue and recently received a modest infusion of cash – some $8,000 from a fund-raiser.) The second lesson was “take what you can from the academy,” but without getting bogged down in pedantry or academic politics. (Thus n+1’s frequent and unapologetic references to literary theory and continental philosophy, presented in language free of jargon and ideological posturing.) Finally, there was a renewed belief in the importance of debate, a desire, as Grief put it, “to convince people that arguing about things could be impersonal, because it advances thought.”

And n+1 is explicitly and without embarrassment devoted to the idea that thought can advance. “The idea of progress is not uncomfortable to us,” they declare in the “preamble” to their inaugural issue. “Who will drive progress? To every tradition, and every art, and aspect of culture, and line of thought, a step is added. This dream of advance in every human endeavor, in line with what we need, not just what we’re capable of, is futurism humanized. It is wanted in a time of repetition. It is needed whenever authorities declare an end to history. It is desperate when the future we are offered is the outcome of technology.”

Somewhat more mundanely, the magazine exists to present work by its editors – and by like-minded writers who discover n+1through word of mouth or Web browsing – that might not have a chance of appearing elsewhere. Gessen regularly reviews books for New York magazine, and both he and Kunkel have published in The New York Review of Books. Greif remains on the masthead at The American Prospect, where he worked for a year. But, Kunkel said, “the most exciting pieces that have been published in the magazine” – he cites Greif’s “Against Exercise,” Roth’s “Last Cigarettes,” and a forthcoming short (and unsigned) article about dating – “could not have appeared anywhere else. For generic reasons, and for their untimeliness. There’s a tendency to ghettoize things that are important to us – there’s fiction, there’s essays and criticism, there’s politics – and you can go and find journals about each of these things, but you can’t go and find journals about all of those things.”

Gessen said much the same thing to me on yet another hot afternoon, in a falafel joint in another part of Brooklyn: “Here I am with all this fiction no one would want to publish, and here’s Mark with these essays no one’s going to publish, and after a while we felt like we had this critical mass of stuff that nobody would want to publish.” Until, that is, they did so themselves, after which things changed – a little. Harper’s reprinted “Against Exercise,” which was also selected for “Best American Essays 2005,” and Marco Roth’s “Derrida: An Autothanatography,” first published on the n+1 Web site, was reprinted in The Boston Globe. (Kunkel, meanwhile, has become the hot young white male writer of the moment, a position once held by Dave Eggers. Now is probably the time to disclose that Kunkel’s literary agent, who was once Eggers’s, is also mine.)

“Against Exercise,” written in the lofty, epigrammatic and mischievously funny style that is Greif’s hallmark (and that does not usually find favor with dissertation committees), interrogates the bizarre, soul-emptying mixture of hedonism and self-punishment that characterizes rituals of fitness. Roth’s valediction to the French philosopher who was, for decades, both a hero and a scapegoat in American intellectual life, is a mixture of homage, memoir and iconoclasm, as good an account as any of the seductions and the limitations of theory. Those articles hint at some key aspects of the magazine’s identity. They show, first of all, a willingness to scramble conventional ideas of genre, mixing criticism, personal essay, fiction and philosophical argument and applying the resulting hybrid to matters both mundane (dating, going to the gym, smoking) and lofty (the meaning of life, the nature of war). Other essays achieve similar blendings of voice, style and genre. Elif Batuman’s “Babel in California,” the longest article in the second issue, is an inquiry into the tragic, enigmatic life of the great Russian-Jewish writer Isaac Babel wrapped in a comic novel of academic manners – using real names, no less – that would make Mary McCarthy proud (and also jealous). Gessen’s short story “The Vice President’s Daughter” is as much an essay on the delusions and smashed hopes of Clinton-era college students as it is a work of fiction. Kunkel’s “Diana Abbott: A Lesson,” for its part, is an essay on the South African novelist J.M. Coetzee in the form of a fictional narrative about a young book reviewer’s struggle to come to terms with his work.

Such eclecticism is not an end in itself, and the experimental brio of the writing coexists with a regard for aesthetic distinctions, intellectual standards and even cultural hierarchies that can look downright conservative. “I love it when we’re mistaken for a conservative journal of opinion,” Mark Greif said – though the actual political views presented in n+1 tend to range from mildly to ardently left-wing. Their youthful gusto is accompanied by a sense of weary impatience – with the mindless celebration of popular culture, with the coyness of some of their literary peers and rivals and with ignorance of history and tradition on the part of those who should know better. William F. Buckley Jr., founder of National Review, perhaps the most influential magazine of the past half-century, famously defined a conservative as someone who “stands athwart history, yelling Stop,” a description curiously echoed in the last words on the last page of the first issue of n+1: “We’ve begun by saying, No. Enough.”

And it does often seem that way. The reader of n+1 discovers what the magazine is for by grasping what it is against, which is not only exercise but also, in no small part, other magazines – including, as it happens, The Believer. In the first issue, in a section they proudly and cheekily call “The Intellectual Situation” (the intellectual in question being a footloose, self-ironizing composite of Greif, Gessen, Kunkel and Roth), the editors comb through the mail, tossing The Believer onto a pile with The New Republic and The Weekly Standard. Expressing the ambivalence about Dave Eggers and “the Eggersards” that may be the defining trait of this latest generation (it is, at this point, almost impossible to distinguish hero worship from backlash), they note that The Believer “presents their version of thinking – as an antidote to mainstream criticism, which they call snarkiness.” N+1 responds: “Mere belief is hostile to the whole idea of thinking. To wear credulity as one’s badge of intellect is not to be a thinker as such.”

That is well put, but also a bit wide of the mark, and it overstates the differences between the two magazines. The Believer, in spite of its commitment to enthusiasm, is about something more than “mere belief,” and n+1, for its part, fiercely broadcasts its own faith – in transcendence, in literature and in a curiously disembodied activity called “thought.” In the latest installment of “The Intellectual Situation,” a short essay called “The Reading Crisis” examines some of the oft-diagnosed symptoms of literature’s ill health, from slumping book sales to the cancellation of Oprah’s Book Club, and finds many of the proposed remedies – including Believerish hostility to hostile reviews – to be worse than the disease. And yet they also have, in the past, expressed their own reservations about negativity, scolding The New Republic’s James Wood for his uncharitable reviews of modern novelists and suppressing a withering addendum to “The Reading Crisis” dealing with Jonathan Safran Foer. Their ringing, programmatic insistence on progress – “to those who insist the series is at an end, we say: n+1” – can sound an awful lot like The Believer’s defiant optimism. And Gessen’s declaration, on the last page of the first issue, that “it is time to say what you mean,” chimes with The Believer’s stance against what Julavits calls “high irony.”

The Believer, after all, came into being in opposition to what Eggers and Julavits perceived as the snide, vituperative state of book reviewing, a disorder diagnosed by Julavits, in the first-issue article that served more or less as a manifesto, as “snark.” It was a wide-ranging complaint against the superficiality and dismissiveness that she and her friends believed was undermining literary discussion. “We were tired of seeing the same thing every month” was how Vendela Vida put it to me. “Reviews of the big new book that all say the same thing: don’t read it.”

Julavits made a similar point a few weeks ago. We were sitting in her skylighted living room on an unusually hot day in a part of Maine where it sometimes seems that you can’t swing a dead lobster without hitting a rusticating writer of one kind or another. Like Mark Greif, she responded to the heat with hot tea. “I really saw ‘the end of the book’ as originating in the way books are talked about now in our culture and especially in the most esteemed venues for book criticism. It seemed as though their irrelevance was a foregone conclusion, and we were just practicing this quaint exercise of pretending something mattered when of course everyone knew it didn’t.”

Her frustration, it seems, is not so much with book reviewing as such but with everything that conspires to trivialize literary discourse and to prevent books – and not only books but also music, movies, opinions, utopian dreams – from being taken seriously. Like the editors of n+1, she and her colleagues speak a language that is not only literary but unapologetically highbrow, less in its choice of objects than in the way it perceives them. The Believer is happy to write about pop songs or reality television, to make jokes and indulge in whimsy, but it tends to disdain the nonchalant, knowing sarcasm that has become, elsewhere, the dominant form of cleverness.

In the end, this may be the common ground n+1 and The Believer occupy: a demand for seriousness that cuts against ingrained generational habits of flippancy and prankishness. Their differences are differences of emphasis and style – and the failings that each may find in the other (or that even a sympathetic reader may find in both) come from their deep investments in voice, stance and attitude rather than in a particular set of ideas or positions. For The Believer, the way to take things seriously is to care about them – “to endow something with importance,” in Julavits’s words, “by treating it as an emotional experience.” And this can lead, at times, to the credulous, seemingly disingenuous naïveté that Greif finds infantile. For n+1, the index of seriousness is thought for its own sake, which can sanction an especially highhanded form of intellectual arrogance. But, of course, this distinction, between a party of ardor and a party of rigor, is itself too schematic, since The Believer, at its best, is nothing if not thoughtful, and n+1 frequently wears its passions on its sleeve.

Their arguments are likely to continue, and then, eventually, to cool, as the journals themselves turn into institutions or fade into oblivion. Either way, they will serve as incitements to future projects – whether as lost possibilities in need of revival or missed opportunities in need of correction. In the meantime, what they provide is space – room for the exploration of hunches, experiments, blind alleys and starry-eyed hopes, by readers and writers whose small numbers can be a source of pride. Surveying the political scene in the wake of the last election, Kunkel took some solace in the idea that “our lives remain their own great cause.” And if not, then perhaps our magazines will.

A.O. Scott is a film critic at The New York Times.

Written by Marisol García

July 26, 2009 at 4:43 pm

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cuando periodismo y literatura se alían

Por Edmundo Paz Soldán (29/03/2008)

Algún día, cuando se escriba la historia literaria de la América Latina de principios de este siglo, se tendrá que reconocer que las grandes innovaciones de la prosa latinoamericana vinieron de la mano de los editores, de los cronistas, de los periodistas, de los escritores de non-fiction. En esa historia por contar se verá el notable papel de algunas revistas: Gatopardo (creada en Colombia, editada hoy en México), la peruana Etiqueta Negra, la colombiana El Malpensante, la chilena The Clinic, la mexicana Letras Libres, la brasileña Piauí, la argentina La Mano.

Una de las características fundamentales de estas revistas es su flexibilidad temática y formal. Si bien Julio Villanueva Chang, director fundador de Etiqueta Negra, menciona que la revista no es periodística ni literaria, lo cierto es que es ambas cosas a la vez; como dice Toño Angulo Daneri, uno de los periodistas de la primera etapa, Etiqueta Negra es “un bastión fundamentalista del periodismo narrativo”. Andrés Hoyos, editor de El Malpensante -revista que se mueve cómodamente en el periodismo literario y sus diferentes géneros-, llega a aseverar contundente: “Nos interesan los textos bien escritos sin que importe mucho de qué hablan”. Martín Pérez, integrante del consejo de dirección de La Mano, dice de esta revista de “cultura rock”: “Aunque parezca que cultura y rock son dos palabras que no se llevan bien juntas…, en Argentina el rock siempre fue entendido como algo más que escuchar música: también tiene que ver con qué libros leer, qué películas ver y toda una forma de mirar el mundo”. Letras Libres, por su parte, es una revista más ensayística, más de reflexión.

Estas revistas abrevan en tradiciones locales –Expreso Imaginario, para La Mano; la legendaria Vuelta de Octavio Paz, en el caso de Letras Libres–, pero la tradición anglosajona es sin duda más influyente: Vanity Fair, Mojo, Rolling Stone, Esquire, The New Yorker, Harper’s, The New York Review of Books, Prospect. El ejemplo anglosajón aparece en todas partes: en la edición muy cuidada y la amplia extensión de los textos, en la extensa investigación que se hace para escribir las crónicas. El crítico Rafael Gumucio llega a sugerir que si para el boom los escritores norteamericanos importantes eran Faulkner y Hemingway, los que hoy cuentan no son escritores como Jonathan Franzen o David Foster Wallace, sino periodistas-ensayistas-cronistas como Janet Malcolm, Susan Orlean o Jon Lee Anderson. La renovación de la prosa latinoamericana tiene como punto de partida al nuevo periodismo norteamericano.

Mario Jursich, subdirector de El Malpensante, señala que una de las claves de la revista es su espíritu cosmopolita y el rechazo al “espíritu provinciano, sobre todo al considerar el inmenso protagonismo que éste ha tenido en un país de magra cultura como es Colombia”. La paradoja de este cosmopolitismo es que los compartimentos estancos en los que se mueve la cultura de América Latina hacen que, en general, estas revistas sólo puedan ser conseguidas en sus respectivos países de publicación (las suscripciones internacionales son prohibitivas de tan caras). Gatopardo es la que más esfuerzos ha hecho por distribuirse en todo el continente: llega a quince países. En cuanto a la internacionalización, la gran mayoría o ha fracasado o ni se lo plantea; Letras Libres es una de las excepciones en este panorama, pues tiene una edición que se publica en España, con artículos y reseñas que no aparecen en la edición mexicana. Letras Libres también coloca toda la edición impresa en su sitio web, y tiene blogs, además de archivos muy completos, incluida toda la colección de Vuelta; lamentablemente, la mayoría de las revistas publica pocos artículos de la edición impresa y no ofrece mucho material propio; hay todavía miedo a que la competencia digital pueda devorar al papel.

Lo normal para estas revistas es tener un tiraje de entre 5.000 a 10.000 ejemplares. La Mano supera los 10.000; El Malpensante llega a casi 20.000, y Letras Libres a 38.000 en sus dos ediciones; Gatopardo es la más vendida: sus tres ediciones (mexicana, andina y pan-regional) llegan a 200.000 ejemplares. Debido al costo del papel, las revistas suelen ser caras y llegan sobre todo a los segmentos de la clase media, media-alta y alta. Esos costos hacen que sea de destacar cuando una revista cultural sobrevive un par de años en América Latina. Lo extraño, sin embargo, es que pese a que no todas estas revistas son comerciales, los anunciantes las apoyan. Daniel Titinger, nuevo director editorial de Etiqueta Negra, cree que lo que apoyan, en el fondo, es la continuidad.

En un continente tan inestable, el gran logro para muchos parece ser persistir, y durar. Los editores de estas revistas, por suerte, no parecen interesados en convertir la continuidad en un fin en sí mismo. Siguen arriesgando cada mes (o cada cuarenta y cinco días, en el caso de El Malpensante), con lo que es casi seguro que en un tiempo no todas seguirán con nosotros. Habrá malas noticias y contratiempos en esta historia, pero lo fundamental es que las bases están construidas para que se pueda hablar ya de una nueva gran tradición latinoamericana. –

Written by Marisol García

July 25, 2009 at 10:52 pm